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254 resultados encontrados

  • Ana Grynbaum entrevistada en Radio Cultura, a propósito de "Hombrecitos improvisados de apuro"

    El miércoles 6 de octubre Ana Grynbaum estuvo conversando con Malena Rodríguez, programa Serendipia, Radio Cultura (Radiodifusión Nacional del Uruguay), sobre Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplatenses. Cliquear aquí para escuchar la entrevista: https://mediospublicos.uy/nuestra-sociedad-es-francamente-pacata/

  • "Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplatenses" - Inicio del prefacio

    Hombrecitos improvisados de apuro es una colección de 29 ficciones acerca de la estupidez masculina en los vínculos eróticos y amorosos escritas por 32 autoras uruguayas y argentinas. No se puede decir que sea una antología pues los textos son en su mayoría inéditos y muchos de ellos fueron realizados especialmente para este libro. Ante la falta de discurso: una explosión de relatos Comencé a experimentar el machismo en carne propia con la publicación de mis primeros libros. Por lo general el lobo se disfrazaba de cordero: “Cuando me preguntan por escritoras uruguayas te menciono“, “Tus ficciones son tan ágiles que no parecen escritas por una mujer”. Sin embargo en las notas críticas me comparaban exclusivamente con escritoras mujeres… Esta vez estoy entre autoras por mi propia elección. *** No creo en la abolición de la desigualdad de género mediante la implantación de un vocabulario correcto. Antes bien creo que debemos analizar las palabras de nuestro vocabulario para darnos cuenta de cómo formatean nuestras ideas del mundo, abriéndonos o cerrándonos distintas posibilidades. Cabe mencionar que espontáneamente nadie envió para este libro ningún texto escrito en inclusivo, su ausencia no es producto de censura. El término empoderarse no me suena bien, implica la práctica de una suerte de gimnasia para adquirir un atributo llamado poder. El empoderamiento femenino a su pesar encierra la vieja noción de que las mujeres somos seres incompletos. Como compensación a la falta que supone, sugiere una operación de llenado. El poder se toma, y la palabra es su vía regia. Si algo nos hace falta no es reproducir los discursos existentes sino producir discursos nuevos, no repetir sino multiplicar. Por otra parte, los florecientes estudios de la diversidad sexual cumplen un rol fundamental para repensar la subjetividad del colectivo más allá de las minorías. Sin embargo, al relativizar el peso de la oposición macho-hembra dejan en las sombras todo un campo de la experiencia cotidiana que este libro enfoca. Eros brilla con luz propia y sin miramientos de corrección. La conciencia de género no elimina en buena parte de las mujeres la atracción hacia los hombres. Pese a todos los cuestionamientos vivimos en pareja o lamentamos no poder hacerlo, tenemos hijos o lamentamos no tenerlos. No aspiramos a que la diferencia entre mujeres y hombres se anule, porque esa diferencia tiene un gusto especial y único al que no queremos ni podemos renunciar. El exceso de autocrítica, frecuente en las mujeres, también obedece a una ideología de la incompletud. De hecho, el puntapié inicial de Hombrecitos… fue la exasperación que me causó la película Un bello sol interior (Claire Denis, Francia, 2017, con Juliette Binoche). En ella la protagonista, involuntariamente y padeciéndolo, colabora con la humillación a que la somete todo tipo de hombrecitos despreciables, en una seguidilla que promete no tener fin. Las bodas de Alcott con Schreber El título de este libro nació de una unión, en apariencia imposible, entre Louisa May Alcott y el Presidente Schreber, dos escritores remarcables. Norteamericana y solterona ella -por auto-determinación, alemán y paranoico él -según auto-confesión. Contemporáneos durante 46 años, hasta finales del siglo XIX, época cuyo moralismo sigue pesando en nuestras costumbres. Como todo flechazo el de Alcott y Schreber a los efectos de este libro fue imprevisible. Pero a los esquemas de género propios de una literatura “menor”, como la de libros para niños, y menor todavía para niñas, se mezcló la idea de seres inconsistentes, incapaces de responder con inteligencia y de sostener sus designios: los hombres improvisados de apuro (o “armados a la ligera”, según las traducciones) que aporta Schreber en la descripción de su delirio (Memorias de un neurópata, escritas entre 1900 y 1902). Efímeros ellos, no dejan de acosarlo. Nuestros hombrecitos son improvisados porque no están bien hechos, especialmente a la luz de nuestra época. Mujercitas fue la primera novela que leí en mi vida, apenas aprendí a leer. El libro pertenecía a mi madre, que también lo había leído de pequeña. Hombrecitos fue mi segunda novela como lectora, y luego vinieron todas las otras obras de Alcott que pude conseguir. A Schreber lo conocí ya de adulta; como la mayoría de nuestros coetáneos, a través de Freud. Y me maravilló la capacidad de Schreber para registrar sus tan complejas cosmovisiones. Durante mucho tiempo no me animé a confesar mis primeras lecturas. Creía que yo sería mejor escritora si en vez de Alcott hubiera leído a Salgari. Pero leer aventuras no era una opción para mí: yo era nena. Recientemente, con el desarrollo de este proyecto, la legitimidad de mi vergüenza se puso en cuestión. El interesantísimo ensayo de Anne Boyd Rioux sobre la recepción de Mujercitas (El legado de Mujercitas. Construcción de un clásico en disputa) hizo que comprendiera hasta qué punto mi valoración adulta de aquellas lecturas que tanto había disfrutado, y que seguramente, como a tantas mujeres, me abrieron el camino de la escritura, estaba marcada por burdos preconceptos machistas. Actuar con libertad implica no limitarnos a los tópicos tradicionalmente destinados a las mujeres, como el campo de los sentimientos, las emociones y los deseos, pero sin renunciar a la exploración de la intimidad, ni al legado de nuestras antepasadas talentosas en esos terrenos donde las mujeres hemos buceado hasta lo profundo. *** *** *** Inicio del prefacio de Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplatenses, idea, selección y edición de Ana Grynbaum, 2da. ed. los libros del inquisidor, Montevideo, 2021; 1ra. ed. Muerde Muertos, Buenos Aires, 2019. (En Uruguay distribuye Gussi, en Argentina distribuye Galerna. Disponible también como kindle.) Booktrailer:

  • "Hombrecitos improvisados de apuro" en Argentina

    La presentación de Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplatenses en Buenos Aires y lo que diferentes autoras expresaron acerca de sus relatos. Racconto de la presentación en la Escuela Freudiana de Buenos Aires,19 de setiembre de 2019: LAS AUTORAS PRESENTAN SUS RELATOS: Leticia Martin - Chupar Elena Solís - Domingo Luz Pearson - Hombre de paja Lucía Delbene - Apuntes para escribir un poema Alba Piotto - Aurora Raquel Zieleniec - Callejón sin salida Sandra Gasparini - Una palada de cemento fresco jamás abolirá el azar Ana Grynbaum - Entre la Gloria y la Chiquita Judit A. Gutiérrez - Altar de vírgenes María Campano - Hombre epistolar Alejandra Allmendinger - Virtual

  • Reseña de Adrián Melo sobre "Hombrecitos improvisados de apuro"

