Ercole Lissardi - Escritos autobiográficos y autoanalíticos de obra

Nada más ajeno a mi voluntad que dejar por escrito lo estúpido e incompetente que he sido en el manejo de mi propia vida. Tampoco me motiva en absoluto tratar de explicitar cuál es el “significado” de mi obra, o de mis obras. Ignoro su “significado” si es que lo tienen. No escribiría algo cuyo “significado” me resulte más o menos transparente. Y, sin embargo -porque para eso habla uno, para contradecirse-, hace pocos años escribí algunas pieza que aquí recopilo, con la única intención de decir esto: no me crean nada de lo que digo acerca de mí ni acerca de mis libros, ni en estos textos ni en algún otro que pueda haber escrito, que he olvidado y que eventualmente pueda reaparecer.



I – PREDESTINACIÓN


Después de la pregunta por la pornografía (que creo haber evacuado en mi libro "La pasión erótica" en términos que no admiten contra-argumentaciones facilongas), la que más a menudo se me hace es: ¿por qué escribe erótica? Por supuesto que lo primero que se le ocurre a uno es retrucar que el mismo tipo de pregunta no se le hace a los cultores de otros géneros, como el policial, la ciencia ficción, la novela histórica, política, sentimental o de horror. ¿Acaso a lo largo del siglo XX no ha quedado suficientemente demostrada la importancia de la vida erótica para el sujeto, así como la importancia de ir a fondo en su comprensión? Podemos entonces objetar que la pregunta de por qué dedicarse a la erótica es anacrónica e ilegítima, consecuencia de los dos milenios de represión de la sexualidad que el catolicismo impuso, etc. Respuesta contundente. Pero entonces, ya más razonablemente, se nos repregunta así: más allá de las generalidades que sobradamente legitiman su escritura ¿por qué usted, sujeto singular y único, con una trayectoria vital singular y única que cubre buena parte de la segunda mitad del siglo XX, se dedicó a escribir exclusivamente literatura erótica? (Recuerdo que en Brecha, refiriéndose a alguno de mis libros, un pobre despistado, sin duda que con buenas intenciones, se preguntaba por qué alguien que escribe tan bien no se dedica a temas más importantes. Así está la crítica literaria en nuestra amada provincia). Permítaseme afirmar, alegremente –puesto que no habrá manera de demostrar que estoy equivocado-, que, si al cumplir yo mis 18 añitos alguien hubiera podido esculcar en lo más íntimo de mi intimidad con alguna objetividad y sin prejuicios, hubiera podido dictaminar sin margen de error que el resto de mi vida sería escritor de erótica o nada.


Lissardi antes de Lissardi (foto: Adriana Contreras, c. 1980)

Cojo la pluma, sin pudor alguno y con la voluntad de legar a los estudios de Lo Que Sea un testimonio rusonianamente honesto, intentaré en lo que sigue probar la verdad de la afirmación que acabo de hacer. El dato fundamental de mi infancia y mi adolescencia es que transcurrieron entre mujeres: madre, hermanas, amigas de una y otras. El misterio de la diferencia no habría yo de padecerlo, al menos no en términos superficiales. La intimidad de la mujer, sus ansiedades y sus estrategias fueron para mí un dato de la realidad, cosa natural, abierta y sin misterios, aunque tardara en aprender a sacarle provecho. No por casualidad me casé cuatro veces. Es decir, no sólo por la calidad humana de las que fueron mis esposas. Es que no sé vivir sin mujeres en derredor, si no las hay me falta el aire. La contracara de la ventaja de estar rodeado de mujeres fue, por supuesto, que crecí sin imagen paterna. No hubo quien me marcara la cancha y moderara de alguna manera mis intereses. Está claro para mí que la guía paternal me hubiera mostrado lo pernicioso, si no lo ridículo, de las obsesiones que, en los modos que pasaré a detallar, iba incubando -obsesiones que con el tiempo se convirtieron en uno de los insumos básicos de mi literatura. En esos años inmediatamente previos a la televisión cada domingo disponía yo de una función de cine continuado de tres o cuatro películas, o sea, de las 14 a las 20 horas aproximadamente. Lo que por aquellos tiempos se llamaba una matinée. Por más aptas para todo público que fueran aquellas películas, debo decir que eran –especialmente las de serie B con que se iniciaba el programa- verdaderos hervideros de sensualidad. Hay escenas que, en la indefensión total de la gran sala hipnótica, taladraron mi cerebro y se instalaron en lo más profundo para permanecer allí por siempre jamás. Por el contrario, no creo que haber recibido educación primaria y secundaria en un colegio de curas haya tenido una influencia decisiva en relación con mi vida erótica. Por aquellos años la parte específicamente confesional de la educación no era muy insistente. El ateísmo batllista pesaba mucho todavía. Un poco más de culpa, cuando mucho. Fui monaguillo, ayudé a dar misa, y quise ser cura, pero lo que me atraía, más que la fe, era la vida a resguardo –tal la imaginaba- de los peligros del mundo, que llevaban los integrantes de la congregación. A alguno de ellos en cierto modo lo había adoptado como figura paterna. Mi madre –bicha política nata- solventó sin polémicas el tema de mi vocación. “Como quieras –me respondió-, pero hablamos de esto cuando termines la secundaria”. Santo remedio. Para entonces ya ni me acordaba. La mecha de la obsesión se encendió definitivamente cuando pude acceder al soft-porn propio de aquellos años, final de los sesentas, justo antes de comenzar la Permisividad (o pseudo-Permisividad) de los setentas. Aquellos abrazos interminables en los que se ocultaba al milímetro lo que no se debía mostrar –hendiduras, mucosas, orificios, pendejos y la totalidad de la genitalia en su conjunto y por separado-, abundantemente condimentados con bandas sonoras redundantes hasta la náusea, lo que me producían era dosis masivas de irritación, por no decir de furia, que terminaban en el disgusto y en la repugnancia. El soft-porn prometía y negaba en el mismo movimiento. Era mucho más indecente y dañino que la honesta pornografía que vino después. En una naturaleza sana no podía producir sino rabia, y, larvada, emboscada, una decisión de vengarse (sin proyecto alguno, por supuesto, más allá de ponerle una bomba a alguno de los tugurios que lo exhibían). Quedaba, ciertamente, en este camino de perdición que sólo conducía a las fosas pestilenciales de la culpa –exagero un poco, por supuesto- el escalón más bajo. Yo, que nunca le tuve miedo a nada, di el paso adelante: compré, en un puesto callejero de la Ciudad Vieja, por debajo del mostrador y envuelto en papel de diario –porque la ley vigilaba cualquier traza de ese comercio prohibido-, libritos horrendamente impresos de pornografía paleolítica. Todo estaba allí, por fin totalmente expuesto, en fotos incomprensibles de tan mal impresas y en textos soeces hasta la estupidez. Aún para la peor de las hambres aquello era francamente incomible.


