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- Tres películas mexicanas
Para quienes buscan en la pantalla otra cosa que entretenimiento, recomendamos tres películas mexicanas recientes, que reflejan con agudeza ciertos aspectos centrales de la conflictiva realidad de su cultura. Ellas son: Cómprame un revolver (Hernández Cordón, 2018), Post tenebras lux (Reygadas, 2012) y Roma (Cuarón, 2018). La acción de Cómprame un revolver se sitúa en una zona rural de México donde el narco manda sin tapujos. La guerra contra las mujeres (al decir de Segato), y contra el resto de la humanidad, está saldada. Del género femenino casi no quedan sobrevivientes. Ahora la lucha mortal es entre las distintas bandas de narcotraficantes. En este contexto crece una niña llamada Huck. Entre Roma y Post tenebras lux es posible trazar una línea fundamental. En una sociedad violentamente estratificada, como la mexicana, Roma muestra a cada personaje actuando estrictamente dentro de los límites que su clase social le dicta. En cambio en Post tenebras lux el padre de familia desafía esos límites y marca así su destino. *** Trailer de Cómprame un revólver Nuestra conversación: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/2aa9bfaf/comprame-un-revolver Trailer de Post tenebras lux Nuestra conversación: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/2cf79d2a/post-tenebras-lux-despues-de-las-tinieblas-luz Trailer de Roma Nuestra conversación: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/2246e0a0/roma-de-cuaron
- Cineclub La cuarentena - Milou en mai (Milou en mayo)
Película de1990. Dirigida por Louis Malle, escrita en colaboración con Jean-Claude Carrière. Protagonizada por Michel Piccoli, Miou-Miou, Michel Duchaussoy, etc. Escena: Nuestra conversación sobre esta película: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/2f3c255d/milou-en-mai-milou-en-mayo
- Cineclub La cuarentena - State Funeral (Funeral de estado)
Documental de 2019 hecho a partir de diversos materiales fílmicos registrados durante el funeral de Stalin, que en su momento no se pudo realizar... Dirigido por Sergey Loznitsa. Nuestra conversación sobre este film: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/2d71c8a6/state-funeral-funeral-de-estado
- Ana Grynbaum – Un pedazo de cielo sobre mi cabeza
(Acerca de leer, escribir, el ocio, el autor, los personajes, Virginia Woolf, el desestimable yo y el inestimable vacío.) Los apuntes de lectura deberían comenzar antes de la lectura, cuando nos imaginamos cómo ha de ser el libro que todavía no empezamos a leer. En primer lugar porque a esas ideas previas les cabe buena parte de la responsabilidad en el hecho de que el lector se encuentre con su objeto de lectura, y también en la modalidad de dicho encuentro. La necesaria difracción que resulta entre nuestra expectativa y lo que el libro dice puede dar lugar a interesantes registros de lectura. Por otra parte, lo que imaginamos acerca de ciertos libros ya clásicos viene contaminado de pre-conceptos que pasan en silencio del imaginario colectivo al personal. Desafortunadamente, por lo general, nuestras impresiones ingenuas resultan rápidamente devoradas por el protagonismo del libro cuando nos entregamos a él. Sin embargo, en raras ocasiones, aquellas ideas vagas y fantasiosas sobreviven a la lectura y piden ser tomadas en cuenta incluso mucho después de realizar la primera lectura. En ocasiones nos impulsan a una segunda lectura. Algo así me pasó con A room of one’s own, de Virginia Woolf. Portada de la primera edición, realizada por Vanessa Bell, 1929 En la época de buen tiempo uno de mis mayores pequeños placeres consiste en levantarme muy temprano por la mañana y sentarme en la terraza a tomar mate. Suelo acompañarme de algún libro, cuaderno, lapicera, que con frecuencia empleo tan sólo como escudo contra la culpa cuando ésta me acusa de empezar el día perdiendo el tiempo. De todos modos, aún sin libros ni cuadernos, tampoco sería cierto que no hago nada aparte de tomar mate: me dedico a escuchar el canto de los pájaros, sonido ubicuo que oficia de fondo musical al motor de los primeros vehículos que atraviesan la ciudad. Esta mañana, además, un pájaro gris moteado, menor que una paloma, se dio un largo paseo entre mis plantas como si estuviera apreciándolas. Sin dificultad se posó sobre uno de los cactus más pinchudos. Al cabo de su recorrido levantó vuelo. Entonces elevé los ojos y redescubrí cuánto necesito ese pedazo de cielo sobre la cabeza, aunque más no sea durante un rato al día, aunque no obtenga nada particular de ello. Y descubrí un fino trozo de luna trasnochada, y al mburucuyá rojo que desde la casa de la vecina promete expandirse a lo largo del tejido de mi terraza. Inexplicablemente, en ese momento, me vino a la cabeza la expectativa que me generó años atrás Una habitación propia. Y tomé conciencia de la leve desilusión que me provocó no encontrar en el texto ninguna descripción del lugar físico donde Woolf escribía. Que no hiciera la menor referencia a su hábitat de escritora, a esa habitación en la que yo ansiaba encontrar el tintero a punto de desborde, sobre la mesa del secreter, junto a la estilográfica que habrá sido, o será, rematada por una suma muy