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- Ana Grynbaum – Una teóloga feminista: Uta Ranke-Heinemann (“Eunucos por el reino de los cielos")
Desafiando mi laicismo a la uruguaya (con su trasfondo de horror hacia toda manifestación de religiosidad) en los últimos tiempos he estado leyendo abundante literatura cristiana. No debería llamar la atención, es imposible no pisar alguna vez el terreno de la Iglesia Católica para quien se interesa en la cultura y el arte. Sin embargo, la intelectualidad mal-entendidamente laica, raramente osa meterse en las cuestiones de la fe y su manejo, como si estas fueran menores y se hubieran perdido en un pasado ya superado, o como para evitar alguna suerte de infección innombrable. De esta manera, tan posmoderna, se colabora para que las instituciones religiosas sigan siendo dueñas absolutas del discurso que las involucra, incluso si ese discurso constituye también profundas napas de la subjetividad colectiva, mucho más allá de tal o cual feligresía. EUNUCOS POR EL REINO DE LOS CIELOS, DE UTA RANKE-HEINEMANN Entre mis lecturas cristianas recientes se cuenta un libro que, muy sorprendentemente, no suena dentro de la bibliografía feminista básica del discurrir actual, al menos entre las voces rioplatenses: Eunucos por el reino de los cielos. Iglesia católica y sexualidad, de Uta Ranke-Heinemann (1988). Uta Ranke-Heinemann (Alemania, 1927-2021) fue la primera mujer en obtener el doctorado y una cátedra en teología católica. También consiguió ser excomulgada de la Iglesia por hereje al poner en duda la virginidad de María en la concepción y nacimiento de Jesús. En Eunucos por el reino de los cielos Ranke-Heinemann analiza el manejo de la sexualidad que ha hecho la Iglesia Católica, desde la cúpula hasta las bases, a lo largo de la historia. Muestra cómo este manejo se ha basado en una profunda aversión al sexo en tanto placer, así como en el terror respecto de las mujeres. REPRODUCCIÓN DE ANTIGUOS PREJUICIOS El primer elemento sorprendente para los legos es el hecho de que la moral sexual cristiana, es decir la moral sexual occidental tradicional, se base en prejuicios paganos. Los primeros teóricos cristianos habrían adoptado esos prejuicios, con el objetivo de ser aceptados por los paganos y así menguar la persecución de que eran objeto. Ni en los Evangelios, aun considerando solo los canónicos, ni en el Antiguo Testamento, ni en las epístolas de San Pablo (cuando estos textos son honestamente traducidos y leídos) aparecen fundamentos para la represión y la misoginia largamente desarrollada por la institución eclesiástica. La figura de Jesús predicó el amor al prójimo y no el odio a las mujeres. Este amor no se especificó como contrario al placer sexual, fue la Iglesia la que se encargó de separar amor de sensualidad a capa y espada. Ranke-Heinemann recorre exhaustivamente la génesis de los conceptos de celibato y castidad, mostrando su origen gnóstico y estoico. En sus palabras “la magnificación de la virginidad” es una “antigualla pagana” (p. 48). La antigua aversión al cuerpo y al placer responde a una ideología de dominio, centrada en el dominio de sí, en contra de las pasiones. Esta ideología produjo cruentos episodios de castración, solución extrema al problema de la voluptuosidad, entre cuyos más afamados practicantes está el Padre de la Iglesia Orígenes (c.184 - c. 253), quien se auto-castró. También se discuten in extenso los planteos de San Agustín (354 - 430) y su adopción del ideal estoico del matrimonio exclusivamente a los efectos de la procreación. Además, se analiza su desprecio por el vínculo matrimonial y su hostilidad al placer, en tanto supuesto transmisor del pecado original. Ranke-Heinemann atribuye estos conceptos de San Agustín no solo a la influencia del maniqueísmo, del cual había formado parte, sino también a su historia personal y a sus fobias. Asimismo, recorre la obra de Santo Tomás de Aquino (1225 - 1274) y teólogos posteriores para mostrar cómo el pesimismo sexual heredado de la Antigüedad fue acríticamente repetido, sistematizado y cruelmente aplicado. La imposición del celibato tiene una historia violenta y llena de resistencias. Aun así, según la autora, su cumplimiento ha sido solo parcial: “El celibato ha llegado a ser una ficción” (p. 109). EL DIABÓLICO PLACER La cruzada eclesiástica contra el placer, representado principalmente por las mujeres, va desde lo cómico hasta lo trágico. Desde repetir a Plinio el viejo (m. 79), invocando como ejemplo de conducta sexual al elefante, por su escasa dedicación a la cópula, hasta montar una organización genocida con el pretexto de cazar brujas. El tristemente conocido tratado sobre brujería Malleus maleficarum (Martillo de las brujas, Estrasburgo, 1487), de los monjes Henrich Kramer y Jacob Sprenger, promovió y acompañó el aparato de persecución, tortura y asesinato de varias decenas de miles de mujeres en Europa durante doscientos años. El genocidio de mujeres se auto-legitimó en el supuesto de que la brujería, enemigo tan imaginario como temido, proviene del insaciable apetito carnal de las mujeres. La caza de brujas solo puede ser cabalmente comprendida dentro de la estructura ideológica que le dio lugar, y que Ranke-Heinemann ha expuesto en detalle, con claridad y sin faltarle el humor, aun si irónico. Así comenta la fantasmagoría del íncubo y el súcubo: (El íncubo: demonio copulador masculino, activo, que en la cópula se sitúa por encima. El súcubo: demonio femenino, pasivo, que se posiciona debajo.) “Subyace (…) la concepción teológica de la posición estándar en el acto sexual, a la que también los diablos parecen atenerse: los diablos-varón yacen encima; los diablos-mujer, debajo. (p. 212)” También se explica cómo esta fantasía erótica surge de la idea de Santo Tomás de Aquino, el gran organizador de la teología católica, acerca de la copulación con diablos suprayacentes y subyacentes. Por muy imaginativas que resulten estas teorías, tuvieron nefastas y duraderas consecuencias para la infelicidad de la gente. No solo por las numerosas víctimas de persecuciones y juicios sumarios que se cobraron, sino también debido a la sostenida amenaza que la condena de los placeres significó para la vida cotidiana. TÉRMINOS DE LA DISCRIMINACIÓN Eunucos por el reino de los cielos estudia documentadamente una porción crucial de la milenaria guerra de Occidente contra las mujeres. A raíz de planteos aristotélicos, basados en pseudo-conocimientos biológicos (como una supuesta cantidad diferente de agua en el organismo femenino y masculino) San Alberto Magno (m. 1280) y Santo Tomás de Aquino concibieron al varón como el ser más cercano a la perfección. En cambio, en palabras de Ranke-Heinemann, “la mujer es un fracaso” (p. 172), un varón fallido. ”Resistir al placer sexual les resulta más difícil por el hecho de que ellas poseen menos ’fuerza de espíritu’ que los varones (p. 172)”. Las mujeres solo habrían de resultar útiles para ayudar al varón a reproducirse. La autora se detiene para analizar las expresiones de la discriminación en el nivel filológico. En este sentido, da cuenta de la discusión habida en el campo de la teología en el año 585, cuando se planteó la cuestión de si la mujer tiene alma. Concretamente se debatió acerca de si la mujer está contemplada en la palabra “homo”, que designa tanto al ser humano como al varón. Por fortuna la cuestión fue zanjada positivamente. Por otra parte, en la palabra “fémina”, se manifiesta la inferioridad destinada a la mujer: “el nombre femina proviene de fides (fe) y minus (menos), luego femina significa: la que tiene menos fe; puesto que ella tiene y conserva siempre una fe menor por su natural constitución” (p. 214). Tomando en cuenta esta etimología, ¿querría el feminismo cambiar de nombre…? *** Finalizando, vuelvo a preguntarme, aunque retóricamente ahora: ¿Cómo puede ser que la obra de Uta Ranke-Heinemann no tenga un lugar de mayor relieve en el enfervorizado discurso feminista actual en el Río de la Plata? Acaso el hecho de ser católica, y teóloga, silenciosamente excluyan a esta brillante mujer del universo de la corrección ideológica. Universo que se pretende purificado, entre otras cosas, de religión.- *** Las citas son tomadas del libro Eunucos por el reino de los cielos. Iglesia católica y sexualidad, Uta Ranke-Heinemann, Trotta, Madrid, 2005.