A Dios gracias hubo para mí en aquel Calvario estaciones de Regeneración. Un poco por azar, es decir, debido a mi curiosidad obsesiva y desatada, fui dando con cosas como “Agostino” de Moravia o “El silencio” de Bergman, que me fueron entreabriendo las puertas a la comprensión de que, en las practicas que tan urgente curiosidad me despertaban, había algo más que piel y secreciones, que cierto tipo de situaciones podían desembocar en dimensiones nuevas en las que el aire puro, el de los intereses humanos más legítimos, volviera a llenarnos los pulmones.


Estreno de El silencio de Ingmar Bergman, 1963

Pero, pregunto ¿es que el homúnculo hundido en las aguas pestilentes de la subcultura pornográfica puede resultar rescatado por unas gotas milagrosas de alta cultura? Es posible. No es mi caso. Otro ingrediente, más poderoso, dádiva especial del destino, vino a convertir un itinerario apenas entrevisto convirtiéndolo en un proyecto de vida. Cherchez la femme. Apenas tenía 15 años cuando encantos que no sabía que tuviera encandilaron, tanto como es posible encandilarse, a una coetánea virgencita. Fueron años de noviazgo, hasta el final de la adolescencia, con sexo hasta el hartazgo, en todas las variedades imaginables para dos adolescentes, y servido con una sabiduría impropia de una niña de su edad. Para mí la sabiduría sexual de una virgen sigue siendo un misterio impenetrable. Simplemente hay gente que, en una o en otra especialidad, nace sabia. Aquello significó pasar, sin trauma alguno, de la miseria sexual y la culpa larvada, al paraíso erótico sin restricciones. Conocer la manera hipócrita hasta lo abominable con que la sociedad en que vivía administraba el saber de lo erótico con el único objetivo de generar miseria sexual y espiritual, y culpa, para luego, en una transición sin situaciones traumáticas, llegar a conocer con una plenitud y con una pureza absolutas los misterios esenciales de la vida erótica, fue acceder al privilegio de comprender vívida y directamente una de las dimensiones más importantes de la experiencia humana. Creo que esta transición privilegiada hizo de mí, en última instancia, lo que soy: un escritor de erótica, alguien que se dedica, con los medios de su arte, a ensalzar la belleza y la profundidad del Deseo erótico. Con esta sucinta relación de hechos espero haber demostrado que desde muy temprana edad estaba predestinado para ser escritor de erótica.


(2017)



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II – TROPEL DE FAUNOS


Me parece razonable afirmar que mi obra se desarrolla bajo el signo del Fauno de los romanos, o del Sátiro de los griegos.


Dos faunos, Rubens


Cuatro veces he tomado al Fauno como centro de un devenir textual. Y cuatro no es poca cosa: es la décima parte de mi obra, inéditos incluidos.