superior a la que pudo haber llegado a fantasear su dueña, el cuaderno tal vez sin renglones pero forrado de cuero, un pequeño jarrón de bronce con discretas flores silvestres y al fondo una biblioteca sencilla que despide el aroma de su noble madera… En algún recóndito y mal reputado lugar de la mente guardamos todavía la infantil idea de que los objetos absorben algo del alma de las personas que estuvieron en contacto con ellos, especialmente si dichos objetos forman parte de la intimidad de sus dueños. Vestigios de un pensamiento arcaico, animista y absurdo, pero vigente pese a todo. Acerca de los grandes nombres uno tiene permiso para imaginar toda clase de cosas, en primer lugar las más frívolas. Porque esos nombres suenan a través de la rimbombante orquesta de la cultura cumpliendo la función de transmitirnos ciertas sensaciones y llegando, en ocasiones, a provocar un estruendo tal que puede hacernos desconocer incluso los datos más elementales de la propia experiencia. Es posible olvidar que el viaje emprendido por el escritor en alas de la escritura hace que todo lo que está a su alrededor desaparezca. Y también olvidar hasta la veta más emocionante de escribir, que es precisamente el transporte a otro lugar, a un escenario caracterizado por la levedad, radicalmente opuesto a la vida real donde los cuerpos pesan y encallan. Ante la prosaica computadora, en mi sucucho de trabajo, evoco ahora a Woolf paseando por la campiña, descansando por momentos sobre el césped, y lanzando su reflexión sobre el mundo de las letras inglesas, en el cual ella es uno de los más ilustres residentes. Caigo en la cuenta de que la “habitación propia” antes que un espacio es un tiempo, el de la realización de la escritora; la dimensión de la escritura. Virginia Woof, Foto de Ottoline Morrell, 1926 Pero en Una habitación Woolf no sólo omite cualquier información acerca de las características de su estudio, tampoco hace mención a sus propios libros. ¿Es posible no percibir en el título “Una habitación propia” cierta ironía, siendo que el texto refiere explícitamente a “la enorme literatura de confesión y auto análisis” y al interés sobre la vida privada del artista que desde el siglo XVIII tiene lugar en Occidente en perfecta connivencia con la total indiferencia del mundo respecto de si el artista se realiza o se frustra? ¿Acaso la decepción que el título puede producir en un lector ingenuo no ha sido calculada? ¿No será que dicha decepción cumple la función de re-direccionar nuestra lectura? *** Virginia pertenece, en primera generación, a la era del psicoanálisis. Ella sabe que no hace falta decir “yo” para que la propia subjetividad aflore. Es más, ella sabe que no es posible ejercer el arte de la escritura sin el fluir de la propia subjetividad, subjetividad que uno ni maneja ni conoce más que a gatas, y cuyo fluir siempre conduce hacia un lugar en el cual el yo se pierde. No ignora que los personajes son en cierta forma el propio escritor, pero a la manera de los elementos que componen la escena de un sueño. Es claro que Woolf está advertida de que en relación al yo lo fundamental es distinguir sus camelos. No me privaré del placer de incluir respecto del yo y la escritura un par de citas jugosas: “Yo es sólo un término conveniente para alguien que no tiene existencia real”, “en la sombra de la letra ‘I’ –en inglés: yo- todo es amorfo como la niebla”. En otro pasaje se queja de que cuando la letra que representa al yo predomina en un texto su aridez la sume en el aburrimiento. (Curiosamente casi un siglo después existen todavía, en algunos rincones del planeta, “críticos literarios” que siguen confundiendo el yo con la subjetividad y proponen ideas tan absurdas como que sólo es posible decir la verdad cuando se enuncia en primera persona… Pero no quiero irme de tema.) *** ¿Es el autor algo ajeno a los personajes que va creando? ¿Podría ser el autor algo más que sus personajes sin convertirse en un personaje él mismo? ¿Podría convertirse a sí mismo en un personaje determinado sin perder la posibilidad de encarnar todos los otros personajes que su deseo le prometa? No lo parece. El autor sólo puede desarrollarse a partir de un núcleo vacío, o locus nascendi de cada elemento de su obra. Y ello es así no porque, como algunos fatalistas pretenden, en Occidente se ha dicho ya todo cuanto era posible decir, sino que la propia posibilidad de decir, oralmente o por escrito, depende de la capacidad del artista para mantenerse abierto, inacabado, ignorante y deseoso respecto de lo que le falta. También conviene al autor permanecer, dentro de lo posible, al margen de las formas en que sus libros pueden ser leídos, ya que sus obras tienen un destino propio e independiente. Me doy nuevamente el gusto de citar a Woolf sobre el poder de sugestión de las obras literarias: ”cuando uno acoge en su mente una frase de Coleridge ella explota y da nacimiento a todo tipo de ideas nuevas, y ésta es la única clase de escritura acerca de la cual es posible decir que lleva el secreto de la vida perpetua”. *** *** *** Las citas son de mi traducción. Sobre la vida y obra de Virginia Woolf contamos en español con el monumental libro de Irene Chikiar Bauer: Virginia Woolf. La vida por escrito.
