Ana Grynbaum - Felisberto y Arcimboldo, la conspiración de los objetos
- 14 ago 2021
- 11 Min. de lectura
Actualizado: 5 ene 2024
Hace un tiempo se me viene ocurriendo con insistencia cierta relación central entre las obras mĆ”s conocidas de Giuseppe Arcimboldo y las de Felisberto HernĆ”ndez, mĆ”s allĆ” de las evidentes diferencias. Pintor milanĆ©s del Renacimiento tardĆo (1526-1593), Arcimboldo realizó sus cabezas compuestas (composite heads) mientras se desempeƱaba en la corte de los Habsburgo en Viena y Praga. Escritor montevideano del siglo XX (1902-1964), Felisberto intercaló la escritura de sus textos, mĆ”s o menos breves, con la ejecución del piano en cines mudos y modestos conciertos. La relación que voy a plantear no creo se deba a la influencia del primero sobre el segundo, poco probable, sino que da cuenta de una forma estĆ©tica en la que diversos artistas pueden incurrir con independencia. Por mi parte, el lugar desde donde escribo es el de lectora y observadora, informada.

Autorretrato de Arcimboldo como hombre de papeles
Raro y fantasioso
Arcimboldo conoció la fama en vida y su estilo ha sido ampliamente imitado, aunque posteriormente el ambiente de los artistas e historiadores le diera la espalda y negara su valor hasta el siglo XX (cuando lo reivindicaron, especialmente, los surrealistas). Felisberto tuvo escaso reconocimiento en vida, pese a frecuentar el cĆrculo de varios de los principales intelectuales y artistas uruguayos de su Ć©poca (Jules Supervielle, Carlos Vaz Ferreira). DespuĆ©s de muerto fue reivindicado por algunos escritores destacados (Julio CortĆ”zar, Italo Calvino) y su obra estĆ” siendo traducida y reeditada, pese a lo cual la crĆtica no suele encontrar mejor epĆteto que el de raro para calificarla. Los detractores de Arcimboldo no se animaron a tan poco, aunque lo menoscabaron por el carĆ”cter fantasioso de su obra mĆ”s lograda.
Raro y fantasioso son adjetivos que se han empleado a menudo respecto de la obra de ambos autores. Cada uno de tĆ©rminos implica una antĆtesis. Lo raro es lo anormal o infrecuente, diverso. La calificación responde a un criterio estadĆstico, mide la desviación respecto de cierta idea hegemónica. Fantasioso remite a lo no realista-naturalista segĆŗn el canon figurativo occidental. Por una parte estĆ” lo que parece eso que es, lo cual le da cierta autoridad reafirmante. Por otra parte estarĆa lo otro, lo que podrĆa ser, pero de lo cual cabe la incerteza, pues carece de apariencia unĆvoca. Tanto raro como fantasioso suelen aplicarse a elementos particulares renuentes a una clasificación.
Lo que a mà me llama especialmente la atención en la obra de ambos artistas es el lugar que le dan a los objetos. Si bien Arcimboldo los organiza en retratos y Felisberto en historias, dentro del conjunto, los componentes cobran vida independiente y protagónica. Como si todo aquello subordinado a las figuras convencionales, se rebelara por constituir un discurso propio, sin dejar de pelear su lugar en el concierto general. Es coherente que la lógica de los grandes conjuntos les oponga su desprecio, también que resulten inoxidables, por su capacidad de despertar la admiración de quienes buscan ciertas verdades en el arte.
El caballo perdido
El relato de Felisberto El caballo perdido (1943) tiene dos partes diferentes en cuanto a estilo y clima. La primera transmite la experiencia del narrador cuando a los diez aƱos tomó lecciones de piano con una profesora llamada Celina, treinta aƱos mayor, de quien se enamoró platónicamente. El encanto se rompió cuando Celina lo castigó golpeĆ”ndole los dedos con un lĆ”piz. Historia mĆnima. La segunda parte del relato trata acerca de la relación entre el escritor, ya adulto, y su personaje infantil. Tal vez la principal función de esta segunda parte sea demostrar a los crĆticos que el ingenuo, desde cuya mirada se narran buena parte de los textos de Felisberto, es un constructo, respecto del cual el escritor tiene plena conciencia.

