Ana Grynbaum - ”Adiós, bichicome!
- 2 ago 2021
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Descubrir cómo van perdiendo vigencia ciertas palabras de nuestro vocabulario es una experiencia que se vuelve habitual con el paso de los aƱos. Este descubrimiento no suele causarme mayor efecto, advertida de que las lenguas vivas cambian a un ritmo mucho mĆ”s veloz que sus hablantes. Sin embargo, cuando dĆas atrĆ”s caĆ en la cuenta de que la palabra bichicome estĆ” en vĆas de extinción sentĆ que mi representación del mundo sufrĆa una perforación, diminuta pero cuestionadora.
Para los extranjeros y para los jóvenes aclaro, tomando la definición del Diccionario de Americanismos en su tomo sobre Uruguayismos, que ābichicomeā, tĆ©rmino coloquial y despectivo, significa āpersona de aspecto sucio y descuidado que vive de la mendicidad y busca en los desperdiciosā. Sinónimos del mismo son: ājuntapuchosā (tambiĆ©n caĆdo en desuso), ālinyeraā y ārequecheroā.
El tĆ©rmino ābichicomeā es una adaptación de ābeach comberā -literalmente rastrillador de playas- al espaƱol uruguayo (sólo en esta variedad del espaƱol existe, aunque tambiĆ©n hay una derivación al griego y otra al ruso, cf. Wikipedia ābeachcombingā).
La acepción āel que come bichosā se desprende naturalmente de la palabra bichi-come y enriquece la dimensión nauseabunda y folclórica del concepto.
Pues bien, como decĆa, la decadencia del vocablo ābichicomeā perforó en un punto mi universo simbólico. Y a travĆ©s de esa perforación asomaron algunos recuerdos cuya falta de nitidez me hizo buscar el auxilio de la reflexión.

El primer bichicome de que tuve noticia en mi niƱez era llamado por mi padre āAmigo mĆoā. Probablemente el apodo haya surgido de un empleo recurrente de dicha expresión por parte de aquel hombre cuyo nombre ignoro. No puedo determinar si lo lleguĆ© a conocer personalmente o sólo por referencias, pero recuerdo a mi viejo hablar de Ć©l como de un amigo entraƱable. Incluso guardaba un recorte de diario en el que aparecĆa su foto, desconozco el motivo del presumible reportaje. Es posible que ese recorte aparezca algĆŗn dĆa, dada la costumbre de mi familia de origen de guardar todo tipo de cosas con independencia de su utilidad, especialmente papeles. Rasgo este, el de juntar porquerĆas, afĆn a la actividad de los bichicomes.
Amigo mĆo y mi padre se conocieron porque mi viejo le compraba papel de diarios y revistas para embalar la mercaderĆa frĆ”gil en su local comercial. Seguramente en ocasión de cada intercambio se demorarĆan conversando. Charlar era una de las actividades favoritas de mi progenitor y gustaba practicarla con todo tipo de interlocutores.
Recuerdo tambiĆ©n que habĆa en mi casa algunos objetos, pequeƱos, inĆŗtiles y sin valor, que provenĆan de Amigo mĆo. Ahora me vienen a la memoria unos broches para el pelo con pelotitas y unas cabezas de Abbott y Costello para colocar en el extremo de los lĆ”pices. Estas Ćŗltimas llegaron hasta las manos de mi hijo.
Amigo mĆo debió haber muerto siendo yo pequeƱa. Su figura pervivió como uno de los actores que formaban el elenco estable de las profusas charlas a que mi padre solĆa entregarse, charlas para las cuales de niƱa yo era pĆŗblico cautivo āy en la adolescencia, vĆctima.
Aunque tratĆ”ndose de un bichicome Amigo mĆo no superaba la categorĆa de personaje menor, en el discurrir de mi padre aparecĆa envuelto en una especie de halo mĆtico. De alguna manera Ć©l lo admirabaā¦
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InterrogĆ”ndome acerca de aquella suerte de admiración de mi padre por Amigo mĆo se impuso revisar brevemente las peculiaridades de la figura del bichicome tal como existĆa varias dĆ©cadas atrĆ”s, pues si el tĆ©rmino perdió vigencia es porque el objeto a que referĆa tambiĆ©n cayó en desgracia.
En primer lugar el bichicome era un ser raro en cuanto a caracterĆsticas y nĆŗmero. En su recorrido habitual por la ciudad un montevideano podĆa llegar a encontrarse a lo sumo con dos o tres bichicomes, siempre los mismos. Por lo general eran varones, ancianos o de aspecto envejecido y melancólico, hirsutos (las rastas y las barbas desordenadas no estaban a la moda), mugrientos, de vestimenta andrajosa (en una Ć©poca en que los jean gastados y rajados de fĆ”brica no eran trendy) y muy a menudo alcoholizados. Con frecuencia hablaban solos y a los gritos y solĆan vagar como los locos, sin alejarse de su territorio. Por lo comĆŗn solitarios, pero muchas veces acompaƱados por algĆŗn perro; como el perrito Diógenes que acompaƱa al linyera en la tira cómica de TabarĆ©.
Los bichicomes solĆan dormir en la calle y otros espacios pĆŗblicos y vivĆan de lo que encontraban āpara comer y para vender- en los tachos de la basura. La prĆ”ctica de hurgar en la basura por entonces no era comĆŗn entre los montevideanos. Hoy en dĆa la cantidad de hurgadores es tan grande que a toda hora se los encuentra si no al lado en el interior mismo de las volquetas donde los vecinos depositamos nuestras bolsas de residuos.
Durante las Ćŗltimas dĆ©cadas en nuestra sociedad la indigencia ha sufrido una suerte de ādemocratizaciónā, un nĆŗmero creciente de personas accede fĆ”cilmente a ella. Aquel paria con su corte de piojos y pulgas que el bichicome encarnaba ya no es el modelo de los recolectores informales de basura.