- Comentario de "Interludio, interlunio", de Lissardi, en Contratapas Podcast
Contratapas Podcast es un podcast literario conducido por Florencia Puddington, Magalí Habermann y Yamid Zuluaga. https://player.fm/series/contratapas-podcast/ep-60-interludio-interlunio
- La naturaleza y los faunos. E. Lissardi hacia la monstruosidad del deseo - F. Gelman Constantin
Figuras y saberes de lo monstruoso, autores varios, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 2016. Referencias a Lissardi en el prólogo y capítulo dedicado al análisis de su obra, "La naturaleza y los faunos. Ercole Lissardi hacia la monstruosidad del deseo", por Francisco Gelman Constantin, de página 206 a página 214: https://drive.google.com/file/d/1DXKUSKfy7fI7FPglUuHL6uzku7MWkkf8/view?usp=sharing
- Entrevista a Amir Hamed, por Ercole Lissardi
Para la revista Katatay de La Plata, junio de 2005. De página 72 a página 77: https://drive.google.com/file/d/13vqV_Cc8XBXPwhZSDxxn2R5-3D1w02gC/view?usp=sharing
- Ana Grynbaum – La psicología del violador en “El monje” de Matthew G. Lewis
Entre los aspectos que me fascinaron de “El monje”, novela escrita por el inglés Matthew G. Lewis en 1794 (mi edición es la de Bruguera, 1979), se encuentra la pormenorizada descripción de la psicología de su protagonista en tanto violador. Lo más sorprendente es el alto grado en que dicha descripción coincide con lo que hoy se entiende como psicología del violador. El deseo de Ambrosio Ambrosio, el corrompido monje madrileño que protagoniza el libro, decide conseguir los favores sexuales de una de sus feligresas, Antonia, a como dé lugar. A pesar de la fuerte simpatía que éste despierta en la muchacha ella no está dispuesta a concederle los favores requeridos. Dos intentos de violación anteceden a la consumación del acto, en uno de ellos Ambrosio asesina a Elvira, la madre de Antonia, quien se interpone en la consecución de su propósito. La violación de Antonia no sólo comporta un acto de violencia en sí mismo sino también el repudio y la exclusión social de la víctima. Para la sociedad católica de la época la pérdida de la virginidad por fuera del matrimonio, incluso si el desvirgamiento no es consentido, conduce al estigma. Sin miramientos hacia la persona de Antonia, Ambrosio no desea otra cosa que el acto único de la ruptura del himen. Placer del que pretende gozar sin perder un ápice de sus privilegios clericales. Por una telita A diferencia de su protagonista, el autor del libro no parece estar interesado en el desvirgamiento de las varias doncellas que corren dicha suerte a lo largo del relato. Cuando narra las escenas de pérdida de la virginidad ni siquiera menciona la famosa mancha de sangre como prueba del sacrificio, tan recurrente en la imaginación occidental. Pero Ambrosio, el monje, empujado por su deseo, y el sentimiento de poder omnímodo que su jerarquía le da, busca activamente “destruir el honor de Antonia (p. 349)” como forma de enfrentar el tabú de la virginidad y encontrar allí su goce. No lo detienen todos los peligros que debe enfrentar ni los costos que habrá de pagar, aquí en la Tierra como en el Cielo, por ese instante de placer. No sólo carga con el asesinato de Elvira, también recurre a la magia para –a la manera de Romeo y Julieta- dormir a la muchacha y pasarla por muerta a los efectos de luego desenterrarla en secreto y hacer con ella a su antojo. Por las buenas o por las malas Las intrigas del monje le permiten encontrarse a solas con Antonia en la cripta del convento de Santa Clara en Madrid. El lugar es una mazmorra llena de restos humanos en estado de putrefacción, pero eso no disminuye en lo más mínimo su excitación. Ambrosio intenta en primer lugar seducir a Antonia para que ésta le entregue voluntariamente su cuerpo. Su proposición no acepta más que un sí, que no obtiene. La violencia está implicada ya en el intento de seducción, que por su carácter de imposición se convierte en acoso. Encerrados bajo tierra Ambrosio esgrime sus argumentos para tratar de convencer, es decir: forzar, a la muchacha. “Serenaos, Antonia. De nada vale la resistencia, y no reprimiré más tiempo la pasión que siento por vos. Se os tiene por muerta: la sociedad os ha perdido para siempre. (…) Nadie nos ve. Nuestros amores pueden ser secretos para todo el mundo. (…) ¿Puedo renunciar a estos miembros tan blancos, tan suaves, tan delicados; a estos pechos abundantes, redondos, llenos y elásticos; a estos labios repletos de tan inagotable dulzura? ¿Puedo renunciar a estos tesoros para que los goce otro? No, Antonia; ¡jamás, jamás! ¡Os lo juro por este beso, y éste! ¡Y éste! (p. 352)”. En vano Antonia suplica piedad y trata de evitar el embate de quien hasta un momento antes había sido su máximo referente de santidad. Ambrosio: “Insensible a sus lágrimas y gritos y súplicas, se fue posesionando gradualmente de su persona, y no desistió de su presa hasta que hubo consumado su crimen y deshonrado a Antonia (p. 353).” Post-coito Una vez que Ambrosio consigue su objetivo el juego ha terminado. “No bien hubo dado cumplimiento a sus designios, se estremeció ante los medios con los que los había llevado a efecto. El mismo exceso de su anterior ansiedad por poseer a Antonia, contribuyó ahora a aumentar su repugnancia (…) Aquella que hasta ese momento había sido objeto de su adoración, ahora no despertaba otro sentimiento en su corazón que el de aversión y de ira (p. 353).” Antonia intenta convencer a Ambrosio de que le permita salir de la mazmorra. La discusión que entonces mantiene con su violador deja en claro el nivel de conciencia que éste tiene respecto de su acto. El crimen se efectuó con absoluta premeditación y alevosía, ningún arrebato pasional es esgrimido por el autor como justificativo. Lo único que le importa ahora al perpetrador es salvar el pellejo. Ambrosio a Antonia: “¿Me vais a denunciar ante el mundo? ¿Me vais a