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254 resultados encontrados
- Comentario de "Interludio, interlunio", de Lissardi, en Contratapas Podcast
Contratapas Podcast es un podcast literario conducido por Florencia Puddington, Magalí Habermann y Yamid Zuluaga. https://player.fm/series/contratapas-podcast/ep-60-interludio-interlunio
- La naturaleza y los faunos. E. Lissardi hacia la monstruosidad del deseo - F. Gelman Constantin
Figuras y saberes de lo monstruoso, autores varios, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 2016. Referencias a Lissardi en el prólogo y capítulo dedicado al análisis de su obra, "La naturaleza y los faunos. Ercole Lissardi hacia la monstruosidad del deseo", por Francisco Gelman Constantin, de página 206 a página 214: https://drive.google.com/file/d/1DXKUSKfy7fI7FPglUuHL6uzku7MWkkf8/view?usp=sharing
- Entrevista a Amir Hamed, por Ercole Lissardi
Para la revista Katatay de La Plata, junio de 2005. De página 72 a página 77: https://drive.google.com/file/d/13vqV_Cc8XBXPwhZSDxxn2R5-3D1w02gC/view?usp=sharing
- Ana Grynbaum – La psicología del violador en “El monje” de Matthew G. Lewis
Entre los aspectos que me fascinaron de “El monje”, novela escrita por el inglés Matthew G. Lewis en 1794 (mi edición es la de Bruguera, 1979), se encuentra la pormenorizada descripción de la psicología de su protagonista en tanto violador. Lo más sorprendente es el alto grado en que dicha descripción coincide con lo que hoy se entiende como psicología del violador. El deseo de Ambrosio Ambrosio, el corrompido monje madrileño que protagoniza el libro, decide conseguir los favores sexuales de una de sus feligresas, Antonia, a como dé lugar. A pesar de la fuerte simpatía que éste despierta en la muchacha ella no está dispuesta a concederle los favores requeridos. Dos intentos de violación anteceden a la consumación del acto, en uno de ellos Ambrosio asesina a Elvira, la madre de Antonia, quien se interpone en la consecución de su propósito. La violación de Antonia no sólo comporta un acto de violencia en sí mismo sino también el repudio y la exclusión social de la víctima. Para la sociedad católica de la época la pérdida de la virginidad por fuera del matrimonio, incluso si el desvirgamiento no es consentido, conduce al estigma. Sin miramientos hacia la persona de Antonia, Ambrosio no desea otra cosa que el acto único de la ruptura del himen. Placer del que pretende gozar sin perder un ápice de sus privilegios clericales. Por una telita A diferencia de su protagonista, el autor del libro no parece estar interesado en el desvirgamiento de las varias doncellas que corren dicha suerte a lo largo del relato. Cuando narra las escenas de pérdida de la virginidad ni siquiera menciona la famosa mancha de sangre como prueba del sacrificio, tan recurrente en la imaginación occidental. Pero Ambrosio, el monje, empujado por su deseo, y el sentimiento de poder omnímodo que su jerarquía le da, busca activamente “destruir el honor de Antonia (p. 349)” como forma de enfrentar el tabú de la virginidad y encontrar allí su goce. No lo detienen todos los peligros que debe enfrentar ni los costos que habrá de pagar, aquí en la Tierra como en el Cielo, por ese instante de placer. No sólo carga con el asesinato de Elvira, también recurre a la magia para –a la manera de Romeo y Julieta- dormir a la muchacha y pasarla por muerta a los efectos de luego desenterrarla en secreto y hacer con ella a su antojo. Por las buenas o por las malas Las intrigas del monje le permiten encontrarse a solas con Antonia en la cripta del convento de Santa Clara en Madrid. El lugar es una mazmorra llena de restos humanos en estado de putrefacción, pero eso no disminuye en lo más mínimo su excitación. Ambrosio intenta en primer lugar seducir a Antonia para que ésta le entregue voluntariamente su cuerpo. Su proposición no acepta más que un sí, que no obtiene. La violencia está implicada ya en el intento de seducción, que por su carácter de imposición se convierte en acoso. Encerrados bajo tierra Ambrosio esgrime sus argumentos para tratar de convencer, es decir: forzar, a la muchacha. “Serenaos, Antonia. De nada vale la resistencia, y no reprimiré más tiempo la pasión que siento por vos. Se os tiene por muerta: la sociedad os ha perdido para siempre. (…) Nadie nos ve. Nuestros amores pueden ser secretos para todo el mundo. (…) ¿Puedo renunciar a estos miembros tan blancos, tan suaves, tan delicados; a estos pechos abundantes, redondos, llenos y elásticos; a estos labios repletos de tan inagotable dulzura? ¿Puedo renunciar a estos tesoros para que los goce otro? No, Antonia; ¡jamás, jamás! ¡Os lo juro por este beso, y éste! ¡Y éste! (p. 352)”. En vano Antonia suplica piedad y trata de evitar el embate de quien hasta un momento antes había sido su máximo referente de santidad. Ambrosio: “Insensible a sus lágrimas y gritos y súplicas, se fue posesionando gradualmente de su persona, y no desistió de su presa hasta que hubo consumado su crimen y deshonrado a Antonia (p. 353).” Post-coito Una vez que Ambrosio consigue su objetivo el juego ha terminado. “No bien hubo dado cumplimiento a sus designios, se estremeció ante los medios con los que los había llevado a efecto. El mismo exceso de su anterior ansiedad por poseer a Antonia, contribuyó ahora a aumentar su repugnancia (…) Aquella que hasta ese momento había sido objeto de su adoración, ahora no despertaba otro sentimiento en su corazón que el de aversión y de ira (p. 353).” Antonia intenta convencer a Ambrosio de que le permita salir de la mazmorra. La discusión que entonces mantiene con su violador deja en claro el nivel de conciencia que éste tiene respecto de su acto. El crimen se efectuó con absoluta premeditación y alevosía, ningún arrebato pasional es esgrimido por el autor como justificativo. Lo único que le importa ahora al perpetrador es salvar el pellejo. Ambrosio a Antonia: “¿Me vais a denunciar ante el mundo? ¿Me vais a acusar de hipócrita, violador, traidor, monstruo de crueldad, lujurioso e ingrato? ¡No, no, no! Sé muy bien el peso de mi delitos (p. 354)”. A continuación, de manera típica, el violador pretende arrojar la culpa sobre su víctima. “¿Qué me sedujo para cometer estos crímenes, cuyo solo recuerdo me hace estremecer? ¡Bruja fatal! ¿No ha sido vuestra belleza? ¿No habéis hundido mi alma en la infamia? ¿No me habéis convertido en un hipócrita perjuro, un violador, un asesino (p. 354)? (…) ¡Y seréis vos quien me acusará! ¡Seréis vos la causa de mi eterna agonía! (p. 355).” Ambrosio decide mantener a Antonia cautiva en la mazmorra, a pesar de que su deseo por ella ha sido completamente colmado, a los meros efectos de evitar el castigo. Antonia intenta negociar su liberación, ofrece callar lo sucedido e incluso abandonar Madrid para garantizar la impunidad del clérigo. Ambrosio se encuentra cavilando sobre esta oferta cuando su cómplice, Matilde, aparece en la cripta. Ella es una persona práctica, saca un puñal y avanza sobre Antonia. Ambrosio la detiene en nombre del daño que podría ocasionarle a él dicho asesinato. De paso trata de adjudicar a Matilde los crímenes que él ha cometido. De pronto el rumor de unas voces que se acercan hace que Antonia intente la fuga. El abad corre tras ella por oscuros túneles subterráneos y la alcanza. Ella grita pidiendo socorro y entonces él le hunde en el pecho la daga que Matilde le había proporcionado. La muerte no demora en recoger su cosecha. Lewis no dejará el crimen sin castigo. No le alcanzará con que la