    Las estupidez masculina y las nuevas mujercitas. La literatura rioplatense se suma a la larga lucha de las mujeres. En su compilación, Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplatenses, la escritora y ensayista uruguaya Ana Grynbaum se une a escritoras de ambos márgenes del río de la Plata para plantear y aportar nuevas formas de resistencia de las mujeres a partir de la literatura. Los relatos compilados por y a partir de la idea de Ana Grynbaum en Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplatenses, parten de una consigna que lleva el aire de los tiempos y de luchas reivindicatorias contemporáneas: hacer ficción acerca de la estupidez masculina en los vínculos eróticos y amorosos. Haciendo justicia poética o burlándose quizás de los cupos que generalmente tan graciosamente otorgan los hombres a las mujeres en los espacios sociales –y renegando también de mí que al enterarme de la convocatoria y comportándome cual hombrecito improvisado de apuro me ofrecí a escribir sobre la estupidez masculina como si ésta fuera lo mismo para los gays que para las féminas-, las ficciones están escritas en su totalidad por mujeres y el cupo igualitario no es por género sino por nacionalidad: 16 autoras uruguayas y 16 autoras argentinas. La selección de relatos -29 en total-, la mayoría inéditos y realizados especialmente para este libro, se acompañan de un prefacio ejemplar de Grynbaum, que funciona poderosamente casi un manifiesto literario iniciático fuertemente imbuido entre teóricas como Rita Segato, entre otras. Escrito en primera persona Grymbaum quien es psicoanalista y escritora de bellísimas novelas y de un erudito ensayo sobre sadomasoquismo y esposa de Ercole Lissardi, escritor de ficciones eróticas, señala que comenzó a experimentar el machismo en carne propia con la publicación de sus primeros libros. La dominación masculina se presentaba cual lobo disfrazado de cordero: “Tus ficciones son tan ágiles que no aparecen escritas por una mujer” o “Cuando me preguntan por escritoras uruguayas te menciono”. Y revela que, como suele suceder, a la hora de la crítica literaria era comparada exclusivamente con otras mujeres. Frente a este statuo quo, Grynbaum publica un libro con autoras de su propia elección. En el prólogo y descreyendo de la abolición del género tan solo mediante la implementación del lenguaje correcto, Grynbaum propone más bien analizar las palabras del vocabulario vigente “para darnos cuenta de cómo formatean nuestras ideas del mundo, abriéndonos o cerrándonos posibilidades. A su vez aclara que espontáneamente y no porque ella haya censurado o dado alguna indicación, ninguna autora envió para el libro ningún texto escrito en lenguaje inclusivo. A su vez y partiendo de la idea difundida por Foucault de que el poder se toma, Grynbaum deja en claro que no tampoco le suena bien la idea de empoderamiento femenino porque éste encierra en sí mismo la idea de incompletitud femenina, de que las mujeres son seres incompletos. También el empoderamiento puede implicar tomar un poder que dentro de las sociedades patriarcales pertenece a los hombres y no ese el propósito. No a una dictadura de las mujeres –aunque quizás y esto es personal nos haga falta un período de terrorismo femenino como en todo proceso revolucionario para barajar y dar de vuelta- sino crear algo nuevo, algo distinto, que no implique un nuevo sistema de opresión. En este sentido, la literatura y por ende este libro cumple un papel primordial porque quien sino el campo literario es el que piensa, crea y recrea nuevos e imaginativos mundos. Si el planteamiento inicial: “la estupidez masculina” suena a batalla de los sexos o guerra contra los hombres, cabe señalar que no hay en los relatos un espíritu combativo contra los hombres. En todo caso la imposibilidad de relaciones disfrutables, de encuentros eróticos o amorosos placenteros de los relatos surgen tan pronto de varones que confunden el mundo con su cabeza (“estos hombrecitos” que al decir de Grynbaum para los cuales “el pene, o mejor dicho lo que ellos en su megalomanía fantasía que su pene es, se encuentra en el centro de su cerebro u de ahí lo proyectan sobre el mundo” tal como aparece graciosamente en su propio relato Entre la Gloria y la Chiquita, donde un hombre dialoga con su pene que se siente celoso de la mujer de la que eventualmente pudiera enamorarse”), como de tanto hombres como mujeres que encuentran dificultades para comprender a quien se desea, esa cuestión tan inaprensible como poética y misteriosa (Reproducción automática , de Francesca Vilá, El cielo clareaba como una despedida de María Ferreyra, Domesticidad de Michel Marx). En todo caso las mujeres no aparecen inmaculadas en los relatos y las relaciones entre hombres y mujeres están viciadas para los sexos en las sociedades falocéntricas por la voracidad por el poder o el dinero y complejizadas aún más por el auge del cuerpo perfecto y las nuevas tecnologías (Virtual de Alejandra Allmendiger o Correr para nada de Lía Schenck). “No es en contra de sino a favor” de cambios en las relaciones humanas es como se erigen estos relatos. El título de la obra fue inspirado por Mujercitas y Hombrecitos, los clásicos de Louisa M. Alcott, que tal como señala la autora revisitados por el interesante ensayo de Anne Boyd Rioux El legado de Mujercitas. Construcción de un clásico en disputa aportan nuevas maneras de leer esos libros canónicos en conjunción con las Memorias de un neurópata de Schereber. A ellos se les sumo el “improvisado” y “de apuro” que les da un toque de humor, aunque frecuentemente ácido, amargo y desencantado que anida en varios de los relatos. A esos títulos me atrevería a agregar como inspiración inconsciente uno de tantos calificativos perdurables, que la extraordinaria Alfonsina Storni le asignó a los hombres en un poema destinado a hacerse célebre: “Hombre pequeñito”. A riesgo de ser injusto–aunque se suma a la injusta la atribución masculina que me tomé de realizar la crítica de este valioso libro que parece una vindicación por haber sido justa y graciosamente negado para participar de él-con la variedad de ficciones donde abundan el humor, el dramatismo pero sobre todo la imaginación de la que solo son capaces las mujeres, creo que uno de los relatos, entre tantos, que resume el espíritu de Hombrecitos…, es Chupar de Leticia Martín. En él, a la protagonista principal y narradora se le manda a hacer algo que le gusta “pero fuera de contexto”. “Chupame la pija”, le ordenan en pleno almuerzo familiar y delante de su hija. A la narradora le encanta chupar pijas, repite y eso le da pie para indagar y analizar sobre la naturaleza del insulto. Lejos de ser “algo esmerado”, una ofrenda o una situación de sometimiento, es algo que a la narradora mujer le produce disfrute y excitación. Sin embargo, la protagonista elige no aceptar el ofrecimiento ni responder de manera provocativa, como sería entre tantos ejemplos: “Dale, machito. Bajate el pantalón y te la chupo. Acá delante de todos” o “Chupáme la concha”, con la convicción quizás de que esos gestos lejos de parecerle actos lingüsticos de resistencia solo emulan el lenguaje de los hombres. No responde al machismo con hembrismo. Lejos de eso, la mujer prefiere ir a hacer algo que no le gusta: ir a lavar los platos. Y de esa manera está haciendo lo inesperado. Por empezar está haciendo algo que el hombre no le ordenó y la aparente docilidad y sumisión entonces se transmutan en formas de rebeldías imaginativas y creativas que son las plausibles de desconcertar y trastocar el sistema patriarcal. Siguiendo la tradición de Amalia, novela fundante argentina escrita por un hombre, que transcurre entre Argentina y Uruguay y que, como señala Doris Sommer en Ficciones fundacionales es fuertemente constructora del género y del papel de los varones y las mujeres en su narración de la historia de amor heterosexual de Amalia y Eduardo Belgrano, estas ficciones escritas por una variedad y polifonía de mujeres a ambos lados de las costas rioplatenses pueden funcionar, sin duda y sin exageración, como fundantes de nuevas formas de pensar los géneros, el erotismo y las sexualidades y nuevas formas creativas de amar y sentir. Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplatenses. 32 autoras uruguayas y argentinas actuales narran las formas masculinas de arruinar los vínculos erótico- amorosos. Idea, selección y edición de Ana Grynbaum, Editorial Muerde Muertos, Buenos Aires 2019) (Publicado el 13/11/19 en http://despuestedigoloquepienso.blogspot.com/)

