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Ana Grynbaum – La postal de mis vacaciones

Por más domada que una crea tener la mente, por más señuelos del capitalismo que haya deconstruido, llega una época del año en que el deseo de las vacaciones se impone con el ímpetu necesario para hacernos olvidar el martirio de años anteriores y preparar el cuerpo y el bolsillo para un sacrificio nuevo. Hasta el alma escéptica se vuelve incauta ante la seducción del verano: mar, cielo, aire puro, vegetación, aves cantoras. A la ilusión de felicidad no es posible renunciar y cuando el deleite se espera de un medio “natural” y costero hacia allí enfilamos cual posesos.



Problemas de salud mediante, desde hace algunos años mi veraneo consiste mayormente en divagar ante un paisaje bello como una postal. En Uruguay acceder a un buen paisaje te “exime” de cualquier otro beneficio. Se paga en dinero y en especie: colchones, sillas y sillones que terminan de romperte la espalda, amén de otras muchas incomodidades “secundarias”.


Sobre mi reposera de playa, en el porche de la casa alquilada, cada mañana y cada atardecer (no llovió ni un solo día en mes y medio), dediqué todas las horas que pude a la contemplación de la naturaleza, con la devoción necesaria para llegar a captar la emergencia de algo extraordinario en su locus nascendi. Algún inefable que viniera a redimirme quién sabe de qué, haciendo que mi vida vuelva a ser liviana y generosa como en las promesas de una época lejana. Tal vez el nacimiento de una idea reveladora que convirtiese el tiempo vacío en sustancia “redituable”. De lo contrario ¿cómo puede un cerebro hiperactivo aceptar la “pérdida del tiempo”?


Bataille, que estudió la relación entre gasto y goce, se inspiraba en las imágenes de un suplicio a cuya contemplación se dedicaba in extenso. Yo prefiero entregarme a una belleza perfectamente anodina, convertida así en objeto de “adoración”. Con tanta disciplina como para que la primera luz me despierte y yo me levante a cumplir cierto arcaísmo redivivo en el fondo de mi ser. Una idea descabellada e imperiosa soplando en la cara interna de mi oído: si con la mirada logro atravesar el paisaje llegaré a otro lugar… Amén del milagro de reducir las tensiones acumuladas durante el año, un milagro mayor tendrá lugar. Incontables horas permanecí fascinada ante el ansiado poder redentor de la imagen.


“La imagen” no es cualquier imagen. El cuadro que recorto tiene colores brillantes y nítidos, las nubes solo ocasionalmente juegan a prometer lo que no dan (aunque una noche compensaron su mentira con la panorámica de una tormenta eléctrica avanzando sobre el horizonte, que descargó lluvia sobre el mar y luego enfiló hacia tierra, para seguir de largo al mejor estilo Míster Marshall). A pocos metros de elevación el escenario consiste en la bahía de una playa casi oceánica, tras la cual se erigen dos cerros con vegetación tupida (el cerro que fue incendiado y quedó negro no entra en la postal, aunque pude ver al fuego expandirse desde la calle una noche). Las casas no se aglomeran ni poseen características que compitan con la enormidad del cielo, aun si surcado por gruesos cables colgando entre postes, estorbo parcialmente compensado por los pájaros que se posan (nunca en proporción hitchcokiana). A la sequía resisten árboles y plantas en los jardines, incluyendo ejemplares que el high gardening ha bajado de sus modas, como laureles y hortensias (del macizo de hortensias cierto mediodía salió un lagarto joven que tras vacilar cruzó la calle). El cuadro es atravesado por una avenida asfaltada que oficia de ruta y más adelante caracolea junto a la costa.


A primerísima hora no hay vehículos ni peatones que puedan afear el escenario, tampoco me distrae la familia que está dormida. Es el momento de la mayor conexión con mi postal, armonía tan sublime como la brisa que corre (excepto los días en que el calor aprieta ya temprano). El mundo entero cabe dentro de mi campo visual. “Siéntate en la puerta de tu casa…” y verás aparecer la maravilla. Estás en el centro de la vida, que ya no queda en otra parte; ni hace falta perseguir, luchar, sudar o ganar. Esto que tu mirada capta es todo lo que vale.


Experimento lo infinito del horizonte cual metáfora viva de la libertad, el azul del cielo y los tonos de la vegetación realizan la beatitud, el movimiento de las nubes y el romper de las olas encarnan al placer despreciando cualquier finalidad. El paisaje abierto a la vez que manso reduce mi ansiedad hasta convencerme de que la existencia no requiere absolutamente nada.


He considerado agigantar alguna foto para colgar en mi habitación de Montevideo y dejarme de gastaderos y molestias veraniegas, pero la postal que tengo acá no solo está animada sino que también incluye la aparición de elementos imprevisibles. En el frente de la casa hay un viejo nido de horneros habitado por una familia de golondrinas. Vimos asomar las cabecitas de los pichones en su demanda de alimento y más tarde llegamos a verlos levantar vuelo, así como al padre morir atropellado por un auto (cuyo chofer ignoró por completo el pajaricidio).



He admirado los colores y las formas del cielo en cada atardecer, con frecuencia acompañada. Al lento avance de la noche nos adentramos una y otra vez en la oscuridad, que desfigura la imagen para implantar su realidad ubicua. Seguimos el vuelo de los aviones, bajo cuya ruta nos encontrábamos, y también observamos el movimiento de los astros. No perdimos ni un claro de luna. In efigie hemos absorbido cada elemento como si fueran la propia raíz del cosmos.


Una noche (probablemente la única de nuestras vidas) fuimos bendecidos con el espectáculo de una gran estrella fugaz, piedra que dada la nitidez del dibujo y la fuerza de su luz, debió haber atravesado la atmósfera bastante cerca. Otra noche lo imprevisible apareció sobre el poste de enfrente bajo la forma de un enorme búho, quien tras acechar durante un lapso prolongado extendió sus alas inmensas y pasó volando dos o tres metros por encima de nuestras cabezas. Fauna autóctona que es raro ver pues para su bien se esconde en los restos del monte nativo. (También avistamos naranjeros y canarios ¡sin jaula! durante el día.)


Sin embargo no hay prodigio que resista al tiempo. Terminando el período vacacional mi postal sobrevive deslucida como si hubiera permanecido al sol en el escaparate de una tienda, lo cual, amén de todos los autos y peatones que se detienen aquí mismo para tomar “la foto”, demuestra precisamente su carácter de postal. De todos modos podrían seguir apareciendo criaturas naturales y fabulosas, pero llegó el momento de volver a casa, aun temiendo que la rutina sin demora me lleve entre las patas de nuevo. Dudo que la “energía absorbida” me acompañe un largo trecho y no creo haberme redimido en nada, aunque no vengo con las manos vacías, traigo en mí el trofeo del placer experimentado.-


Punta Colorada, enero de 2023.-


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