- Ana Grynbaum - La erotopía del Edén
Dentro de la actual faceta intimista de Lissardi, la novela Edén tiene un lugar prominente por la calidad de su escritura, a la cual bastan muy pocos elementos para cautivar al lector. El narrador y protagonista, cuyo nombre desconocemos, es un septuagenario achacoso y deprimido, que considera su existencia como un rotundo fracaso. Encerrado en su apartamento, donde vive solo, apela a sus recuerdos en el intento de recuperar el paraíso perdido de su primera relación amorosa, el Edén que da título al libro. Este Edén erotópico es descripto en términos de: “un espacio fuera del espacio, y un tiempo fuera del tiempo, hecho de pura sensualidad” (Pág. 11). Acosado por el malestar y la culpa, el narrador intenta recordar como forma de revivir vicariamente la felicidad perdida, pero recordar no es una operación ni vana ni exenta de consecuencias reales. En una “arqueología del Edén” (Pág. 35) el recuerdo vuelve una y otra vez a la mutua iniciación sexual de Irina y el narrador -la cual tuvo lugar en Montevideo más de cincuenta años atrás, cuando ambos tenían quince años- y también vuelve al vínculo erótico incluido en el noviazgo, que duró unos cinco años. Ese retorno al pasado toma el cariz de una obsesión que altera por completo su vida cotidiana. Como no puede evitarlo, se entrega a intentar la recuperación de los detalles mediante el recuerdo, con la esperanza de poder revivir el tiempo de la felicidad, aun si ello implica una intensificación de las culpas y el dolor de la pérdida. “Pensar el Edén es, simultáneamente, pensar su gloria y su fracaso. Eso es el Edén en el Génesis, gloria y fracaso, las dos caras de la misma moneda. Así pues, no lo llamaba Edén mientras lo vivía. El nombre, la palabra me vino después, en algún momento impreciso en el que viviendo lo poco y lo pobre que supe vivir, empecé a comprender que mucho antes, en el origen, lo había tenido todo y lo había perdido.” (Pág. 68) Este revivir produce un cambio radical en la percepción y la valoración de la relación vivida en el vértigo de la juventud, un cambio que afectará al presente. “Unos días con mi memoria como enloquecida excavando en las ruinas del Edén me bastaron para adivinar la cara oculta del erotismo de mi noviecita de la adolescencia y la primera juventud, o no oculta, sino simplemente que yo era incapaz de verla y cuando explicitada, era incapaz de asumirla. Parafraseando a Kafka: no supe que aquellas puertas que yo cerraba habían sido abiertas en aquel momento sólo para mí, para que yo me instalara para siempre en el íntimo recinto de su voluptuosidad.” (Pág. 80) Cierto es que algunos comportamientos sexuales afectan al conjunto de la existencia. Tan cierto como que, en la concepción erotópica de la obra lissardiana, la conducta erótica aparece bajo la lupa. El periplo de los personajes es precisamente la forma que ellos tienen de cumplir sus deseos y alcanzar sus placeres. El Edén primigenio Los amantes iniciaron sus prácticas en el living-comedor del apartamento de la familia de Irina, pero luego fueron improvisando otros escenarios. La erotopía del Edén se distingue de los diversos espacios erotópicos en los cuales esta pudo desplegarse. En todos los casos la pareja de adolescentes experimentó su placentero amor empujando el borde de una frontera resbaladiza, moviéndose en la clandestinidad dentro de lugares más o menos públicos. Al margen incluso del momento histórico. Respecto del sexo furtivo que tienen en la biblioteca del liceo se nos dice: “Es el gusto por el capricho voluptuoso, y por el desafío, por la transgresión, el riesgo. Afuera estudiantes y policías intercambian pedazos de baldosas contra gases lacrimógenos. Es su sentido del riesgo. El mío es este.” (Pág. 65) Aun estando en casa de Irina debían mantenerse dentro de los límites de cierta clandestinidad, acaso más aparente que real, pues la familia de Irina estaba en el apartamento durante las tardes en que ellos supuestamente estudiaban juntos, sin embargo nunca nadie abrió la puerta para inmiscuirse. Tampoco nadie los descubrió durante sus aventuras en el jardín del Museo Fernando García, ni en la sala de espera del sanatorio del CASMU, el cine, etc., como si las escenas eróticas estuvieran protegidas por arte de su propia magia y los volviera invisibles. Ese tiempo y ese espacio de la relación con Irina constituye propiamente una erotopía, la del Paraíso no solo en la tierra sino en cualquier lugar donde a los chicos se les ocurriera entregarse a la fruición sexual y en todo momento: “los años que compartimos, los años del Edén, viví en estado de beatitud sexual, enchufado a un ser que jamás me permitió padecer ni el más mínimo nivel de carencia en la materia”. (Pág. 13) El riesgo formaba parte de las condiciones de funcionamiento de la juvenil relación, la erotopía se desplegaba contra el imperio del deber y así probaba su poder. El paraíso está en cualquier esquina, basta con generarlo. ¿Es posible El Regreso? Pese a todas las dudas, inseguridades y falta de energía vital, el narrador inicia la búsqueda real de Irina. Esta búsqueda, a priori absurda, es motivada por el recuerdo de las palabras que Irina le dijo al separarse y que él, en su actual desesperación, toma como una profecía: “que nuestro amor estaba condenado a la separación, pero que volveríamos a estar juntos al final del arco de la vida”. (Pág. 9) Si se trata de una profecía, incluso auto-cumplida, debe realizarse. El narrador se percibe en el final de su vida, es el momento de emprender la reconquista del amor. Al recuerdo de la profecía lo trae un sueño: “Eyectado en el tiempo hacia el pasado, en un pestañeo viajé medio siglo: nos estábamos preparando para viajar a los confines de la Siberia, en las Antípodas, para conocer una flamante súper-estación meteorológica y de investigación espacial, pero todo lo que tenía en mente era decirte la verdad más simple y evidente que había en mí: Cuanto más te conozco, más te amo.” (Pág. 9) La cualidad de enigma del sueño como tal, confronta al narrador con la verdad dolorosa de que, durante el tiempo de la relación, él no se ocupó de conocer a Irina en lo profundo de su ser, de su deseo. Responsabiliza del fracaso de la pareja a esa falta, incluso si el recuerdo también muestra incompatibilidades difícilmente conciliables entre ambos, como la ambición de estatus por parte de ella y la falta de ambición por parte de él. El desconocimiento de lo que Irina es como persona y como ser deseante, a lo cual el narrador accede a partir del sueño, es lo que urge enmendar en el presente. Es menester encontrar a Irina en la vida real y si ella sigue viva, si continúa siendo como era y, sobre todo, si continúa enamorada de su primer novio, entonces la erotopía habrá de consolidarse con el peso de lo real. En la posibilidad de enmendar el antiguo error radica el desafío que pone en marcha la búsqueda y el relato, búsqueda en la cual el narrador cifra toda su felicidad. Encontrar al amor perdido se convierte en cuestión de vida o muerte. El amor reencontrado En contraposición de la idea de un amor trágicamente desencontrado, sugerida por la mención Doctor Zhivago, por parte de Irina, en relación con su profecía, el relato de Edén se orienta a la construcción de una erotopía positiva. El optimismo es una opción estética, amén de una opción de vida. Por más razones que existan para que todo salga rematadamente mal, la lógica del fracaso y el dolor no habrá de cumplirse. Si en Edén se extiende algún tipo de arco iris, este va desde el amor perdido hasta el amor recobrado y es tan firme y duradero como un puente romano. La nueva erotopía, la del amor recuperado, se constituye en oposición a la evidente decadencia del narrador y como instrumento de su negación. Private eye mediante, Irina reaparece. Aún con marido rico, par de hijos, amante y cirugías estéticas, es la misma Irina de siempre. Y puesto que sigue amando al narrador -su primer amor, el único, el definitivo- de aquí en más se hará cargo de