Felisberto HernƔndez por Amalia Nieto
Cuando se tacha de naĆf a un artista -como sucedió con Felisberto- suele ser para desacreditarlo. Ingenuo en arte es un tĆ©rmino acuƱado para cuestionar el valor de obras hechas por personas sin formación acadĆ©mica. Da cuenta de un enfrentamiento de intereses, una lucha por el poder. Los acadĆ©micos del arte esgrimen su discurso para defender el terreno en el cual pretenden cobrar sus tributos. En tanto grupo de poder, se reconocen entre iguales, y combaten a los diferentes, que podrĆan robarles el botĆn. Nada original, sucede en todo orden -las pelĆculas sobre mafiosos tienen el mĆ©rito de mostrar estos mecanismos sin escrĆŗpulos-.
El naĆf es un outsider respecto de la institución que dictamina quĆ© es arte y quĆ© no lo es, en la actualidad: quĆ© cuesta millones y quĆ© no vale nada. Pero la fortuna es una rueda, y lo que hoy estĆ” abajo, maƱana puede estar arriba. Actualmente, a los leones mal dibujados del aduanero Rousseau el mercado los cotiza a la altura de las nubes y el Palacio Ideal, que el cartero Cheval levantó en su jardĆn a partir de piedritas, es monumento histórico y centro de peregrinación del turismo cultural. (1)
Por debajo del todo, las partes
Las imÔgenes invertibles de Arcimboldo son otra cosa si se las mira patas para arriba. Pero aún de una u otra forma, como todas sus cabezas compuestas estÔn formadas por objetos cuya existencia individual supera la del conjunto que los subordina. Al punto que la mirada del observador oscila entre ellos y la figura global, sin que entre las partes y el todo termine de establecerse una relación definitiva y aquietante.
Las hipótesis interpretativas de esta relación entre partes y todo son mĆŗltiples, algunas de profunda erudición, pero ninguna cierra el campo de lo decible. (2) Este es el punto que me interesa. El estilo del artista es la elaboración de una obra preƱada de consecuencias, abierta a ellas, centrada en dicha apertura. De espĆritu móvil, camaleónico, metamórfico.
Cuando esta insubordinación de las partes al todo toma la ruta del juego y el chiste, no falta en la Modernidad una polĆtica de control de los placeres que la desprecie. Como artista de la corte de Rodolfo II, Arcimboldo era apreciado. Pero ese imperio tuvo su caĆda, junto con la cual se degradó tambiĆ©n el arte que sustentaba. Curiosamente, en paralelo a la desvalorización de su arte, el estilo archimboldesco se diseminó en infinitas recreaciones. Y aunque el arte con mayĆŗscula le diera la espalda, su estilo se popularizó, desarrollĆ”ndose en forma independiente del origen.
Una erótica enredada en las cosas
En El caballo perdido las cosas de Celina parecen ser Celina misma, pero no lo son, la superan. A lo mejor podrĆan darle al narrador lo que ella le niega. La mudez de los objetos se alĆa con el deseo.
La sala de la casa de Celina es para el narrador una cÔmara de iniciación, a la música y al amor. Cualidad recurrente en la narrativa de Felisberto, los objetos de la sala se experimentan como si estuvieran animados, incluso personificados. Se los llama habitantes de la sala. AdemÔs, las partes del cuerpo tienen vida propia, al punto de parecer autónomas. Especialmente los brazos de Celina. Salta a la vista la similitud con las cabezas compuestas de Arcimboldo, en las que las diferentes partes tienen forma de objeto independiente.