  • Entrevista a Ercole Lissardi sobre "La pasión erótica" para el diario Clarín

    Unas horas después de haberse despedido en el living de la librería Eterna Cadencia, luego de haber cerrado la charla con un apretón de sus brazos fuertes de señor robusto, Ercole Lissardi –una de las perlas de la literatura uruguaya que acaba de desembarcar en la Argentina con una edición doble de El centro del mundo, 3 nouvelles calientes (Planeta) y el ensayo La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet (Paidós) – hará llegar un correo electrónico a esta cronista: “De camino a mi siguiente compromiso anoté en mi libreta respuestas que también me parece que aportarían a la entrevista” y las adjunta en un documento de texto. Una carilla de apuntes en la que decía más o menos así: “Lo más difícil al escribir La pasión erótica fue la ausencia de herramientas conceptuales desde las cuales pensar adecuadamente el fenómeno erótico. Tuve que forjarme unos conceptos y tuve que redefinir otros conceptos que ya no servían, que obstaculizaban la reflexión porque eran ya anacrónicos. Conceptos como los de ‘paradigma amoroso’ y ‘paradigma fáunico’, ‘figura paradigmática’ o ‘cuerpo pornográfico’ los tuve que inventar para pensar mi objeto. Una antinomia conceptual como la de ‘arte erótico’ y ‘pornografía’ tuve que redefinirla, porque tal y como se la utiliza hoy no sirve, no es útil. Tuve que investigar cómo y para qué se origina esa antinomia, y cómo evoluciona, y qué contenido se le puede dar hoy para pensar la realidad actual de las representaciones de la sexualidad. Tuve que pensar desde cero la función que Satanás cumplía en la siquis del creyente medieval para darle el lugar adecuado en el paradigma fáunico. Tuve que elaborar una historia conceptual de la pornografía para comprender la historia del cuerpo pornográfico y su lugar en el paradigma fáunico. Hoy en día no existe una historia conceptualmente elaborada de la pornografía, que es el fenómeno cultural más importante de nuestro tiempo, no existen más que estudios parciales. Tuve que comprender la verdadera relación entre Casanova y el Don Giovanni de Mozart para iluminar un momento esencial en la evolución del paradigma fáunico. En esta tarea de invención, y reelaboración, y relectura estuvo lo más arduo de mi trabajo de escritura”. Fauno Barberini El autor estructura el ensayo La pasión erótica a partir de un rastreo de aquellas manifestaciones culturales y artísticas que se han ocupado del Eros esencialmente desde el apetito sexual, el deseo y la curiosidad sexual. Lo que él denomina “paradigma fáunico”, genealogía en la que inscribe su obra de ficción. Sus libros, cuenta, han sido desde que empezó a publicar en Montevideo, celebrados por una porción de público y condenados por otra gran parte. “Me han atacado como pornógrafo y perverso pero siempre con discursos vacíos de argumentación. Porque no hay un discurso sobre la erótica. De modo que lo tuve que armar…” ¿Entonces este ensayo surgió de una necesidad como autor de ficción? Absolutamente. Como escritor de ficción tú necesitas un discurso, no que legitime, o que justifique o que soporte, pero sí que te permita a ti relanzar hacia delante la propia producción. El discurso crítico debiera de relacionar a la obra con el público, pero a la vez relanzar en la mente del escritor sus propios temas. En determinado momento yo no encontraba un discurso en el cual autorreferenciarme y relanzarme, de modo que dije: “Si nadie lo hace lo tengo que hacer yo. Tengo que ser el boxeador y el mánager a la vez”. A partir de allí surgió este libro, cuando tuve la única crisis de escritura en mi vida. Me di cuenta que necesitaba ese discurso y lo empecé a elaborar, un poco a tontas y locas… El resultado puede leerse como un mapa de las manifestaciones artísticas en torno de la erótica, ¿por qué cree que este tema nunca fue tratado por la academia? En primer lugar porque durante 2.000 años fue un tema prohibido, un tema marginal y la academia no trabajaba sobre esas cosas. De hecho, la actitud de la academia hacia autores que se adentraron, mismo en el siglo XX, en el terreno de la erótica fue de mantener cierta distancia, cierta reserva. En Estados Unidos, Henry Miller no es apreciado por la crítica, sigue siendo un escritor marginal, porque no tenía una formación intelectual, pero sobre todo porque sus temas fueron profundamente eróticos. La maldición sobre lo erótico, herencia de la cultura católica, influyó para que la academia no hiciera un tratamiento profundo sobre ello. Ni siquiera se lo toma como tópico… Y lo opuesto sucede con lo que yo llamo el paradigma amatorio o amoroso, ese siempre fue el tema de la academia. El amor es el cemento del mundo. Dios es amor… bla, bla, bla. Hay todo un organigrama sobre el tema. No es lo mismo con la erótica. Qué decir acerca de esa actividad frenética y muy poco elegante que es entregarse al deseo. Cuando digo erótica me refiero a la proporción de obras que tratan temas eróticos, o sea, del deseo. Y el mismo concepto de deseo es un concepto que no está trabajado. El erotismo de Georges Bataille es el primer libro en la historia de Occidente que, desde el punto de vista del pensamiento, trata el erotismo y es de 1957. Muy pocos autores han trabajado el tema del deseo, el que más lo desarrolló fue Jacques Lacan. Acaba de ser editado su seminario El deseo y su interpretación , en el que él aborda específicamente la cuestión. Pero son temas que quedaron atrasados y no se van a poner al día con mi libro. Mi libro es sólo un mapa. Usted menciona que el paradigma amoroso ha tenido históricamente un fuerte discurso, del que careció por años el paradigma fáunico, ¿puede pensarse a la erótica como más asociada a las imágenes…? Yo no creo que sea así. Realmente pienso que el paradigma amoroso fue trabajado y retrabajado a lo largo del tiempo y se expresa de maneras muy diferentes, pero también el paradigma fáunico ha tenido figuras que provienen del discurso escrito. Yo le dedico un capítulo a Don Juan, una de las obras de la literatura que ha tenido mayor impacto sobre la cultura occidental, pero en ella no hay discurso. Sí lo hay en Molière, pero la obra de Molière fue levantada de cartel a los 15 días de su estreno y hasta fines del siglo XX no se volvió a representar. Ahí sí había un discurso, un poco de trinchera pero sí había un discurso sobre la cuestión. Hubo obras de erótica, algunas de gran calidad, como pueden ser las de Petro Aretino, Molière o Giacomo Casanova pero no había un tratamiento explícito de una cierta manera de encarar el mundo como sucedió siempre con el amor. Eso no existía del otro lado. Había obra escrita pero no tenía la voluntad de reflexión como para autodefenderse como pensamiento. El discurso del ser que encarna el deseo sólo logró instalarse con el tiempo. Pero usted se refiere en la actualidad al imperio del cuerpo pornográfico como una mera exhibición del cuerpo. ¿Se trata de un retorno a un paradigma que niega el discurso propio? Entiendo el razonamiento. Efectivamente llevó mucho tempo para que el paradigma fáunico fuera capaz de establecer un discurso que enunciara su filosofía de vida, su designio en el mundo y en la cultura. Llevó muchísimo tiempo. Las obras son siempre reprimidas, dejadas de lado. La obra de Molière desapareció. Con Casanovas pasó lo mismo, él murió dejando papeles que se empezaron a publicar muy recortados, muy distorsionados. La obra permaneció de manera clandestina y subterránea a lo largo del siglo XIX y recién en 1961, por primera vez, se editó el texto tal y cual está en los manuscritos. Ese discurso, el propio discurso del paradigma fáunico cuando consigue aflorar es atacado, reprimido, prohibido. Hoy, en los tiempos de la permisividad, no hay ningún discurso que esté prohibido. El discurso del placer está entre nosotros y no puede retroceder. Será más o menos claro, pero ya está entre nosotros, forma parte de nuestras vidas la opción por el placer. La pornografía viene de fuera a instalarse en este juego, viene de hecho, de la más profunda marginalidad. De alguna manera, el discurso y ese concepto que inventó de ‘cuerpo pornográfico’, proviene de afuera de la cultura y se expresa de la manera en que encuentra para expresarse. Es cierto que el desarrollo rapidísimo de la tecnología de la imagen ha hecho que se convierta en la manera predilecta aunque no la única. Entonces, se da una cosa que es una especie de cierre de ciclo, de retorno absoluto a esa diseminación absoluta, infinita de las imágenes. En la Grecia clásica había una fuerte diseminación de imágenes fáunicas, estaban las imágenes por todos lados. Tal cual hoy vivimos la pornografía. Es igual, de alguna manera se cerró un ciclo para el paradigma fáunico cuando vivimos esta explosión. ¿Considera que eso atenta contra el deseo? Es uno de los grandes temas el lugar del deseo en la sociedad pornografizada. ¿Qué lugar le queda, qué es lo que tiene para decir y cómo tiene que decirlo? En Historia de la sexualidad Michel Foucault ya sugirió que nuestra cultura avanzaba hacia el agotamiento del deseo. Es un tema que para mí es absolutamente central. ¿En qué medida la pornografización de la sociedad mata a esa fuerza extraña y misteriosa que nos lanza hacia otra persona? Implicaría pensar que el deseo es en realidad una formación psíquica temporal, relativa al contexto, a cierto tipo de momento de una sociedad, cosa que a mí me cuesta pensar. Como el amor, también el deseo es una formación psíquica propia de una sociedad y que eventualmente va a desaparecer. La idea del amor que tenemos hoy en día es cada vez más laxa y más vaga. La crisis del amor, de la pareja, del exclusivismo y la trascendencia de lo amoroso es una crisis que admitimos que está instalada, en qué medida la pornografización nos lleva a una especie de agotamiento, de pérdida en el terreno del deseo. Es difícil de pensarlo en la medida en que no tenemos siquiera un discurso sobre el deseo. Yo por el momento me limito a decir, subrayar que el corazón de la erótica es el deseo, que lo que define a una obra de erótica es la presencia de esa fuerza dentro de la obra, sea un cuadro, una foto, un filme, una novela. La presencia de esa fuerza oscura y terrible: el deseo. Entonces, ¿es el arte el vehículo más adecuado para hablar de esta fuerza? Es una buena pregunta. El pensamiento reflexivo, la ciencia, sin duda debiera de tener una palabra para decir y sin duda que sería influyente. El pensamiento sobre el deseo es sumamente vago por ahora, lo que sé es que desde el arte sí se habla y se dicen cosas que son centrales. Y es lo que ha hecho avanzar este paradigma… De hecho, la mayor parte del paradigma está desarrollado en basada en el arte, la representación por el arte o la palabra. Hasta ahí puedo llegar. Es tan poco lo que sabemos de esta fuerza; no sabría desde donde crear otro discurso. (Publicado en el diario Clarín el 5/8/2013: https://www.clarin.com/ficcion/ercole-lissardi-entrevista_0_SkTXrcHsPmx.html)

  • Ercole Lissardi – La conquista de la lucidez

    En estos últimos años algo insólito ha ocurrido en la literatura uruguaya: una escritora, Ana Grynbaum, ha dado a conocer dos extraordinarias novelas eróticas: Un asiento demasiado confortable (2020) y La conquista del deseo (2021), ambas publicadas por los libros del inquisidor. El tema de la primera es la muerte de la madre, el de la segunda la iniciación sexual, momentos ambos, por cierto, centrales en la experiencia humana. Las respuestas que a esos momentos dan las protagonistas y narradoras de ambas novelas son profundamente diferentes. En Un asiento demasiado confortable la respuesta es un verdadero aullido de impotencia. La madre ha sido cruel y brutal con su hija, y esta se siente incapaz de acompañarla en la agonía, incapaz de anular así sea in extremis el abismo que las ha separado toda la vida. Lo genial en esta novela, recurso verdaderamente digno de un Bataille, es la única respuesta que, desde el dolor y la impotencia, la hija es capaz de dar para equilibrar el horror de la agonía: una vez por semana se entrega al vicio de un viejo esperpéntico cuya única relación posible con las mujeres -con ella no cruza una sola palabra- es practicarles el cunninlingus una vez instaladas en una especie de sillón ginecológico. El horror y la brutalidad de la agonía sin contacto imposible entre madre e hija, se compensa, por decirlo de alguna manera, con la brutalidad de esta sexualidad sin contacto alguno posible, en la que la hija se reduce voluntariamente al estado de objeto puro. El asiento en el que la hija se deja hacer hasta el orgasmo es, ciertamente, demasiado confortable, tanto que le permite sobrevolar, sin enloquecer, el infierno de la agonía de su madre. En La conquista del deseo el aullido ha dejado lugar a la lucidez: la protagonista narra desde la distancia, desde la mirada clínica que le permite el paso del tiempo. En su edad adulta la protagonista regresa al momento clave de la iniciación sexual, no para regodearse en las presuntas dulzuras descubiertas en brazos del primer amante, sino para desmontar en la memoria todas las trampas, los mecanismos letales que tuvo que eludir para dar ese paso que cambia todo en la vida. Así, para huir de la férrea y destructiva vigilancia de unos padres abusivos, demonios de un hogar infernal en el que campea la neurosis fuera de control, se refugia en la vida sencilla y ordenada de sus abuelos. Pero es sólo con la distancia que pone el paso de los años que comprende hasta qué punto le resultaba oprimente la obsesión de sus progenitores con la acumulación de objetos feos y absurdos, kitsch para decirlo con una palabra. Marea desbordada de objetos a los que supuestamente se debe variadas formas de pleitesía y que la vigilan como especie de alter ego fantasmático de la monstruosidad familiar. El ámbito liceal no le significa un refugio, no le aporta solidaridades ni amistades: al contrario, rechazando las variadas y obscenas formas de la sexualidad que despuntan entre sus compañeros se ve también allí aislada y hostigada. El ardid de unas clases de piano que en realidad no toma le permite abrir una brecha, un tiempo libre de opresiones y represiones para vivir la novedad que hay en su vida: el deseo que experimenta hacia un joven empleado del negocio de sus padres. Afortunadamente el chico resulta ser un amante comprensivo y cuidadoso que la conduce lentamente por todas las experiencias en lo que podemos calificar como una completa iniciación sexual. La mirada de la protagonista, ya adulta, no es una mirada cualquiera: es una mirada capaz de mostrar cómo en el centro de un complejo sistema de opresiones y represiones es posible crear un vacío en el que aflora la belleza y la pureza al descubrir el placer sexual en el contexto de algo vago y misterioso pero definitivamente parecido al amor. Un amor fallido, sí, prematuramente finiquitado por las circunstancias, pero resistente y duradero en la memoria. Dos novelas de temas esenciales, poderosos, resueltas en su dimensión erótica con brillantez y originalidad. Y sigue la mata dando. Sigue la cultura autista de este paisito signado por la voluntad de mediocridad dando escritores secretos, ninguneados y geniales.

