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  • Ana Grynbaum - La erotopía del baile en el film “India Song” de Duras

    Anne-Marie Stretter vive en un presente perfecto del que solo la muerte la puede sacar. Ella es la esposa del embajador francés en la India durante la década de 1930. Alta, delgada, pelirroja, se mueve permanentemente entre flores e inciensos, en una escenografía “de película”. Sus hobbies, a los que dedica buena parte de su totalmente ocioso tiempo, son bailar y atraer a los hombres. Hobbies que combina, bailando con uno, y otro, y otro más de sus admiradores, pretendientes y amantes. El embajador, un hombre mayor, no solo lo consiente sino que también colabora. No hay conflicto. La sala de baile de la embajada es como el interior de una cajita musical. Solo fuera de la residencia suena la voz de los pobres y de los locos, de la miseria circundante a la clase de los blancos en las colonias. Sin embargo, Anne-Marie ya no puede tocar el piano por la angustia, apenas puede respirar en el calor de la India, que soporta cada vez menos. “India Song” (film de Duras, 1975) es una elegía dedicada a Anne-Marie Stretter, que reconstruye el personaje para poder despedirlo. Y con Anne-Marie Stretter viaja un paquete de la infancia de Duras, ya mítica, hecha literatura. El aspecto que me interesa tratar aquí de la película “India Song” es su carácter erotópico*. A golpe de vista ese ambiente de la residencia es artificial como un palacio de cuento de hadas. Duras lo subraya en las indicaciones para la puesta en escena: “Los nombres de ciudades, ríos, provincias, mares de la India tienen aquí sobre todo un sentido musical. / Todas las referencias a la geografía física humana política de “India Song” son falsas (…)”. Pero su falsedad antes que oposición a una verdad objetiva es asociación subjetivo-creativa. India Song es el territorio de un deseo particular. Una creación erotópica. Anne-Marie es la única mujer que aparece en escena. Pululando en torno a ella cuatro hombres a modo de elenco estable de su corte, su amante oficial y tres más, ocasionales. Un quinto hombre, el vicecónsul de Francia en Lahore, peleará por integrar también el grupo vip, pero su mala reputación lo mantendrá al margen, aunque con irrupciones en la escena que jugarán de contrapunto con la inmovilidad enfermiza y enfermante del lugar. Aparte de ellos, los criados, también varones, caracterizados como nativos, no cuentan como hombres. El carácter fantasioso de este universo cerrado de Anne-Marie Stretter y los hombres, mariposas atraídas por la luz, es evidente. Deseo realizado. También deseo clausurado. Anne-Marie no puede seguir sosteniendo la escena erotópica en la que vive, no a causa de ningún motivo externo, no puede porque no puede. O no quiere. Pero antes de la caída, de la escena junto con la propia Anne-Marie, la cámara se deleitará largamente con las escenas de baile durante una recepción en la embajada. Allí estará la embajadora en su estado más cercano a la felicidad posible, la felicidad que ella puede imaginar. Al igual que en los cuadros de las fiestas galantes se sugiere que al margen de la escena el recato ya no es necesario y todo tipo de excesos sexuales pueden cometerse sin el menor escrúpulo. La moral no aplica a los territorios del deseo. La India de Duras es una sociedad sin ley. Pero la autora no pertenece al mismo universo que sus personajes, entrevistada declaró: “La muerte no se muestra. Yo no hago ese tipo de cine. Ni cine de amor, ni de deseo.” Sin embargo, la película rezuma sensualidad y deseo, de una punta a la otra. Y los aullidos desgarradores del vicecónsul cuando es apartado de Anne-Marie hieren el silencio de la noche. Por otra parte, Anne-Marie viaja a las islas para estar con sus amantes, de la misma manera que los peregrinos de Watteau se embarcan a Citerea. Las similitudes entre “India Song” y la erotopía galante son numerosas. Sin embargo, como mecanismo erotópico lo que predomina en la película es el baile. El baile El baile se justifica en sí mismo, en su belleza y el placer que provoca, a los danzantes y a los mirones. Es posible pensar, no sin razones, que en “India Song” el baile ocupa el lugar del acto sexual pudorosamente irrepresentado. Sin embargo, hay una erótica que se juega en ese mismo danzar, más allá de todas las connotaciones razonables. El baile es una máquina autónoma. Se supone que el baile da placer a Anne-Marie, pero de la interioridad del personaje con certeza nada sabemos. Lo que en ella encarna es una mirada, ajena, lejana, infantil, situada en una clase social inferior, que idealiza la frivolidad de la clase alta, que en su ingenuidad confunde frivolidad con felicidad. Esta imagen del baile, en su reiteración y variaciones, que dura y llena el ojo, aparece en lugar central en muchas películas. En “El gatopardo” de Visconti, el baile ocupa una larga y bellísima escena, donde a través de pequeños gestos se codifica todo un universo, los deseos que le dan vida y los cataclismos que lo amenazan. En cualquier versión de la Cenicienta la instancia del baile es medular, es allí donde la caída en desgracia vuelve a ser ella misma, de acuerdo con su verdadera naturaleza, no de sierva sino de princesa. Cada quien tiene sus propias imágenes del acto erotópico del baile, ya sea provistas por el recuerdo o por el deseo, en las que los productos culturales se fusionan con la experiencia personal. La hombreriega Anne Marie es La Mujer, pero ¿se puede afirmar que “India Song” constituye una versión de la Erotopía del Harén en la que se encarna a una hombreriega…? ¿Viene ella a ocupar el mismo lugar del hombre que colecciona mujeres? ¿Colecciona ella a los hombres con que baila, que la acompañan a las islas, que le declaran su amor…? No parece que Anne-Marie se concentre en la administración de una colección. Los hombres parecen simulacros antes que seres humanos. Más bien que las cosas suceden como desprendiéndose de la posición que ella ocupa, en el baile, en la sociedad: Anne-Marie Stretter es la embajadora, la principal, el centro de las miradas, y de las habladurías. Algo propio de ella, que constituye su enigmático encanto, su sex-appeal, imposible de explicar, la ha llevado a ocupar ese lugar, que cuando conoció al embajador lo dejó prendado. Ello no quita que la erótica que se desprende de ella esté íntimamente asociada al poder y al estatus. Pero también al malestar existencial, irreductible, de una clase ociosa, beneficiaria y víctima de “el colonialismo bajo su forma más caricaturesca, más abyecta”. Por otra parte en la pareja de bailarines está incluida la idea de pareja, gran fantasma erótico-amoroso de Occidente. El caso es que Anne-Marie accede a estar en pareja, con todos los hombres que se lo soliciten. “Ella está para quien la quiera. Se entrega a quien la tome.” La figura de la puta voluntaria o vocacional también asoma… Lo que resulta claro es que Anne-Marie Stretter no es simplemente una especie de mujeriego invertido. Pero en el campo de las mujeres “devoradoras” de hombres está casi todo por ser dicho. Según Duras, a diferencia de lo que sucedió con otros de sus personajes, pocas mujeres se identificaron con Anne-Marie Stretter. Ella lo atribuyó al carácter “soberano” de este personaje femenino. Tema sobre el que valdría la pena volver… *** Las citas están tomadas del texto “India Song”, de 1972, que dio origen a la película, y de la entrevista de Duras con Dominique Noguez incluida en la edición de El cuenco de plata. El concepto de “erotopía” está desarrollado en nuestro libro Erotopías. Las estrategias del Deseo, los libros del inquisidor, Buenos Aires 2020 y Montevideo 2021. (https://www.lissardigrynbaum.org/post/ercole-lissardi-y-ana-grynbaum-erotop%C3%ADas-las-estrategias-del-deseo)

  • Ercole Lissardi - Erotopías, pornotopías

    Desarrollando y profundizando el concepto de erotopía he advertido la existencia del concepto de pornotopía, desarrollado en direcciones diferentes por Steven Marcus, en The Other Victorians. A Study of Sexuality and Pornography in Mid-Nineteenth-Century England (Basic Books, New York, 1964), y por Beatriz Preciado, en Pornotopía (Anagrama, Madrid, 2010). Ambos desarrollos del concepto son interesantes y me propongo comentarlos en lo que sigue. Steven Marcus En The Other Victorians Marcus analiza la literatura pornográfica producida durante la Era Victoriana. En el capítulo final, Conclusión: Pornotopía, presenta el concepto de pornotopía. Refiriéndose al período que estudia, Marcus dice: “El género literario al que las fantasías pornográficas –particularmente cuando se presentan como ficción pornográfica- tienden más a parecerse es el de la fantasía utópica. Llamo, pues, a estas fantasías pornográficas pornotopías”. A efectos de confirmar la adecuación de esta denominación pasa, entonces, a mostrar hasta qué punto las ficciones pornográficas funcionan como utopías. -Muestra cómo para el relato pornográfico es mayormente indiferente el lugar en que la peripecia acaece. Si da alguna precisión de lugar, la olvida apenas dada. -Muestra asimismo que la peripecia pornográfica acaece fuera del tiempo, como en una burbuja en la que los vectores temporales no inciden en absoluto. La única temporalidad vigente es la implícita en la mecánica sexual. -Muestra también que en la ficción pornográfica la naturaleza no existe. El único paisaje es, metaforizado, el cuerpo femenino. En cuanto al hombre, no hay tal. Lo que hay es un enorme pene adjuntado a la figura masculina. Un órgano que no es natural sino sobrenatural. -Muestra cómo en el relato pornográfico ningún elemento natural vale en sí mismo, sino para facilitar la acción sexual: un bosque o unos arbustos sirven para esconderse y copular, una lluvia sirve para quedarse en casa y copular. Y así siguiendo. -El relato pornográfico es, también, la utopía de la abundancia fisiológica y la plenitud sexual: la potencia de los hombres y la lujuria de las mujeres no conocen límites. Marcus ve esta opulencia como el síntoma de lo opuesto: “Dentro de cada pornógrafo, dice, hay un niño chillando porque el pecho le ha sido retirado”. -En la pornografía pura, concluye Marcus, toda consideración de lo humano más allá de la sexualidad, queda excluida. Las relaciones entre las personas son puras combinatorias. El relato pornográfico excluye de su interés todo lo que no sea lo sexual. Construye una utopía en la que el tiempo, el espacio, lo subjetivo, lo intersubjetivo, todo queda excluido, excepto las variaciones y las combinatorias de lo sexual. No se interesa en las personas sino en sus órganos. Las conclusiones a las que llega Marcus al considerar a la pornografía como un universo utopista en el que nada existe más que las mecánicas de lo sexual, me parecen totalmente atendibles. De hecho esa misma es la noción de pornografía que –sin conocer la versión de Marcus- he venido manejando en entrevistas desde la aparición de mis primeros libros, y que formulo así en mi libro de ensayos La Pasión Erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet (Paidós, Buenos Aires, 2013): “La pornografía es un tipo de discurso cuyo único objetivo consiste en la representación del acto sexual humano. No le interesa ningún otro aspecto de la experiencia humana, por más vinculado que esté a la peripecia sexual: no le interesa la calidad ni la intensidad del deseo, ni las peculiaridades psicológicas, ni el contexto social y tampoco la lectura política o metafísica que pueda hacerse de la relación. Sólo le interesa la exhibición tan detallada como sea técnicamente posible de la cópula humana” (pág. 89). Beatriz Preciado En cuanto a la utilización del término pornotopía por Beatriz Preciado, hay que comenzar diciendo que ignora olímpicamente que fue acuñado 46 años antes por Marcus. Preciado utiliza el término pornotopía para designar un constructo cultural en el que un lugar real, vinculado a la producción de pornografía (enclave pornotópico lo llama), mediante la promoción mediática se convierte para el ciudadano de a pie en el lugar en el que accede imaginariamente a los goces del sexo con las más exquisitas modelos y performers de pornografía. El lugar concreto que Preciado estudia en su libro es la mansión Playboy (entre 1959 y 1974 en Chicago, desde 1974 en Los Angeles), hogar de la figura central del Universo Playboy, Hugh Heffner, en el que supuestamente vive una vida de fiestas sexuales perpetuas. Al enclave y su relato lo llama Preciado pornotopía Playboy. (Otro ejemplo de pornotopía en el sentido preciso en que utiliza Preciado el término sería la pornotopía Horn Valley, o pornotopía San Pornando Valley, en la que el enclave pornotópico sería el Valle de San Fernando, en California, que desde los 70’s y durante casi dos décadas fue la Meca de la producción pornográfica mundial). La utilización del término que hace Preciado es interesante, y se acerca en realidad a la noción de erotopía que manejamos en el curso. La limitación es que sólo se adecua a constructos generados desde el universo pornográfico. El término erotopía puede eventualmente incluir a los constructos pornográficos como un caso entre los otros. Por lo demás me parece razonable proponer que la erotopía pornográfica Playboy encaja perfectamente como la evolución natural, en la segunda mitad del siglo XX, de la erotopía del harén, incluido en el libro escrito en colaboración con Ana Grynbaum, Erotopías. Las estrategias del Deseo. (https://www.lissardigrynbaum.org/post/ercole-lissardi-y-ana-grynbaum-erotop%C3%ADas-las-estrategias-del-deseo)

  • Ercole Lissardi y Ana Grynbaum - Erotopías. Las estrategias del Deseo

    Aunque la relación de Occidente con su Oriente esté empedrada de estereotipos, no carece de profundidad. Oriente, especialmente en el terreno erótico, ha oficiado como espejo privilegiado donde la cara reprimida del deseo occidental puede aflorar. La relación entre Occidente y Oriente es de alteridad en un sentido íntimo, equiparable a ese Otro que según Lacan constituye al sujeto. Occidente ha empleado el concepto de Oriente para definir su propia identidad. El harén representa para el sujeto occidental ese espacio donde es posible vivir un erotismo diferente sin exponerse a consecuencias catastróficas. En cuanto a transgresiones, varias son las que se encuentran en la base de esta erotopía. Las más notorias apuntan contra el mandato monogámico, la familia como corsé de la sexualidad, la hegemonía heterosexual y la condena cristiana a la sensualidad en general. Si desde una óptica exotista, propia del eurocentrismo, el oriental es el otro, lógicamente la mujer que está en el harén es la mujer del otro. En este sentido la erotopía del harén desafía directamente el mandato bíblico No desearás a la mujer de tu prójimo. La mujer del prójimo, del otro, es precisamente el objeto del Deseo. Y esto,lejos de resultar vergonzante, se exhibe en primer plano y a todo color. (Fragmento de La Erotopía del Harén) *** *** *** Mientras en la rubia Albión, poderosa en su modernidad pero también en sus rigideces victorianas, sensibles literatos disfrutaban de la Erotopía de los Efebos con la discreción que impone el miedo al castigo (recién en 1861 se abolió la pena de muerte para el delito de sodomía), allá en el Sur, en una bonita ciudad balnearia, al pie del Etna, fundada por los griegos 700 años antes de Cristo, un presunto barón alemán, quizá exiliado en busca de salud para sus minados pulmones, alcanzaba una realización solar e irrestricta de la misma erotopía transmutando, cámara fotográfica mediante, a los campesinos y pescadores adolescentes de la zona en los añorados efebos de la Grecia clásica. Paradoja de sensibilidades idénticas y destinos opuestos, mientras Oscar Wilde se hacía condenar a trabajos forzados y a la destrucción de su prestigio de príncipe de las letras británicas, asumiéndose como chivo expiatorio de toda una generación de exquisitos cuyo pecado mortal era amar a los jovencitos, los desnudos fotográficos de Wilhelm von Gloeden de toscos muchachitos sicilianos posando como efebos griegos, reproducidos en revistas de arte y en tarjetas postales, protegidos y legitimados por los prestigios de la alta cultura, circulaban abundantemente por todo el mundo, incluso sirviendo –un poco como el apretón de manos de los masones– al pasar de mano en mano, como carta de presentación de los inconfesables deseos, y generando a lo largo y a lo ancho del mundo vasto, culto y reprimido una corriente de simpatía libidinosa que pronto haría de la olvidada Taormina uno de los destinos de predilección de la elite turística internacional. (Fragmento de La Erotopía de los Efebos) *** *** *** Extractos del ensayo Erotopías. Las estrategias del Deseo, de Ercole Lissardi y Ana Grynbaum, los libros del inquisidor, Buenos Aires y Montevideo, 2020 y 2021. Trailer: https://www.youtube.com/shorts/Aj9DHgdEBkc En Argentina distribuye Galerna. En Uruguay distribuye Gussi.