Inquisición juzgue a Ambrosio, torturándolo y sentenciándolo a perecer quemado en un auto de fe. El monje intentará un pacto con el Diablo, pero el Diablo no le da nada a cambio de su alma, inmediatamente lo tira de cabeza en los abismos infernales. Entonces y ahora En estos tiempos nuestros de cuestionamiento del patriarcado vale la pena revisar este texto de “El monje”, escrito hace 220 años por un señor inglés. Aunque más no sea para echar otra luz sobre la discusión acerca de la violencia sexual que no implique caer en los mismos atolladeros en que ésta suele atascarse en los Medios y las Redes. El hecho de que la psicología del violador aparezca descripta en los exactos términos en que hoy en día se la explica lleva a reforzar la idea del perfil del violador como un constructo enquistado en nuestra cultura. Comprenderle como una construcción cultural abre la posibilidad de su deconstrucción. Por otra parte, cabe preguntarse si la predilección que lleva a tantos hombres a acosar, abusar y violar jovencitas no es heredera de aquella vetusta idealización de la virginidad femenina. Ideal de la virginidad que en nuestra época de permisividad sexual compulsiva raramente osa llamarse por su nombre. *** *** *** Acerca del tema de la violación en la pantalla -ponele que- chica: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/1b4195d0/unbelievable-increible
- Ercole Lissardi - Vida del Deseo
Del Deseo puede decirse, como se dice del Espíritu Santo en las Escrituras, que “el viento sopla donde quiere”. Esto significa lisa y llanamente que, independientemente del gusto, la voluntad o la conciencia de los actores, cualquiera puede desear a cualquiera, y viceversa, cualquiera puede ser objeto del Deseo de cualquiera. ¿Qué la meteorología ha demostrado que el viento no sopla donde quiere sino donde puede? No importa, es sólo una metáfora que significa que, pobres humanos, estamos en manos de fuerzas –sea el Espíritu Santo, el viento, o el Deseo- cuyos designios, en el caso de que los tengan, los desconocemos. Egon Schiele, Haciendo el amor Lo cual no significa que no podamos especular al respecto. Remar y remar una y otra vez llenos de ilusión para llegar una y otra vez a la misma orilla no es poca cosa. Significa que no ha menguado nuestra voluntad de saber y que no hemos retrocedido ni un solo paso respecto del enclave desde el cual partimos a la aventura. Quede dicho: al deseo en tanto fuerza que nos lanza hacia alguien que nos parece portador de no sabríamos decir qué cosa, en la consecución de la cual nos va la vida y que no podríamos conseguir sino sabiéndonos dueños de ese alguien en cuerpo y alma, a ese deseo es necesario escribirlo con mayúscula (Deseo) para distinguirlo de cualquier otro deseo en cuanto no haya más específico término para nombrarlo. El enriquecimiento del lenguaje se produce, en primera instancia, encontrando palabras que satisfagan la necesidad de establecer diferencias entre las cosas. ¿Cómo obtener ese algo imprescindible que no sabemos qué es pero que nos impele irresistiblemente hacia esa persona y hacia ninguna otra? Imposible sin alguna forma de interacción profunda con esa persona. Si en lugar de imantarnos una persona nos imantaran unos metros cuadrados de terreno baldío, sabríamos qué hacer: cavaríamos hoyos, analizaríamos la composición del suelo, sembraríamos diversidad de semillas para ver si lo que crezca nos revela el misterio. Pero con una persona ¿qué se hace? En principio quedamos estupefactos, fascinados, sometidos a la misteriosa irradiación de su presencia, y comprendemos que la de esa persona –al margen de todos los códigos, cánones y estereotipos- es la belleza verdadera. La tal irradiación nos inmoviliza, nos hace sentir débiles e impotentes. Pero reaccionamos, es esencial reaccionar, estar a la altura del desafío, descifrarla, poseer su núcleo irradiador, mitigarlo para acceder a ese algo imprescindible que sólo esa persona lleva consigo y sin lo cual nada tiene sentido. ¿Qué hacer ante esa persona que durante años nos era indiferente y que de pronto lo es todo? ¿O, si se prefiere, ante esa persona que vemos por primera vez al cruzar la calle o al subir al ascensor y que de pronto, sin más, lo es todo? Podemos indagarla exhaustivamente, fotografiarla, pintarla, entrevistarla, interrogarla, seguirla, interceptar sus teléfonos, poner cámaras secretas en sus espacios, analizar lo que come y lo que caga, cablear su cerebro para saber de sus sueños, torturarla, drogarla, tocarla, manosearla hasta la náusea, cogerla, matarla, descuartizarla. Pero bueno, en fin… hay límites. La ley, las buenas costumbres limitan mucho nuestras opciones. De hecho no nos queda como opción respetable más que seducirla, y, a poco que el diálogo posible se atasque, cogerla, en la convicción de que en río revuelto ganancia de pescadores, o sea que, en el descontrol del orgasmo se hará visible, perceptible, alguna pista que nos conduzca a su secreto. Y el camino del orgasmo, como se sabe, es la seducción. Utilizando la fuerza no se consigue, garantizado, más que el orgasmo que en este caso no viene al caso: el propio. ¿Qué es seducir? Seducir es contagiar al otro con nuestro Deseo. ¿Es esto posible? Por cierto que no. El Deseo es intransferible. La convicción que lo dispara es intransferible. ¿Entonces? Seducir es fascinar al otro con la potencia, la certeza, la evidencia de nuestro Deseo. Lo que seduce es saberse único objeto de un Deseo verdadero –y no objeto de elección de unas necesidades fisiológicas, morbosas o sentimentales. Ser seducido es abrirse, entregarse al Deseo del otro. Sólo en esa medida ser seducido es contagiarse con el Deseo del otro. Abrirse para dejar que el otro se apropie de uno, se apropie y haga con uno lo que le dicte el Deseo. Y lo que el Deseo dicta es hurgar en busca de ese algo imprescindible que nos imanta. Pelar cuerpo y alma hasta que el fantasma comparezca. ¿Lo hará? ¿Comparecerá? Si. O no. ¿Por qué si, o por qué no? ¿Y cómo? No es verdad que el Deseo sea, por definición, irrealizable, inalcanzable. Pero es verdad que los modos en que se realiza no sólo son imprevisibles sino que son, además, inexplicables, inescrutables. El que realiza su Deseo puede no llegar a saber que lo hizo, o cómo. Es la diferencia más profunda entre Deseo y deseo. Y se trata de un evento sin testigos. Nadie hay allí que pueda explicarle al deseante o al deseado qué fue lo que pasó, ni cómo. Hay simplemente un momento a partir del cual el Deseo ya no está allí. Cesó. Ya no está allí ese algo imprescindible, sin que lleguemos a saber qué era. Lo hemos devorado en el acto mismo de devorar al otro. El arte es una de las vías para alcanzar ese instante en el que muerto el perro se acabó la rabia. Es para pocos. Los dotados. La contemplación en estado puro, totalmente absorta, santa, sin interferencia ni polución alguna, hasta disolver toda apariencia, es otra vía. También es para pocos. Y también está la sexualidad exaltada, hasta la embriaguez, hasta la locura, hasta el encarnizamiento, hasta no ser más que dos bestias feroces decididas a devorarse mutuamente. También así se llega, cogiendo hasta frotarse contra el puro hueso, contra la nada del Deseo. Cuando se experimenta la imantación es difícil comprender que el o la que nos imanta no es sino un médium, una apariencia, un camuflaje desde detrás del cual algo que se pretende imprescindible y sin lo cual no sabríamos completarnos, nos convoca y nos rehúye, nos provoca ansioso de arder en la hoguera de nuestra ansiedad. El