  • Ercole Lissardi - La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en internet

    El Paradigma Amoroso Una de las tradiciones más antiguas y sólidas de la cultura de Occidente, tanto desde el pensamiento como desde el arte, nos habla del Amor. El extraordinario esfuerzo de revisión de la propia historia cultural que se produjo en Europa a lo largo de los siglos XIX y XX condujo –entre otras cosas– a la fijación de lo que podríamos llamar el Paradigma Amoroso, es decir, una tradición de figuras de sensibilidad y de pensamiento que, a lo largo de la historia de Occidente, han encarnado en toda su pureza la idea del amor en tanto vínculo espiritual y exclusivo. Dicho paradigma ha servido a manera de repertorio de ejemplos, de espejos en los que debieran aspirar a reflejarse las almas nobles. Algunos de los libros en que ha quedado fijada esta tradición son: El Amor y Occidente, de Denis de Rougemont (1939), La naturaleza del Amor, de Irving Singer (1966) y El amor puro, de Platón a Lacan, de Jacques Le Brun (2002). Los tres autores señalan, por supuesto, a El banquete de Platón como la instancia fundadora de la tradición. De Rougemont se interesa sobre todo en los mitos y las leyendas medievales: Tristán e Isolda, los trovadores del Amor Cortés, etc. Los tres densos tomos de la obra de Singer intentan ser exhaustivos. En la Antigüedad incluye a Plotino, pero también a Ovidio y a Lucrecio. En la Edad Media va desde San Agustín hasta Martín Lutero, tomando como punto de partida a Pablo de Tarso. En el Renacimiento va desde Petrarca a Castiglioni y a Montaigne. Llegados a la Modernidad están Shakespeare y Rousseau –fundador del Romanticismo–, y por supuesto Goethe, Byron y Stendhal, y así siguiendo. Finalmente, abriendo las puertas al siglo XX: Kierkegaard y Schopenhauer, y luego Proust y Freud, etc. He entrado un poco en detalle para subrayar hasta qué punto la idea del Amor ha estado presente en la producción de las mejores mentes de Occidente. Le Brun, por su parte, se circunscribe a la forma más radical del Amor –la que el teólogo francés del siglo XVII, Fenelón, llamó Amor Puro: el que no espera recompensa ni reciprocidad alguna, y ni siquiera aspira a la posesión de su objeto. Pasa revista a quienes el mismo Fenelon señala como autoridades en la materia: Platón, San Pablo, San Agustín, Bocaccio, Petrarca. Y luego propone a quienes retomaron el tema donde lo dejó Fenelon: Kant, Schopenhauer, Sacher-Masoch, Freud y Lacan. No voy a abundar en la caracterización del Paradigma Amoroso, verdadera máquina de gestión espiritualista del eros. Todos conocemos, más o menos, su substancia y sus figuras[1], y, sobre todo, sabemos de la fuerza con que a lo largo de la historia de Occidente sus valores han modelado a las personas en su búsqueda de objetos de amor, ya sean inmanentes o trascendentes. Para profundizar en el Paradigma Amoroso es suficiente la bibliografía que acabo de citar. Bastará aquí con explicitar dos de sus características fundamentales. La primera es que se trata de un paradigma fundamentalmente discursivo: tiene la palabra, y se concreta y expresa a través de ella. La segunda es que en todo tiempo y lugar ha sido sostenido y fomentado por las instituciones más poderosas: el Logos, la Iglesia, el Estado y sus Leyes. El Paradigma Fáunico Pero el Paradigma Amoroso no es el único que en Occidente se ha ocupado del eros, de la atracción erótica. Existe otro paradigma, otra tradición de sensibilidad, cuya definición hasta donde sé aún no se ha intentado, y que, por consiguiente, en tanto tradición con una lógica y una conciencia propias es, culturalmente, invisible. Lo que caracteriza a este otro paradigma, el Paradigma Fáunico, es privilegiar el apetito sexual, el deseo, la curiosidad sexual, la voluptuosidad, como vectores esencialmente enriquecedores de la peripecia humana. La perpetua voracidad sexual, perpetuamente alimentada, es el camino del Nirvana que predica y al que aspira. El Paradigma Fáunico es, en principio, mudo. Se expresa a través de imágenes, imágenes en tanto representaciones concretas, pero también imágenes en tanto representaciones fantasmáticas. A lo largo de la historia cultural de Occidente, lenta y progresivamente, el Paradigma Fáunico accederá a la palabra, como veremos. El Paradigma Fáunico ha sido rechazado y reprimido por las instituciones que han regulado la vida, el pensamiento y la sensibilidad en Occidente. No por eso ha dejado de configurar una alternativa –clandestina durante largos períodos, pero eficiente– a la hora de seleccionar el sujeto sus opciones. Las figuras paradigmáticas Así pues, nuestra cultura se ha dado dos principios opuestos y enfrentados para configurar el universo de las relaciones eróticas, para gerenciar, podríamos decir, la pulsión erótica: el Paradigma Amoroso, que ha sido objeto de abundante tratamiento y teorización, y el Paradigma Fáunico, que ha permanecido invisible, mudo, secreto, y que sólo muy lentamente, a lo largo de los siglos, accederá finalmente a la palabra. Las formaciones simbólicas a las que llamamos figuras paradigmáticas han funcionado como tales para el conjunto de una sociedad o de una civilización. En el caso del Paradigma Amoroso, figuras como el erastés y el eromenos del Banquete platónico, la criatura, el Creador 14 y el Prójimo de los cristianos, el trovador y la dama de las cortes medievales, la Beatriz de Dante, Romeo y Julieta, la Laura de Petrarca, el esclavo y su ama en el masoquismo, conservan su validez ejemplificante a lo largo de extensos períodos de tiempo. De la misma manera sucede con las figuras del Paradigma Fáunico, como veremos. Una precisión de la mayor importancia: es el imaginario colectivo, y no ninguno individual por más sensible y perspicaz que sea, el que decide quién encarna en determinado momento, en determinada época tanto al Paradigma Amoroso como al Paradigma Fáunico. Las figuras paradigmáticas estimulan la emulación del valor que encarnan. A la vez permiten reconocer en los sujetos humanos concretos conductas similares a las de las figuras paradigmáticas –sean esas conductas espontáneas o producto de la emulación. En otras palabras: permiten explicar las conductas de los sujetos concretos en términos de imitación (o, en el límite, de posesión). Se puede decir de un sujeto que es un fauno, o que tiene una personalidad fáunica. Este tipo de personalidad se da, por supuesto, en hombres y mujeres por igual, dependiendo del tipo de sociedad en que se vive la posibilidad de expresarla más o menos abiertamente. A la personalidad fáunica no la conmueven en absoluto los valores que propone el Paradigma Amoroso. Los ignora olímpicamente, a menos que le sirva para sus propios intereses fingir que adhiere a ellos. Una verdadera personalidad fáunica, en el fondo, y se lo confiese a sí misma o no, no conoce otras motivaciones para sus actos que no sean las sexuales. Dos aspectos que no nos interesan en esta primera aproximación al tema de los dos paradigmas: – dilucidar por qué nuestra cultura, desde su origen con los griegos, se dio estos paradigmas y no otros, y por qué el cristianismo triunfante optó por el Paradigma Amoroso rechazando al Fáunico; y – las razones por las que un sujeto actúa espontáneamente siguiendo las pautas de conducta de uno o el otro de los paradigmas. Responder a estas interrogantes supone una vocación especulativa que supera largamente nuestras posibilidades. [1]He tomado la noción de figuras a) del libro de Jacques Le Brun El amor puro, de Platón a Lacan; especialmente del capítulo Un amor puro, b) del Tratado del rebelde de Ernst Jünger (Sur, Buenos Aires, 1963), especialmente del capítulo 10, donde se refiere a las figuras del Trabajador y del Soldado Desconocido. *** *** *** Introducción a La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en internet, Ercole Lissardi, ensayo, 2da ed., los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2021; 1era ed. Paidós, Buenos Aires, 2013. (Distribuye La periférica) Booktrailer:

