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Ercole Lissardi - La erótica tardía en Yasunari Kawabata (2)

El antecedente directo del tema de la nouvelle La casa de las bellas durmientes (1961) es un pasaje del capítulo El enjambre de mosquitos, de la novela El sonido de la montaña (1954). El pasaje dice así: “Shingo entró con ella (nota: se trata de una joven geisha) en una pequeña habitación, pero no hizo con ella nada fuera de lo ordinario. Pronto se encontró con el rostro de ella suavemente apoyado sobre su pecho. Pensó que coqueteaba, pero más bien parecía que se había dormido. La estudió con curiosidad, pero estaba demasiado cerca como para verla bien.



Sonrió pensando en el tibio agrado que era tener entre sus brazos a una joven plácidamente dormida. Tenía menos de veinte años, unos cuatro o cinco menos que Kikuko. Quizá había en sus sentimientos el toque de piedad que le despertaba su condición de prostituta. De todas maneras se sintió bañado por un suave descanso, por el sosiego de estar durmiendo junto a una jovencita. La felicidad, pensó, podría no ser cuestión más que del instante fugaz”.


En efecto, el texto de 1961 trata acerca de un peculiar servicio que permite a hombres viejos dormir junto a jovencitas desnudas y narcotizadas que no despertarán en toda la noche y a las que pueden explorar físicamente, aunque no penetrarlas. Es evidente la continuidad y la evolución de una misma idea argumental y temática de un texto al otro.


El protagonista de la nouvelle es el viejo Eguchi y lo que se narra son las cinco noches en que visita este, llamémoslo, burdel, y comparte el lecho con sus “bellas durmientes”. La diferencia entre ambos textos es que en el más antiguo el viejo Shingo, en línea con el pudor que predomina en la novela, se satisface con el dulce sosiego que le produce el joven cuerpo dormido junto al suyo, mientras que en la nouvelle los cuerpos desnudos y dormidos son el vehículo que conduce a Eguchi a un viaje a través de las napas profundas de sus recuerdos y sus olvidos. De cada una de estas zambullidas en la memoria de su pasado el viejo regresa enriquecido por una comprensión más certera de lo que estuvo en juego en aquellas circunstancias a medias recordadas o a medias olvidadas.


Las texturas de la piel y las fragancias corporales de las jovencitas funcionan como las magdalenas de Proust, disparando en Eguchi recuerdos de amores pasados. Aun cuando nosotros, sus lectores, no hayamos vivido la experiencia de revivir momentos habidos con una mujer al oler, tocar o lamer a otra, no podemos sino solidarizarnos con la propuesta. De hecho, la angustia de olvidar y el placer de recordar plenamente paraísos perdidos nos compelen a empatizar con cualquier fantasía o cualquier logro efectivo en la materia. Esto lo saben perfectamente todos los que han cruzado ciertos, aunque imprecisables, ecuadores de la edad.


Así las cosas, lo que cada noche en este inaudito burdel depara a Eguchi es bastante más que el menú Tercera Edad habitual, con esforzada penetración y minimizado orgasmo. Cada noche se divide en dos hemisferios distintos, aunque unidos por vasos comunicantes. Por un lado, la exploración minuciosa de esos cuerpos jóvenes, disponibles y hasta vírgenes, como descubre maravillado Eguchi. Y por cierto que a Kawabata no le falta ni amor por las mujeres ni experiencia en la materia, y convierte esas exploraciones de texturas, olores y sabores en experiencias deliciosamente intensas y diversas. Por otro lado, cada una de las durmientes despierta en Eguchi las reminiscencias de amores no menos diversos, a través de las cuales recupera en todo su esplendor aquellas presencias que fueron fuente de ardores y placeres, pero también, y a la vez, descubre en esos seres ángulos inesperados de belleza o de misterio que en su momento no supo apreciar, sumergido como estaba en la avidez por el placer sensual.


Lamentablemente, cuando Eguchi concurre para su quinta noche los demonios han comenzado a hacer su agosto, en formas por demás previsibles. La noche anterior un habitué, excitado más allá de lo reglamentario, ha tenido su “muerte feliz”. Su cuerpo fue retirado discretamente para evitar todo escándalo. Durante su quinta noche, Eguchi, que por su fidelidad de cliente ha sido favorecido con un dúo de narcotizadas, alcanza el punto máximo de su recuperación del pasado: con los pechos de las muchachas en sus manos recuerda la muerte de su madre de tuberculosis cuando él tenía diecisiete años. Su madre lo llamó con jadeos cortos. “Eguchi comprendió y acarició su pecho atormentado (…) En su última hora había acariciado el pecho de su madre, unos senos marchitos. No eran como senos. Le costaba recordarlos. Lo que recordaba era que un día de su primera infancia los había buscado, durmiéndose después”.


Eguchi se convence de que en él la pasión aún late y que no es tan viejo como los otros que utilizan el servicio, y por consiguiente decide romper también él la regla de la casa y penetrar a una de las muchachas, pero cuando se prepara para el asalto roza a la otra chica y por la temperatura de la piel comprende que ha muerto. El narcótico le provocó una reacción fatal. Suficiente para Eguchi. Ya no regresará a la casa de las bellas durmientes.


Permítaseme una última reflexión. La experiencia que relata la nouvelle presenta una forma de terapia que en el texto al menos, funciona, y que en principio no tendría por qué no funcionar en la realidad. En edades en las que el sicoanálisis no parece tener gran cosa para decir y acerca de las cuales de hecho no dice nada ¿no podría ponerse a prueba este tipo de experiencia terapéutica o casi? Vale notar que en tanto práctica es ligeramente menos inmoral que irse de putas. Quizá ya se esté experimentando, quizá aquí mismo, que somos tan propensos a probar las novedades, o más seguramente en el mismo Japón, aunque en esto como en todo seguramente los japoneses esperarán a que prueben los demás y quede demostrado que, en la escala adecuada, es buen negocio.


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