Tres de esos textos nos presentan al Fauno trasplantado al mundo actual, siguiendo una fórmula que inaugurara con éxito Rémy de Gourmont bajo la influencia del célebre fauno mallarmeano. El primero de mis transculturados –Últimas conversaciones con el Fauno, 1997- despierta del sueño eterno de los mitos con la prosaica misión de recordar a los humanos los deberes de la Voluptuosidad. No le va mal. Se gana sus galones, pero tiene un feo final en el Hospital de Clínicas. Al segundo de mis retratados –La bestia, 2010- lo presento totalmente despegado de referencias reconocibles en el mundo real. Vive en un mundo de fantasía hecho de represión, decadencia y perversión. Por padecer la crueldad humana puede que se haya ganado el ansiado retorno a la húmeda canícula mallarmeana. El tercero de mis faunos –El innoble, 2019- intensamente aquejado de un realismo benedettiano u oficinesco, retoma el perfil de sátiro misionero con éxito, tal que consigue fundar una secta. El cuarto de los textos en que encaro al Fauno directamente, aunque esta vez sin ficcionarlo, se llama, muy programáticamente, Acerca de la naturaleza de los faunos -2006-, y hace honor al título ya que, camuflado en el artilugio del diario literario, permite que un escritor de erótica –un tal Lissardi- deje por escrito lo que sabe acerca del Fauno y su progenie, notas que a la postre darán lugar al ensayo La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet (2013). Estos son, pues, los cuatro devenires textuales en que he encarado directamente a la –para mi obra- emblemática figura del Fauno. Estoy satisfecho con estos intentos de dar cuenta de mi musa. Más allá de los parecidos que pueda haber en los proyectos, a nivel de escritura exploran vetas diversas y peculiares. No sabría negar que, más allá de la maravillosa imaginería grecolatina sobre el tema, tan deliciosamente abundante, el fauno de Mallarmé –que conocí en la biblioteca del IAVA en mis lejanos años de preparatoriano-, y el bello retrato de Dos faunos de Pieter Paul Rubens, que capta insuperablemente la psiquis fáunica, han mantenido encendida en mí, en largos períodos muy escondida, la llama fáunica. Pero no es menos cierto que el fauno de Arno Schmidt –Momentos en la vida de un fauno, 1953- fue el que me ofreció la ecuación, hecha de aprender a ver la dimensión mítica de la realidad cotidiana, y de saber mezclar en la misma marmita la voluptuosidad intelectual y la pasión sexual, sin escrúpulos, ecuación a partir de la cual, a ciegas, como todo lo que hago –pensar siempre viene después-, pude dar a luz a mi Fauno emblemático. *** Pero más allá de esas veces en que encaré de frente al Fauno, con intenciones retratista o de faunólogo, encuentro en otros de mis libros dimensiones que hacen asimismo razonable decir que han sido concebidos bajo el signo del Fauno. Me refiero aquí a libros en que los personajes parecen poseídos por una especie de fiebre fáunica, como si fueran incapaces de identificarse en otra cosa más que en la voluptuosidad de los sentidos. En el mundo de los amos, de Interludio, interlunio, 1998, estos parecen encerrados a perpetuidad con un solo juguete: su genitalia. El mundo catastrófico de Evangelio para el fin de los tiempos, 1999, evoluciona hacia la orgía, como si sólo desde ella pudiera quizá operarse el milagro de la supervivencia. En La vida en el espejo, 2009, es como si la falla producida entre el fulano y su imagen, que deviene su doble, sólo pudiera resolverse, para bien o para mal, en el campo de batalla de una orgía incesante. Y esto sólo aludiendo a algunos de los libros de la primera etapa de mi escritura. Baste con ellos por ahora. Lo que en ellos se opera es un desplazamiento. Aquí el Fauno ya no está en el centro de la escena sino a un lado, y es su mirada la que da vida a este teatro de marionetas lúbricas. ¿Tengo algo que reprocharle a esta weltanschuung puramente erótica? ¿Es peor un mundo dominado por el deseo que uno dominado por la sentimentalina o por la violencia? Y sin embargo, después de una década de escritura salvaje, sin hacerme preguntas ni mirar atrás, de pronto, puntualmente como para cerrar mi primer período de producción, llegué a una crisis de la resolución de la cual comprendí que dependería seguir adelante. La pregunta que se me aparecía como imposible de eludir era esta: ¿por qué esa unidimensionalidad de mi mundo ficcional. La respuesta, al cabo de meses de reflexión y de investigación, se encuentra ahora encapsulada en La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet, en que postulo la existencia de dos paradigmas opuestos que recorren la cultura de Occidente: el Paradigma del Amor, que invita a la trascendencia y la espiritualidad, y el Paradigma Fáunico, que se limita a recordarnos los deberes de la Voluptuosidad. Nacidos en la Antigüedad Clásica, ambos paradigmas recorren los siglos, uno apoyado por los poderes de éste mundo y del otro, el otro perseguido y reprimido por esos mismos poderes. Mi literatura ignora olímpica y totalmente al primero y cede la escena al segundo. Así de simple. O no tanto. Porque esa visión fáunica de la peripecia humana no es todo lo que hay en esos relatos. En los ejemplos que mentaba los temas de fondo son: la frialdad del genocida, el fin del mundo, la imposibilidad de coincidir con la propia imagen. Así, pues, el Fauno es, efectivamente, mi figura emblemática, mi obra ha sido y sigue siendo escrita bajo el signo del Fauno, borrada ha sido de la escena luego de eras de predominio, al menos retórico, la parafernalia del idealismo y de la hipocresía. (2019)



