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Ana Grynbaum - Desaparecido (un relato)

Era una mañana de frío insoslayable. Ernesto, el esposo, había subido al altillo para burletear las ventanas. Su actividad como pintor se desarrollaba en esa parte de la casa. Yakelín guarda el recuerdo de las largas piernas de su marido, forradas de pana azul y terminando en botas negras, flexionándose para subir los empinados escalones que conducen al estudio. Esa es la última imagen que tuvo de él.



Yake creyó que Ernesto bajaría tan pronto como terminase de colocar los burletes, pero el tiempo pasaba y él no reaparecía. Imaginó que intempestivamente se habría puesto a pintar –para el común, los artistas son gente regida por extrañas razones-. No recuerda haber escuchado sonido alguno proveniente del altillo, pero eso no era llamativo: Ernesto acostumbraba pintar en silencio. Y Yake adoraba a su esposo artista, por lo que no osó subir a reclamarle compañía en aquella mañana de sábado. Ernesto y Yakelín formaban una pareja bien consolidada, que pese a encontrarse en la treintena no había decidido procrear y que todavía no estaba deteriorada, aunque algunos signos de deterioro ya habían aparecido –desde este punto de vista el desvanecimiento del marido era como la realización de un incipiente deseo inconsciente de la esposa-.


La primera dificultad en el matrimonio surgió cuando Yake se enteró, fortuitamente y por boca de terceros, que Ernesto era diabético. Eso ocurrió al año y medio de casados. Aunque insulino-dependiente había logrado ocultar por completo a la esposa su enfermedad. Pero las mentiras, como es sabido –aunque nunca lo suficiente para los mentirosos- tienen las patas cortas y la cola larga. Yake no lo amó menos por sufrir de diabetes, pero sí le dolió en lo más profundo su falta de sinceridad –entendida como falta de amor-. La afectó decisivamente el hecho de que no la creyera capaz de amarlo en tanto enfermo crónico. Que le ocultara aspectos de sí mismo a los efectos de merecerla. Que le quitara la libertad de elegirlo como él era, contra viento y marea. Pero sobre todo que aislara alguna parte suya en relación con ella. Negada, excluida, segregada, discriminada, exiliada, proscripta, para ella. Amén del lamentable sentimiento de ser engañada, manipulada, vejada, menoscabada, manoseada, maltratada. (Cualquier persona en condiciones de probar que su cónyuge le ha mentido debería estar autorizada a anular el matrimonio sin dilación –y decimos anularlo, no dejarlo sin efecto sino anularlo: volver atrás el tiempo en base a la comprobación de que el contrato matrimonial se realizó sobre premisas falsas, que permiten declararlo inválido, nunca legítimamente ejercido.) Es decir: a partir del descubrimiento de las varias mentiras de Ernesto la relación estaba minada, aunque las minas nunca explotaron. Yake necesitaba, en tanto enamorada, continuar confiando en él y entregársele como a un dios, ignorando su baja humanidad tanto cuanto le fuera posible. Así habían transcurrido diez años juntos.


Aquel sábado Yakelín no salió de casa en toda la mañana. La vivienda estaba impoluta, como gustaba decir, y las compras hechas, así que no tenía tareas pendientes. De lunes a viernes, durante las horas que su empleo como cajera en Súper Óbolo -la cadena de supermercados más grande de Hache- le dejaba libres, Yake limpiaba enérgicamente su casa para poder sentarse a disfrutarla durante el fin de semana. Limpiaba todo menos el altillo, que era el reducto privado de Ernesto y allí hasta la mugre formaba parte del arte. Al cabo de quince años de servicio había logrado el privilegio de no trabajar sábado ni domingo. Sin embargo no era infrecuente que el tan ansiado weekend llegara, la casa destellara y Erne se desapareciera en sus asuntos; ya fuera encerrándose en el altillo, saliendo a caminar solo -para poder pensar acerca de sus complicadas cuestiones estilísticas- o simplemente permaneciendo enfrascado en sí mismo. Pese a todo, la mera idea de estar casada con un artista causaba a Yakelín cierto orgullo, sentimiento que obraba cual suerte de compensación –más o menos satisfactoria- de la soledad que campeaba en su vida cotidiana. Yake admiraba a su marido, y dicha admiración la hacía sentir bella. Aún con su compañero parcialmente ausente podía disfrutar el orden de su hogar –incluso saber que él andaba en la vuelta le alcanzaba-.


Apenas Erne subió al altillo Yake puso una carne con papas y boniatos en el horno y se sentó ante la computadora –ubicada justo donde la escalera de acceso al atelier desemboca en la planta baja- a ponerse al día con los emails. Tuvo tiempo además para transitar La Red, leyendo noticias –entre ayes y oes-, recogiendo informaciones diversas que podrían llegar a servirle algún día, apostada allí como uno de esos perritos que permanecen mansamente echados a la entrada de los comercios en espera de sus dueños durante el tiempo que sea. Recién a la una y media, cuando la comida amenazaba con pasarse de cocción, se acercó al hueco de la escalera para llamar al esposo. Después de insistir infructuosamente varias veces decidió subir al altillo. Y encontró que ahí no había nadie. Los burletes reposaban intactos sobre la mesa. Las ventanas y la puerta que daba a la azotea estaban perfectamente cerradas, siendo que cada una de ellas se trancaba exclusivamente desde adentro. Ningún rastro de Ernesto a la vista. Ni siquiera en el lienzo colocado sobre el caballete había un solo trazo, la tela resplandecía en un blanco impúdico. Los colores yacían enfrascados y obsesivamente alineados en su repisa. Hasta el trapo de limpiarse las manos se hallaba limpio y doblado. Hacía más de una semana que Yake no subía al estudio. Creía que Ernesto estaba trabajando en un cuadro, pero tal creencia no encontraba ahora fundamento.


Por si acaso, Yake abrió una ventana y temerosa miró hacia la planta baja: el patio tenía sus macetones rebosantes de las primeras flores que desafían al frío de agosto. Y las baldosas recién barridas y baldeadas relucían en su cuadrícula inalterada. Después salió a la azotea: nada ni nadie allí, tampoco abajo en la vereda. Ninguna huella de Ernesto, nada que pudiese explicar su paradero.


Bajó las escaleras para comprobar que la puerta de calle no sólo estaba cerrada, sino que de una cerradura colgaba el juego de llaves de Yake y de la otra las llaves de Erne.


En caso de que Ernesto hubiese podido salir por alguna de las aberturas del ático –cosa que parecía imposible- tendría luego que haber bajado a la calle deslizándose por pretiles, paredes y techos o haber sido recogido por un helicóptero con silenciador, un globo aerostático o algún otro objeto volador identificable o no y en todo caso mudo –hipótesis todas por demás improbables-. Que un ácido hubiese corroído a Ernesto hasta reducirlo a la nada sin dañar ningún otro material presente en el estudio, también resultaba inverosímil. Que una cuadrilla de ovnis lo hubiera abducido, más todavía.


Pero incluso salteándose el cómo y el a dónde, el por qué, para qué y con quién, también eran irrespondibles. Por primera vez en su sencilla vida Yakelín se daba de bruces contra lo irresolvible de la existencia, y al límite.


- ¿A quién llamar? –una nunca está preparada para estas situaciones-. Se le dio por recurrir a Bládimir, el vecino de al lado, quien amablemente vino de inmediato e hizo exactamente lo mismo que ella con idénticos resultados. (Así como “Yakelín” se escribe de este modo, “Bládimir” va con be larga. En la ciudad-estado de Hache se acostumbra adoptar nombres extranjeros sin hacer concesiones ortográficas). Antes de retirarse, Bládimir le aconsejó dar parte a la Policía y pedirle compañía a su madre o a alguna amiga que le brindara apoyo en una ocasión tan extraordinaria. Si no hubiera tenido que ir a trabajar, con gusto la habría acompañado; también él fue abandonado por su pareja, pero en forma no dudosa-. Yake no llamó a nadie. Su madre vivía en la otra punta del planeta y en Hache no tenía amigas, apenas compañeras de trabajo. (Pero Bládimir no tenía cómo saberlo: en los cinco años que llevaban de vecinos no habían, hasta ese día, traspuesto el buenos días/buenas tardes).


La pareja de policías que acudió al domicilio no adelantó un ápice por encima de lo que había avanzado Yakelín. Luego de someter a la cónyuge del desaparecido a un largo e inútil interrogatorio, con tembloroso pulso registraron la denuncia como “desaparición misteriosa”.


No, que Yake supiera, Ernesto no tenía enemigos, ni motivos para fugarse, ni había pasadizos secretos que permitieran llegar al exterior de la casa desde el altillo ni desde otros sitios, ni..., etc. La policía técnica arribó más tarde para corroborarlo. Mientras tanto, todas las comisarías del país, los hospitales, las aduanas y las compañías de transporte eran puestos bajo alerta.


Ante la insistencia de Yake respecto a que su marido había desaparecido a la manera de un fantasma, un oficial de policía la condujo a entrevista con psiquiatra. Y el psiquiatra no tuvo más remedio que diagnosticar su normalidad, aunque también le recetó unos tranquilizantes por si la angustia perturbaba el adecuado desempeño de sus funciones sociales. Yakelín no tomó las drogas pero sí aceptó la licencia psiquiátrica que le ofrecieran: necesitaba tiempo, para encontrar a Ernesto o para digerir su evaporación.