Deseo muere, o se apaga, o se extingue sólo cuando se realiza, cuando finalmente, consciente o inconscientemente, hemos estado cara a cara con aquel provocador secreto que acabó con la paz de nuestras rutinas y nos lanzó vergonzosamente a acosar a un -o una- pobre médium. El Deseo no se extingue si no se realiza. La ansiedad puede superarnos, darnos temor, y entonces huimos, miramos a otro lado, nos apartamos del imán hasta olvidarlo. O puede hartarnos la estrechez del desfiladero, lo fino que hay que hilar para alcanzar lo que ya no nos parecerá sino una miserable epifanía, y entonces rechazamos airados toda la situación y la calificamos indigna de nuestro angustia. Existe también torturar la carne, vulnerarla, rajarla, quemarla hasta alcanzar el juramento -imposible de cumplir- de ya no provocar nuestro Deseo. Friéndonos en el aceite hirviente del Deseo, tragando a paladas la angustiada desazón de no saber cómo aplacarlo, estamos seguros de que es mejor, mucho mejor, no desear. ¿Es posible no desear? ¿O está en la naturaleza humana el padecer la imantación deseante, cosa que no sirve para nada más que para consumirse en ella? ¿Para qué está? ¿Para que la confundamos con el Amor o con las ganas de coger? ¿Es otra trampa, más refinada esta, para que cumplamos, así sea por accidente, con nuestro deber de reproducirnos? Lo que es cierto es que está en nuestras capacidades la de rechazarla, apartarla de una vez y para siempre de nuestros efímeros días. ¿Se gana algo deseando? ¿Entretenerse nomás? ¿Cuál sería el premio de desear, de hurgar en el otro hasta hacer saltar como a una chinche a ese algo del que ni siquiera sabremos que lo hemos alcanzado con nuestra Varita de Tocar y convertir en Nada? Egon Schiele, Amantes ¿Hace este escrito honor a lo que lo ha suscitado, a eso que me domina cada vez que me acerco a ella, fingiendo mera amistad, decente y distante, que es lo que nuestros roles de padres y vecinos nos permiten? ¿Qué de esta dulce deriva que me invita a acercarme para oler su cabello siempre recién teñido, impecablemente recogido en moño? ¿Qué de este imaginario lamer las arrugas de su rostro, con toda la lengua, como un gran perro San Bernardo? ¿Qué hacer con esta su mirada interrogadora y risueña, segura de sí con que me honra ¡ay! demasiado a menudo? ¿Y con esta casi irresistible necesidad de rodear su cuerpo delgado y enérgico como mis brazos de oso, para abrazarla como quien abraza la Gloria o el sentido de la vida? ¿Y con esta locura, que sólo puede surgir cuando embotado ya ni pienso claramente, de apoyar la palma de mi mano sobre el promontorio que bajo la tela de sus jeans invita a la ceremonia de los dedos?
- «No» d’Ercole Lissardi, par Antonio Borrell
Ercole Lissardi est le pseudonyme d’un auteur discret, qui serait né à Montevideo en 1951, et qui a commencé sa carrière littéraire en essayant de se faire passer pour déjà mort. C’est pour le publier lui, et deux ou trois autres (Felipe Polleri, Rafael Courtoisie), que le jeune éditeur Martin Fernandez s’est lancé dans l’aventure HUM en 2007. Lissardi publiait depuis 1994 (notamment chez Fin de Siglo), après avoir longtemps vécu au Mexique pendant les années de dictature en Uruguay. Son œuvre littéraire est centrée sur l’érotisme, (parfois taxé de pornographie, ce dont il se défend) à travers des textes courts, dépouillés et très denses. Il est également publié en Argentine et au Mexique. En tout plus de 25 ouvrages dont, chez HUM : Los secretos de Romina Lucas (HUM, 2007), Horas-puente (HUM, 2007), Ulisa (HUM, 2008), Una como ninguna (HUM, 2008), La vida en el espejo (HUM, 2009), No (HUM, 2010), La bestia (HUM, 2010). Une bande joueurs médiocres se retrouvent dans un club de tennis de Montevideo. Liés par une amitié superficielle, ils se connaissent à peine en dehors. Le narrateur est l’un d’eux. Juan José Delmònico, alias Jotajota en est un autre : ne payant pas de mine, il passe pour un minable aux yeux des autres. Pourtant, un jour, au retour d’un séjour en Espagne, il invite ses amis chez lui. Ils découvrent son appartement somptueux dans un quartier chic, et sa jeune épouse, la superbe Helena. Pour le narrateur c’est le coup de foudre, et elle semble y répondre. Commence alors une relation perverse de domination et soumission, très cérébrale, car elle ne lui accorde jamais plus qu’une rapide masturbation, sans rien dévoiler de son propre corps, et toujours dans des lieux et des moments où ils risquent d’être surpris. Malgré toutes les tentatives de l’homme pour « aller plus loin », elle ne cède jamais, et ne lui laisse aucun espoir de « mettre fin à son pénible supplice ». Croyant parvenir à ses fins par la ruse, ce narrateur va se rapprocher encore plus du mari, en se faisant passer pour homosexuel pour ne pas éveiller sa jalousie, et en devenant son indispensable partenaire au tennis : la paire devient la meilleure du groupe. Même en devenant un peu plus intime du couple, il n’obtient jamais rien de plus d’Helena que ce qu’elle est déjà disposée à lui accorder. Petit à petit, le piège va se refermer… On pense inévitablement à « La femme et le pantin » de Pierre Louÿs, mais la situation est différente, car Helena ne promet jamais rien, ne donne pas de faux espoirs. C’est lui qui se piège lui-même, et n’arrive plus à s’échapper. Le lecteur aussi se fait piéger par une écriture efficace, sans aucun mot de trop, un ton sarcastique et sans pitié. C’est du grand art ! No, Editorial HUM, Montevideo, 2010, 90 pages. ISBN : 978-9974-687-44-8 (Tomado de: http://lettrestrapiche.canalblog.com/archives/2021/05/08/)
- Soy heredera de un escritor fracasado, Ana Grynbaum para Mundos íntimos, diario Clarín
Cuando era chica, él gran lector y pequeño comerciante le hablaba de tramas de libros y de óperas. También de cómo le hubiera gustado ser escritor. Nunca lo intentó, pero ese no haber podido o no haber querido influyó silenciosamente en su hija: ella debía hacerlo. Hoy es una autora reconocida. Foto de Pablo Bielli Hay quien hereda el comercio de su padre, o incluso el bufet de su abuelo, y sólo debe rendir los exámenes necesarios para ponerse al frente y navegar con viento en popa. Pero también están los que heredan de su padre las frustraciones y, como los salmones, deben nadar contra la corriente. Porque las frustraciones heredadas son imperiosas deudas que no caducan. La única apuesta válida es la de revertirlas, convertir esos fracasos en logros, realizarse allí donde los deseos más profundos del progenitor naufragaron. Dicha operación es una forma particular de resiliencia. Pero, en estos casos, la corriente contra la cual se navega constituye, más que un obstáculo, el impulso fundamental, que si falta, como sucede con el velero sin viento de La línea de sombra de Conrad, no es posible avanzar. Entre mis primeros recuerdos está la biblioteca de mi padre, una habitación destinada a ser su estudio, para la cual había mandado hacer muebles a medida y donde había colocado cuidadosamente cada libro y cada adorno, pero a la que, una vez montada, no habitaría más que muy excepcionalmente. Lo recuerdo en su sillón de la biblioteca especialmente cuando se enojaba con mi madre y recluirse en su biblioteca le servía como excusa para hundirse en profundos silencios de lectura o en las óperas de Verdi. Por mi parte, yo lo imitaba sin necesidad de excusa, me gustaba ocupar su sillón y escuchar el disco de Titanes en el Ring. Tras la muerte de mi padre, en 2012, su biblioteca se ha conservado casi como él la dejara, pero ya definitivamente