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III – SE DICE DE MÍ

Desde mis primeras apariciones en público en tanto escritor insistí en que lo mío es la literatura erótica, y en que, por consiguiente, en el corazón de mis textos lo que hay es la voluntad de captar y de mostrar lo que en esencia sea el Deseo, tarea, por cierto bastante más difícil que fotografiar un átomo. La principal razón por la que insistía repitiendo esta fórmula en cada plática o entrevista era, por supuesto, el amor por la verdad: la fórmula contiene, en efecto, la definición de lo que entiendo es el arte erótico. Pero también mi intención era provocar, ya que colocaba el eje de la erótica en “otro” lugar, un lugar misterioso, exótico para el mundo en que vivimos, un lugar distante de la afectividad y de la fisiología, del Amor y de la pornografía. A la vez, al insistir, marcaba la cancha, porque hasta donde yo lo supiera, en todo el mundo de habla hispana no había quién, como yo, pudiera afirmar que se dedicaba en forma excluyente a la literatura erótica, sobre todo si se la definía en los términos en que yo lo hacía, y menos que la practicara con la arrogante ausencia de tabúes o pudores con que yo lo hacía. Nada como ser el único. A la vista está que la fórmula, en tanto slogan publicitario, funcionó, pero puesto que –poniendo el refrán sobre sus pies- “no hay mal que por bien no venga”, también tuvo su lado negativo. Como diría Cantinflas: lo malo de guetizarse es que se guetiza uno. Al insistir en la centralidad –así, en abstracto- de la cuestión del Deseo, de alguna manera autoricé a pasar por alto todo lo demás que hay en mis libros. Y en todos mis libros, por supuesto, el tema del Deseo está jugado en el contexto de “otro” tema, por la sencilla razón de que no existe el Deseo en abstracto, de que el Deseo es siempre Deseo de alguien singular por alguien singular y en una situación singular. Ese “otro” tema, ese contexto en el que encarna el tema profundo del Deseo de ninguna manera es menor: provee de las particularidades de psicología, ambiente y trama narrativa de que se nutre un primer nivel de lectura. En lo que sigue y a manera de compensación, me propongo señalar, para cada uno de mis libros, ese “otro” tema contra el que juega el tema del Deseo. En Aurora lunar el otro tema es la actitud ante la inminencia de la propia muerte. En Últimas conversaciones con el fauno es la faunidad entendida como un apostolado o una terapéutica. En Interludio, interlunio es la raíz del fascismo en lo profundo del alma humana. En Evangelio para el fin de los tiempos –publicada bastante antes de estrenarse 4:44 y Melancolía, que se propusieron lo mismo- es la simple espera, pasiva y resignada, del Gran Final, del Final de todos los Finales. En El amante espléndidoel otro tema es el del alma sencilla entregada en cuerpo y alma a su amor a Dios. En Primer amor, último amor son los prejuicios que impiden entregarse a su mutuo amor a dos de muy diversa edad. En Acerca de la naturaleza de los faunos el otro tema, que corre en contrapunto o paralelo, es el esfuerzo por pensar la faunidad en tanto paradigma cultural y en su dimensión histórica. En Los secretos de Romina Lucas se trata del encuentro amoroso como predestinación. En Ulisa el tema subyacente es la hipocresía sexual como vocación profunda de la moral burguesa. En Horas-puente el adulterio es tratado en tanto terapia de pareja. Una como ninguna nos presenta la ilusión de ser salvados, en el último minuto, del derrumbamiento y de la decadencia. La vida en el espejo nos asoma al diálogo que mantenemos con ese Otro siniestro que mora en lo profundo de nuestro ser. La Bestia presenta el abanico de fantasías culteranas y de salón en el que podemos aterrizar al Fauno de la mitología. En No el otro tema es precisamente la incapacidad para decir “no” y atenerse a las consecuencias. El centro del mundo presenta la peripecia del cadáver considerado, precisamente, en tanto centro del mundo. La diosa idiota trata de la ceguera para interpretar a quien encarna nuestro objeto de Deseo. La educación burguesa presenta la serie de amaños que implica la “normalidad” burguesa. El amigo de las mujeres trata de un tardío y regocijado descubrimiento de la propia faunidad. Simétricamente Los días felices narra la excluyente atracción sexual que una jovencita experimenta por los viejos. El Bien Supremo trata de la voluntad de huir del vértigo del Deseo. La Sagrada Familia trata de las fuerzas misteriosas que hacen presa de un fulano que se autoexilia en un pueblito de campaña. El ápice muestra la manera equilibrada, pero en el fondo indiferente, con que su protagonista vive su bisexualidad. El acecho intenta desplegar el abanico de fantasmas que habita la mente del masturbador. El inconveniente presenta las sorpresas a que puede conducir una sosa e inocente infidelidad. La pasión de Elena trata de las metamorfosis del objeto de Deseo más allá de la eventualidad de la muerte de quien lo encarna. Finalmente –por ahora-, en Medusa o Las 70 palabrasel tema es cómo escribir cuando la escritura nos cambia, imprevistamente, las reglas de juego pactadas a lo largo de muchos, muchos libros. Sospecho que preparando las pláticas y entrevistas que vendrán tendré que elaborar, para autodefinirme, una fórmula que tenga en cuenta esta tensión entre el Deseo y el peculiar contexto en el que intenta imponer su ley, y que tenga también en cuenta las sutiles afinidades entre los contextos narrativos a que recurren mis textos. Esta nueva ecuación dará cuenta, seguramente que con mayor precisión, del tipo de artefacto que, en definitiva, son mis libros.