  • Ercole Lissardi - Las dos o ninguna

    Voy a narrar una noche tipo con Sonia. Por supuesto que todas las noches de sexo, aun con la misma persona, son diferentes, pero también es cierto que hay una dimensión de ritual en el festín sexual y que esa dimensión, mucho antes de devenir rutina, implica un cierto regodeo en la repetición. Llego sobre las diez de la noche y, un poco para evitar maledicencia, y otro poco para eludir a los chorros, dejo el Mercedes en una estación de servicio a un par de cuadras. Es un 230 SL de 1965, el popular Pagoda, que heredé de mi abuelo Jaime a condición de tenerlo siempre en hoja, mandato que cumplo religiosamente. De hecho, con el Pagoda me identifico como escritor: lo manejo con sombrero de fieltro, pipa en la boca y pañuelo de seda al cuello, en homenaje a mi abuelo, que a los once añitos, antes de que el mundo me pervirtiera, me convenció de que lo mío era la literatura. No es un auto que pueda abandonar en una esquina oscura de Montevideo hasta tarde en la noche. La Suiza de América reboza de delincuentes. De este país se va todo el mundo, menos los chorros. Dejamos en el apartamento las delicias que aporto al rendez-vous –unas masitas, una botella– y, volvemos a salir a la calle. El viento frío de la noche otoñal ya barrió de las calles a los últimos rezagados. Por lo demás este es un barrio de laburantes, de madrugadores. Las calles desiertas y mal iluminadas están prontas para nuestro peculiar momento erótico. Sonia se detiene siempre en la misma esquina oscura, la del almacén del durgo, cuya cortina de metal a esta hora ya está baja. Esta es su escenografía predilecta para el erotismo a la intemperie. A partir de las telenovelas turcas y de interactuar con el turco del barrio, quién sabe en qué proporciones, Sonia ha elaborado la deformación fonética vagamente provocativa que ya he consignado. De lo que no me cabe duda es de la carga libidinal implicada. Me atrevo a sospechar que el durgo –al que no conozco pero imagino cuadradón y con un gran bigote– y la Durguía de Sonia son una especie de mantra erótico. Y que cada vez que, como al azar los invoca, me está recordando la peculiaridad de su deseo y las circunstancias en que me permite aplacárselo –en la esquina del almacén del durgo. A saber cómo se resuelve semejante ecuación. Demasiadas incógnitas. Mira en derredor, nadie a la vista. Se vuelve hacia mí, me mira con un brillito de urgencia en los ojos. La luz del farol de la esquina, tamizada por el follaje de un plátano agitado por el viento, apenas nos ilumina. Sacude un poco la cabeza para que los rulos me dejen ver sus ojos. Su mirada es, inesperadamente, de entrega y súplica. Frunce un poco la trompa, ofreciéndomela. Los labios le tiemblan un poco por la expectativa. Sé que tiene ya la concha mojada. Lo sé porque alguna vez, al principio, cuando sus mudas exigencias me desconcertaban, a destiempo, descontrolado por su mirada perruna, rápido como un punga he deslizado la mano por la cintura de su pantalón y la he tocado. También sé qué es lo que piensa en ese momento en que me ofrece la trompa y la mirada. Lo sé porque ella misma ha terminado por decírmelo. Se siente orgullosa de mí, de nosotros, de que yo haya sido capaz de adivinar su secreto, o de que ella haya sido capaz de revelármelo, que es más o menos lo mismo en este acuerdo sin palabras. Levanto una mano y le tomo la trompa entre el pulgar y el índice. Se le despegan los labios y respira fuerte. Tiembla visiblemente, de pura ansiedad. Vuelve a mirarme a los ojos como pidiéndome una explicación por la espera innecesaria a la que la someto. Entonces la suelto y le doy una cachetada rápida, cortita, caliente, de experto, bien cerca de la boca. Y muy fuerte, que por eso no ha de haber reclamos. Cierra los ojos, saboreando la onda que le recorre el cuerpo. Acerco mis labios a los suyos para respirar el olor a cigarrillos de su boca. Me embriaga, me excita. Le suelto otra cachetada. Quizá más fuerte. Bien sobre la trompa, dándole un poco vuelta la cara. Todo está en no reventarle un labio. Vuelve a mirarme y ahora hay algo distante en su mirada. Me ofrece otra vez la trompa. Sé que ya está colocada, ida, chapoteando en su goce. Se babea. Ahora es de darle y darle. Y apenas me contengo para tomarla del brazo y sacarnos un poco de la mancha de luz. Entonces le doy con las dos manos. Derecha, izquierda. Cachetadas cortas, reprimidas, calculadas. Sin mucho recorrido, sin alharaca, no sea que algún caballero andante nocturno malinterprete nuestros entusiasmos. Tiembla, la cara colorada, jadeando, pero no afloja. Si por ella fuera sería más y más, hasta acabar a cachetazos. Gime entonces y ondula, apretando los muslos. Es como una advertencia. Se deja ir. –Tilio… –musita–. Tilio… –patética hasta la auto-parodia, como la Sarli, como pidiéndome un último puntazo que acabe con ella. (Por si no lo dije aun: mi nombre es Atilio. Mi abuelo, que padeció a fondo la pasión futbolera lo impuso para mí). Le apoyo entonces la espalda contra la pared. Me deja hacer, boquiabierta, groggy, como un peleador que ya bajó la guardia y acepta todo el castigo. Deslizo la mano por debajo de la cintura del jeans y por debajo de la mínima tanguita –la roja o la negra o la verde cotorra, que son las tres que le conozco– le agarro la concha, carnosa y empapada. Dos dedos, en gancho, deslizo por el pantano cuerpo adentro. Ya no le importa nada. Se afloja, perniabierta. Se cuelga de mi cuello para no caer cuando empiezo a darle como sé que le gusta. Tiembla como en hipotermia por la calentura. Le hundo en el culo un tercer dedo y le aporreo el vértice con el pulgar. Suelta un gemido gangoso, como de tarada. Temo que se descontrole del todo y se ponga a aullarle a las estrellas. Le cierro la boca con la mía. Por encima del pantalón sus dedos duros como garfios se prenden de mi verga, que desde hace rato está como para partir nueces. Devorar sus labios gruesos y babosos me pone a mil. Furioso le pellizco el clítoris, le meto dos dedos en el culo, tres en la concha, como para desgarrársela. Froto la verga contra su vientre como para abrirle una zanja. Hasta que revienta. Se saca de dentro la bola de fuego. Acaba en mi boca no con un aullido de loba en celo sino con un cantito de nena indefensa que se va debilitando a medida que un orgasmo que se apaga se desliza dentro del otro, que apenas despunta, revienta y se acaba. Le sigo dando aun cuando siento que la concha ya se le seca, que mis dedos aporrean sus nervios a flor de piel, produciéndole descargas que la estremecen entera y la hacen saltar, ridícula como una marioneta. Cuelga de mí, domado el fuego voraz, convaleciente de orgasmo catastrófico. De su bolsillo saco un cigarrillo y se lo cuelgo de los labios. Lo enciendo. Se llena los pulmones. Despierta. –Qué frío –dice, como incapaz de callarse o de decir algo a la altura de las circunstancias. Pero de inmediato, con la segunda pitada, se redime. Bruscamente relajada y energética dice, demostrando que está más loca que una cabra: –Vámonos para casa que me muero de frío. Qué maniático que sos –concediéndome gratuitamente el mérito de haber inventado aquella patética erótica de arrabal. Lunático portazo con el que se evita olímpicamente hacerse cargo de la situación. Y del asunto no se habla más. Sólo una vez, después de coger, en su cama, en su cama, casi sin hacer pie, deslizándonos hacia el final de nuestra noche, asumió en algo los hechos. –¿Qué te gusta más –le había yo preguntado nomás por morbo, por hacerla hablar– las cachetadas o la paja que te hago? Habla con apenas un hilito de voz como si estuviera a punto de dormirse, o hablando drogada. –Me gusta que me casques. Y se queda callada. Después me toma la mano y la pone sobre su pubis. –Tocame, vas a ver cómo me pongo de solo pensarlo. Tenía razón, estaba hecha una sopa. –¿Por qué te gusta? –Porque es lo que merezco. Que me zurres, por puta. –En una esquina oscura… –En una esquina oscura. –¿Y la paja? –También es lo que merezco. No que me cojas si no querés. Nomás una paja… ¿No entendés? –termina preguntándome, como a un párvulo que no entiende la regla del tres. Calla, jadea un poco, el mínimo contacto de mis dedos con el vértice inflamado está pudiendo con ella. –En realidad, lo que yo quisiera después que me cascás, es arrodillarme y chuparte la pija. Pero no puedo, me da terror hacerlo en la calle, es demasiado… –La próxima lo vas a hacer… –le prometo–. Cuando estés a punto voy a sacar la pija para que me la chupes… Mis palabras estallan como un rayo en la nube densa de su imaginación, la crisis la gana, el dique se rompe, el placer la inunda, ya no regresa, hundida en la modorra. Tengo la pija dura y cabeceando. No puedo vestirme e irme así. Le pongo la mano encima, entiende, me masturba despacito. Cuando estoy por acabar me pregunta entre sueños qué estoy haciendo. –Está todo bien –le digo–. Seguí un poquito más… No responde, quizá ni me ha oído, groggy como está. Pero cuando le digo “Ahora”, lenta como una serpiente sonámbula, con la boca abierta avanza sobre mi vientre justo a tiempo para que le suelte el chorro entre las fauces. Con dos dedos masajea despacito el tallo para mamar la última gota. *** *** *** Apartado 15 de Las dos o ninguna, Ercole Lissardi, los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2021, novela. (Distribuye La Periférica) Booktrailer:

  • Todo Pawel Pawlikowski

    Pawel Pawlikowski es el caso, para nada aislado, del cineasta procedente de la Mittel-Europa que realiza su carrera en Europa Occidental o en los Estados Unidos, y que eventualmente, al final de su carrera regresa para filmar en su país. A cualquier cinéfilo se le ocurre un puñado de nombres para ejemplificar esta peripecia. Pawlikowski es de origen polaco y recibió formación académica en literatura y filosofía en universidades inglesas. Sus primeras tres películas las filma entre Inglaterra y Francia, luego regresa a Polonia a enfrentar los dos tema que han definido la historia polaca en las últimas décadas: el destino de los judíos polacos durante la Guerra y la vida bajo el autoritarismo comunista. *** *** *** Last Resort Nuestra conversación: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/38a56a28/last-resort-ultimo-recurso *** My summer of love Nuestra conversación: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/ecf8a085/my-summer-of-love-mi-verano-de-amor *** La femme du Vème Nuestra conversación: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/32a2207c/la-femme-du-veme-la-mujer-del-quinto *** Ida Nuestra conversación: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/2a0c19b0/ida *** Cold War Nuestra conversación: https://www.lissardigrynbaum.org/podcast/episode/2110c95f/cold-war-guerra-fria *** *** ***