De transcurrir veinticuatro horas sin noticias del marido Yake debía llevar una foto de él a la comisaría. Faltaban dos horas cuando comenzó la selección, que no fue fácil –nunca lo es-: en ninguna de las fotos que guardaba se lo veía a Ernesto como lo que él era en sí mismo. En las de la boda figuraba como esposo, en las de navidad como hijo, hermano, primo, incrustado en un conjunto que lo reducía a ser una parte difícilmente reconocible fuera de contexto. Al final encontró una fotografía más útil que las otras. Se la había tomado ella misma durante la luna de miel -¿o durante las primeras vacaciones que pasaron juntos antes de casarse?-. No quiso mirarla demasiado –bien conocido es el poder maligno de las imágenes-. La colocó dentro de un sobre y ya salía rumbo a la comisaría cuando cayó en la cuenta de que debía avisar a su suegra lo sucedido antes que la cara de Ernesto apareciera por televisión y desde carteles colgados en espacios públicos.


Por más que Yake procurara minimizarlo, Ernesto tenía una madre y una hermana –el padre era fallecido-, que habían vivido siempre juntas, más allá de las intermitencias producidas por las múltiples fallidas uniones conyugales de la hija, quien –según el hermano- nunca lograba destronar a la madre para ejercer como dómina en una vida que le fuera propia. Yake miró el reloj y suspiró un tanto aliviada: a esas horas la arpía menor estaría ejerciendo sus funciones de empleada pública. Mejor así.


De todos modos: ¿qué le diría a la madre adoratriz del sublime artista? ¿Qué era lo que había ocurrido? La confusión apenas le permitía caminar en la dirección correcta. Lo último que podía desear era encontrarse con la suegra en medio de aquellas circunstancias donde las palabras resultaban tan insuficientes –más allá de las particularidades del caso, todas nosotras hemos pasado por esto-. Pero no tenía más remedio que hacerlo y cuanto antes. Después de dejar la foto en la comisaría se obligó a transitar las cinco cuadras que la separaban de la casa de Doña Amparo.


Nunca había tenido la cabeza así saturada, superpoblada de pensamientos en pugna; en su mayoría eran ideas que abortaban antes de terminar de formularse. Por momentos temía que los fragmentos de enunciado se le escurrieran a través de las orejas. Acostumbrada como estaba a dialogar exclusivamente con su marido, se preguntaba qué pensaría él de todo esto. ¿Qué le aconsejaría hacer, si estuviera presente? Absurdo pensamiento. Estaba sola con sus preguntas, que continuaban manando, cada vez más enteras, pero igualmente incontestables. ¿Habría sido voluntad de Ernesto esfumarse de pronto? ¿Sería víctima de un secuestro? ¿Estaría en peligro?


Finalmente se le ocurrió que tal vez, contra toda evidencia, su esposo podría haber salido de la casa sin que ella lo percibiese y a lo mejor ahora estaba escondido entre las polleras de su madre, contando además con la habitual complicidad a regañadientes de la resentida hermana. O al menos quizá la madre o la hermana supieran dónde se encontraba. La esperanza ponía cierto orden en su discurso interno: Todas sabemos que los hombres son raros. Una nunca termina de conocerlos. Quizá Ernesto se cansó de la vida matrimonial y decidió fugarse. Y también todas sabemos que los hombres tienden a volver al regazo materno, o disparar hacia cualquier cosa que se le asemeje... Pero yo a él no lo presionaba como para que huyera. ¿Lo presionaba acaso...? Cada una de nosotras ha albergado las ideas más locas, más absurdas, en este tipo de situaciones.


Una vez frente a la suegra -en un enorme esfuerzo para articular sonidos, acompañado de taquicardia- le comunicó que Ernesto había desaparecido y le preguntó si ella no sabía dónde podía encontrarse, como quien dice la cosa más simple del mundo. Sin tomar nota siquiera del interrogante, la madre del faltante atomizó a Yake con un arsenal de preguntas acerca de las circunstancias del acontecimiento; respuestas que, en su enorme mayoría, Yake no pudo dar, ni podría haber dado aun sintiéndose mucho menos intimidada de lo que estaba.


Doña Amparo no estuvo a la altura de su nombre. (Nombres como Amparo, Consuelo, Socorro, Clemencia, Piedad, Esperanza, Libertad, no pueden sino dejar a las personas que los portan en una posición de falsa escuadra; decepcionando irremediablemente las megalómanas aspiraciones de quienes ejercieron sobre ellas el acto nominativo. Y por esa tendencia a perpetuar nuestros íntimos infiernos, Amparo bautizó a su hija Soledad.) Ahorraremos, por motivos de buen gusto y espacio, descripciones de la crisis que sobrevino a la vieja dama; también el relato pormenorizado de cómo aún en medio del más tremendo de los dolores ésta no dejó de ser elegante ni hiriente y no olvidó que en todo caso debe haber un culpable, aún en las situaciones más absurdas. Haciendo gala de su mejor voz despectiva manifestó que ella siempre había sabido que su nuera no era la mujer indicada para el hijo. Tampoco perdió ocasión de enfáticamente lamentar no haber logrado impedir la unión matrimonial. Yake permaneció muda y congelada -porque la buena educación no se esfuma así nomás de quien la tiene grabada a fuego- hasta que la doña hizo una pausa para respirar. Entonces la nuera se levantó como el rayo y en un par de zancadas –demostrando la increíble velocidad a que se podían mover sus piernas- alcanzó la puerta de calle. Salió sin volver a abrir la boca.


Haciendo uso de un piloto automático que ignoraba tener, en el estado de quien, ya shockeado, recibe un nuevo shock, caminó Yake hacia su domicilio. Cuando llegó un patrullero la estaba esperando. Amparo la había denunciado por presunto asesinato y ocultamiento de restos mortales. Gracias a lo cual, su domicilio fue nuevamente allanado -esta vez con mucha mayor minuciosidad e incluso saña, siendo levantados hasta los tablones del piso del altillo- para encontrar otra vez lo que había disponible: nada. De vuelta Yakelín a revisación psiquiátrica para arribar al mismo diagnóstico de normalidad y a una nueva receta de psicofármacos tendientes a alivianar su comprensible angustia, fármacos que tampoco en esa oportunidad ella ingirió -¡drogas es todo lo que tienen para darnos!-.


Tras los últimos allanamientos, durante la titánica labor de reacomodar su hogar, a Yake se le ocurrió que era justo compartir la experiencia con su suegra. Pidió a la policía profundizar la investigación en torno a la familia de origen del desaparecido, sugiriendo se registrara el domicilio materno, dado que el ausentado y su madre eran tan apegados. Los uniformados accedieron al pedido, obteniendo idéntico resultado en la casa de la madre que en la del hijo, aunque produciendo nuevos desarreglos y desacomodos –acompañados de la intensificación de antiguos odios y la generación de nuevos rencores hacia Yakelín, en las damnificadas y su área de influencia.


También a la señora Amparo le tocó pericia psiquiátrica, pero como ésta ya venía consumiendo ansiolíticos y antidepresivos desde hacía décadas, el psiquiatra actuante se remitió a repetir la receta. Cual manotón de ahogado, desamparada justamente Amparo, apuntó a convertir la desaparición del hijo en una cuestión de Estado (de esa forma se investigaría a fondo, o –al menos- se encontraría rápidamente algún culpable). Pero en el caso Ernesto Erre el misterio se imponía por encima de cualquier intento de manejo político. No había de donde agarrarse para manipular la cuestión como un ataque al social-capitalismo. Además, los emblemas históricos social-capitalistas estaban siendo decolorados por sus propios personeros, en beneficio de la actual coyuntura. No había en aquel momento mejor aliado que la oposición: ¿qué necesidad de agitar los fantasmas del pasado con la intención de cargarles un nuevo –improbable- muertito? La alta dignidad gubernamental hachera se solidarizó tibiamente con la familia del evaporado Erre, asegurando que la Inteligencia Policial se esmeraría en la elucidación del misterio. Y nada más. No le concedieron ningún crédito a las suspicacias de la señora Amparo, viuda de Erre padre y ahora de Erre hijo. La falta de Ernesto no tenía absolutamente nada de política ni de incorrecta, por más extraña que fuera –declararon-. La anciana quedó sola, pero no dejó de expresar su malestar en la esfera pública, aunque cada vez más -involuntariamente- alejada de los micrófonos y las cámaras de la cadena oficial y única de medios de prensa hachense, que la fue haciendo a un lado, como a una anciana perturbada por sinrazones. Amparo barajó la posibilidad de pasarse a las filas de la oposición, pero ya estaba vieja para un cambio de esa índole. Además, seguramente tampoco ellos le llevarían el apunte: a nadie servía el abrupto ausentamiento de E Erre. Si la desaparición hubiese tenido lugar treinta o cuarenta años atrás, no habría habido dudas acerca de la motivación política del suceso; pero ahora..., estando H en su mejor momento de democracia participativa popular...


