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  • Ercole Lissardi - Eróticas de la senectud

    ¿Existe una erótica específica de la senectud? ¿O la gestión del deseo es básicamente la misma en las distintas edades de la vida con sólo las diferencias consecuencia de la personalidad, la cultura o las circunstancias? Y si existe ¿qué la caracterizaría? Por supuesto que en estas breves notas no me propongo responder a estas cuestiones. Si pudiera hacerlo no escribiría erótica. Se escribe porque no se sabe, para darse el gusto de avanzar a ciegas, y para terminar el viaje con la impresión de haber entrevisto alguna verdad. Hokusai: Cabeza de un anciano Las notas que siguen se acercan al tema a partir del análisis de unas obras de ficción: Diario de un viejo loco (1961) de Junichiro Tanizaki, La casa de las bellas durmientes (1961) de Yasunari Kawabata, y La gran rabia (2026), de mi autoría. Al producir estas obras los autores contaban con 75, 62 y 75 años de edad, respectivamente. Para ellos la cuestión no era ni puramente teórica ni puramente de imaginación, por el contrario, era algo tan urgente y presionante como suele ser para los viejos todo lo que atañe a esa demolición llamada vejez. Procuraré no extrapolar de estas obras más que lo necesario para lo que me interesa, de manera que, de no haber sido leídas, no esté yo arruinando con anticipaciones el placer de su lectura. DIARIO DE UN VIEJO LOCO Es la crónica de unos meses al final de la vida del escritor Utsugi Tokusuke. Mayormente se da cuenta de las tensas relaciones entre los miembros de la familia Utsugi y, sobre todo, de la decadencia física del escritor abundantemente ilustrada por el consumo de medicamentos y variedad de terapias. En ese contexto, lo que da especial intensidad al relato es la relación del escritor con su joven nuera, Satsuko. A sus 77 años Utsugi es ya impotente -estamos en el mundo de antes del Viagra- aunque, aclara, “eso no significa que no tenga una vida sexual, puedo disfrutar del estímulo sexual por todo tipo de vías retorcidas e indirectas”. De hecho desea a la mujer de su hijo, y busca seducirla, a espaldas de la familia, con regalos que la joven, de origen humilde y con pasado de cabaretera, acepta, aunque, fría manipuladora, no es mucho lo que concede a cambio. Lo deja tocar sus pies, o, desde detrás de la cortina de la ducha, lo deja besarle la rodilla. Le da y le quita, le abofetea como ofendida por las “audacias” que el viejo se permite. Utsugi descubre así que la crueldad y el lado delincuente de Satsuko le dan placer. Piensa que gozaría de saber que ella tiene un amante. De hecho lo tiene, es el sobrino de Utsugi y él lo sabe. Piensa: “Si no puedo disfrutarla, por lo menos quiero ver el placer que otros le dan”. Hasta gozaría, se dice, de ser asesinado por ella. “Vivo para estos placeres” dice mientras padece la arremetida de los achaques de la vejez, y mediante regalos y sumisiones consigue nuevos avances: besarle con lengua la rodilla, chuparle los dedos de los pies. Y cuando sus thrillers eróticos, como él los llama, le hacen mal y le sube la presión, prefiere morir y no suspenderlos. En busca de regalos mayores Satsuko accede al necking, al petting, e incluso al heavy petting -Tanizaki, muy imbuido de la cultura de Occidente, utiliza estos términos. El premio es una joya carísima. En el colmo de la infatuación y del sometimiento, Utsugi acepta sacarse los dientes postizos para mostrarse a ella en el extremo de la fealdad de su vejez, y diseña su tumba con los pies de Satsuko tallados sobre la lápida para yacer eternamente bajo sus pies. La erótica de la senectud en Tanizaki tiene un axioma: aún en la impotencia el deseo no disminuye ni se modera, más bien se exacerba, se irrita, arremete contra todo para imponerse, más allá de los límites de la dignidad y de la conveniencia. Como el agua que termina por infiltrarse en la muralla más inexpugnable el deseo encuentra las maneras, por retorcidas que sean, de acceder al goce, y sólo se extingue con la vida misma. LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES Es un discreto establecimiento, en la costa y rodeado de jardines, donde se ofrece un servicio especial para ancianos que ya no están en condiciones de obrar sexualmente como hombres -también aquí estamos en el mundo de antes del Viagra-, pero que necesitan paliar la nostalgia sexual, de manera de moderar la melancolía que al final de su vida los aqueja. El servicio consiste en pasar la noche en el lecho junto a jovencitas desnudas y narcotizadas, que no despertarán hasta la mañana, cuando el cliente se haya retirado. La discreción se hace absoluta: el anciano no conocerá la identidad de la durmiente y ella no conocerá la identidad del cliente. Hay reglas que deben respetarse en la relación con el cuerpo de la durmiente, por supuesto, pero esas reglas son ambiguas, nunca están claramente definidas, y en esas noches blancas del deseo no de otra cosa se trata para los ancianos sino de transgredirlas, en el bien entendido de que, dada su impotencia, ciertos extremos en el uso de los cuerpos vulnerables y desvalidos, no podrán consumarse. Ahora bien, Eguchi, el protagonista, es un “colado”: no tiene aún 70 años, y sigue siendo un hombre a todos los efectos de la vida sexual. El relato sólo da cuenta de las primeras cinco noches que Eguchi pernocta en la Casa. Las cinco jovencitas con las que duerme son muy diferentes entre sí, y esas diferencias son el condimento que permite profundizar en la peripecia. Ateniéndose a las reglas Eguchi se limita a explorar esos cuerpos jóvenes, expuestos, dóciles: observa, toca, lame, huele, y el impulso del deseo crece en él hasta que sólo puede contenerlo in extremis, cuando