brindarle la felicidad, aun al costo de mantener con él una relación paralela a su vida familiar. Al amante lo abandonó después de la primera conversación telefónica con el narrador, pero la sagrada familia burguesa ha de ser preservada. El reencuentro no puede traer sino el bien, transgresora idea en el contexto de una cultura promotora del pesimismo como forma de control social. Del Edén perdido al Edén recobrado Paradójicamente, encontrar las fallas del Edén original, sus imperfecciones, permitiría a los amantes reelaborarlo en el sentido de compensar los errores. El aprendizaje es necesario para que la iniciación, en una forma sentimental y mística, se complete medio siglo más tarde. “Doloroso recordar que había vivido en estado de Gracia, fuera del Tiempo, en un Edén ganado sin mérito ni esfuerzo alguno, por el solo hecho de habernos encontrado, de habernos visto e instantáneamente habernos amado.” (Pág. 10) La separación y posterior trabajo de reencuentro hará que este sea ganado, por él se ha pagado un alto precio –tanto la connotación bíblica como la capitalista, saltan a la vista-. El narrador analiza la conducta sexual de Irina, que en el pasado le parecía perfecta, y empieza a leer ciertas señales respecto de su deseo erótico profundo que en su momento él había desestimado. Por ejemplo, aunque sabía que Irina no era de bromear, él no pudo tomar en serio su pedido: “-Quisiera arrodillarme en la bañera, desnuda, y que me orinaras encima.” Por entonces el narrador carecía de la experiencia necesaria para entender que, en terrenos del eros, casi todo es posible, así como para imaginar que una elevada dama -aun en formación, como Irina- puede impunemente permitirse muchos deslices. Comprende el narrador que, cual contracara de la mujer dueña de sí, en la cual la joven Irina fue transformándose, en el terreno de lo sexual, su noviecita se caracterizaba por un deseo de sumisión que pedía trascender ciertas fronteras que de joven él no se animó a cruzar. Primerizos ambos, para él la dieta sexual de coito y felación era perfecta. No se le ocurría ir más allá, ni estaba en posición de concebir a Irina como la mujer eróticamente ávida que en verdad era. Comprende que su cobardía le impidió darle la satisfacción sexual que ella pedía y fantasea con que, de habérsela proporcionado, la unión hubiera sido irrompible. El conocimiento que el narrador desarrolla a partir del despliegue de los recuerdos remite al conocimiento carnal. Dicho conocimiento le permite imaginar a Irina brindando todo tipo de servicio sexual a quien ejerza sobre ella la autoridad de exigírselo. En la parte del video que el investigador privado le facilita, el narrador ve a Irina con su amante, entregada a placeres de la sumisión que él no hubiera imaginado. Soporta incluso que el hombre le fume encima, cosa que a él jamás le habría permitido. Cuando finalmente se reencuentran, Irina y el narrador actúan libres de las inhibiciones juveniles. Ella le muestra las tetas y permite que vea su rostro desfigurado por el orgasmo. Por su parte él: “Separé las nalgas y con la lengua, rindiéndole un homenaje inédito en nuestro repertorio, recorrí desde el clítoris hasta el culo. El aroma dulzón y picante me llegó hasta el alma.”. (Pág. 108) Si creemos en que la nueva versión de la erotopía del Edén ha de funcionar, al finalizar el libro dejamos a los personajes en un estado de gracia erótico, garante de la continuidad del vínculo, ahora sí definitivo. Resonancias Más acá de la Biblia y más allá de la voluntad del autor, la cuestión del Edén perdido y el Edén recobrado suena a Milton, a la discusión en torno a las responsabilidades por la fatal expulsión de Adán y Eva. No a la resistencia ante la tentación del Diablo en el desierto, como en el Paraíso recobrado, sino al placer de entregarse a la tentación del sexo. Un poco más acá en el tiempo, también suena a Proust, la serie de En busca del tiempo perdido termina con el libro El tiempo recobrado. La coincidencia se sostiene en la definición que el narrador de Edén hace de su erotopía: “un espacio fuera del espacio, y un tiempo fuera del tiempo”. Trascender el tiempo y acceder al paraíso, en la experiencia humana, se emparentan. La reconstrucción, mediante los juegos de la memoria, del placer experimentado en el pasado, es tanto el camino de la salvación como la salvación misma. El recuerdo permite conocer y restituir. El fruto del trabajo de recordar es una entidad nueva, diferente de la experiencia, única y, para el caso, optimista. Aunque en Edén la única película que aparece mencionada -en relación con la idea de la profecía del reencuentro de los amantes- es Doctor Zhivago, varias canciones vinculadas con películas me han estado sonando en la cabeza. Especialmente Somewhere over the Rainbow, interpretada por Judy Garland como Dorothy en El mago de Oz, expresando que creer en la posibilidad de otro lugar es lo que permite alcanzarlo. También We’ll meet again, siniestramente elaborada para negar la muerte de los soldados norteamericanos en la Guerra y sarcásticamente emplazada al final de Dr. Strangelove, cuando la bomba explota el mundo. La disyuntiva que, en un nivel de lectura fino se presenta, está entre creer o no creer en el amor como milagro. Acaso la solución sea creer y no creer al mismo tiempo, apostar a lo posible en vez de lo seguro, ya que lo único seguro es la muerte. Y permitir que la fe se imponga por encima de las incertidumbres. Por el camino de la emoción Leí Edén, por primera vez, apenas Lissardi terminó de escribirlo y por segunda vez, cerca de un año después, preparando este texto. Las dos veces, cerca del final, me saltaron las lágrimas. No suelo llorar con los libros ni con las películas, pero cuando una obra me hace llorar, el llanto mana cada vez que llego al punto crítico. Tuve que recurrir a la memoria de mi hijo para recordar cuáles habían sido las películas que también desbordaron mi emoción: Lloré sobre el final, las dos veces que vi Ocho y medio y también las dos veces que vi It’s a Wonderful Life. Y no transcurrió en seco el acto de hilvanar estos antecedentes. En la película de Fellini todo está dado para que il regista fracase estrepitosamente. Todo conspira contra la realización del film. Sin embargo, la obra se produce, como un milagro y llena el espacio con su felicidad circense, excesiva y desafiante. (Cf. mi articulo El acto creativo es un milagro). La flor maravillosa nace en medio del desierto y del caos, contra toda sentencia opresiva, negando en acto la maldición, la crítica destructiva. El film de Capra también remonta, en el tour de forcé final, la tragedia. Contra toda lógica naturalista, el protagonista y su mundo, a último momento y caballería mediante, es rescatado de la muerte y el desastre. La vida, en tanto esperanza, triunfa. Como sucede con el happy ending brechtiano, todos sabemos que el final feliz es forzado, pero no importa, porque de lo que se trata no es de la realísima realidad de las estadísticas, sino de una idea. En la existencia hay que apostar y no hay apuesta que valga la pena si no se juega a favor de la realización, el amor y la felicidad. Me cuesta escribir estas últimas palabras, pertenezco a una generación medularmente desencantada, para la cual la melcocha sentimental es algo a evitar como al mal gusto. Sin embargo, mis lacrimales ignoran el ejército de realismo pesimista que lucha por imponerse en mi cerebro. Visceralmente es que comprendo cómo la apuesta resulta imprescindible. Es posible que el protagonista de Edén no se trague del todo el propio final feliz que espera de su vida con las migajas que Irina vaya a tirarle, pero no tiene mejor opción que apostar a la felicidad posible. El Edén recobrado no es el Edén perdido, claro está, pero igualmente ilumina el presente y como espacio nuevo se abre a lo desconocido, a la posibilidad.-
- Ercole Lissardi - El amigo de las mujeres - NOVEDAD EDITORIAL