(2014)



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IV – BAJO EL SIGNO DEL FAUNO


Leído en las Primeras Jornadas de Género y Diversidad Sexual, Universidad de La Plata, Argentina, octubre 2014.


Por más refractario que uno sea a la genialidad musical creo yo que basta con presenciar, o al menos oír una sola vez el Don Giovanni de Mozart para que quede en la memoria la escena, el aria en que el criado Leporello hace la lista o el catálogo de las conquistas de su amo. Dice así: En Italia, seiscientos cuarenta / en Alemania doscientos treinta y una. / Cien en Francia, en Turquía noventa y una, / pero en España ya son mil… y tres. Entre ellas hay campesinas / camareras, burguesitas. / Hay condesas, baronesas / marquesitas y princesas. / Las hay de cada estatus / de cada forma y de cada edad. En las rubias acostumbra / elogiar la gentileza. / En las morenas la constancia / y en las blancas la dulzura. En el invierno prefiere a la gordita / y en el verano a la flaquita, / llama a la grande, majestuosa / y delicada a la chiquita. A las viejas las conquista / por ponerlas en la lista; / su pasión predominante / es la joven principiante. No le importa que sea rica / que sea fea o que sea bella. / Con que vista una pollera / ¡él bien sabe a lo que va! Esta celebración de la mitológica sexualidad del Don Juan Tenorio no es un momento insólito en la tradición cultural de Occidente. Don Juan es la reencarnación en la Modernidad del Fauno romano, que a su vez es la reencarnación del Sátiro griego. Tres de mis novelas toman al Fauno directamente como protagonista, me refiero a Ultimas conversaciones con el fauno, Acerca de la naturaleza de los faunos y La bestia (debe agregarse una cuarta novela: El innoble, posterior a esta ponencia). Y mi libro de ensayos La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet –publicado por Paidós el año pasado (con una nueva edición, corregida, en Los libros del Inquisidor) no es sino la demostración de la presencia de lo que denomino Paradigma Fáunico a lo largo de la historia de la sexualidad en Occidente, uno de cuyos momentos estelares es el advenimiento del mito de Don Juan, que el Don Giovanni de Mozart lleva a su culminación. En la Antigüedad Clásica el Fauno representa la pulsión deseante en todo su esplendor, la potencia del deseo sin límite alguno. En el Fauno se hace carne la verdad bíblica según la cual “el viento sopla donde quiere”. Y si más o menos conscientemente lo fui erigiendo en figura emblemática de mi literatura es precisamente por esa “incapacidad” –digamos, entre comillas-, esa incapacidad de su deseo para excluir o discriminar, incapacidad que como vimos heredó uno de sus descendientes más conspicuos, Don Juan Tenorio, Don Giovanni. Del Fauno podríamos hacer una lista o catálogo similar a la de Don Giovanni. Itifálicos en un régimen 24/7, para decirlo en la jerga del SM, el Fauno y su ascendiente el Sátiro, según nos informan las fuentes que han sobrevivido al celo inquisitorial, no conocen límites para su voracidad sexual. Son promiscuos hasta lo orgiástico, y son bisexuales, pero a lo bestia, ignorando el tipo de régimen perfectamente regulado que respeta el ciudadano griego; no le hacen ascos a nadie, imponen sus exigencias a los esclavos y a los señores, a las esclavas y a las matronas, a los púberes de ambos sexos y también a sus maestros y a sus instructores. Faunos y sátiros representan en la Antigüedad Clásica no sólo la potencia inagotable del deseo sino, más profundamente, como aprendimos a formularlo en el siglo XX, que el deseo no tiene un objeto predeterminado, o sea que, como dije, el deseo, como el viento sopla donde quiere.

