Ercole Lissardi – La otra cara del ninguneo
- delinquisidorlosli
- 15 ago 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 16 ago 2025
Cancelación y ninguneo son la misma cosa, tienen el mismo tipo de objetivos y utilizan prácticamente los mismos métodos. Las sociedades “cultas” y “civilizadas”, satisfechas de sí y en particular de su distribución de los privilegios, no solo se preocupan por su auto reproducción, se ocupan, sobre todo y concienzudamente, de su auto purificación. En todas las sociedades el poder cultural, esencial porque es el vehículo de las ideologías dominantes, se ejerce por medio de ortodoxias, constructos culturales particularmente sensibles a la detección y eliminación de todo tipo de heterodoxias.

Dibujo de Franz Kafka
Hoy cuando ya no se cuenta con el paredón de fusilamiento o con el aparato judicial y policial de censura, el método de elección para eliminar toda traza de heterodoxia en el arte o en el pensamiento, es el ninguneo, recientemente rebautizado, a nivel global, como cancelación. Hasta hace poco tiempo la “crítica” funcionaba, pero se ha comprendido que el método es oneroso y que genera debates que se instalan a menudo en profundidad, y que traen como resultado, a la corta o a la larga, el descrédito de los argumentos ortodoxos. En general la ortodoxia no se auto define como tal porque, como sabemos, el término mismo tiene mala prensa.
La cara visible del ninguneo es la eliminación, del espacio público, y por consiguiente del espacio de consumo de cultura, de autores cuyas obras se ven como un peligro para el prestigio, la atención y los privilegios de los autores de obras de “arte” o “pensamiento” ortodoxas, o sea: obras que suscriben los códigos de forma y contenido determinados por el poder cultural como válidos y aceptables. La ortodoxia decide qué libros son publicados, qué obra audiovisual puede ser exhibida y qué pensamiento puede alcanzar las mentes de los jóvenes pensadores ávidos de actualizar los criterios de la verdad. Hunde en la miseria y en el olvido a los que se niegan a aceptar códigos prescritos, destruyen y eliminan los manuscritos y la obra audiovisual de la que abjuran y a la que secretamente envidian, y si la eliminan es porque en realidad no son capaces ni siquiera de imitarla. Un artista verdadero prefiere que su obra sea atribuida a otro y no que sea destruida, pero ni siquiera tal generosidad es posible, porque al mediocre, al ortodoxo le tiembla la mano al intentar firmar la obra ajena. La cancelación y el ninguneo aspiran no a la destrucción sino a la eliminación absoluta de la heterodoxia, que no quede ni la menor traza de que tal cosa existió. Los nazis no querían “matar” a los judíos, querían borrarlos de la faz de la tierra, eliminarlos en absoluto, para que ya nunca se sepa siquiera que existieron.
Bien, dejando claras estas generalidades, paso al tema de este texto, que no es el ninguneo en tanto operación, visible por más esfuerzo que se ponga por lograr el borramiento total, sino el otro aspecto del daño: el secuestro y desaparición, como si nunca hubiera existido, de una parte del tesoro cultural de una sociedad. Y las consecuencias, para esa sociedad, de ese secuestro.
Una sociedad entregada al arte y el pensamiento ortodoxo, o sea a la repetición al infinito de lo mismo, sin espacio alguno para la transgresión, para ir más allá del horizonte, se convierte culturalmente en un desierto. Rápidamente la producción cultural es devorada por la industria del entretenimiento, o sea de la trivialidad y la tontería por más celofanes de colores con que se la vista. Hemos pasado de la sociedad de consumo a la sociedad del entretenimiento. El secuestro y/o la aniquilación de la heterodoxia deja al consumidor de cultura, a la masa potencialmente consumidora de cultura, en la ignorancia de las corrientes subterráneas de sensibilidad de su propia cultura. El hilo, la lógica que subyace a la evolución y el desarrollo de esa cultura, se ha roto, la identidad cultural se ha perdido.
Gilles Deleuze, en una entrevista de televisión, dice:
“Supongamos que no se publica a los nuevos Beckett de hoy –al fin y al cabo, faltó poco para que a Beckett no le publicaran-, que no pueden publicar a causa del sistema editorial actual. No podríamos decir: «¡Ah, cómo les echamos de menos!», porque es evidente que no se le echaría en falta, ya que nadie tendría la menor idea de lo que ha desaparecido. Por definición un gran autor o un genio es alguien que aporta algo nuevo, y si lo nuevo no aparece, a nadie le molesta, nadie lo echa en falta, ya que no se tenía ninguna idea al respecto. Si Proust y Kafka no hubieran sido publicados, no podemos decir que los echaríamos de menos. Si Max Brod hubiera quemado todo Kafka, nadie podría decir: «¡Ah, cómo le echamos de menos!». Porque nadie tendría la menor idea de lo que ha desaparecido. He escuchado a un editor que decía: Hoy ya no cometeríamos los errores que cometió Gallimard (negándose a publicar a Proust), debido a los medios con los que contamos. Creen que con los “medios actuales” pueden detectar a los nuevos Proust y los nuevos Beckett. Como si contaran con una especie de contador Geiger que, ante el nuevo Beckett –es decir, alguien perfectamente inimaginable, ya que no se sabe qué podría aportarnos de nuevo–, al pasárselo por encima de la cabeza nos advertiría de su genio con una especie de bip-bip. Si no se publica a los Beckett de hoy el joven que hoy aspira a escribir lo hará tomando como referencia a su abuelo, porque habrá crecido en un desierto. Atravesar un período de desierto no es gran cosa, lo terrible es haber nacido allí, crecer en el desierto: es horroroso. Debe de tenerse la impresión de una gran soledad”.
¿Podemos aspirar a tener una literatura fuerte y rica, que nos ayude a comprender mejor el mundo en el que nos toca vivir? No si permitimos que el poder cultural blindado detrás de las ortodoxias impida el crecimiento libre y espontáneo de nuestros escritores. Lo peor del ninguneo no es el daño directo que le hace a los autores y las obras que decide eliminar. Lo peor es la oscuridad en la que sume a los ciudadanos lectores, negándole los instrumentos de comprensión de la realidad que el artista se ha esforzado en elaborar, y en hacer visibles y comprensibles, mismos que la troika ortodoxa, cancelación o ninguneo mediante, se esfuerza en eliminar, en devolver al estado de no existencia. Los artistas y los pensadores tienen por función hacer más comprensible la naturaleza del mundo tal y como hoy se nos presenta. El objetivo de la ortodoxia es que esas herramientas para la comprensión no lleguen a las manos del ciudadano. Aun cuando no se pueda legislar para prevenirlo y castigarlo, está claro que el ninguneo es un delito en tanto lesiona al patrimonio cultural de la comunidad. Debiera, por lo menos, existir una instancia institucional, una especie de Ombudsman de la cultura, ante la cual sea posible denunciar formalmente los casos concretos de ninguneo, aunque más no sea para constancia y memoria.