El amigo de las mujeres, Ercole Lissardi, los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2023 (novela). Distribuye en Argentina La Periférica Foto: Marcelo Bonaldi En esos días fue que comenzó lo de Nelly, la panadera. En la panadería en que compro hubo un cambio de firma. Para bien, por cierto, porque el pan, especialmente el dulce, mejoró. La atención al público pasaron a hacerla tres angelitas: petisitas, menudas, pelo negro y piel un poco oscura, un poco indiecitas, parecían hermanas, que no lo eran. Todo el tiempo cuchicheaban entre ellas y se reían por lo bajo de quién sabe qué. En la caja, un setentón coriáceo no le prestaba atención a nada que no fueran los quintillos, que contaba y recontaba antes de dejarlos caer ruidosamente dentro de la caja registradora. Una tarde que fui a comprar bizcochos para la merienda me apercibí de que, al acercarse una de ellas para atenderme, las otras juntaban las cabecitas para secretear y soltar risitas disimuladas. Pensé que algo en mí les hacía gracia y, por supuesto que sin importarme lo que fuera, me limité a responderles con una gran sonrisa. Al llegar a casa encontré que, junto con mis medialunas y mis pan con grasa, venía un cañoncito relleno de crema de chocolate que yo no había pedido y que, por cierto, no me habían cobrado. Pensé, por supuesto, que se trataría de un error, y me comí esa yapa, que estaba deliciosa. Un par de días después volví a la panadería, olvidado, claro está, del asunto. Me llamó la atención que apenas entré una de las dos que estaban al mostrador, en lugar de adelantarse para atenderme, empujó la puerta de batientes que daba al interior y llamó a la tercera, cuyo nombre supe en ese momento que era Nelly. Las dos que estaban al mostrador fingieron estar ocupadas, aunque yo era el único cliente en la panadería en ese momento. No llegué a impacientarme con su actitud porque de inmediato apareció secándose las manos la tercera brujita y se dirigió directamente hacia mí para atenderme. Nelly me atendió mirándome todo el tiempo a los ojos y con una sonrisa de oreja a oreja. Pagué en la caja, recogí mi compra y me olvidé del asunto. Oí, al abrir la puerta para salir, un estallido de risitas a mis espaldas. Evidentemente se traían algo conmigo. Me detuve y las miré a través de la vidriera. Ahí estaban las tres muy risueñas, mirándome. No pude evitar sonreírles otra vez. Loquitas divirtiéndose, Dios las bendiga, pensé. Al llegar a casa comprobé que otra vez, junto con mi compra, venía un cañoncito de yapa, esta vez relleno de dulce de leche. Comprendí entonces, maravillado, que, a su manera, la panaderita Nelly se me estaba declarando. (Fragmento.)
- Ana Grynbaum - La auto-sospecha - NOVEDAD EDITORIAL
La auto-sospecha, Ana Grynbaum, los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2023 (novela). Distribuye en Argentina La Periférica Foto: Marcelo Bonaldi ¿Cuánto durará esta prórroga que se viene convirtiendo en agonía? De cara al final experimento un curioso optimismo, carente de todo fundamento. Disfruto pescando palabras, como si estuviera dejando dicha cada cosa en su lugar. Las palabras son mi familia, mis amigos y mis amantes, son todo lo que tengo. Ellas exorcizan el tormento, nada es igual tras ser pronunciado, incluso en este diálogo mental. Conquisté las palabras con gran trabajo, a lo largo de mucho tiempo, pero a cambio del esfuerzo obtuve su fidelidad. Cuento con ellas, me place evocarlas y que comparezcan, como quien domestica al león en el gato. Hacerme amigo de las palabras fue una verdadera conquista, me permitió ir separando las voces que me anegan. Me ha costado irme escuchando pero lo fui consiguiendo y en cuanto a la lengua, me dediqué a rescatar términos del resumidero; me gusta hablar con palabras de antes y con palabras de nunca. En cada amistad verbal he liberado una carga emocional. Liberar en el doble sentido, dejar salir y desprender. Mi lenguaje fue abrazando al mundo. Una vez desprendidas del contexto original las palabras no te decepcionan. No te juzgan ni te exigen, no te aman para luego odiarte; no te elevan para arrojarte con fuerza contra el pavimento después. Me entretuve cortando el nexo entre las palabras y las cosas. He permanecido en el limbo de los nombres liberados de alguna suerte. (Fragmento)
- Ercole Lissardi - Edén - NOVEDAD EDITORIAL
Edén, Ercole Lissardi, los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2023 (novela). Distribuye en Argentina La Periférica Foto: Marcelo Bonaldi Incapaz de dar el primer paso para buscarla, pero incapaz también de borrar de mi mente todo el asunto, a la variedad de angustias que venía padeciendo agregué la de comenzar a revivir con espantosa intensidad aquella felicidad tan absurdamente perdida y tanto tiempo olvidada. El manso pero incesante aluvión de recuerdos comenzó a emerger por entre el caudal cada vez más pobre de intereses y entusiasmos que alimenta mi vida de fulano llegado a la edad en la que ya no importa nada. Doloroso recordar que había vivido en estado de Gracia, fuera del Tiempo, en un Edén ganado sin mérito ni esfuerzo alguno, por el solo hecho de habernos encontrado, de habernos visto e instantáneamente habernos amado. ¿Cuánto duró el Edén? ¿Cuatro, cinco años? Todo el bachillerato y tres o cuatro años de Universidad. ¿Mil quinientos, dos mil días? ¿Más? La máquina de recordar se apoderó de mí, el horror de lo absurdamente perdido me crucificaba cada día, la supe capaz de desenterrar un recuerdo para cada uno de esos miles de días, y supe que no podría defenderme, que estaría entregado a esa tortura infinita, infernal. ¿Con qué se defiende uno de la memoria enfurecida cuando la mente y el alma están ya vacías, vaciadas por la decepción y por el desengaño, por el fracaso sin vuelta atrás y sin atenuantes a que nos ha arrojado la vida? Desde el embotamiento comencé a comprender que la única salida de aquel laberinto de dolor, la única manera de protegerme de la angustia de recordar, era buscarla, ocupar mi mente y mis días en buscarla, en encontrarla si es que aún estaba viva. ¿Para qué, para recuperar lo perdido? No, tal cosa no podía ser sino imposible. Más bien para envenenar a la máquina de recordar, decepcionándome también de Irina, destruyendo mediante su real realidad, su vejez, su presencia marchitada, sus fracasos, su segura estupidización por la vida, esa idealización como Ángel de mi Edén. Recuperaría así la plenitud de mi vacío terminal, la espera de mi Muerte, espera estúpida como la de un animal en el matadero, pero que tendría ahora la ventaja de ya no doler más, de ya no esperar nada bueno ni malo, solo terminar y desaparecer. (Fragmento.)
- Ercole Lissardi - El ápice y otras historias
El ápice y otras historias, Ercole Lissardi, los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2022. El volumen incluye las novelas: - El ápice - El Bien Supremo - El inconveniente Consta de 216 páginas y es distribuido en Argentina por La Periférica (https://la-periferica.sutty.nl/editorial/libros-del-inquisidor/) (Para ampliar, hacer click en la imagen) Fragmento de El ápice Tres y veintitrés. El carácter de encrucijada terrible que late en cada minuto, en cada segundo: ése es el espantoso secreto del Tiempo, aquello contra lo que luchamos con todas las fuerzas del alma, aquello que nos agota impidiéndonos cualquier forma verdadera de la plenitud. El tictac del reloj en el silencio profundo de la noche. Ninguna monotonía. El tictac se retuerce, empeñado en arrancarse matices insólitos, al borde del chirrido, del aullido, de la música. Cualquier cosa puede despertar en cualquier momento convertida en cualquier otra. Esa es la amenaza que acecha en el Tiempo. La promesa de que todo lo imposible es posible. Miro a las personas a los ojos, preguntándoles sin palabras si son de los que saben el secreto o de los que viven en la inocencia. Están los que ven en mi mirada la locura, y los que ven en mi mirada la confirmación de todos sus temores. Estos son mis verdaderos prójimos, mis hermanos en el horror. Sólo en ellos puedo encontrar la solidaridad, el atenuar la soledad en la espera.