En lĆneas generales los hurgadores de hoy no se distinguen por su aspecto de los clasemedieros. Buena parte de ellos se presentan tan bien vestidos y aseados como los hijos de la clase media. Fenómeno que alcanza ribetes no sólo heroicos sino tambiĆ©n milagrosos, dada la situación de calle en la que muchos se encuentran.
Por otra parte hoy hallamos entre los indigentes tanto a hombres como a mujeres, y de todas las edades. La mayorĆa conforma un grupo familiar, igual que los demĆ”s ciudadanos.
El āmarginalā ya no es un marginal a la manera de antes. En cuanto a locación no se restringen a los confines de la ciudad y por su nĆŗmero conforman un grupo social importante. Desproporcionadamente importante en relación con su no lugar respecto de las condiciones materiales de existencia que consideramos satisfactorias.
Es tan habitual ver āgente como unoā revolviendo deshechos y durmiendo en la calle, por todas partes y a toda hora, que esa sub-vida que en otra Ć©poca podĆa escandalizar se volvió ānormalā para los montevideanos.

Barrio Buceo, Montevideo, abril de 2018
Vuelvo al recuerdo de mi padre evocando a su bichicome de cabecera. Pero para que me āilumineā todavĆa falta recordar las maneras en que la palabrita bichicome jugaba sus partidos.
Lo que no aparece en el Diccionario de Americanismos es el sentido figurado que la expresión cobró en el habla popular. AsĆ āser un bichicomeā, āroƱosoā, āamarreteā (ĀæāRoƱosoā y āamarreteā seguirĆ”n vigentesā¦?) significaba ser tacaƱo. āVestirse como un bichicomeā querĆa decir andar mal vestido, con ropa impresentable de tan deteriorada y dĆ”ndole la espalda a los preceptos de la moda.
Ahora bien, la acusación de comportarse como un bichicome o parecerlo se daba entre personas que no debĆan actuar de tal manera. Como es natural los hijos de la clase media se someten a los estĆ”ndares estĆ©ticos de su Ć©poca āincluidas las ideas de prolijidad y limpieza. Sin embargo hay ciudadanos que necesitan desafiar de alguna forma esos lĆmites si los sienten restrictivos.
Cuando mi viejo usaba ropa de entre casa no parecĆa menos andrajoso que āel bichicome de la esquinaā. Ćl disponĆa de varios placares repletos de prendas de vestir en mejor estado. Con frecuencia mi madre lo increpaba acusĆ”ndolo de bichicome. Por su parte Ć©l argumentaba con orgullo que aquella era su ropa de āhombre libreā.
Puesto que siempre vestĆa los mismos trapos, con ironĆa adolescente yo corregĆa a mi padre: aquel era su āuniforme de hombre libreā. AsĆ como el hombre feliz no tenĆa camisa, el hombre libre jamĆ”s habrĆa de vestir uniforme. Ćl mismo me habĆa enseƱado a despreciar desde el uniforme de gala del jefe del ejĆ©rcito hasta el atuendo de trabajo del Ćŗltimo portero. De todos modos, uniforme o no, aquellos harapos a mi padre le proporcionaban un bienestar al que se sentĆa con derecho.
Ahora que mi padre ya no vive y el bichicome se estĆ” evaporando empiezo a comprender el valor que tenĆa para mi viejo aquel gesto de vestirse como un bichicome. Ćl se identificaba con aquella figura mĆtica del clochard, que el cine francĆ©s en su perĆodo de esplendor supo ensalzar āincluso Jean Gabin interpretó el papel. El bichicome como una especie de hĆ©roe de la libertad individual, el hombre que con su desprecio desafĆa al orden social. A mi padre el disfraz de bichicome le permitĆa relajarse, alivianarse de todo lo que la sociedad esperaba de Ć©l, dentro del espacio permisivo de la intimidad del hogar.
La figura del bichicome vestĆa las sĆ”banas ārotas y sucias, claro estĆ”- de cierto fantasma de la libertad. La fantasĆa del hombre desasido de las cadenas del mundo del trabajo, del peso de los deberes familiares, de la incomodidad de cumplir las reglas del decoro. Una ilusión, sĆ, pero mediante la cual algunas personas, como mi padre, podĆan ver cumplido un ideal.
A diferencia de los viejos bichicomes los hurgadores actuales inocultablemente forman parte de la cadena de producción capitalista y no habitan los poĆ©ticos mĆ”rgenes de āla sociedad opresoraā. El hurgador no pasea por la ciudad a su vuelo; prosaicamente trabaja -como cualquier asalariado, pero sin sueldo-.
El bichicome encarnaba la contracara de los valores clasemedieros. Sólo como resultado de un duro golpe de la suerte y un fuerte soplo de la locura el empleado pĆŗblico o el pequeƱo comerciante podĆan llegar a convertirse realmente en un bichicome. Ahora la brecha entre el hurgador y ānosotrosā es mucho menor.
La situación de vulnerabilidad de los sobrevivientes de la clase media montevideana es tal que apenas un pequeño tropiezo puede convertir la pesadilla en realidad. Esa pérdida de distancia entre la figura del linyera y la del clasemediero se constata en la semejanza de su presentación.
Para el clasemediero de antes el bichicome representaba una realidad lejana, para el de hoy el indigente encarna de forma angustiante al āpróximo prójimoā āpara emplear una expresión de Benedetti. La amenaza acecha en torno a cada volqueta.
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Otro artĆculo sobre las angustias de la clase media en nuestro blog: https://www.lissardigrynbaum.org/post/ana-grynbaum-la-clase-media-se-divierte