Ercole Lissardi - Mi palabra favorita

Hubo algún momento en que estuvo de moda preguntar a los escritores por su palabra favorita. Después la pregunta desapareció. Sin duda le habrá parecido demasiado trivial al periodista devenido intelectual, preocupado por establecer una relación seria y profunda con su lector. Otras preguntas aparentemente triviales también desaparecieron, como cuál es su color favorito, su comida favorita, su estación del año, su deporte, su marca de autos, etc. Pero, en fin… aquella cuya desaparición resiento es la pregunta por la palabra favorita, misma que, por lo demás, nadie me formuló.



Antes de seguir adelante me parece útil establecer aquí algo en lo que se piensa poco o con indiferente vaguedad. A saber: que la relación del escritor -como la de cualquier ciudadano, puede suponerse- con las palabras -como con tantas otras cosas- varía a lo largo de su vida. Aunque nunca fui un escritor joven -empecé a escribir a los cuarenta años- en mis primeros libros mi relación con las palabras era puramente utilitaria. Lo que realmente me importaba entonces era la velocidad del relato, porque con el vértigo narrativo contaba para llevar a mi lector, sin respiro alguno, hasta el final del texto, extremo del que me parecía que dependía, en buena medida, la correcta apreciación de lo que, en tanto que escritor, estaba proponiendo. Sigo considerando un aspecto valioso de un texto la fluidez y el ritmo, pero en algún momento de mi ingente producción comencé a tomar nota de que los textos, mis textos también, están hechos con palabras.


No que no lo supiera, por supuesto: desde muchacho tenía leídos mis Lezama Lima y mis Marguerite Duras, artífices supremos -y tan diferentes entre sí- en el sutil arte de hacer que cada palabra brille como con luz propia. Pero una cosa es saber una cosa y otra es experimentarla. De pronto avanzaba por mis textos como quien cruza a pie un arroyuelo y descubre la belleza de las piedras que duermen en el fondo, y que fugazmente muestran su belleza realzada por el velo delicioso del agua pura y saltarina. Las palabras de uso más común me sonaban con matices inesperados, o en los que nunca había reparado. Como quien se inclina y saca del agua una de esas piedras devenidas preciosas y las contempla embelesado y antes de seguir se la guarda en el bolsillo, como si hubiera encontrado un verdadero tesoro, así empecé a transitar mis textos deteniéndome en palabras que por primera vez se me aparecían como bellamente extrañas y sutiles. Creo yo -aunque hasta ahora nadie se ha tomado la molestia de confirmármelo- que, con mi nueva actitud de gambusino del habla, mis textos han cambiado. No digo que sean mejores ni peores -tal calificación en el fondo es irrelevante- sino que invitan a diferentes placeres en la lectura.


De más está decir que fue en esta segunda fase de mi escritura, que comenzó a tener sentido para mí que un escritor pudiera tener palabras favoritas. Si la relación con cada palabra es diferente, resulta natural que alguna de ellas termine por resultar privilegiada. Ahora bien: favorita o privilegiada implican la noción de que sea a ella que el escritor recurre con mayor asiduidad -piénsese en la dinámica del harén-, y sin embargo no es lo que me sucede con mi palabra favorita que, lo digo de una vez y sin más dilaciones, es la palabra entusiasmo. Entusiasmo es mi palabra favorita, pero hasta donde soy capaz de recordar, ni una sola vez he utilizado esa palabra en mis decenas de novelas escritas. Parece razonable, por consiguiente, pasar a la pregunta obvia: ¿a qué se debe eso?


En principio debo decir que entiendo por entusiasmo no más que lo que la Real Academia propone: una exaltación del ánimo, una adhesión fervorosa que nos despierta algo que nos parece admirable, teniendo siempre presente la etimología griega, literalmente: una inspiración divina. No ignoro que la definición de la Academia es lo suficientemente vaga como para cobijar con este término todo tipo de inclinaciones triviales (hay entusiastas del arenque ahumado, del moto-cross y de la danza del vientre entro otras cosas). Pero a mí la palabra me parece maravillosa porque nombra con mágica precisión al movimiento del espíritu que nos arranca de la triste y monótona animalidad y nos pone cara a cara con aquello que nos hace más que animales, qué digo: más que humanos, el amor por las cosas superiores, por las cosas de la índole de lo excelso. A mí, esta simple explicación de lo que en mí produce, me basta para justificar el favoritismo de que hago objeto a la palabra entusiasmo. Por inspiración divina se enciende nuestro ánimo y tiende hacia las cosas esencialmente divinas. Cualquiera que esté comprometido con arrancarse de la animalidad de la existencia consideraría elegirla como favorita. Y sin embargo no puedo recordar que la haya utilizada ni una sola vez en aquello en lo que centro mi compromiso con la búsqueda de lo excelso.