acusar de hipócrita, violador, traidor, monstruo de crueldad, lujurioso e ingrato? ¡No, no, no! Sé muy bien el peso de mi delitos (p. 354)”. A continuación, de manera típica, el violador pretende arrojar la culpa sobre su víctima. “¿Qué me sedujo para cometer estos crímenes, cuyo solo recuerdo me hace estremecer? ¡Bruja fatal! ¿No ha sido vuestra belleza? ¿No habéis hundido mi alma en la infamia? ¿No me habéis convertido en un hipócrita perjuro, un violador, un asesino (p. 354)? (…) ¡Y seréis vos quien me acusará! ¡Seréis vos la causa de mi eterna agonía! (p. 355).” Ambrosio decide mantener a Antonia cautiva en la mazmorra, a pesar de que su deseo por ella ha sido completamente colmado, a los meros efectos de evitar el castigo. Antonia intenta negociar su liberación, ofrece callar lo sucedido e incluso abandonar Madrid para garantizar la impunidad del clérigo. Ambrosio se encuentra cavilando sobre esta oferta cuando su cómplice, Matilde, aparece en la cripta. Ella es una persona práctica, saca un puñal y avanza sobre Antonia. Ambrosio la detiene en nombre del daño que podría ocasionarle a él dicho asesinato. De paso trata de adjudicar a Matilde los crímenes que él ha cometido. De pronto el rumor de unas voces que se acercan hace que Antonia intente la fuga. El abad corre tras ella por oscuros túneles subterráneos y la alcanza. Ella grita pidiendo socorro y entonces él le hunde en el pecho la daga que Matilde le había proporcionado. La muerte no demora en recoger su cosecha. Lewis no dejará el crimen sin castigo. No le alcanzará con que la Inquisición juzgue a Ambrosio, torturándolo y sentenciándolo a perecer quemado en un auto de fe. El monje intentará un pacto con el Diablo, pero el Diablo no le da nada a cambio de su alma, inmediatamente lo tira de cabeza en los abismos infernales. Entonces y ahora En estos tiempos nuestros de cuestionamiento del patriarcado vale la pena revisar este texto de “El monje”, escrito hace 220 años por un señor inglés. Aunque más no sea para echar otra luz sobre la discusión acerca de la violencia sexual que no implique caer en los mismos atolladeros en que ésta suele atascarse en los Medios y las Redes. El hecho de que la psicología del violador aparezca descripta en los exactos términos en que hoy en día se la explica lleva a reforzar la idea del perfil del violador como un constructo enquistado en nuestra cultura. Comprenderle como una construcción cultural abre la posibilidad de su deconstrucción. Por otra parte, cabe preguntarse si la predilección que lleva a tantos hombres a acosar, abusar y violar jovencitas no es heredera de aquella vetusta idealización de la virginidad femenina. Ideal de la virginidad que en nuestra época de permisividad sexual compulsiva raramente osa llamarse por su nombre. *** *** *** Acerca del tema de la violación en la pantalla -ponele que- chica: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/1b4195d0/unbelievable-increible
- Ercole Lissardi - Vida del Deseo
Del Deseo puede decirse, como se dice del Espíritu Santo en las Escrituras, que “el viento sopla donde quiere”. Esto significa lisa y llanamente que, independientemente del gusto, la voluntad o la conciencia de los actores, cualquiera puede desear a cualquiera, y viceversa, cualquiera puede ser objeto del Deseo de cualquiera. ¿Qué la meteorología ha demostrado que el viento no sopla donde quiere sino donde puede? No importa, es sólo una metáfora que significa que, pobres humanos, estamos en manos de fuerzas –sea el Espíritu Santo, el viento, o el Deseo- cuyos designios, en el caso de que los tengan, los desconocemos. Egon Schiele, Haciendo el amor Lo cual no significa que no podamos especular al respecto. Remar y remar una y otra vez llenos de ilusión para llegar una y otra vez a la misma orilla no es poca cosa. Significa que no ha menguado nuestra voluntad de saber y que no hemos retrocedido ni un solo paso respecto del enclave desde el cual partimos a la aventura. Quede dicho: al deseo en tanto fuerza que nos lanza hacia alguien que nos parece portador de no sabríamos decir qué cosa, en la consecución de la cual nos va la vida y que no podríamos conseguir sino sabiéndonos dueños de ese alguien en cuerpo y alma, a ese deseo es necesario escribirlo con mayúscula (Deseo) para distinguirlo de cualquier otro deseo en cuanto no haya más específico término para nombrarlo. El enriquecimiento del lenguaje se produce, en primera instancia, encontrando palabras que satisfagan la necesidad de establecer diferencias entre las cosas. ¿Cómo obtener ese algo imprescindible que no sabemos qué es pero que nos impele irresistiblemente hacia esa persona y hacia ninguna otra? Imposible sin alguna forma de interacción profunda con esa persona. Si en lugar de imantarnos una persona nos imantaran unos metros cuadrados de terreno baldío, sabríamos qué hacer: cavaríamos hoyos, analizaríamos la composición del suelo, sembraríamos diversidad de semillas para ver si lo que crezca nos revela el misterio. Pero con una persona ¿qué se hace? En principio quedamos estupefactos, fascinados, sometidos a la misteriosa irradiación de su presencia, y comprendemos que la de esa persona –al margen de todos los códigos, cánones y estereotipos- es la belleza verdadera. La tal irradiación nos inmoviliza, nos hace sentir débiles e impotentes. Pero reaccionamos, es esencial reaccionar, estar a la altura del desafío, descifrarla, poseer su núcleo irradiador, mitigarlo para acceder a ese algo imprescindible que sólo esa persona lleva consigo y sin lo cual nada tiene sentido. ¿Qué hacer ante esa persona que durante años nos era indiferente y que de pronto lo es todo? ¿O, si se prefiere, ante esa persona que vemos por primera vez al cruzar la calle o al subir al ascensor y que de pronto, sin más, lo es todo? Podemos indagarla exhaustivamente, fotografiarla, pintarla, entrevistarla, interrogarla, seguirla, interceptar