abandonada, y acusando múltiple recibo de su ausencia. Sólo la visitamos, a veces, mi hijo, mi marido o yo, en busca de algún libro que haya sobrevivido al paso del tiempo, o buscando algo que no sé lo que es, pero que allí encuentro. La biblioteca sigue teniendo las mismas cuatro paredes tapizadas de libros, el tocadiscos Winco y la colección de long plays y discos de pasta, de los más variados géneros, el barcito para una eventual copa en las tardes frías, el encendedor de pipas con cara de viejo marino y el globo terráqueo antiguo y su brújula al pie, delante de la ventana que da al jardín. En el medio de la habitación, como un trono, sigue estando el escritorio de mi padre, y sobre él varios posalápices llenos de lapiceras con la tinta seca, y papeles que amarillearon esperando al escritor que nunca llegó, como una novia momificada. Sin embargo, ese mausoleo vacío no fue del todo yermo, porque el escritor finalmente acudió a la cita, ya que es imposible evitar a los convidados de piedra. El escritor no encarnó en el cuerpo de mi padre, sino en el mío, su única hija. Pero si bien el escritorio de mi padre permaneció, como tal, intacto, los libros no corrieron la misma suerte: mi padre los leyó casi todos, aunque no en el ámbito de su biblioteca. Pasaba larguísimas horas acostado en la cama leyendo, transportado, ausente, feliz. Era como si levitara. A menudo ni se daba cuenta de que yo estaba ahí, mirándolo leer, fascinada, percibiendo la enorme distancia que tomaba de todo cuanto lo rodeaba. Lo contemplaba en su ascenso hacia una dimensión de las cosas que, siendo pequeña todavía no conocía, pero adivinaba apasionante y misteriosa. Tal vez quise volverme escritora para que mi padre leyera mis libros, para encontrarme con él en ese reino lejano al que él huía siempre que le era posible, para conquistar aquellas tierras hospitalarias e ilimitadas. Casi en contraposición con la biblioteca guardo el recuerdo de un verano en la playa, en la Barra del Chuy, cuando ya tendría unos diez años. Era una playa ancha, sin principio ni fin, en el cielo enorme las nubes dibujaban todo tipo de figuras, la arena exhibía una vasta colección de huesos de aves marinas. No había nadie excepto mi padre y yo –al menos en mi recuerdo–. Estábamos como dentro de un libro. Caminábamos por la orilla y él me relataba los argumentos de sus óperas favoritas. Reconocía que eran unos melodramas de muy dudoso gusto, pero igual se deleitaba en el acto de narrar las desgracias y equívocos de sus personajes. La infeliz dama de las camelias, de alma pura a pesar de toda la disipación de su cuerpo, además roído por la tuberculosis, era, por lo general, su prima donna. Cuando contaba los argumentos de las óperas, y de sus libros y películas favoritas, mi padre se iluminaba de una manera especial, se convertía en otra persona, mucho más elevada y poética que el pequeño comerciante que era en la vida real, y que él mismo despreciaba. En esos momentos en que crecía a través del relato yo era su único público, yo sola reunía en mí a la humanidad entera. Habitábamos, pareja perfecta, en un paréntesis dentro del tiempo. En la playa gigante, rodeados de brillantes espectros. El mismo estado del espíritu alcanzo, hoy en día, cada vez que zarpo en la lectura y en la escritura. Aquel verano en el balneario leí un librito llamado Aquí cien años de raros, que tenía un fragmento de Maldoror –ese mismo volumen se encuentra ahora en la biblioteca de mi casa, porque los libros, como las cartas, llegan a destino–. Seguro que en mi primera lectura entendí muy poco al Conde de Lautréamont, pero eso no impidió que su texto interviniera decisivamente en la construcción de mi deseo de escribir, en esa visión de la literatura como otro mundo, un lugar sugestivo, donde todo es posible y hasta lo doloroso puede volverse bello. Comprendí que la creación de otros universos, que la literatura posibilita, permite mejorar la realidad, y, sobre todo, volverla muchísimo más soportable. Y si no cambia la cárcel del presente, al menos la anula por un lapso, da un respiro, una alternativa, no menos válida por estar condenada a desaparecer, puesto que podemos traerla de regreso. El verdadero infierno consiste en no tener cómo huir del presente cuando el presente se vuelve invivible. En aquel tiempo comencé a intuir estas cosas y despertó en mí el inconfesable deseo de crear un paraíso de palabras donde atrapar a mi huidizo padre. Años más tarde, cuando mi padre decidió jubilarse, me ofreció su empresa. Oferta que, sin pensar dos veces, rechacé, porque mis padres me habían transmitido –sin saberlo– su menosprecio del comercio como actividad. Por entonces, ya me estaba formando como psicoanalista, ocupación con la cual –aunque lo ignoraba– cumplía a mi manera, el mandato de ejercer una “profesión liberal”, como mis padres deseaban para su hija. Además, aunque todavía no había empezado a publicar, ya había recibido de mi padre la herencia que verdaderamente necesitaba. Cuando publiqué mi primer libro, Bitácora de una persecución amorosa, omití cuidadosamente comunicárselo a mis padres; como si estuviera violando un tabú, actué en forma clandestina. Sin embargo, ni se me ocurrió firmarlo con otro nombre que el de mi documento de identidad, y de la existencia de aquel primer librito mis padres se enteraron por la prensa. No lo había previsto, la salida del libro había coincidido –casualmente– con el nacimiento de mi hijo y estaba demasiado ocupada en mi bebé como para especular acerca de los destinos del opúsculo. Al enterarse de la publicación mis padres, extrañamente, no se enojaron, sino que se alegraron mucho. A medida que fui publicando nuevos libros se los llevaba en seguida. Mi padre hacía tiempo que no era el lector que había sido: como tantos ancianos, había cambiado los libros por el televisor. Trataba de contarme los programas que veía en la tele, sin mayor éxito. Yo tampoco era, desde hacía mucho, su público cautivo. En cuanto a mis libros, sé que no leyó todos los que publiqué antes de su muerte. Respecto de La cultura masoquista me dijo: Te deseo mucha suerte, pero el tema del masoquismo a mí no me interesa. Le habrán gustado realmente uno o dos de mis libros. Sé que disfrutó de Calidad bajo sospecha porque es una novela policial –su género favorito–. De todas maneras, por entonces, yo ya no escribía para él.¿Por qué, en verdad, mi padre no escribió? Sólo puedo imaginar la respuesta. Ahora pienso que la idea de ser escritor era para él una mera fantasía, la fantasía de un lector entusiasta. Creo que se quejaba por no haber escrito a la manera de los que se quejan por no ganar la lotería, y fantasean con las maravillas que podrían haber obtenido, sin comprar nunca un billete. Seguramente que mi vocación parte de un equívoco, me tomé sus fantasías tan a pecho que las terminé convirtiendo en realidad. Pero de equívocos y de fantasías estamos hechos los humanos. Por eso, además del placer que me produce, hay momentos en que la escritura me hunde en una sensación de imposibilidad que viene de lejos, de una vida anterior a la mía, y el acto de escribir se convierte, en un acto de heroísmo. En mi derrotero como escritora, debo atravesar al fantasma del escritor fracasado cada vez que me sale al cruce, como un salteador de caminos; debo asesinarlo toda vez que renace y saltar por encima de su cadáver para seguir adelante. Escribir es, para mí, un acto que encierra una contradicción que oficia como motor para la producción de mis textos. Por un lado cumplo