*** La invitación a participar en estas Jornadas, invitación que mucho me honra, me ha llevado a revisar las 26 novelas que llevo escritas en busca de respuesta a esta pregunta: ¿cuál es el lugar de la diversidad sexual en mi obra? Debo confesar que nunca antes me había planteado esta pregunta. Dirán ustedes que semejante presunción es absurda en un escritor que sólo escribe ficción erótica. Es absurda vista desde fuera, pero vista desde este lado del mostrador es, en realidad, una conducta de defensa. En estos tiempos en que los medios empujan a los escritores a la todología, se olvida a menudo que el hábitat natural del ficcionador es la imaginación, y no la reflexión, y que, por consiguiente, todo lo que se parezca a generalizaciones uno trata de evitarlo cuidadosamente. Así pues, a lo largo de dos décadas casi de escritura erótica, la verdad es que había evitado hacerme preguntas acerca de un tema –la diversidad sexual- que en realidad está en el corazón de lo que hago. De más está decir que la respuesta a esa pregunta sólo puede ser una que esté en línea con el genio que he designado como tutelar en mi obra. La respuesta a la pregunta de la relación de mi obra con las cuestiones vinculadas al actual debate en torno a la diversidad sexual necesariamente deberá ser coherente con mi adhesión al espíritu fáunico. *** La revisión que he hecho de mis novelas me muestra que en la mayor parte de ellas la sexualidad se dispara más allá del entorno de la normalidad heterosexual. Una primera veta –digamos- disidente, muy trabajada, y a la que difícilmente podría calificarse de residual, concierne a la que quizá sea la menos estudiada de las sexualidades “diversas”: la bisexualidad. Durante décadas el fragor de la batalla de los movimientos gay y homosexuales por sus derechos, dejó en la sombra las peculiaridades propias de la opción bisexual. En tiempos de guerra no hay lugar para los matices, y tanto homosexuales como heterosexuales vieron a la bisexualidad como una simple ausencia de definición, no como una opción sexual en sí misma. La bisexualidad era vista como una sexualidad de tránsito, que tarde o temprano se decantaría sea hacia la heterosexualidad o hacia la homosexualidad. No faltaron activistas homosexuales que acusaron a los bisexuales de hipocresía, es decir: de ser homosexuales que perpetúan una fachada heterosexual para seguir siendo socialmente aceptables. Hoy en día, en buena medida, la consideración de la bisexualidad está cambiando. El punto de vista bisexual gana en visibilidad y florecen los estudios en perspectiva histórica. En estos tiempos de Internet en que compulsivamente se exhibe la intimidad como espectáculo no es rara ya la confesión pública de bisexualidad. El argumento de quienes encuentran irresistible la bisexualidad no es fácilmente rebatible: la bisexualidad, dicen, libera, nos saca de un encuadre, de una dicotomía, del ying y del yang, de un encorsetamiento tipo “lo uno o lo otro” entre la heterosexualidad y la homosexualidad. ¿Por qué no tener lo mejor de ambos mundos? *** A la primera variedad de bisexualidad presente en mi obra podríamos llamarla bisexualidad in extremis y la encontramos en sus dos modos: el personal y el colectivo. ----- Ya en mi primera novela, Aurora lunar, el tema aparece. El protagonista y narrador, aun joven, recibe la noticia de que está enfermo y que le quedan pocos meses de vida. Dada su naturaleza intensamente sensual –como la de todos mis personajes, en realidad- decide, secundado por su pareja, entregarse a una serie de experiencias sexuales. Nada extraordinarias, por cierto: sólo las que pueden ocurrírsele a un clase media típico. El tour incluye sexo con un hombre y una pequeña orgía en la que junto a su pareja se entrega a los buenos oficios de un dúo de prostitutos. Nada sabemos de las consecuencias de estas experiencias sexuales con hombres, porque nuestro héroe da cuenta en su diario privado de lo que vive y lo que siente, pero no de lo que piensa, seguramente porque esto le importa menos que aquello, dado lo cerca que está del gran final. Sólo sabemos que las experiencias no le impiden en absoluto retornar a su talante heterosexual, de lo que podemos inferir, quizá, la naturaleza bisexual de su identidad profunda. Este es el modo personal de la bisexualidad in extremis. -----El modo colectivo, u orgiástico aparece en mi cuarta novela: Evangelio para el fin de los tiempos. La historia del gran meteorito en trayectoria de colisión con la Tierra se ha contado muchas veces. De hecho se ha venido convirtiendo en una especie de mantra que los terrícolas nos repetimos a manera de catarsis. En mi versión un pequeño grupo, formado al azar de la huida masiva para alejarse de las costas, estrecha la intimidad de sus relaciones hasta desembocar en una especie de ritual orgiástico de purificación, estado que vaga y compulsivamente conciben como esencial para merecer la salvación. El final es abierto y no sabemos bien si estamos ante el destape in extremis de identidades sexuales reprimidas o si la inminencia de la catástrofe ha hundido a toda la pandilla en un magma de demencia mística y alucinatoria. -----El protagonista de mi decimocuarta novela, La bestia, es el Fauno, en persona. En tanto representa la voracidad sexual en estado puro, de él podemos decir sin temor a equivocarnos que la bisexualidad es su estado natural. De manera que en sus peripecias no escasean las generosidades para sus congéneres -todos ellos, en realidad, decadentísimos adoradores del portentoso Príapo. La naturaleza fantástica del relato, así como su ánimo particularmente satírico, impiden, en realidad, una exploración a fondo de la bisexualidad. En última lectura La