  • Ercole Lissardi - La ruta del cónsul

    Uno de los varios objetivos de nuestras largas vacaciones en México era recorrer, en peregrinaje, la Ruta del Cónsul –o sea el errático itinerario que Geoffrey Firmin, excónsul británico en Cuernavaca, recorre en el aciago día que finaliza con su muerte, y con su cadáver lanzado al fondo de un barranco al pie del Popocatépetl. No hicimos preparativo alguno para lograr ese objetivo. Nos parecía obvio que sería fácil dar con la ruta, que en realidad nos veríamos como unos tontos turistas siguiendo un camino hiperseñalizado, recién restaurado y adornado con chirimbolos pintorescos para darle más color local. Sería cuestión de pasar, por supuesto, por una taquilla y todo sería tal y como lo habíamos imaginado. ¿Acaso Huston al filmar la novela no había localizado las auténticas estaciones del Via Crucis del Cónsul? Así pues, hartos ya del smog, de los embotellamientos y de los infinitos museos de la capital, encaramos, con renovado entusiasmo, el trayecto DF-Cuernavaca, 80 quilómetros de excelente autopista, que trepa el cerco de montañas para salir del hoyo del DF y luego desciende plácidamente hacia el valle de Cuernavaca. Tempranito nos apersonamos en la Terminal Tasqueña de autobuses, cargando en un par de mochilas lo necesario para dos días de estadía. Sorpresa: en Tasqueña (pero también después en la TAPO, cuando viajamos a Puebla) para abordar el autobús las medidas de seguridad son similares a las de los aeropuertos. Como no hay scanners para el equipaje hay que abrir los bolsos. Completamente. Y luego viene el detector de metales, en los bolsos y en el cuerpo. Y finalmente el cacheo. Cuando ya el autobús está pronto para partir… ¡sube un funcionario de seguridad con una pequeña cámara y toma imágenes de cada uno de los pasajeros! Por si después hay que reconocer los cuerpos o identificar al autor del atentado, calculo… Ya a punto de ingresar en la autopista, el autobús se detiene y sube un último pasajero, que ocupa el único asiento que quedaba libre. Es un funcionario de seguridad que nos acompañará en el trayecto y que lleva en un pequeño bolso de mano su instrumento de trabajo. Así están las cosas en México. En el DF aparentemente no hay inseguridad, nadie previene ni siquiera contra raterillos o arrebatadores: las zonas que conocimos estaban saturadas de policías. Pero el DF es como una burbuja, un mundo aparte. Al salir de la capital evidentemente cualquier cosa puede pasar. Y en los autobuses el modus operandi es como sigue: un sujeto armado obliga al chofer a detenerse en el punto en que sus cómplices esperan. Y a saber en qué desemboca la situación que se genere. Este México plagado de bandoleros y asesinos estaba perfectamente a tono con el que presenta la gran novela de Lowry, de la cual nada menos que José Revueltas acostumbraba decir, provocador: “Es la gran novela mexicana”. Habíamos reservado habitaciones ¡inevitablemente! en un hotel llamado “Bajo el volcán”. Sólo haber encontrado que existía un hotel con semejante nombre había reforzado nuestra convicción de que la Ruta del Cónsul nos esperaba, ancha y abierta. Y cuando supimos que la dirección del hotel era Humboldt 19 no tuvimos dudas de que con sólo realizar el check-in estábamos pisando la Ruta… ¡porque la dirección de Lowry en Cuernavaca –atestiguada por la correspondencia de Aiken, que estuvo allí- era Humboldt 62! En la novela Lowry cambió el nombre de la calle Humboldt por Nicaragua. Las enormes letras broncíneas pesaban sobre la fachada rosada del hotel como si fuera uno a ingresar al mausoleo dedicado al Borracho Sublime. A un lado de las letras, en tamaño más modesto, un óvalo esmaltado afirmaba, desafiante, que ahí había vivido Malcolm Lowry. El empleado de turno en la recepción se mostró sorprendido ante la pregunta por el nombre del hotel, y aseguró que no tenía idea de a qué pudiera referirse. El del siguiente turno nos explicó que el novelista inglés autor de la novela con ese nombre había vivido en el hotel. No sabíamos si Lowry efectivamente había vivido en algún momento en Humboldt 19, pero nos constaba –por la poca información que habíamos encontrado en la red sobre la Ruta- que Lowry se había inspirado en la construcción existente en los años treinta en Humboldt 19 para referirse a la bizarra casa que habitaba el Dr. Laruelle. Los bungalows al fondo del gran patio del hotel, en uno de los cuales fuimos alojados, se veían suficientemente viejos y bizarros como para haber inspirado a Lowry 80 años antes. Dejamos las mochilas y salimos de inmediato a la calle en busca de Humboldt 62, el hogar del Genio en Cuernavaca, que según una nota de prensa de un par de décadas atrás, había sido salvada de la demolición gracias a los buenos oficios de un grupo de escritores mexicanos, la Fundación Malcolm Lowry, con Hernán Lara Zavala a la cabeza, decididos a preservar la memoria de Lowry. El 62 estaba a sólo un par de cuadras de distancia. Pero lo que en ese número de puerta había era una construcción precaria, a manera de taller, en la que se realizaba algún tipo de trabajos de hojalatería. Decepción. Dead end. Cul-de-sac. Ni pensar en ponernos a preguntar en la zona. No encontraríamos más que la impavidez habitual del mexicano de a pie. Era ya más de mediodía. Teníamos hambre. Fin del primer intento. Revisamos los pocos datos que hay en Internet. Encontramos el blog de un lowriano que se quejaba amargamente de que el Hotel Casino de la Selva ya no existe, que la cantina El Farolito nunca estuvo en Cuernavaca sino que estaba en Oaxaca, que en Cuernavaca ya es imposible ver el volcán debido al smog que desborda desde el DF, que las calles de Cuernavaca que menciona Lowry ya sólo son ríos de autos ruidosos y contaminantes, que de la Ruta del Cónsul sobreviven el Palacio de Cortés y el Jardín Borda porque son monumentos históricos gerenciados por el gobierno de Morelos. El deprimido blogger, que había gastado las suelas de sus zapatos buscando las huellas del Cónsul, de alguna manera nos consoló de nuestro pequeño fracaso. Y nos liberó de la tarea. Nos permitió disfrutar de lo que hay para disfrutar en Cuernavaca, que no es poca cosa después de la ordalía que es el DF. En el Palacio de Cortés En el mercado... ...de la ciudad de las albercas. Con todo, cada vez que entrábamos a una librería le preguntábamos al encargado si podía darnos alguna indicación, algún lugar para visitar relativo a la presencia de Lowry en Cuernavaca. El método del rastrilleo finalmente dio resultado con la encargada de la librería del Jardín Borda. Nos dijo que en La Casona Spencer se realizaban reuniones en memoria de Lowry. Para premiarla por su colaboración, que quizá nos salvaría del fracaso total, le compramos libretas Leuchtturm 1917, el tipo de esnobería carísima que nunca necesitamos para escribir lo que llevamos escrito. La Casona Spencer está enfrente de la Catedral de Cuernavaca. Estaba cerrada. Un conserje o encargado de mantenimiento nos atiende. Actualmente La Casona no tiene actividad. Efectivamente una vez por año hay una actividad referida a Lowry en La Casona. No, el señor Director no vive en Cuernavaca, pero el próximo martes va a venir por aquí. ¿El próximo martes? Nosotros sólo estamos aquí en Cuernavaca jueves y viernes. Muchas gracias. Ahora sí, fin del asunto Lowry. Llegamos hasta donde podíamos llegar. Teníamos los boletos comprados y en unas tres horas salía nuestro autobús. Hicimos las últimas compras (guayaberas para mí y para Marcelo, que guapo como es, con la suya color crema y con su sombrero de Guanajuato al tono, parece un verdadero dandy caribeño) y regresamos al hotel a preparar la salida y el regreso al DF. De pronto se me hizo la luz. ¿Por qué es tan difícil rastrear la presencia de Lowry en Cuernavaca si fue, indiscutiblemente, uno de los más grandes escritores del siglo XX? ¿Por qué Cuernavaca no se florea con las huellas de Lowry? Muy sencillo: porque México, la cultura oficial mexicana, no tiene la menor intención de rendirle a Lowry homenaje o tributo alguno. No sólo porque, y ese es el tema de Bajo el volcán, para Lowry México era el Infierno, tan literalmente como se pueda entenderlo. Sobre todo porque cuando Lowry fue expulsado de México –en tanto borracho e insolvente- el burócrata de Migraciones actuante, para su eterna desgracia, fue Fernando Benítez, quien andando el tiempo y lo que fuera necesario, llegó a ser uno de los próceres de la cultura estatal mexicana. ¿Iba Cuernavaca a cantar loas a un gringo borracho que habló pestes de México y que fue justamente expulsado de nuestra amada patria por uno de los mejores hijos de México? ¡Ni madres! El nacionalismo mexicano, tronante y obtuso, en su natural expresión. ¿Cómo alguien que conoce sobradamente a México, como yo, podía imaginar en Cuernavaca un alegre carnaval lowriano? Náusea me vino cuando comprendí mi insondable tontería. En la tierra de Zapata... ...la revolución traicionada. Es la hora. Subimos al taxi y el taxi arranca en la dirección contraria a la que conocimos el día antes buscando el número de puerta 62. Entonces la vi, con el rabillo del ojo apenas. La vi y me quedó la mente en blanco por la sorpresa. Tardé segundos en reaccionar. Vi en una pared, debajo de un número, la palabra “antes”. Y luego, otro número. ¡Había sido cambiada la numeración original de la calle Humboldt! O sea que la casa de Lowry no estaba a la izquierda del hotel sino a la derecha, dos o tres cuadras, cuando mucho. Pero el taxi ya se alejaba en dirección al centro, a la Terminal de Autobuses. Le expliqué a Ana lo que había visto y comprendido. Sugirió que regresáramos, porque el tiempo nos daba como para echar una ojeada y llegar en hora a la terminal. Pero no, no quise. Estaba cansado de darle vueltas al tema Lowry. Una casa vieja. Abandonada probablemente. Inaccesible seguramente. No valía la pena. Seguramente ella pensó, sintió igual. Nuestros cerebros estaban ya configurados para regresar al DF. El cansancio de nuestra loca vacación mexicana comenzaba a depositarse sobre nuestros hombros. Creo que sólo hubiéramos hecho ese esfuerzo adicional si se nos aseguraba que ahí seguía viviendo Lowry, felizmente llegado a los 106 años de su edad. Y aun así, quién sabe… pasados los cien años ya nadie tiene nada interesante que decir. Good bye. De todas maneras sentí impotencia, rabia, una puntita de desesperación por un rato. Después me olvidé del asunto. Otra vez las medidas de seguridad en la terminal. Después el viaje de regreso, anocheciendo. Dormité. Como siempre, me puse a imaginar las peores cosas posibles. De pronto un pistolero, arma en mano, vocifera. Mi hijo está en el autobús, a mi lado. Tengo que hacer algo. Pienso en lanzarme sobre el malandrín, con un poco de suerte no llegará a apuntarme con el arma, su disparo no me tocará, caeré sobre él y con el peso de mi cuerpo lo aplastaré contra el piso del pasillo, o quizá, con un poco de suerte, y conmigo encima, caerá contra el brazo de un sillón y se partirá el espinazo.

