Resultados de la búsqueda
258 resultados encontrados
- Ana Grynbaum – Menos que ángeles, los personajes de Barbara Pym
Al final de estas vacaciones, para resarcirme del trabajo intelectual, me dispuse a leer una novela por mero deleite. Elegí Un poco menos que ángeles (Less than Angels,1955), de Barbara Pym. Pese a lo terso de la escritura de Pym me costó bastante entrar en la narrativa. Durante los últimos meses estuve demasiado comprometida en la búsqueda del gran pez como para luego adentrarme fácilmente en una escritura de tono menor. Sin embargo, encaré el esfuerzo, porque lo primero que leí de esta autora, Mujeres excelentes, me gustó tanto como para alentarme. Y el esfuerzo dio sus frutos. No ángeles sino humanos y británicos El título del libro alude a un verso de Pope perteneciente a su Ensayo sobre el hombre (1734-1735): “Y poco menos que un ángel, querría ser aún más” (p. 262). La referencia aparece en una conversación entre un antropólogo senior y varios jóvenes antropólogos aspirantes a una beca. Es que la trama se teje entre varios antropólogos londinenses y algunas personas de su entorno. En común con Pope tiene Pym su fe religiosa y el tan británico gusto por la escritura satírica. La mirada de la autora sobre sus personajes, aun si crítica, nunca deja de ser compasiva. Ellos son criaturas, que a menudo pecan de creerse más de lo que son y emprender locas aventuras. Aun así, resultan queribles. En la peripecia de los muchos personajes de esta novela dos temas corren en paralelo. Por un lado, el estatuto de los antropólogos ingleses durante el Siglo XX, en su peculiar vinculación con los pueblos salvajes que son motivo de su labor y condicionan su existencia. Pym parece de la idea que los antropólogos harían mucho mejor quedándose en casa para estudiar su propia sociedad. Por otro lado, la narración es en sí misma un estudio de antropología (sociología y/o psicología) acerca de las relaciones entre los hombres y las mujeres en una época (década de 1950) en que los roles adscriptos al sexo están a punto de entrar en el gran cuestionamiento del género que nos atraviesa hoy. Para el lector actual, el texto presenta ese plus de interés. El personaje principal, Catherine, es escritora en revistas para mujeres. Contra los prejuicios que tal ocupación puede despertar, se trata de una persona culta e inteligente, cuyos análisis y acciones aportan las mejores partes de la historia. Por ejemplo, la memorable hoguera en que ayuda a un antropólogo anquilosado en la frustración a quemar todos los papeles que le pesan, quema que tiene lugar en la tradicional noche de Guy Fawkes en el jardín de una casa de barrio londinense. El estilo narrativo, de apariencia simple, responde a un habilísimo trabajo con el lenguaje. Ciertamente su humor es más que sutil, asordinado, y le permite a Pym una crítica desde el amor. De la socarronería hasta el sarcasmo, la autora conoce a sus personajes profundamente porque los ama. El conocimiento nace de la empatía. Es en tal tono satírico pero comprensivo que se desarrolla la peripecia del grupo de los antropólogos y sus allegados, no en las hazañas de sus trabajos de campo situados en tierras míticas, sino en el ámbito de su cotidianeidad, allí donde la ideología juega sus partidos realmente. El Otro es el indígena Un buen complemento para la lectura de Un poco menos que ángeles es el clásico de Edward Saïd, Orientalismo, libro que enseña hasta qué punto el propio concepto de “Oriente” es un invento occidental, una forma de reconocerse en un espejo deformante. Las otras culturas devienen el Otro, un fantasma eurocéntrico. La novela explora cierta cara absurda de la pasión por lo salvaje y lo primitivo supuesto a otros pueblos, la forma en que esta cuestión casi delirante afecta la existencia de quienes se entregan a ello. Este