  • Prefacio completo de "Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplatenses"

    Lamentablemente los motivos que generaron el libro Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplatenses siguen tan vigentes como para justificar la publicación de su prefacio completo: Fotos de August Sander Hombrecitos improvisados de apuro es una colección de 29 ficciones acerca de la estupidez masculina en los vínculos eróticos y amorosos escritas por 32 autoras uruguayas y argentinas. No se puede decir que sea una antología pues los textos son en su mayoría inéditos y muchos de ellos fueron realizados especialmente para este libro. Ante la falta de discurso: una explosión de relatos Comencé a experimentar el machismo en carne propia con la publicación de mis primeros libros. Por lo general el lobo se disfrazaba de cordero: “Cuando me preguntan por escritoras uruguayas te menciono“, “Tus ficciones son tan ágiles que no parecen escritas por una mujer”. Sin embargo en las notas críticas me comparaban exclusivamente con escritoras mujeres… Esta vez estoy entre autoras por mi propia elección. *** No creo en la abolición de la desigualdad de género mediante la implantación de un vocabulario correcto. Antes bien creo que debemos analizar las palabras de nuestro vocabulario para darnos cuenta de cómo formatean nuestras ideas del mundo, abriéndonos o cerrándonos distintas posibilidades. Cabe mencionar que espontáneamente nadie envió para este libro ningún texto escrito en inclusivo, su ausencia no es producto de censura. El término empoderarse no me suena bien, implica la práctica de una suerte de gimnasia para adquirir un atributo llamado poder. El empoderamiento femenino a su pesar encierra la vieja noción de que las mujeres somos seres incompletos. Como compensación a la falta que supone, sugiere una operación de llenado. El poder se toma, y la palabra es su vía regia. Si algo nos hace falta no es reproducir los discursos existentes sino producir discursos nuevos, no repetir sino multiplicar. Por otra parte, los florecientes estudios de la diversidad sexual cumplen un rol fundamental para repensar la subjetividad del colectivo más allá de las minorías. Sin embargo, al relativizar el peso de la oposición macho-hembra dejan en las sombras todo un campo de la experiencia cotidiana que este libro enfoca. Eros brilla con luz propia y sin miramientos de corrección. La conciencia de género no elimina en buena parte de las mujeres la atracción hacia los hombres. Pese a todos los cuestionamientos vivimos en pareja o lamentamos no poder hacerlo, tenemos hijos o lamentamos no tenerlos. No aspiramos a que la diferencia entre mujeres y hombres se anule, porque esa diferencia tiene un gusto especial y único al que no queremos ni podemos renunciar. El exceso de autocrítica, frecuente en las mujeres, también obedece a una ideología de la incompletud. De hecho, el puntapié inicial de Hombrecitos… fue la exasperación que me causó la película Un bello sol interior (Claire Denis, Francia, 2017, con Juliette Binoche). En ella la protagonista, involuntariamente y padeciéndolo, colabora con la humillación a que la somete todo tipo de hombrecitos despreciables, en una seguidilla que promete no tener fin. Las bodas de Alcott con Schreber El título de este libro nació de una unión, en apariencia imposible, entre Louisa May Alcott y el Presidente Schreber, dos escritores remarcables. Norteamericana y solterona ella -por auto-determinación, alemán y paranoico él -según auto-confesión. Contemporáneos durante 46 años, hasta finales del siglo XIX, época cuyo moralismo sigue pesando en nuestras costumbres. Como todo flechazo el de Alcott y Schreber a los efectos de este libro fue imprevisible. Pero a los esquemas de género propios de una literatura “menor”, como la de libros para niños, y menor todavía para niñas, se mezcló la idea de seres inconsistentes, incapaces de responder con inteligencia y de sostener sus designios: los hombres improvisados de apuro (o “armados a la ligera”, según las traducciones) que aporta Schreber en la descripción de su delirio (Memorias de un neurópata, escritas entre 1900 y 1902). Efímeros ellos, no dejan de acosarlo. Nuestros hombrecitos son improvisados porque no están bien hechos, especialmente a la luz de nuestra época. Mujercitas fue la primera novela que leí en mi vida, apenas aprendí a leer. El libro pertenecía a mi madre, que también lo había leído de pequeña. Hombrecitos fue mi segunda novela como lectora, y luego vinieron todas las otras obras de Alcott que pude conseguir. A Schreber lo conocí ya de adulta; como la mayoría de nuestros coetáneos, a través de Freud. Y me maravilló la capacidad de Schreber para registrar sus tan complejas cosmovisiones. Durante mucho tiempo no me animé a confesar mis primeras lecturas. Creía que yo sería mejor escritora si en vez de Alcott hubiera leído a Salgari. Pero leer aventuras no era una opción para mí: yo era nena. Recientemente, con el desarrollo de este proyecto, la legitimidad de mi vergüenza se puso en cuestión. El interesantísimo ensayo de Anne Boyd Rioux sobre la recepción de Mujercitas (El legado de Mujercitas. Construcción de un clásico en disputa) hizo que comprendiera hasta qué punto mi valoración adulta de aquellas lecturas que tanto había disfrutado, y que seguramente, como a tantas mujeres, me abrieron el camino de la escritura, estaba marcada por burdos preconceptos machistas. Actuar con libertad implica no limitarnos a los tópicos tradicionalmente destinados a las mujeres, como el campo de los sentimientos, las emociones y los deseos, pero sin renunciar a la exploración de la intimidad, ni al legado de nuestras antepasadas talentosas en esos terrenos donde las mujeres hemos buceado hasta lo profundo. *** “Mujercita” y “hombrecito” se han convertido en términos peyorativos en el habla vulgar. Parecería que en la vida real ya no queda de estos ejemplares de adulto en miniatura. Ahora se pasa de ser niña o niño a ser adolescente para finalmente devenir mujer, hombre o trans. Sin embargo, al menos en el Río de la Plata, basta con visitar una juguetería cualquiera o el sector infantil de la mayoría de las librerías para encontrar que la dicotomía nena-varón lejos de haberse diluido está afianzada como nunca. De un lado la mancha rosa, del otro la mancha celeste, diferenciando con total nitidez, a simple vista, el sector femenino del masculino, los juguetes y los libros para uno u otro género. *** Entre “improvisados” y “de apuro” se establece una redundancia que empleo en el título de este libro como énfasis. Por otra parte, la frase “Hombrecitos improvisados de apuro” genera un efecto cómico. Da el tono de un libro que puede hablar en serio permitiéndose la risa. Estúpido/a A nuestra particular boda entre Alcott y Schreber asistieron algunos invitados ilustres, entre los que corresponde destacar a Erasmo de Rotterdam y a Wilhelm Reich. También fue casual, los susurros de la cultura en el lado interno de mi oído cursaron la invitación. Erasmo personificó a la estupidez como mujer, atribuyéndole explícitamente características “propias de su sexo”. Que yo sepa nadie ha pegado el grito en el cielo por eso, el Elogio de la estulticia sigue circulando incuestionable en su categoría de clásico. En cambio a mí sí me han enrostrado que la estupidez no tiene sexo. Y eso que tomé al Elogio, por su pertenencia a la sátira, como una de mis obras de inspiración, en uso del derecho a la crítica. ¡Pues claro que la estupidez no tiene sexo! Eso cualquiera lo sabe. Aunque en la literatura imaginativa puede adoptar el género que sea. La ficción literaria permite encarnar fantasmas, dotarlos de discurso y escucharlos. La estupidez masculina convocó a un número suficiente de autoras y permitió reunir un número suficiente de textos como para demostrar su existencia. Se puede decir que -como las brujas- no existe, pero que la hay, la hay. Y se la reconoce por sus efectos. La sabiduría popular conoce formas específicamente femeninas y formas específicamente masculinas de la estupidez, más allá del juicio de los bien-pensantes. De las primeras la literatura occidental se ha ocupado hasta el hartazgo, antes y después de Madame Bovary. De las segundas casi no hay testimonio ¡y eso no es justo! Ellos también merecen su lugar en el Purgatorio. En lo personal, aun entendiendo la división entre lo femenino y lo masculino como un fenómeno eminentemente cultural, me importa sostener esta nominación dicotómica a los efectos de analizarla. Hemos sido criados a lo hembra o a lo macho. Eso tiene consecuencias que es preciso no ignorar. *** En cuanto a Wilhelm Reich, me resultó inspirador por el tono profético su texto Escucha, hombrecito, en el que denomina hombrecito al hombre-masa. Reich tutea al hombrecito, le habla al oído, le grita al oído. Como si la voz no viniera de afuera sino de su interior. Mediante la apelación peyorativa denuncia su mentalidad fascista, misma que habría de aniquilarlo poco tiempo después. Confío en correr mejor suerte. *** Elegí el término estupidez por su naturaleza subjetiva. Cuando una mujer dice o piensa de un hombre “¡es un estúpido!” hay una fuerza inherente a esa formulación, algo que solo se expresa de esa manera. Traducir estúpido a patriarcalista, machista, sometido al mandato de masculinidad, etc., conlleva una pérdida de sentido. Esa acusación de estupidez puede referir a las más diversas actitudes. La idea de bucear en la estupidez masculina desde un punto de vista femenino apunta precisamente a recoger esa diversidad. Por otra parte, hablar de estupidez abre el camino a broncas que en la agenda del debate sobre la cuestión del género suelen quedar opacadas ante temas urgentes y pesados, como el feminicidio. Sin embargo, las amarguras de la vida cotidiana constituyen motivos no desestimables de infelicidad, lleguen o no a un desenlace trágico. Y por ello merecen mayor espacio en la discusión pública. *** Prefiero hablar de estupidez y no de maldad, locura o enfermedad mental. Las etiquetas de enfermedad mental sirven con obsecuencia a una de las industrias más poderosas del mundo: la farmacológica. En cuanto a la calificación de locura, por lo general en su carácter de anomalía, no hace sino acusar un desvío respecto de ciertos intereses o prejuicios propios de cierto momento histórico. La cuestión del mal, y la teosofía que implica, me exceden. Además, seguir el hilo de la estupidez ha tenido un efecto operativo. Al tratarse de un concepto mil por ciento subjetivo, plantearlo como tema ha llevado a que cada autora ponga en juego sus cartas. El resultado es este libro polifónico. Hombrecitos… se funda en la idea de que cada mujer tiene su propia noción de la estupidez masculina, ese oscuro factor que interviene en el malogramiento de las relaciones de una manera absurda, ridícula, innecesaria, falta de razón, o subsidiaria de una razón desfasada respecto de la vida actual, que sigue rigiendo el comportamiento según los mandatos de una lógica que responde al peso de un imaginario prescriptivo y entorpecedor del encuentro erótico. Claro que ese factor no es privativo de las mujeres, un amigo gay quiso colarse en el libro argumentando que él tenía mucho para decir sobre la estupidez masculina en lo vínculos eróticos… Narrar Hombrecitos… está formado por narraciones y no por ensayos. Ello se debe a varios motivos. En primer lugar a mi afición personal por la literatura creativa, campo en el que suelo encontrar mayor claridad y riqueza de ideas que en otros sectores de la cultura acaso más prestigiosos. Un relato que conmueve naturalmente lleva a la reflexión. La invitación apuntó a generar una escritura lúdica, que diera lugar al humor en sus diversas tonalidades. Y a enfocar los efectos del patriarcado a nivel de la vida cotidiana, del sufrimiento diario, sin caer necesariamente en ese plano de la tragedia que inunda los Medios, las Redes y las apps. A pesar de ello la dimensión trágica recorre buena parte de los textos y no todos le oponen un humor que genere alivio. La heterogeneidad ha sido respetada también en este aspecto. Por otra parte, la aventura narrativa conduce a sus agentes a decir más de lo que se proponen, introduciéndolos así en un terreno nuevo, que abre aprendizajes. Las actuales discusiones feministas a menudo se desarrollan a través de unos pocos términos que tienden a repetirse sin ser siempre comprendidos, lo que merma su potencial crítico. Solo comprendemos realmente aquello que podemos expresar con nuestras propias palabras, o con palabras de las que logramos apropiarnos. Aunque los relatos aquí reunidos constituyan ficciones su semejanza con los hechos reales no es en absoluto casual. Polifonía A los efectos de conseguir una pluralidad de voces Hombrecitos… salió en busca de una heterogeneidad de autoras. Partiendo de la premisa de que la narrativa no es una cualidad exclusiva de las escritoras y de que cada mujer tiene, de acuerdo con los avatares de su existencia, su propia versión de la estupidez masculina, Hombrecitos… fue gestándose. En este libro coexisten ficcionadoras experimentadas con pretendientas de escritora; incluyendo poetas, ensayistas, periodistas, novelistas y dramaturgas que se prestaron a jugar en el terreno no familiar del texto breve. La diversidad etaria también juega su papel. Fiel al espíritu de la convocatoria, no hubo ninguna restricción formal para la presentación de los textos. Cada una eligió el ángulo y la manera, la extensión y el área temática de su preferencia. Tampoco se intentó aunar posiciones ideológicas. Entre los distintos textos se pueden encontrar variadas contradicciones. Por ejemplo, en algunas historias las relaciones ocasionales son vistas con naturalidad, en cambio otras claman por la fidelidad conyugal. Las autoras de Hombrecitos…, en partes casi iguales, son uruguayas y argentinas. Tampoco esto ha carecido de consecuencias. La mayor parte de estos textos tiene una fuerte impronta local, en la descripción de lugares y costumbres tanto como en el uso de la lengua. En algunos de ellos incluso se puede reconocer la influencia del sainete como literatura ripolatense de costumbres. Especialmente reconocible es la marca de Florencio Sánchez en la pintura de escenas familiares a través de las que se realiza una vivisección del funcionamiento social. También aparecen en estos textos las costumbres propias de nuestra era internáutica. Las diferentes maneras en que los vínculos son afectados por las redes sociales y las aplicaciones, por ejemplo. Cómo en ocasiones por encima de la vivencia lo que prima es, material o imaginariamente, buscar la foto para publicar en redes y apps; imagen de la cual, milagrosamente, se desprendería una felicidad si no verdadera al menos pasible de ser mostrada. Tópicos Varios tópicos recorren los diversos textos: un examen pormenorizado de la cabeza del hombrecito, la imposibilidad de una relación disfrutable, la desconsideración hacia la mujer que puede terminar en directa criminalidad, las dificultades para lidiar con la estupidez sin enredarse en ella… CABEZA DE HOMBRECITO Varios de los relatos (Hombre de paja, Las ganas, Un altar de vírgenes, etc.) muestran el funcionamiento existencial de varios varones que confunden el mundo con su cabeza. Ya sea desde la prepotencia o la abulia, la simpleza o la viveza criolla, creen que a través de su imaginación pueden controlar el universo, al menos el pequeño universo de su vida cotidiana. A estos hombrecitos les resulta imposible establecer vínculos reales. Las mujeres que se supone desean se convierten en figurines sin grosor, sin carne. No son capaces de desear con la fuerza necesaria para realizar su deseo. Naufragan dentro de los estrechos límites de su cosmovisión pero, como carecen de autocrítica, lo ignoran, y, dado que necesitan el respaldo de sus certezas, desprecian lo que ignoran, negándose toda posibilidad de cambio. En la mayoría de estos hombrecitos el pene, o mejor dicho lo que ellos en su megalomanía fantasean que su pene es, se encuentra en el centro de su cerebro y de ahí lo proyectan sobre el mundo. Pero, ya sea que esa parte de su anatomía les funcione o les deje de funcionar, es tanta la expectativa que ponen en los efectos de su poder que terminan indefectiblemente decepcionados de una manera u otra. Los textos que a la cabeza del hombrecito apuntan se mueven en la cuerda de un humor más que ácido, amargo, desencantado. LA IMPOSIBILIDAD La imposibilidad de una relación disfrutable constituye una zona temáticamente densa. En ella aparecen un gran número de aspectos que imposibilitan el encuentro erótico o amoroso en sus diferentes momentos, llevándolo a la ruptura o directamente a la nada. Perderse de vivir el momento puede considerarse un mal menor, pero el hecho de no llegar a vivir una experiencia que se desea intensamente, jugándosela, empeñando el ser, puede provocar una frustración angustiosa. No vivir equivale a morir. Varios de estos textos (Reproducción automática, El cielo clareaba como una despedida, Domesticidad, etc.) tratan acerca de la dificultad para comprender a quien se desea, en ocasiones tan inaprehensible como poético y misterioso. En algunas de las historias la imposibilidad afecta al encuentro sexual, en otras al vínculo o a la remota posibilidad de que algún vínculo llegue a establecerse. En nuestro tiempo a menudo cuesta trazar la línea entre la seducción y el acoso. El exhibicionismo del sexting, por ejemplo, resulta aceptable o no según la reacción de la mujer en cuestión. Pero ella no siempre sabe cómo reaccionar, especialmente en estos terrenos nuevos del erotismo y también del cuestionamiento del sistema patriarcal. El instituido levante entre compañeros de trabajo ha perdido en poco tiempo su tradicional capa permisiva. ¿Cómo acomodarse a los nuevos parámetros de respeto a las mujeres en lugares donde la prepotencia está sellada a fuego, como sucede en buena parte de los ámbitos laborales? ¿Cómo hacerlo sin proscribir a Eros? El poder en los vínculos erótico-amorosos a menudo pasa por la imposición de esperas, es decir, el manejo del ritmo de los intercambios. Bancarse la ansiedad aparece a veces como una forma de sostener la relación. A menudo no vale la pena el esfuerzo, pero no siempre puede una simplemente detenerse. ¿No hay pija que le venga bien? A veces no, en ocasiones la súper-performance coital, química mediante, puede operar como un obstáculo en la relación e incluso para el placer de la mujer. Con frecuencia la sensibilidad femenina, proverbialmente intensa, sus posibilidades creativas y sus altos niveles de exigencia, pueden espantar a quien no las comprende y está prevenido ancestralmente contra ellas. De todos modos, más acá o más allá de la insatisfacción, en el territorio de Eros el otro nunca está donde se lo busca. Esto a menudo intensifica el hambre de quien desea. Y la hembra hambrienta suele jugar en las fantasías masculinas un papel demoníaco, convirtiéndose en el enemigo, de quien más vale huir. El debilitamiento del mandato de ser macho que campea en nuestra época le otorga al hombre la libertad de no coger, de no formar pareja, de no prestarse a la reproducción de la especie. El otro apetecido se resiste también en legítimo ejercicio de sus derechos. LA VIDA FAMILIAR El ámbito de la familia es el de la mayor vulnerabilidad. La responsabilidad ante la mirada de los hijos, la culpa que generan las fallas, repercuten con una fuerza especial dentro de las paredes del hogar. Los relatos de esta sección van desde el insulto y la burla, generadoras de vergüenzas, hasta la violencia filicida, pasando por un espectro amplio de situaciones. Siendo la familia el lugar privilegiado de la reproducción social en ella es donde la repetición de patrones relacionales se experimenta con especial crudeza. Algunas de estas historias (Juego de niños, Chupar) presentan un pormenorizado análisis del insulto y la burla como formas “menores” de la violencia intrafamiliar. De ese modo restituyen el discurso que suele faltar en el acontecer de este tipo de maltrato. Se exhiben algunos de los mecanismos menos visibles, por más naturalizados, de la violencia, no punibles pero que marcan. Sin embargo, las pequeñas perversiones domésticas suelen tener efectos duraderos en sus víctimas, pueden recluir en el closet no solo a los homosexuales. Y la mujer arrinconada en la cocina todavía dista mucho de ser mera fábula del pasado. El ámbito familiar es el escenario de buena parte de la vida cotidiana, desfilan por estas páginas algunas de esas instancias en que la familia ajusta sus nudos. Momentos privilegiados para el cortocircuito emocional: el asadito dominical, cumpleaños, entierros. Otros textos hacen un corte longitudinal de la historia familiar como evocación y hasta como saga. En estos la repetición de modelos de género resulta visible como una genealogía del poder (Aurora). Pero más allá de la violencia más o menos simbólica, los nuevos varoncitos y las nuevas mujercitas difícilmente se apartan de sus marcas, porque enraizado sobre la novela familiar suele haber cierto anudamiento del deseo que pulsa y es legítimo. En ocasiones la posibilidad de un cambio radical es vista como tirar al niño con las aguas. DE LA DESCONSIDERACIÓN A LA CRIMINALIDAD ¿Qué se entiende por “responsabilidad afectiva” en los hechos? ¿En qué punto la falta de cuidado hacia el otro se convierte en una acción criminal? ¿Dónde termina la responsabilidad por los efectos de los propios actos y omisiones? ¿El hecho de usufructuar las fantasías femeninas para extraer un placer no retribuido debe permanecer impune? La falsa libertad sexual de nuestra era post-pornográfica (Cf. E. Lissardi, La pasión erótica, 2013) no afecta por igual a machos y hembras. La sensibilidad femenina, a menudo culturalmente exacerbada, choca contra el muro de la indiferencia masculina, no menos mandatada. El derecho a la maternidad sobrevive a cualquier revolución y a menudo choca contra el derecho a la no paternidad. Por lo demás, el juego erótico fácilmente vira en tragedia. Los relatos que de ello tratan están impregnados de una angustia culposa. Varias de estas historias (Una palada de cemento fresco jamás abolirá el azar, Inés, Gusanos, etc.) tratan acerca de relaciones destructivas y auto-destructivas, en el extremo suicidas. También se denuncian la omisión de asistencia, la violencia sexual bajo la forma del acoso, el abuso y la violación. No falta tampoco el homicidio agravado, con premeditación y alevosía, sin remordimiento, frío como la venganza. ¡QUÉ DIFÍCIL ES LIDIAR CON LA ESTUPIDEZ! Algunos textos de Hombrecitos… (El poeta constante, Mi amigo Carlitos, Perros, etc.) muestran, cada uno a su manera, la dificultad para lidiar con la estupidez masculina sin darle una respuesta de desinteligencia complementaria. Responderle al machirulo en sus mismos términos ¿no es acaso seguirle el juego, quedar atrapada en las redes de una lógica patriarcalista productora de infelicidad…? Por otro lado, ¿cómo ser feminista hoy en día, cómo aflojar realmente las ataduras del patriarcado? El libro empieza con una advertencia: ¡cuidado con las instituciones! Incluso las organizaciones feministas. Aunque porten el más brillante de los eslóganes pueden atraparte en una lógica del poder que en vez de liberarte te someta con mayor ferocidad. Repetir consignas que no se entienden puede llevar a una trampa mortal. ¿Mortal o erótica…? Porque la excitación ante el encuentro, en que en principio nada estará excluido, se encuentra más allá de la corrección moral. No en contra sino a favor Apenas surgida la idea de Hombrecitos… la comenté con mi esposo, primer lector de mis escritos. Casualmente mi hijo estaba presente también. A mi esposo el proyecto le pareció bueno. Mi hijo, adolescente, comentó no sin sorna: “Mami, ¡te radicalizaste contra el patriarcado!”. Ninguno de los dos se dio por aludido, con toda razón. Sin embargo, no faltaron los cuestionamientos de varias invitadas al libro que rechazaron el proyecto alarmadas ante la eventualidad de maltratar a los hombres. Dado ese tipo de preocupación y aunque suene absurdo, antes de terminar estas líneas quiero dejar constancia de que en este libro no hay seres humanos sino personajes de ficción. Y los hemos tratado con el mayor cuidado y la mayor dedicación, con todo nuestro amor -podría decirse, para que cada uno de ellos se desarrollara según su naturaleza, como corresponde a la labor literaria. Ellos han de ser buenos o malos dependiendo de la calidad de su factura. Lo que en estas páginas se pone en tela de juicio son actitudes, posturas, vicios. Es decir: conductas, modos de proceder, propios de una sensibilidad -machista, patriarcalista o como gusten- en vías de extinción, pero que sigue dando coletazos. Y si las costumbres y su ideología son criticadas, ello se debe al deseo de cambio. Por lo demás, en estas historias las mujeres no permanecen inmaculadas, la tendencia femenina a la autocrítica se cumple en ellas en variadas formas y grados. Coda Si bien en este prefacio planteo puntos de vista personales, ellos han sido fuertemente influidos no solo por la lectura de las historias que finalmente conformaron este libro sino también por el diálogo, generalmente por mail, mantenido con las autoras. De la inspiración original a este producto final hubo un recorrido en el que la colaboración entre mujeres pasó del deseo a la realización. Ana Grynbaum, Montevideo, junio de 2019.-