bestia más que una exploración de la naturaleza íntima de la bisexualidad fáunica, es una especie de exposición carnavalesca de la glotonería sexual. -----NO, es el nombre de mi siguiente novela. Aunque son dos textos muy diferentes la considero en espejo con La bestia, razón por la cual al conjunto de ambas lo he denominado Díptico fálico. Más que de la épica fisiológica de tipo rabelesiano, como La bestia, NO se reclamaría de la picaresca mozartiana. El protagonista se siente muy atraído por la esposa de un amigo muy cercano. Se niega terminantemente a la única sexualidad que la mujer le consiente: masturbarlo. Pero siempre termina cediendo y aceptando. Por eso cuando en la escena final el amigo se le insinúa y él se niega terminantemente, en realidad debemos sospechar que a él también terminará diciéndole que sí, quizá con la esperanza de que cerrando de esta manera el triángulo conseguirá que la mujer le conceda las anheladas plenitudes. De NO podríamos decir, por consiguiente, que presenta una especie de bisexualidad especulativa o por conveniencia, no por ello menos genuina que cualquier otra. -----Finalmente, en dos de mis novelas más recientes, El ápice (opus 24) y El acecho (opus 25) el tema retorna. Una vez más, en dos novelas sucesivas, el tema se responde en espejo. En El ápice el protagonista, artista plástico, vive su bisexualidad sin tensiones ni contradicciones. Tiene una especie de switch mental que le permite estar en una u otra cosa limpiamente, sin padecer de contradicciones. Valora y considera sin egoísmos ni favoritismos a sus dos jóvenes amantes –un chico y una chica-, aunque con cierta distancia, sin involucrarse demasiado. La relación que mantiene con ellos llega a su ápice cuando, un poco por accidente, convergen y pasan los tres la noche juntos. Ese ápice coincide con el final de la relación ya que de inmediato inicia un largo viaje, y abandona el contacto con ellos. Para nuestro héroe lo más importante es su trabajo, y su vida amorosa –dado el caso, su bisexualidad- no es más que un insumo de experiencia. Se trataría, pues, aquí, de la bisexualidad en tanto insumo para el arte. -----Opuesta es la situación en El acecho. Su protagonista vive encerrado en sí mismo. Su amante es su imaginación. Su opción es la masturbación –una sexualidad por derecho propio, demasiado a menudo relegada al olvido y omitida en los catálogos de la diversidad sexual. (Hace ya más de cuarenta añitos Julio Cortázar, en Libro de Manuel, hizo una legitimación en regla de la masturbación en tanto sexualidad diversa). La imaginería de que se vale nuestro héroe es tanto homo como heterosexual. De hecho todo, cualquier cosa puede ser combustible en la hoguera de su sensualidad. Una mujer con la que se cruza a menudo en la playa, un cuadrito polvoriento en la pared del dormitorio de la casa de balneario que alquila, escenas que recuerda de películas que ama, porque es cinéfilo, o un pasaje de las memorias del Comandante de Auschwitz. Todo lo enciende, todo es fantasma para él, pero nada es capaz de hacerlo pasar a la acción. Gradúa estoicamente sus calenturas y sólo las hace estallar cuando ya no puede más. La suya sería bisexualidad en tanto insumo onanista. *** Como puede verse la bisexualidad, en variadas formas, reaparece una y otra vez en mis novelas. Se me podrá decir que jugueteo con el tema sin hacer pie en él, que en mi tratamiento falta mostrar de manera realista, simple y sencillamente, qué es esa manera de vivir la sexualidad. Se puede argumentar, por ejemplo, que ninguno de estos textos serviría para fundamentar una campaña a favor del matrimonio de tres… o de cuatro. Puedo aceptar el reproche siempre que se me conceda, a cambio, que mi tratamiento del tema es buena literatura. *** Hay otra forma de la diversidad sexual que reaparece continuamente en mi obra, diversidad esta también poco trabajada. Me refiero a la sexualidad entre sujetos de edades netamente diferentes. El tratamiento literario moderno de esta opción lo inició hace ya más de medio siglo la Lolita de Vladimir Nabokov. Demás está decir que mi tratamiento de esta sexualidad interetaria, o intergeneracional, respeta cuidadosamente los límites que impone la ley. A pesar de que para nuestros abuelos –o bisabuelos, según el caso- aún era práctica corriente elegir vírgenes apenas púberes para casarse, y a pesar de que hoy en día los poderosos y las poderosas de este mundo gustan especialmente exhibir la piel joven que pueden pagarse, en las vidas comunes y corrientes de los ciudadanos de a pie la sexualidad interetaria es mal vista, o repudiada. No voy a hacer aquí, ni hago en mis novelas, el elogio de la conveniencia o las delicias de la sexualidad interetaria. La diversidad sexual no se defiende argumentando sus bondades sino en tanto derechos. Como la bisexualidad, la sexualidad interetaria asoma en mis novelas porque el universo que proponen mis novelas es un universo en el que la potencia del deseo intenta desplegarse sin límites ni obstáculos más que los inherentes al deseo mismo. *** Es en mi quinta novela, El amante espléndido, que el tema aparece por primera vez. ¡Y de qué manera! La protagonista y narradora tiene sexo con un octogenario porque cree que en la mente del anciano, parasitariamente, vive Dios, en persona, un Dios perseguido que, para huir de los que quieren arrebatarle el secreto de Su Creación, se oculta encarnando en un fulano o en otro, más o menos al azar. Confieso que tengo una debilidad por hacer pasar como razonables argumentos al borde del absurdo. Así empieza esta novelita: ¡imagínense cómo continúa…! Mi sexta novela Primer amor, último amor, dice todo desde el título: se trata de una historia de amor entre