absurdo, sobrepasa los límites de la comedia para alcanzar el drama personal, pero me abstengo de incurrir en spoilers. En la crítica al racismo y al imperialismo emerge un folclore que Pym aborda como parodia, en una imaginería que calificaríamos de infantil si no conociéramos las consecuencias. “Catherine pudo vislumbrar los pensamientos que acechaban tras el rostro estupefacto de Rhoda, el vocerío de la turba de cuerpos negros blandiendo lanzas, o la flecha taimada con la punta recubierta de un veneno para el que no se conocía ningún antídoto, disparada desde una rama colgante de un imponente árbol de la selva.” (p. 301) Entre las múltiples referencias, en el terreno de las complejas relaciones que los estudiosos y aventureros británicos establecieron con otras culturas, no falta la mención a ese personaje especialmente enigmático y ambiguo que fue Lawrence de Arabia. El Otro es la mujer Desde la perspectiva androcéntrica el Otro es la mujer, el continente negro al que el propio Freud aludió. El enigma del goce femenino, imposible de resolver sin cambiar el punto de vista. A Catherine le gustan los hombres, pero más le gusta su soledad, que defiende contra cualquier promesa y de todo confort. Al igual que la autora, ella es una fina observadora de las costumbres y una humorista. “(Catherine) experimentó toda la intimidad y la irritación que pueden derivar de la convivencia con personas de lo más agradables pero con las que no se tiene nada en común. (…) Comenzó a añorar su piso, su máquina de escribir y su peculiar vida solitaria.” (p. 315) Respecto de Alaric, quien la atrae: “Se dio cuenta de que el único modo de reestablecer un contacto normal pasaría por volver a ser libre y vivir sola.” Pym es capaz de hablar de sentimientos, particularmente de amor, sin que sus personajes femeninos mueran de sentimentalismo ni sobrevaloren a los hombres. Ellas son capaces de aceptarlos como son, pero cada una defiende, por encima de todo, su propia existencia. “(Deirdre) Estaba demasiado confusa como para decir gran cosa, por la turbación de haber perdido un amor y aparentemente haber encontrado otro enseguida.” (p. 305) La autora evita el patetismo cuidadosamente. Su postura, si no optimista, es sin duda positiva. Toma a las personas por lo que son. En tal sentido banaliza los temas trágicos de las novelas femeninas de la época. El primer amor no resulta privilegiado en relación con los sucesivos. Y en cuanto al último amor, imposible determinarlo, pues mientras haya vida hay deseo. El relato busca ante todo la honestidad y discute desprejuiciadamente varias cuestiones que se adelantan a su tiempo, como la natural tendencia a la poligamia y la perennidad de la atracción erótica más allá de la edad. Tampoco falta lo que hoy se llamaría sororidad, especialmente en una curiosa escena donde las cuatro mujeres de la vida un hombre, se reúnen para recordarlo –siendo una de ellas su hermana-. Pym despliega su capacidad tanto para viviseccionar los sentimientos como para reírse de la forma en que ellos complican a las personas. El humor le permite no detenerse ante las humanas contradicciones. “Tal vez las mujeres que no habían llegado a saborear todas las experiencias que la vida ofrece desearan al menos poder disfrutar de las tristes: no necesariamente haber amado y sido amadas, pero al menos haber sufrido una pérdida, pensó (Catherine) con simpleza y sin cinismo.” (p. 303) *** Después de que sus libros fueran largamente subestimados e ignorados, casi al final de su vida Barbara Pym (1913-1980) alcanzó el reconocimiento que merece en la literatura del Siglo XX. Afortunadamente los caprichos del mercado nos permiten ahora acceder a buena parte de sus obras en español, incluso en el Río de la Plata. *** *** *** Las citas están tomadas de la edición de Gatopardo, Barcelona, 2018.