  • Sobre "La auto-sospecha" de Ana Grynbaum, Guillermo Belcore para La prensa

    La vida nueva de un Don Nadie El personaje literario es viejo como la máquina de vapor. El hombre del subsuelo (¿por qué no hay mujeres cumpliendo este papel en las novelas?). Un añoso viaje, pues, desde Akaki Akákievich hasta Neftalí de Montevideo, que hoy venimos a presentar. Ana Grynbaum, una de las voces más interesantes de la narrativa uruguaya actual, ha decidido recorrer en su más reciente nouvelle un sendero trillado pero no por eso menos encantador. Es la clásica historia de un patético cero a la izquierda, sin un cobre en el bolsillo ni razones para vivir, que finalmente encuentra un sentido a la existencia. A pesar de su mezquindad en páginas (ya volveremos sobre el punto), podría decirse que La auto-sospecha es una especie de bildungsroman. Una diminuta novela de aprendizaje. Neftalí vive en la casona de una vieja inválida, medio pariente, bajo un régimen de semiesclavitud. Mal atiende a la despótica mujer a cambio de un altillo mugriento para dormir y las sobras de la comida. Se somete también al escrutinio neurótico. Explica con el símil eficaz porque ha dejado pudrir su talento en la desidia: "Preferí no funcionar, devenir bolsa de nylon enredada en la copa de un árbol; por decisión propia no sirvo para nada... hubiera querido ser optimista, pero naufrago en la mierda". Un día la señora se muere; más rápidos que un vencejo, familiares lejanos se presentan por la casa. Le dan venticuatro horas al inquilino para abandonarla; Neftalí tiene todo preparado para ahorcarse pero finalmente quien se queda con la propiedad es una sobrina nieta. Rocío, una muchacha tan ingenua como lastimada, planea abrir allí un comedero para pibes de la calle. "Por más indeseable que un hombre sea, siempre se le arrima alguna mujer", se establece. Así pues, la trama evoluciona como suelen hacerlo estas historias menudas. BLOQUECITOS La urdimbre se construyó en bloquecitos. Hay una agradable alternancia entre el soliloquio de un Don Nadie y la narración en segunda persona del singular. Muestra la autora, además, una formidable destreza para acuñar sentencias. Cómo ésta de la página cuarenta y siente: "la verdad es frágil, exige acolchado... Me parece que todos compartimos la idea de que hay algo nuestro que no debemos revelar nunca, bajo ninguna circunstancia, incluso si desconocemos el contenido...". En el debe podría mencionarse la escasez de páginas. El lector voraz se queda con hambre. Sería necio acusar a la nouvelle de falta de ambición artística, la señora Grynbaum ha creado, nada menos, su propio sello editorial junto a su marido Ércole Lissardi (¡ah!, esos nombres uruguayos) para componer lo que les plazca, en especial para cultivar la literatura erótica, una apuesta sumamente audaz en estos tiempos de hipersexualidad mediática, que no es arte claro está. Hay un par de páginas eróticas, por cierto, en La auto-sospecha que son poesía pura, y muy buena. Además, un comentarista nunca debería criticar a un perro porque no es un gato. Pero he aquí un chihuahua que tenía todas las condiciones para ser un gran danés, es decir una novela oceánica, con fascinantes personajes secundarios y un contexto de degradación moral y social que Ana Grynbaum prefirió esbozar al paso en lugar de desarrollarlos. Es una lástima, Onetti y Dostoievski están presentes en su escritura y se la da muy bien el retrato de Montevideo la fea. Una última extrañeza. Como si se tratara de burbujas ácidas, consignas de izquierda emergen cada tanto. Habla Neftalí de conciencia de clase y hay un par de menciones despectivas de la meritocracia, del consumismo y del descastamiento de las napas inferiores de la burguesía media "a las que todos suponemos pertenecer". Pero la moraleja del libro no proviene de Marx, sino del Nuevo Testamento. Es Corintios 13, 1 al 7. La prensa 10/12/23

  • Ana Grynbaum – El llamado de las sirenas

    El fascinante libro de Carlos García Gual Sirenas. Seducciones y metamorfosis recorre con erudición, inteligencia y placer el mito de las sirenas en la cultura occidental, en su larga travesía desde “La Odisea” homérica hasta su banalización en la actual sociedad de consumo. Crátera ática, Stamnos, 480-470 A.C., British Museum Habiendo nacido como una mera voz dulce que invitaba a los navegantes a detener su viaje, y con ello perder su vida, en la era de la represión cristiana las sirenas pasan a encarnar el peligro de la mujer como trampa sexual. El Romanticismo encontrará en ellas la imposibilidad radical del amor. El siglo XX producirá nuevas lecturas, especialmente sobre las relaciones entre los géneros y el papel del arte, realizadas por autores tan diferentes como Kafka, Brecht, Elliot, Blanchot, Adorno y Horkheimer. En el terreno de la cultura popular infantil, amén de la de Walt Disney, vale conocer a la sirena que interpreta Tasha de los Backyardigans -una de mis favoritas. En la vasta y heterogénea iconografía las sirenas fueron representadas primero como híbridos entre mujer y ave, para devenir luego combinación de mujer y pez. A lo largo de los siglos el papel de la voz cede su preponderancia a la imagen visual, centrada en la belleza y el sex appeal de estas personajas acuáticas. Sin embargo, en el siglo XIX en lengua romance se bautizará como sirena esa voz mecánica de aviso y alarma, que regirá a los obreros en las fábricas, abrirá paso a coches de bomberos, ambulancias y patrulleros, y advertirá de los bombardeos durante las guerras. El peligro y el control social roban la escena a la dimensión erótica. Si algo podemos afirmar es que “las sirenas” engloban una constelación de significados que atraviesa el conjunto de nuestra tradición cultural. En el presente texto tomaré algunas aristas que sedujeron a mi imaginación. Ulises y las sirenas en “La Odisea” de Homero La historia original es muy simple. En “La Odisea” homérica Ulises, advertido por su cómplice Circe, al aproximarse al lugar donde habitan las sirenas tapona con cera los oídos de sus remeros y se hace atar al mástil del navío. De esa manera escucha las alabanzas que las sirenas con su voz meliflua entonan respecto de sus hazañas como héroe de Troya pero, restringido en sus movimientos, resiste a la tentación de tirarse al agua para ir hacia ellas y así evita perder la vida y la posibilidad del regreso glorioso a su patria. La nave de Odiseo sigue de largo y las sirenas fracasadas se dan a la muerte. Un héroe demasiado humano El esquema básico del relato consiste en un héroe enfrentado a un peligro mortal. Pero, como García Gual enfatiza, Ulises no es un héroe trágico a la manera de Aquiles. Carece de origen divino, actúa como un hombre. No se abalanza hacia un destino fatal. Antes bien todo lo contrario. El artero Odiseo es un aventurero, un pícaro, un burlador, un héroe de la supervivencia. Un sobreviviente que del peligro sale enriquecido en aquello que, en tanto griego antiguo, más le importa: su fama. Superar el escollo engrosa su valor. Desde otro punto de vista, Ulises es un cobarde. Un verdadero héroe se hubiera enfrentado al enemigo. A lo mejor la profecía no se cumplía, quizá hubiera encontrado otra forma de zanjar la cuestión. Alguna divinidad amiga pudo haber intervenido a último momento. Tal vez la isla de las sirenas, florida y rociada de huesos humanos como se la describe en el texto homérico, fuera el paraíso que sin saberlo estaba buscando. Quizá esos restos humanos oficiaban cual memento mori. En el inicio fue la voz El peligro mortal se presenta a través de una voz cuyo soporte material no se menciona. Debería atarme al mástil para no evocar aquí la voz como objeto que causa el deseo en el lenguaje lacaniano. No me até, pero tampoco seguiré con este tema, respecto del cual existe bibliografía. Lo único que sabemos de esa voz femenina cantora es que se caracteriza por su dulzura y proviene de más de una garganta. Dos sirenas se mencionan en el texto homérico. En las versiones antiguas del mito siempre se trata de un personaje plural, que actúa colectivamente. Así como las musas, las harpías, las gorgonas, etc. Este plural señala una condición. Para el caso: la voz que seduce haciendo peligrar la continuidad del viaje. ¿Qué cantan las sirenas? El relato original solo se refiere a lo que las sirenas comienzan a cantar para Ulises: el elogio de sus hazañas guerreras en Troya. El valor de ese mensaje es que contribuye a la fama del héroe, es decir: a la sobrevida de su nombre, forma humana de la inmortalidad. La fama consolida al héroe. No hay héroe sin memoria que lo celebre y en dicho acto lo reconozca como tal. Ahora bien, no sabemos cómo continúa el relato de las sirenas, Odiseo pasa de largo. Él se salva, pero el desarrollo de la historia se pierde. Tampoco sabemos si las sirenas cantan a cada navegante según su fama particular. De hecho, el mensaje de las sirenas constituye un misterio, un punto ciego en el relato, que la imaginación puede llenar a su gusto y parecer. Ulises, el garronero Hablando en criollo Ulises “garronea” a las sirenas. Su estratagema le permite escuchar el delicioso canto sin dar nada a cambio. Ni siquiera le pesa haberlas destruido. (Todorov entiende que provoca su muerte para inmortalizarlas en el relato…) Ahora bien, ¿qué es lo que garronea? Un goce. Se ha señalado la semejanza entre Odiseo aferrado al mástil y Cristo clavado en la cruz. Pero, que yo tenga noticia, no se ha establecido ninguna asociación con esas prácticas eróticas, conocidas en la actualidad como bondage, que utilizan la restricción del movimiento para exacerbar el deseo hasta alcanzar un goce particular. Muchas ilustraciones del mito apoyan esta lectura. Una fantasía masculina La interpretación del mito de Ulises y las sirenas como una fantasía masculina, que expresa el horror al sexo encarnado en la mujer, se desprende sola en nuestra Era del Psicoanálisis. Los estudiosos del mito antiguo han insistido en que el deseo de Odiseo es un deseo de conocimiento. Más precisamente de conocer su fama. Sin embargo, es imposible trazar una división tajante entre deseo de saber y deseo sexual. No habría ningún afán de saber que excluya toda erotización. En uno de sus sentidos más primitivos –como la Génesis lo muestra- conocer significa el encuentro sexual. El llamado de las sirenas Puesto que el contenido de la invitación que hacen las sirenas es un misterio, a partir de su interpretación como fantasía masculina, podemos unir este misterio con el tan mentado enigma del goce femenino que interpeló a Freud. Y para echar alguna luz sobre este misterio así duplicado podemos cambiar la pregunta acerca de qué es lo que cantan las sirenas por la siguiente: ¿a qué invita la feminidad en su lengua inquietante? ¿qué es aquello del erotismo que el hombre desea y teme conocer, porque quien lo conoce ya no vuelve idéntico a su punto de partida? Acaso las sirenas transmiten una enseñanza -los exégetas cristianos no dudaron en extraer de la fábula las moralejas que les convinieron. A lo mejor, aunque sus consecuencias sean fecundas e irremisibles, el mensaje es sencillo. El mensaje Tal vez el mensaje consista en que un encuentro libre entre el sujeto y el objeto del deseo provee de un repertorio de goces inéditos, para acceder a los cuáles el “héroe” debe abandonar el camino de la pauta social, debe perderse. Ese repertorio es necesariamente particular para cada quien. Pero en todos los casos, se trata del despliegue de un erotismo que alcanza la cualidad de lo maravilloso. Erotismo que solo es posible encontrar al apartarse de los modelos que la sociedad impone al deseo, sean estos los de la heteronormatividad reproductivista burguesa o de la compulsividad pornográfica consumista. Puesto que el mito sigue vivo es posible imaginar un Ulises que, verdaderamente heroico, aborda a las sirenas y sobrevive al encuentro, conquistando así un nuevo territorio para habitar. (1/2019)

  • Reseña de "Edén", de Ercole Lissardi, por Gustavo García para La prensa

    La producción literaria del escritor Ercole Lissardi es tan profusa y abundante como la cantidad de escenas sexuales que despliega en sus historias de erotismo explícito. No hay límites, tampoco restricciones. Sus relatos fluyen con una libertad desbordante. El autor uruguayo ha escrito a lo largo de su carrera un total de 26 novelas, un libro de cuentos y 4 ensayos. Es un experto en el resbaladizo terreno del erotismo, donde el arte y la ordinariez están apenas separados por una frontera delgada y permeable. En su última obra, Edén, Lissardi vuelve a salir airoso. Reconstruye desde los escombros una relación amorosa entre dos personas entradas en años. En el túnel del tiempo de los recuerdos, en ese pasado que surge súbitamente claro para el protagonista, despliega su talento narrativo para traer al presente episodios sexuales de alto voltaje. Hay detrás de las escenas más candentes un argumento que las sostiene. Caerían en el sinsentido si no hubiese algo más para contar. Aunque, vale decirlo, en este caso el relato de fondo es previsible y su cierre podría haber sido trabajado con mayor esmero. Para el lector que disfruta de las escenas de sexo repletas de detalles, Edén es una invitación a la lectura. Y entre cruce y cruce, algo de filosofía de cabotaje: “Medio siglo en términos vitales es la distancia entre el final del comienzo y el comienzo del final de una vida”. La novela, ambientada en Montevideo, recrea también un ambiente abúlico, un espacio con otra dinámica, por completo contrastante con la vorágine porteña. De alguna manera esa atmósfera en la que parece haberse detenido el tiempo ha servido también para conservar en estado de hibernación una relación que dos personas en el final de sus días pugnan por revivir.