una jovencita y un viudo de más que mediana edad, ciudadano moderado por naturaleza y respetuoso de las leyes de Dios y de los hombres. El fulano encara la relación como quien carga con una mochila entera de culpa, y si avanzan finalmente en el sentido correcto es debido a la opinión inflexible que la jovencita tiene respecto de la opinión de los demás. Una como ninguna (opus 11) repite el esquema de la jovencita inflexible y el fulano entrado en años y renuente, pero retoma elementos de El amante espléndido, ya que para esta jovencita el fulano es una especie de Dios: se trata de un escritor por todos venerados, una gloria de las letras nacionales, digamos, pero que vive como un ermitaño en medio del campo rumiando las cuentas de la vida que, definitivamente, no le cierran. En el bestiario que es La bestia también está presente el tema, porque entre los entusiastas de los portentos del Fauno no faltan los ancianos libidinosos, de ambos sexos. Finalmente, y para no seguir hurgando, un par de novelitas, muy recientes retoman el tema, respondiéndose en espejo. Son El amigo de las mujeres (opus 16) y Los días felices (opus 21). En la primera un viudo, jubilado, placenteramente entregado al ocaso de su existencia, de pronto viene a descubrir para su total sorpresa que en el fondo de su alma mora, intacta, una intensa veta fáunica. Los éxitos que premian su tardío entusiasmo no le deben poco a las generosidades de todo tipo con que adorna sus conquistas. Los días felices es el opuesto directo. Aquí es una jovencita, muy jovencita –con los dedos aún manchados de tinta, como diría Arno Schmidt- la que descubre, con no menor sorpresa, que los dueños de sus ardores no son sus compañeritos, sino los gerontes, los señores mayores, casi ancianos. Intrépida, se lanza a seducirlos. El conjunto del asunto, más allá de la amabilidad del tono, tiene algo de vagamente necrofílico –otra sexualidad, por cierto, la necrofilia, poco trabajada… y menos respetada. *** Escribir implica dejar fluir la imaginación. Es decir: intentar que nada restrinja ese fluir. Pero ese fluir nunca es completamente libre. Siempre hay, más o menos consciente, un campo específico en el cual la imaginación de cada uno puede fluir. En otras palabras: inconscientemente la imaginación incluye y excluye de acuerdo con una especie de proyecto secreto. Hacer evidente ese proyecto secreto que determina las posibilidades de la imaginación es la clave en la comprensión de una obra. Comprender el proyecto es la llave para interpretar adecuadamente la presencia de tal o cual elemento en una obra. Lamentablemente en estos tiempos que corren, urbi et orbi, el pensamiento crítico en el ámbito de la cultura, por más que se multipliquen las becas de investigación y las publicaciones académicas, está en un nivel muy bajo, y en el campo de la literatura es casi inexistente. Digo lamentablemente porque el análisis crítico es un insumo muy importante en la producción artística. Comprender la propia obra permite relanzarla en nuevas direcciones. Sin este feed-back la obra enlentece su desarrollo. En literatura, hoy en día, uno mismo debe realizar su propio feed-back, uno tiene que ser a la vez el boxeador y el mánager. Así me sucedió a mí: tuve que detenerme a pensar para comprender cuál era el sentido de mi trabajo, porque si en general la crítica literaria es casi inexistente mucho más lo es en el terreno de la erótica. De este parate salí con la comprensión de que el Fauno, lejos de ser un elemento accidental o decorativo en mi obra, es nada menos que su genio tutelar. Me lancé pues al estudio de las características de esta figura mitológica y de sus sucesivas reencarnaciones en la cultura de Occidente. Efectivamente ese proceso de comprensión relanzó mi productividad, superlativamente. Y me ha permitido, en particular, comprender la razón de la presencia en mis novelas de vetas persistentes de diversidad sexual, como la bisexualidad y la sexualidad interetaria. La pregunta por el lugar de la diversidad sexual en mi obra se salda, pues, de la siguiente manera: el lugar de la diversidad sexual en mi obra es y sólo puede ser el que le asigna la adhesión de mi obra al espíritu de la faunidad. *** He querido que mis novelas estuvieran imbuidas del espíritu fáunico. Esa unidimensionalidad de mis personajes -que parece que nada los motivara sino el deseo-, esa aceptación incondicional de mis personajes del llamado del deseo –aunque los fije en un objeto insólito-, estas marcas características de mi literatura, son marcas características del Fauno. Yo quisiera que la suma de mis novelas diseñara un universo inequívocamente fáunico, en el que la regla fundamental fuera la prioridad absoluta del llamado del Eros, un Venusberg en el que hubieran sido definitivamente removidos todos los obstáculos para la realización de los deseos, o en el que sus habitantes actuaran como si tal remoción hubiera sido efectivamente realizada, un universo en el que los inevitables fracasos del deseo por alcanzar sus fantasmáticos objetos fuera ocasión de fiesta y no de duelo, y no significaran sino la oportunidad de su renovado renacer. Un mundo sin gravedad, en el que el lenguaje del Eros resultara transparente, en el que el deseo no necesitara legitimarse y en el que su agotamiento no fuera sino el renacer de sus cenizas. Porque la verdadera fuerza, la verdadera energía que pone al hombre por encima de lo efímero, está en el Eros, en el deseo, esa fuerza infinitamente variada y misteriosa en cuyas alas, los que son capaces de entregarse a ella, pueden vivir la ilusión de alcanzar alguna forma de la divinidad, o al menos, alcanzar una visión fugaz de la divinidad posible. Muchas gracias.


(2014)