  • Susana Draper sobre "Interludio, interlunio"

    Capítulo "Interludio y la escritura en el límite", sobre Interludio, interlunio de Ercole Lissardi, en el ensayo Ciudad posletrada y tiempos lúmpenes. Crítica cultural y políticas del nihilismo en la cultura de fin de siglo, de Susana Draper, Editorial Amuleto, Montevideo, 2008. https://drive.google.com/file/d/1giLJswWtJ4JPoBEIU6CLgRMWrfpNiKqf/view?usp=sharing (desde página 72 hasta página 77)

  • Amir Hamed - Uruguay versus los buenos: minimanual para evadir toda emergencia

    Emergente, insurgente, divergente, para escasa o ninguna gente, ¿convergente?, ¿come-gente?, urgente, turgente, notable por lo pungente, indulgente, por tangente, refractario al detergente. Mil maneras de adjetivar en falso al arte, y en particular a la literatura, ya que existe la literatura a secas, que es la buena, y el resto debería ser hamletiano silencio. Lamentablemente, tanto el ser como el deber ser son a menudo asordinados por eso llamado barullo, y que al parecer nos convoca. Por tal motivo, debo confesar que de los tres términos de la frase "literatura (o narrativa) emergente en Uruguay", sólo acabo por entender el primero, así que, para continuar, me parece imprescindible, aunque con algo de quimérico, elucidar los otros dos. ¿Qué pretende decirse con emergente?: ¿hablar de algo previamente sumergido, que intenta boquear en la superficie? ¿Se trata de una neo o pos vanguardia que, fervorosa del eufemismo, y aburrida del underground -o de las profundidades del Lago Ness- quiere tomar por asalto lo plano a fuerza de insistir en lo políticamente correcto? Amir Hamed (1962 - 2017) De ser ése el caso, me apresuro a señalar que, como toda vanguardia, y en especial las literarias, ya tiene predecesores. Al menos conozco tres títulos (dos novelas y un cuento) que, una vez que la narrativa emergente se haga con el planeta, deberían ingresar a todo canon: se trata de El príncipe con capacidad diferente, de Fiodor Dostoievsky, El adulto mayor y el mar, de Ernest Hemingway, y La solución habitacional de Asterión, de Jorge Luis Borges. Este aporte filológico es sólo muestra de buena voluntad, que se extiende hacia todos los que, a su modo, intentan provocar cambios. Bajo esta misma consigna, quisiera advertir a los secretos ideólogos de la literatura emergente que no queda mundo por conquistar, o por lo menos Uruguay, a menos que se empiece a convocar las cosas por nombres menos equívocos. Bastaría recordar, al respecto, que en Uruguay, forma trisilábica para denominar el imperio del malentendido, esa fuerza que, por no encontrar mejor calificativo, algunos todavía llaman emergente, el Frente Amplio, se hace llamar izquierda mientras su candidato, en las pasadas elecciones, se definió a sí mismo como batllista, fórmula providencial de fracaso ya que, así, es imposible vencer a alguien que ya -es decir, por más de siete décadas- se venía llamando Batlle. Esta acotación, de todos modos, no debería terminar de alejarnos del terreno (o pantano) literario. De alguna forma, por lo que se ha planteado como proceso de acercamiento al tema, lo emergente funcionaría por defecto. Sería aquello no del todo asimilado por las instituciones de lectura, aquello que sigue siendo refractario o ilegible para éstas. En este sentido, lo emergente como oposición a canónico también sería categorización desfallecida. Por ejemplo, en el paisaje literario uruguayo -ese conformado por planes de enseñanza y publicaciones ad hoc-, Herrera y Reissig es canónico; sin embargo, en la medida en que, por más de un siglo, nadie ha logrado articular que Herrera es, sencillamente, uno de los diez mejores poetas de la lengua, desde Manrique hasta acá (mientras en buena medida la patria literaria lo hace todavía epígono de Darío), habría que considerarlo un emergente, porque todavía no ha sido debidamente institucionalizado, es decir, ubicado en el lugar que lo acomoda; por ahora, sigue recluido en su buhardilla, sólo que a ese bulín se lo recita y monumentaliza como Torre de los Panoramas. Por otra parte, habría que retener que los mejores narradores del pantano murieron en plena emergencia, Onetti rezongando por lo bajo porque sistemáticamente, aquí, quedaba relegado de las cocardas, Felisberto apagándose detrás de sus mujeres, Armonía Sommers emocionada, en 1993, por recibir su primera distinción, otorgada por lo que se denominó, en el ambiente, la Academia Trucha. Habría, entonces, que consignar que aquí no emerge nadie, ni nunca lo hizo. En eso ignoto llamado Uruguay los escritores fuertes son y han sido como boyas -en muchos casos, boyas un tanto autistas- a los que, en ocasiones, se les arriman reseñas elogiosas. Refractarios Por supuesto, en los últimos tiempos, las narraciones fuertes producidas por uruguayos distan de llegar al centro de la institución lectora vernácula; siguen siendo lecturas laterales también ahora, que al parecer es hora emergente, -mientras lo único que flota son los camalotes y las ofrendas a Iemanjá- y la institución que lee se refugia en alabanzas a un Cristo bastante pasado en su fecha de caducidad. Estas obras que paso a ver siguen siendo refractarias; resignémonos, de momento, a consignarlas emergentes. Para abrir esta cuaterna es menester alertar que, incluso dejando de lado la infrecuente tensión de la prosa, el vigor de muchas de sus escenas y la geopolítica transoccidental que impone, es casi imposible no observar que Ave Roc, la novela de Roberto Echavarren, pulveriza una etiqueta recurrente que, en Uruguay, se le ha pegoteado con alevosía: la de novela homosexual. Para cualquier lector, Ave Roc provoca un replanteo de la erótica: no es una narrativa gay, no se deja apresar por esos gestos interpretativos reafirmantes. Por el contrario, exige -sigue exigiendo en este milenio -perdónese el adjetivo, emergente- la formulación de una nueva política de lo erótico, reclamo que encontrará, eso es seguro, respuesta en algún callejón del siglo XXI. Si lo de Echavarren anula un formato interpretativo, los relatos de Camino de las pedererías, de Marosa di Giorgio, producen una alarma que, para el gran público, ha permanecido insonora. Di Giorgio es una mujer que escribe, pero no recurre a las tristes muletas de la novela femenina, que han servido para festejar narraciones tan ñoñas como las de Gioconda Belli o Suzana Tammaro, amparadas en un aparato crítico que recurre sin miramientos a lo políticamente correcto. La lectura de Camino de las pedrerías no tolera envíos a la reivindicación de género: atraviesa las fronteras de lo humano. La voz narrante es sencillamente mutante; en ocasiones mujer, otras bestia, otras vegetal, muchas veces híbrida. Más aún, debería tomarse como uno de los mejores antídotos formulados, en los últimos años, a la pandemia de la "escritura femenina". Un caso por completo distinto es el de El discurso vacío, probablemente la mejor novela de Mario Levrero hasta ahora, que alcanza una levedad prodigiosa. A partir de unos supuestos "ejercicios de caligrafía", Levrero termina exponiendo cuán ominosa puede resultar la exigencia de ligereza que han impuesto las editoriales grandes y chicas en los últimos lustros. "Dejarse llevar es la forma de ser protagonista de las propias acciones -cuando uno llega a cierta edad", dice el texto en la última página. Terminada ésta, el lector descubre que el relato se ha disuelto como si fuera apenas polvillo. Levrero ha resumido la vacuidad de lectura y escritura: El discurso vacío nos enseña que todos hemos llegado a cierta edad -espero que no a cierta emergencia- en la que sólo nos hemos dejado llevar. Es probable que, una vez superada esta hora, podamos leer El discurso vacío bajo otra clave, y pensar que el texto de Levrero ha cumplido con el deseo de Hamlet de que la carne, demasiado sólida, pudiera esfumarse en el rocío. En la obra de Levrero las escenas eróticas (es en el erotismo donde se cuantifica de algún modo la colisión de los cuerpos) son producto de sueños. Como contrapartida a este deseo vaporizante habría que considerar al misterioso Ercole Lissardi, escritor sin cuerpo visible ya que se trata de un seudónimo. En cinco obras (Calientes, Aurora Lunar, Ultimas conversaciones con el fauno, Interludio, interlunio, Evangelio para el fin de los tiempos), Lissardi ha planteado un género anómalo. Se puede decir que administra discursos que borbotean desde hace décadas, ya que a la necesidad de proceder con el crescendo del registro erótico/pornográfico -y la exigencia de excitar al lector- se le entremezclan un léxico culto, buenas observaciones de escritor realista y un paquete ideológico que es una especie de fiambre del Eros y Civilización de Marcuse. Estos requisitos, que en buena medida hacen a la rúbrica llamada Ercole Lissardi, son a priori una sumatoria destinada al fracaso. Sólo un narrador como éste, dotado de un empuje colosal, es sin embargo capaz de cornear los obstáculos y transformar la narración, si no en un gozo, en una experiencia estallante. Los clisés y cursilerías son vapuleados por la escritura, que termina abismándose en su propio sinsentido: en buena medida, en la obra de Lissardi se pueden repasar muchas de las promesas que el siglo XX dejó insatisfechas. Se trata de un quiste en el que, residualmente, se puede leer un itinerario de ese siglo XX que ya dejó de ser y que, acaso, algo venidero alcance a curar. Por más que los cuatro autores consignados boyan en la tradición e incluso siguen compareciendo en vernáculos diccionarios literarios, es imprescindible "desuruguayizarlos", al menos cautelarmente, dado que lo que más se le pega a Uruguay en este 2002 sean las palabras crisis, emergencia (social), y el saludable ya fue que entona cierta muchachada. He dicho antes que no entiendo el término "uruguayo", pero esto se debe, precisamente, a que tengo la convicción de que Uruguay es un malentendido batllista que se renueva a cada hora, a cada minuto, casi en cada diástole de sus ciudadanos. Este malentendido, me parece, está vinculado a la necesidad de leer "emergentes", "emergencias", o como se repite desde la época de Ángel Rama, "raros". Pericón de cadáveres En cierto volumen consigné que la rareza es apenas falta de explicación; de más está decir que esta falta de explicación está detrás de la "extravagancia" que suele adjudicarse a todo emergente, sean los que enumeré arriba, sean otros. Pero probablemente lo imprescindible sea plantear las cosas al revés. ¿No será que lo que es una noción de emergencia es el Uruguay? Lo que hemos heredado es, básicamente, la imposición batllista, realizada por la fuerza de las armas en 1904 cuando Montevideo, y Batlle y Ordóñez, vencieran al resto del territorio, entonces en las