descubre que las jovencitas están tan frescas que de hecho son vírgenes. Esta dimensión del relato, la pura relación con los cuerpos, le sugiere a Eguchi variadas reflexiones sobre la tristeza de la vejez y sobre el valor de paliativo que le significa al aquejado de vejez la intimidad con los cuerpos jóvenes, intimidad que la vida cotidiana le niega. La peculiaridad del servicio que ofrece la Casa permite encarar esta cuestión al margen de los aspectos degradantes que implica el recurso a la prostituta. Por supuesto que las bellas durmientes también son a su manera prostitutas, pero nada ofrecen sino la contemplación de su belleza y su juventud, con lo que permiten a los ancianos un retorno, por efímero que sea, a su propia juventud, pero sin las culpas y miserias de que los ha cargado la vida. La discreción es total, no hay intercambio de miradas ni de palabras ni de vergüenzas: son, como dice Kawabata, algo así como Budas secretos. Pero hay en el relato una dimensión más profunda. A partir de una sutil red de asociaciones sensoriales (visuales, táctiles, olfativas) el trance en el que lo sume la contemplación de las bellas durmientes lanza a Eguchi a toda una constelación de recuerdos de su vida amorosa en los que de pronto comienza a descubrir capas de significación inesperadas, detalles en los que está cifrado todo el sentido, apenas asible, de esas relaciones: desde el florecer de la femineidad de sus hijas, a momentos efímeros pero densos e intensos de su relación con sus amantes, hasta la dimensión erótico fantasmática, descubierta ya en su lecho de muerte, con la primera mujer de su vida: su madre. Sin que por ello esté en juego el descubrimiento de un supuesto sentido global de su existencia, sus Budas disparan en Eguchi el regreso a pasados olvidados, a modestas epifanías que esperaron durante décadas al momento de revelar sus secretos. La erótica de la senectud de Kawabata es, en realidad, una utopía erótica. De lo que se trata es del derecho de los viejos a la piel de los jóvenes considerada como una interfase que conduce a las profundidades del océano de la memoria donde las perlas, los fastos de una vida brillan por última vez antes de apagarse para siempre. De lo que se trata es de la juventud como antídoto contra la vejez en tanto tristeza, soledad y melancolía. LA GRAN RABIA Todo lo que el mundo y la vida le han dejado a Néstor para el tramo final de su existencia es un sentimiento insondable e ineludible de rabia. No habiendo sido advertido de la hipocresía y el cinismo necesarios para navegar victoriosamente la existencia, las cuentas no le cierran, se siente frustrado y estafado, y todo lo que desea es devolver la misma sórdida moneda. El mundo le parece una trampa preparada por una inteligencia maligna para burlarse de los ingenuos, categoría en la que se incluye. Ha creído en las apariencias de un mundo engañoso y corrupto, y no ha sabido cosechar los frutos de Amor y Fortuna que le estaban destinados si tan sólo hubiera sabido que la llave de todo es no creer en nada y venderle el alma al Diablo. A las arideces de la vejez llega con lo puesto: una rabia que le consume el alma y que de nada quiere saber más que de venganzas. El amor de su vida ha sido Cecilia, una compañerita de oficina 40 años más joven. Un amor imposible, digamos. Tan devoradora resultó esa pasión que, para compensarse y para poder conciliar el sueño por las noches, tenía que deconstruir su ser angelical, imaginándola como un ser dominado por la lujuria. La última vez que la vio fue diez años atrás, al jubilarse. Por entonces Cecilia estaba ya por casarse. Ahora, por pura casualidad, se encuentra con ella en la calle, convertida en una mujer en plenitud, y acompañada por un jovenazo del que, guiado por su malicia de rabioso, Néstor deduce rápida y certeramente que es su amante. Cecilia adúltera se le aparece a Néstor como una gran oportunidad para empezar a cobrar cuentas atrasadas. Decide chantajearla y convertir en realidad -Viagra mediante, que no ha probado, pero sabe que existe- las fantasías masturbatorias con que se humilló durante años. Cecilia, para proteger su vida familiar, se somete al chantaje, pero inesperadamente -para ambos- su sumisión sexual, lejos de ser pasiva, exige castigos cada vez más violentos. Néstor y Cecilia entran así en una dialéctica que habrá de llevarlos a extremos delirantes. La lujuria que Néstor le imaginara a Cecilia es sólo la punta del iceberg de los deseos secretos de ella, pero también es, inevitablemente, sólo la punta del iceberg de sus propios deseos. La dialéctica en la que se enredan les enseña a ambos su verdadera naturaleza erótica. Pero en el fondo del abismo al que los arrastran sus pasiones malsanas (sí ¿por qué no?, llamemos a las cosas por su nombre), donde placer y dolor, entrega y humillación, belleza y atrocidad se responden como en espejos deformantes, Néstor y Cecilia encuentran aquello que no soñaban con encontrar: se reconocen almas idénticas y comprenden que su mutua fascinación, al parecer sin límites, sólo puede ser el verdadero amor. Deciden entonces que no pueden sino compartir ese amor durante el plazo, más presumiblemente exiguo que generoso, que a Néstor (o a Cecilia: nada está escrito) le quede por vivir. La erótica de la senectud en La gran rabia es una erótica, digamos, épica: implica la decisión -como en Diario de un viejo loco- de, contra viento y marea, vivir el deseo hasta el mero final. Como enseña el dicho popular: “A la muerte hay que dejarle nomás los huesitos”. Aunque también, como en La casa de las bellas durmientes, aunque de una manera harto dramática, es una erótica que pasa por releer el propio pasado en busca de sentidos olvidados o extraviados.