- Ercole Lissardi - El Ser de Luz y la Diosa Idiota
El Ser de Luz y la Diosa Idiota, Ercole Lissardi, los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2022. El volumen consta de 96 páginas y es distribuido en Argentina por La Periférica (https://la-periferica.sutty.nl/editorial/libros-del-inquisidor/) (Para ampliar, hacer click en la imagen) Fragmento de El ser de Luz y la Diosa Idiota Ella era un Ser de Luz. No se puede escribir Ser de Luz sin mayúsculas. Al decirlo sonará igual, pero al escribirlo la diferencia y, sobre todo, el sentido de la diferencia, es ineludible. No hay manera de demostrar esa condición en una persona. Hay que convivir con el Ser de Luz, estando uno tan espiritualmente receptivo como sea posible, absorto en la observación de su existir, y sin pensar en otra cosa, para que finalmente, si uno es realmente merecedor de tal privilegio, cosa que no se gana en un concurso de talentos ni se compra en la farmacia, finalmente, digo, aunque no necesariamente al final sino en un momento cualquiera, imprevisible, indistinguible de todos los demás momentos excepto por el hecho de que es el momento en que la revelación sucede, finalmente la condición, su condición, la condición de Ser de Luz, se hace evidente, ineludible, tan concluyente como lo es la convicción de que es el mismo sol el que amanece cada mañana.
- Ana Grynbaum - Tres novelas familiares
Tres Novelas familiares, Ana Grynbaum, los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2022. La trilogía comprende las novelas: - El hombre que pudo haber sido - La conquista del deseo - Un asiento demasiado confortable. El volumen consta de 468 páginas y es distribuido en Argentina por La Periférica https://la-periferica.sutty.nl/editorial/libros-del-inquisidor/ (Para ampliar, hacer click en la imagen) Aquí el comienzo de cada historia: El hombre que pudo haber sido Iba a decir que volví, pero no es posible volver a donde nunca se estuvo. Sin embargo, cuando llegué a Montevideo tenía la impresión de haber vivido allí yo mismo y no solamente mis padres y mi hermano mayor, como fue el caso –aunque mi hermano emigró a los dos años–. Nunca me había interesado el Uruguay de las anécdotas familiares, por lo demás: escasas y superfluas. Pero, cuando tuve que elegir una población para mi trabajo de tesis como antropólogo lo único que se me ocurrió fue estudiar a los judíos nacidos en Europa que todavía vivían en Montevideo. Tal vez yo quisiera conocer Sudamérica, después de todo. A fin de cuentas el español rioplatense es mi lengua madre tanto como el hebreo. ¿Qué me podía importar de los judíos euro-uruguayos? Ahí también tuve que impostar algún interés: hasta qué punto vivían como uruguayos, en qué medida conservaban una existencia judía. En mi calidad de estudiante mediocre, nunca elegí para mis trabajos de campo un tema medular para nadie, excepto para –al menos una parte de– la población a que me dirigía. Pero, a pesar de mi pereza y poco entusiasmo en seguir la carrera, tenía un proyecto armado. Y el proyecto había sido aprobado por mi director de tesis y ya contaba con la financiación de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Por otra parte, me motivaba la necesidad de demostrarle a mi esposa, Dorit, que no estaba estancado en la vida, como ella temía. De hecho, fue ella quien me exigió –veladamente– avanzar en mi carrera. Al cabo de siete años de vida matrimonial sin hijos –los posponíamos para el futuro promisorio que llegaría más adelante gracias a nuestro esfuerzo y trabajo– ausentarme del hogar, por un lapso de entre seis meses y un año, no sonaba poco alentador. Aunque me despertaba todas las ansiedades del caso, y especialmente la de encontrar, a mi regreso, la jefatura del hogar en manos de otro. Para Dorit encontrar un hombre más ajustado a sus ideales era mucho más fácil que seguir lidiando conmigo. La conquista del deseo La conquista del deseo, propio y ajeno, un mismo movimiento, no se llevó adelante para Iara en línea recta. Tuvo que abrirse camino a brazo partido entre una maraña de objetos, materiales y espirituales, que se interponían entre ella y el mundo. Es decir, entre la intuición de sí misma y el escenario capaz de cargar todas las historias que se animara a vivir. Fue necesario descartar el noventa y nueve por ciento de esos materiales pesados y engorrosos para tomar contacto, y luego posesión, de la materia deseante en su cuerpo y en el cuerpo amado. La historia de su conquista del deseo es la de ese despeje, la peripecia surgida al empujar los límites de los acotados ámbitos de su vida. Aventura heroica, cadena de enfrentamientos orientada al objetivo de robar el fuego sagrado. La adquisición de ese saber palpitante en que consiste el amor es la materia de este bildungsroman, relato de iniciación, formación o aprendizaje. En cuanto a los objetos que poblaban los ambientes de Iara, a mí me toca recoger lo que ella ha tirado, incluso fragmentos tan difícilmente recuperables como diminutos hallazgos en la arena del desierto. Los reúno en un puzle destinado a quedar inconcluso. Cada pieza vale no por lo que muestra sino por lo que evoca, mediante cierta operación del alma. Debo absorber el malestar que mantiene exiliados de la memoria a esos objetos para que puedan regresar. Es importante aclarar que esta historia se escribe tanto a partir de lo que Iara rescata como de lo que desecha. Tira el lastre para navegar, voy tras ella juntando los descartes, convirtiéndolos en materia de mi construcción, esta que les presento. Ella es la protagonista y yo su sombra. Ella se empantana en un mar solidificado por la resaca, debo yo dragarlo para que siga avanzando hacia su futuro. Un asiento demasiado confortable Fue durante la fase final de la Mujer-Planta que conocí a mi amante Seguro, por una particular conjunción del azar y la voluntad –como suceden todas las cosas, bah–. Planta había estado desde siempre en mi vida, pero no para siempre –según fue demostrado en aquellos días–. Yo tenía treinta y pocos años, vivía sola en un monoambiente, trabajaba como administrativa en una empresa de venta y reparación de computadoras, estudiaba sociología en la universidad e iba a clase de noche. Mi casa, la oficina y la facultad quedaban dentro de un radio de diez cuadras, en la zona del Cordón. También Planta empezó a residir en ese sector de Montevideo y al que habría de convertirse en algo así como mi amante lo encontraba en el mismo barrio. No mucho más lejos del Cordón llegaba mi universo. Sin pareja, con unas pocas amigas, Planta era mi único familiar directo y yo la única responsable de lo que quedaba de ella. Debí hacerme cargo también de su casa, mi hogar infantil. Pero esta no se situaba dentro de "La zona de confort". * * * En la empresa tenía una compañera llamada Evelyn que estudiaba ingeniería de sistemas. Apenas egresada se fue a vivir a Canadá. Le hicimos una despedida en el bar frente al Mides. Ella no estaba acostumbrada al alcohol y después de un par de birras se puso sentimental. Nos cruzamos en el baño y me dijo: "Leila, a la vuelta de la empresa, por Constituyente, hay una casa de fotografía. El dueño le chupa la concha a la mujer que se preste, allí mismo, en la trastienda. No te fíes por la pinta, vale la pena que pruebes. Te lo digo porque yo ya no lo voy a aprovechar…" No dijo más, casi se pone a llorar. Tampoco hice yo el menor comentario, quedé paralizada. Evelyn debió haberme visto cara de necesidad. De hecho yo había perdido la cuenta del tiempo que llevaba sin siquiera echarme un polvo a las apuradas.
- Ana Grynbaum - ¡¿La crítica literaria ha muerto…?!
