ERCOLE LISSARDI - Ellroy

También el día llega en que tenemos que confesar públicamente nuestras vergüenzas de intelectualillos. La que sigue es una de las mías aunque, por supuesto, una de las de menor cuantía.


Hace años que trato de leer a Ellroy y no lo consigo.



Es decir: no consigo, leyéndolo, y reconociendo oscuramente su importancia, la sensación de comprensión plena, la sensación de que el autor y su obra me resultan por completo transparentes, y que me sumerjo en el placer de la lectura con la misma delicia con que en una tarde de verano me sumerjo en una piscina de aguas transparentes y frescas, que es lo que experimento en la frecuentación de mis favoritos… Y lo peor es que siento que Ellroy debiera de ser uno de mis favoritos, y lo sentí desde la primera vez que abrí uno de sus libros. Recuerdo que al darme por primera vez de frente con su escritura, pensé: este es el Elegido, el Ungido, el Mesías –cuando mis entusiasmos explotan no se andan con chiquitas-, este es el que viene finalmente a relanzar al policial a nuevas cumbres, a demostrar que no hay mutación social que pueda decretar definitivamente perimido al género que cubrió todo un siglo sin dejar de adecuarse a las mutaciones de la criminalidad, o de la imaginación literaria de la criminalidad. Ellroy, El Roy, Le Roi, El Rey. ¡Y sin embargo he abandonado a medias leídas tantas de sus novelas como las que trabajosamente he terminado de leer!


No voy a intentar llegar a la razón última de mi decepción. No puedo fingir mínima autoridad sobre obras que he masticado y escupido sin provecho alguno. Sé que ese es el proceder habitual de la crítica –perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen-, pero gracias a Dios no me alimento con las ilusiones, mohosas como mendrugas, con que se alimenta la crítica literaria. De manera que me limito a lo dicho: a confesar mi impotencia, a lloriquear un poco balbuceando las dos o tres cosas que sé de ella (de la obra de Ellroy).


Lo primero que deja claro Ellroy es que hasta donde él es capaz de dar cuenta, en el mundo no hay más que corrupción y crimen. Su mirada puede limitarse al distrito de Los Ángeles o expandirse hasta cubrir a toda la nación sin que el diagnóstico cambie en absoluto. Presidentes y gobernadores, ministros y fiscales, y desde el Jefe de Policía hasta el más humilde policía de tránsito, el Estado es la máquina implacable de corrupción, asociada a las bandas del crimen organizado que manejan la droga, las apuestas, la prostitución, la pornografía, etc., para explotar y expoliar al ciudadano del común, último orejón del tarro, con tanta presencia y voz en las historias de Ellroy como las moscas aplastadas contra las paredes. Los “héroes” de Ellroy, sus investigadores de homicidios y sus private-eyes, sólo se mueve por tres motivos: ganancia contante y sonante, eliminar a un rival, o cumplir una venganza. Sus “héroes” torturan por placer y matan por dinero. Sus “heroínas” se venden al mejor postor y no dudan cundo tienen que clavar un puñal en una garganta. El amor entre sus héroes y sus heroínas es tan retorcido y culpable que desde el primer beso lo sabemos condenado al fracaso.


La investigación recorre una y otra vez, viciosamente, la infinita trama de corruptos y criminales, a punto tal que, si no llevamos una especie de bitácora de lector que relacione todo con todo, no tardaremos en olvidar o ignorar quién es qué, o qué pito toca. Lo siento, pero no hay otra manera de decirlo. Un simple lector que lee poniendo en juego dosis razonables de memoria y de olvido no puede con la masa de datos en continua renovación, revelación y expansión. Y ya sabemos qué hace un lector sano cuando se siente perdido, vencido y humillado por la prepotencia exuberante de un autor: le da la espalda, esconde el tomito en un rincón oscuro de su biblioteca, tan remoto como sea necesario como para no volver a ver por un buen rato, y se dedica a otra lectura atrasada, que nunca faltan.


Pero no acaba aquí la cosa: como quiera que sea Ellroy es un verdadero escritor, no un intelectualillo posando como autor de novela negra, y comprende por supuesto que, escribiendo con una prosa correcta, prolija y prudente, como la de cualquier hijo de vecino, sus laberínticas y reiterativas historias podrían adquirir proporciones descomunales –ya son medio ladrillescas- y podrían resultar intransitablemente densas. De manera que, para acelerar el consumo –acelerar el tránsito, digamos-, se inventa una jerigonza peculiar y propia, a medio camino entre la taqui y la telegrafía, algo que dejando de lado la casi certeza de que Ellroy no lee más que policiales, y dejando de lado la pasión del genial alemán por los étimos, podría parecerse vagamente al lenguaje sobre-acelerado del eruditísimo Arno Schmidt, aunque, considerando la comunidad de lengua y el común gusto por el slang, podría parecer más bien el producto de una lectura mal digerida de James Joyce.


Se me dirá que si tengo tan claro el qué y el cómo no debiera de ser tan dificultoso para mí transitar las obras de Ellroy, decidiendo de una vez por todas incluirlo en mi capilla o excluirlo definitivamente. Y sin embargo la situación se repite: me pierdo en sus laberintos, me irrito y abandono. Y me olvido de él hasta que otro verano, en las bateas de algún outlet en el Este, me encuentro con otra de sus novelas, o quizá con alguna que leí a medias y de la que olvidé hasta el título. La manoseo un rato, indeciso, me fijo en la fecha de la edición original, porque si voy a intentarlo otra vez que sea con la fruta más fresca del fulano. Finalmente pago por ella y me la llevo. Tendido en mi hamaca comienzo un nuevo intento, el enésimo, sé que tenemos cuentas pendientes y mi intención es, esta vez sí, saldarlas. Otra vez el flechazo: el cinismo de un Spillane, la velocidad de alguien que se fastidia escribiendo... Full speed ahead. Todo va de maravillas… Este tipo es genial… Hasta que al rato o al ratazo me apercibo de que estoy tan encallado en el texto que, por más que tironeo para un lado y para el otro, y para atrás con todas las fuerzas, no puedo zafar, ya no hay agua, no navego más, por más que pedaleo ya velocidad no significa movimiento, y no encuentro una sola palabra ni un guiño que el maldito Ellroy me ofrezca para consolarme del nuevo fracaso. Miro hacia atrás y el pandemónium se cierra sobre sí mismo tal y como la selva se cierra al caer la noche. Hay mujeres que son así, que por más que te las cojas no adelantás nada, porque son a la vez la única de la que podés esperar algo y la única que no tiene nada para darte.