Lo último que Yake supo de la suegra fue que adhirió a una secta ufológica –hay quienes consideran preferible la adhesión a un sistema de creencias, por más dudoso que sea, antes que caer en la locura desatada; otros dicen que una y otra cosa son lo mismo, con la diferencia que en un caso se trata de locos sueltos y en el otro amarrados. No habremos de juzgar nosotras la salud mental de una madre que pierde súbitamente, y de forma tan incomprensible como inaceptable, a su más amado hijo. Sin aviso, ni despedida; siquiera dejando un cuerpo, o algún pedazo de cuerpo al menos, para poder mirar, llorar, besar y luego colocar bajo una piedra -...-.




A su tiempo comparecieron ante la justicia Soledad y los otros integrantes del núcleo duro de la familia, Obdulio, el mejor amigo de Ernesto, y Rolando, el marchand que comercializaba sus cuadros. Cada uno de ellos fue debidamente sometido a fatigosos interrogatorios y a pericias psiquiátricas en las cuales fueron recomendados los fármacos más diversos para calmar ansiedades patentes o latentes de diferente índole –así es acá-. También sus domicilios fueron registrados y revueltos, incluyendo la galería de arte y la casa de veraneo que tenía el marchand en Punta de los Cachalotes, que por esos días resultaron misteriosamente saqueadas -aunque no fueron cuadros pintados por Ernesto Erre los extraídos-. Rolando comunicó a la policía su sospecha acerca de que la desaparición del artista podría estar vinculada con la temática del cuadro en el cual estaba trabajando, pero no logró sustentar dicha opinión con ningún dato concreto y rastreable. Nadie había visto la obra en cuestión ni hubo noticia de que la misma hubiese alcanzado algún nivel de realización, siquiera como esbozo. En el atelier no se encontró más que la tela vacía, la cual fue sometida a rayos equis para descartar la idea de que alguien hubiese blanqueado algún trazo que el pintor hubiere puesto, pero no: el lienzo exponía su virginidad en forma indubitable. Los caminos de la justicia, además de inescrutables, se mostraron estériles. Aunque no pudiera ser que Ernesto se hubiese evaporado cual perfume de un frasco por descuido destapado. Imposible que alguien se diluya en plena ciudad, dentro de su propia casa, como en la más absoluta de las nadas, sin dejar una sola huella. Sin embargo, lo único cierto era que EE se había desvanecido al estilo de un fantasma cinematográfico.




Yakelín llevaba dentro de sí un hueco inconmensurable, el negativo de la presencia de su esposo bajo la forma de un enigma imposible y lacerante. La intimidad de su cuerpo envolvía al fenecido inhallable e incomprobable; estaba preñada de un vacío denso, congestionado, que le producía contracciones pero ningún parto. No era un recuerdo sino una presencia. La memoria dibujaría sus figuras recién después de lograr cierto entendimiento con el muerto sin cuerpo. Ahora, el espacio libre entre el hueco dejado por la desaparición de EE y la epidermis de Yake oscilaba; por momentos ella no era más que esa piel estirada en torno al agujero, las piernas con que éste se desplazaba, los sentidos necesarios para mantenerlo en el mundo de alguna forma. Ese cuerpo invisible aunque sólido había surgido entre las aberturas del altillo, por donde Ernesto no podía haber salido, y la puerta de calle, que tampoco había abierto. Gigantesco, se había compactado para mudarse al interior del cuerpo de Yake, y como una burbuja de aire cambiaba su forma de acuerdo con los movimientos y las posturas del humano envase.


Así presionada, en forma permanente aunque con intensidades variables, por más inexplicable que se mostrara la desaparición del hombre ella tenía que hacer algo. Si permanecía quieta la burbuja de vacío ocupaba todo el espacio y hasta llegaba a empujar los contornos más íntimos de su cuerpo, amenazando con hacerla estallar en incontables ínfimos pedazos. Había que evitar la explosión a cualquier costo. Voy a investigar el asunto yo misma –comunicó en alta voz, aunque estaba sola en medio de la sala-, quiero saber, saber de Ernesto; algo, presente, futuro o pasado.


El deseo de saber, la necesidad de orientar las experiencias en relación con algún tipo de grilla, funciona como uno de esos aliens con que juegan los niños: puestos en remojo se expanden y crecen –aunque ampliándose, incluso al doscientos por ciento, no exceden el volumen de un vaso de agua-. Pero si la burbuja del saber conquistaba terreno dentro del universo Yake, la del vacío se vería forzada a reducción. En el mejor de los casos, aumentar el monto de datos acerca de Ernesto podría darle alguna pista para encontrarlo. Por otra parte, la mantendría ocupada. Eso razonó –es comprensible-.




El primer escenario escogido para la búsqueda fue la propia morada. Los objetos que había tocado Ernesto merecían una atención más cuidadosa que el tratamiento prodigado por manos policiales. Un mes entero transcurrió Yake mirando, palpando, oliendo una infinidad de objetos que el desaparecido guardaba –su mayor parte en el altillo-. Tenía para eso todo el tiempo del mundo: después que terminó su licencia psiquiátrica pidió licencia sin goce de sueldo y ya no volvió al trabajo.


La cuenta bancaria de Ernesto estaba a nombre de los dos y si bien Yake nunca la había usufructuado, este era el momento de hacerlo. Cuando Ernesto vivía, o cuando vivía con ella –para ser más precisos- Yake cumplía su trabajo en el supermercado de forma automática. De acuerdo con su preparación no podía aspirar a nada sensiblemente mejor que un puesto en Súper Óbolo. El local quedaba muy cerca de su domicilio. Las tareas que desempeñaba la cansaban justo lo suficiente como para no dejarla ni exhausta ni pletórica. La energía le daba también para realizar las labores del hogar a su regreso y la fatiga alcanzada a lo largo del día le permitía conciliar el sueño fácilmente. Pero ahora, sin Ernesto, ir al trabajo le parecía innecesario, tan innecesario como todo lo que no estuviera relacionado con él y la eventualidad de hallarlo. Como no deseaba volver al súper presentó la renuncia. No meditó un instante el consejo del encargado, quien la instaba a conservar su trabajo, aunque más no fuere para ocupar la cabeza con cuestiones intrascendentes y en nombre de un futuro eventualmente amenazador -pretendió incluso tentarla con la posibilidad de un ascenso a supervisora-.


Pero el futuro amenazador, cual malvado topo, ya había pasado por la vida de Yakelín: no tenía que temerle más. El dinero del banco le permitiría vivir sin preocuparse, en lo financiero, por sobrevivir. Y ello sin tomar en cuenta la venta de los muchos cuadros, que algún día Rolando tendría que liquidarle. La desaparición del artista había revalorizado la obra al mil por ciento, cosa que a Yake le parecía rarísima, aunque fuese habitual. El valor de la pérdida era algo que ella recién empezaba a descubrir. De todos modos, si más adelante necesitaba dinero, a su debido tiempo vería lo que hacer: ¿acaso obtendría algún beneficio actuando de forma razonable en medio de una situación convulsivamente irregular y esotérica? Haber perdido, haber perdido lo más importante que tenía, le daba, a fin de cuentas, algún beneficio.




La ropa de Ernesto seguía esperándolo en el ropero, sus zapatos en el cajón de los zapatos. Hasta el cepillo de dientes y la afeitadora permanecían atentos en su puesto del baño. ¿Qué hacer con sus cosas? ¿Habrían ya dejado de pertenecerle? ¿De quién serían propiedad ahora? ¿En qué momento había que retirarlas de sus guaridas? ¿Cuándo dejarían de constituir posibles evidencias para convertirse en meros deshechos? ¿Sería Yake capaz de manipular aquellos objetos en forma apropiada? ¿De qué manera habría de desprenderse, por ejemplo, de su campera de cuero marrón, que le quedaba como pintada sobre el cuerpo? ¿Acaso alguien que no fuera él podría con justicia aprovecharla? Si dejaba la prenda en la calle corría el riesgo de cruzarse con ella caminando por H, pero deformada. Insoportable: no podía permitir que otros cuerpos usurparan los íntimos territorios de Ernesto. Sin embargo ella continuaba viva y presente. No todas las pertenencias de Erne podían quedar a modo de recuerdo. No iba con la personalidad de Yake emplear los efectos personales de E Erre para erigir un museo a su memoria –eso ya lo haría la madre, usando todo lo que el hijo no se llevó del hogar paterno-. ¿Levantaría una pira funeraria, una columna de humo que perforara el cielo, para inmolar los bienes del desvanecido?


Aparte de los objetos de uso cotidiano estaban las cosas que Erne guardaba por el placer de guardar, y la resistencia a tirar. Hubo que visitar el altillo, donde residían. A Yake le sorprendieron algunas cosas: un par de piezas de pedregullo, el caparazón de un caracol de jardín y una servilleta de bar en la que dice dale con una letra que podría ser o no la de él. Pero no se trataba de nada a lo que pudiera otorgar sentido ni significado.


Sin embargo, a lo largo del viaje por el interior de su propia casa, numerosos fueron los recuerdos, sentimientos y fantasías, que de las cosas fue extrayendo. Yake empleó todas sus fuerzas –y cuando se lo proponía era un verdadero soldado- en prodigar a esos trozos de materia el tratamiento propio de un mago, con la esperanza de que ellos dijeran alguna verdad acerca de Ernesto. Por momentos parecía que él estaba allí, contemplándola hurgar sus cositas; con una actitud muy superior en afecto y consideración a la que tenía en vida. Como si el esfuerzo de Yake produjera una ternura acariciadora, que la envolvía en una capa de consuelo –aunque delgada y frágil-.