Pocos libros resultan tan beneficiosos para el escritor contemporáneo como “El orden del discurso” de Michel Foucault. Su discurso de ingreso al College de France en 1970 ocupa apenas unas setenta páginas con letra grande. Su brevedad y concisión son especialmente apreciadas por el escritor actual, pues el tiempo le falta tanto para la lectura aleccionadora como para la placentera. En este texto encontramos los insumos básicos para plantear una discusión acerca de la ausencia de discurso sobre la literatura actual. Arcimboldo, bibliotecario Desórdenes del discurso “El orden del discurso” constituye un artefacto que permite interrogar los itinerarios de la circulación, así como los modos del estancamiento de los discursos, entre ellos el literario. La adhesión que suscita por parte del escritor es inmediata -para seguir valorando la velocidad. También puede encontrar en este texto, llegado el caso, una tabla de salvación. El trampolín que le permita en medio de la desolación no saltar al vacío. Harto conocida es la vanidad de los artistas, su talante hipersensible, lo lábil de sus emociones, cuán dependientes se vuelven de un halago, o -casi humanos- de algún tipo de reconocimiento hacia sus productos. Si Raymond Roussell y John Kennedy Toole hubiesen comprendido el entramado móvil de la obra literaria en los circuitos de la sociedad tal vez no se hubieran auto-ultimado. Pessoa en cambio parece haber tenido claro cuán fútil es preocuparse por el destino de esos seres con vida propia que son los manuscritos. “Los manuscritos no arden” asegura Bulgakov en “El maestro y Margarita”, esa obra que sobrevivió no solo a su autor, caído en desgracia ante la Rusia soviética, sino a la propia censura del régimen soviético, al haber iniciado su fama en publicaciones precarias y clandestinas. Por su parte, Kafka, dudó acerca de estas cuestiones hasta extremos como “Un artista del hambre”. Al sur de las Américas La ausencia de discurso acerca de la nueva producción literaria de habla hispana, especialmente en el Río de la Plata, es el contexto inmediato de la producción de este artículo. Tanto en medios oficiales como alternativos, el comentario y la valoración pública de las obras literarias son en la actualidad tan escasos que se puede afirmar su ausencia. El reducido espacio de las reseñas en los medios culturales se reparte entre los autores muertos y los ungidos por el imperio editorial transnacional. Con frecuencia el comentario no supera el orden de la propaganda o apenas marca el ítem como visto, sin entrar en su contenido ni en su forma. Pero ¿se debe eso a que ya no existan lectores interesados en una orientación erudita? No lo parece, los vestigios de crítica existentes continúan dirigiéndose a ese público. Dentro del apoyo estatal a la cultura es raro encontrar acciones independientes de la politiquería. El productor cultural que no cuenta con padrinazgos ni asume servilismos siempre llega tarde al reparto de beneficios. Como aquella autora que recientemente solicitó al ministerio de educación y cultura de su país algún apoyo para cierto libro, publicado en el extranjero, que recopila, en un total de 32 rioplatenses, a 17 escritoras autóctonas vivas, pero no obtuvo siquiera una cita para tratar personalmente el particular. El circuito de los medios alternativos es tan discreto que parece inexistente, aunque nos mantengamos en las trincheras, en mega-esfuerzos de resistencia. Por su parte, las redes sociales no discuten libros, los exhiben -más que a los libros, a sus autores. Sin embargo, nada impide que la publicación de libros nuevos detenga su crecimiento cuantitativo. Ahora bien, respecto de su calidad ¡nada sabemos! Las zonas oscuras de la producción discursiva Explica Foucault que “en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad.” En el terreno del discurso señala tres grandes sistemas de exclusión: la palabra prohibida -aplicada especialmente a la sexualidad y a la política-, la segregación y rechazo de la locura, y la voluntad de verdad como imposición despótica. Entre los factores de control internos al discurso se incluyen: el comentario, la disciplina y el enrarecimiento de los sujetos que hablan. En tal sentido Foucault asegura: “nadie entrará en el orden del discurso si no satisface ciertas exigencias o si no está, de entrada, cualificado para hacerlo”. En el extremo, el tonto, el loco, es aquel cuyo decir no vale. Los procedimientos de exclusión y rechazo “entran en juego cuando el sujeto que habla ha formulado uno o varios enunciados inasimilables”. Pero, en una sociedad basada en la exclusión, siempre habrá inadaptados, no importa las credenciales que presenten. ¿Quiénes pierden? Al literato decepcionado el texto de Foucault le muestra cómo las faltas y las fallas son operaciones activas, orientadas respecto de sus resultados, desarrollando en él una forma sana de la desconfianza. En el ninguneo dirigido al artista no hay errores, ausencias o simple abandono. Se trata de activa negatividad mezclada con un azar para el cual los dados están cargados. Las exclusiones o marginaciones son estipuladas y ejecutadas de acuerdo con intereses concretos aun si opacos. La colaboración de las víctimas es imprescindible. Así, quien gestionó inútilmente por las 17 escritoras de 32, sabe de coetáneos financiados por el citado ministerio por mero amiguismo y ¡a cambio de ningún producto! Pero mantiene el silencio. No sea cosa que noten su ofensa. Acaso atribuyan a factores de su personalidad el fracaso de la gestión. ¡Como si tal gestión no hubiera estado fracasada antes de ser emprendida! El escribiente inseguro puede identificarse con facilidad -si es fácil no gasta su poca energía- con esa figura foucaultiana del autor que es activamente desconocido porque no entra dentro de los parámetros de lo aceptable para cierto orden social. Y sentirse igualmente afectado, pero de forma impersonal - genera un pequeño alivio. Los más imaginativos llegan a verse como héroes, mártires, rehenes valiosos. Por su parte, el escritor molesto, que incomoda con lo que dice y cómo lo dice -aunque se le achacan los problemas en el cómo- leyendo a Foucault corrobora que también él tiene derecho a conocer las formas y el grado de su perturbación; o los modos en que perturbaría a la cultura si se le abriera paso. A saber si su condena es por falta o por exceso, si la censura atañe al pudor, al buen gusto o a la conveniencia política. Es decir, por parte de qué casilleros de la estética autoritaria ha sido descalificado. Los propios libros padecen el discurrir artificial e irresponsable de la publicidad. Los elogios falsos, al estilo de las contratapas, no son el comentario que merece un texto auténtico. No le alcanza al autor con que sus libros sean devorados para inmediatamente ser arrojados, expulsados del lector como objetos extraños -eructo, vómito o diarrea. No se llena la ausencia de discurso con mero ruido. Hasta los escritores más férreos, esos que escriben porque no tienen más remedio, padecen la carencia de diálogo, la falta angustiosa de una visión que les permita acceder a su obra desde una perspectiva más amplia. Y añoran una crítica que facilite la circulación de su obra. ¿Qué crítica hace falta? En sus ratos de ocio el artista literario fantasea con un futuro pletórico de autores y críticos venerables. Sueña con el “retorno” de una edad de oro donde pueda explicarse con arte -como Wilde proponía- el por qué y el para qué de los artefactos literarios, sus modos de empleo y características, para regocijo de lectores y escritores. La crítica, según Foucault, debe empezar por un análisis de la producción del discurso en cuanto a sus instancias de control y especialmente respecto de las funciones de exclusión, “los procesos de rarefacción, pero también el reagrupamiento y la unificación de los discursos”. ¿Qué coacciones obran a la hora de emitir opinión sobre una obra literaria, o negarse a ello? “El orden del discurso” propone una forma de leer radiografiando los textos en tanto seres vivos en su devenir social, donde navegan aun sin viento, a la manera de buques fantasma. Un clásico especialmente vigente y recomendable como alimento espiritual para el escritor contemporáneo. *** La discusión acerca de la ausencia del discurso crítico literario continuará… *** *** *** Todas las citas están tomadas de “El orden del discurso” de Michel Foucault, disponible en: https://monoskop.org/images/5/5d/Foucault_Michel_El_orden_del_discurso_2005.pdf (2019)
