Ercole Lissardi - La novela como acertijo

Por supuesto que, al enunciar mi tema aparecen, en primer lugar, las miríadas de novelas policiales del tipo “¿quién es el asesino”. Agatha Christie y Cia., digamos. Y también las novelas que hacen de la ambigüedad su clave de funcionamiento. Bitácora de una persecución amorosa, de Ana Grynbaum, es un ejemplo puro de novela ambigua. ¿El tipo es un monstruo o ella está chiflada? Para aquellos policiales la clave era dar una respuesta, tan sorprendente como sea posible. En la novela ambigua lo esencial es no darla -a menudo porque las opciones de respuesta son las dos caras de una misma moneda, como en el caso de la laureada nouvelle de Grynbaum. Este segundo tipo de novela acertijo nos acerca a la novela que motiva estos apuntes: Lo que Maisie sabía, de Henry James.



La novela de James es, desde el título, obviamente una novela acertijo: nos desafía a deducir o adivinar qué es lo que Maisie sabía y que el narrador nunca explicita. James construye su texto de manera que el lector deba -y pueda- deducir o adivinar qué es lo que Maisie sabía, pero en ningún momento dice de qué se trata. ¿Por qué James urdió semejante artefacto literario? Porque aquello que él quería decir, en el mundo en el que él vivía, la Inglaterra Victoriana, un escritor serio y respetable no podía -porque no debía- decirlo.


El texto de James, entonces, oculta y revela la solución del acertijo. La oculta porque no la explicita, pero se la hace evidente al que lee con el radar emocional encendido. En efecto, hay un momento, hacia el final, por supuesto, en el que el radar emocional nos dice: esto es lo que Maisie sabía.


La novela está estructurada en capítulos breves como una especie de juego de ping-pong: lo que la alimenta, lo que la lanza y relanza hacia adelante es un ida y vuelta de la niña de unas manos a otras del grupo de adultos (sus padres, sus padrastros -cruzados-, su institutriz) que por las razones que sean -todas espurias, por supuesto- la reclaman para sí, dialéctica caprichosa a la que la niña se somete y se adapta, podríamos decir que filosóficamente. ¿En manos de quién terminará la niña?, nos preguntamos, entregados a un zarandeo que nos parece totalmente caprichoso.


El tema falso de la novela, el que invita a plantearse a sus civilizados lectores pero que el texto mismo nunca se plantea, es el de cómo irá a afectar sicológicamente a la niña el continuo cambio de abrazos y de domicilios, la calesita de divorcios y separaciones, odios y rencores, insólitas pasiones, etc., a que la someten sus adultos. En ningún momento Maisie parece sufrir la situación, cuando sufre es porque se siente desconcertada, frustrada en su voluntad de saber qué es lo que pasa, aparte de eso ella en todo momento se adapta, encuentra explicaciones, justifica las locuras y a todos exculpa y disculpa. En el fondo le dan más o menos igual todas las combinaciones y los enredos de los adultos que la rodean. Y eso es así porque Maisie desde muy temprano sabe exactamente qué es lo que quiere, aunque a nadie, ni de chiste, se lo participa.

(Advierto que en lo que sigue voy a espoilear la clave del libro).


¿Qué es lo que Misie sabe? Sabe lo que quiere. ¿Qué es lo que quiere? Eso lo comprendemos, se nos hace evidente hacia el final, en el capítulo en que Maisie y Claude, su padrastro, paseando van a dar a la estación del tren. Allí Maisie no puede más, se zarpa, exhorta intensamente a su tierno y adorado padrastro a que huyan ellos solos, que se vayan a vivir lejos y solos. Ahora mismo, sin dilación deben subir a ese tren que está a punto de partir, dejando a todos los demás atrás, para siempre. Lo que Maisie sabe es que quiere a Claude, el exmarido de su madre, el amante de su madrastra, y lo quiere para ella sola. Maisie sabe lo que quiere sencillamente porque está enamorada. Tendrá que aprender que su amor es imposible.


El amor entre un adulto y una niña, en el mundo en que vive James, es inaceptable -piénsese en el pobre Reverendo Dodgson. Y James, prolijo, respetable y astuto no explicita su tema, lo hace evidente solo para el lector, digamos, inspirado. Pero además, suprema astucia, James no hace que ese amor sea imposible porque Claude, el adulto, asuma que semejante cosa es inmoral, ilegal o lo que sea. Claude resiste la dulce exhortación de Maisie y no suben a ese tren, porque, bello, inútil y pusilánime como es, aunque ama a la niña tanto como ella lo ama, está atado a la madrastra por una extraña relación de sumisión -que James sugiere claramente pero no desarrolla. La relación del adulto y la niña no se consuma sencillamente porque la competencia que tiene Maisie, es más fuerte -Claude es un adicto a la sumisión y la madrastra es su ama.


La dialéctica del texto se disuelve, así como sus padres han desaparecido, expatriados, ahora sus padrastros también desaparecen. Maisie queda en manos de su sexagenaria institutriz, pobre de solemnidad, para ser criada por ella, a saber con qué medios. Última puntada: la institutriz, como Maisie, también está enamorada de Claude con un amor, por supuesto, no menos imposible que el de Maisie.


Y colorín colorado, este cuento se ha terminado. James no podía contar la historia de amor del adulto y la niña porque las reglas de juego de su sociedad no se lo permitían, pero igualmente lo hizo, solapadamente, escondiéndola en una enmarañada dialéctica que le da al texto una extraña apariencia, lúdica y abstracta, y, sobre todo, apelando a la complicidad del lector. Sólo en la mente del lector se cierra el relato de James.


Hay textos que descargan su secreto sólo en la mente del lector cómplice, obligándolo a deducir, adivinar o imaginar lo que el autor no puede decir. Este es el caso de El infierno tan temido, de nuestro Onetti, gran lector de James (ver: https://www.lissardigrynbaum.org/post/ercole-lissardi-onetti-un-pionero).


Lo que James no podía narrar abiertamente, el amor de la niña y el adulto, recién la encara -con lágrimas de cocodrilo- Nabokov en Lolita, y de una manera plena y sin hipocresías Momentos en la vida de un fauno, de Arno Schmidt.