- Ercole Lissardi - Un héroe de nuestro tiempo
Era el hombre adecuado y estuvo en el lugar preciso en el momento preciso. La libertad de expresión en literatura a nadie le debe tanto como a él. Merece nuestro reconocimiento como un verdadero héroe de la cultura. Maurice Girodias (né Kahane; adoptó el apellido de su madre para eludir las leyes antisemitas durante la ocupación alemana de París) había heredado de su padre un savoir faire. Durante los años treinta, trabajando en París, Jack Kahane, se había especializado en editar, en su sello Obelisk Press, los libros con los que los demás editores no se atrevían: Trópico de Cáncer de Miller, Finnegan´s Wake de Joyce, El libro negro de Durrell, los cuentos de Anais Nin... y también novelitas con truculentas aventuras sexuales. Todo en inglés para uso de los turistas ingleses y americanos que visitaran la Ciudad Luz. Terminada la Segunda Guerra, Maurice Girodias pierde, a manos de su distribuidor, Hachette, la editorial de libros de arte que con gran esfuerzo y buen éxito había conseguido poner en pie durante la ocupación alemana. Está en la miseria. Decide seguir los pasos de su padre y en 1953 funda Olympia Press. Para los entendidos ya el nombre de la editorial era todo un programa: la Olympia de Manet fue, seguramente, la pintura más escandalosa del siglo XIX. La estrategia editorial de Girodias reproduce, en principio, la de su padre: un catálogo que mezcla obras serias y truculencia sexual –aportada ésta por jóvenes ingleses y americanos que pasaban hambre en la bohemia parisina en espera de la gloria, a los cuales Girodias mismo suministraba hasta el título y el argumento de la obrita. Pero agrega a esa estrategia un elemento capital: la búsqueda deliberada del escándalo mediante el enfrentamiento con la justicia. Girodias sabía que el escándalo multiplica las ventas. Para semejante estrategia, era el momento preciso. Después de los millones y millones de muertos de la Segunda Guerra, después del horror sin límite del genocidio nazi, después de desatarse la amenaza nuclear con Hiroshima y Nagasaki (“con la próxima guerra desaparecerá la Humanidad” era la novedad inaudita con la que tenía que convivir el ciudadano medio) ¿qué Estado se podía sentir legitimado como para reprimir penalmente los intentos por darle un poco de sabor a la gris existencia del angustiado animal urbano? Girodias intuyó que la rigidez policial en la materia no podía durar mucho y se lanzó al ataque como un verdadero kamikaze. En seis años (1953-1959), con una andanada de gobernantas inglesas y escuelas del pecado, financió la publicación de autores y obras clave del siglo XX que ningún editor se atrevía a tocar ni con la punta de los dedos: publicó a Beckett –Watt y la trilogía de Malone-, Sexus de Miller, Lolita de Nabokov, Candy de Terry Southern, El almuerzo desnudo de Burroughs, Historia de O de Pauline Réage, El hombre de mazapán de J.P.Donleavy, además de las primeras traducciones al inglés de Genet y Bataille. No es fácil encontrar en todo el siglo un editor que pueda ofrecer un catálogo semejante de primeras ediciones. Prácticamente todos sus títulos –serios o no- fueron prohibidos: 25 sentencias judiciales prohibiendo 80 títulos. Una verdadera batalla en la que las policías de tres países –Francia, Inglaterra y Estados Unidos- se coordinaron para acallar al escandaloso editor. Lo consiguieron, por supuesto. En 1963 el gobierno francés retiró a Girodias su licencia para editar “por ochenta años y seis meses”. Tuvo que irse de París. Pero la chispa había encendido la pradera y el debate en torno a la libertad de expresión ya era inocultable. En pocos años la censura literaria –y la cinematográfica- desaparecerían sin dejar huellas. El camino estaba allanado para lo que vino después: el movimiento estudiantil –que tuvo su epicentro en el 68- y la llamada Revolución Sexual. El exilio de Girodias en Estados Unidos duró una década. Tuvo la ocurrencia de publicar Presidente Kissinger, producto torpe de varios autores que presentaba una utopía socialista (¡!) encabezada por el entonces Secretario de Estado Henry Kissinger. El FBI involucró falsamente a Girodias en un asunto de drogas y fue invitado a salir del país. Corría el año 1966 cuando Gore Vidal se tomó la molestia de escupir al despreciable editor de libros sucios, en un extenso artículo titulado "Acerca de la pornografía", publicado en la prestigiosa New York Review of Books. Girodias le respondió. En un pasaje que nos parece particularmente sutil de su respuesta dice: Cuando elige su título, Acerca de la pornografía, el Sr. Vidal cándidamente hace evidente su compromiso con el establishment. Sus esfuerzos por parecer sofisticado y amplio de mente se vuelven totalmente inconvincentes: la vulgaridad nunca es un buen substituto para la independencia intelectual. El uso constante que hace de la palabra pornografía para describir lo sexual o erótico es un signo inequívoco de su compromiso con el establishment. porque lo que busca es traer a la mente del lector la imagen de algo indeciblemente lascivo y sucio. Pornografía es una de esas palabras. No significa nada, su etimología no tiene sentido, pero tiene esa chirriante, horrible cualidad que es mucho más efectiva que toneladas de sentido común. Llamar a una obra de arte pornográfica es un viejo truco practicado por generaciones de censores para justificar su feo trabajo. (Publicado originalmente en www.montevideo.com.uy en julio de 2008. Fue retomado por el sitio Henciclopedia.)