Las cosas de Celina le permiten al narrador la intimidad que ella no le brinda. De alguna manera la sustituyen, ademĆ”s de oficiar cual cómplices de la relación prohibida que el narrador desea y fantasea establecer, gracias a ellos. āUna vez que yo estaba solo en la sala le levantĆ© la pollera a una sillaā. ā(ā¦) yo tuve bastante tiempo para entrar en relación Ćntima con todo lo que habĆa en la sala. Claro que cuando venĆa Celina los muebles y yo nos portĆ”bamos como si nada hubiera pasado.ā (3)
La erótica que envuelve y mueve al narrador no es naĆf desde el punto de vista de sus intenciones, ya que estĆ” ādispuesto a violar algĆŗn secreto de la salaā y llega a sentir āel placer de violar una cosa seriaā. La sala es el escenario del despliegue erótico pues: āsaber que todo lo que pertenecĆa a Celina, que ella era tan severa y que apretarĆa tan fuertemente sus secretos, me aceleraba con una extraƱa emoción, el deseo de descubrir o violar secretos.ā
A diferencia de los cuadros de Arcimboldo, donde los objetos calzan asombrosamente dentro de las figuras en que se incrustan, entre Celina y sus cosas quedan resquicios, espacios en blanco, misterios, ambigüedades, secretos. VacĆo a llenar con deseo.
El narrador tiene su manera predilecta de hurgar en los secretos de las personas mayores. En ausencia de sus dueƱos toma contacto con los objetos usados por ellos. Estos āhabrĆan empezado a desempeƱar alguna misión o significarĆan algo para quien los utilizabaā, por lo cual de alguna manera estarĆan implicados en esos actos misteriosos cuyo conocimiento el narrador persigue.
Las cosas, en tanto rastros de las acciones que se realizaron con ellas o de las que fueron testigo, funcionan como āintermediariosā entre los adultos y el narrador. Pero solo pueden comunicarse con el narrador cuando estĆ”n a solas. La presencia de Celina, encarnación del adulto, deseado y temido, se impone por encima de la corriente sugestiva. Cuando ella entra en la sala el diĆ”logo entre lo otro y la persona del narrador es suspendido. Su presencia funciona como un orden superior, acallando las mĆŗltiples voces susurrantes y las miradas laterales, que sin embargo siguen existiendo por debajo de su autoridad, en una especie de resistencia.
TambiĆ©n los objetos con figura humana son pasibles de una deconstrucción. AsĆ el narrador comenta el retrato de una mujer presente en la sala: āDejaba que todas sus partes fueran buenas; era como un gran postre que por cualquier parte que se probara tuviera rico gustoā. FĆ”cilmente podemos representarnos esta imagen, desde una estĆ©tica archimboldesca, como un rostro formado por porciones de torta, con crema en las mejillas y chocolate como pelo, amĆ©n de un par de cerezas cual nariz, dos frutillas simĆ©tricas en lugar de labios, almendras para los ojos, confites las cejas y un par de higos en almĆbar de orejas: metĆ”fora realizada.