  • Una Lady en el baño turco

    El texto que aquí reproducimos, una carta de Lady Montagu, fue traducido por Ercole Lissardi a fin de incluirlo en la bibliografía del curso Erotopías, que dictamos en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) entre junio y julio de 2017. Entre 1716 y 1718 Lady Mary Wortley Montagu, esposa del Embajador Británico ante el Imperio Otomano, escribió una serie de cartas contando su experiencia del Oriente. En una de ellas, cuya traducción ofrecemos aquí, narra su excitante visita a un baño de mujeres. Las cartas de Lady Montagu fueron publicadas post mortem. Un siglo después sirvieron como fuente de inspiración a Ingres para su cuadro El baño turco. Carta XXVI Para Lady … Adrianópolis, Abril 1, 1717 Me introduzco ahora en un nuevo mundo, en el que todo lo que veo me parece inusual, y le escribo contenta, con la esperanza, finalmente, de que encontrará los encantos de la novedad en mis cartas, de manera que ya no tenga que reprocharme que no le cuento nada extraordinario. No la voy a cansar con el relato de nuestro tedioso viaje, aunque no debo omitir lo que vi de notable en Sofía, una de las ciudades más hermosas del imperio turco, famosa por sus baños de aguas cálidas, concebidos a la vez para la diversión y la salud. Me detuve ahí un día, con el propósito de visitarlos, y decidiendo ir de incognito, alquilé un coche turco. Estos no se parecen en nada a los nuestros, sino que son más convenientes para el campo, el calor siendo tan grande, que los vidrios llegan a ser molestos. Están hechos bastante a la manera de las diligencias holandesas, con ornamentos y entramados de madera, y con el interior pintado con canastas y ramos de flores, combinados con breves versos poéticos. Están recubiertos con tela escarlata bordeada con seda, y a menudo ricamente recamada y terminada. Las cortinas ocultan completamente a las personas, pero se las puede retirar fácilmente, para así permitir a las damas que vean hacia afuera a través de los entramados. Llevan hasta cuatro personas muy cómodas, sentadas en almohadones, aunque no de pie. En uno de estos discretos coches fui a un bagnio hacia las diez de la mañana. Estaba ya lleno de mujeres. Son construcciones de piedra, con techo en forma de domo, con ventanas sólo en el techo, las cuales permiten el paso de la luz. Había cinco de estos domos, uno tras otro, el primero de los cuales, más pequeño, servía a manera de hall, en el que la portera vigilaba la puerta. Las damas de calidad generalmente le dan a esta mujer una corona o diez chelines, y yo no olvidé de hacerlo. La habitación siguiente es amplia y tiene piso de mármol, y todo alrededor hay un doble asiento de mármol, uno sobre el otro. Hay cuatro fuentes de agua fría en esta habitación, que cae sobre piletas de mármol y luego corre por el piso, a lo largo de pequeños canales hechos a propósito para llevar la corriente hacia la siguiente habitación, la cual es un poco más pequeña, con el mismo tipo de asientos, pero tan calentada con corrientes de sulfuro procedentes de los baños adjuntos, que era imposible quedarse allí vestido. Los otros dos domos eran los baños calientes, los cuales tenían picos de agua fría para atemperar el baño al grado de calor que las bañistas desearan. Yo estaba con ropa de viaje, con falda de montar, cosa que, ciertamente, les parecía extraordinaria. Aunque ninguna mostró la menor sorpresa o curiosidad impertinente, sino que me recibieron con toda la complacida amabilidad posible. No conozco corte europea en que las damas se hubieran comportado de manera tan correcta con un extraño. Calculo que habría allí unas doscientas mujeres, y sin embargo ninguna sonrisa desdeñosa, ningún murmullo satírico, de los que nunca faltan en estas asambleas cuando comparece alguien que no está vestido exactamente a la moda. Repetían una y otra vez: Uzelle, pek uzelle, lo cual sólo significa: Encantadora, realmente encantadora. Los primeros asientos estaban cubiertos con almohadones y ricas carpetas sobre las cuales se sentaban las damas, y en el segundo estaban sus esclavas, detrás de ellas, pero sin distinción alguna de rango expresada en la vestimenta, ya que estaban todas al natural, o sea, para decirlo en inglés llano: completamente desnudas, sin esconder ninguna belleza o defecto, aunque no había ni la más mínima sonrisa lasciva o el menor gesto inmodesto entre ellas. Caminaban y se movían con la misma gracia majestuosa con que Milton describe a nuestra Madre. Muchas de ellas estaban tan exactamente proporcionadas como diosa alguna haya sido dibujada por el lápiz de Guido o de Tiziano –y la mayoría de sus pieles eran de un blanco brillante, sólo adornada por su hermoso cabello dividido en muchas trenzas y colgando sobre sus hombros, recogida cada una con una perla o con una cinta, representando así las figuras de las Gracias. Ahí estaba yo, convencida de la verdad de una reflexión que a menudo me he hecho: que si estuviera de moda andar desnuda, rara vez las caras serían observadas. Tomé nota de que las damas con las más delicadas pieles y las más finas formas recibían la mayor admiración, aunque sus caras fueran a veces menos hermosas que las de sus compañeras. Para decirle la verdad, tuve la suficiente picardía como para desear en secreto que el Sr. Gervais hubiera estado allí, invisible. Me imagino que hubiera mejorado mucho su arte ver a tantas bellas mujeres desnudas, en diferentes posturas, algunas conversando, algunas trabajando, otras bebiendo café o sorbiendo un refresco, y muchas negligentemente recostadas en sus almohadones, mientras sus esclavas (generalmente hermosas chicas de diecisiete o dieciocho años) se ocupaban en trenzarles el pelo de varias ingeniosas maneras. En pocas palabras, esta es la cafetería de las mujeres, donde todas las novedades de la ciudad son contadas, los escándalos inventados, etc. Generalmente se permiten esta diversión una vez a la semana y se quedan ahí cuatro o cinco horas, sin resfriarse al pasar inmediatamente del baño caliente al fresco de las habitaciones, lo cual me resultó muy sorprendente. Lady Montagu por Jervas, c. 1710 La dama que parecía de mayor consideración entre ellas me invitó a sentarme a su lado, y de buen grado me hubiera ayudado a desnudarme para el baño. Me excusé no sin cierta dificultad. Insistían todas tan sinceramente para persuadirme que, finalmente, me sentí forzada a abrir mi blusa para mostrarles mi corset. Visión que las dejó satisfechas, ya que creyeron que yo estaba encerrada en aquella máquina y que no podía abrirla, restricción que atribuyeron a mi esposo. Yo estaba encantada con su amabilidad y con su belleza y encantada hubiera pasado más tiempo con ellas, pero el señor W… había decidido continuar el viaje la siguiente mañana temprano, y debí apresurarme para ver las ruinas de la iglesia de Justiniano, lo cual no me dio tanto placer como lo que había dejado atrás, ya no que no era más que un montón de piedras. Adiós, señora, estoy segura ahora de haberla entretenido presentándole algo que usted nunca vio en su vida, y de lo que ningún libro de viajes puede informarla, ya que significa nada menos que la muerte para un hombre de ser encontrado en esos lugares. (Lady Montagu) *** Traducción del inglés: Ercole Lissardi (6/2017)

  • Ana Grynbaum – Menos que ángeles, los personajes de Barbara Pym

    Al final de estas vacaciones, para resarcirme del trabajo intelectual, me dispuse a leer una novela por mero deleite. Elegí Un poco menos que ángeles (Less than Angels,1955), de Barbara Pym. Pese a lo terso de la escritura de Pym me costó bastante entrar en la narrativa. Durante los últimos meses estuve demasiado comprometida en la búsqueda del gran pez como para luego adentrarme fácilmente en una escritura de tono menor. Sin embargo, encaré el esfuerzo, porque lo primero que leí de esta autora, Mujeres excelentes, me gustó tanto como para alentarme. Y el esfuerzo dio sus frutos. No ángeles sino humanos y británicos El título del libro alude a un verso de Pope perteneciente a su Ensayo sobre el hombre (1734-1735): “Y poco menos que un ángel, querría ser aún más” (p. 262). La referencia aparece en una conversación entre un antropólogo senior y varios jóvenes antropólogos aspirantes a una beca. Es que la trama se teje entre varios antropólogos londinenses y algunas personas de su entorno. En común con Pope tiene Pym su fe religiosa y el tan británico gusto por la escritura satírica. La mirada de la autora sobre sus personajes, aun si crítica, nunca deja de ser compasiva. Ellos son criaturas, que a menudo pecan de creerse más de lo que son y emprender locas aventuras. Aun así, resultan queribles. En la peripecia de los muchos personajes de esta novela dos temas corren en paralelo. Por un lado, el estatuto de los antropólogos ingleses durante el Siglo XX, en su peculiar vinculación con los pueblos salvajes que son motivo de su labor y condicionan su existencia. Pym parece de la idea que los antropólogos harían mucho mejor quedándose en casa para estudiar su propia sociedad. Por otro lado, la narración es en sí misma un estudio de antropología (sociología y/o psicología) acerca de las relaciones entre los hombres y las mujeres en una época (década de 1950) en que los roles adscriptos al sexo están a punto de entrar en el gran cuestionamiento del género que nos atraviesa hoy. Para el lector actual, el texto presenta ese plus de interés. El personaje principal, Catherine, es escritora en revistas para mujeres. Contra los prejuicios que tal ocupación puede despertar, se trata de una persona culta e inteligente, cuyos análisis y acciones aportan las mejores partes de la historia. Por ejemplo, la memorable hoguera en que ayuda a un antropólogo anquilosado en la frustración a quemar todos los papeles que le pesan, quema que tiene lugar en la tradicional noche de Guy Fawkes en el jardín de una casa de barrio londinense. El estilo narrativo, de apariencia simple, responde a un habilísimo trabajo con el lenguaje. Ciertamente su humor es más que sutil, asordinado, y le permite a Pym una crítica desde el amor. De la socarronería hasta el sarcasmo, la autora conoce a sus personajes profundamente porque los ama. El conocimiento nace de la empatía. Es en tal tono satírico pero comprensivo que se desarrolla la peripecia del grupo de los antropólogos y sus allegados, no en las hazañas de sus trabajos de campo situados en tierras míticas, sino en el ámbito de su cotidianeidad, allí donde la ideología juega sus partidos realmente. El Otro es el indígena Un buen complemento para la lectura de Un poco menos que ángeles es el clásico de Edward Saïd, Orientalismo, libro que enseña hasta qué punto el propio concepto de “Oriente” es un invento occidental, una forma de reconocerse en un espejo deformante. Las otras culturas devienen el Otro, un fantasma eurocéntrico. La novela explora cierta cara absurda de la pasión por lo salvaje y lo primitivo supuesto a otros pueblos, la forma en que esta cuestión casi delirante afecta la existencia de quienes se entregan a ello. Este absurdo, sobrepasa los límites de la comedia para alcanzar el drama personal, pero me abstengo de incurrir en spoilers. En la crítica al racismo y al imperialismo emerge un folclore que Pym aborda como parodia, en una imaginería que calificaríamos de infantil si no conociéramos las consecuencias. “Catherine pudo vislumbrar los pensamientos que acechaban tras el rostro estupefacto de Rhoda, el vocerío de la turba de cuerpos negros blandiendo lanzas, o la flecha taimada con la punta recubierta de un veneno para el que no se conocía ningún antídoto, disparada desde una rama colgante de un imponente árbol de la selva.” (p. 301) Entre las múltiples referencias, en el terreno de las complejas relaciones que los estudiosos y aventureros británicos establecieron con otras culturas, no falta la mención a ese personaje especialmente enigmático y ambiguo que fue Lawrence de Arabia. El Otro es la mujer Desde la perspectiva androcéntrica el Otro es la mujer, el continente negro al que el propio Freud aludió. El enigma del goce femenino, imposible de resolver sin cambiar el punto de vista. A Catherine le gustan los hombres, pero más le gusta su soledad, que defiende contra cualquier promesa y de todo confort. Al igual que la autora, ella es una fina observadora de las costumbres y una humorista. “(Catherine) experimentó toda la intimidad y la irritación que pueden derivar de la convivencia con personas de lo más agradables pero con las que no se tiene nada en común. (…) Comenzó a añorar su piso, su máquina de escribir y su peculiar vida solitaria.” (p. 315) Respecto de Alaric, quien la atrae: “Se dio cuenta de que el único modo de reestablecer un contacto normal pasaría por volver a ser libre y vivir sola.” Pym es capaz de hablar de sentimientos, particularmente de amor, sin que sus personajes femeninos mueran de sentimentalismo ni sobrevaloren a los hombres. Ellas son capaces de aceptarlos como son, pero cada una defiende, por encima de todo, su propia existencia. “(Deirdre) Estaba demasiado confusa como para decir gran cosa, por la turbación de haber perdido un amor y aparentemente haber encontrado otro enseguida.” (p. 305) La autora evita el patetismo cuidadosamente. Su postura, si no optimista, es sin duda positiva. Toma a las personas por lo que son. En tal sentido banaliza los temas trágicos de las novelas femeninas de la época. El primer amor no resulta privilegiado en relación con los sucesivos. Y en cuanto al último amor, imposible determinarlo, pues mientras haya vida hay deseo. El relato busca ante todo la honestidad y discute desprejuiciadamente varias cuestiones que se adelantan a su tiempo, como la natural tendencia a la poligamia y la perennidad de la atracción erótica más allá de la edad. Tampoco falta lo que hoy se llamaría sororidad, especialmente en una curiosa escena donde las cuatro mujeres de la vida un hombre, se reúnen para recordarlo –siendo una de ellas su hermana-. Pym despliega su capacidad tanto para viviseccionar los sentimientos como para reírse de la forma en que ellos complican a las personas. El humor le permite no detenerse ante las humanas contradicciones. “Tal vez las mujeres que no habían llegado a saborear todas las experiencias que la vida ofrece desearan al menos poder disfrutar de las tristes: no necesariamente haber amado y sido amadas, pero al menos haber sufrido una pérdida, pensó (Catherine) con simpleza y sin cinismo.” (p. 303) *** Después de que sus libros fueran largamente subestimados e ignorados, casi al final de su vida Barbara Pym (1913-1980) alcanzó el reconocimiento que merece en la literatura del Siglo XX. Afortunadamente los caprichos del mercado nos permiten ahora acceder a buena parte de sus obras en español, incluso en el Río de la Plata. *** *** *** Las citas están tomadas de la edición de Gatopardo, Barcelona, 2018.

  • Ercole Lissardi - Un héroe de nuestro tiempo

    Era el hombre adecuado y estuvo en el lugar preciso en el momento preciso. La libertad de expresión en literatura a nadie le debe tanto como a él. Merece nuestro reconocimiento como un verdadero héroe de la cultura. Maurice Girodias (né Kahane; adoptó el apellido de su madre para eludir las leyes antisemitas durante la ocupación alemana de París) había heredado de su padre un savoir faire. Durante los años treinta, trabajando en París, Jack Kahane, se había especializado en editar, en su sello Obelisk Press, los libros con los que los demás editores no se atrevían: Trópico de Cáncer de Miller, Finnegan´s Wake de Joyce, El libro negro de Durrell, los cuentos de Anais Nin... y también novelitas con truculentas aventuras sexuales. Todo en inglés para uso de los turistas ingleses y americanos que visitaran la Ciudad Luz. Terminada la Segunda Guerra, Maurice Girodias pierde, a manos de su distribuidor, Hachette, la editorial de libros de arte que con gran esfuerzo y buen éxito había conseguido poner en pie durante la ocupación alemana. Está en la miseria. Decide seguir los pasos de su padre y en 1953 funda Olympia Press. Para los entendidos ya el nombre de la editorial era todo un programa: la Olympia de Manet fue, seguramente, la pintura más escandalosa del siglo XIX. La estrategia editorial de Girodias reproduce, en principio, la de su padre: un catálogo que mezcla obras serias y truculencia sexual –aportada ésta por jóvenes ingleses y americanos que pasaban hambre en la bohemia parisina en espera de la gloria, a los cuales Girodias mismo suministraba hasta el título y el argumento de la obrita. Pero agrega a esa estrategia un elemento capital: la búsqueda deliberada del escándalo mediante el enfrentamiento con la justicia. Girodias sabía que el escándalo multiplica las ventas. Para semejante estrategia, era el momento preciso. Después de los millones y millones de muertos de la Segunda Guerra, después del horror sin límite del genocidio nazi, después de desatarse la amenaza nuclear con Hiroshima y Nagasaki (“con la próxima guerra desaparecerá la Humanidad” era la novedad inaudita con la que tenía que convivir el ciudadano medio) ¿qué Estado se podía sentir legitimado como para reprimir penalmente los intentos por darle un poco de sabor a la gris existencia del angustiado animal urbano? Girodias intuyó que la rigidez policial en la materia no podía durar mucho y se lanzó al ataque como un verdadero kamikaze. En seis años (1953-1959), con una andanada de gobernantas inglesas y escuelas del pecado, financió la publicación de autores y obras clave del siglo XX que ningún editor se atrevía a tocar ni con la punta de los dedos: publicó a Beckett –Watt y la trilogía de Malone-, Sexus de Miller, Lolita de Nabokov, Candy de Terry Southern, El almuerzo desnudo de Burroughs, Historia de O de Pauline Réage, El hombre de mazapán de J.P.Donleavy, además de las primeras traducciones al inglés de Genet y Bataille. No es fácil encontrar en todo el siglo un editor que pueda ofrecer un catálogo semejante de primeras ediciones. Prácticamente todos sus títulos –serios o no- fueron prohibidos: 25 sentencias judiciales prohibiendo 80 títulos. Una verdadera batalla en la que las policías de tres países –Francia, Inglaterra y Estados Unidos- se coordinaron para acallar al escandaloso editor. Lo consiguieron, por supuesto. En 1963 el gobierno francés retiró a Girodias su licencia para editar “por ochenta años y seis meses”. Tuvo que irse de París. Pero la chispa había encendido la pradera y el debate en torno a la libertad de expresión ya era inocultable. En pocos años la censura literaria –y la cinematográfica- desaparecerían sin dejar huellas. El camino estaba allanado para lo que vino después: el movimiento estudiantil –que tuvo su epicentro en el 68- y la llamada Revolución Sexual. El exilio de Girodias en Estados Unidos duró una década. Tuvo la ocurrencia de publicar Presidente Kissinger, producto torpe de varios autores que presentaba una utopía socialista (¡!) encabezada por el entonces Secretario de Estado Henry Kissinger. El FBI involucró falsamente a Girodias en un asunto de drogas y fue invitado a salir del país. Corría el año 1966 cuando Gore Vidal se tomó la molestia de escupir al despreciable editor de libros sucios, en un extenso artículo titulado "Acerca de la pornografía", publicado en la prestigiosa New York Review of Books. Girodias le respondió. En un pasaje que nos parece particularmente sutil de su respuesta dice: Cuando elige su título, Acerca de la pornografía, el Sr. Vidal cándidamente hace evidente su compromiso con el establishment. Sus esfuerzos por parecer sofisticado y amplio de mente se vuelven totalmente inconvincentes: la vulgaridad nunca es un buen substituto para la independencia intelectual. El uso constante que hace de la palabra pornografía para describir lo sexual o erótico es un signo inequívoco de su compromiso con el establishment. porque lo que busca es traer a la mente del lector la imagen de algo indeciblemente lascivo y sucio. Pornografía es una de esas palabras. No significa nada, su etimología no tiene sentido, pero tiene esa chirriante, horrible cualidad que es mucho más efectiva que toneladas de sentido común. Llamar a una obra de arte pornográfica es un viejo truco practicado por generaciones de censores para justificar su feo trabajo. (Publicado originalmente en www.montevideo.com.uy en julio de 2008. Fue retomado por el sitio Henciclopedia.)