  • Conversación sobre Muñecas para Varones en Podcast La Madriguera

    Ana Gynbaum en conversación con Adrián Delgado sobre Muñecas para Varones, Podcast La Madriguera. Escuchar la conversación

  • Ana Grynbaum - "Ponsonbyland. La trama de la identidad", película de Ramiro Cabrera

    La recientemente estrenada película Ponsonbyland – La trama de la identidad, de Ramiro Cabrera, es un documental basado en una investigación original que constituye un admirable acto de sinceramiento explicando, en alguna medida, cierta inconsistencia propia de nuestra identidad como uruguayos. De él se desprende esta enseñanza: si bien todo relato de origen es -como tal- una ficción, la mala conciencia de una verdad arteramente reprimida en el nacimiento de nuestro país sigue teniendo consecuencias sobre sus habitantes. Las siguientes líneas no constituyen en sentido estricto ni una reseña ni una crítica, son el producto de la reflexión personal que la película me provocó. Eso sí: no hubiera llegado a comprender cuestiones medulares de la identidad uruguaya sin haber visto Ponsonbyland. Para comprender la falta de consistencia en la percepción de nuestra nacionalidad no basta con analizar el nombre de nuestro país -aunque el documental no lo omite-, que es apenas una vaga indicación geográfica. La “Banda Oriental”, la “República Oriental del Uruguay” no denota más que una franja de tierra costera sobre el Río Uruguay. Sobran los nombres que en su origen no quieren decir nada pero pueden llegar a significar mucho, aunque este no es el caso. Todos los uruguayos hemos escuchado en la escuela la cantinela del “proceso independentista”. Algunos también escuchamos, fuera de la escuela, algo de la versión soterrada de la invención del país por parte de los ingleses, en favor de sus intereses comerciales, vehiculizada por la intervención del diplomático Lord John Ponsonby. De eso, cuando se habla, se dice poco. Pero más allá de la información, quien más o quien menos, percibe de alguna manera el origen dudoso. A diferencia de nuestros “hermanos” argentinos -de los que fuimos separados al nacer-, que en la fecha de su declaratoria de la independencia en buen número llevan la escarapela nacional en la solapa, nosotros ya casi no recordamos qué fue lo que pasó -o supuestamente pasó- en la fecha de cada feriado patrio. Los argentinos apoyan a su selección como a la patria misma, nosotros nos alegramos moderadamente cuando La Celeste gana, pero muchos uruguayos se declaran ante todo hinchas de Peñarol o de Nacional. En el mismo sentido, para “triunfar” en la música o en la literatura hay que salir del país, porque si sos “solamente” uruguayo, para la mayoría: no sos nadie. Los ejemplos sobran. Por otra parte, ¿qué uruguayo no ha fantaseado alguna vez con el presente que tendríamos si fuéramos parte de Argentina o de Brasil, quién no ha expresado, aunque más no fuera en broma, su preferencia por la nacionalidad de uno o del otro de nuestros “países hermanos”? Ponsonbyland se auto-propone como una investigación “sobre la línea lejana e invisible que une” a Uruguay con Bélgica, país que también fue creado por Ponsonby, de manera muy similar a la invención del Uruguay, apenas un año después. Sin ir más lejos, la independencia belga se firmó en Londres. Bélgica se inventó como Estado tapón entre Francia y Alemania. La indagación que el documental realiza en Bélgica establece algunas comparaciones entre el sentimiento nacionalista en uno y otro país. Aparentemente los belgas no se cuestionan su origen, no tendrán necesidad. La película tiene el gran mérito de plantear sus cuestiones desde la gente del