sus teléfonos, poner cámaras secretas en sus espacios, analizar lo que come y lo que caga, cablear su cerebro para saber de sus sueños, torturarla, drogarla, tocarla, manosearla hasta la náusea, cogerla, matarla, descuartizarla. Pero bueno, en fin… hay límites. La ley, las buenas costumbres limitan mucho nuestras opciones. De hecho no nos queda como opción respetable más que seducirla, y, a poco que el diálogo posible se atasque, cogerla, en la convicción de que en río revuelto ganancia de pescadores, o sea que, en el descontrol del orgasmo se hará visible, perceptible, alguna pista que nos conduzca a su secreto. Y el camino del orgasmo, como se sabe, es la seducción. Utilizando la fuerza no se consigue, garantizado, más que el orgasmo que en este caso no viene al caso: el propio. ¿Qué es seducir? Seducir es contagiar al otro con nuestro Deseo. ¿Es esto posible? Por cierto que no. El Deseo es intransferible. La convicción que lo dispara es intransferible. ¿Entonces? Seducir es fascinar al otro con la potencia, la certeza, la evidencia de nuestro Deseo. Lo que seduce es saberse único objeto de un Deseo verdadero –y no objeto de elección de unas necesidades fisiológicas, morbosas o sentimentales. Ser seducido es abrirse, entregarse al Deseo del otro. Sólo en esa medida ser seducido es contagiarse con el Deseo del otro. Abrirse para dejar que el otro se apropie de uno, se apropie y haga con uno lo que le dicte el Deseo. Y lo que el Deseo dicta es hurgar en busca de ese algo imprescindible que nos imanta. Pelar cuerpo y alma hasta que el fantasma comparezca. ¿Lo hará? ¿Comparecerá? Si. O no. ¿Por qué si, o por qué no? ¿Y cómo? No es verdad que el Deseo sea, por definición, irrealizable, inalcanzable. Pero es verdad que los modos en que se realiza no sólo son imprevisibles sino que son, además, inexplicables, inescrutables. El que realiza su Deseo puede no llegar a saber que lo hizo, o cómo. Es la diferencia más profunda entre Deseo y deseo. Y se trata de un evento sin testigos. Nadie hay allí que pueda explicarle al deseante o al deseado qué fue lo que pasó, ni cómo. Hay simplemente un momento a partir del cual el Deseo ya no está allí. Cesó. Ya no está allí ese algo imprescindible, sin que lleguemos a saber qué era. Lo hemos devorado en el acto mismo de devorar al otro. El arte es una de las vías para alcanzar ese instante en el que muerto el perro se acabó la rabia. Es para pocos. Los dotados. La contemplación en estado puro, totalmente absorta, santa, sin interferencia ni polución alguna, hasta disolver toda apariencia, es otra vía. También es para pocos. Y también está la sexualidad exaltada, hasta la embriaguez, hasta la locura, hasta el encarnizamiento, hasta no ser más que dos bestias feroces decididas a devorarse mutuamente. También así se llega, cogiendo hasta frotarse contra el puro hueso, contra la nada del Deseo. Cuando se experimenta la imantación es difícil comprender que el o la que nos imanta no es sino un médium, una apariencia, un camuflaje desde detrás del cual algo que se pretende imprescindible y sin lo cual no sabríamos completarnos, nos convoca y nos rehúye, nos provoca ansioso de arder en la hoguera de nuestra ansiedad. El Deseo muere, o se apaga, o se extingue sólo cuando se realiza, cuando finalmente, consciente o inconscientemente, hemos estado cara a cara con aquel provocador secreto que acabó con la paz de nuestras rutinas y nos lanzó vergonzosamente a acosar a un -o una- pobre médium. El Deseo no se extingue si no se realiza. La ansiedad puede superarnos, darnos temor, y entonces huimos, miramos a otro lado, nos apartamos del imán hasta olvidarlo. O puede hartarnos la estrechez del desfiladero, lo fino que hay que hilar para alcanzar lo que ya no nos parecerá sino una miserable epifanía, y entonces rechazamos airados toda la situación y la calificamos indigna de nuestro angustia. Existe también torturar la carne, vulnerarla, rajarla, quemarla hasta alcanzar el juramento -imposible de cumplir- de ya no provocar nuestro Deseo. Friéndonos en el aceite hirviente del Deseo, tragando a paladas la angustiada desazón de no saber cómo aplacarlo, estamos seguros de que es mejor, mucho mejor, no desear. ¿Es posible no desear? ¿O está en la naturaleza humana el padecer la imantación deseante, cosa que no sirve para nada más que para consumirse en ella? ¿Para qué está? ¿Para que la confundamos con el Amor o con las ganas de coger? ¿Es otra trampa, más refinada esta, para que cumplamos, así sea por accidente, con nuestro deber de reproducirnos? Lo que es cierto es que está en nuestras capacidades la de rechazarla, apartarla de una vez y para siempre de nuestros efímeros días. ¿Se gana algo deseando? ¿Entretenerse nomás? ¿Cuál sería el premio de desear, de hurgar en el otro hasta hacer saltar como a una chinche a ese algo del que ni siquiera sabremos que lo hemos alcanzado con nuestra Varita de Tocar y convertir en Nada? Egon Schiele, Amantes ¿Hace este escrito honor a lo que lo ha suscitado, a eso que me domina cada vez que me acerco a ella, fingiendo mera amistad, decente y distante, que es lo que nuestros roles de padres y vecinos nos permiten? ¿Qué de esta dulce deriva que me invita a acercarme para oler su cabello siempre recién teñido, impecablemente recogido en moño? ¿Qué de este imaginario lamer las arrugas de su rostro, con toda la lengua, como un gran perro San Bernardo? ¿Qué hacer con esta su mirada interrogadora y risueña, segura de sí con que me honra ¡ay! demasiado a menudo? ¿Y con esta casi irresistible necesidad de rodear su cuerpo delgado y enérgico como mis brazos de oso, para abrazarla como quien abraza la Gloria o el sentido de la vida? ¿Y con esta locura, que sólo puede surgir cuando embotado ya ni pienso claramente, de apoyar la palma de mi mano sobre el promontorio que bajo la tela de sus jeans invita a la ceremonia de los dedos?