Durante esta etapa de la pesquisa Yakelín logró una suerte de reintegro del hombre que se le había extirpado, aunque al precio de mantener su herida abierta al máximo. Reencontrarlo a través de las chucherías que le habían pertenecido sólo la llevaba, al cabo de breves momentos de ilusión, a enfrentarse más crudamente con su pérdida. Y volvía una y otra vez a una especie de situación básica de desmembramiento, con un peso de realidad contundente; porque la fuga había instalado en ella esa perenne sensación de que manos anónimas no cejaban de arrancarle algo que no era cualquier cosa;  –por momentos sentía el desgarro, como una operación interminable-.


Cuando por las noches se acostaba, aun asegurándose de estar muy cansada, pasaba largas horas despierta. Lo recordaba a Erne brillante como él era, talentoso en todo lo que hacía y omitía. Ernesto tenía talento no sólo para pintar o hacer el amor, también para caminar, pararse, sonreír: para existir, en resumidas cuentas. Él sabía darse un lugar de relevancia dentro del áspero concierto hachense. Incluso a la hora de desaparecer se mostró inigualable. Yake se nutría con la celebración de su talento. Ahora se veía a sí misma como el mero despojo de aquella relación que la puso y la mantuvo en un lugar de sueño durante una década entera.


Siempre se había preguntado qué habría encontrado él en ella; e increíblemente continuaba preguntándoselo, ya sin el temor de que su incertidumbre se transparentara para hacerle ver que ella no era una mujer digna de él. Para Yake El Mundo estaba situado en un lugar incierto, por detrás de Ernesto, en el cual su esposo ocupaba una vasta área de influencia. Y eso seguía siendo así, aunque él ya no estuviera. Pero ¿cómo podía haber desaparecido justamente él, dejándola tan sola? (A diferencia de Yakelín, Ernesto no era hijo de obreros sino de antiguos dirigentes sindicales social-capitalistas, honrados –así lo decían ellos- con los estigmas de la cárcel y el destierro, y luego premiados –no lo decían así ellos- con los privilegios que les otorgaba la conducción de un par de carteras de gobierno. Erne Erre era un hijo mimado de la nueva aristocracia hachera. Con Yake se conocieron por casualidad, la única vez que ella pisó el comité vecinal de su jurisdicción. Había ido a ver qué podía aportar a la causa de los pueblos, pero ya se retiraba sin haber abierto la boca, inhibida hasta la médula ante todos aquellos desconocidos que discutían tan acaloradamente acerca de relevantes cuestiones sobre las cuales ella no tenía la menor idea, cuando un joven increíblemente buen mozo la interceptó en la puerta: Ernesto. Al cabo de unos años de noviazgo se casaron. Ernesto había sido, en sentido estricto –es decir: sexual- el único hombre de su vida).


Una vez dormida Yake era frecuentemente visitada por el contorno de un cuerpo en penumbras, del que emanaba la voz de Ernesto; tras la aparición sonora retornaba abruptamente a la vigilia y quedaba temblando durante varios minutos. Después se volvía a dormir, si lograba conciliar el sueño, o permanecía en la cama inmovilizada por el espanto hasta juntar las fuerzas necesarias para levantarse y dar alguna vuelta por la casa.


Llegó el día en que a Yake no le quedaron más cosas de Ernesto para sobar –aunque de su paradero no apareciera el mínimo indicio-. El tiempo transcurría indiferente al enigma que se mantenía tan oscuro como el primer día. Yakelín retiró del altillo las pocas cosas que a esa altura quedaban y no subió nunca más. Ahora sí la habitación estaba completamente vacía. No volvió a poner los pies en la escalera de acceso. Como si hubiera colocado en el primer peldaño una banda para cortar el paso, hecha de crespón negro y anunciando: suelo resbaladizo, no pasar. Ni siquiera a los efectos de la limpieza. Sólo los caños de la aspiradora atravesaban un metro la frontera imaginaria. Y los efluvios de sprays fumigadores y desodorizantes perfumados, eyectados siempre desde la planta baja. Tampoco siguió examinando los objetos de Erne, que depositó en el estante más alto de la biblioteca que estaba en la sala, donde quedaron quietitos, como huesitos fosilizados.


La evasión de Ernesto dio lugar a toda una serie de situaciones que a Yake se le escapaban de las manos, pero sobre todo la obligaban a comportarse según lógicas inéditas. ¿Por qué abandonó y clausuró el altillo? ¿Temía que le sucediera algo irrepresentable a ella también? ¿No sería posible acaso allí mismo reencontrarse con Erne en algún plano impredictible del ser? No, no podía concebir ningún tipo de encuentro que implicase la disolución de sí misma. Y sin embargo todo lo que había ido construyendo en la vida se iba diluyendo con aquella ausencia principal, para la que no encontraba solución. 




Lo más duro de sobrellevar era el sábado por la mañana. Ya al alba sentía como si fuera a conmemorarse fecha del acontecimiento nefasto. La desazón lo marcaba, pasando a una fase aguda. Fuertes palpitaciones la expulsaban de la cama como si fueran resortes de un muñeco sorpresa. El tiempo retrocedía en unidades semanales y ella presentía –ahora, ya que no entonces- la inminente consumación del acto incognoscible –y pasado-. Como si la ilusoria repetición del inasible hecho le brindara la oportunidad de cambiar el curso de los acontecimientos. La ansiedad se volvía insoportable.


No podía  pretender que el sábado fuese un día como cualquier otro, sus intentos por prevenir la angustia se mostraron obsoletos. El recurso a concentrarse en alguna actividad supuestamente placentera –como el cuidado de las plantas- o neutra –como la limpieza del baño incluyendo el refriegue de cada azulejo- fracasaba tantas veces como fuera implementado. No podía obedecer la orden de no pensar en eso, echando de su mente toda idea relacionada con aquello, porque otro mandato más profundo la convocaba a los abismos. Pasar la noche del viernes afuera y regresar a media tarde del sábado, cuando ya la ola conmemorativa hubiera pasado, no era una opción atendible. No tenía a dónde ir ni con quién estar. La perspectiva de alquilar una pieza de hotel para ella sola, fuera donde fuese, no le atraía en lo más mínimo. Tampoco buscaba compañía. Ni siquiera atravesaba los pocos metros que la separaban de Bládimir para aceptar el tan ofertado asado con tannat, y menos aún lo que pudiera venir después, dada la inmejorable disposición del amable vecino. Pero Yake no tenía mayor interés por la comida que por la bebida o los hombres. Más allá de haber aprendido de pequeña que comer glotonamente es propio de la peor cerdo-burguesía, la angustia maniataba su apetito. Desde la carne al horno que Erne y ella no pudieron compartir, ingería apenas lo necesario para sostenerse en pie, y aún menos. En cuanto a hombres, para ella, El Hombre era Ernesto Erre.


Una fuerza desconocida la mantenía adscripta a su casa, impedida de abandonarla por un lapso demasiado prolongado. Como si su fiel presencia en el hogar fuese condición indispensable para el regreso de Ernesto. Como si sólo en caso de que ella continuara esperándolo con ahínco se mantuviese viva la posibilidad del retorno. Y entonces la evasión quedaría como un punto corrido en una media, que sería zurcida para reanudar la trama de sus relaciones matrimoniales. (¡Cómo si las medias se zurcieran hoy en día!)


En varias ocasiones hizo la prueba de dormirse el viernes dejando radios y televisores encendidos en diferentes habitaciones, con la previsible consecuencia de despertarse padeciendo jaqueca. Luego comenzó a saltar de la cama apenas despierta, para vestirse con lo primero que encontraba y salir de la casa en seguida, con el pretexto de ir hasta la panadería a comprar bizcochos. Bizcochos que luego no comería: la mayoría de los alimentos le daba asco. Por lo demás, la incomodaba sobremanera tener que salir a la calle sin antes bañarse y mejorar su aliento mediante la ingesta del desayuno. Pero la angustia la presionaba hasta lanzarla fuera, con la fuerza de un resorte.


Dado que esos paseos matinales se revelaron incapaces de aplacar sus nervios, cada semana visitaba una panadería más lejana. Caminaba con la premura de quien debe salvar a alguien; recurrentemente atosigadas por calambres, las piernas se le agarrotaban. Corría como si de su carrera dependiera la vuelta del amado, como si debiera encontrarlo cuanto antes, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que su desaparición cristalizase en una figura irreversible. Debió haber visitado todas las panaderías de la zona residencial de H –donde vivía-. Giraba como un trompo, entrando en una y saliendo de otra, buscando supuestamente aquellos panificados que en cada lugar no tenían –estudiando cuidadosamente la oferta de cada comercio para pedir exactamente lo que no podrían darle-. Así terminaba la fatídica mañana peor de lo que la empezaba: sin probar bocado –la sola vista de farináceos ya le producía náuseas-, exhausta y dolorida. El malestar del cuerpo no aligeraba el sufrimiento del alma.


