Ana Grynbaum - Alegre Turista en convulsa Madre Patria
Todo se une en el delirio de la razón.
I
Treinta y pico de años atrás, en mis primeros años como profesora de inglés en Secundaria, tenía una alumna cubana que era excelente estudiante en todas las materias menos la mía, en la cual no llegaba a un promedio suficiente. Una tarde que me la crucé en la biblioteca del liceo aproveché a transmitirle mi opinión: ella no quería aprender inglés por ser esta una lengua imperialista. Innegable realidad, pero que con igual criterio tampoco debería hablar español, ni la mayoría de las lenguas que conocemos. Creo que no me respondió nada, la materia la subió por su propio esfuerzo y ni idea si mi intervención tuvo parte.
II
Me tocó pasar el último 12 de octubre en Madrid. Apenas caí en la cuenta intenté ubicar los contrafestejos que lógicamente deberían tener lugar, pero -hasta donde pude saber- en Madrid no se contrafesteja. Enterada de que el Centro de la cuidad -mi espacio en tanto Turista- estaría tomado por las muchas y rimbombantes manifestaciones nostálgicas del poder imperial habido y perdido, decidí restringirme a las inmediaciones de mi hostal y recorrer lo que hasta ese momento había cuidadosamente evitado: los grandes almacenes. Pero por más que “el Turista” procure restringirse a su burbuja de placer, la guadaña de la realidad no detiene su siega. Apenas abandonaba el Corte Inglés de Preciados -con las manos tan vacías como las hubiera llevado Diógenes-, a un paso de la Puerta del Sol -donde se sitúa la acampada por vivienda- vi aparecer una horda de embanderados españolistas, franquistas y falangistas que eufóricamente avanzaban hacia los acampantes. En mi trayecto de huida crucé varios vehículos de la Policía que se interpondrían entre los bandos. Más allá de “Sol”, por la conchetosa calle de Fuencarral y a unas pocas cuadras de la Gran Vía, los nacionalistas desbordaban orgullo; entre ellos un chico de no más de catorce años con una bandera de la Falange atada a la espalda. Noventa años después del comienzo de la Guerra Civil Española.
Podría agregar el relato de cuando estuve alojada a media cuadra del Congreso mientras los “fachas” se enfrentaban con la Policía y también de haber cruzado la Plaza Cataluña, de Barcelona, una hora antes de los disturbios entre manifestantes a favor de la huelga general por la vivienda y los “Mossos d’Esquadra”, pero con la mención alcanza.
Aun esforzándose el Turista no zafa de la política ni de la historia. La historia, que parece nunca terminar de escribir sus estrofas gastadas.
III
En la ciudad de Granada me sentí especialmente llamada a conocer la Puerta de Elvira. Mirando el plano de la ciudad había descubierto la referencia de un verso de Góngora, “Verdad, mentira”, que habiéndolo escuchado infinidad de veces en la voz de Paco Ibáñez, recién ahora empezaba a comprender: “Puerta de Elvira en Granada / Y en Sevilla doña Elvira”.

Cruzar por la Puerta de Elvira, de la antigua muralla granadina, fue de por sí una experiencia mística, que se continuó a lo largo de la Calle de Elvira: callejuela estrecha, empinada y corcoveante, repleta de comercios de musulmanes que hablaban en su propia lengua y parecían no haber sido jamás expulsados de España. Era temprano un día de semana, los otros turistas todavía no habían llegado, el camino se abría todo para mí. Por supuesto que compré -a excelente precio- hermosas bagatelas, así como dulcecitos tipo baklavá, en una pastelería donde debí esperar que la dueña rezara a la hora correspondiente. Pero lo más conmovedor sucedió cuando me detuve a tomar esta fotografía:

Apenas bajé el celular, el dueño del comercio donde estaba la bandera, sonriente se dirigió a mí: “Salam aleikum. Gracias.” No supe qué responder, lo miré con amabilidad y seguí caminando cargada con la evidencia de que mi no saber cómo responder trascendía la anécdota banal para llegar hasta la violencia criminal en Gaza.
IV
En el Museo Reina Sofía había una exposición de afiches de la Guerra Civil Española, uno de ellos brindó contexto a mi atribulada conciencia. Expongo una imagen tomada de internet, porque la foto que yo tomé curiosamente desapareció.

Los posters, que buscaban involucrar a la población en la guerra, empleaban como instrumento una psicología de la culpabilización. En la paranoia de la guerra, especialmente de una guerra fratricida, todo el que no se defina de mi lado es mi potencial enemigo. Por otra parte recordé la teoría de los antipsiquiatras sobre la etiología de la esquizofrenia: la locura como intento de cumplir un mandato imposible. Y también visitó mi memoria el disco doble y el cassette con las canciones de la Guerra Civil que mi padre compró en España y yo escuché casi como canciones de cuna.
Post scriptum
Mi intención era bromear un poco sobre mi vivencia en tanto turista -renegada pero Turista al fin-; lo que salió fue esto.-
Para mi querida amiga Jimena Arroyo, que lo pidió ;)