- Ana Grynbaum - La obra maestra de Leo Perutz
Los adjetivos resultan pobres para expresar mi fascinación con la novela De noche, bajo el Puente de piedra (1953), de Leo Perutz (Chequia, 1882 - Austria, 1957). Esa ficción histórica, poética, imaginativa, en un arte de prestidigitación, recrea la Praga renacentista a partir de viejas leyendas. Su estructura es como un fractal que enhebra una serie de historias para pintar un lugar tan geográfico como anímico. Me conmueve el amor con que Perutz, como un titiritero, mueve a sus personajes. Aun cuando a estos los domina la extrañeza o el capricho, la crueldad o la sordidez, el egoísmo o la inescrupulosa ambición, el llamado a la complicidad es tal que el lector se identifica con ellos. El emperador Rodolfo II protagoniza o está presente en la mayor parte de los capítulos, ya sea dentro o fuera de su castillo, ocupando el trono o recorriendo –disfrazado- las callejuelas. El relato lo toma incluso antes de convertirse en emperador y también tras su derrocamiento y muerte, a través del recuerdo de quienes lo rodeaban. No menos protagónico resulta, como una figura coral –inquietante, pesada y oscura- el Gueto Judío de Praga. Dentro de los ámbitos opuestos de la corte y el gueto, tanto nobles como plebeyos, se destacan una serie de personajes que protagonizan varias de las narraciones de esta novela. A través de sus vicisitudes, en una suerte de comedia de enredos, se muestra una forma de vida que campea en la nostalgia, así como los ideales y los prejuicios que la sostuvieron. Algunos de los personajes destacados son el rico judío Meisl, su bella esposa Ester -de quien el emperador se ha enamorado-, los cómicos ambulantes Oso Manso y Jaimito el Loco, el bufón Brouza, el alquimista Jacobus Van Delle, el astrónomo Kepler y el pintor Brabanzio. También desempeñan papeles pequeños, aunque coloridos, varios militares, criados, mesoneros, un barbero que asimismo oficia como cirujano, una viuda rica que rapta a sus amantes ocasionales y los recibe tras un antifaz, etc., etc. Jugar con personajes históricos Al ficcionar en base a personajes y hechos históricos se juega con las ideas previas del lector. Si en De noche, bajo el Puente de piedra, buena parte de la acción sucede en el Gueto de Praga entre el siglo XVI y el XVII, es altamente factible que el Golem asome las orejas. El texto no contiene la palabra golem, pero sí al Rabino Loew creando un Ecce Homo capaz de obedecerlo con milagrosa eficiencia. El alto rabino levantó su mano señalando ese muro. Y su mágico poder formó sobre él, con luz de luna y moho, con hollín y lluvia, con musgo y argamasa, una imagen. / Era un Ecce Homo. Pero no era el Mesías, no era el Hijo de Dios; tampoco era el hijo del carpintero, el que desde las montañas de Galilea había llegado a la Ciudad Santa para enseñar al pueblo y sufrir la muerte a cambio de sus enseñanzas… No, era un Ecce Homo de otra clase. Pero era tan sublime lo que expresaban sus rasgos, tan desgarrador el sufrimiento que su rostro proclamaba que, al barón, por más desalmado que fuera, le alcanzó un rayo de contrición y fue el primero en caer de rodillas. Y frente a ese Ecce Homo se inculpó de haber obrado esta noche sin clemencia ni temor de Dios. Si la mayor parte de la acción sucede en la corte de Rodolfo II, cabe que alguna escena se ambiente en su gabinete de curiosidades y objetos de arte, y que allí comparezcan algunos de los artistas y científicos que en él intervinieron. Pero más que el gabinete en sí, juega un papel central la obsesión del emperador por la adquisición de objetos bellos. La narración pone carne a los datos históricos, volviéndolos vívidos y