  • Ana Grynbaum - La obra maestra de Leo Perutz

    Los adjetivos resultan pobres para expresar mi fascinación con la novela De noche, bajo el Puente de piedra (1953), de Leo Perutz (Chequia, 1882 - Austria, 1957). Esa ficción histórica, poética, imaginativa, en un arte de prestidigitación, recrea la Praga renacentista a partir de viejas leyendas. Su estructura es como un fractal que enhebra una serie de historias para pintar un lugar tan geográfico como anímico. Me conmueve el amor con que Perutz, como un titiritero, mueve a sus personajes. Aun cuando a estos los domina la extrañeza o el capricho, la crueldad o la sordidez, el egoísmo o la inescrupulosa ambición, el llamado a la complicidad es tal que el lector se identifica con ellos. El emperador Rodolfo II protagoniza o está presente en la mayor parte de los capítulos, ya sea dentro o fuera de su castillo, ocupando el trono o recorriendo –disfrazado- las callejuelas. El relato lo toma incluso antes de convertirse en emperador y también tras su derrocamiento y muerte, a través del recuerdo de quienes lo rodeaban. No menos protagónico resulta, como una figura coral –inquietante, pesada y oscura- el Gueto Judío de Praga. Dentro de los ámbitos opuestos de la corte y el gueto, tanto nobles como plebeyos, se destacan una serie de personajes que protagonizan varias de las narraciones de esta novela. A través de sus vicisitudes, en una suerte de comedia de enredos, se muestra una forma de vida que campea en la nostalgia, así como los ideales y los prejuicios que la sostuvieron. Algunos de los personajes destacados son el rico judío Meisl, su bella esposa Ester -de quien el emperador se ha enamorado-, los cómicos ambulantes Oso Manso y Jaimito el Loco, el bufón Brouza, el alquimista Jacobus Van Delle, el astrónomo Kepler y el pintor Brabanzio. También desempeñan papeles pequeños, aunque coloridos, varios militares, criados, mesoneros, un barbero que asimismo oficia como cirujano, una viuda rica que rapta a sus amantes ocasionales y los recibe tras un antifaz, etc., etc. Jugar con personajes históricos Al ficcionar en base a personajes y hechos históricos se juega con las ideas previas del lector. Si en De noche, bajo el Puente de piedra, buena parte de la acción sucede en el Gueto de Praga entre el siglo XVI y el XVII, es altamente factible que el Golem asome las orejas. El texto no contiene la palabra golem, pero sí al Rabino Loew creando un Ecce Homo capaz de obedecerlo con milagrosa eficiencia. El alto rabino levantó su mano señalando ese muro. Y su mágico poder formó sobre él, con luz de luna y moho, con hollín y lluvia, con musgo y argamasa, una imagen. / Era un Ecce Homo. Pero no era el Mesías, no era el Hijo de Dios; tampoco era el hijo del carpintero, el que desde las montañas de Galilea había llegado a la Ciudad Santa para enseñar al pueblo y sufrir la muerte a cambio de sus enseñanzas… No, era un Ecce Homo de otra clase. Pero era tan sublime lo que expresaban sus rasgos, tan desgarrador el sufrimiento que su rostro proclamaba que, al barón, por más desalmado que fuera, le alcanzó un rayo de contrición y fue el primero en caer de rodillas. Y frente a ese Ecce Homo se inculpó de haber obrado esta noche sin clemencia ni temor de Dios. Si la mayor parte de la acción sucede en la corte de Rodolfo II, cabe que alguna escena se ambiente en su gabinete de curiosidades y objetos de arte, y que allí comparezcan algunos de los artistas y científicos que en él intervinieron. Pero más que el gabinete en sí, juega un papel central la obsesión del emperador por la adquisición de objetos bellos. La narración pone carne a los datos históricos, volviéndolos vívidos y comprensibles, aun en su extravagancia. Entre los pintores de la colección del Emperador se nombra varias veces a Durero, quien fuera especialmente famoso por sus versiones del Ecce Homo. No hay mención de Arcimboldo, pero la pintura que hace Perutz de Rodolfo, en su heterogeneidad y su locura, en su capacidad de interesarse por las cosas al punto de permitir que estas tomen su ser, se parece mucho al retrato del emperador como Vertumno, el dios romano -de origen etrusco- que encarna el mutar de la vegetación durante el transcurso de las estaciones. Ester, una imagen que despierta el deseo ¿Es posible tener la culpa de soñar y ser soñada? La mirada del Emperador y la de la bella Ester se cruzan por casualidad, brevemente, una sola vez, en las callejuelas del Gueto Judío. Poco después, él obrará para que se conviertan en amantes –ella está casada- y se encuentren cada noche en su real aposento. Aunque los encuentros se dan exclusivamente en sueños, no dejan de satisfacer la libido del monarca. Sin embargo, este amor fantástico será truncado cuando el Gran Rabino Loew tenga que deshacer el hechizo a los efectos de frenar la ira de Dios, expresada bajo la forma de una peste que diezmaba la vida de los niños. Un dios que juzga con crueldad no solo los actos sino también los deseos. El poder de las imágenes atraviesa esta novela, constituyendo escenas cúlmines. Amén de la citada formación del Ecce Homo, en el taller del pintor Brabanzio y su hermano el sastre, confluyen casualmente Meisl, el esposo de Ester, y Rodolfo –disfrazado-, su amante extraordinario. El emperador, históricamente famoso por interesarse más por el arte que por el gobierno, anda tras un cuadro para su insaciable colección. Meisl pretende que Brabanzio pinte un retrato de Ester, ya muerta, a partir de la descripción que le da de ella. Brabanzio no logra representarse el rostro de Ester, pero Rodolfo, cuando escucha las palabras con que Meisl la evoca, espontáneamente la dibuja. El emperador se identifica con el judío. Era perfecta y sin falta, como las ofrendas que se hacen al Señor (…). Como una flor de los campos, deleite de los ojos que la contemplaron. Sí, y hasta sabía leer, escribir y hacer cuentas, hacia pequeñas labores en seda y cuando estaba sentado con ella a la mesa me atendía gentilmente. Tan discreta era que hubiera podido hablar ante el emperador. Tenía una gata a la que quería mucho, todos los días le daba leche. A veces estaba triste, decía que las horas pasaban muy lentas y que ella quisiera que ya fuera noche. Cuando Meisl ve el retrato y reconoce a Ester, cree que fue pintado por Brabanzio. Tras pagar un buen dinero, se lo lleva feliz. Sin embargo, a Rodolfo el dibujo realizado no lo satisface. No, no era ella, era alguna otra que en algo se le parecía, pero no era ella. Una joven judía de grandes ojos asustados sobre la que tal vez dejara caer su mirada cuando pasaba a caballo por las calles del barrio judío, pero no ella, no la amada de sus sueños. / Tal vez, se decía a sí mismo, miré demasiado su rostro y demasiado poco su corazón (…). En efecto, Ester era para él un rostro que, despertando su deseo, pobló sus fantasías. También ella había quedado prendada de la estampa de Rodolfo y coprotagonizaban en el terreno sobrenatural escenas eróticas, pero ¿merecía la mujer real ser castigada por Dios con la muerte? Además, resulta extraño que la muerte pudiera vaciar la fantasía del amante. Se ve que en aquella época y esos lugares pasaban muchas cosas de difícil explicación. *** Las citas pertenecen a: De noche bajo el Puente de piedra, Leo Perutz, Acervo cultural editores, Buenos Aires, 1955. Hay edición española actual.

  • Ana Grynbaum - Desaparecido (un relato)