el deseo de escritura de mi padre, pero, al mismo tiempo, traiciono la memoria del escritor abortado, usurpo su lugar, robo el botín que él nunca pudo conseguir. Paradójicamente, despojo a mi padre de lo que él nunca tuvo. Será por este carácter épico que tiene para mí el ejercicio de la escritura que, en cada proyecto literario, debo desobedecer algún mandato, necesito ir a contrapelo de alguna prohibición. Pero quiero dejar en claro que no es mi culpa, que no lo hago de rebelde. Para realizarme como escritora, en cada libro tengo que asumir algún tipo de desafío, cumplir alguna tarea que parezca difícil –o estimulante–. Abordar un tema cargado de prejuicios, como el de las prácticas masoquistas en la actualidad, o desafiar mi propio coraje para decir cosas que el lector pueda aceptar o rechazar, pero que no lo dejen indiferente. Enfrentando obstáculos es como me apropio de la herencia del escritor fracasado, demostrando que no hay excusas válidas cuando uno quiere verdaderamente realizar su vocación. *** Escribí este texto especialmente para Mundos íntimos, sin embargo, es como si el testimonio que contiene hubiese sido elaborado mucho antes y hubiera permanecido al acecho, invisible pero firme, sobre uno de los anaqueles de la biblioteca de mi infancia, esperando el momento justo para dar el salto. (https://www.clarin.com/sociedad/Mundos-intimos-heredera-escritor-fracasado_0_NJrSPeWyb.html) (9/4/2016)
- Reseña de "Bitácora de una persecución amorosa" por Alfredo Fressia para El país cultural
Narrativa de Ana Grynbaum, La escritura o la nada La edición de esta nouvelle no trae ninguna información sobre la autora. El lector ignora por ejemplo en qué generación se debe ubicar a la escritora o si ésta es su primera narrativa ficcional. Buscando en Internet se accede sin embargo a algunas informaciones. A saber, Grynbaum es licenciada en Psicología por la Universidad de la República, participa desde 1999 de seminarios, talleres y jornadas de Ia Ecole Lacanienne de Psychanalyse, se desempaña como psicoanalista y es autora de un texto (psicocrítico, sobre la obra de Kafka) denominado "Del cuerpo paciente a la máquina de vengar". Un último detalle: participó de jornadas significativamente llamadas "De qué hablamos cuando hablamos de amor". Es evidente que el laconismo editorial responde a una decisión autoral. Es probable que Grynbaum haya recelado que, confrontado al currículum de la autora, el lector, casi intimidado, redujera su nouyelle a una lectura "psi" y a thése, es decir, como la de un texto destinado a exponer la ideología de una escuela analítica. Si esta hipótesis es correcta, se puede adelantar que la opción por el laconismo fue prudente, vistos los excesos de cierta crítica lacaniana popularizada, y que también fue adecuada al principio de autonomía que constituye la naturaleza misma de la lectura. Mencionada como texto desde el título ("bitácora"), la nouvelle tiene como tema a la propia escritura. Una primera persona femenina va narrando el asedio "amoroso" de que es objeto en un texto que comenta su naturaleza de escritura: "Si escribo este relato es porque no llego a comprender cómo se descompuso tan abismalmente nuestro promitente hogar feliz" (p. 33), "Porque necesito rescatar cosas de lo no dicho es que estoy escribiendo ahora" (p. 54), "No habré terminado con el relato -que de todos modos no iba a ninguna parte- él terminará conmigo" (p. 94). Antes de la persecución, la narradora existía ajena a la escritura: "vivía en un territorio cuadriculado de casilleros a llenar -llámense lunes, martes, 7.30, 14.45, levantarse, acostarse, tomar el ómnibus, subir al despacho 15, etc" (p. 39). Es imposible no pensar en otras mujeres, también creadas por escritoras, y especialmente en Le ravissement de Lol V. Stein (1964) de Marguerite Duras, la novela en la que Jacques Lacan decía en-contrar lo que el conjunto de su teoría ya no podía decir, y A Paixao segundo GH. (también de 1964) de Clarice Lispector. Tanto en la novela de Duras como en la de Lispector, las protagonistas están siempre al borde de la nada", un anonadamiento que puede ser el "vivir entre paréntesis” de G.H. o el recurso al orden de la vida cotidiana como método de supervivencia ( "la puntualidad, el orden, el sueño'). Y si la narradora de Grynbaum literalmente corta partes de su cuerpo en pedazos, las otras ritualizan el corte con el de su nombre: las iniciales de "G H." y la transformación de Lola Valerie Stein en "Lol V.". "No es cierto que la nada no exista. Es posible vivir en ella; habitar un contorno desdibujado" (p. 4l), dice la heroína de esta Bitácora. Sin duda la tensión del texto de Grynbaum surge de la coexistencia de esa mujer tentada por la nada, acosada, literalmente apresada por su amante y elegido marido, y el texto del que ella es titular, vital, activo, destinado a entender, y que va más allá del mero diario íntimo. La escritura es aquí la activa parte de ser en el vacío de la nada, un cuaderno de bitácora, es decir el "libro en que se apunta el rumbo, velocidad, maniobras y demás accidentes de la navegación", según la definición que la Academia Española da de ese cuaderno. Novela del imposible "ser, y no padecer historia", más bien transformado en la "historia de escribir", este texto instigador podía haber evitado el recurso manido de transformar el "casada" en "cazada" (p. 44), incluso porque una de las calidades del relato reside en no pretender ser mimético. Situado en Montevideo, tal vez durante la crisis de 2002, el texto de Grynbaum evita el documento psicoanalítico, casi privado, y permanece en la memoria del lector, tenso como el dolor cuando se transfigura en real literatura, radicalmente universal. BITÁCORA DE UNA PERSECUCIÓN AMOROSA, de Ana Grynbaum. Artefato, 2005, Montevideo, 95 pp. (4/8/2006)
- Reseña de "La cultura masoquista" Por Jorge Albistur para Brecha
Este libro no es solamente la información sobre la llamada “cultura BDSM”. Es también un estudio sobre los límites o ilímites humanos comprometidos por este movimiento, su historia, su incidencia en la psicología o la psicopatología, sus con-tactos con otras formas alternativas de la sexualidad contemporánea, y sus perspectivas en un mundo que cada vez más acepta cualquier avance hacia la libertad y el placer. BDSM es la sigla que forman bondage(prácticas eróticas de restricción física), dominación, sadismo y masoquismo. Ana Grynbaum reconoce que “es aún difícil visualizar una cultura BDSM en el Río de la Plata por fuera de la web”, y explora en una serie de prácticas tanto más atrayentes cuanto más aparecen todavía amparadas por la clandestinidad. Los sex shopsofre-cen, sin embargo, los materiales necesarios para la “escenificación” sadomasoquista. La sesión desenvuelta en la mazmorra –término elegido para subrayar mejor el carácter íntimo, privado y a la vez sórdido– despliega, en efecto, una especie de teatralización. Los participantes “representan” sus fantasías valiéndose de cuerdas, látigos, cadenas, mordazas, cinturones de castidad, máscaras, antifaces y ele-mentos mecánicos que provocan y ayudan a satisfacciones más in-tensas. Como toda re-presentación supone una cierta distancia contemplativa, es fácil ver que los seres involucrados en este ritual no están totalmente jugados al instante. Un simulacro, al menos, de la felicidad, sería el olvido absoluto en la sensación al rojo. Pero la soledad en el éxtasis, como en cualquier espectáculo, es aquí relativa. Ana Grynbaum señala la existencia de “este tercero ineludible para