comprensibles, aun en su extravagancia. Entre los pintores de la colección del Emperador se nombra varias veces a Durero, quien fuera especialmente famoso por sus versiones del Ecce Homo. No hay mención de Arcimboldo, pero la pintura que hace Perutz de Rodolfo, en su heterogeneidad y su locura, en su capacidad de interesarse por las cosas al punto de permitir que estas tomen su ser, se parece mucho al retrato del emperador como Vertumno, el dios romano -de origen etrusco- que encarna el mutar de la vegetación durante el transcurso de las estaciones. Ester, una imagen que despierta el deseo ¿Es posible tener la culpa de soñar y ser soñada? La mirada del Emperador y la de la bella Ester se cruzan por casualidad, brevemente, una sola vez, en las callejuelas del Gueto Judío. Poco después, él obrará para que se conviertan en amantes –ella está casada- y se encuentren cada noche en su real aposento. Aunque los encuentros se dan exclusivamente en sueños, no dejan de satisfacer la libido del monarca. Sin embargo, este amor fantástico será truncado cuando el Gran Rabino Loew tenga que deshacer el hechizo a los efectos de frenar la ira de Dios, expresada bajo la forma de una peste que diezmaba la vida de los niños. Un dios que juzga con crueldad no solo los actos sino también los deseos. El poder de las imágenes atraviesa esta novela, constituyendo escenas cúlmines. Amén de la citada formación del Ecce Homo, en el taller del pintor Brabanzio y su hermano el sastre, confluyen casualmente Meisl, el esposo de Ester, y Rodolfo –disfrazado-, su amante extraordinario. El emperador, históricamente famoso por interesarse más por el arte que por el gobierno, anda tras un cuadro para su insaciable colección. Meisl pretende que Brabanzio pinte un retrato de Ester, ya muerta, a partir de la descripción que le da de ella. Brabanzio no logra representarse el rostro de Ester, pero Rodolfo, cuando escucha las palabras con que Meisl la evoca, espontáneamente la dibuja. El emperador se identifica con el judío. Era perfecta y sin falta, como las ofrendas que se hacen al Señor (…). Como una flor de los campos, deleite de los ojos que la contemplaron. Sí, y hasta sabía leer, escribir y hacer cuentas, hacia pequeñas labores en seda y cuando estaba sentado con ella a la mesa me atendía gentilmente. Tan discreta era que hubiera podido hablar ante el emperador. Tenía una gata a la que quería mucho, todos los días le daba leche. A veces estaba triste, decía que las horas pasaban muy lentas y que ella quisiera que ya fuera noche. Cuando Meisl ve el retrato y reconoce a Ester, cree que fue pintado por Brabanzio. Tras pagar un buen dinero, se lo lleva feliz. Sin embargo, a Rodolfo el dibujo realizado no lo satisface. No, no era ella, era alguna otra que en algo se le parecía, pero no era ella. Una joven judía de grandes ojos asustados sobre la que tal vez dejara caer su mirada cuando pasaba a caballo por las calles del barrio judío, pero no ella, no la amada de sus sueños. / Tal vez, se decía a sí mismo, miré demasiado su rostro y demasiado poco su corazón (…). En efecto, Ester era para él un rostro que, despertando su deseo, pobló sus fantasías. También ella había quedado prendada de la estampa de Rodolfo y coprotagonizaban en el terreno sobrenatural escenas eróticas, pero ¿merecía la mujer real ser castigada por Dios con la muerte? Además, resulta extraño que la muerte pudiera vaciar la fantasía del amante. Se ve que en aquella época y esos lugares pasaban muchas cosas de difícil explicación. *** Las citas pertenecen a: De noche bajo el Puente de piedra, Leo Perutz, Acervo cultural editores, Buenos Aires, 1955. Hay edición española actual.