Para peor, los carteles con la cara de Ernesto la vigilaban desde distintos puntos de la ciudad. Cuando se encontraba con uno debía detener la marcha. Cada cartel le parecía único, diferente a los otros. Como si algo de E Erre se le hubiese adherido. La observaban insistentemente, aunque mudos: sin soltar prenda. Conspiradores acérrimos del enemigo intangible. Por momentos parecía que aquellos rostros se decidirían a revelarle verdades de Ernesto. A veces creía que lo hacían, pero ella no sabía descifrarlas. Algunos semblantes parecían implorarle auxilio. Cada una de aquellas fotos publicadas le producía una vivencia terrorífica particular. Rogaba Yake que el viento y la lluvia barrieran de una vez aquellas imágenes. Pero cuando veía alguna despedazada se le activaban extraños mecanismos. Desviaba la vista cuando se encontraba con el rostro quebrado e incompleto que sobrevivía en el cruce de Diagonal Izquierda y Avenida Liberio Fidel. Media hora permaneció de pie en la explanada del Palacio Plaza Roja, ante un cartel a punto de desprenderse de una columna del alumbrado público, hasta que cayó y lo levantó del piso. No podía dejarlo tirado ni tampoco arrojarlo al basurero. Se lo llevó a casa, para sepultarlo en lo alto de la biblioteca, junto con las otras reliquias. En otra oportunidad casi la atropella un auto, en el intento de reunir los fragmentos de un cartel mezclados en una hojarasca. Afortunadamente los carteles también fueron desapareciendo.




Para sobrevivir al sábado, la entrega morbo-voluptuosa al recuerdo y a la fantasía en el lecho conyugal no era una opción válida. A Yake nunca le gustó quedarse en la cama más que para dormir. Incluso las prácticas sexuales –con Ernesto, claro- las llevaba a cabo más bien sentada o parada. Tampoco en su vagar por la casa se tranquilizaba imaginando que Erne estaba allí o que de un momento a otro reaparecería. Por más que lo hubiere intentado no lograba tragarse la pastilla. La simple Yake no era capaz de nutrirse con quimeras sin ninguna base real.


Su intento de aferrarse a los recuerdos, al fracasar, le enseñó cuán pocas anécdotas tenía de su vida con Ernesto. La memoria le brindaba apenas unas imágenes borrosas, no porque el olvido las hubiere deformado, fieles a lo que su esposo había sido para ella: un marco firme para su existencia sencilla. Un marco que encuadraba sus pequeñas rutinas de ciudadana hachense común y corriente. Una existencia apoyada en la certeza de que él estaba, más o menos cerca, pero estaba, ahí, con ella. La vida matrimonial no se desarrollaba mediante episodios particulares que ocuparan su lugar en la memoria sino que discurría como una melodía sostenida, armónica, un sentimiento de vida encausada, resuelta, que Yake apreciaba por encima de todas las cosas. Los humores del matrimonio no coloreaban sus vivencias en forma memorable. Los avatares de la cotidianeidad se perdían en el cuerpo sin fisuras de aquel matrimonio bien avenido. Y sin embargo, el presente agujereaba impíamente la sólida construcción de su vida, poniendo a Yake de cara a la nada.




La conmemoración de la gran pérdida se reinstaló sábado a sábado, inexorablemente, durante meses. A mediodía la ansiedad por resolver la desaparición alcanzaba su punto álgido, para cejar luego, dando lugar a la mera falta de todos los días, no exacerbada.


El movimiento por el cual se iba desprendiendo del peso abominable de la ausencia de Ernesto le resultaba imperceptible por su lentitud, especialmente en contraste con la revulsión ansiosa que la dominaba. Igualmente se producía: llegó un momento en que el sábado no le resultó más inquietante que los otros días de la semana.




Un día se despertó al alba y saltó de la cama diciendo basta. Decidió llegada la hora que su pesquisa tomara como escenario al mundo exterior. Esmeradamente se bañó, depiló, vistió y salió a la calle aún sin tener la menor idea acerca de qué hacer ni a dónde ir. Se dejó llevar por sus piernas, las cuales –como si supieran mucho más que ella- la condujeron a todo vapor, sin detenerse a hesitar, a lo largo de las diez cuadras que la separaban de la casa de Obdulio –el mejor amigo de Ernesto-.


La portera del edificio de Oby se encontraba manguereando distraídamente la vereda, al tiempo que conversaba con su colega del edificio de al lado, ocupada en idénticos menesteres –el manguereo es un procedimiento de limpieza muy usual entre los hacheros, que consiste en desplazar la mugre desde la vereda hacia la calzada, sirviéndose del agua conducida por una manguera-. La puerta del edificio quedaba así abierta a todo público. Yakelín –que no era ruidosa ni llamaba la atención por sus atributos, tan discretos- se coló con la mayor naturalidad. Subió la escalera hasta el segundo piso y tocó el timbre del apartamento de Oby. Nadie contestó. Yake miró su reloj pulsera: eran apenas las ocho y veinte de la mañana.


Volvió a pulsar el timbre y repitió la operación, aumentando la firmeza y duración de las emisiones, hasta que la cara semidormida de Obdulio apareció en el marco de la puerta. Por el costado, y sin saludar, una chica vestida a las apuradas se escurrió escaleras abajo. Aunque Oby, atornillado al marco de la puerta, no atinó a decirle más que hola, Yake entró en el apartamento pisando firme, como quien hace pleno ejercicio de sus legítimos derechos.


Si bien no paró de recorrer con la vista cada detalle de la vivienda –cosas que no le dijeron nada- no empezó a hablar hasta el momento en que Oby colocó dos tazas de café sobre la mesa. Sin embargo, no probó un sorbo; apenas estuvieron frente a frente le espetó: 

- Quiero que me digas todo lo que no sé de Ernesto.


Si lo dijo inspirada por fuerzas desconocidas o tirando verde para recoger maduro, no sabemos. Por qué Obdulio se vio compelido a desembuchar –si fue a causa de algún oscuro sentimiento de envidia, celos o vergüenza ajena respecto de Ernesto- tampoco sabemos. Lo cierto es que Oby movió sus labios cerrados hacia una y otra comisura antes de empezar a colaborar. Tartamudeando, a través de una entrecortada construcción lingüística inhabitual en él, confesó que su amigo mantenía en secreto una antigua relación amorosa con una tal Mónica. No estaba seguro pero creía que la conocía desde mucho antes que a Yake. Él ya se había puesto en contacto con Mónica para preguntarle qué sabía de Erne, pero ella le había dicho que no tenía noticias de Ernesto desde bastante tiempo antes de su desaparición. Yakelín lo instó a darle la dirección de aquella mujer, cosa que él hizo sin oponer resistencia –se la sabía de memoria-. Dejando el humeante café intacto, Yake salió a la calle apurada, con el impulso de un extraño sentimiento de esperanza. Tarde se le ocurrió –faltaba media cuadra para arribar a destino- que si se hubiera quedado tomando el café con Obdulio habría obtenido mucha más información. Pero bueno, nuestro afán de saber a menudo naufraga ante la necesidad de desconocimiento que nos invita a sus profundidades. Y la inexperiencia de Yake para tratar con personas, más allá de atender clientes, era flagrante. Por otra parte, nunca antes había establecido con el amigo de su esposo diálogo más extenso que el de hola, todo bien y adiós. Los avatares de la amistad entre los dos hombres marchaban por carriles ajenos a ella; aunque no así respecto de la tal Mónica, según quedó de manifiesto. 




Siguiendo las indicaciones de Obdulio localizó fácilmente el domicilio de Mónica, situado a unas siete cuadras de lo de Oby –sus piernas volaban al ritmo de una ansiedad nueva-. (Todo en Hache queda más o menos cerca si se pertenece a la clase instruida. Ni qué hablar de los funcionarios estatales, que conviven dentro de un área de mil metros cuadrados). Por el intercomunicador la madre anunció que Mónica no regresaría antes de las dieciocho horas. Yake optó por no volver a casa, prefirió vagar por las calles de H y a poco de andar dio con el Parque Liberio Fidel –pulmón izquierdo de la urbe, que se encuentra sobre la Avenida Liberio Fidel, arteria principal de nuestra ciudad-estado-. Al cabo de una extensa recorrida por el parque, ya a paso de peatón, relajada y apreciando el paisaje, incluso disfrutando el paseo, eligió un banco situado bajo los algodones de un palo borracho de avanzada edad y prominente estómago pinchudo, para permanecer allí sentada hasta la hora de volver al ruedo. Ignoraba la existencia de toda esa increíble variedad de pájaros que habitaban el lugar. Y pensar que su casa no quedaba a más de diez cuadras de allí. No recordaba haber pasado nunca tantas horas dando vueltas por los espacios al aire libre de H. 


Era tanta la voluptuosidad que aireaba sus ojos, oídos y epidermis, y tan intensa la bizarra esperanza que la existencia de aquella otra mujer abría ante ella, que no necesitó comer ni tomar nada, e incluso no precisó ir al baño durante las horas, que no se le hicieron largas, de la espera. Cierto es que en H los baños públicos pueden resultar insuperablemente vomitivos, pero no iba por ahí el viaje de Yake. La otra le despertaba una verdadera fascinación. ¿Sería ella el reverso de su elemental insuficiencia como mujer? ¿Tendría ella lo que a Yake le faltaba? ¿Tendría, en fin, a Ernesto?