La escena traumƔtica
Las manos del aprendiz de piano son independientes de la persona del aprendiz, se le resisten, al piano funcionan conducidas por las manos de la profesora. āCelina me hacĆa poner las manos abiertas sobre las teclas y con los dedos de ella levantaba los mĆos como si enseƱara a una araƱa a mover las patas. Ella se entendĆa con mis manos mejor que yo mismo.ā
De pronto, en manos de la profesora, un lĆ”piz cobra protagonismo: āella habĆa tomado aquel lĆ”piz rojo tan lindo y yo sentĆa sonar su madera contra los huesos de mis dedos, sin darme tiempo a saber que me pegaba.ā
Las sensaciones Ćntimas del narrador tambiĆ©n resultan objetos con vida propia. āSe me hinchaban unas inaguantables ganas de llorar. Las apretaba con todas mis fuerzas mientras me iba cayendo en los oĆdos, en la cara, en la cabeza y por todo el cuerpo un silencio de pesadilla.ā Las cosas toman la escena, desplazando a los humanos: āEn aquel momento los objetos tenĆan mĆ”s vida que nosotros.ā

Felisberto HernƔndez (s/d)
Nota al margen: En la pelĆcula āLas manos de Orlacā (Freund, 1935) un mĆ©dico loco y siniestro implanta las manos de un asesino ajusticiado a un pianista que perdió las suyas a causa de un accidente ferroviario. Las manos no le responden a su nuevo titular pero tienden a repetir la conducta criminal del antiguo. Es altamente posible que Felisberto haya visto la pelĆcula, producida por Metro Goldwyn Meyer. TambiĆ©n es posible que haya interpretado en el piano el acompaƱamiento de la versión muda de esta misma historia (Wiener, 1924). E incluso pudo haber conocido la tercera versión cinematogrĆ”fica (GrĆ©ville, 1960) y/o la cuarta (Newt Arnold, 1962). Basadas todas en la novela de Maurice Renard, Les mains dāOrlac, 1920.
Insistencia en una lógica global
El narrador no renuncia a una interpretación global de la escena. āĀæCómo era que Celina me pegaba y me dominaba, cuando era yo el que me habĆa hecho la secreta promesa de dominarla?ā Pero no es en esa dirección sino en la de los objetos intermediarios por donde algo del orden de la explicación aparece: āempecĆ© a sentir la presencia de las personas como muebles que ademĆ”s de poder estar quietos se movĆan (ā¦) de pronto, abrĆan sus puertas y le echaban a uno todo encima.ā Sin embargo āCelina tenĆa sus cajones cerrados con llave.ā Por su parte, āEl piano era una buena persona.ā
En la segunda parte del relato, que aunque no estĆ” marcada se puede situar en el pĆ”rrafo que comienza: āHa ocurrido algo imprevisto y he tenido que interrumpir esta narraciónā (p. 170), el narrador es un adulto escritor. En este segundo tiempo reflexiona sobre su deseo, centrado en el deseo de escribir, asĆ como sobre el resbaladizo vĆnculo entre recuerdo y fantasĆa, pasado y presente. La escritura cobra otro cariz, como si en la contemplación de un cuadro de Arcimboldo, primero se siguiera el derrotero de las figuras constitutivas para luego ensayar una interpretación global.
En la madurez del narrador, son las ideas, percepciones y pensamientos los que operan personificados. āA pesar de andar con pasos lentos, de sonĆ”mbulo, de pronto tropecĆ© con una pequeƱa idea que me hizo caer en un instante lleno de acontecimientos.ā Ciertos āsecretos embozadosā asaltan sus pensamientos y los atan, conduciĆ©ndolo al forcejeo. La metĆ”fora estĆ” cargada de materia, segĆŗn la misma estĆ©tica de los sueƱos.
Afirma el narrador: āEl cine de mis recuerdos es mudo.ā La recreación en el recuerdo es un acontecer nuevo que protagoniza el segundo tiempo del relato. La memoria, con sus repliegues mĆ”s o menos verosĆmiles, muta en literatura. Del niƱo, del pasado, no queda mĆ”s que algo de inspiración. El relato concluye en estas palabras: āAhora yo soy otro, quiero recordar a aquel niƱo y no puedo. Me he quedado con algo de Ć©l y guardo muchos de los objetos que estuvieron en sus ojos; pero no puedo encontrar las miradas que aquellos habitantes pusieron en Ć©l.ā El misterio triunfa, se camufla en una pluralidad irreductible a una sola figura entera y nĆtida.
Artistas en serio
En sus mĆ”s de 300 pĆ”ginas, en papel de primera, formato grande y a color, Thomas Dacosta Kaufmann se esfuerza por demostrar, con minuciosa erudición acadĆ©mica, que si Arcimboldo no era una artista serio, pues su fama se debe precisamente a las bromas visuales (visual jokes) de sus composiciones pictóricas, fue un artista en serio. La documentación nos acerca su dimensión humanista y su formación cientĆfica. La recopilación de dibujos de la naturaleza, animales y plantas, lleva a Dacosta a proponer algunas de las cabezas compuestas como verdaderos compendios de ciencia natural.