- Ana Grynbaum - Desaparecido (un relato)
Era una mañana de frío insoslayable. Ernesto, el esposo, había subido al altillo para burletear las ventanas. Su actividad como pintor se desarrollaba en esa parte de la casa. Yakelín guarda el recuerdo de las largas piernas de su marido, forradas de pana azul y terminando en botas negras, flexionándose para subir los empinados escalones que conducen al estudio. Esa es la última imagen que tuvo de él. Yake creyó que Ernesto bajaría tan pronto como terminase de colocar los burletes, pero el tiempo pasaba y él no reaparecía. Imaginó que intempestivamente se habría puesto a pintar –para el común, los artistas son gente regida por extrañas razones-. No recuerda haber escuchado sonido alguno proveniente del altillo, pero eso no era llamativo: Ernesto acostumbraba pintar en silencio. Y Yake adoraba a su esposo artista, por lo que no osó subir a reclamarle compañía en aquella mañana de sábado. Ernesto y Yakelín formaban una pareja bien consolidada, que pese a encontrarse en la treintena no había decidido procrear y que todavía no estaba deteriorada, aunque algunos signos de deterioro ya habían aparecido –desde este punto de vista el desvanecimiento del marido era como la realización de un incipiente deseo inconsciente de la esposa-. La primera dificultad en el matrimonio surgió cuando Yake se enteró, fortuitamente y por boca de terceros, que Ernesto era diabético. Eso ocurrió al año y medio de casados. Aunque insulino-dependiente había logrado ocultar por completo a la esposa su enfermedad. Pero las mentiras, como es sabido –aunque nunca lo suficiente para los mentirosos- tienen las patas cortas y la cola larga. Yake no lo amó menos por sufrir de diabetes, pero sí le dolió en lo más profundo su falta de sinceridad –entendida como falta de amor-. La afectó decisivamente el hecho de que no la creyera capaz de amarlo en tanto enfermo crónico. Que le ocultara aspectos de sí mismo a los efectos de merecerla. Que le quitara la libertad de elegirlo como él era, contra viento y marea. Pero sobre todo que aislara alguna parte suya en relación con ella. Negada, excluida, segregada, discriminada, exiliada, proscripta, para ella. Amén del lamentable sentimiento de ser engañada, manipulada, vejada, menoscabada, manoseada, maltratada. (Cualquier persona en condiciones de probar que su cónyuge le ha mentido debería estar autorizada a anular el matrimonio sin dilación –y decimos anularlo, no dejarlo sin efecto sino anularlo: volver atrás el tiempo en base a la comprobación de que el contrato matrimonial se realizó sobre premisas falsas, que permiten declararlo inválido, nunca legítimamente ejercido.) Es decir: a partir del descubrimiento de las varias mentiras de Ernesto la relación estaba minada, aunque las minas nunca explotaron. Yake necesitaba, en tanto enamorada, continuar confiando en él y entregársele como a un dios, ignorando su baja humanidad tanto cuanto le fuera posible. Así habían transcurrido diez años juntos. Aquel sábado Yakelín no salió de casa en toda la mañana. La vivienda estaba impoluta, como gustaba decir, y las compras hechas, así que no tenía tareas pendientes. De lunes a viernes, durante las horas que su empleo como cajera en Súper Óbolo -la cadena de supermercados más grande de Hache- le dejaba libres, Yake limpiaba enérgicamente su casa para poder sentarse a disfrutarla durante el fin de semana. Limpiaba todo menos el altillo, que era el reducto privado de Ernesto y allí hasta la mugre formaba parte del arte. Al cabo de quince años de servicio había logrado el privilegio de no trabajar sábado ni domingo. Sin embargo no era infrecuente que el tan ansiado weekend llegara, la casa destellara y Erne se desapareciera en sus asuntos; ya fuera encerrándose en el altillo, saliendo a caminar solo -para poder pensar acerca de sus complicadas cuestiones estilísticas- o simplemente permaneciendo enfrascado en sí mismo. Pese a todo, la mera idea de estar casada con un artista causaba a Yakelín cierto orgullo, sentimiento que obraba cual suerte de compensación –más o menos satisfactoria- de la soledad que campeaba en su vida cotidiana. Yake admiraba a su marido, y dicha admiración la hacía sentir bella. Aún con su compañero parcialmente ausente podía disfrutar el orden de su hogar –incluso saber que él andaba en la vuelta le alcanzaba-. Apenas Erne subió al altillo Yake puso una carne con papas y boniatos en el horno y se sentó ante la computadora –ubicada justo donde la escalera de acceso al atelier desemboca en la planta baja- a ponerse al