Ana Grynbaum - Tres novelas familiares - NOVEDAD EDITORIAL -

Tres Novelas familiares, Ana Grynbaum, los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2022.


La trilogía comprende las novelas:

- El hombre que pudo haber sido

- La conquista del deseo

- Un asiento demasiado confortable.


El volumen consta de 468 páginas y es distribuido en Argentina por La Periférica

https://la-periferica.sutty.nl/editorial/libros-del-inquisidor/



(Para ampliar, hacer click en la imagen)



Aquí el comienzo de cada historia:



El hombre que pudo haber sido


Iba a decir que volví, pero no es posible volver a donde nunca se estuvo. Sin embargo, cuando llegué a Montevideo tenía la impresión de haber vivido allí yo mismo y no solamente mis padres y mi hermano mayor, como fue el caso –aunque mi hermano emigró a los dos años–. Nunca me había interesado el Uruguay de las anécdotas familiares, por lo demás: escasas y superfluas. Pero, cuando tuve que elegir una población para mi trabajo de tesis como antropólogo lo único que se me ocurrió fue estudiar a los judíos nacidos en Europa que todavía vivían en Montevideo. Tal vez yo quisiera conocer Sudamérica, después de todo. A fin de cuentas el español rioplatense es mi lengua madre tanto como el hebreo.


¿Qué me podía importar de los judíos euro-uruguayos? Ahí también tuve que impostar algún interés: hasta qué punto vivían como uruguayos, en qué medida conservaban una existencia judía. En mi calidad de estudiante mediocre, nunca elegí para mis trabajos de campo un tema medular para nadie, excepto para –al menos una parte de– la población a que me dirigía. Pero, a pesar de mi pereza y poco entusiasmo en seguir la carrera, tenía un proyecto armado. Y el proyecto había sido aprobado por mi director de tesis y ya contaba con la financiación de la Universidad Hebrea de Jerusalén.


Por otra parte, me motivaba la necesidad de demostrarle a mi esposa, Dorit, que no estaba estancado en la vida, como ella temía. De hecho, fue ella quien me exigió –veladamente– avanzar en mi carrera. Al cabo de siete años de vida matrimonial sin hijos –los posponíamos para el futuro promisorio que llegaría más adelante gracias a nuestro esfuerzo y trabajo– ausentarme del hogar, por un lapso de entre seis meses y un año, no sonaba poco alentador. Aunque me despertaba todas las ansiedades del caso, y especialmente la de encontrar, a mi regreso, la jefatura del hogar en manos de otro. Para Dorit encontrar un hombre más ajustado a sus ideales era mucho más fácil que seguir lidiando conmigo.



La conquista del deseo


La conquista del deseo, propio y ajeno, un mismo movimiento, no se llevó adelante para Iara en línea recta. Tuvo que abrirse camino a brazo partido entre una maraña de objetos, materiales y espirituales, que se interponían entre ella y el mundo. Es decir, entre la intuición de sí misma y el escenario capaz de cargar todas las historias que se animara a vivir.


Fue necesario descartar el noventa y nueve por ciento de esos materiales pesados y engorrosos para tomar contacto, y luego posesión, de la materia deseante en su cuerpo y en el cuerpo amado. La historia de su conquista del deseo es la de ese despeje, la peripecia surgida al empujar los límites de los acotados ámbitos de su vida.


Aventura heroica, cadena de enfrentamientos orientada al objetivo de robar el fuego sagrado. La adquisición de ese saber palpitante en que consiste el amor es la materia de este bildungsroman, relato de iniciación, formación o aprendizaje.


En cuanto a los objetos que poblaban los ambientes de Iara, a mí me toca recoger lo que ella ha tirado, incluso fragmentos tan difícilmente recuperables como diminutos hallazgos en la arena del desierto. Los reúno en un puzle destinado a quedar inconcluso. Cada pieza vale no por lo que muestra sino por lo que evoca, mediante cierta operación del alma. Debo absorber el malestar que mantiene exiliados de la memoria a esos objetos para que puedan regresar.


Es importante aclarar que esta historia se escribe tanto a partir de lo que Iara rescata como de lo que desecha. Tira el lastre para navegar, voy tras ella juntando los descartes, convirtiéndolos en materia de mi construcción, esta que les presento. Ella es la protagonista y yo su sombra. Ella se empantana en un mar solidificado por la resaca, debo yo dragarlo para que siga avanzando hacia su futuro.



Un asiento demasiado confortable


Fue durante la fase final de la Mujer-Planta que conocí a mi amante Seguro, por una particular conjunción del azar y la voluntad –como suceden todas las cosas, bah–. Planta había estado desde siempre en mi vida, pero no para siempre –según fue demostrado en aquellos días–.


Yo tenía treinta y pocos años, vivía sola en un monoambiente, trabajaba como administrativa en una empresa de venta y reparación de computadoras, estudiaba sociología en la universidad e iba a clase de noche. Mi casa, la oficina y la facultad quedaban dentro de un radio de diez cuadras, en la zona del Cordón. También Planta empezó a residir en ese sector de Montevideo y al que habría de convertirse en algo así como mi amante lo encontraba en el mismo barrio.


No mucho más lejos del Cordón llegaba mi universo. Sin pareja, con unas pocas amigas, Planta era mi único familiar directo y yo la única responsable de lo que quedaba de ella. Debí hacerme cargo también de su casa, mi hogar infantil. Pero esta no se situaba dentro de "La zona de confort".

* * *

En la empresa tenía una compañera llamada Evelyn que estudiaba ingeniería de sistemas. Apenas egresada se fue a vivir a Canadá. Le hicimos una despedida en el bar frente al Mides. Ella no estaba acostumbrada al alcohol y después de un par de birras se puso sentimental. Nos cruzamos en el baño y me dijo: "Leila, a la vuelta de la empresa, por Constituyente, hay una casa de fotografía. El dueño le chupa la concha a la mujer que se preste, allí mismo, en la trastienda. No te fíes por la pinta, vale la pena que pruebes. Te lo digo porque yo ya no lo voy a aprovechar…" No dijo más, casi se pone a llorar. Tampoco hice yo el menor comentario, quedé paralizada. Evelyn debió haberme visto cara de necesidad. De hecho yo había perdido la cuenta del tiempo que llevaba sin siquiera echarme un polvo a las apuradas.




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