Ana Grynbaum – Una erótica de la creación artística (A propósito de “La pintora y el ladrón”)

El documental “La pintora y el ladrón”, de Benjamin Ree (Noruega, 2020, doblemente premiado en Sundance) constituye una reflexión única acerca de la erótica de la creación artística. Es decir, el deseo que juega en las relaciones del creador con lo que se va transformando en objeto de su creación.



La anécdota

El 20 de noviembre de 2015 dos pinturas de la artista checa residente en Noruega Barbora Kysilkova fueron robadas de la Galería Nobel en Oslo. Se trata de dos grandes telas pintadas al óleo tituladas “El canto del cisne” y “Chloe y Emma”. Las cámaras de seguridad permitieron capturar a los ladrones pero no recuperar las obras (solo “El canto del cisne” fue encontrada, por investigación personal de la pintora, bastante después).


Azorada ante esta pérdida Barbora empieza a investigar lo que pasó con la intención de recuperar sus obras. Concurre al juzgado donde comparece uno de los ladrones, Karl Bertil-Nordland. Se acerca a hablarle. Le pide que pose para ella. Bertil acepta y comienza una serie de sesiones de trabajo que, extraordinariamente, dan lugar no solo a cuadros interesantísimos sino a una amistad profunda e inspiradora para ambos. Lo único que no es posible es que Bertil recuerde dónde fueron a parar las obras robadas; yonqui él, lo sucedido en ese lapso de intoxicación no se fijó en su memoria.


Benjamin Ree filma durante tres años la relación entre Barbora y Bertil. Lo que no se puede tomar en el momento, es reconstruido, en una especie de escenificación psicodramática cuya intensidad emocional contagia al espectador. El documental, en su peculiar estilo teatral, constituye una obra de arte que conmueve, a quienes lo hicieron y a quienes lo miramos. Además de acercar a un público más amplio la producción de esta finísima pintora que es Kysilkova.


La amistad entre Barbora y Bertil es puesta a prueba tras un gravísimo accidente automovilístico que tiene Bertil, del que se salva por milagro. La larga y costosa rehabilitación llevará a Barbora a dar, al pie de la letra, lo que no tiene para ayudarlo. Se endeuda con dinero ajeno, el de su pareja, Oystein Stene (escritor, director de cine y de teatro noruego), para que Bertil tenga los mejores tratamientos. Esto llevará a una crisis de pareja que se intenta resolver en terapia, ámbito en el que la cámara también entra.

El arte es conmoción

Una escena crucial tiene lugar cuando Bertil ve por primera vez el cuadro “The Pussy in You” (La vulva que hay en ti), para el que Barbora lo ha tomado como modelo. La emoción lo atraviesa hasta arrancarle lágrimas. Y pese a negarse primero al contacto físico, la escena termina en un largo abrazo de cuerpo entero, que se repetirá en el transcurso del film.



¿Qué refleja la pintura que no pueda reflejar un simple espejo? Algo del alma de Bertil, representado en el interior de la copa de vino. El título del cuadro lo indica, parece haber allí una vulva, un punto de vulnerabilidad, posibilidad de apertura, cambio.


Bertil escribirá a Barbora una carta en la que reconoce el aliento y la enseñanza que recibe de ella y le transmite su orgullo por haber sido recreado en la tela. Con palabras justas expresa: “El arte no es solo una pintura, sino mucho más. Todos los sentimientos, lágrimas. Nadie me ha visto nunca vulnerable como tú.” El arte opera, constituye un acto preñado de consecuencias.


Cuando Bertil está internado en el sanatorio, con posibilidad de quedar paralítico, Barbora le lleva como compañía un cuadro basado en un retrato de él. La tela que ha sido titulada, a sugerencia del propio Bertil, “Decent Criminal” (Criminal decente). De la cabeza del Bertil pintado sale humo, una aureola de santo o demonio. Esta vez, la aparición del cuadro no le provoca el llanto sino la risa. La imagen oficiará como espejo parlante, objeto de meditación de Bertil sobre sí mismo; es decir, sobre su propio deseo.



Una vez recuperado físicamente del accidente Bertil va preso durante un año por las varias infracciones cometidas (auto robado, consumo de heroína, etc.). En su celda de la prisión Bertil tiene varias reproducciones de obras de Barbora, con los cuales mantiene un verdadero diálogo, forman parte de su proceso de rehabilitación. Entre ellos se encuentra “Chloe y Emma”, el cuadro que él robó y nunca fue recuperado.


La mirada de Barbora lo rescata del estigma de yonqui y criminal con el que Bertil se ha identificado y a través del cual se auto-castiga hasta la auto-destrucción. Ella cree en él, desde la primera vez que lo ve percibe en él a un ser puro, vivencia una suerte de enamoramiento. Valora sus capacidades, que -según Barbora- dependiendo de las circunstancias lo podrían convertir en un cruel terrorista o en el primer ministro de Noruega. Ella apuesta a él, y Bertil responde a esa fe.

Desde la herida

También Bertil estudia a Barbora, analiza sus heridas y las interpreta. Al igual que Bertil ella también es una superviviente. Sobrevivió a una pareja que le pegaba, la humillaba, cercenaba su amor propio, atacaba su deseo de realizarse como artista, llegando a querer matarla. No se detallan los hechos, se muestran tres cuadros, elaborados a partir de ese daño: “Silencio”, “Piscis” y “L’amour est mort, vive l’amour”.




