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Ercole Lissardi – Inmaculada o Los placeres de la inocencia

INMACULADA O LOS PLACERES DE LA INOCENCIA


El narrador y ensayista yucateco Juan García Ponce (1932-2003), de ingente y multipremiada obra, es una de las figuras más respetadas de la literatura mexicana de las últimas décadas. Y es el raro caso de un escritor de primera línea en el cual el epicentro de su obra está en su desprejuiciada visión de la vida erótica, particularmente plasmada en sus novelas Crónica de la intervención (1982) e Inmaculada o Los placeres de la inocencia (1989), habiendo recibido por esta última el Premio Nacional de Literatura de México.


Juan García Ponce y Jorge Luis Borges


El tema de Inmaculada es la manera correcta de llegar al matrimonio burgués. Ya de pequeña Inmaculada aprende, con sus compañeritas de juegos y de estudios, los placeres de la sensualidad. No sorprende que al llegar a la adolescencia se rebele contra el matrimonio al que se la destina y huya de la casa paterna. Sola en la gran ciudad pronto descubre su inclinación por darse sin resistencia, por no negarse al deseo del otro o la otra -siempre que el o la tal pertenezca a su mismo estamento social, por supuesto. Al azar de las experiencias llega a vivir con Miguel, un siquiatra que le enseña lo que le faltaba aprender a su erotismo: aprende a obedecer sin límites, a darse a quien su amo se lo indique y para el uso que se quiera darle, incluido el placer de golpear (es el término que utiliza García Ponce, yo diría: azotar) y de ser golpeada hasta que la piel muestra las marcas. Pero Inmaculada va más lejos, a espaldas de su amo, prostituyéndose: se entrega por dinero, aunque en realidad por placer de venderse, a los internados siquiátricos de la clínica de Miguel, con el enfermero actuando de cafisho. El ciclo está cerrado. Inmaculada está pronta para regresar al ámbito familiar y aceptar, ahora sí, su matrimonio burgués.


La fórmula queda clara: con las potencias de su voluptuosidad liberadas y sin freno alguno, la mujer ya no padecerá el hastío del yugo conyugal, y el marido, orgulloso tanto de la avidez sexual como de la sumisión de su mujer, podrá abrumar, ofreciéndola con regia generosidad a sus amigos, y hasta a algún desconocido que lo merezca. Imposible no detectar en Inmaculada los ecos de Belle de Jour (1928 la novela, 1967 el film), que García Ponce glosa largamente en el texto, aunque sin identificarla. No menos presentes están los ecos de Historia de O (1954 la novela, 1975 el film), y de Roberta esta noche (1954), aunque en la novela de García Ponce están siempre presentes, para quien los conoce, los modos y sensibilidades de la burguesía mexicana. Los referentes últimos de Inmaculada, en lo formal, son los clásicos dieciochescos fundadores de la novela erótica de aprendizaje, de Teresa filósofa (1748) a La filosofía en el tocador (1795): como en la novela prerromántica, en Inmaculada la construcción de los personajes es puramente exterior, cuenta lo que hacen y dicen, no existe la introspección ni el análisis sicológico.


García Ponce se limita a ilustrar cada momento del ciclo pedagógico, manteniéndose al margen de los debates ideológicos actuales sobre moral sexual o sobre la condición de la mujer. Ávida de nuevas experiencias e impávida ante las consecuencias de sus excesos, Inmaculada nunca se detiene a criticar o legitimar la naturaleza de las inclinaciones que aprende a gozar. El aprendizaje de la sumisión es para ella el acceso al goce, sin límite alguno, y es la condición para aspirar a la felicidad en el momento de aceptar el yugo matrimonial. Si el matrimonio es nuestro destino -dice García Ponce, no sin una pizca de cinismo, pero al parecer no sin convicción, entre líneas y nunca explícitamente-, esta es la mejor manera de imaginarlo. Se comprenderá el escándalo y la controversia que pudo causar semejante discurso en un país culturalmente marcado por el machismo. No faltó quien señalara que ese machismo profundo es la condición misma de posibilidad del planteamiento del novelista. Admitamos que décadas después, ya entrados en el siglo XXI, bien puede argumentarse que, a la vista de las tendencias actuales a la liberalización a ultranza del vínculo, la receta de García Ponce para la convivencia conyugal luce pasada de moda, propia a duras penas para los cursillos de preparación para el matrimonio que imparten las parroquias de barrio.



LA EDUCACIÓN BURGUESA


Sin leerla, Inmaculada o Los placeres de la inocencia durmió, ignorada y olvidada, unos treinta años en la zona más polvorienta de mi biblioteca, probablemente desde 1991 o 92 hasta hace un par de semanas, cuando por pura casualidad topé con ella y la leí. (Leer de manera azarosa y aun distraída puede no ser bueno para llegar a profesor de literatura, pero doy fe de que puede ser una manera provechosa de leer para un escritor). Finalmente leída, la novela de García Ponce me sugirió las líneas que acaban de leerse, pero también me recordó una novelita que escribí en 2012 y que está incluida en El centro del mundo (Planeta, 2013), y que nunca había releído. Me refiero a La educación burguesa (título que, me atrevo a decir no le hubiera venido mal a la novela de García Ponce, aunque no sea tan abiertamente irónico como el que lleva).


De mi novelita sólo recordaba que la motivó el deseo de profundizar en la noción de burguesía tal y como la presenta El discreto encanto de la burguesía (1972). Releí mi novelita y encontré que entre el texto de García Ponce y el mío hay no pocas coincidencias. La educación burguesa trata también del sinuoso camino para llegar a dar origen a un nexo conyugal burgués saludable y duradero, satisfactorio para ambos cónyuges. Es cierto que mi texto no exhibe abiertamente una voluntad pedagógica como el de García Ponce, pero no por ello me parece menos provocador, a su manera ladina y socarrona. En ambos textos las protagonistas deben aprender la sumisión sexual no sólo para ceder ante cualquier capricho sino además para aceptar ser cedidas, como si su voluntad no contara en absoluto. Una diferencia es que en mi texto también él debe aprender ¿a qué? a dar, a ceder, a compartir a su mujer. No me cabe duda de que, buñuelianos ambos textos en su inspiración, las coincidencias se deben a una misma voluntad de ironizar en torno a la hipocresía moral burguesa y a las realidades secretas del deseo que esa hipocresía encubre.


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