    Era una mañana de frío insoslayable. Ernesto, el esposo, había subido al altillo para burletear las ventanas. Su actividad como pintor se desarrollaba en esa parte de la casa. Yakelín guarda el recuerdo de las largas piernas de su marido, forradas de pana azul y terminando en botas negras, flexionándose para subir los empinados escalones que conducen al estudio. Esa es la última imagen que tuvo de él. Yake creyó que Ernesto bajaría tan pronto como terminase de colocar los burletes, pero el tiempo pasaba y él no reaparecía. Imaginó que intempestivamente se habría puesto a pintar –para el común, los artistas son gente regida por extrañas razones-. No recuerda haber escuchado sonido alguno proveniente del altillo, pero eso no era llamativo: Ernesto acostumbraba pintar en silencio. Y Yake adoraba a su esposo artista, por lo que no osó subir a reclamarle compañía en aquella mañana de sábado. Ernesto y Yakelín formaban una pareja bien consolidada, que pese a encontrarse en la treintena no había decidido procrear y que todavía no estaba deteriorada, aunque algunos signos de deterioro ya habían aparecido –desde este punto de vista el desvanecimiento del marido era como la realización de un incipiente deseo inconsciente de la esposa-. La primera dificultad en el matrimonio surgió cuando Yake se enteró, fortuitamente y por boca de terceros, que Ernesto era diabético. Eso ocurrió al año y medio de casados. Aunque insulino-dependiente había logrado ocultar por completo a la esposa su enfermedad. Pero las mentiras, como es sabido –aunque nunca lo suficiente para los mentirosos- tienen las patas cortas y la cola larga. Yake no lo amó menos por sufrir de diabetes, pero sí le dolió en lo más profundo su falta de sinceridad –entendida como falta de amor-. La afectó decisivamente el hecho de que no la creyera capaz de amarlo en tanto enfermo crónico. Que le ocultara aspectos de sí mismo a los efectos de merecerla. Que le quitara la libertad de elegirlo como él era, contra viento y marea. Pero sobre todo que aislara alguna parte suya en relación con ella. Negada, excluida, segregada, discriminada, exiliada, proscripta, para ella. Amén del lamentable sentimiento de ser engañada, manipulada, vejada, menoscabada, manoseada, maltratada. (Cualquier persona en condiciones de probar que su cónyuge le ha mentido debería estar autorizada a anular el matrimonio sin dilación –y decimos anularlo, no dejarlo sin efecto sino anularlo: volver atrás el tiempo en base a la comprobación de que el contrato matrimonial se realizó sobre premisas falsas, que permiten declararlo inválido, nunca legítimamente ejercido.) Es decir: a partir del descubrimiento de las varias mentiras de Ernesto la relación estaba minada, aunque las minas nunca explotaron. Yake necesitaba, en tanto enamorada, continuar confiando en él y entregársele como a un dios, ignorando su baja humanidad tanto cuanto le fuera posible. Así habían transcurrido diez años juntos. Aquel sábado Yakelín no salió de casa en toda la mañana. La vivienda estaba impoluta, como gustaba decir, y las compras hechas, así que no tenía tareas pendientes. De lunes a viernes, durante las horas que su empleo como cajera en Súper Óbolo -la cadena de supermercados más grande de Hache- le dejaba libres, Yake limpiaba enérgicamente su casa para poder sentarse a disfrutarla durante el fin de semana. Limpiaba todo menos el altillo, que era el reducto privado de Ernesto y allí hasta la mugre formaba parte del arte. Al cabo de quince años de servicio había logrado el privilegio de no trabajar sábado ni domingo. Sin embargo no era infrecuente que el tan ansiado weekend llegara, la casa destellara y Erne se desapareciera en sus asuntos; ya fuera encerrándose en el altillo, saliendo a caminar solo -para poder pensar acerca de sus complicadas cuestiones estilísticas- o simplemente permaneciendo enfrascado en sí mismo. Pese a todo, la mera idea de estar casada con un artista causaba a Yakelín cierto orgullo, sentimiento que obraba cual suerte de compensación –más o menos satisfactoria- de la soledad que campeaba en su vida cotidiana. Yake admiraba a su marido, y dicha admiración la hacía sentir bella. Aún con su compañero parcialmente ausente podía disfrutar el orden de su hogar –incluso saber que él andaba en la vuelta le alcanzaba-. Apenas Erne subió al altillo Yake puso una carne con papas y boniatos en el horno y se sentó ante la computadora –ubicada justo donde la escalera de acceso al atelier desemboca en la planta baja- a ponerse al día con los emails. Tuvo tiempo además para transitar La Red, leyendo noticias –entre ayes y oes-, recogiendo informaciones diversas que podrían llegar a servirle algún día, apostada allí como uno de esos perritos que permanecen mansamente echados a la entrada de los comercios en espera de sus dueños durante el tiempo que sea. Recién a la una y media, cuando la comida amenazaba con pasarse de cocción, se acercó al hueco de la escalera para llamar al esposo. Después de insistir infructuosamente varias veces decidió subir al altillo. Y encontró que ahí no había nadie. Los burletes reposaban intactos sobre la mesa. Las ventanas y la puerta que daba a la azotea estaban perfectamente cerradas, siendo que cada una de ellas se trancaba exclusivamente desde adentro. Ningún rastro de Ernesto a la vista. Ni siquiera en el lienzo colocado sobre el caballete había un solo trazo, la tela resplandecía en un blanco impúdico. Los colores yacían enfrascados y obsesivamente alineados en su repisa. Hasta el trapo de limpiarse las manos se hallaba limpio y doblado. Hacía más de una semana que Yake no subía al estudio. Creía que Ernesto estaba trabajando en un cuadro, pero tal creencia no encontraba ahora fundamento. Por si acaso, Yake abrió una ventana y temerosa miró hacia la planta baja: el patio tenía sus macetones rebosantes de las primeras flores que desafían al frío de agosto. Y las baldosas recién barridas y baldeadas relucían en su cuadrícula inalterada. Después salió a la azotea: nada ni nadie allí, tampoco abajo en la vereda. Ninguna huella de Ernesto, nada que pudiese explicar su paradero. Bajó las escaleras para comprobar que la puerta de calle no sólo estaba cerrada, sino que de una cerradura colgaba el juego de llaves de Yake y de la otra las llaves de Erne. En caso de que Ernesto hubiese podido salir por alguna de las aberturas del ático –cosa que parecía imposible- tendría luego que haber bajado a la calle deslizándose por pretiles, paredes y techos o haber sido recogido por un helicóptero con silenciador, un globo aerostático o algún otro objeto volador identificable o no y en todo caso mudo –hipótesis todas por demás improbables-. Que un ácido hubiese corroído a Ernesto hasta reducirlo a la nada sin dañar ningún otro material presente en el estudio, también resultaba inverosímil. Que una cuadrilla de ovnis lo hubiera abducido, más todavía. Pero incluso salteándose el cómo y el a dónde, el por qué, para qué y con quién, también eran irrespondibles. Por primera vez en su sencilla vida Yakelín se daba de bruces contra lo irresolvible de la existencia, y al límite. - ¿A quién llamar? –una nunca está preparada para estas situaciones-. Se le dio por recurrir a Bládimir, el vecino de al lado, quien amablemente vino de inmediato e hizo exactamente lo mismo que ella con idénticos resultados. (Así como “Yakelín” se escribe de este modo, “Bládimir” va con be larga. En la ciudad-estado de Hache se acostumbra adoptar nombres extranjeros sin hacer concesiones ortográficas). Antes de retirarse, Bládimir le aconsejó dar parte a la Policía y pedirle compañía a su madre o a alguna amiga que le brindara apoyo en una ocasión tan extraordinaria. Si no hubiera tenido que ir a trabajar, con gusto la habría acompañado; también él fue abandonado por su pareja, pero en forma no dudosa-. Yake no llamó a nadie. Su madre vivía en la otra punta del planeta y en Hache no tenía amigas, apenas compañeras de trabajo. (Pero Bládimir no tenía cómo saberlo: en los cinco años que llevaban de vecinos no habían, hasta ese día, traspuesto el buenos días/buenas tardes). La pareja de policías que acudió al domicilio no adelantó un ápice por encima de lo que había avanzado Yakelín. Luego de someter a la cónyuge del desaparecido a un largo e inútil interrogatorio, con tembloroso pulso registraron la denuncia como “desaparición misteriosa”. No, que Yake supiera, Ernesto no tenía enemigos, ni motivos para fugarse, ni había pasadizos secretos que permitieran llegar al exterior de la casa desde el altillo ni desde otros sitios, ni..., etc. La policía técnica arribó más tarde para corroborarlo. Mientras tanto, todas las comisarías del país, los hospitales, las aduanas y las compañías de transporte eran puestos bajo alerta. Ante la insistencia de Yake respecto a que su marido había desaparecido a la manera de un fantasma, un oficial de policía la condujo a entrevista con psiquiatra. Y el psiquiatra no tuvo más remedio que diagnosticar su normalidad, aunque también le recetó unos tranquilizantes por si la angustia perturbaba el adecuado desempeño de sus funciones sociales. Yakelín no tomó las drogas pero sí aceptó la licencia psiquiátrica que le ofrecieran: necesitaba tiempo, para encontrar a Ernesto o para digerir su evaporación. De transcurrir veinticuatro horas sin noticias del marido Yake debía llevar una foto de él a la comisaría. Faltaban dos horas cuando comenzó la selección, que no fue fácil –nunca lo es-: en ninguna de las fotos que guardaba se lo veía a Ernesto como lo que él era en sí mismo. En las de la boda figuraba como esposo, en las de navidad como hijo, hermano, primo, incrustado en un conjunto que lo reducía a ser una parte difícilmente reconocible fuera de contexto. Al final encontró una fotografía más útil que las otras. Se la había tomado ella misma durante la luna de miel -¿o durante las primeras vacaciones que pasaron juntos antes de casarse?-. No quiso mirarla demasiado –bien conocido es el poder maligno de las imágenes-. La colocó dentro de un sobre y ya salía rumbo a la comisaría cuando cayó en la cuenta de que debía avisar a su suegra lo sucedido antes que la cara de Ernesto apareciera por televisión y desde carteles colgados en espacios públicos. Por más que Yake procurara minimizarlo, Ernesto tenía una madre y una hermana –el padre era fallecido-, que habían vivido siempre juntas, más allá de las intermitencias producidas por las múltiples fallidas uniones conyugales de la hija, quien –según el hermano- nunca lograba destronar a la madre para ejercer como dómina en una vida que le fuera propia. Yake miró el reloj y suspiró un tanto aliviada: a esas horas la arpía menor estaría ejerciendo sus funciones de empleada pública. Mejor así. De todos modos: ¿qué le diría a la madre adoratriz del sublime artista? ¿Qué era lo que había ocurrido? La confusión apenas le permitía caminar en la dirección correcta. Lo último que podía desear era encontrarse con la suegra en medio de aquellas circunstancias donde las palabras resultaban tan insuficientes –más allá de las particularidades del caso, todas nosotras hemos pasado por esto-. Pero no tenía más remedio que hacerlo y cuanto antes. Después de dejar la foto en la comisaría se obligó a transitar las cinco cuadras que la separaban de la casa de Doña Amparo. Nunca había tenido la cabeza así saturada, superpoblada de pensamientos en pugna; en su mayoría eran ideas que abortaban antes de terminar de formularse. Por momentos temía que los fragmentos de enunciado se le escurrieran a través de las orejas. Acostumbrada como estaba a dialogar exclusivamente con su marido, se preguntaba qué pensaría él de todo esto. ¿Qué le aconsejaría hacer, si estuviera presente? Absurdo pensamiento. Estaba sola con sus preguntas, que continuaban manando, cada vez más enteras, pero igualmente incontestables. ¿Habría sido voluntad de Ernesto esfumarse de pronto? ¿Sería víctima de un secuestro? ¿Estaría en peligro? Finalmente se le ocurrió que tal vez, contra toda evidencia, su esposo podría haber salido de la casa sin que ella lo percibiese y a lo mejor ahora estaba escondido entre las polleras de su madre, contando además con la habitual complicidad a regañadientes de la resentida hermana. O al menos quizá la madre o la hermana supieran dónde se encontraba. La esperanza ponía cierto orden en su discurso interno: Todas sabemos que los hombres son raros. Una nunca termina de conocerlos. Quizá Ernesto se cansó de la vida matrimonial y decidió fugarse. Y también todas sabemos que los hombres tienden a volver al regazo materno, o disparar hacia cualquier cosa que se le asemeje... Pero yo a él no lo presionaba como para que huyera. ¿Lo presionaba acaso...? Cada una de nosotras ha albergado las ideas más locas, más absurdas, en este tipo de situaciones. Una vez frente a la suegra -en un enorme esfuerzo para articular sonidos, acompañado de taquicardia- le comunicó que Ernesto había desaparecido y le preguntó si ella no sabía dónde podía encontrarse, como quien dice la cosa más simple del mundo. Sin tomar nota siquiera del interrogante, la madre del faltante atomizó a Yake con un arsenal de preguntas acerca de las circunstancias del acontecimiento; respuestas que, en su enorme mayoría, Yake no pudo dar, ni podría haber dado aun sintiéndose mucho menos intimidada de lo que estaba. Doña Amparo no estuvo a la altura de su nombre. (Nombres como Amparo, Consuelo, Socorro, Clemencia, Piedad, Esperanza, Libertad, no pueden sino dejar a las personas que los portan en una posición de falsa escuadra; decepcionando irremediablemente las megalómanas aspiraciones de quienes ejercieron sobre ellas el acto nominativo. Y por esa tendencia a perpetuar nuestros íntimos infiernos, Amparo bautizó a su hija Soledad.) Ahorraremos, por motivos de buen gusto y espacio, descripciones de la crisis que sobrevino a la vieja dama; también el relato pormenorizado de cómo aún en medio del más tremendo de los dolores ésta no dejó de ser elegante ni hiriente y no olvidó que en todo caso debe haber un culpable, aún en las situaciones más absurdas. Haciendo gala de su mejor voz despectiva manifestó que ella siempre había sabido que su nuera no era la mujer indicada para el hijo. Tampoco perdió ocasión de enfáticamente lamentar no haber logrado impedir la unión matrimonial. Yake permaneció muda y congelada -porque la buena educación no se esfuma así nomás de quien la tiene grabada a fuego- hasta que la doña hizo una pausa para respirar. Entonces la nuera se levantó como el rayo y en un par de zancadas –demostrando la increíble velocidad a que se podían mover sus piernas- alcanzó la puerta de calle. Salió sin volver a abrir la boca. Haciendo uso de un piloto automático que ignoraba tener, en el estado de quien, ya shockeado, recibe un nuevo shock, caminó Yake hacia su domicilio. Cuando llegó un patrullero la estaba esperando. Amparo la había denunciado por presunto asesinato y ocultamiento de restos mortales. Gracias a lo cual, su domicilio fue nuevamente allanado -esta vez con mucha mayor minuciosidad e incluso saña, siendo levantados hasta los tablones del piso del altillo- para encontrar otra vez lo que había disponible: nada. De vuelta Yakelín a revisación psiquiátrica para arribar al mismo diagnóstico de normalidad y a una nueva receta de psicofármacos tendientes a alivianar su comprensible angustia, fármacos que tampoco en esa oportunidad ella ingirió -¡drogas es todo lo que tienen para darnos!-. Tras los últimos allanamientos, durante la titánica labor de reacomodar su hogar, a Yake se le ocurrió que era justo compartir la experiencia con su suegra. Pidió a la policía profundizar la investigación en torno a la familia de origen del desaparecido, sugiriendo se registrara el domicilio materno, dado que el ausentado y su madre eran tan apegados. Los uniformados accedieron al pedido, obteniendo idéntico resultado en la casa de la madre que en la del hijo, aunque produciendo nuevos desarreglos y desacomodos –acompañados de la intensificación de antiguos odios y la generación de nuevos rencores hacia Yakelín, en las damnificadas y su área de influencia. También a la señora Amparo le tocó pericia psiquiátrica, pero como ésta ya venía consumiendo ansiolíticos y antidepresivos desde hacía décadas, el psiquiatra actuante se remitió a repetir la receta. Cual manotón de ahogado, desamparada justamente Amparo, apuntó a convertir la desaparición del hijo en una cuestión de Estado (de esa forma se investigaría a fondo, o –al menos- se encontraría rápidamente algún culpable). Pero en el caso Ernesto Erre el misterio se imponía por encima de cualquier intento de manejo político. No había de donde agarrarse para manipular la cuestión como un ataque al social-capitalismo. Además, los emblemas históricos social-capitalistas estaban siendo decolorados por sus propios personeros, en beneficio de la actual coyuntura. No había en aquel momento mejor aliado que la oposición: ¿qué necesidad de agitar los fantasmas del pasado con la intención de cargarles un nuevo –improbable- muertito? La alta dignidad gubernamental hachera se solidarizó tibiamente con la familia del evaporado Erre, asegurando que la Inteligencia Policial se esmeraría en la elucidación del misterio. Y nada más. No le concedieron ningún crédito a las suspicacias de la señora Amparo, viuda de Erre padre y ahora de Erre hijo. La falta de Ernesto no tenía absolutamente nada de política ni de incorrecta, por más extraña que fuera –declararon-. La anciana quedó sola, pero no dejó de expresar su malestar en la esfera pública, aunque cada vez más -involuntariamente- alejada de los micrófonos y las cámaras de la cadena oficial y única de medios de prensa hachense, que la fue haciendo a un lado, como a una anciana perturbada por sinrazones. Amparo barajó la posibilidad de pasarse a las filas de la oposición, pero ya estaba vieja para un cambio de esa índole. Además, seguramente tampoco ellos le llevarían el apunte: a nadie servía el abrupto ausentamiento de E Erre. Si la desaparición hubiese tenido lugar treinta o cuarenta años atrás, no habría habido dudas acerca de la motivación política del suceso; pero ahora..., estando H en su mejor momento de democracia participativa popular... Lo último que Yake supo de la suegra fue que adhirió a una secta ufológica –hay quienes consideran preferible la adhesión a un sistema de creencias, por más dudoso que sea, antes que caer en la locura desatada; otros dicen que una y otra cosa son lo mismo, con la diferencia que en un caso se trata de locos sueltos y en el otro amarrados. No habremos de juzgar nosotras la salud mental de una madre que pierde súbitamente, y de forma tan incomprensible como inaceptable, a su más amado hijo. Sin aviso, ni despedida; siquiera dejando un cuerpo, o algún pedazo de cuerpo al menos, para poder mirar, llorar, besar y luego colocar bajo una piedra -...-. A su tiempo comparecieron ante la justicia Soledad y los otros integrantes del núcleo duro de la familia, Obdulio, el mejor amigo de Ernesto, y Rolando, el marchand que comercializaba sus cuadros. Cada uno de ellos fue debidamente sometido a fatigosos interrogatorios y a pericias psiquiátricas en las cuales fueron recomendados los fármacos más diversos para calmar ansiedades patentes o latentes de diferente índole –así es acá-. También sus domicilios fueron registrados y revueltos, incluyendo la galería de arte y la casa de veraneo que tenía el marchand en Punta de los Cachalotes, que por esos días resultaron misteriosamente saqueadas -aunque no fueron cuadros pintados por Ernesto Erre los extraídos-. Rolando comunicó a la policía su sospecha acerca de que la desaparición del artista podría estar vinculada con la temática del cuadro en el cual estaba trabajando, pero no logró sustentar dicha opinión con ningún dato concreto y rastreable. Nadie había visto la obra en cuestión ni hubo noticia de que la misma hubiese alcanzado algún nivel de realización, siquiera como esbozo. En el atelier no se encontró más que la tela vacía, la cual fue sometida a rayos equis para descartar la idea de que alguien hubiese blanqueado algún trazo que el pintor hubiere puesto, pero no: el lienzo exponía su virginidad en forma indubitable. Los caminos de la justicia, además de inescrutables, se mostraron estériles. Aunque no pudiera ser que Ernesto se hubiese evaporado cual perfume de un frasco por descuido destapado. Imposible que alguien se diluya en plena ciudad, dentro de su propia casa, como en la más absoluta de las nadas, sin dejar una sola huella. Sin embargo, lo único cierto era que EE se había desvanecido al estilo de un fantasma cinematográfico. Yakelín llevaba dentro de sí un hueco inconmensurable, el negativo de la presencia de su esposo bajo la forma de un enigma imposible y lacerante. La intimidad de su cuerpo envolvía al fenecido inhallable e incomprobable; estaba preñada de un vacío denso, congestionado, que le producía contracciones pero ningún parto. No era un recuerdo sino una presencia. La memoria dibujaría sus figuras recién después de lograr cierto entendimiento con el muerto sin cuerpo. Ahora, el espacio libre entre el hueco dejado por la desaparición de EE y la epidermis de Yake oscilaba; por momentos ella no era más que esa piel estirada en torno al agujero, las piernas con que éste se desplazaba, los sentidos necesarios para mantenerlo en el mundo de alguna forma. Ese cuerpo invisible aunque sólido había surgido entre las aberturas del altillo, por donde Ernesto no podía haber salido, y la puerta de calle, que tampoco había abierto. Gigantesco, se había compactado para mudarse al interior del cuerpo de Yake, y como una burbuja de aire cambiaba su forma de acuerdo con los movimientos y las posturas del humano envase. Así presionada, en forma permanente aunque con intensidades variables, por más inexplicable que se mostrara la desaparición del hombre ella tenía que hacer algo. Si permanecía quieta la burbuja de vacío ocupaba todo el espacio y hasta llegaba a empujar los contornos más íntimos de su cuerpo, amenazando con hacerla estallar en incontables ínfimos pedazos. Había que evitar la explosión a cualquier costo. Voy a investigar el asunto yo misma –comunicó en alta voz, aunque estaba sola en medio de la sala-, quiero saber, saber de Ernesto; algo, presente, futuro o pasado. El deseo de saber, la necesidad de orientar las experiencias en relación con algún tipo de grilla, funciona como uno de esos aliens con que juegan los niños: puestos en remojo se expanden y crecen –aunque ampliándose, incluso al doscientos por ciento, no exceden el volumen de un vaso de agua-. Pero si la burbuja del saber conquistaba terreno dentro del universo Yake, la del vacío se vería forzada a reducción. En el mejor de los casos, aumentar el monto de datos acerca de Ernesto podría darle alguna pista para encontrarlo. Por otra parte, la mantendría ocupada. Eso razonó –es comprensible-. El primer escenario escogido para la búsqueda fue la propia morada. Los objetos que había tocado Ernesto merecían una atención más cuidadosa que el tratamiento prodigado por manos policiales. Un mes entero transcurrió Yake mirando, palpando, oliendo una infinidad de objetos que el desaparecido guardaba –su mayor parte en el altillo-. Tenía para eso todo el tiempo del mundo: después que terminó su licencia psiquiátrica pidió licencia sin goce de sueldo y ya no volvió al trabajo. La cuenta bancaria de Ernesto estaba a nombre de los dos y si bien Yake nunca la había usufructuado, este era el momento de hacerlo. Cuando Ernesto vivía, o cuando vivía con ella –para ser más precisos- Yake cumplía su trabajo en el supermercado de forma automática. De acuerdo con su preparación no podía aspirar a nada sensiblemente mejor que un puesto en Súper Óbolo. El local quedaba muy cerca de su domicilio. Las tareas que desempeñaba la cansaban justo lo suficiente como para no dejarla ni exhausta ni pletórica. La energía le daba también para realizar las labores del hogar a su regreso y la fatiga alcanzada a lo largo del día le permitía conciliar el sueño fácilmente. Pero ahora, sin Ernesto, ir al trabajo le parecía innecesario, tan innecesario como todo lo que no estuviera relacionado con él y la eventualidad de hallarlo. Como no deseaba volver al súper presentó la renuncia. No meditó un instante el consejo del encargado, quien la instaba a conservar su trabajo, aunque más no fuere para ocupar la cabeza con cuestiones intrascendentes y en nombre de un futuro eventualmente amenazador -pretendió incluso tentarla con la posibilidad de un ascenso a supervisora-. Pero el futuro amenazador, cual malvado topo, ya había pasado por la vida de Yakelín: no tenía que temerle más. El dinero del banco le permitiría vivir sin preocuparse, en lo financiero, por sobrevivir. Y ello sin tomar en cuenta la venta de los muchos cuadros, que algún día Rolando tendría que liquidarle. La desaparición del artista había revalorizado la obra al mil por ciento, cosa que a Yake le parecía rarísima, aunque fuese habitual. El valor de la pérdida era algo que ella recién empezaba a descubrir. De todos modos, si más adelante necesitaba dinero, a su debido tiempo vería lo que hacer: ¿acaso obtendría algún beneficio actuando de forma razonable en medio de una situación convulsivamente irregular y esotérica? Haber perdido, haber perdido lo más importante que tenía, le daba, a fin de cuentas, algún beneficio. La ropa de Ernesto seguía esperándolo en el ropero, sus zapatos en el cajón de los zapatos. Hasta el cepillo de dientes y la afeitadora permanecían atentos en su puesto del baño. ¿Qué hacer con sus cosas? ¿Habrían ya dejado de pertenecerle? ¿De quién serían propiedad ahora? ¿En qué momento había que retirarlas de sus guaridas? ¿Cuándo dejarían de constituir posibles evidencias para convertirse en meros deshechos? ¿Sería Yake capaz de manipular aquellos objetos en forma apropiada? ¿De qué manera habría de desprenderse, por ejemplo, de su campera de cuero marrón, que le quedaba como pintada sobre el cuerpo? ¿Acaso alguien que no fuera él podría con justicia aprovecharla? Si dejaba la prenda en la calle corría el riesgo de cruzarse con ella caminando por H, pero deformada. Insoportable: no podía permitir que otros cuerpos usurparan los íntimos territorios de Ernesto. Sin embargo ella continuaba viva y presente. No todas las pertenencias de Erne podían quedar a modo de recuerdo. No iba con la personalidad de Yake emplear los efectos personales de E Erre para erigir un museo a su memoria –eso ya lo haría la madre, usando todo lo que el hijo no se llevó del hogar paterno-. ¿Levantaría una pira funeraria, una columna de humo que perforara el cielo, para inmolar los bienes del desvanecido? Aparte de los objetos de uso cotidiano estaban las cosas que Erne guardaba por el placer de guardar, y la resistencia a tirar. Hubo que visitar el altillo, donde residían. A Yake le sorprendieron algunas cosas: un par de piezas de pedregullo, el caparazón de un caracol de jardín y una servilleta de bar en la que dice dale con una letra que podría ser o no la de él. Pero no se trataba de nada a lo que pudiera otorgar sentido ni significado. Sin embargo, a lo largo del viaje por el interior de su propia casa, numerosos fueron los recuerdos, sentimientos y fantasías, que de las cosas fue extrayendo. Yake empleó todas sus fuerzas –y cuando se lo proponía era un verdadero soldado- en prodigar a esos trozos de materia el tratamiento propio de un mago, con la esperanza de que ellos dijeran alguna verdad acerca de Ernesto. Por momentos parecía que él estaba allí, contemplándola hurgar sus cositas; con una actitud muy superior en afecto y consideración a la que tenía en vida. Como si el esfuerzo de Yake produjera una ternura acariciadora, que la envolvía en una capa de consuelo –aunque delgada y frágil-. Durante esta etapa de la pesquisa Yakelín logró una suerte de reintegro del hombre que se le había extirpado, aunque al precio de mantener su herida abierta al máximo. Reencontrarlo a través de las chucherías que le habían pertenecido sólo la llevaba, al cabo de breves momentos de ilusión, a enfrentarse más crudamente con su pérdida. Y volvía una y otra vez a una especie de situación básica de desmembramiento, con un peso de realidad contundente; porque la fuga había instalado en ella esa perenne sensación de que manos anónimas no cejaban de arrancarle algo que no era cualquier cosa;  –por momentos sentía el desgarro, como una operación interminable-. Cuando por las noches se acostaba, aun asegurándose de estar muy cansada, pasaba largas horas despierta. Lo recordaba a Erne brillante como él era, talentoso en todo lo que hacía y omitía. Ernesto tenía talento no sólo para pintar o hacer el amor, también para caminar, pararse, sonreír: para existir, en resumidas cuentas. Él sabía darse un lugar de relevancia dentro del áspero concierto hachense. Incluso a la hora de desaparecer se mostró inigualable. Yake se nutría con la celebración de su talento. Ahora se veía a sí misma como el mero despojo de aquella relación que la puso y la mantuvo en un lugar de sueño durante una década entera. Siempre se había preguntado qué habría encontrado él en ella; e increíblemente continuaba preguntándoselo, ya sin el temor de que su incertidumbre se transparentara para hacerle ver que ella no era una mujer digna de él. Para Yake El Mundo estaba situado en un lugar incierto, por detrás de Ernesto, en el cual su esposo ocupaba una vasta área de influencia. Y eso seguía siendo así, aunque él ya no estuviera. Pero ¿cómo podía haber desaparecido justamente él, dejándola tan sola? (A diferencia de Yakelín, Ernesto no era hijo de obreros sino de antiguos dirigentes sindicales social-capitalistas, honrados –así lo decían ellos- con los estigmas de la cárcel y el destierro, y luego premiados –no lo decían así ellos- con los privilegios que les otorgaba la conducción de un par de carteras de gobierno. Erne Erre era un hijo mimado de la nueva aristocracia hachera. Con Yake se conocieron por casualidad, la única vez que ella pisó el comité vecinal de su jurisdicción. Había ido a ver qué podía aportar a la causa de los pueblos, pero ya se retiraba sin haber abierto la boca, inhibida hasta la médula ante todos aquellos desconocidos que discutían tan acaloradamente acerca de relevantes cuestiones sobre las cuales ella no tenía la menor idea, cuando un joven increíblemente buen mozo la interceptó en la puerta: Ernesto. Al cabo de unos años de noviazgo se casaron. Ernesto había sido, en sentido estricto –es decir: sexual- el único hombre de su vida). Una vez dormida Yake era frecuentemente visitada por el contorno de un cuerpo en penumbras, del que emanaba la voz de Ernesto; tras la aparición sonora retornaba abruptamente a la vigilia y quedaba temblando durante varios minutos. Después se volvía a dormir, si lograba conciliar el sueño, o permanecía en la cama inmovilizada por el espanto hasta juntar las fuerzas necesarias para levantarse y dar alguna vuelta por la casa. Llegó el día en que a Yake no le quedaron más cosas de Ernesto para sobar –aunque de su paradero no apareciera el mínimo indicio-. El tiempo transcurría indiferente al enigma que se mantenía tan oscuro como el primer día. Yakelín retiró del altillo las pocas cosas que a esa altura quedaban y no subió nunca más. Ahora sí la habitación estaba completamente vacía. No volvió a poner los pies en la escalera de acceso. Como si hubiera colocado en el primer peldaño una banda para cortar el paso, hecha de crespón negro y anunciando: suelo resbaladizo, no pasar. Ni siquiera a los efectos de la limpieza. Sólo los caños de la aspiradora atravesaban un metro la frontera imaginaria. Y los efluvios de sprays fumigadores y desodorizantes perfumados, eyectados siempre desde la planta baja. Tampoco siguió examinando los objetos de Erne, que depositó en el estante más alto de la biblioteca que estaba en la sala, donde quedaron quietitos, como huesitos fosilizados. La evasión de Ernesto dio lugar a toda una serie de situaciones que a Yake se le escapaban de las manos, pero sobre todo la obligaban a comportarse según lógicas inéditas. ¿Por qué abandonó y clausuró el altillo? ¿Temía que le sucediera algo irrepresentable a ella también? ¿No sería posible acaso allí mismo reencontrarse con Erne en algún plano impredictible del ser? No, no podía concebir ningún tipo de encuentro que implicase la disolución de sí misma. Y sin embargo todo lo que había ido construyendo en la vida se iba diluyendo con aquella ausencia principal, para la que no encontraba solución. Lo más duro de sobrellevar era el sábado por la mañana. Ya al alba sentía como si fuera a conmemorarse fecha del acontecimiento nefasto. La desazón lo marcaba, pasando a una fase aguda. Fuertes palpitaciones la expulsaban de la cama como si fueran resortes de un muñeco sorpresa. El tiempo retrocedía en unidades semanales y ella presentía –ahora, ya que no entonces- la inminente consumación del acto incognoscible –y pasado-. Como si la ilusoria repetición del inasible hecho le brindara la oportunidad de cambiar el curso de los acontecimientos. La ansiedad se volvía insoportable. No podía  pretender que el sábado fuese un día como cualquier otro, sus intentos por prevenir la angustia se mostraron obsoletos. El recurso a concentrarse en alguna actividad supuestamente placentera –como el cuidado de las plantas- o neutra –como la limpieza del baño incluyendo el refriegue de cada azulejo- fracasaba tantas veces como fuera implementado. No podía obedecer la orden de no pensar en eso, echando de su mente toda idea relacionada con aquello, porque otro mandato más profundo la convocaba a los abismos. Pasar la noche del viernes afuera y regresar a media tarde del sábado, cuando ya la ola conmemorativa hubiera pasado, no era una opción atendible. No tenía a dónde ir ni con quién estar. La perspectiva de alquilar una pieza de hotel para ella sola, fuera donde fuese, no le atraía en lo más mínimo. Tampoco buscaba compañía. Ni siquiera atravesaba los pocos metros que la separaban de Bládimir para aceptar el tan ofertado asado con tannat, y menos aún lo que pudiera venir después, dada la inmejorable disposición del amable vecino. Pero Yake no tenía mayor interés por la comida que por la bebida o los hombres. Más allá de haber aprendido de pequeña que comer glotonamente es propio de la peor cerdo-burguesía, la angustia maniataba su apetito. Desde la carne al horno que Erne y ella no pudieron compartir, ingería apenas lo necesario para sostenerse en pie, y aún menos. En cuanto a hombres, para ella, El Hombre era Ernesto Erre. Una fuerza desconocida la mantenía adscripta a su casa, impedida de abandonarla por un lapso demasiado prolongado. Como si su fiel presencia en el hogar fuese condición indispensable para el regreso de Ernesto. Como si sólo en caso de que ella continuara esperándolo con ahínco se mantuviese viva la posibilidad del retorno. Y entonces la evasión quedaría como un punto corrido en una media, que sería zurcida para reanudar la trama de sus relaciones matrimoniales. (¡Cómo si las medias se zurcieran hoy en día!) En varias ocasiones hizo la prueba de dormirse el viernes dejando radios y televisores encendidos en diferentes habitaciones, con la previsible consecuencia de despertarse padeciendo jaqueca. Luego comenzó a saltar de la cama apenas despierta, para vestirse con lo primero que encontraba y salir de la casa en seguida, con el pretexto de ir hasta la panadería a comprar bizcochos. Bizcochos que luego no comería: la mayoría de los alimentos le daba asco. Por lo demás, la incomodaba sobremanera tener que salir a la calle sin antes bañarse y mejorar su aliento mediante la ingesta del desayuno. Pero la angustia la presionaba hasta lanzarla fuera, con la fuerza de un resorte. Dado que esos paseos matinales se revelaron incapaces de aplacar sus nervios, cada semana visitaba una panadería más lejana. Caminaba con la premura de quien debe salvar a alguien; recurrentemente atosigadas por calambres, las piernas se le agarrotaban. Corría como si de su carrera dependiera la vuelta del amado, como si debiera encontrarlo cuanto antes, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que su desaparición cristalizase en una figura irreversible. Debió haber visitado todas las panaderías de la zona residencial de H –donde vivía-. Giraba como un trompo, entrando en una y saliendo de otra, buscando supuestamente aquellos panificados que en cada lugar no tenían –estudiando cuidadosamente la oferta de cada comercio para pedir exactamente lo que no podrían darle-. Así terminaba la fatídica mañana peor de lo que la empezaba: sin probar bocado –la sola vista de farináceos ya le producía náuseas-, exhausta y dolorida. El malestar del cuerpo no aligeraba el sufrimiento del alma. Para peor, los carteles con la cara de Ernesto la vigilaban desde distintos puntos de la ciudad. Cuando se encontraba con uno debía detener la marcha. Cada cartel le parecía único, diferente a los otros. Como si algo de E Erre se le hubiese adherido. La observaban insistentemente, aunque mudos: sin soltar prenda. Conspiradores acérrimos del enemigo intangible. Por momentos parecía que aquellos rostros se decidirían a revelarle verdades de Ernesto. A veces creía que lo hacían, pero ella no sabía descifrarlas. Algunos semblantes parecían implorarle auxilio. Cada una de aquellas fotos publicadas le producía una vivencia terrorífica particular. Rogaba Yake que el viento y la lluvia barrieran de una vez aquellas imágenes. Pero cuando veía alguna despedazada se le activaban extraños mecanismos. Desviaba la vista cuando se encontraba con el rostro quebrado e incompleto que sobrevivía en el cruce de Diagonal Izquierda y Avenida Liberio Fidel. Media hora permaneció de pie en la explanada del Palacio Plaza Roja, ante un cartel a punto de desprenderse de una columna del alumbrado público, hasta que cayó y lo levantó del piso. No podía dejarlo tirado ni tampoco arrojarlo al basurero. Se lo llevó a casa, para sepultarlo en lo alto de la biblioteca, junto con las otras reliquias. En otra oportunidad casi la atropella un auto, en el intento de reunir los fragmentos de un cartel mezclados en una hojarasca. Afortunadamente los carteles también fueron desapareciendo. Para sobrevivir al sábado, la entrega morbo-voluptuosa al recuerdo y a la fantasía en el lecho conyugal no era una opción válida. A Yake nunca le gustó quedarse en la cama más que para dormir. Incluso las prácticas sexuales –con Ernesto, claro- las llevaba a cabo más bien sentada o parada. Tampoco en su vagar por la casa se tranquilizaba imaginando que Erne estaba allí o que de un momento a otro reaparecería. Por más que lo hubiere intentado no lograba tragarse la pastilla. La simple Yake no era capaz de nutrirse con quimeras sin ninguna base real. Su intento de aferrarse a los recuerdos, al fracasar, le enseñó cuán pocas anécdotas tenía de su vida con Ernesto. La memoria le brindaba apenas unas imágenes borrosas, no porque el olvido las hubiere deformado, fieles a lo que su esposo había sido para ella: un marco firme para su existencia sencilla. Un marco que encuadraba sus pequeñas rutinas de ciudadana hachense común y corriente. Una existencia apoyada en la certeza de que él estaba, más o menos cerca, pero estaba, ahí, con ella. La vida matrimonial no se desarrollaba mediante episodios particulares que ocuparan su lugar en la memoria sino que discurría como una melodía sostenida, armónica, un sentimiento de vida encausada, resuelta, que Yake apreciaba por encima de todas las cosas. Los humores del matrimonio no coloreaban sus vivencias en forma memorable. Los avatares de la cotidianeidad se perdían en el cuerpo sin fisuras de aquel matrimonio bien avenido. Y sin embargo, el presente agujereaba impíamente la sólida construcción de su vida, poniendo a Yake de cara a la nada. La conmemoración de la gran pérdida se reinstaló sábado a sábado, inexorablemente, durante meses. A mediodía la ansiedad por resolver la desaparición alcanzaba su punto álgido, para cejar luego, dando lugar a la mera falta de todos los días, no exacerbada. El movimiento por el cual se iba desprendiendo del peso abominable de la ausencia de Ernesto le resultaba imperceptible por su lentitud, especialmente en contraste con la revulsión ansiosa que la dominaba. Igualmente se producía: llegó un momento en que el sábado no le resultó más inquietante que los otros días de la semana. Un día se despertó al alba y saltó de la cama diciendo basta. Decidió llegada la hora que su pesquisa tomara como escenario al mundo exterior. Esmeradamente se bañó, depiló, vistió y salió a la calle aún sin tener la menor idea acerca de qué hacer ni a dónde ir. Se dejó llevar por sus piernas, las cuales –como si supieran mucho más que ella- la condujeron a todo vapor, sin detenerse a hesitar, a lo largo de las diez cuadras que la separaban de la casa de Obdulio –el mejor amigo de Ernesto-. La portera del edificio de Oby se encontraba manguereando distraídamente la vereda, al tiempo que conversaba con su colega del edificio de al lado, ocupada en idénticos menesteres –el manguereo es un procedimiento de limpieza muy usual entre los hacheros, que consiste en desplazar la mugre desde la vereda hacia la calzada, sirviéndose del agua conducida por una manguera-. La puerta del edificio quedaba así abierta a todo público. Yakelín –que no era ruidosa ni llamaba la atención por sus atributos, tan discretos- se coló con la mayor naturalidad. Subió la escalera hasta el segundo piso y tocó el timbre del apartamento de Oby. Nadie contestó. Yake miró su reloj pulsera: eran apenas las ocho y veinte de la mañana. Volvió a pulsar el timbre y repitió la operación, aumentando la firmeza y duración de las emisiones, hasta que la cara semidormida de Obdulio apareció en el marco de la puerta. Por el costado, y sin saludar, una chica vestida a las apuradas se escurrió escaleras abajo. Aunque Oby, atornillado al marco de la puerta, no atinó a decirle más que hola, Yake entró en el apartamento pisando firme, como quien hace pleno ejercicio de sus legítimos derechos. Si bien no paró de recorrer con la vista cada detalle de la vivienda –cosas que no le dijeron nada- no empezó a hablar hasta el momento en que Oby colocó dos tazas de café sobre la mesa. Sin embargo, no probó un sorbo; apenas estuvieron frente a frente le espetó: - Quiero que me digas todo lo que no sé de Ernesto. Si lo dijo inspirada por fuerzas desconocidas o tirando verde para recoger maduro, no sabemos. Por qué Obdulio se vio compelido a desembuchar –si fue a causa de algún oscuro sentimiento de envidia, celos o vergüenza ajena respecto de Ernesto- tampoco sabemos. Lo cierto es que Oby movió sus labios cerrados hacia una y otra comisura antes de empezar a colaborar. Tartamudeando, a través de una entrecortada construcción lingüística inhabitual en él, confesó que su amigo mantenía en secreto una antigua relación amorosa con una tal Mónica. No estaba seguro pero creía que la conocía desde mucho antes que a Yake. Él ya se había puesto en contacto con Mónica para preguntarle qué sabía de Erne, pero ella le había dicho que no tenía noticias de Ernesto desde bastante tiempo antes de su desaparición. Yakelín lo instó a darle la dirección de aquella mujer, cosa que él hizo sin oponer resistencia –se la sabía de memoria-. Dejando el humeante café intacto, Yake salió a la calle apurada, con el impulso de un extraño sentimiento de esperanza. Tarde se le ocurrió –faltaba media cuadra para arribar a destino- que si se hubiera quedado tomando el café con Obdulio habría obtenido mucha más información. Pero bueno, nuestro afán de saber a menudo naufraga ante la necesidad de desconocimiento que nos invita a sus profundidades. Y la inexperiencia de Yake para tratar con personas, más allá de atender clientes, era flagrante. Por otra parte, nunca antes había establecido con el amigo de su esposo diálogo más extenso que el de hola, todo bien y adiós. Los avatares de la amistad entre los dos hombres marchaban por carriles ajenos a ella; aunque no así respecto de la tal Mónica, según quedó de manifiesto. Siguiendo las indicaciones de Obdulio localizó fácilmente el domicilio de Mónica, situado a unas siete cuadras de lo de Oby –sus piernas volaban al ritmo de una ansiedad nueva-. (Todo en Hache queda más o menos cerca si se pertenece a la clase instruida. Ni qué hablar de los funcionarios estatales, que conviven dentro de un área de mil metros cuadrados). Por el intercomunicador la madre anunció que Mónica no regresaría antes de las dieciocho horas. Yake optó por no volver a casa, prefirió vagar por las calles de H y a poco de andar dio con el Parque Liberio Fidel –pulmón izquierdo de la urbe, que se encuentra sobre la Avenida Liberio Fidel, arteria principal de nuestra ciudad-estado-. Al cabo de una extensa recorrida por el parque, ya a paso de peatón, relajada y apreciando el paisaje, incluso disfrutando el paseo, eligió un banco situado bajo los algodones de un palo borracho de avanzada edad y prominente estómago pinchudo, para permanecer allí sentada hasta la hora de volver al ruedo. Ignoraba la existencia de toda esa increíble variedad de pájaros que habitaban el lugar. Y pensar que su casa no quedaba a más de diez cuadras de allí. No recordaba haber pasado nunca tantas horas dando vueltas por los espacios al aire libre de H. Era tanta la voluptuosidad que aireaba sus ojos, oídos y epidermis, y tan intensa la bizarra esperanza que la existencia de aquella otra mujer abría ante ella, que no necesitó comer ni tomar nada, e incluso no precisó ir al baño durante las horas, que no se le hicieron largas, de la espera. Cierto es que en H los baños públicos pueden resultar insuperablemente vomitivos, pero no iba por ahí el viaje de Yake. La otra le despertaba una verdadera fascinación. ¿Sería ella el reverso de su elemental insuficiencia como mujer? ¿Tendría ella lo que a Yake le faltaba? ¿Tendría, en fin, a Ernesto? No pudo concentrarse en elaborar ningún plan satisfactorio según el cual abordar a Mónica. Terminó por dejar el asunto librado a la espontaneidad. Cinco y media se levantó del banco y puso el automático de sus piernas robóticas para llegar a las seis menos cuarto al edificio donde vivía la mujer. Allí se apostó, junto a la puerta de entrada, a esperarla. Seis y veintisiete llegó Mónica –aún sin conocer su descripción física Yake la reconoció de inmediato-. Y tan pronto como la vio se dirigió a ella diciendo lo primero que le vino a la mente: -          Vengo a hablar contigo de parte de Ernesto Erre. -          ¿Quién sos? -          La hermana. -          No, querida, a la hermana la conozco. -          Bueno, está bien, soy la esposa. O la viuda... Totalmente en evidencia quedó la falta de mundo de Yake, aunque Mónica, de todos modos, le permitió desplegar sus inhabilidades como investigadora, cooperando con inmejorable voluntad. No alcanzará con decir que Yake no consumía policiales –los de la tele le resultaban insufriblemente sangrientos, y la biblioteca comunal barrial ofrecía como novedad los de Ágata Christie..., pésimamente traducidos y casi deshechos por el desgaste, además-. Muy curiosamente, Mónica no intentó siquiera evitar la entrevista. Pero en el momento en que iba a abrir la puerta del apartamento recordó que vivía con su madre. Y consideró conveniente mantenerla al margen –especialmente tomando en cuenta cuánto apreciaba ella a Ernesto-. -          Mejor esperame en un bar. Distraigo a mi madre y salgo. Yake aguardó a Mónica durante casi veinte minutos en un café de la Avenida Liberio Fidel. Cuando ésta llegó, bastó una mirada para que ambas mujeres supiesen que no tendría sentido ocultarse nada. Que lo único posible, acaso, era hablar con franqueza. Moni se había enterado de la desaparición de Ernesto por Obdulio, pero como creía conocer muy bien a Erne, supuso que andaría perdido entre nuevas faldas, por lo que no se alarmó. Mediante un pormenorizado relato de las circunstancias de la evaporación de E Erre Yakelín la forzó a cambiar de idea. A pedido de Yake, Mónica le contó que se habían conocido con Erne, cuando ambos tenían dieciocho años y cursaban primer año de Arquitectura –carrera que los dos abandonaron sin aprobar un sólo examen-. Sus genios no les permitieron nunca sostener una relación estable, pero la mutua atracción que sentían impidió una ruptura definitiva. Se mantuvieron siempre en contacto. Ocasionalmente él la visitaba. Por supuesto que tenían sexo, con performances de alta tensión, aunque sus encuentros tendían a esparcirse entre lapsos de desvinculamiento que no en todos los casos sucedían a peleas violentas. A veces incluían en sus juegos a compañeros que levantaban por la calle o en los boliches. Si Yake fuera más aguda –y más morbosa- no habría perdido el hilo de los terceros que Mónica había nombrado (especialmente de los conocidos, como Soledad y Obdulio) ni hubiera dejado de interrogar la “violencia” de las