No es tan difícil comprender la razón de la aparente paradoja, pero exige dar un pequeño rodeo. Tal y como lo he explicitado en artículos y entrevistas el tema profundo de mi escritura es el deseo humano, esa fuerza misteriosa que nos lanza hacia otro ser humano como si en él morara algo secreto que nos es indispensable alcanzar, poseer, sin que tengamos la menor idea de qué es esa cosa que tanto anhelamos. Nos lanzamos a la conquista física y espiritual de un ser, a su devoración he dicho más de una vez, en la convicción de que ese algo secreto nos pondrá a salvo no sabemos de qué. Mis personajes por cierto que no son capaces de reflexionar acerca de la naturaleza de su inesperada, oscura y agresiva conducta. No son filósofos, son -en todos los casos- fulanos y menganas comunes y corrientes. Pero, aunque lo fueran, no podrían razonar sino a toro pasado, es decir, una vez que el deseo ha ido tan lejos como cree posible y declara satisfecha su sed de conquista, mayormente sin resultado alguno, y entonces se aplaca, y finalmente se apaga, muere. ¿Es que los filósofos se han devanado los sesos tratando de comprender la naturaleza de este impulso que a tantos aqueja? Probablemente, pero con muy poco resultado. El primer tratado sobre el tema es El erotismo, de Georges Bataille, de 1957. Y desde entonces no se ha ido mucho más lejos en la materia.


Ahora bien: el deseo es una de las formas -hay otras, por supuesto- que adopta el entusiasmo. ¿Esta afinidad no sería más bien una razón para que la palabra entusiasmo abunde en mis textos? No, por la misma razón por la cual la palabra deseo no está nunca en mis novelas. Mis personajes actúan, como todos lo hacemos, sin saber cuál es el motor profundo de sus actos: no utilizan la palabra deseo porque en la vida cotidiana la palabra deseo se utiliza para la voluntad de alcanzar todo tipo de objetivos triviales, y lo que padecen mis personajes no les parece en absoluto algo del orden de lo trivial. De la misma manera no utilizan la palabra entusiasmo porque la utilización corriente y cotidiana de esa palabra la pone en relación con objetivos también triviales (como las fiestas rave, el lacrosse y la pastelería vienesa, por ejemplo). Para decirlo en pocas palabras, mis personajes no discurren adecuadamente acerca de lo que les sucede porque las palabras que debieran de utilizar no tienen para ellos el valor adecuado, están desgastadas y vulgarizadas por el uso cotidiano. Con este pequeño rodeo por los dominios del deseo creo que queda claro por qué mi palabra favorita, entusiasmo, es la que menos uso en mis novelas.


La palabra entusiasmo, vale la pena consignarlo para cerrar estas notas, llegó a su utilización actual -que está bien recogida por la Academia porque sutilmente acepta por igual su utilización trivial tanto como cualquier otra utilización trascendental que quiera dársele-, al final de una larguísima y apasionante trayectoria hecha de acepciones y utilizaciones que originaron debates de todo tipo y valorizaciones por demás contradictorias, desde la crítica platónica del entusiasmo, a la legitimación renacentista de Ficino, de Pico della Mirandola y de Giordano Bruno, y de allí a la descalificación de que lo hace objeto Locke (ignitus fatuus lo llama), a la adopción del término por las sectas protestantes (véase el célebre sermón sobre el entusiasmo de John Wesley) y de ahí al debate iluminista, Voltaire y Kant incluidos, entre la Razón y la Irracionalidad, hasta llegar, por ejemplo y si se quiere, a la utilización que del término hace, en su film de 1931 del mismo nombre, Dziga Vertov devenido, en un error fugax, por cierto, el Leni Riefenstahl de los dictadores comunistas. Pero todo esto tendrá que ser objeto, o no, de otra entrada, o quizá de un ensayo, siempre que las circunstancias, nunca se sabe, lo permitan.