De hecho, Arcimboldo ilustró tratados cientĆficos. En cuanto a su lugar en la historia de la pintura, Dacosta lo sitĆŗa entre los precursores del gĆ©nero de la naturaleza muerta. En cuanto a las ideas filosóficas, sugiere que sus series de los cuatro elementos y las estaciones se inscriben en la concepción renacentista de la relación entre micro y macrocosmos, y el hombre como microcosmos respecto del orden celestial.
Todo lo antedicho resulta sumamente interesante. Lo llamativo es la insistencia en demostrar la importancia del arte de Arcimboldo por sus relaciones con el sector legitimante del aparato de la cultura, como si la comunicación lúdica que el artista establece con el espectador fuera, en comparación, una pequeñez.
Si Arcimboldo generó una estética que sigue viva, que continúa generando su público, es porque logra comunicarse con el espectador, porque produce en este ciertos efectos. La comicidad es uno de ellos. El virtuosismo de su ejecución (manierista) otro. Pero mÔs que por el hecho de que los elementos naturales estÔn representados con verosimilitud, lo atractivo es que se encuentran presentados de una forma que rompe con ese realismo.
Uno puede encontrar en ellos la materialización de metÔforas actuales, acaso universales (con el relativismo aplicable al ambicioso concepto de lo universal). Somos lo que comemos puede decirnos el cuadro invertible del cocinero, lo miremos en una dirección o en la otra. La ferocidad de la bestia cazada se transmite al cazador que la sirve a su mesa. En cuanto al jurista, el bodeguero, el jardinero y el bibliotecario, bien pueden expresar: Somos lo que hacemos. Y al mismo tiempo: No somos lo que parecemos vistos de lejos. Nos perdemos en cada una de las cosas que nos conforman.
El juego no se diferencia de la sabidurĆa y la inteligencia. Los juegos verbales estĆ”n llenos de imĆ”genes, las imĆ”genes pueden representar frases de ingenio. La producción de Arcimboldo responde a las necesidades de la corte donde servĆa, necesidades lĆŗdicas acaso tanto como filosóficas.
DinƔmica
No poco inquietantes resultan las cabezas compuestas de elementos vivos. Los pĆ”jaros que conforman Aire tienen los ojos bien abiertos. Acaso algo aparezca de un momento a otro que los espante y, huyendo en desbandada, vacĆen el cuadro. El espacio sin resquicio del interior de la figura humana apenas disimula su vulnerabilidad. Ciertamente comparte con las naturalezas muertas el hecho de representar elementos efĆmeros, captados en el instante de su esplendor.

En tal sentido, la conjunción de la naturaleza muerta con el retrato crea una tensión que moviliza al espectador. El retrato es un artefacto destinado a fijar una semblanza que asegure la fama del retratado, construye una imagen para la memoria. Pero estas cabezas compuestas amenazan con descomponerse por motivos fortuitos en cualquier momento⦠Al igual que los relatos de Felisberto, la realidad estÔ compuesta de elementos con vida independiente, que la ponen en jaque, cuestionando sus pretensiones de dominio y permanencia.
El arte que sobrevive a su tiempo es capaz de hablar muchas lenguas, tantas como le invente quien lo aprecia.
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(1) Cf. https://www.lissardigrynbaum.org/post/ana-grynbaum-arte-y-vida-el-palacio-ideal-del-cartero-cheval
(2) Cf. Thomas Dacosta Kaufmann, Arcimboldo. Visual Jokes, Natural History, and Still-Life Painting, The University of Chicago Press, 2009.
(3) Todas las citas estƔn tomadas de Felisberto HernƔndez, Narrativa reunida, Alfaguara, Montevideo, 2015.