manos blancas de Aparicio Saravia. No repetiré a Benjamin y su aserto de que todo documento de civilización lo es a la vez de barbarie; tampoco que los habitantes del territorio prefirieron llamarse orientales durante el siglo XIX y que el adjetivo "uruguayo" es más bien creación y adoctrinamiento batllista; diré, nada más, que Uruguay es, a nivel discursivo, el fruto de las publicaciones del Centenario que lo proclamaban de extracción europea, americano suizo, sin indios (oportunamente extinguidos por el primer caudillo colorado) y donde el mestizaje, alguna vez patrimonio del gaucho, quedaba en buena forma lívido tras el disciplinamiento a la francesa del enconado aparato batllista y su afán igualador, que borraba, a fuerza de detergente ideológico, las diferencias. Cuando en la década del 50 se hablaba de la "sociedad integradora" uruguaya, poca era la maravilla, ya que es fácil componerse con los de la misma etnia; los negros, de más está decirlo, nunca han terminado de ser integrados; el interior saravista, dígase Treinta y Tres o Melo, jamás conoció la prosperidad de la capital. Ese interior es el que, por ejemplo, proveía parte del humuen el que fecundó la pasmosa milonga de Herrera y Reissig conocida como Tertulia Lunática; ese interior fiero, ecuestre, más bien pardo, está disimulado detrás del rescate que hiciera Rodó de las figuras de Ariel y Calibán. Montevideo, incorpórea y espiritada, domesticaría al resto; al cuerpo feroz (feroz, raro o disforme como las carnes devoradoras de Delmira Agustini, como la naturaleza hosca que se fue a buscar Quiroga en la orilla de más allá, como la fabla boscosa que era moneda en Javier de Viana). Todo aquel o aquella que retuviera, aunque fuera a lo travesti, en letras casi parisinas, eso calibanesco de tierra adentro, sería también radiado. Mientras, uno por uno desde Herrera hasta aquí, éste ha sido el destino de los mejores escritores del pantano: boyar en el lodazal o, si se quiere algo menos turbio, parafraseando a Felisberto, en una casa inundada. Susana Draper, quien está escribiendo una tesis doctoral sobre La República de Platón (semanario cultural de uno de los diarios con más tiraje de Montevideo que, desde 1993 hasta 1995 sacó 82 números en el más espectacular de los ninguneos), me comentaba hace un año que, por lo que estaba estudiando, se podía rastrear, claramente, la impronta rodoniana (es decir, arielista, incorpórea, casi invisible de tan sutil) en la obra de Carlos Quijano, quien desde 1939 fue bastión, según se nos ha repetido, del pensamiento independiente en Uruguay, al fundar y sostener durante décadas el semanario Marcha, aleccionar a generaciones hasta finalmente morir, por virtud de un premio literario, en el exilio. No es de extrañar que los aparatos de lectura que hemos heredado, todos retoños de Marcha (se lo suele llamar el magisterio de Marcha), hayan sistemáticamente arielizado la literatura y la crítica literaria y digerido pésimo toda impronta calibánica, cualquier salida de tono; aquí, baste recordar, no hubo un solo movimiento de vanguardias; lo que llegó a darse fue vanguardias de uno solo, porque todo lo que no caía dentro del protocolo magisterial y afrancesante (es decir, que no caía dentro de lo anodino) era reducido a extravagancia. Mientras, en su dimensión social, el estado de la tabula rasa se iba enfrentando al hecho de que su proyecto homogeneizador, igualitario por identitario, básicamente homeostático, se dedicó a la nostalgia por lo perdido; hace ya setenta años había encontrado su culminación genocida, y nadie encontró variantes. Cuanto más se desvaía el país en fotocopia de sí mismo, que es el fruto natural de la metástasis - además del avejentamiento y la falta de crecimiento demográfico -, la autodenominada "generación crítica", incubada en Marcha, buscaba respuestas no menos identitarias, planteándose que algo había salido mal (que había algún problema de funcionamiento, pero que el modelo era intocable; algo que, como hemos visto, repite el Frente Amplio hasta el día de hoy). Si Amílcar Vasconcellos en 1959 escribía Un país perdió el rumbo, aquello era dar por sentado que existía un país, y no una quimera irrepetible que había caducado en el momento mismo de su enunciación, porque su propia enunciación implicaba su acabamiento. Era pensar que el problema con la casa eran las cañerías, en lugar de reparar que había sido construida sobre un cementerio indio. Un organillo que insiste en amenizar un pericón de cadáveres problematizando lo inexistente (recuérdese, por ejemplo, El Uruguay como problema, de Methol Ferré) en vez de hacer con él una pelota de papel, como pretendía Eliot, y derivar la conversación a otro lado. Las maestras de buenos modales A qué otra parte, podría preguntarse. Por lo visto, hacia el gerundio del verbo "emerger", aquí, mientras un poco más allá, se insiste en tantear clasificaciones que higienicen el ambientún gótico, es decir, los poltersgeist que abruman la casa edificada en falso. "¿Será esto una novela histórica?, ¿es Echavarren gay?, ¿es Hamed Lissardi?", cuando no le indican a aLguno (como sucediera con cierta novela de Gabriel Peveroni) que, en vez de escribir sobre drogas y malucos, se centre en los problemas del país, ya que, como a nadie escapa, lo nuestro es la emergencia premium. Exigirle a un escritor que haga lo que no está haciendo es práctica magistral de los herederos del profe Próspero, y basta recordar al respecto a Rodríguez Monegal exigiéndole a Felisberto que leyera a Faulkner y olvidara ciertas palabritas poco "literarias" a las que Hernández recurría. Confundir crítica con amonestación o lecciones de urbanidad, (por ejemplo, ¿por qué no sale a la luz Lissardi en vez de tenernos en vilo con la incógnita de su identidad?) es tan recurrente por estos rumbos que incluso envilece los relativos aciertos de su crítica. Por ejemplo, si uno de los mayores logros que a la luz de hoy pueden reivindicar la crítica y paisajes literarios nacidos con y tras el Centenario fue el de recibir y festejar por décadas a Borges (mientras sus connacionales se burlaban de él y lo relegaban al "Georgie" que les servía para evitar leerlo), quede establecido que lo hacían sin entenderlo. Poco debería extrañar que ese hiperletrado recocido en paradojas que, para describir un coito, fraseara "secular en la sombra fluyó el amor" despertase simpatía, para no decir júbilo, en la tacita del Plata reconvertida en frontón de Ariel; tampoco alarme, ahora, la inintelección de sus festejantes. Si se repara en una flamante publicación de Pablo Roca, Borges y los uruguayos, y en cierta mesa redonda de 1959, en la que Ángel Rama, Rodríguez Monegal y Carlos Real de Azúa se dedicaron a escudriñar a Neruda y Borges, se puede apreciar que la ceguera no era la del argentino, no sólo porque el tema era la dicotomía "evasión o raigambre", sino por la vara rectificadora y miope que, en medio de la celebración, pretendía enmendar a un ciego. Por ejemplo, cuando Real de Azúa, tras afirmar que Borges escapaba "del abrazo de la realidad por medio del solipsismo", remata ciertas críticas de su copanelistas diciendo que "lo más imperdonable en Borges es cierto regodeo juguetón, como de niño modelo que larga un día delante de sus padres la primera mala palabra recién aprendida (...) al barajar calidades tan estruendosamente heterogéneas como las de Henry James y Carlos Gardel, Hilario Ascasubi y Thomas de Quincey". Es decir, lo más imperdonable de Borges era ser Borges, esto es, el Borges que, con criolla saña, le puso fin a lo moderno. De más está recordar que, en su vena de maestras hechas polvo de tiza, ni ellos ni sus sucesores lograrían disfrutar de una de las mejores versiones de Borges, la brindada por Alberto Olmedo, ya que, hasta hoy, los aparatos de reproducción ideológica de este estado de aquí insisten que el humor de la tevé argentina es "grosero", a diferencia del "nuestro" (cuya meta pareciera consistir en evitar lo cómico). Pero fue Olmedo quien llegó al final de sus días siendo el Otro de Borges en su sketch con Álvarez, rescatando a ese mismo niño juguetón que tanto altera por aquí. En tanto Borges, Olmedo era la antítesis de don Jorge Luis en la versión reposada e invidente que se festejaba por acá: el de Olmedo era dionisíaco, restallante, ni siquiera demasiado heterosexual, si bien no desconocía que, para sobrevivir en la pantalla chica, era necesario impostar un mínimo de recato. Así, cuando malentendía que su contraparte le estaba realizando una propuesta amorosa, contestaba: "ahora no, Álvarez, si usted me lo dijera a las dos de la mañana, con dos litros de tinto entre pecho y espalda", para abrir esa otra dimensión, bastante menos remilgada, que lo apabellonaba. Un Borges casi iletrado, claro está, por completo ajeno al libro en el empaque de un negrito rosarino, y todavía del siglo vigésimo, que podría servir de pie para mencionar cierta obra que se vuelve imprescindible para remate porque, cuando deberíamos despertar del periconcete mesmérico y entrar de una vez al tercer milenio, es lo más emergente de lo que puedo dar testimonio, ya que se mantiene inédita. Y su mención se hace casi inevitable, además, porque -salvo que este territorio en el que se proclama que hay niños a ración de pasto comience repentino a leer diferente- encontrará a su paso, si alguna vez es publicada, enconado silencio. Viene de Treinta y Tres y fue escrita por Gustavo Espinosa; los aparatos de lectura no reconocerán, siquiera, que se trata de literatura; tampoco que no está escrita en castellano estándar. No podrán leerlo, debo advertir, porque se trata de la presentación de aquello que por más de un siglo ha quedado marginado del discurso del país, la sexualidad y cosmovisión de marginales, incluso en tierras no del todo apacentadas por el batllismo. Es una muy breve novela; su nombre es Anguilla Recarey. Lo que nos cuenta es la contracara de lo que nos ha sido repetido hasta el aniquilamiento. Entre otras cosas, nos recuerda que ya hace mucho que pasó la inundación, que no se puede vivir de mitologías afligentes, que son las dos de la mañana, Álvarez, y que ahora sí es hora de que nos penetre aquello que no nos es lícito dejar de lado. *** *** *** Este texto fue originalmente leído el 10 de diciembre de 2002, en elmarco del LAB. 02 Arte emergente organizado por el ICI, en Montevideo, durante un panel sobre Narrativa Emergente. Parte del mismo fue publicado por el Semanario Brecha Nº 893. (Lo hemos tomado de Henciclopedia)

LISSARDI & GRYNBAUM

Lissardi & Grynbaum es un blog sobre literatura, arte y cine desde la perspectiva de los autores uruguayos Ercole Lissardi y Ana Grynbaum

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