día con los emails. Tuvo tiempo además para transitar La Red, leyendo noticias –entre ayes y oes-, recogiendo informaciones diversas que podrían llegar a servirle algún día, apostada allí como uno de esos perritos que permanecen mansamente echados a la entrada de los comercios en espera de sus dueños durante el tiempo que sea. Recién a la una y media, cuando la comida amenazaba con pasarse de cocción, se acercó al hueco de la escalera para llamar al esposo. Después de insistir infructuosamente varias veces decidió subir al altillo. Y encontró que ahí no había nadie. Los burletes reposaban intactos sobre la mesa. Las ventanas y la puerta que daba a la azotea estaban perfectamente cerradas, siendo que cada una de ellas se trancaba exclusivamente desde adentro. Ningún rastro de Ernesto a la vista. Ni siquiera en el lienzo colocado sobre el caballete había un solo trazo, la tela resplandecía en un blanco impúdico. Los colores yacían enfrascados y obsesivamente alineados en su repisa. Hasta el trapo de limpiarse las manos se hallaba limpio y doblado. Hacía más de una semana que Yake no subía al estudio. Creía que Ernesto estaba trabajando en un cuadro, pero tal creencia no encontraba ahora fundamento. Por si acaso, Yake abrió una ventana y temerosa miró hacia la planta baja: el patio tenía sus macetones rebosantes de las primeras flores que desafían al frío de agosto. Y las baldosas recién barridas y baldeadas relucían en su cuadrícula inalterada. Después salió a la azotea: nada ni nadie allí, tampoco abajo en la vereda. Ninguna huella de Ernesto, nada que pudiese explicar su paradero. Bajó las escaleras para comprobar que la puerta de calle no sólo estaba cerrada, sino que de una cerradura colgaba el juego de llaves de Yake y de la otra las llaves de Erne. En caso de que Ernesto hubiese podido salir por alguna de las aberturas del ático –cosa que parecía imposible- tendría luego que haber bajado a la calle deslizándose por pretiles, paredes y techos o haber sido recogido por un helicóptero con silenciador, un globo aerostático o algún otro objeto volador identificable o no y en todo caso mudo –hipótesis todas por demás improbables-. Que un ácido hubiese corroído a Ernesto hasta reducirlo a la nada sin dañar ningún otro material presente en el estudio, también resultaba inverosímil. Que una cuadrilla de ovnis lo hubiera abducido, más todavía. Pero incluso salteándose el cómo y el a dónde, el por qué, para qué y con quién, también eran irrespondibles. Por primera vez en su sencilla vida Yakelín se daba de bruces contra lo irresolvible de la existencia, y al límite. - ¿A quién llamar? –una nunca está preparada para estas situaciones-. Se le dio por recurrir a Bládimir, el vecino de al lado, quien amablemente vino de inmediato e hizo exactamente lo mismo que ella con idénticos resultados. (Así como “Yakelín” se escribe de este modo, “Bládimir” va con be larga. En la ciudad-estado de Hache se acostumbra adoptar nombres extranjeros sin hacer concesiones ortográficas). Antes de retirarse, Bládimir le aconsejó dar parte a la Policía y pedirle compañía a su madre o a alguna amiga que le brindara apoyo en una ocasión tan extraordinaria. Si no hubiera tenido que ir a trabajar, con gusto la habría acompañado; también él fue abandonado por su pareja, pero en forma no dudosa-. Yake no llamó a nadie. Su madre vivía en la otra punta del planeta y en Hache no tenía amigas, apenas compañeras de trabajo. (Pero Bládimir no tenía cómo saberlo: en los cinco años que llevaban de vecinos no habían, hasta ese día, traspuesto el buenos días/buenas tardes). La pareja de policías que acudió al domicilio no adelantó un ápice por encima de lo que había avanzado Yakelín. Luego de someter a la cónyuge del desaparecido a un largo e inútil interrogatorio, con tembloroso pulso registraron la denuncia como “desaparición misteriosa”. No, que Yake supiera, Ernesto no tenía enemigos, ni motivos para fugarse, ni había pasadizos secretos que permitieran llegar al exterior de la casa desde el altillo ni desde otros sitios, ni..., etc. La policía técnica arribó más tarde para corroborarlo. Mientras tanto, todas las comisarías del país, los hospitales, las aduanas y las compañías de transporte eran puestos bajo alerta. Ante la insistencia de Yake respecto a que su marido había desaparecido a la manera de un fantasma, un oficial de policía la condujo a entrevista con psiquiatra. Y el psiquiatra no tuvo más remedio que diagnosticar su normalidad, aunque también le recetó unos tranquilizantes por si la angustia perturbaba