- Ercole Lissardi - Lectura y escritura
Más allá del placer propio de lo que relato hay para mí un placer que es inherente al acto de escribir y que identifico como el reverso del placer que encuentro en el acto de leer. Al leer se disuelve el ejército de garabatos de que está ordenadamente repleta la página que leo, el acto real de visualizar se transmuta en un acto alucinatorio de audición, de escucha: oigo al autor decir, para mí y sólo para mí, su relato, y es la certeza absoluta de las palabras y del tono que emplea lo que obra en mí la maravilla de experimentar como propia, como si fuera mía, la peripecia narrada. El narrador soy yo, yo soy ese otro que narra. Y si esa transmutación no se produce inmediata y espontáneamente dejo de lado el libro, porque no fue escrito para mí. Como decía, en la escritura encuentro un placer que me parece el reverso del que encuentro en la lectura. En la escritura el acto alucinatorio de oír lo que la voz interior dicta a la mano que escribe se transmuta en el acto real de visualizar el río de garabatos que va cubriendo la página. El milagro consiste en que la escucha alucinada se transforma en una jungla de garabatos que dice, a su manera muda y simbólica, lo que la voz interior dictaba a la mano, y que era, sin saberlo yo claramente, la peripecia que se me antojaba relatar, pero además, y misteriosamente, el sentido de esa peripecia. Más allá de la voz imperiosa que dicta y de la mano sumisa que escribe, o sea, que va liberando los garabatos, estoy yo, testigo absorto de la alquimia, absorto y deleitado al comprobar que el resultado de la cosa no carece de cierta gracia, de cierta elegancia que me hacen pensar que soy un tipo no exento de dotes y virtudes, fácilmente evidentes para quien pudiera apreciar mi escribir íntimo y privado en tanto proceso y en tanto resultado. Lectura y escritura se igualan en esto: que llegados a la última línea, a la última gota de transmutación debidamente saboreada, toda la trepidante y fantasmagórica experiencia se disuelve en la nada, y, luego de un chisporroteo final exultante y exaltado, en el olvido. Nada guarda la memoria de estas alquimias. Al volver a leer o escribir tendremos que volver a partir de la vacilación, el desconcierto y la maravilla. Se trata de una habilidad fuente de exquisitos deleites mentales o espirituales, como se prefiera llamarlos, que ya viene durando… ¿cuántos siglos? ¿Desde cuándo en los actos de inscribir y descifrar vienen manifestándose estas alquimias? Compartir es la actitud natural de quien ha vivido una experiencia enriquecedora, de manera que el libro, una vez leído, lo presto, o lo regalo –muchos beneficiados lamentablemente no entienden la diferencia entre una y otra forma de generosidad. En cuanto a mis manuscritos –y siempre escribo a mano-, sábanas que conservan las trazas de arrugas, humedades y sangre producto de la cópula entre la voz y la mano, los someto a la ordalía del fuego para convocar una vez más al cumplimiento del sagrado dictum de Bulgakov según el cual los manuscritos no arden. Pero no es este mi tema. No he tomado la pluma (V7 HiTechpoint, de Pilot) para ocuparme de las alquimias entre lectura y escritura. Rara vez utilizo el anacronismo “tomar la pluma”. Al hacerlo ahora he pensado que escribir con pluma (de oca, pato, pavo o lo que sea) sería el medio ideal para escribir como yo escribo, es decir, garabato por garabato, sin prisa y sin pausa. Con estas Pilot me da la impresión de que mi mano resbala sobre el papel, y las letras se descomponen amontonándose o estirándose sin ton ni son. Este asunto no es menor. Si el medio que se utiliza le impone su impronta a la escritura, entonces la escritura con pluma –y esto me lo imagino, porque nunca escribí con pluma una vez abandonado el pupitre escolar, y aun entonces no era con pluma de ave sino con plumín de acero que se practicaba la ortografía-, con el roce áspero de la pluma sobre el papel, que enlentece la escritura y la empareja, debiera de ser más adecuada para mi cuidadosa translación alquímica de voz a garabato. Por supuesto que en esto juega también la calidad del papel: cuanto más grueso y poroso, el rascado de la pluma es más esforzado, la letra deviene más dibujada y el desfile de garabatos algo más ordenado y fácil de descifrar. En cambio, con tecnología como la que ahora empuño es una tarea engorrosa descifrar el garabato, identificar las letras, amontonadas y estiradas, como decía, por los trazos convulsos que resbalan incontrolables sobre un papel de tan apretada trama que parece encerado. La Pilot agarra tal velocidad como si quisiera emular la velocidad de la imaginación, no da tiempo ni para separar las palabras, ni para soltar los tildes, ni para poner puntos sobre las íes ni palitos en las tes. Súmese a las ventajas señaladas de la escritura con pluma las delicias del scratch que produce el roce, el rascado de la pluma sobre el papel, verdadera música que susurra la escritura, de tan discreta y monótona, tranquilizadora como un arrullo. Imagino el momento maravilloso en que la letra tiembla, líquida aún sobre el papel, como vacilando antes de decidirse a ser lo que está destinada a ser para toda la eternidad apenas apoyemos el secante sobre lo escrito. Ah, verdadera voluptuosidad de la escritura… perdida para la escritura con Pilot… aunque a decir verdad la V7 opera con la pista tan húmeda que también genera un mínimo titilar del garabato, sólo que ya no lo esperamos, y, en lugar de aplicarle el secante, le pasamos por encima, a la distraída, el filo de la mano, borroneando lo garabateado. … (Fragmento de la novela La reputación de una mujer, Ercole Lissardi, los libros del inquisidor, Buenos Aires y Montevideo, 2021
- Ana Grynbaum - En la sala de profesores
Anoche fui a ver la obra “Sala de profesores” en el Teatro Alianza. Me había bastado con saber que la acción se desarrolla en la sala de profesores de un liceo para tomar la decisión de arriesgarme a ver teatro, esa experiencia extrema. Supuse que, tras haber trabajado durante veinte años en la Enseñanza Secundaria, como docente y como psicóloga, la obra habría de producir en mí efectos especiales, acaso más extremos todavía, pero transcurrida más de una década tras mi alejamiento de la institución educativa, me animé a la aventura. Apenas llegar a la sala de teatro quedó claro que no era yo la única docente convocada (nunca se deja de ser docente como nunca se deja de ser madre, cura o psicoanalista, o como nunca se pierde la ciudadanía uruguaya). La sala estaba llena de entusiastas profesores, muchos de ellos tan jóvenes que seguramente en formación. No querría delatar mi edad quejándome de la falta de cultura, al menos en tanto espectadores de teatro, de buena parte de ellos. Acaso para reforzar el aspecto indeleble de la profesión, a poco de comenzada la obra, tuve que optar entre retirarme o darme vuelta para reprimir los comentarios, permanentes y a viva voz, de los espectadores de la fila trasera. Opté por lo segundo. La autoridad docente, que al parecer conservo, logró que la conversa disminuyera en volumen. No me dio para intervenir en los sectores más alejados a fin de continuar enseñando la manera correcta de estar en un teatro, tengo mis límites. Es posible que ese ruido, insoportable para una espectadora acostumbrada al sepulcral silencio en la contemplación del arte, sea sensatamente leído por la producción de la obra como señal de la forma visceral en que esta encuentra su público. Convengamos que dicho comportamiento bien puede recordar a ciertos sectores del glorioso teatro isabelino. En fin, sobreviví al parloteo y pude escuchar casi todo. En cuanto a la obra, contaré como virtud (aun si dudosa desde un punto de vista purista del arte) el evidente conocimiento que las dramaturgas y autoras (Lucía García y Carla Larrobla) tienen de la vida docente y la realidad liceal. Los personajes son absolutamente verídicos, en todo momento parecen profesores de liceo. Cada uno asume un estilo diferente y reconocible: la joven que no puede poner distancia con los chicos, la pirada, el híper-politizado, la egocéntrica, el loco-bobo, la indiferente, la sobre-medicada que en instantes pasa de la absoluta identificación con los otros a la paranoia. Las situaciones, que bordean la discusión sobre políticas educativas y cuestiones gremiales, refieren a