- «No» d’Ercole Lissardi, par Antonio Borrell
Ercole Lissardi est le pseudonyme d’un auteur discret, qui serait né à Montevideo en 1951, et qui a commencé sa carrière littéraire en essayant de se faire passer pour déjà mort. C’est pour le publier lui, et deux ou trois autres (Felipe Polleri, Rafael Courtoisie), que le jeune éditeur Martin Fernandez s’est lancé dans l’aventure HUM en 2007. Lissardi publiait depuis 1994 (notamment chez Fin de Siglo), après avoir longtemps vécu au Mexique pendant les années de dictature en Uruguay. Son œuvre littéraire est centrée sur l’érotisme, (parfois taxé de pornographie, ce dont il se défend) à travers des textes courts, dépouillés et très denses. Il est également publié en Argentine et au Mexique. En tout plus de 25 ouvrages dont, chez HUM : Los secretos de Romina Lucas (HUM, 2007), Horas-puente (HUM, 2007), Ulisa (HUM, 2008), Una como ninguna (HUM, 2008), La vida en el espejo (HUM, 2009), No (HUM, 2010), La bestia (HUM, 2010). Une bande joueurs médiocres se retrouvent dans un club de tennis de Montevideo. Liés par une amitié superficielle, ils se connaissent à peine en dehors. Le narrateur est l’un d’eux. Juan José Delmònico, alias Jotajota en est un autre : ne payant pas de mine, il passe pour un minable aux yeux des autres. Pourtant, un jour, au retour d’un séjour en Espagne, il invite ses amis chez lui. Ils découvrent son appartement somptueux dans un quartier chic, et sa jeune épouse, la superbe Helena. Pour le narrateur c’est le coup de foudre, et elle semble y répondre. Commence alors une relation perverse de domination et soumission, très cérébrale, car elle ne lui accorde jamais plus qu’une rapide masturbation, sans rien dévoiler de son propre corps, et toujours dans des lieux et des moments où ils risquent d’être surpris. Malgré toutes les tentatives de l’homme pour « aller plus loin », elle ne cède jamais, et ne lui laisse aucun espoir de « mettre fin à son pénible supplice ». Croyant parvenir à ses fins par la ruse, ce narrateur va se rapprocher encore plus du mari, en se faisant passer pour homosexuel pour ne pas éveiller sa jalousie, et en devenant son indispensable partenaire au tennis : la paire devient la meilleure du groupe. Même en devenant un peu plus intime du couple, il n’obtient jamais rien de plus d’Helena que ce qu’elle est déjà disposée à lui accorder. Petit à petit, le piège va se refermer… On pense inévitablement à « La femme et le pantin » de Pierre Louÿs, mais la situation est différente, car Helena ne promet jamais rien, ne donne pas de faux espoirs. C’est lui qui se piège lui-même, et n’arrive plus à s’échapper. Le lecteur aussi se fait piéger par une écriture efficace, sans aucun mot de trop, un ton sarcastique et sans pitié. C’est du grand art ! No, Editorial HUM, Montevideo, 2010, 90 pages. ISBN : 978-9974-687-44-8 (Tomado de: http://lettrestrapiche.canalblog.com/archives/2021/05/08/)
- Soy heredera de un escritor fracasado, Ana Grynbaum para Mundos íntimos, diario Clarín
Cuando era chica, él gran lector y pequeño comerciante le hablaba de tramas de libros y de óperas. También de cómo le hubiera gustado ser escritor. Nunca lo intentó, pero ese no haber podido o no haber querido influyó silenciosamente en su hija: ella debía hacerlo. Hoy es una autora reconocida. Foto de Pablo Bielli Hay quien hereda el comercio de su padre, o incluso el bufet de su abuelo, y sólo debe rendir los exámenes necesarios para ponerse al frente y navegar con viento en popa. Pero también están los que heredan de su padre las frustraciones y, como los salmones, deben nadar contra la corriente. Porque las frustraciones heredadas son imperiosas deudas que no caducan. La única apuesta válida es la de revertirlas, convertir esos fracasos en logros, realizarse allí donde los deseos más profundos del progenitor naufragaron. Dicha operación es una forma particular de resiliencia. Pero, en estos casos, la corriente contra la cual se navega constituye, más que un obstáculo, el impulso fundamental, que si falta, como sucede con el velero sin viento de La línea de sombra de Conrad, no es posible avanzar. Entre mis primeros recuerdos está la biblioteca de mi padre, una habitación destinada a ser su estudio, para la cual había mandado hacer muebles a medida y donde había colocado cuidadosamente cada libro y cada adorno, pero a la que, una vez montada, no habitaría más que muy excepcionalmente. Lo recuerdo en su sillón de la biblioteca especialmente cuando se enojaba con mi madre y recluirse en su biblioteca le servía como excusa para hundirse en profundos silencios de lectura o en las óperas de Verdi. Por mi parte, yo lo imitaba sin necesidad de excusa, me gustaba ocupar su sillón y escuchar el disco de Titanes en el Ring. Tras la muerte de mi padre, en 2012, su biblioteca se ha conservado casi como él la dejara, pero ya definitivamente abandonada, y acusando múltiple recibo de su ausencia. Sólo la visitamos, a veces, mi hijo, mi marido o yo, en busca de algún libro que haya sobrevivido al paso del tiempo, o buscando algo que no sé lo que es, pero que allí encuentro. La biblioteca sigue teniendo las mismas cuatro paredes tapizadas de libros, el tocadiscos Winco y la colección de long plays y discos de pasta, de los más variados géneros, el barcito para una eventual copa en las tardes frías, el encendedor de pipas con cara de viejo marino y el globo terráqueo antiguo y su brújula al pie, delante de la ventana que da al jardín. En el medio de la habitación, como un trono, sigue estando el escritorio de mi padre, y sobre él varios posalápices llenos de lapiceras con la tinta seca, y papeles que amarillearon esperando al escritor que nunca llegó, como una novia momificada. Sin embargo, ese mausoleo vacío no fue del todo yermo, porque el escritor finalmente acudió a la cita, ya que es imposible evitar a los convidados de piedra. El escritor no encarnó en el cuerpo de mi padre, sino en el mío, su única hija. Pero si bien el escritorio de mi padre permaneció, como tal, intacto, los libros no corrieron la misma suerte: