Sobre "La pasión erótica" de Lissardi, Martín Lojo para La nación


Sin pretensiones académicas, el uruguayo Ercole Lissardi diseña una genealogía del erotismo en la cultura occidental y reivindica el camino del deseo en oposición al discurso amoroso



En más de quince novelas breves, el escritor uruguayo Ercole Lissardi ha explorado el erotismo en todas sus facetas y alcanzó una notable intensidad literaria. Pero la crítica no siempre acompañó su aventura. Aunque suene extraño en los tiempos que corren, sus primeros libros fueron calificados como pornográficos en su país natal, lo que supone que la calidad estética de sus relatos, por ocuparse de una materia espuria, no le garantizaban un lugar en el arte.


Ante ese desdén, Lissardi inició su propia reflexión crítica sobre el arte erótico, en parte publicada en las entradas de su blog El diario de un erotómano. Ese esfuerzo de reflexión desbordó los límites de su propia obra y dio como resultado La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet, un ensayo que, a modo de manifiesto estético, arriesga una genealogía del erotismo en la cultura occidental.


El ejercicio consiste en oponer al Paradigma Amoroso, provisto de figuras de sensibilidad que legitiman "la idea del amor en tanto vínculo espiritual y exclusivo", un Paradigma Fáunico formado por el repertorio histórico de las imágenes sociales que privilegiaron "el apetito sexual, el deseo, la curiosidad sexual, la voluptuosidad, como vectores esencialmente enriquecedores de la peripecia humana": los sátiros y faunos de la Antigüedad, los demonios medievales, Don Juan, Casanova y el Cuerpo Pornográfico.


Sin vocación erudita o académica, su reflexión sobre los pertinentes casos analizados busca los momentos en que los discursos sociales se encuentran con una forma artística que los supera, contrarrestándolos o llevándolos más allá de lo que pueden decir. Así, la omnipresencia cotidiana del sátiro griego como símbolo de la potencia sexual insaciable encuentra su límite en el tardío Fauno Barberini, de Praxíteles, una imagen en la que "la necesidad de representar el deseo sexual en estado puro llevó al arte griego más allá de los límites de su estética, hacia una expresión de la subjetividad que apuntaba hacia otro modo y momento de civilización". Don Juan, la encarnación moderna del demonio medieval que fue el chivo expiatorio de la voluptuosidad durante el "milenio eclesiástico", representa otra figura de la evolución del Paradigma Fáunico. Si en la obra fundante de Tirso de Molina Don Juan es el vehículo pedagógico de la condena que merece la voracidad sexual, Molière invierte el contenido del mito original para convertirlo en el teatro político adecuado para expresar sus ideas libertinas.


Aunque censurada luego de quince representaciones, Le festin de Pierre es el primer momento, luego del sátiro mudo y el demonio susurrador, en el que el fauno alza la voz para decir sus razones. La consagración de esta reivindicación del personaje llegará con el Don Giovanni de Mozart y Da Ponte, también libertinos, ópera en la que el personaje alcanza su máxima expresión a través de la sensualidad de la música.


A través de una refinada lectura de acontecimientos "fáunicos" en la historia cultural, la apasionada interpretación de Lissardi llega a su punto decisivo en la evaluación del "Cuerpo Pornográfico". Es en la disputa con la pornografía donde se juega la legitimidad de un discurso artístico actual sobre la sexualidad humana. Luego de un atento análisis del paulatino levantamiento de la censura, Lissardi se centra en la actualidad de la "pornografía universal", instancia en que el porno goza de absoluta permisividad a favor del capitalismo de consumo. Al garantizar Internet la rentabilidad de la imagen de toda práctica sexual existente, la gestualidad pornográfica inunda los medios de comunicación con una representación del acto sexual descontextualizada de su deseo. El Cuerpo Pornográfico es abstracto y anónimo, y "la estimulación que produce la imaginación de éste no está dirigida al cuerpo de nadie en concreto sino a ese mismo fantasma".


El arte erótico en la era "postpornográfica", entonces, es aquel que se propone recuperar el cuerpo deseante y explorar el más allá del hombre a partir de su sexualidad. Lissardi analiza la búsqueda del deseo en las obras de Miller, Bataille, Onetti o Cortázar; sigue el entusiasmo de Pasolini por la liberación sexual en su "Trilogía de la vida" y su desencanto en Saló, interroga los "cuerpos mutantes" de Cronenberg y el "cuerpo inmundo" del arte contemporáneo. Aunque el ensayo se presenta como una modesta tentativa, con más interrogantes que respuestas, no vacila en sostener una posición moral fuerte en el rol que otorga al erotismo como exploración de la "vía del deseo, esa fuerza imprevisible y misteriosa que lanza a uno en brazos del otro con una avidez que sólo puede ser consecuencia de la secreta convicción de que en el ser del otro mora una verdad que nos es esencial". Una afirmación que sostiene la creencia en la fuerza liberadora del arte, aunque los últimos secretos del cuerpo se hayan convertido en mercancía.




(Publicado originalmente el 21/6/2013: https://www.lanacion.com.ar/cultura/vocacion-faunica-nid1593768/ )