Barbora se queja con Bertil de lo mal que la hace sentir la terapia de pareja. “Nunca pensé que estuviera tan jodida.” “Pues lo estás”, replica Bertil. Ella agradece la honestidad, él ríe. Para quien toma el camino del arte deja de importar cuán jodido se haya llegado a estar. Las propias heridas solo tienen relevancia en la medida en que permitan o impidan producir. A veces constituyen precisamente la materia prima del arte. En tal caso resulta imposible obviarlas.


Los artistas pueden acaso comprender por qué se sienten atraídos hacia ciertos temas y no hacia otros. Lo que no pueden es desoír el llamado del arte. A Oystein le asusta la tendencia de Barbora a bordear precipicios, pero eso es algo que ella nunca se ha planteado. Barbora es consciente de su necesidad de hacer arte, temeraria sigue los caminos que se le abren. Como artista no tiene otra opción. Ella es una artista, antes que una mujer, una ciudadana o cualquier otro rol social. Lo único que no puede traicionar es el arte. Y no lo traiciona.


Bertil capta a la artista que es Barbora: “Se pintó a sí misma mientras su ex novio le pegaba.” “Las heridas son profundas, pero ha sabido sacarles partido para recuperar su autoestima. Tiene un impulso intrínseco mediante el cual logra que el arte sea su foco.”


Barbora interroga a Bertil exclusivamente sobre sus lados oscuros, en ellos encuentra inspiración. Por otra parte Bertil describe las pinturas de Barbora como oscuras. En el caso de esta artista el arte figurativo, lejos de permanecer en la superficie de la apariencia, está cargado de interrogantes complejos, no diáfanos.


Oystein cuestiona a Barbora a propósito del cuadro “Estigma”, creado a partir de la cicatriz de una herida que el accidente produce en la mano de Bertil. Le pregunta si ella es consciente del riesgo de involucrarse con alguien incapaz de cuidarse a sí mismo, a quien por tanto se hace necesario cuidar. Oystein se refiere al sacrificio que ha resultado para ella ayudar a Bertil. Sin embargo cabe pensar que también Oystein asume el riesgo de cuidar a Barbora. De hecho, como él mismo manifiesta, el ex de Barbora quería matarlo también a él. Ambos salieron huyendo de Berlín, donde vivían. Por lo demás el tema de la cicatriz fresca, sugestiva, en el dorso de la mano no es nuevo en la producción de Kysilkova; aparece de manera muy similar en su Santa Teresa, de 2011.




Oystein también cuestiona el hecho de que Barbora valore al arte por encima de su propia vida. Señala que ella había mantenido la relación con su pareja violenta porque él le daba un espacio donde pintar. A Oystein le preocupa que ella “se empeña en pintar aunque el mundo se caiga a pedazos”. Compara la actitud de Barbora respecto del riesgo con dejar a un hijo jugar en la calzada. Barbora se reconoce en la imagen. Se asume como una niña que lo que quiere es pintar, al costo que sea.


Barbora reconoce que pintar es la principal ocupación de su vida. “Cuando cierro la puerta del estudio empiezo a pintar y ese es mi universo. Necesito pintar todos los días. Me percibo como una yonqui de la pintura.” El artista no necesita vivir, pero crear sí necesita. Esa necesidad se vuelve especialmente fuerte cuando el mundo amenaza con caerse a pedazos.

El abrazo

Barbora había empezado a pintar a Bertil junto con su novia, acostada sobre él, en un sillón. Después que Bertil rompe su relación de pareja, Barbora se incluye a sí misma en el lugar de la novia. Se la reconoce claramente por el tatuaje que tiene en la nuca, un dibujo de círculos concéntricos como un blanco de arquería, la boca de una herida o del sexo femenino -en la perspectiva que la pintura muestra-. Está en posición casi fetal sobre el cuerpo de Bertil, en la relación más íntima posible, la del bebé en el vientre materno. El sillón se convierte en el mismo del cuadro “Chloe y Emma”; al fin, de esta manera, recuperado.


El robo que da pie a la historia y a la amistad entre los personajes funcionó como un quiebre, produjo una falta, un agujero, una herida a suturar. El quiebre operó como apertura, posibilidad del pasaje a otra cosa. La colaboradora amistad entre Barbora y Bertil no se limitó a una simple curación, sino al brote de vida y de objetos bellos, que por su propia belleza valen la pena. Bertil se sorprende: “¡Conectaste tu obra maestra conmigo!”. Al final de la película ambos preparan la instalación de la próxima exhibición de cuadros de Barbora. La cicatriz de la herida de la mano de Bertil casi no se nota, ha sanado.


Retomar el estigma como signo permite reinscribirlo, convertirlo en objeto estético, no solo inofensivo sino milagroso; ir más allá de la superación del trauma, tocar un pedazo de cielo. Objeto tan impensado como la amistad entre pintora y ladrón, como el renacimiento de Bertil y el renacimiento de Barbora. La alquimia del arte consiste en transformar la maldición en belleza. Hacer arte no se reduce a producir una obra comercializable, implica una forma de vida, de relación.


El cuadro con que termina la película representa el encuentro del artista con el objeto de su deseo, la obra; su abrazo. El escrito al revés parece dar cuenta de en qué lado del espejo se sitúa la mirada del espectador.-




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Nuestra conversación con Lissardi sobre esta película: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/d36834a9/la-pintora-y-el-ladron