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Ana Grynbaum - La obra maestra de Leo Perutz

Los adjetivos resultan pobres para expresar mi fascinación con la novela De noche, bajo el Puente de piedra (1953), de Leo Perutz (Chequia, 1882 - Austria, 1957). Esa ficción histórica, poética, imaginativa, en un arte de prestidigitación, recrea la Praga renacentista a partir de viejas leyendas. Su estructura es como un fractal que enhebra una serie de historias para pintar un lugar tan geográfico como anímico.



Me conmueve el amor con que Perutz, como un titiritero, mueve a sus personajes. Aun cuando a estos los domina la extrañeza o el capricho, la crueldad o la sordidez, el egoísmo o la inescrupulosa ambición, el llamado a la complicidad es tal que el lector se identifica con ellos.

El emperador Rodolfo II protagoniza o está presente en la mayor parte de los capítulos, ya sea dentro o fuera de su castillo, ocupando el trono o recorriendo –disfrazado- las callejuelas. El relato lo toma incluso antes de convertirse en emperador y también tras su derrocamiento y muerte, a través del recuerdo de quienes lo rodeaban. No menos protagónico resulta, como una figura coral –inquietante, pesada y oscura- el Gueto Judío de Praga.


Dentro de los ámbitos opuestos de la corte y el gueto, tanto nobles como plebeyos, se destacan una serie de personajes que protagonizan varias de las narraciones de esta novela. A través de sus vicisitudes, en una suerte de comedia de enredos, se muestra una forma de vida que campea en la nostalgia, así como los ideales y los prejuicios que la sostuvieron.


Algunos de los personajes destacados son el rico judío Meisl, su bella esposa Ester -de quien el emperador se ha enamorado-, los cómicos ambulantes Oso Manso y Jaimito el Loco, el bufón Brouza, el alquimista Jacobus Van Delle, el astrónomo Kepler y el pintor Brabanzio. También desempeñan papeles pequeños, aunque coloridos, varios militares, criados, mesoneros, un barbero que asimismo oficia como cirujano, una viuda rica que rapta a sus amantes ocasionales y los recibe tras un antifaz, etc., etc.

 

Jugar con personajes históricos

Al ficcionar en base a personajes y hechos históricos se juega con las ideas previas del lector. Si en De noche, bajo el Puente de piedra, buena parte de la acción sucede en el Gueto de Praga entre el siglo XVI y el XVII, es altamente factible que el Golem asome las orejas.


El texto no contiene la palabra golem, pero sí al Rabino Loew creando un Ecce Homo capaz de obedecerlo con milagrosa eficiencia.

El alto rabino levantó su mano señalando ese muro. Y su mágico poder formó sobre él, con luz de luna y moho, con hollín y lluvia, con musgo y argamasa, una imagen. / Era un Ecce Homo. Pero no era el Mesías, no era el Hijo de Dios; tampoco era el hijo del carpintero, el que desde las montañas de Galilea había llegado a la Ciudad Santa para enseñar al pueblo y sufrir la muerte a cambio de sus enseñanzas… No, era un Ecce Homo de otra clase. Pero era tan sublime lo que expresaban sus rasgos, tan desgarrador el sufrimiento que su rostro proclamaba que, al barón, por más desalmado que fuera, le alcanzó un rayo de contrición y fue el primero en caer de rodillas. Y frente a ese Ecce Homo se inculpó de haber obrado esta noche sin clemencia ni temor de Dios.


Si la mayor parte de la acción sucede en la corte de Rodolfo II, cabe que alguna escena se ambiente en su gabinete de curiosidades y objetos de arte, y que allí comparezcan algunos de los artistas y científicos que en él intervinieron. Pero más que el gabinete en sí, juega un papel central la obsesión del emperador por la adquisición de objetos bellos. La narración pone carne a los datos históricos, volviéndolos vívidos y comprensibles, aun en su extravagancia.


Entre los pintores de la colección del Emperador se nombra varias veces a Durero, quien fuera especialmente famoso por sus versiones del Ecce Homo. No hay mención de Arcimboldo, pero la pintura que hace Perutz de Rodolfo, en su heterogeneidad y su locura, en su capacidad de interesarse por las cosas al punto de permitir que estas tomen su ser, se parece mucho al retrato del emperador como Vertumno, el dios romano -de origen etrusco- que encarna el mutar de la vegetación durante el transcurso de las estaciones.



Ester, una imagen que despierta el deseo

¿Es posible tener la culpa de soñar y ser soñada? La mirada del Emperador y la de la bella Ester se cruzan por casualidad, brevemente, una sola vez, en las callejuelas del Gueto Judío. Poco después, él obrará para que se conviertan en amantes –ella está casada- y se encuentren cada noche en su real aposento. Aunque los encuentros se dan exclusivamente en sueños, no dejan de satisfacer la libido del monarca.


Sin embargo, este amor fantástico será truncado cuando el Gran Rabino Loew tenga que deshacer el hechizo a los efectos de frenar la ira de Dios, expresada bajo la forma de una peste que diezmaba la vida de los niños. Un dios que juzga con crueldad no solo los actos sino también los deseos.


El poder de las imágenes atraviesa esta novela, constituyendo escenas cúlmines. Amén de la citada formación del Ecce Homo, en el taller del pintor Brabanzio y su hermano el sastre, confluyen casualmente Meisl, el esposo de Ester, y Rodolfo –disfrazado-, su amante extraordinario.

El emperador, históricamente famoso por interesarse más por el arte que por el gobierno, anda tras un cuadro para su insaciable colección. Meisl pretende que Brabanzio pinte un retrato de Ester, ya muerta, a partir de la descripción que le da de ella. Brabanzio no logra representarse el rostro de Ester, pero Rodolfo, cuando escucha las palabras con que Meisl la evoca, espontáneamente la dibuja. El emperador se identifica con el judío.

Era perfecta y sin falta, como las ofrendas que se hacen al Señor (…). Como una flor de los campos, deleite de los ojos que la contemplaron. Sí, y hasta sabía leer, escribir y hacer cuentas, hacia pequeñas labores en seda y cuando estaba sentado con ella a la mesa me atendía gentilmente. Tan discreta era que hubiera podido hablar ante el emperador. Tenía una gata a la que quería mucho, todos los días le daba leche. A veces estaba triste, decía que las horas pasaban muy lentas y que ella quisiera que ya fuera noche.


Cuando Meisl ve el retrato y reconoce a Ester, cree que fue pintado por Brabanzio. Tras pagar un buen dinero, se lo lleva feliz. Sin embargo, a Rodolfo el dibujo realizado no lo satisface.

No, no era ella, era alguna otra que en algo se le parecía, pero no era ella. Una joven judía de grandes ojos asustados sobre la que tal vez dejara caer su mirada cuando pasaba a caballo por las calles del barrio judío, pero no ella, no la amada de sus sueños. / Tal vez, se decía a sí mismo, miré demasiado su rostro y demasiado poco su corazón (…).


En efecto, Ester era para él un rostro que, despertando su deseo, pobló sus fantasías. También ella había quedado prendada de la estampa de Rodolfo y coprotagonizaban en el terreno sobrenatural escenas eróticas, pero ¿merecía la mujer real ser castigada por Dios con la muerte? Además, resulta extraño que la muerte pudiera vaciar la fantasía del amante. Se ve que en aquella época y esos lugares pasaban muchas cosas de difícil explicación.


***

 

Las citas pertenecen a: De noche bajo el Puente de piedra, Leo Perutz, Acervo cultural editores, Buenos Aires, 1955.


Hay edición española actual.


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