mi padre los leyó casi todos, aunque no en el ámbito de su biblioteca. Pasaba larguísimas horas acostado en la cama leyendo, transportado, ausente, feliz. Era como si levitara. A menudo ni se daba cuenta de que yo estaba ahí, mirándolo leer, fascinada, percibiendo la enorme distancia que tomaba de todo cuanto lo rodeaba. Lo contemplaba en su ascenso hacia una dimensión de las cosas que, siendo pequeña todavía no conocía, pero adivinaba apasionante y misteriosa. Tal vez quise volverme escritora para que mi padre leyera mis libros, para encontrarme con él en ese reino lejano al que él huía siempre que le era posible, para conquistar aquellas tierras hospitalarias e ilimitadas. Casi en contraposición con la biblioteca guardo el recuerdo de un verano en la playa, en la Barra del Chuy, cuando ya tendría unos diez años. Era una playa ancha, sin principio ni fin, en el cielo enorme las nubes dibujaban todo tipo de figuras, la arena exhibía una vasta colección de huesos de aves marinas. No había nadie excepto mi padre y yo –al menos en mi recuerdo–. Estábamos como dentro de un libro. Caminábamos por la orilla y él me relataba los argumentos de sus óperas favoritas. Reconocía que eran unos melodramas de muy dudoso gusto, pero igual se deleitaba en el acto de narrar las desgracias y equívocos de sus personajes. La infeliz dama de las camelias, de alma pura a pesar de toda la disipación de su cuerpo, además roído por la tuberculosis, era, por lo general, su prima donna. Cuando contaba los argumentos de las óperas, y de sus libros y películas favoritas, mi padre se iluminaba de una manera especial, se convertía en otra persona, mucho más elevada y poética que el pequeño comerciante que era en la vida real, y que él mismo despreciaba. En esos momentos en que crecía a través del relato yo era su único público, yo sola reunía en mí a la humanidad entera. Habitábamos, pareja perfecta, en un paréntesis dentro del tiempo. En la playa gigante, rodeados de brillantes espectros. El mismo estado del espíritu alcanzo, hoy en día, cada vez que zarpo en la lectura y en la escritura. Aquel verano en el balneario leí un librito llamado Aquí cien años de raros, que tenía un fragmento de Maldoror –ese mismo volumen se encuentra ahora en la biblioteca de mi casa, porque los libros, como las cartas, llegan a destino–. Seguro que en mi primera lectura entendí muy poco al Conde de Lautréamont, pero eso no impidió que su texto interviniera decisivamente en la construcción de mi deseo de escribir, en esa visión de la literatura como otro mundo, un lugar sugestivo, donde todo es posible y hasta lo doloroso puede volverse bello. Comprendí que la creación de otros universos, que la literatura posibilita, permite mejorar la realidad, y, sobre todo, volverla muchísimo más soportable. Y si no cambia la cárcel del presente, al menos la anula por un lapso, da un respiro, una alternativa, no menos válida por estar condenada a desaparecer, puesto que podemos traerla de regreso. El verdadero infierno consiste en no tener cómo huir del presente cuando el presente se vuelve invivible. En aquel tiempo comencé a intuir estas cosas y despertó en mí el inconfesable deseo de crear un paraíso de palabras donde atrapar a mi huidizo padre. Años más tarde, cuando mi padre decidió jubilarse, me ofreció su empresa. Oferta que, sin pensar dos veces, rechacé, porque mis padres me habían transmitido –sin saberlo– su menosprecio del comercio como actividad. Por entonces, ya me estaba formando como psicoanalista, ocupación con la cual –aunque lo ignoraba– cumplía a mi manera, el mandato de ejercer una “profesión liberal”, como mis padres deseaban para su hija. Además, aunque todavía no había empezado a publicar, ya había recibido de mi padre la herencia que verdaderamente necesitaba. Cuando publiqué mi primer libro, Bitácora de una persecución amorosa, omití cuidadosamente comunicárselo a mis padres; como si estuviera violando un tabú, actué en forma clandestina. Sin embargo, ni se me ocurrió firmarlo con otro nombre que el de mi documento de identidad, y de la existencia de aquel primer librito mis padres se enteraron por la prensa. No lo había previsto, la salida del libro había coincidido –casualmente– con el nacimiento de mi hijo y estaba demasiado ocupada en mi bebé como para especular acerca de los destinos del opúsculo. Al enterarse de la publicación mis padres, extrañamente, no se enojaron, sino que se alegraron mucho. A medida que fui publicando nuevos libros se los llevaba en seguida. Mi padre hacía tiempo que no era el lector que había sido: como tantos ancianos, había cambiado los libros por el televisor. Trataba de contarme los programas que veía en la tele, sin mayor éxito. Yo tampoco era, desde hacía mucho, su público cautivo. En cuanto a mis libros, sé que no leyó todos los que publiqué antes de su muerte. Respecto de La cultura masoquista me dijo: Te deseo mucha suerte, pero el tema del masoquismo a mí no me interesa. Le habrán gustado realmente uno o dos de mis libros. Sé que disfrutó de Calidad bajo sospecha porque es una novela policial –su género favorito–. De todas maneras, por entonces, yo ya no escribía para él.