peleas sostenidas. Aunque debemos reconocer que el azoramiento provocado por el cúmulo de nuevas y sórdidas dimensiones de Ernesto, intensificaba los efectos de esa genuina falta de estaño que caracterizaba a su esposa. De todos modos, reconozcamos su valentía para enfrentar todas las novedades que le saltaban a la cara. Por momentos, Yake se abismaba pensando que esas realidades que iba descubriendo habían estado desde siempre a la vuelta de la esquina, sin que ella las sospechara siquiera. Moni estaba lanzada a hablar, a decirlo todo, como en un trance que la conectaba con la relación que recién ahora comenzaba a sentir perdida; a medida que avanzaba en su discurso, soltaba progresivamente las riendas: -No era tan intenso el ardor con que nos deseábamos como la necesidad de corroborar cuán cerca estábamos el uno del otro, pese a todo y más allá de todas las parejas que cada uno por su parte tuvo. (Yake se preguntó si Mónica sabría de otras mujeres con quienes Ernesto hubiese tenido amoríos durante su matrimonio, pero no despegó los labios por temor a frenar el chorro de las confesiones; luego olvidó retomar el punto). Y demostrarnos que nuestra capacidad de transgredir –es decir: de actuar nuestra inconformidad con La Sociedad- permanecía indemne al transcurso del tiempo-. Como últimamente yo, por cuestiones personales, andaba muy triste, él se esmeraba en brindarme el consuelo de hacerme tocar su deseo. O lo más cercano al deseo que resulta tangible. (De pronto se detuvo, como si algún recuerdo, paradójicamente, la aterrizara forzosamente en el presente). Involuntariamente Yake encarnaba un personaje cercano al de la cándida niña que, habiendo caído por accidente en el castillo de la bruja, abre la puerta de El Armario y a duras penas permanece en pie, con los ojos abiertos, ante la catarata de monstruos atolondrados que, aprovechando la ocasión, se disputan el espacio donde mostrarse, para inmediatamente después salir disparados hacia el ancho mundo. Pasmada escuchaba a Mónica, sin poder articular más que algunas interjecciones, haciendo las veces de un lenguaje humano. Moni retomó el hilo al cabo de una breve pausa: -Yo estaba al tanto del matrimonio de ustedes, sabía lo bien que se llevaban, y nunca hubiera hecho nada para separarlos. Él era feliz contigo, Yakelín. De verdad ignoro qué pudo haberle pasado. Es terrible que haya desaparecido. Tampoco inquirió Yake acerca de la forma en que Mónica estaba al tanto de su matrimonio. Qué versión de su vida conyugal le habría transmitido Erne, qué idea sobre la propia Yake... Las dos mujeres terminaron llorando abrazadas sobre la mesa del bar. Luego Moni invitó a Yake a su casa, para que conociera el lugar donde Ernesto pasaba una parte de su vida. Sin demora salieron hacia el apartamento, poniéndose de acuerdo en lo que dirían a la madre de Mónica, para evitarle incomodidades y disgustos. La señora creía que Ernesto era el novio de su hija y aunque se hubieran peleado, como tantas otras veces, lograrían reconciliarse. El arreglo personal de Moni -su pelo, uñas, dientes e indumentaria- no permitía imaginar lo alejada que estaba su morada de un nivel de higiene mínimo. A Yake, que había hecho pintar su casa cinco veces en diez años y la mantenía inmaculada, el estado de pobreza y decrepitud del apartamento que habitaban Mónica y su madre, la impactó profundamente. Imposible discernir si el gris de las paredes obedecía a la voluntad de una mano de pintura recibida demasiado tiempo atrás o a la mugre acumulada tras las consecutivas frituras, que evidentemente tenían lugar a diario. La madre ya no podía disimular en la piel los rastros de una dieta basada en tortas fritas, bizcochos y minutas. En el ordinario aparador del living-comedor los adornitos posaban como flotando dentro de una capa de tierra combinada con efluvios grasientos. No faltaban a su cita el consabido elefantito con billete en la trompa, los floreritos dorados y los ceniceros de vidrio portando clavos, tornillos, ganchitos de cortina y cuantas pequeñas piezas que se fueron desprendiendo de algo cupieran en ellos. Vista en su salsa, La Otra Mujer no parecía más que una muchacha sin suerte, que envejecería pronto, sola o peor: teniendo que hacerse cargo de su progenitora –antecesora suya en una extensa serie de mujeres desgraciadas-. Lo más difícil para Yake era imaginar al galán -artista refinado, culto y oligarca bienpensante- revolcándose en las viscosidades de aquel tugurio sin salir maculado. ¿Cómo podría visualizarlo allí, a él -que era capaz de detectar el guisante más ínfimo bajo nueve colchones- como pez exótico nadando en aquella pecera de aguas podridas? Yakelín había vivido convencida de que su habilidad para administrar el hogar era una de las virtudes que su marido mejor estimaba en ella. Cuánto esfuerzo había gastado en proporcionarle una vida doméstica sana, ordenada e higiénica... Los datos de la realidad huían en todas direcciones, imposibilitando la conformación de cualquier figura coherente. Yake avanzaba en su investigación, atravesando la opaca y pesada atmósfera que la recuperación de Ernesto le ofrecía, con entrecortada respiración. Mónica invitó a Yake a pasar a su cuarto. Comparando esta habitación con la anterior, saltaba a la vista que el comedor guardaba aún cierto grado de orden y limpieza. El panorama del dormitorio podía provocarle arcadas incluso a las almas menos pulcras que la de Yake. El olor a tabaco rancio prevalecía por encima de otros aromas menos discernibles pero igualmente nauseabundos. Había ropa y zapatos tirados por el piso cualquiera fuese la dirección que tomase la mirada. Sobre una repisa alta varias botellas de whisky yacían vaciadas; el moho las abrigaba. Yakelín no pudo menos que preguntarse si la frescura con que Mónica le presentaba su habitación se debía a la súbita confianza que había surgido entre ellas o a una fuerte y profunda tendencia al impudor de su compañera en la desgracia; tendencia ahondada durante largos años de desidia y estimulada a manifestarse en toda su amplitud por la atención que Yake le prodigaba. No se daba cuenta que también para Moni hablar de Ernesto era una forma de recrearlo, de volver a encontrarse con él. Acurrucado sobre la alfombra estaba Quique, el gato que Erne y Moni compartían. Juntos lo habían salvado de la muerte segura que le habría causado el cruel abandono del que fuera víctima al nacer. Ahora convertido en un gato grande y gordo, Quique abrió los ojos sin prisa, se desperezó y luego fue a restregarse contra su dueña a modo de bienvenida. Las hebras sueltas de su pelaje gris perla tapizaban el recinto. -          Pensar que nosotros no tenemos ni un perro. -          ¡Qué raro! A Erne le encantan los animales. -          Pero yo no los soporto. -          ¿Por qué? -          Para empezar, porque ensucian. (Tal vez sea este el momento –antes que resulte demasiado tarde- de explicar que esa  falta de asertividad en la forma de circular por el mundo de Yake era consecuencia de la educación que había recibido. Hija de una de las últimas familias obreras de alta moral e impecable ética de H  –para quienes la higiene constituye un valor supremo, que debe contrastar con la mugre cloacal de las calles donde sus moradas se alinean- Yakelín pasó directamente del hogar paterno a la vida conyugal. Si bien sus padres y hermanos, a causa de la coyuntura, tuvieron que emigrar a lejanos parajes, partieron con la tranquilidad de que Yake estaba correcta y firmemente posicionada, colocada entre los soportes de un honroso matrimonio y los de un digno puesto de trabajo, en el único supermercado con capitales nacionales de la ciudad-estado. Andar a los tumbos por el ancho y heterogéneo mundo no había sido para Yake una necesidad, hasta ahora). Mónica continuaba creyéndose en la obligación de proporcionar a Yakelín detalles absolutamente precisos acerca de los momentos que Erne y ella pasaban juntos. -          En cada encuentro nos bajábamos un litrito de whisky. Cómo lo extraño. -          Es muy raro. Él no llegaba a casa borracho. -          Es que también nos dábamos unos saques. -          ¿Cómo? -          Bueno... capaz que estoy exagerando en las cantidades... Pero siempre venía con una botella de whisky del bueno. Viste que ahora el hecho de que sea escocés en sí no garantiza nada... (No, Yake no había visto nada de eso). -          En casa no tomaba más que algún vasito de vino con la comida, de vez en cuando. La locataria encendió un cigarrillo. -          ¿Estando él acá también fumabas? -          Los dos fumábamos. -          ¿En serio? Creía que él detestaba el tabaco tanto como yo. -          Fumábamos como murciélagos. Los encuentros eran muy intensos. (Yakelín desconocía el circuito sustancias estimulantes-ansiedad-excitación). Moni tuvo que ir al baño. Una vez a solas en aquella pieza inmunda Yake entró a dudar acerca de la verosimilitud de las palabras de su compañera. No podía ser que cuando él salía de aquel antro hediondo no llevara consigo ese tufo que todo lo impregnaba, y que ella habría detectado fácilmente... Además la relación entre Moni y Erne era inconjugable con los recuerdos que guardaba de su relación matrimonial. Yake estuvo a punto de salir corriendo antes de que volviera la otra: si el relato de Mónica seguía ocupando el centro de la escena sus propios recuerdos se irían por el resumidero. Como un caleidoscopio roto desfilaban ante ella las imágenes del marido; su rostro desfigurado por las manchas del vicio y el horror, le resultaba más ajeno que nada sobre la faz de la tierra. Con gran esfuerzo buceaba en su memoria para tratar de aferrarse a la ternura que la había habitado durante tanto tiempo y ahora amenazaba con abandonarla, así como la abandonó el que la causaba. ¿Quién era el hombre que se acostaba a su lado entre las sábanas que ella perfumaba con agua de colonia? ¿De quién la mano que le acariciaba el pelo cuando empezaba a caer en el sueño? De alguien manaba el único calor, húmedo, disponible en la madrugada. ¿A quién le untaba con manteca y mermelada las tostadas, crocantes pero no quemadas, cada mañana? Evidentemente había una confusión. El amante de aquella mujer no era su esposo. Ya se disponía a retirarse, dejando atrás la sarta de viscosos absurdos que la rodeaban, cuando apareció Mónica, con una foto de Erne en la mano. Para mejor, la fotografía había sido tomada en esa misma habitación, unos siete años atrás. Ernesto estaba sentado en el sillón verdoso, bajo el estante de las botellas ahora enmohecidas. Llevaba puesta su camisa rojo ladrillo y las botas que él llamaba “de obrero”. Reclinado en su trono sonreía tras el humo de un cigarrillo que sostenía entre los dedos. Ésta fue la experiencia más cercana a “reconocer el cadáver” que tuvo Yake; con ella perdía la chance de creer que no estuvieran hablando del mismo E Erre. Como si Moni se lo hubiera pedido, Quique trepó a la desvencijada bergere que alguna vez fue verde inglés, la misma de la foto. El demonio verborreico de la verdad cruda y dura continuó hablando por boca de la local: -          Ese era nuestro lugar preferido para practicar el sexo oral. Nos gustaba hacerlo por turnos. Y era lo que más disfrutábamos. Yake desvió la mirada para ocultar su desconcierto. Ernesto y ella no practicaban el sexo oral desde antes de casarse, por lo menos. No cabía duda: Mónica era de esas personas que experimentan la compulsión a decir mucho más de lo conveniente; una mujer que se revolcaba entre la libertad y la promiscuidad. Ahora escupía esquirlas de verdad a los ojos de Yake –o algo que podía doler como una verdad retenida y de golpe liberada-, y lo hacía al ritmo de una ametralladora, sin una pizca de piedad ni recato. Pero, aunque quedase demostrado que Ernesto era el mismo, ¿serían verdaderas todas aquellas palabras o habría que aplicarles algún descuento? ¿Por dónde trazar una línea, una frontera que dejase al ser amado del lado de los suficientemente buenos? Yake, dubitativa, luchando contra el escandalizamiento, se había refugiado en el mutismo. ¿Cómo entre los objetos que guardaba Ernesto no encontró ningún indicio de la existencia de Mónica? ¿Se habría topado con alguna señal que no supo interpretar? ¿Habría sido su esposo un farsante consumado, un embustero especializado, un ser por completo extraño a la idea que de él se había formado? Pero aun así, ¿cómo podía alcanzar tal perfección en sus engaños? ¿Hasta qué punto no fue ella misma quien optara por la ignorancia?... Ya entrada la noche Moni y Yake se separaron con un fuerte abrazo. Contra toda predicción, al día siguiente del emotivo encuentro, Yakelín denunció a Mónica a la policía, para que allanaran su apartamento; a lo mejor aparecía algún dato que permitiese dar con Ernesto Erre, o lo que quedara de él. Recién después de presentada la denuncia tomó nota de que, imperdonablemente, había olvidado indagar acerca de las relaciones entre Mónica y Soledad, su cuñada. ¿Cómo era que se conocían? Su torpeza, redoblada, alejó toda posibilidad de enterarse. Ya debía haber avanzado el cuerpo policial sobre el lúgubre apartamento. Y con Soledad tenía rotas las relaciones desde que la Policía allanó su domicilio, también por denuncia de Yake. No quiso pensar en todos los datos que se perdía con esta nueva intervención policial. En lo de Moni los uniformados sólo dejaron al gato sin cepillar. Efectivamente aparecieron rastros de EE, pero ninguno reciente. (Al menos en eso no había engaño). Mónica fue extensamente interrogada y luego sometida a pericia psiquiátrica, al cabo de la cual le proveyeron una receta verde, de la que hizo uso, pero con acompañamiento de bebida alcohólica. A partir del allanamiento de su hogar, todos los familiares y conocidos de Moni fueron abruptamente puestos en conocimiento de su relación clandestina con un hombre casado y misteriosamente desaparecido. Y ello sin que se consiguiera ni una diminuta migaja de información acerca de dónde podía estar Erne ni de lo que pudo haberle ocurrido. La vía de acercamiento a Ernesto a través de Mónica quedaba, a poco de abierta, definitivamente cortada. Como, a su parecer, la Policía no se mostraba lo suficientemente concernida en el caso de la desaparición de Ernesto Erre, Yake optó por volver a la acción directa, aunque disfrazada. Con atavíos diferentes estuvo quince días enteros siguiendo y haciéndole la guardia a Mónica –quien parecía vivir lo suficientemente drogada como para no percatarse de nada-. Y todo para llegar al único descubrimiento de que ésta y Obdulio también eran amantes. No se atrevió a averiguar si Ernesto había conocido ese vínculo –podría haber vuelto a interrogar a Oby-. Menos todavía se animó a inquirir si Ernesto había formado un trío con ellos. Y yo sin marido –pensaba, apostada tras un árbol, al tiempo que Mónica y Obdulio se daban un chupón extenso y profundo a la entrada del edificio de Moni. Esta ciudad está empedrada de secretos a voces. Pero a mí se me escurren entre los dedos. Aunque presintiendo que no le harían caso, al día siguiente aportó el nuevo dato al oficial encargado de investigar la desaparición de Ernesto. Su presunción resultó cierta. La Policía ya había realizado demasiados procedimientos. No podían continuar los interrogatorios, allanamientos y pericias psiquiátricas ad aeternum, por el bien de la población viva y localizable. Pasó varios días sin recibir noticias de los uniformados, por lo que resolvió comenzar a seguir a Oby. Al parecer la verdadera profesión de Obdulio era la de mujeriego. ¡Quién lo hubiera dicho! Él, con esa cara chata de mirada blanda y su pasito de pato engrosado. No sólo antes y después de las seis horas de funciones en el Ministerio de Solidaridad y Bien Público mantenía Oby relaciones sexuales con mujeres diversas sino que también lo hacía durante el horario de trabajo, en su propio despacho, en otras oficinas, e incluso en locales exteriores al ministerio. (Si bien era conservador, en el sentido de que mantenía relaciones tradicionales exclusivamente con mujeres, su profunda vocación integradora lo llevaba a incluir féminas de todos los tamaños, edades y colores). Al cabo de una semana oficiando como voyeur Yake se dio por vencida. Entonces se lanzó tras los pasos de Rolando, el marchand –quien, por otra parte, como ella no había sido aún declarada viuda, se arrogaba el derecho de no pagarle ni un centésimo de lo que recaudaba con los cuadros de EE-. Pero Rolando no era ni Oby ni Moni. Él tenía sobradas razones para temer, sospechar y esperar ser vigilado. Así que una noche se hizo seguir por Yake hasta su mansión veraniega de Punta de los Cachalotes. (Tuvo que esperarla varias veces para posibilitar el espionaje. Yakelín había aprendido a manejar a los dieciocho años, pero se había desempeñado como conductora sólo en muy escasas oportunidades. No sólo porque el auto de Ernesto era de Ernesto sino porque sus rutinas hachenses se reducían a unas pocas cuadras a la redonda, que recorría a pie. Ahora avanzaba por la carretera con cuidado, desafiando el límite de velocidad hacia abajo). Antes de llegar al balneario, a la vera del camino, estacionó Rolando su auto para adentrarse caminando en un frondoso bosque. Yake no pudo sino hacer otro tanto. Rolando se escondió atrás de un árbol para luego salir sorpresivamente al paso de Yake y prodigarle un buen susto. Respecto a la naturaleza de dicho susto las versiones se contradicen, pero todas rondan en torno al horror del sexo: una súbita apertura de sobretodo con mostración de pene erecto, real o artificialmente implementado y de envergadura monstruosa, o algo por el estilo. Lo cierto es que, invirtiendo el sentido de la emboscada, Rolando fue quien recurrió a la Policía. Y Yake volvió a pasar por interrogatorio y control de salud mental. En esta oportunidad, inteligentemente declaró estar tomando la medicación. El profesional actuante consideró necesario multiplicar la dosis. (Es usual en H, cuando un procedimiento muestra su ineficacia, insistir en repetirlo, acaso reforzado). De regreso a casa Yake tomó conciencia de que el camino de la persecución, además de resultar inútil, se estaba volviendo peligroso. Pero quedarse quieta ya no podía: debía tomar otro rumbo, una dirección que la llevara a alguna parte. Al día siguiente se obligó a desayunar adecuadamente. Si seguía perdiendo peso pronto desaparecería ella también; como no creía en la vida ultraterrena, debía cuidarse. Recordemos que masticar, tragar y no devolver, se le había vuelto un circuito de alta exigencia. Sin embargo en esta ocasión, al cabo de media hora no sólo había concluido el desayuno –y lavado y secado las piezas de vajilla empleadas- sino que también tenía definido un nuevo plan de acción. Prendió la computadora, se conectó a Internet y en el buscador escribió: Esposas de desaparecidos. Encontró el sitio de la Liga Ecuménica de Esposas y/o Viudas de Desaparecidos, que dispone de varios foros: desapariciones forzadas, voluntarias, espontáneas, de dudosa naturaleza. Linkeó estas últimas y fue a dar con nosotras. Ningún caso se parecía ni remotamente al suyo. De todos modos Yakelín se puso en contacto con nuestro grupo, y desde entonces le hemos dado contención y apoyo para que pueda transitar su proceso de recuperación o aceptación de la ausencia del que no está cuando no es posible encontrarlo –como le decimos-, de la forma menos negativa. Aunque el caso de Ernesto sigue siendo tan peculiar como desconcertante, ¿qué esperanza de recuperación, siquiera del cuerpo, puede caber cuando no se conoce medio, ni responsable, ni motivo de la desaparición del ausente? De todos modos, Yakelín pudo volver a permanecer en su casa y ya no salir corriendo tras locas verdades que de nada le servían. Empezó a convivir, de alguna manera, con la ausencia de Ernesto. Además de la compañía virtual brindada por otras viudas dudosas –como ella-, algunas integrantes de La Liga que vivimos en H, comenzamos a visitarla periódicamente. Yake pudo ir poniendo su vacío dentro de un contorno de palabras, aunque difuso, continente. El transcurso del tiempo fue haciendo el resto. La percepción que tenía de su situación empezó a modificarse y nuevos interrogantes surgieron, algunos bastante ridículos, aunque no exentos de relevancia. Por ejemplo, el hecho de que EE hubiese desaparecido sin previamente aducir siquiera el clásico voy hasta la esquina a comprar puchos ¿debía ser leído como que no tenía intención de irse o en tanto simple desconsideración hacia ella? Una situación inexplicable no puede reducirse a la lógica conocida, tampoco a otras lógicas más dudosas, pero a veces éstas ayudan. Como suele ocurrir a las personas que pierden absurdamente a sus seres queridos, una vez superadas las incómodas sensaciones que el descubrimiento de Mónica le habían despertado, Yake tuvo su tiempo de culpas. Fue sintiéndose responsable no sólo de la inverosímil pero real desaparición de Ernesto sino también de todas las cosas negativas o inciertas que le pasaron a éste en vida. Como salidos de la galera del enemigo, los argumentos más disparatados la acusaban insistentemente: Si le hubiera dicho que no subiera al altillo..., si hubiera subido con él..., si hubiéramos comprado una casa sin altillo... Pero Yake era un ser demasiado racional y pedestre como para que argumentos de este tipo le duraran demasiado, aunque tuvo que descartarlos uno por uno. En algún momento fue capaz de mirar a los ojos su mutilación. Y ver cómo, aun habiéndole sido cercenado el marido, ella estaba lo suficientemente entera. El hombre perdido tampoco había resultado ser lo que parecía. Su E Erre actual consistía en una imagen obtenida a partir de la confrontación entre el antiguo recuerdo y las nuevas versiones de Ernesto que obtuvo a lo largo de su errática y truncada “investigación de campo”. El Ernesto Erre de la Yake actual es el producto de una operación efectuada por Yake. (O mejor dicho: de un conjunto de maniobras, que hemos detallado.) Sin embargo, este ente menoscabado respecto del anterior, este Ernesto plagado de dobleces y mancillas, seguía brillando con luz propia, la iluminación fosforescente de los espectros. Recurrentemente visitaba a Yake una ensoñación tan intensa que parecía hecha de carne. En la imagen él se ve de espaldas, ella corre en su dirección, pero justo cuando llega y está por abrazarlo él se vuelve y la cara no es la suya, pero además se desvanece. Ese ínfimo contacto la nutre. El brevísimo instante del encuentro pasa a habitar en ella como la tan necesaria presencia querida que necesitamos intuir dentro nuestro para no sentirnos irremediablemente solos a merced del temible universo. La imagen la visita cada vez con menor frecuencia; su intensidad sigue siendo alta pero al desvanecerse ya no lastima. Algo de la fuerza vital del amor de Erne se atornilló definitivamente en Yakelín, de modo tal que no se volatiliza con la ausencia de su cuerpo, ni puede debilitarse víctima de alguna atrocidad aún por revelarse, de aquel ser humano que vivió en H. Hay una clavija llamada Ernesto que pertenece indeleblemente a Yake. Y a nadie más. Yakelín se fue quedando a solas con una ausencia pura, no contaminada y propia. Una peculiar herida en vías de cicatrización gracias a un artefacto –tan invisible como eficaz- que fue construyendo para poder vivir en el mundo sin EE y a pesar de los inescrutables agujeros negros de su ausencia. Para ello tuvo que cortar amarras tanto con el Ernesto evaporado como con el fraudulento –y renunciar a las dulzuras espinosas del enojo y la vergüenza-. Finalmente alcanzó ese estadio en el cual el dolor sigue existiendo pero deja vivir. Y pudo irse descentrando de Erne para quedar abierta y fértil a nuevos deseos. Podríamos incluir todavía un número ene de caracteres expresando vacíos de espesores diversos en palabras más o menos balbuceantes o poéticas. Preferimos no hacerlo. Durante aquellos días –largas jornadas de la estación benévola- nada pasó; y, sin embargo, sí había pasado. Antes de las fiestas de fin de año Yakelín vendió la casa y emigró al Viejo Continente, con la intención de instalarse en la localidad donde residían sus padres y hermanos, para comenzar una nueva existencia. Lejos de Hache. *** Publicado originalmente en el libro "Un escritor acabado", 2013.

LISSARDI & GRYNBAUM

Lissardi & Grynbaum es un blog sobre literatura, arte y cine desde la perspectiva de los autores uruguayos Ercole Lissardi y Ana Grynbaum

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