No pudo concentrarse en elaborar ningún plan satisfactorio según el cual abordar a Mónica. Terminó por dejar el asunto librado a la espontaneidad. Cinco y media se levantó del banco y puso el automático de sus piernas robóticas para llegar a las seis menos cuarto al edificio donde vivía la mujer. Allí se apostó, junto a la puerta de entrada, a esperarla. Seis y veintisiete llegó Mónica –aún sin conocer su descripción física Yake la reconoció de inmediato-. Y tan pronto como la vio se dirigió a ella diciendo lo primero que le vino a la mente:

-          Vengo a hablar contigo de parte de Ernesto Erre.

-          ¿Quién sos?

-          La hermana.

-          No, querida, a la hermana la conozco.

-          Bueno, está bien, soy la esposa. O la viuda...


Totalmente en evidencia quedó la falta de mundo de Yake, aunque Mónica, de todos modos, le permitió desplegar sus inhabilidades como investigadora, cooperando con inmejorable voluntad. No alcanzará con decir que Yake no consumía policiales –los de la tele le resultaban insufriblemente sangrientos, y la biblioteca comunal barrial ofrecía como novedad los de Ágata Christie..., pésimamente traducidos y casi deshechos por el desgaste, además-.


Muy curiosamente, Mónica no intentó siquiera evitar la entrevista. Pero en el momento en que iba a abrir la puerta del apartamento recordó que vivía con su madre. Y consideró conveniente mantenerla al margen –especialmente tomando en cuenta cuánto apreciaba ella a Ernesto-.

-          Mejor esperame en un bar. Distraigo a mi madre y salgo.


Yake aguardó a Mónica durante casi veinte minutos en un café de la Avenida Liberio Fidel. Cuando ésta llegó, bastó una mirada para que ambas mujeres supiesen que no tendría sentido ocultarse nada. Que lo único posible, acaso, era hablar con franqueza.


Moni se había enterado de la desaparición de Ernesto por Obdulio, pero como creía conocer muy bien a Erne, supuso que andaría perdido entre nuevas faldas, por lo que no se alarmó. Mediante un pormenorizado relato de las circunstancias de la evaporación de E Erre Yakelín la forzó a cambiar de idea.


A pedido de Yake, Mónica le contó que se habían conocido con Erne, cuando ambos tenían dieciocho años y cursaban primer año de Arquitectura –carrera que los dos abandonaron sin aprobar un sólo examen-. Sus genios no les permitieron nunca sostener una relación estable, pero la mutua atracción que sentían impidió una ruptura definitiva. Se mantuvieron siempre en contacto. Ocasionalmente él la visitaba. Por supuesto que tenían sexo, con performances de alta tensión, aunque sus encuentros tendían a esparcirse entre lapsos de desvinculamiento que no en todos los casos sucedían a peleas violentas. A veces incluían en sus juegos a compañeros que levantaban por la calle o en los boliches.


Si Yake fuera más aguda –y más morbosa- no habría perdido el hilo de los terceros que Mónica había nombrado (especialmente de los conocidos, como Soledad y Obdulio) ni hubiera dejado de interrogar la “violencia” de las peleas sostenidas. Aunque debemos reconocer que el azoramiento provocado por el cúmulo de nuevas y sórdidas dimensiones de Ernesto, intensificaba los efectos de esa genuina falta de estaño que caracterizaba a su esposa. De todos modos, reconozcamos su valentía para enfrentar todas las novedades que le saltaban a la cara. Por momentos, Yake se abismaba pensando que esas realidades que iba descubriendo habían estado desde siempre a la vuelta de la esquina, sin que ella las sospechara siquiera.


Moni estaba lanzada a hablar, a decirlo todo, como en un trance que la conectaba con la relación que recién ahora comenzaba a sentir perdida; a medida que avanzaba en su discurso, soltaba progresivamente las riendas:

-No era tan intenso el ardor con que nos deseábamos como la necesidad de corroborar cuán cerca estábamos el uno del otro, pese a todo y más allá de todas las parejas que cada uno por su parte tuvo. (Yake se preguntó si Mónica sabría de otras mujeres con quienes Ernesto hubiese tenido amoríos durante su matrimonio, pero no despegó los labios por temor a frenar el chorro de las confesiones; luego olvidó retomar el punto). Y demostrarnos que nuestra capacidad de transgredir –es decir: de actuar nuestra inconformidad con La Sociedad- permanecía indemne al transcurso del tiempo-. Como últimamente yo, por cuestiones personales, andaba muy triste, él se esmeraba en brindarme el consuelo de hacerme tocar su deseo. O lo más cercano al deseo que resulta tangible. (De pronto se detuvo, como si algún recuerdo, paradójicamente, la aterrizara forzosamente en el presente).


Involuntariamente Yake encarnaba un personaje cercano al de la cándida niña que, habiendo caído por accidente en el castillo de la bruja, abre la puerta de El Armario y a duras penas permanece en pie, con los ojos abiertos, ante la catarata de monstruos atolondrados que, aprovechando la ocasión, se disputan el espacio donde mostrarse, para inmediatamente después salir disparados hacia el ancho mundo. Pasmada escuchaba a Mónica, sin poder articular más que algunas interjecciones, haciendo las veces de un lenguaje humano.


Moni retomó el hilo al cabo de una breve pausa:

-Yo estaba al tanto del matrimonio de ustedes, sabía lo bien que se llevaban, y nunca hubiera hecho nada para separarlos. Él era feliz contigo, Yakelín. De verdad ignoro qué pudo haberle pasado. Es terrible que haya desaparecido.


Tampoco inquirió Yake acerca de la forma en que Mónica estaba al tanto de su matrimonio. Qué versión de su vida conyugal le habría transmitido Erne, qué idea sobre la propia Yake... Las dos mujeres terminaron llorando abrazadas sobre la mesa del bar. Luego Moni invitó a Yake a su casa, para que conociera el lugar donde Ernesto pasaba una parte de su vida. Sin demora salieron hacia el apartamento, poniéndose de acuerdo en lo que dirían a la madre de Mónica, para evitarle incomodidades y disgustos. La señora creía que Ernesto era el novio de su hija y aunque se hubieran peleado, como tantas otras veces, lograrían reconciliarse.


El arreglo personal de Moni -su pelo, uñas, dientes e indumentaria- no permitía imaginar lo alejada que estaba su morada de un nivel de higiene mínimo. A Yake, que había hecho pintar su casa cinco veces en diez años y la mantenía inmaculada, el estado de pobreza y decrepitud del apartamento que habitaban Mónica y su madre, la impactó profundamente. Imposible discernir si el gris de las paredes obedecía a la voluntad de una mano de pintura recibida demasiado tiempo atrás o a la mugre acumulada tras las consecutivas frituras, que evidentemente tenían lugar a diario. La madre ya no podía disimular en la piel los rastros de una dieta basada en tortas fritas, bizcochos y minutas. En el ordinario aparador del living-comedor los adornitos posaban como flotando dentro de una capa de tierra combinada con efluvios grasientos. No faltaban a su cita el consabido elefantito con billete en la trompa, los floreritos dorados y los ceniceros de vidrio portando clavos, tornillos, ganchitos de cortina y cuantas pequeñas piezas que se fueron desprendiendo de algo cupieran en ellos. Vista en su salsa, La Otra Mujer no parecía más que una muchacha sin suerte, que envejecería pronto, sola o peor: teniendo que hacerse cargo de su progenitora –antecesora suya en una extensa serie de mujeres desgraciadas-.


Lo más difícil para Yake era imaginar al galán -artista refinado, culto y oligarca bienpensante- revolcándose en las viscosidades de aquel tugurio sin salir maculado. ¿Cómo podría visualizarlo allí, a él -que era capaz de detectar el guisante más ínfimo bajo nueve colchones- como pez exótico nadando en aquella pecera de aguas podridas? Yakelín había vivido convencida de que su habilidad para administrar el hogar era una de las virtudes que su marido mejor estimaba en ella. Cuánto esfuerzo había gastado en proporcionarle una vida doméstica sana, ordenada e higiénica... Los datos de la realidad huían en todas direcciones, imposibilitando la conformación de cualquier figura coherente. Yake avanzaba en su investigación, atravesando la opaca y pesada atmósfera que la recuperación de Ernesto le ofrecía, con entrecortada respiración.


Mónica invitó a Yake a pasar a su cuarto. Comparando esta habitación con la anterior, saltaba a la vista que el comedor guardaba aún cierto grado de orden y limpieza. El panorama del dormitorio podía provocarle arcadas incluso a las almas menos pulcras que la de Yake. El olor a tabaco rancio prevalecía por encima de otros aromas menos discernibles pero igualmente nauseabundos. Había ropa y zapatos tirados por el piso cualquiera fuese la dirección que tomase la mirada. Sobre una repisa alta varias botellas de whisky yacían vaciadas; el moho las abrigaba. Yakelín no pudo menos que preguntarse si la frescura con que Mónica le presentaba su habitación se debía a la súbita confianza que había surgido entre ellas o a una fuerte y profunda tendencia al impudor de su compañera en la desgracia; tendencia ahondada durante largos años de desidia y estimulada a manifestarse en toda su amplitud por la atención que Yake le prodigaba. No se daba cuenta que también para Moni hablar de Ernesto era una forma de recrearlo, de volver a encontrarse con él.