que haya una escena masoquis-ta”, y hasta aventura la siguiente interpretación: “a nuestro parecer, el tercero fundamental está en la figura de otro (Dios o demonio) que se ubica entre el sumiso y el verdugo”.Un afuera, una perspectiva de trascendencia prolonga así al presente del placer, y hasta parece que los otros mundos ni siquiera estuvieran contenidos en éste, como quería André Breton. Un centro de interés del libro está en cómo su orden se desplaza, precisamente,desde el análisis de un erotismo de excepción –sexualidad desgenitalizada y deliberadamente desquiciada– hasta otro análisis que enfrenta a lo que cabría llamar un verdadero estilo de vida. Esta “filosofía” es parte de la sensibilidad de nuestra época y postula el vivir según los deseos para alcanzar el goce como supremo objetivo. Cierta prolija nota cuestiona que “placer” y “goce” sean verdaderamente sinónimos, y desarrolla el concepto de Lacan sobre este último, siempre de naturaleza erótica y que “adviene cuando el sujeto pierde el control de sí mismo”. Sea como fuere, en ambos niveles multiplica Grynbaum las enriquecedoras referencias a Leopold von Sacher-Masoch, Freud, Bataille, Lacan, Foucault, Deleuze y otros analistas que han asomado a los fondos de la compleja sexualidad humana. Cuando recorre la historia, y los fenómenos tangenciales al masoquismo, hay planteos inconvincentes: los envíos al amor cortés, por ejemplo, pues el juego trovadoresco es demasiado distante de lo físico, y la desacertada convocatoria a los “místicos medievales”, ya que la mística es inconcebible sin el individualismo renacentista y a él pertenecen naturalmente, y no a la Edad Media, los mencionados San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. La autora acierta, sin duda, cuando en-cuadra a la experiencia sadomasoquista en las relaciones de poder, tan definitorias siempre en las sociedades humanas, y especialmente en nuestros tiempos. Grynbaum cree que aquí el poder “se convierte en un fenómeno lúdico que permite desnaturalizar los roles de dominación y tomar distancia respecto de ellos”. De algún modo ha de obrar, sin duda, ese paradójico efecto purificador. Sin embargo, cada jugador del juego BDSM sale a la captura de su sueño, y “Freud mostró cómo apoderarse del objeto del deseo equivale a do-minar el mundo”. La posición sumisa, en este sentido, se revierte fácilmente hacia otra imagen de la dominación, y también ésta es más lúdica en la apariencia que en los pro-pósitos profundos. El libro se extiende también en asuntos más previsibles: los contactos entre el sadomasoquismo y las minorías apartadas de la sexualidad tradicional; las aproximaciones a una concepción del cuerpo como realidad cultural, ya no biológica, que explica los tatuajes y piercings pero también trasformaciones más audaces y agresivas, destinadas a alterar el orden corporal que la sexualidad determina como imperativo aparente. Según parece, el BDSM se ha lanzado a su legitimación en la hora de los derechos humanos. “Se autodefine por lo que no es: no es abuso sexual.” Todo se resume en SSC, nueva sigla que, en traducción española, significa “seguro, sensato y consensuado”. Se insiste en que, antes de iniciar el juego, los participantes acuerdan cuál será su frontera y contemplan la posibilidad de rescindir el contrato en cualquier momento. Pero cabe sin duda preguntarse si el límite no es la negación misma de la opción por el goce, como igualmente si el “consenso” no implica la renuncia a los dictámenes del deseo tiránicamente individual. El consenso abre un territorio vedado, un más allá prohibido en aquel “des-orden razonado de todos los sentidos” que investigara Arthur Rimbaud. Más sincero será reconocer, con Ana Grynbaum, que “el mundo es violento” y “la cultura BDSM es parte del mundo”. Por muchas razones cabría quizá llamarla, con mayor propiedad, una contracultura. (8/7/2011)
- Alba Piotto sobre el BDSM para Viva de Clarín (refiere a "La cultura masoquista")
Viaje al mundo secreto de los sadomasoquistas El éxito global de “Cincuenta sombras de Grey” (best seller y ahora película) le puso luz a la subcultura sadomasoquista. ¿Pero cómo funcionan estas prácticas donde el sexo se pacta entre “amos” y “esclavos”? Al principio fue pura curiosidad. Exploración guiada por una fantasía que tenía dándole vueltas por la cabeza. La desnudez convencional se fue vistiendo de cuero y encaje. Tacones altos, maquillaje sugestivo, una peluca negra, que tapaba su cabellera castaña. Incluso antes de terminar su matrimonio le pidió a su exmarido que durante los juegos sexuales le diera algunas nalgadas, que jugara un rol: la idea era que imaginara que ella estaba ahí para llevar a cabo sus deseos. Que era su esclava. Dentro suyo, el escenario se montaba con ella en una actitud indefensa y sumisa. Pensarlo le generaba una excitación nueva. Necesitaba llevarlo al escenario posible de su sexualidad. Profesional, de cuarenta y pico, empezó a indagar en el mundo sado estando aún casada. Fue un amigo que transitaba ese ambiente quien, finalmente, le abrió las puertas de lo que Silvia estaba buscando. Así, un día que recuerda con la intensidad de lo primario, se convirtió en una esclava "de verdad", como define. Con sus movimientos restringidos por unas muñequeras de cuero que estaban unidas entre sí; le impedían mover sus brazos con libertad. Tenía una venda en los ojos y obedecía sin objeciones las órdenes de su amo, con quien se había contactado a través de una red social. Antes de llegar a ese momento, chatearon, se comunicaron por Skype, hasta que hubo un encuentro cara a cara en un lugar público. "Fue para ver si al mirarnos teníamos onda", explica. Y la tuvieron. Ya no son nalgaditas solamente. Ahora su cuerpo recibe otros estímulos más fuertes que, asegura, hacen que su goce se potencie. Resulta raro escucharla hablar de humillaciones y sometimientos cuando en su vida cotidiana está en un lugar donde se toman decisiones. "A veces pienso que mi mapeo erótico dejó de ser convencional y que necesito experimentar mi sexualidad con otros elementos de sumisión porque me paso el día dando órdenes", confiesa. "Tengo gente a mi cargo. Pero en mi sexualidad no quiero estar al mando. Quiero ser sumisa", sonríe. "Sé que es una contradicción". Quienes practican sado construyen un estilo de vida. O cuanto menos, hacen un camino exploratorio de su propia sexualidad, a través del BDSM. Este acrónimo surge de la unión de tres conceptos clave: Bondage (restricción física por medio de cuerdas) y Disciplina; Dominación-Sumisión; Sadismo y Masoquismo. Las prácticas incluyen roles sexuales, fetichismo y cambios de poder (power exchange). Este último punto es interesante porque el mundo sado suele derribar las normas sociales no solo en la sexualidad, también en las relaciones humanas. La ensayista marroquí y profesora en la Universidad de Jerusalén, Eva Illouz, en su libro Erotismo de autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, sostiene: "El BDSM ofrece una serie de estrategias simbólicas para superar los dilemas de la lucha heterosexual. Los roles se establecen de nuevo orden pero en una forma que no necesariamente coincide con el género". Así, muchos hombres (a quienes la cultura los pone en el lugar del heterosexual dominante) suelen tomar roles de sumisos que ruegan a la Dominatrix (mujer dominante) que los maltrate y humille. "No se trata de los roles de género. Tampoco soy sumisa en mi vida cotidiana. Y me asumo bastante fetichista: uso zapatos altos, ropa interior negra, con