común y para ellos, aunque apelando también a inteligentes entrevistas con expertos en ciencias sociales, cuyo testimonio es hilvanado mediante un ágil montaje. Tampoco falta el primer plano de documentos. Por ejemplo el texto de la Convención Preliminar de Paz, tratado por el cual el Imperio de Brasil “declara” la independencia de nuestro actual territorio, en acuerdo con Las Provincias Unidas del Río de la Plata (actual Argentina) sin intervención de los supuestos interesados. Inglaterra no estampó su firma. Esta independencia forzada es leída por algunos de los historiadores consultados como una “amputación” o al menos una “dislocación” traumática. El de Estado-tapón no es un destino agradable de asumir. El film brinda claves para pensar nuestro “malestar de conciencia”, al decir del historiador Carlos Demasi, en torno a nuestro origen como uruguayos. Pepe Mujica recordaba que los 33 orientales de la “Cruzada libertadora” ni eran 33 ni eran todos orientales, pues entre ellos había argentinos. Señalaba cómo primero se hizo el país y después surgimos los uruguayos. Su postura, en tanto político, desestimaba la importancia de este origen para enfatizar la necesidad de mirar hacia delante. Sin embargo, comprender el pasado permite un mejor acceso al presente. A nivel de nuestro imaginario social, la mala conciencia respecto del origen produce un sentimiento de ilegitimidad que nunca termina de saldarse, como una suerte de duelo patológico. Una persistente sensación de falta de raigambre, emparentada con cierta tendencia a la improvisación. Lo cual se combina con una autopercepción de desvalimiento, que en alguna medida se vincula con el hecho de ser un Estado-tapón, artificialmente creado, entre dos países territorialmente enormes. Esto conlleva un sentimiento de inferioridad, de insuficiencia, que se trasluce incluso en expresiones que se pretenden cariñosas como la del “paisito”. Estoy abordando lugares comunes, ciertamente, no pretendo englobar a cada uno de los uruguayos. Ponsonbyland se detiene largamente en explicar qué es la historia y cómo el peso que llevamos sobre los hombros determina nuestro camino. En tal sentido importa destacar la anécdota que cuenta Demasi acerca de la discusión que hubo en el parlamento, entre 1883 y 1884, a propósito de colocar en la Plaza Independencia la estatua de Artigas -a quien la historia oficial convirtió en el héroe nacional uruguayo-. La discusión estaba centrada en la pregunta: “¿Qué tenía que ver Artigas con la independencia?” Artigas concebía nuestro territorio como parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata, no imaginaba un estado independiente e incluso habría rechazado la idea de la independencia. Cuando la investigación del documental llega hasta las tierras de Irlanda a conocer a Caroline Talbot-Ponsonby, consigue incluso que esta abra el libro de su familia -con heráldica en la tapa- pero los datos que se recogen no dicen mucho. Cabe pensar que, en tanto diplomático, Ponsonby estaba más cerca de la figura del espía, del conspirador que se mueve en las tinieblas, que del embajador. Una figura fantasmática que sirve en Ponsonbyland para nombrar una identidad sostenida en la mentira, acaso como toda identidad nacional, en tanto construcción ideológica, pero con el agravante de ocultar ciertos hechos -literalmente- fundamentales. Publicado en la Revista Film 29/9/25

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Lissardi & Grynbaum es un blog sobre literatura, arte y cine desde la perspectiva de los autores uruguayos Ercole Lissardi y Ana Grynbaum

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