realidades cotidianas nítidamente reconocibles. La relación entre los docentes y los estudiantes, así como la relación entre los diferentes docentes, es mostrada en muchas de sus aristas con realismo y eficaz humor. Meterse con el aquí y ahora me parece de por sí un mérito, reflejar la actualidad implica un riesgo que la mayoría elige no correr. Es muy buena la idea de situar el huis clos en la sala de profesores, ese lugar en el que, especialmente durante la etapa en que pagan “derecho de piso”, los docentes pasan largos momentos de su vida. Para la cantidad de personas que se dedican a la docencia en nuestro país, es muy poca la literatura contemporánea que los refleja, incluyendo al teatro. La educación es un tema candente siempre, así como grande la facilidad con que se puede pisar callos al abordarlo. En tal sentido esta comedia con ribetes dramáticos camina por una línea del medio cuestionable, toca muchos aspectos y sugiere profundidades a las que apenas se asoma. Es entendible, ha de ser el precio para estar en cartel en nuestra amable aldea tontovideana. En consonancia con este ir hasta donde se puede sin levantar olas, la resolución dramática no me convence. Entre otras cosas el hecho de que una alumna haya “desertado” del sistema educativo para trabajar como cajera en un supermercado no repercute con mucha fuerza en los oídos de quien, ha encontrado, por ejemplo, un exalumno trabajando de cuida-coches y otro en la televisión acribillado por la policía durante un asalto. Mi intención no es criticar negativamente, prefiero quedarme con lo bueno que sin duda la obra tiene. Entre sus virtudes en tanto comedia está la de resultar disfrutable, especialmente para quienes, más allá de la etapa estudiantil, son, serán o hemos sido carne de liceo. Una ventanita personal Temí que un aluvión de recuerdos culposos me sepultara al volver a recorrer, espectáculo mediante, el campo minado de la educación. Sin embargo no fue así. Tras el final, reparatorio, de la obra se me impuso el recuerdo de un alumno en particular. Acaso aquel que en su momento menos pude imaginar que recordaría. “Estudiante” solo en la denominación, decidido a “perder el año”, no hacía literalmente nada; era de los que van a “calentar el banco”. No tenía mala conducta, lo suyo era la resistencia pasiva; ignoro u olvidé motivos y circunstancia de su actitud. Lo cierto es que todo esfuerzo pedagógico con él resultó inútil. Un día, hacia el final del curso, dialogando en medio de una evaluación grupal, este alumno me dijo que valoraba mucho que yo, a pesar de su total renuencia, nunca había dejado de incluirlo en la clase. Me llamó poderosamente la atención, creí que me padecía como a una vieja pesada. Por el inesperado reconocimiento, lo que para mí era un rotundo fracaso, en mi historial íntimo se reescribió seguido de puntos suspensivos. “Sala de profesores” resalta esos puntos suspensivos. Coda Sobre mi experiencia en los liceos tuve una columna semanal en el diario El observador ("La psicóloga del liceo", 2009 y 2010), pero al menos hasta el momento, escribí un solo texto literario: “La casa sin sol” (relato incluido en “Un escritor acabado”, 2013). Intentaré revisitarlo.
- Ercole Lissardi - La inspiración
La inspiración no es consecuencia de la intervención de una Musa. Fragonard, La inspiración Inspiración llamaremos a cualquier motivo que origine un acto creativo. La inspiración es algo personal del creador, su subjetividad decide, consciente o inconscientemente, qué es y qué no es un motivo inspirador. A lo largo de una trayectoria creativa los motivos de inspiración varían. La progresiva comprensión que el creador va elaborando del acto creativo hace que se le vuelvan más y más conscientes los motivos que lo inspiran. *** Así puedo decir, grosso modo, respecto de mi trayectoria creativa que en una primera etapa mis motivos de inspiración provenían de mi imaginación, mientras que en una segunda etapa provienen de mi memoria. Por supuesto que entre los insumos de la imaginación se encuentran los recuerdos, y entre lo que creemos recuerdos a menudo se cuelan imaginaciones. Veamos un ejemplo concreto. En Acerca de la Naturaleza de los Faunos la inspiración provino de lo que yo podía imaginar que podría ser un fauno, pero muchos de los materiales con que están construidos los distintos pasajes de que se compone esta novela provienen de las memorias que guardaba de mis vivencias veraniegas y de ciertos encuentros veraniegos cargados de erotismo. De opuesta manera, un libro como Edén se inspira abundantemente en mis experiencias sexuales y sentimentales de adolescencia, pero las presento a menudo condimentadas con pinceladas producto de mi imaginación. Evangelio par el Fin de los Tiempos es mi respuesta, por demás imaginativa, al tema del fin del mundo, tema omnipresente en la sensibilidad del fin del milenio, pero el delirio imaginativo estaba aderezado con mis intensas experiencias en el paisaje serrano. Mis dos novelas más recientes -El demonio de la Indiferencia, y aquella en la que aún estoy trabajando y que todavía no tiene título- son casi puramente producto del esfuerzo de la memoria. Ambas están inspiradas por el recuerdo de mujeres que conocí, en el sentido bíblico de la palabra. Estaba escribiendo las primeras páginas de El demonio de la Indiferencia cuando súbitamente comprendí, digamos que cuando mi narrador encendió la veladora y le vio la cara, que ese personaje oscuramente convocado -Nora lo llamé- era nada menos que Fulanita, a quien conocí hace unos quince años. Sorprendido por su comparecencia me esforcé por precisar el recuerdo que tengo de ella, sin lograr mucho en el esfuerzo. Entonces -en alguna medida hijo de mi tiempo- se me ocurrió googlear su nombre y ¡sorpresa! apareció, junto con su currículum una fotito tipo carnet, pero muy nítida y, sobre todo, mostrando su gesto más característico. Aquella foto abrió las puertas a mi recuerdo de ella y sobre todo al recuerdo de su actitud hacia mí. Y no digo más. En cuanto a esta novela en la que estoy todavía trabajando, se basa también por completo en el recuerdo que guardo de Elena, a quién conocí, demasiado brevemente, hace ya un par de décadas. Nuestra frecuentación fue tan intensa que tengo de ella sobrados recuerdos muy accesibles en mi memoria, y, en ese sentido, no hubiera sido necesario recurrir a una imagen que me la precisara. Es más, tengo la impresión de que los recuerdos de lo nuestro estaban emboscados en algún repliegue de mi memoria esperando a que las circunstancias me invitaran a hacer algo con ellos. Comoquiera que fuera, acababa de poner el punto final al retrato de Nora a partir de una foto cuando llega a mi mail un cariñoso saludo de Elena ¡veinte años después! acompañado de un par de imágenes en las que me muestra las tetas, como para dejarme claro cuán intenso era su recuerdo de lo nuestro. Le agradecí la hermosa dádiva y la invité a leer la novela que aún no he terminado. *** ¿Por qué hay motivos que sirven como inspiración, generando la voluntad de crear? Hasta donde puedo comprenderlo analizando mi propia experiencia, a esos motivos, provengan de la imaginación o de la memoria, lo que los distingue es que en ellos encarna una pérdida o un fracaso, y dan origen a una ficción en la que, con esa pérdida o ese fracaso, se hace algo ¿qué? se los amplifica y se los explora, se los destila hasta que sirvan como vacuna, y a veces hasta se los compensa mutándolos en experiencias beneficiosas. En la dinámica espiritual del autor, digamos, la inspiración, que nunca se produce al azar, a menudo cumple funciones terapéuticas. Por ejemplo, en El amante espléndido, con su dios en fuga que esconde sus secretos en el intestino del ser humano al que ha elegido para tal fin, el motivo de inspiración, del que no fui consciente ni antes ni durante la escritura, fue mi experiencia infantil de ser incapaz de sentir nada, y mucho menos lo prescripto, al recibir en mi aparato digestivo el cuerpo de Cristo en forma de hostia, durante la Eucaristía. Por supuesto que, en textos como Edén o El demonio de la Indiferencia, en los que notoriamente se trata de retomar los datos de la memoria para, con el recuerdo recuperado hacer algo, sea confirmarlo o mutarlo en un recuerdo más satisfactorio, en estos textos, digo, el motivo de inspiración es consciente desde antes de comenzar, y durante todo el acto creativo dialoga con la escritura.-











