Ercole Lissardi – La conquista de la lucidez

En estos últimos años algo insólito ha ocurrido en la literatura uruguaya: una escritora, Ana Grynbaum, ha dado a conocer dos extraordinarias novelas eróticas: Un asiento demasiado confortable (2020) y La conquista del deseo (2021), ambas publicadas por los libros del inquisidor.



El tema de la primera es la muerte de la madre, el de la segunda la iniciación sexual, momentos ambos, por cierto, centrales en la experiencia humana. Las respuestas que a esos momentos dan las protagonistas y narradoras de ambas novelas son profundamente diferentes.


En Un asiento demasiado confortable la respuesta es un verdadero aullido de impotencia. La madre ha sido cruel y brutal con su hija, y esta se siente incapaz de acompañarla en la agonía, incapaz de anular así sea in extremis el abismo que las ha separado toda la vida. Lo genial en esta novela, recurso verdaderamente digno de un Bataille, es la única respuesta que, desde el dolor y la impotencia, la hija es capaz de dar para equilibrar el horror de la agonía: una vez por semana se entrega al vicio de un viejo esperpéntico cuya única relación posible con las mujeres -con ella no cruza una sola palabra- es practicarles el cunninlingus una vez instaladas en una especie de sillón ginecológico. El horror y la brutalidad de la agonía sin contacto imposible entre madre e hija, se compensa, por decirlo de alguna manera, con la brutalidad de esta sexualidad sin contacto alguno posible, en la que la hija se reduce voluntariamente al estado de objeto puro. El asiento en el que la hija se deja hacer hasta el orgasmo es, ciertamente, demasiado confortable, tanto que le permite sobrevolar, sin enloquecer, el infierno de la agonía de su madre.



En La conquista del deseo el aullido ha dejado lugar a la lucidez: la protagonista narra desde la distancia, desde la mirada clínica que le permite el paso del tiempo. En su edad adulta la protagonista regresa al momento clave de la iniciación sexual, no para regodearse en las presuntas dulzuras descubiertas en brazos del primer amante, sino para desmontar en la memoria todas las trampas, los mecanismos letales que tuvo que eludir para dar ese paso que cambia todo en la vida. Así, para huir de la férrea y destructiva vigilancia de unos padres abusivos, demonios de un hogar infernal en el que campea la neurosis fuera de control, se refugia en la vida sencilla y ordenada de sus abuelos. Pero es sólo con la distancia que pone el paso de los años que comprende hasta qué punto le resultaba oprimente la obsesión de sus progenitores con la acumulación de objetos feos y absurdos, kitsch para decirlo con una palabra. Marea desbordada de objetos a los que supuestamente se debe variadas formas de pleitesía y que la vigilan como especie de alter ego fantasmático de la monstruosidad familiar. El ámbito liceal no le significa un refugio, no le aporta solidaridades ni amistades: al contrario, rechazando las variadas y obscenas formas de la sexualidad que despuntan entre sus compañeros se ve también allí aislada y hostigada. El ardid de unas clases de piano que en realidad no toma le permite abrir una brecha, un tiempo libre de opresiones y represiones para vivir la novedad que hay en su vida: el deseo que experimenta hacia un joven empleado del negocio de sus padres. Afortunadamente el chico resulta ser un amante comprensivo y cuidadoso que la conduce lentamente por todas las experiencias en lo que podemos calificar como una completa iniciación sexual. La mirada de la protagonista, ya adulta, no es una mirada cualquiera: es una mirada capaz de mostrar cómo en el centro de un complejo sistema de opresiones y represiones es posible crear un vacío en el que aflora la belleza y la pureza al descubrir el placer sexual en el contexto de algo vago y misterioso pero definitivamente parecido al amor. Un amor fallido, sí, prematuramente finiquitado por las circunstancias, pero resistente y duradero en la memoria.


Dos novelas de temas esenciales, poderosos, resueltas en su dimensión erótica con brillantez y originalidad. Y sigue la mata dando. Sigue la cultura autista de este paisito signado por la voluntad de mediocridad dando escritores secretos, ninguneados y geniales.