Acurrucado sobre la alfombra estaba Quique, el gato que Erne y Moni compartían. Juntos lo habían salvado de la muerte segura que le habría causado el cruel abandono del que fuera víctima al nacer. Ahora convertido en un gato grande y gordo, Quique abrió los ojos sin prisa, se desperezó y luego fue a restregarse contra su dueña a modo de bienvenida. Las hebras sueltas de su pelaje gris perla tapizaban el recinto. 

-          Pensar que nosotros no tenemos ni un perro.

-          ¡Qué raro! A Erne le encantan los animales.

-          Pero yo no los soporto.

-          ¿Por qué?

-          Para empezar, porque ensucian.


(Tal vez sea este el momento –antes que resulte demasiado tarde- de explicar que esa  falta de asertividad en la forma de circular por el mundo de Yake era consecuencia de la educación que había recibido. Hija de una de las últimas familias obreras de alta moral e impecable ética de H  –para quienes la higiene constituye un valor supremo, que debe contrastar con la mugre cloacal de las calles donde sus moradas se alinean- Yakelín pasó directamente del hogar paterno a la vida conyugal. Si bien sus padres y hermanos, a causa de la coyuntura, tuvieron que emigrar a lejanos parajes, partieron con la tranquilidad de que Yake estaba correcta y firmemente posicionada, colocada entre los soportes de un honroso matrimonio y los de un digno puesto de trabajo, en el único supermercado con capitales nacionales de la ciudad-estado. Andar a los tumbos por el ancho y heterogéneo mundo no había sido para Yake una necesidad, hasta ahora).


Mónica continuaba creyéndose en la obligación de proporcionar a Yakelín detalles absolutamente precisos acerca de los momentos que Erne y ella pasaban juntos.

-          En cada encuentro nos bajábamos un litrito de whisky. Cómo lo extraño.

-          Es muy raro. Él no llegaba a casa borracho.

-          Es que también nos dábamos unos saques.

-          ¿Cómo?

-          Bueno... capaz que estoy exagerando en las cantidades... Pero siempre venía con una botella de whisky del bueno. Viste que ahora el hecho de que sea escocés en sí no garantiza nada... (No, Yake no había visto nada de eso).

-          En casa no tomaba más que algún vasito de vino con la comida, de vez en cuando.


La locataria encendió un cigarrillo.

-          ¿Estando él acá también fumabas?

-          Los dos fumábamos.

-          ¿En serio? Creía que él detestaba el tabaco tanto como yo.

-          Fumábamos como murciélagos. Los encuentros eran muy intensos. (Yakelín desconocía el circuito sustancias estimulantes-ansiedad-excitación).


Moni tuvo que ir al baño. Una vez a solas en aquella pieza inmunda Yake entró a dudar acerca de la verosimilitud de las palabras de su compañera. No podía ser que cuando él salía de aquel antro hediondo no llevara consigo ese tufo que todo lo impregnaba, y que ella habría detectado fácilmente... Además la relación entre Moni y Erne era inconjugable con los recuerdos que guardaba de su relación matrimonial. Yake estuvo a punto de salir corriendo antes de que volviera la otra: si el relato de Mónica seguía ocupando el centro de la escena sus propios recuerdos se irían por el resumidero. Como un caleidoscopio roto desfilaban ante ella las imágenes del marido; su rostro desfigurado por las manchas del vicio y el horror, le resultaba más ajeno que nada sobre la faz de la tierra. Con gran esfuerzo buceaba en su memoria para tratar de aferrarse a la ternura que la había habitado durante tanto tiempo y ahora amenazaba con abandonarla, así como la abandonó el que la causaba. ¿Quién era el hombre que se acostaba a su lado entre las sábanas que ella perfumaba con agua de colonia? ¿De quién la mano que le acariciaba el pelo cuando empezaba a caer en el sueño? De alguien manaba el único calor, húmedo, disponible en la madrugada. ¿A quién le untaba con manteca y mermelada las tostadas, crocantes pero no quemadas, cada mañana? Evidentemente había una confusión. El amante de aquella mujer no era su esposo. Ya se disponía a retirarse, dejando atrás la sarta de viscosos absurdos que la rodeaban, cuando apareció Mónica, con una foto de Erne en la mano.


Para mejor, la fotografía había sido tomada en esa misma habitación, unos siete años atrás. Ernesto estaba sentado en el sillón verdoso, bajo el estante de las botellas ahora enmohecidas. Llevaba puesta su camisa rojo ladrillo y las botas que él llamaba “de obrero”. Reclinado en su trono sonreía tras el humo de un cigarrillo que sostenía entre los dedos. Ésta fue la experiencia más cercana a “reconocer el cadáver” que tuvo Yake; con ella perdía la chance de creer que no estuvieran hablando del mismo E Erre. Como si Moni se lo hubiera pedido, Quique trepó a la desvencijada bergere que alguna vez fue verde inglés, la misma de la foto.


El demonio verborreico de la verdad cruda y dura continuó hablando por boca de la local:

-          Ese era nuestro lugar preferido para practicar el sexo oral. Nos gustaba hacerlo por turnos. Y era lo que más disfrutábamos.

Yake desvió la mirada para ocultar su desconcierto. Ernesto y ella no practicaban el sexo oral desde antes de casarse, por lo menos. No cabía duda: Mónica era de esas personas que experimentan la compulsión a decir mucho más de lo conveniente; una mujer que se revolcaba entre la libertad y la promiscuidad. Ahora escupía esquirlas de verdad a los ojos de Yake –o algo que podía doler como una verdad retenida y de golpe liberada-, y lo hacía al ritmo de una ametralladora, sin una pizca de piedad ni recato. Pero, aunque quedase demostrado que Ernesto era el mismo, ¿serían verdaderas todas aquellas palabras o habría que aplicarles algún descuento? ¿Por dónde trazar una línea, una frontera que dejase al ser amado del lado de los suficientemente buenos? Yake, dubitativa, luchando contra el escandalizamiento, se había refugiado en el mutismo. ¿Cómo entre los objetos que guardaba Ernesto no encontró ningún indicio de la existencia de Mónica? ¿Se habría topado con alguna señal que no supo interpretar? ¿Habría sido su esposo un farsante consumado, un embustero especializado, un ser por completo extraño a la idea que de él se había formado? Pero aun así, ¿cómo podía alcanzar tal perfección en sus engaños? ¿Hasta qué punto no fue ella misma quien optara por la ignorancia?... Ya entrada la noche Moni y Yake se separaron con un fuerte abrazo.




Contra toda predicción, al día siguiente del emotivo encuentro, Yakelín denunció a Mónica a la policía, para que allanaran su apartamento; a lo mejor aparecía algún dato que permitiese dar con Ernesto Erre, o lo que quedara de él. Recién después de presentada la denuncia tomó nota de que, imperdonablemente, había olvidado indagar acerca de las relaciones entre Mónica y Soledad, su cuñada. ¿Cómo era que se conocían? Su torpeza, redoblada, alejó toda posibilidad de enterarse. Ya debía haber avanzado el cuerpo policial sobre el lúgubre apartamento. Y con Soledad tenía rotas las relaciones desde que la Policía allanó su domicilio, también por denuncia de Yake. No quiso pensar en todos los datos que se perdía con esta nueva intervención policial.


En lo de Moni los uniformados sólo dejaron al gato sin cepillar. Efectivamente aparecieron rastros de EE, pero ninguno reciente. (Al menos en eso no había engaño). Mónica fue extensamente interrogada y luego sometida a pericia psiquiátrica, al cabo de la cual le proveyeron una receta verde, de la que hizo uso, pero con acompañamiento de bebida alcohólica.


A partir del allanamiento de su hogar, todos los familiares y conocidos de Moni fueron abruptamente puestos en conocimiento de su relación clandestina con un hombre casado y misteriosamente desaparecido. Y ello sin que se consiguiera ni una diminuta migaja de información acerca de dónde podía estar Erne ni de lo que pudo haberle ocurrido. La vía de acercamiento a Ernesto a través de Mónica quedaba, a poco de abierta, definitivamente cortada.




Como, a su parecer, la Policía no se mostraba lo suficientemente concernida en el caso de la desaparición de Ernesto Erre, Yake optó por volver a la acción directa, aunque disfrazada. Con atavíos diferentes estuvo quince días enteros siguiendo y haciéndole la guardia a Mónica –quien parecía vivir lo suficientemente drogada como para no percatarse de nada-. Y todo para llegar al único descubrimiento de que ésta y Obdulio también eran amantes. No se atrevió a averiguar si Ernesto había conocido ese vínculo –podría haber vuelto a interrogar a Oby-. Menos todavía se animó a inquirir si Ernesto había formado un trío con ellos. Y yo sin marido –pensaba, apostada tras un árbol, al tiempo que Mónica y Obdulio se daban un chupón extenso y profundo a la entrada del edificio de Moni. Esta ciudad está empedrada de secretos a voces. Pero a mí se me escurren entre los dedos.