encaje", define Silvia. No hizo falta que leyera la trilogía de Cincuenta sombras de Grey ni que fuera a ver la película que originó ese best seller planetario, que roza, en un ambiente de llamativa asepsia, ciertas prácticas que enseguida se viralizaron taggeadas como sadomasoquistas. Ni tanto ni tan poco. Para quienes transitan el BDSM se le puede achacar a esa novela los aspectos conservadores que muestra: hombre exitoso, bello, joven y millonario, que en los juegos es dominante. Una muchacha virgen, pobre, sumisa, desprolija, que obederá sus órdenes, sin chistar, con tal de cumplir con los deseos del objeto de su amor y casarse. Una asimetría acaramelada con algunos momentos inquietantes, sí, pero que sin ellos sería una novela de los dorados años ‘50 . Como sea, la historia causó cierta turbación en el ambiente BDSM local. Al menos esa es la percepción que recogieron en Mazmorra, una red social argentina, creada hacia diez años. "Hubo una recepción ambigua, generó debate. Para bien o mal, lo cierto es que el libro marcó un hito para nosotros. Se habla más del tema, mucha gente se acercó para informarse. La lectura que se puede hacer es que el mercado validó estas experiencias, en paralelo a un movimiento cultural y al replanteo de la sexualidad que se hacen las personas", analiza Tomás Heretique, miembro de Mazmorra. "Por otro lado, si hilamos fino, en el mundo de la sexualidad convencional o vainilla, como decimos nosotros, algún juego sexual de roles hubo. Alguna vez alguien ató al otro; o hubo nalgaditas o vendajes en los ojos", menciona Heretique, 29 años, pianista, compositor, filósofo. Y nombre de fantasía. "Nuestra idea es el empoderamiento de nuestras exploraciones eróticas. Siempre y cuando, se den en el marco del consenso y respeto por la persona. Sin esto, no es posible del BDSM". La comunidad. Estética. Sofisticación. Intensidad. Cuidado. Vínculos fuertes. Son algunas de las palabras que más se escuchan entre quienes prueban BDSM. Las prácticas en sí mismas, prefieren mantenerlas en reserva. Sin embargo, en los foros, se pueden leer algunas de las cuestiones que se ponen en juego en las relaciones que se forman. El sitio Mazmorra.net es una buena medida para sondear el impacto que están teniendo estas prácticas en la sexualidad. Por empezar, el sitio recibe 15 mil visitas diarias y tiene más de 36 mil usuarios registrados. La mayoría de ellos, entre los veintipico y cuarenta años. "Hay una realidad, una fuerte etapa de exploración en la gente que conforma la comunidad. Los más jóvenes se acercan con menos prejuicios. Para las personas de más edad, en cambio, este ámbito puede ser liberador porque no existía cuando ellos empezaron", explica Joaquin Spector, su creador. Por mes, la página web recibe unas 250 mil personas que pueden acceder a información gratis, participar de los chats y foros donde se discuten los temas más variados, desde las prácticas hasta solicitar ideas para ser humillados en público, consejos acerca de usar ciertos elementos (como un dispositivo de castidad que usan los varones) o debatir sobre los vínculos que se generan. WhiteStar, mujer, sumisa, expresó en el foro: "Existen Amos que nos marcan a fuego en el alma y en la piel... Que nos dejan a merced de un desamparo inmenso cuando oímos la frase que jamás esperamos: ‘Se acabó, te dejo libre'... Por más motivos (reales o imaginarios) que nos planteen, consideramos que ninguno justifica la ruptura". Las respuestas no se hicieron esperar. "Si en la vida vainilla resulta difícil volver a enamorarse (que es una forma de entregarse), en el BDSM cuando la persona que te ‘moldeó' a su manera de ser por el motivo que fuere, se va... Qué difícil y duro es el camino para volver a empezar. El Amo que aparezca debe ser aquel que te ayude a rearmar ese rompecabezas", escribió LeVarie, hombre, switch. (Ver Diccionario...) Otro usuario planteó acaso la duda que taladra tanto como las fantasías: si una relación BDSM por fuera de la pareja vainilla (oficial) es considerada una infidelidad. La piedra la tiró Footslave10, un sumiso de 25 años. La relación con su novia le resultaba "aburrida". Los consejos coincidieron en marcar que, si amaba a su novia como aclaraba, lo mejor era ser sincero con ella; el atajo que él pensaba realizar para vivir su fantasía, era, en efecto, una infidelidad. Al menos, así se pronunciaron los foristas. Todo comienza con un primer encuentro, en la red social o en algún evento de la comunidad. Hay reuniones a las que solo pueden acceder los usuarios de la red, aunque también existen espacios abiertos para relacionarse. Es el ámbito en que muchas personas se acercan. En general, se organizan en un lugar público. Por caso, un picnic. Luego, habrá momentos de cierto conocimiento; cuanto más sepa uno de otro mejor. Y si deciden tener una práctica BDSM, se pondrán de acuerdo en las condiciones en las que se va a realizar. Una vez que los términos quedan claros -lo que en Cincuenta sombras... era un contrato- se citan para llevar a cabo la "sesión". Momento que también se suele mencionar como "la escena" o "escenario masoquista": "Tienen un lugar dentro de un universo cultural que las significa de determinada manera. En cada caso, el juego tiene un argumento: uno es amo y el otro esclavo, permanecen en una mazmorra o salen a pasear estando uno de ellos encadenado; o uno es escolar y el otro una severa institutriz que lo zurra, etcétera. Los roles son tan claros como esquemáticos y se pueden desarrollar de maneras diferentes", escribió Ana Grynbaum, psicoanalista uruguaya, en La cultura masoquista. Y precisamente ese pasaje de la escena fantaseada a la realizada es por donde transita el deseo. Según Grynbaum, "una situación en principio humillante se convierte en motivo de orgullo y de goce". En tanto que los elementos usados -juguetes, disfraces y fetiches- "están vaciados de todo peso moral e ideológico". No hay cuestionamientos ni incorrección política. En la sesión es importante que las prácticas transcurran de modo Seguro, Sensato y Consensuado (SSC). Explica Fiona, integrante de la comunidad BDSM local: "La idea es estar sano física y psíquicamente. Se trata de cumplir una fantasía donde hay reciprocidad entre los roles. No es recomendable hacer sesiones si se consumió drogas o alcohol porque se pierden la percepción de los límites, propios y ajenos, lo cual no haría un juego seguro". Pero además, "siempre hay que estar atento y en lo posible conocer las reacciones de la persona en determinadas situaciones. Por ejemplo, si hay juegos con cuerdas, tener a mano una tijera para cortarlas en caso de que la persona lo requiera. Y por supuesto, cumplir con las palabras de seguridad". Hay quienes consideran que, sobre todo las prácticas sadomasoquistas, tienen que llegar a los extremos y no restringirlas con ningún concepto de seguridad. Sin embargo, en general, el consejo que se da en la comunidad es lo contrario y que lo que ocurra en el escenario de la sesión tenga pleno consentimiento. ¿Qué sucede si a pesar de esto, en el momento de los hechos, alguno se arrepiente? "Puede suceder y lo sano es detener la acción, o al menos, disminuir la intensidad. Esto puede pasar, por ejemplo, cuando hay prácticas de asfixia erótica", aclara Gastón, sumiso, de 46 años. Sí, a él le pasó. "La espontaneidad es un espejismo, tanto en estos vínculos como en las relaciones vainilla", advierte Heretique. "Por eso es importante hablar y convenir con el otro la escena que uno realmente quiere hacer. Eso va creando