¿Por qué, en verdad, mi padre no escribió? Sólo puedo imaginar la respuesta. Ahora pienso que la idea de ser escritor era para él una mera fantasía, la fantasía de un lector entusiasta. Creo que se quejaba por no haber escrito a la manera de los que se quejan por no ganar la lotería, y fantasean con las maravillas que podrían haber obtenido, sin comprar nunca un billete. Seguramente que mi vocación parte de un equívoco, me tomé sus fantasías tan a pecho que las terminé convirtiendo en realidad. Pero de equívocos y de fantasías estamos hechos los humanos. Por eso, además del placer que me produce, hay momentos en que la escritura me hunde en una sensación de imposibilidad que viene de lejos, de una vida anterior a la mía, y el acto de escribir se convierte, en un acto de heroísmo. En mi derrotero como escritora, debo atravesar al fantasma del escritor fracasado cada vez que me sale al cruce, como un salteador de caminos; debo asesinarlo toda vez que renace y saltar por encima de su cadáver para seguir adelante. Escribir es, para mí, un acto que encierra una contradicción que oficia como motor para la producción de mis textos. Por un lado cumplo el deseo de escritura de mi padre, pero, al mismo tiempo, traiciono la memoria del escritor abortado, usurpo su lugar, robo el botín que él nunca pudo conseguir. Paradójicamente, despojo a mi padre de lo que él nunca tuvo. Será por este carácter épico que tiene para mí el ejercicio de la escritura que, en cada proyecto literario, debo desobedecer algún mandato, necesito ir a contrapelo de alguna prohibición. Pero quiero dejar en claro que no es mi culpa, que no lo hago de rebelde. Para realizarme como escritora, en cada libro tengo que asumir algún tipo de desafío, cumplir alguna tarea que parezca difícil –o estimulante–. Abordar un tema cargado de prejuicios, como el de las prácticas masoquistas en la actualidad, o desafiar mi propio coraje para decir cosas que el lector pueda aceptar o rechazar, pero que no lo dejen indiferente. Enfrentando obstáculos es como me apropio de la herencia del escritor fracasado, demostrando que no hay excusas válidas cuando uno quiere verdaderamente realizar su vocación. *** Escribí este texto especialmente para Mundos íntimos, sin embargo, es como si el testimonio que contiene hubiese sido elaborado mucho antes y hubiera permanecido al acecho, invisible pero firme, sobre uno de los anaqueles de la biblioteca de mi infancia, esperando el momento justo para dar el salto. (https://www.clarin.com/sociedad/Mundos-intimos-heredera-escritor-fracasado_0_NJrSPeWyb.html) (9/4/2016)
- Reseña de "Bitácora de una persecución amorosa" por Alfredo Fressia para El país cultural
Narrativa de Ana Grynbaum, La escritura o la nada La edición de esta nouvelle no trae ninguna información sobre la autora. El lector ignora por ejemplo en qué generación se debe ubicar a la escritora o si ésta es su primera narrativa ficcional. Buscando en Internet se accede sin embargo a algunas informaciones. A saber, Grynbaum es licenciada en Psicología por la Universidad de la República, participa desde 1999 de seminarios, talleres y jornadas de Ia Ecole Lacanienne de Psychanalyse, se desempaña como psicoanalista y es autora de un texto (psicocrítico, sobre la obra de Kafka) denominado "Del cuerpo paciente a la máquina de vengar". Un último detalle: participó de jornadas significativamente llamadas "De qué hablamos cuando hablamos de amor". Es evidente que el laconismo editorial responde a una decisión autoral. Es probable que Grynbaum haya recelado que, confrontado al currículum de la autora, el lector, casi intimidado, redujera su nouyelle a una lectura "psi" y a thése, es decir, como la de un texto destinado a exponer la ideología de una escuela analítica. Si esta hipótesis es correcta, se puede adelantar que la opción por el laconismo fue prudente, vistos los excesos de cierta crítica lacaniana popularizada, y que también fue adecuada al principio de autonomía que constituye la naturaleza misma de la lectura. Mencionada como texto desde el título ("bitácora"), la nouvelle tiene como tema a la propia escritura. Una primera persona femenina va narrando el asedio "amoroso" de que es objeto en un texto que comenta su naturaleza de escritura: "Si escribo este relato es porque no llego a comprender cómo se descompuso tan abismalmente nuestro promitente hogar feliz" (p. 33), "Porque necesito rescatar cosas de lo no dicho es que estoy escribiendo ahora" (p. 54), "No habré terminado con el relato -que de todos modos no iba a ninguna parte- él terminará conmigo" (p. 94). Antes de la persecución, la narradora existía ajena a la escritura: "vivía en un territorio cuadriculado de casilleros a llenar -llámense lunes, martes, 7.30, 14.45, levantarse, acostarse, tomar el ómnibus, subir al despacho 15, etc" (p. 39). Es imposible no pensar en otras mujeres, también creadas por escritoras, y especialmente en Le ravissement de Lol V. Stein (1964) de Marguerite Duras, la novela en la que Jacques Lacan decía en-contrar lo que el conjunto de su teoría ya no podía decir, y A Paixao segundo GH. (también de 1964) de Clarice Lispector. Tanto en la novela de Duras como en la de Lispector, las protagonistas están siempre al borde de la nada", un anonadamiento que puede ser el "vivir entre paréntesis” de G.H. o el recurso al orden de la vida cotidiana como método de supervivencia ( "la puntualidad, el orden, el sueño'). Y si la narradora de Grynbaum literalmente corta partes de su cuerpo en pedazos, las otras ritualizan el corte con el de su nombre: las iniciales de "G H." y la transformación de Lola Valerie Stein en "Lol V.". "No es cierto que la nada no exista. Es posible vivir en ella; habitar un contorno desdibujado" (p. 4l), dice la heroína de esta Bitácora. Sin duda la tensión del texto de Grynbaum surge de la coexistencia de esa mujer tentada por la nada, acosada, literalmente apresada por su amante y elegido marido, y el texto del que ella es titular, vital, activo, destinado a entender, y que va más allá del mero diario íntimo. La escritura es aquí la activa parte de ser en el vacío de la nada, un cuaderno de bitácora, es decir el "libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación", según la definición que la Academia Española da de ese cuaderno. Novela del imposible "ser, y no padecer historia", más bien transformado en la "historia de escribir", este texto instigador podía haber evitado el recurso manido de transformar el "casada" en "cazada" (p. 44), incluso porque una de las calidades del relato reside en no pretender ser mimético. Situado en Montevideo, tal vez durante la crisis de 2002, el texto de Grynbaum evita el documento psicoanalítico, casi privado, y permanece en la memoria del lector, tenso como el dolor cuando se transfigura en real literatura, radicalmente universal. BITÁCORA DE UNA PERSECUCIÓN AMOROSA, de Ana Grynbaum. Artefato, 2005, Montevideo, 95 pp. (4/8/2006)