Aunque presintiendo que no le harían caso, al día siguiente aportó el nuevo dato al oficial encargado de investigar la desaparición de Ernesto. Su presunción resultó cierta. La Policía ya había realizado demasiados procedimientos. No podían continuar los interrogatorios, allanamientos y pericias psiquiátricas ad aeternum, por el bien de la población viva y localizable.




Pasó varios días sin recibir noticias de los uniformados, por lo que resolvió comenzar a seguir a Oby. Al parecer la verdadera profesión de Obdulio era la de mujeriego. ¡Quién lo hubiera dicho! Él, con esa cara chata de mirada blanda y su pasito de pato engrosado. No sólo antes y después de las seis horas de funciones en el Ministerio de Solidaridad y Bien Público mantenía Oby relaciones sexuales con mujeres diversas sino que también lo hacía durante el horario de trabajo, en su propio despacho, en otras oficinas, e incluso en locales exteriores al ministerio. (Si bien era conservador, en el sentido de que mantenía relaciones tradicionales exclusivamente con mujeres, su profunda vocación integradora lo llevaba a incluir féminas de todos los tamaños, edades y colores). Al cabo de una semana oficiando como voyeur Yake se dio por vencida.


Entonces se lanzó tras los pasos de Rolando, el marchand –quien, por otra parte, como ella no había sido aún declarada viuda, se arrogaba el derecho de no pagarle ni un centésimo de lo que recaudaba con los cuadros de EE-.


Pero Rolando no era ni Oby ni Moni. Él tenía sobradas razones para temer, sospechar y esperar ser vigilado. Así que una noche se hizo seguir por Yake hasta su mansión veraniega de Punta de los Cachalotes. (Tuvo que esperarla varias veces para posibilitar el espionaje. Yakelín había aprendido a manejar a los dieciocho años, pero se había desempeñado como conductora sólo en muy escasas oportunidades. No sólo porque el auto de Ernesto era de Ernesto sino porque sus rutinas hachenses se reducían a unas pocas cuadras a la redonda, que recorría a pie. Ahora avanzaba por la carretera con cuidado, desafiando el límite de velocidad hacia abajo). Antes de llegar al balneario, a la vera del camino, estacionó Rolando su auto para adentrarse caminando en un frondoso bosque. Yake no pudo sino hacer otro tanto.


Rolando se escondió atrás de un árbol para luego salir sorpresivamente al paso de Yake y prodigarle un buen susto. Respecto a la naturaleza de dicho susto las versiones se contradicen, pero todas rondan en torno al horror del sexo: una súbita apertura de sobretodo con mostración de pene erecto, real o artificialmente implementado y de envergadura monstruosa, o algo por el estilo.


Lo cierto es que, invirtiendo el sentido de la emboscada, Rolando fue quien recurrió a la Policía. Y Yake volvió a pasar por interrogatorio y control de salud mental. En esta oportunidad, inteligentemente declaró estar tomando la medicación. El profesional actuante consideró necesario multiplicar la dosis. (Es usual en H, cuando un procedimiento muestra su ineficacia, insistir en repetirlo, acaso reforzado).


De regreso a casa Yake tomó conciencia de que el camino de la persecución, además de resultar inútil, se estaba volviendo peligroso. Pero quedarse quieta ya no podía: debía tomar otro rumbo, una dirección que la llevara a alguna parte.




Al día siguiente se obligó a desayunar adecuadamente. Si seguía perdiendo peso pronto desaparecería ella también; como no creía en la vida ultraterrena, debía cuidarse. Recordemos que masticar, tragar y no devolver, se le había vuelto un circuito de alta exigencia. Sin embargo en esta ocasión, al cabo de media hora no sólo había concluido el desayuno –y lavado y secado las piezas de vajilla empleadas- sino que también tenía definido un nuevo plan de acción.


Prendió la computadora, se conectó a Internet y en el buscador escribió: Esposas de desaparecidos. Encontró el sitio de la Liga Ecuménica de Esposas y/o Viudas de Desaparecidos, que dispone de varios foros: desapariciones forzadas, voluntarias, espontáneas, de dudosa naturaleza. Linkeó estas últimas y fue a dar con nosotras. Ningún caso se parecía ni remotamente al suyo. De todos modos Yakelín se puso en contacto con nuestro grupo, y desde entonces le hemos dado contención y apoyo para que pueda transitar su proceso de recuperación o aceptación de la ausencia del que no está cuando no es posible encontrarlo –como le decimos-, de la forma menos negativa. Aunque el caso de Ernesto sigue siendo tan peculiar como desconcertante, ¿qué esperanza de recuperación, siquiera del cuerpo, puede caber cuando no se conoce medio, ni responsable, ni motivo de la desaparición del ausente?


De todos modos, Yakelín pudo volver a permanecer en su casa y ya no salir corriendo tras locas verdades que de nada le servían. Empezó a convivir, de alguna manera, con la ausencia de Ernesto. Además de la compañía virtual brindada por otras viudas dudosas –como ella-, algunas integrantes de La Liga que vivimos en H, comenzamos a visitarla periódicamente. Yake pudo ir poniendo su vacío dentro de un contorno de palabras, aunque difuso, continente. El transcurso del tiempo fue haciendo el resto.


La percepción que tenía de su situación empezó a modificarse y nuevos interrogantes surgieron, algunos bastante ridículos, aunque no exentos de relevancia. Por ejemplo, el hecho de que EE hubiese desaparecido sin previamente aducir siquiera el clásico voy hasta la esquina a comprar puchos ¿debía ser leído como que no tenía intención de irse o en tanto simple desconsideración hacia ella? Una situación inexplicable no puede reducirse a la lógica conocida, tampoco a otras lógicas más dudosas, pero a veces éstas ayudan. 


Como suele ocurrir a las personas que pierden absurdamente a sus seres queridos, una vez superadas las incómodas sensaciones que el descubrimiento de Mónica le habían despertado, Yake tuvo su tiempo de culpas. Fue sintiéndose responsable no sólo de la inverosímil pero real desaparición de Ernesto sino también de todas las cosas negativas o inciertas que le pasaron a éste en vida. Como salidos de la galera del enemigo, los argumentos más disparatados la acusaban insistentemente: Si le hubiera dicho que no subiera al altillo..., si hubiera subido con él..., si hubiéramos comprado una casa sin altillo... Pero Yake era un ser demasiado racional y pedestre como para que argumentos de este tipo le duraran demasiado, aunque tuvo que descartarlos uno por uno.


En algún momento fue capaz de mirar a los ojos su mutilación. Y ver cómo, aun habiéndole sido cercenado el marido, ella estaba lo suficientemente entera. El hombre perdido tampoco había resultado ser lo que parecía. Su E Erre actual consistía en una imagen obtenida a partir de la confrontación entre el antiguo recuerdo y las nuevas versiones de Ernesto que obtuvo a lo largo de su errática y truncada “investigación de campo”. El Ernesto Erre de la Yake actual es el producto de una operación efectuada por Yake. (O mejor dicho: de un conjunto de maniobras, que hemos detallado.)


Sin embargo, este ente menoscabado respecto del anterior, este Ernesto plagado de dobleces y mancillas, seguía brillando con luz propia, la iluminación fosforescente de los espectros. Recurrentemente visitaba a Yake una ensoñación tan intensa que parecía hecha de carne. En la imagen él se ve de espaldas, ella corre en su dirección, pero justo cuando llega y está por abrazarlo él se vuelve y la cara no es la suya, pero además se desvanece. Ese ínfimo contacto la nutre. El brevísimo instante del encuentro pasa a habitar en ella como la tan necesaria presencia querida que necesitamos intuir dentro nuestro para no sentirnos irremediablemente solos a merced del temible universo. La imagen la visita cada vez con menor frecuencia; su intensidad sigue siendo alta pero al desvanecerse ya no lastima. Algo de la fuerza vital del amor de Erne se atornilló definitivamente en Yakelín, de modo tal que no se volatiliza con la ausencia de su cuerpo, ni puede debilitarse víctima de alguna atrocidad aún por revelarse, de aquel ser humano que vivió en H. Hay una clavija llamada Ernesto que pertenece indeleblemente a Yake. Y a nadie más.


Yakelín se fue quedando a solas con una ausencia pura, no contaminada y propia. Una peculiar herida en vías de cicatrización gracias a un artefacto –tan invisible como eficaz- que fue construyendo para poder vivir en el mundo sin EE y a pesar de los inescrutables agujeros negros de su ausencia. Para ello tuvo que cortar amarras tanto con el Ernesto evaporado como con el fraudulento –y renunciar a las dulzuras espinosas del enojo y la vergüenza-. Finalmente alcanzó ese estadio en el cual el dolor sigue existiendo pero deja vivir. Y pudo irse descentrando de Erne para quedar abierta y fértil a nuevos deseos.




Podríamos incluir todavía un número ene de caracteres expresando vacíos de espesores diversos en palabras más o menos balbuceantes o poéticas. Preferimos no hacerlo. Durante aquellos días –largas jornadas de la estación benévola- nada pasó; y, sin embargo, sí había pasado. Antes de las fiestas de fin de año Yakelín vendió la casa y emigró al Viejo Continente, con la intención de instalarse en la localidad donde residían sus padres y hermanos, para comenzar una nueva existencia. Lejos de Hache.


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Publicado originalmente en el libro "Un escritor acabado", 2013.


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