confianza. No se trata de un acto de fe sino de confianza real, de reciprocidad, de saber que el dominante cuidará del sumiso en términos de seguridad. El que se expone más tiene siempre las garantías más fuertes", remarca. Por otro lado, los especialistas sostienen que existe cierta tendencia a apoderarse y hacerse cargo del propio placer; de legitimarse a sí mismo en diferentes gustos, sean raros, parezcan insignificantes o no. Y en este sentido, "las prácticas BDSM no se limitan a la materialidad en sí mismas sino a todas las fantasías y a la escena que mentalmente se está generando con ellas". De parafilias y libertades. Isabel Boschi es terpeuta sexual. Hace más de 30 años que indaga desde la clínica el mundo sado. Opina: "Desde tiempos inmemoriales la gente realiza prácticas sadomasoquistas. Estas conductas se tornan preocupantes cuando no cuentan con el consentimiento de todas las personas que participan de esa situación sexual". En tal sentido, la condición para validar estas prácticas es que "no inhiban la libertad de elección de los individuos y que no abuse escondiendo los pasos del proceso de este juego sexual". Según la especialista, "hubo una evolución en el conocimiento científico de los estímulos no tradicionales. Ahora se propone aceptarlos si no hacen daño a ninguno de los que participan de estas prácticas. Transitamos desde el concepto de conducta sexual anormal, distinta, diferente, y en la actualidad, recalamos en la idea de diversa". Durante mucho tiempo, en el campo de la psiquiatría, todo lo relacionado al sado era considerado una parafilia. Esto es, tenían un concepto de enfermedad. Por las presiones que hubo por parte de las comunidades BDSM, entre otras, ahora sólo se considera como un trastorno parafílico cuando se ejerce en contra de la voluntad de otro o causa a la persona un grave malestar social, laboral o en su funcionamiento en general. "Sería parafílic alguien que no puede ir a trabajar si no recibe su cuota diaria de treinta azotes, por ejemplo. Esta rigidez y el condicionamiento de su preferencia no le dejan desplegar sus activiades cotidianas sino que le provocan una intensa ansiedad que lo inhibe de otro vínculo que no sea con su fantasía masoquista que debe llevar a la realidad, con el riesgo de desequilibrarse", explica Boschi, quien realiza ciclos de cine debate sobre temas de sexualidad, en su fundación. En Argentina, el BDSM tomó interés en los ‘80, cuando empezó a llegar en castellano la bibliografía científica de sexología. Para entonces, Dinamarca encabezó el fundamento de que dos adultos concientes de sus acciones que buscan juegos de sadismo, masoquismo, humillación y ataduras, si ponen claras las reglas de juego para asegurar su integridad física o moral, si las cumplen, no tienen por qué integrar la lista de enfermedades mentales. "Cierta vez -cuenta Boschi- recibí la consulta de una joven que castigaba a su novio a pedido de él, quien requería mayor rigor. Ella se negaba por temor a perder el control y lastimarlo. Aunque también gozaba con esos juegos. Finalmente, llegaron a un acuerdo: la negativa de ella de usar más energía en los golpes, él la interpretó como una manera de producirle un dolor moral. Y su dolor pasó por las limitaciones que ella le imponía". Así consensuaron su juego. Y la pareja continuó. Difícil saber si, cuando se deje de hablar de Cincuenta sombras... como hecho comercial, el BDSM se haya instalado y convalidado como una práctica más, entre las tantas situaciones a las que recurren las personas en su intimidad. O acaso cierre en un círculo aunque lejos de lo sórdido que lo tuvo hasta no hace mucho tiempo. De la narración se recordará que fue best seller y no mucho más a nivel literario. "Una novela de un conservadurismo del Tea Party, con estereotipos rancios y una política de género varada en los años 50", escribió el crítico literario Martín Schifino. "Hoy la transgresión es poco concebible porque no hay prohibiciones que la susciten. Falta una erótica del presente." En todo caso, quedará un empoderamiento donde la sexualidad como herramienta de poder da señales de que el orden establecido se derriba cuando las personas eligen desde su libertad. Fermín suele andar "enjaulado" cada vez que su mujer le coloca un dispositivo de castidad que cierra con un candadito y guarda la llave. Pueden pasar varios días hasta que decide abrir el candado. Fermín goza. En ese tiempo, está en un estado de deseo permanente aunque, por momentos, la ansiedad lo desborda. Pero sigue. Siempre un poco más. "La jaula es una metáfora de la sexualidad normatizada, la que debés desarrollar como varón", intelectualiza. "A mí, me da placer esa castración. Surge lo que uno es y yo soy muy dócil de la mujer que amo. O muy dominante de ella. Depende los momentos. Es un poder que va pasando de un lado a otro. Ese es el juego". https://www.clarin.com/viva/revista-viva-cincuenta-sombras-grey-sadomasoquismo_0_Hk_0wNqDXg.html (15/2/2015)
- Mathías Iguiniz sobre "Los secretos de Romina Lucas" en Semanario Brecha
En Los secretos de Romina Lucas, de Ercole Lissardi (Montevideo, 1950), se plantea una escena que presenta características similares a las del poema de Baudelaire, aunque con derivas del todo inesperadas. El protagonista de la novela sale a hacer algunas compras y tiene un encuentro de miradas con una desconocida que pasa en auto: «Nuestras miradas se encontraron. El tipo de cruce de mirada que tiene por objeto ponerse de acuerdo acerca de quién cruza primero. Sólo que no fue eso lo que sucedió. Para lo que sucedió no tengo palabras». La experiencia, agrega, fue un reconocimiento instantáneo y mutuo, una unión dispuesta desde siempre en otro plano de la existencia. Poco después, la mujer pierde la vida en un accidente de tránsito a unos metros del lugar. Allí donde el poema de Baudelaire termina, Lissardi encuentra la línea de fuga para dar rienda suelta a una narración sobre el deseo. El protagonista se propone «revivir» a la mujer de quien poco después conocerá el nombre: Romina Lucas. Como un detective, comienza una pesquisa tras las pistas de su secreta vida erótica: conoce a sus amantes y explora sus fetiches. Los ecos baudelarianos de la primera escena toman la forma de una novela erótica en clave policial, dado que el protagonista, en este caso, sí decide lanzarse a la persecución de quien impresionó su mirada. En Los secretos de Romina Lucas confluyen tradiciones literarias que estuvieron –aunque de forma contradictoria– entre los principales intereses de Baudelaire: entusiasta lector de Edgar Poe, a quien tradujo, el poeta francés se dejó influenciar por sus historias de detectives. Sin embargo, rehuyó cultivar el género, ya que, como explica Walter Benjamin, por su sentimiento de pertenencia con los marginados, era imposible que se identificara con la figura del detective.15 Si bien el yo baudelairiano de «A una transeúnte» renace y de inmediato se resigna al vacío de cualquier ideal trascendente, las trazas de esta experiencia encuentran conexiones posibles que llegan hasta nuestros días. Puede leerse el texto de Lissardi como una reescritura contemporánea del poema, que encuentra en el deseo los canales para recuperar una trascendencia vinculada al erotismo. (Comentario incluido en artículo sobre Baudelaire, adjunto supra el 20/4/2021) *** El artículo entero: https://drive.google.com/file/d/1PfDT18CvDlJ5KaowQ2opDj6PaLDmru85/view?usp=sharing https://drive.google.com/file/d/1vWU9K9_tCKM-xc-5c_CCpm015J_ukMmj/view?usp=sharing