el adecuado desempeño de sus funciones sociales. Yakelín no tomó las drogas pero sí aceptó la licencia psiquiátrica que le ofrecieran: necesitaba tiempo, para encontrar a Ernesto o para digerir su evaporación. De transcurrir veinticuatro horas sin noticias del marido Yake debía llevar una foto de él a la comisaría. Faltaban dos horas cuando comenzó la selección, que no fue fácil –nunca lo es-: en ninguna de las fotos que guardaba se lo veía a Ernesto como lo que él era en sí mismo. En las de la boda figuraba como esposo, en las de navidad como hijo, hermano, primo, incrustado en un conjunto que lo reducía a ser una parte difícilmente reconocible fuera de contexto. Al final encontró una fotografía más útil que las otras. Se la había tomado ella misma durante la luna de miel -¿o durante las primeras vacaciones que pasaron juntos antes de casarse?-. No quiso mirarla demasiado –bien conocido es el poder maligno de las imágenes-. La colocó dentro de un sobre y ya salía rumbo a la comisaría cuando cayó en la cuenta de que debía avisar a su suegra lo sucedido antes que la cara de Ernesto apareciera por televisión y desde carteles colgados en espacios públicos. Por más que Yake procurara minimizarlo, Ernesto tenía una madre y una hermana –el padre era fallecido-, que habían vivido siempre juntas, más allá de las intermitencias producidas por las múltiples fallidas uniones conyugales de la hija, quien –según el hermano- nunca lograba destronar a la madre para ejercer como dómina en una vida que le fuera propia. Yake miró el reloj y suspiró un tanto aliviada: a esas horas la arpía menor estaría ejerciendo sus funciones de empleada pública. Mejor así. De todos modos: ¿qué le diría a la madre adoratriz del sublime artista? ¿Qué era lo que había ocurrido? La confusión apenas le permitía caminar en la dirección correcta. Lo último que podía desear era encontrarse con la suegra en medio de aquellas circunstancias donde las palabras resultaban tan insuficientes –más allá de las particularidades del caso, todas nosotras hemos pasado por esto-. Pero no tenía más remedio que hacerlo y cuanto antes. Después de dejar la foto en la comisaría se obligó a transitar las cinco cuadras que la separaban de la casa de Doña Amparo. Nunca había tenido la cabeza así saturada, superpoblada de pensamientos en pugna; en su mayoría eran ideas que abortaban antes de terminar de formularse. Por momentos temía que los fragmentos de enunciado se le escurrieran a través de las orejas. Acostumbrada como estaba a dialogar exclusivamente con su marido, se preguntaba qué pensaría él de todo esto. ¿Qué le aconsejaría hacer, si estuviera presente? Absurdo pensamiento. Estaba sola con sus preguntas, que continuaban manando, cada vez más enteras, pero igualmente incontestables. ¿Habría sido voluntad de Ernesto esfumarse de pronto? ¿Sería víctima de un secuestro? ¿Estaría en peligro? Finalmente se le ocurrió que tal vez, contra toda evidencia, su esposo podría haber salido de la casa sin que ella lo percibiese y a lo mejor ahora estaba escondido entre las polleras de su madre, contando además con la habitual complicidad a regañadientes de la resentida hermana. O al menos quizá la madre o la hermana supieran dónde se encontraba. La esperanza ponía cierto orden en su discurso interno: Todas sabemos que los hombres son raros. Una nunca termina de conocerlos. Quizá Ernesto se cansó de la vida matrimonial y decidió fugarse. Y también todas sabemos que los hombres tienden a volver al regazo materno, o disparar hacia cualquier cosa que se le asemeje... Pero yo a él no lo presionaba como para que huyera. ¿Lo presionaba acaso...? Cada una de nosotras ha albergado las ideas más locas, más absurdas, en este tipo de situaciones. Una vez frente a la suegra -en un enorme esfuerzo para articular sonidos, acompañado de taquicardia- le comunicó que Ernesto había desaparecido y le preguntó si ella no sabía dónde podía encontrarse, como quien dice la cosa más simple del mundo. Sin tomar nota siquiera del interrogante, la madre del faltante atomizó a Yake con un arsenal de preguntas acerca de las circunstancias del acontecimiento; respuestas que, en su enorme mayoría, Yake no pudo dar, ni podría haber dado aun sintiéndose mucho menos intimidada de lo que estaba. Doña Amparo no estuvo a la altura de su nombre. (Nombres como Amparo, Consuelo, Socorro, Clemencia, Piedad, Esperanza, Libertad, no pueden sino dejar a las personas que los portan en una posición de falsa escuadra; decepcionando irremediablemente las megalómanas aspiraciones de quienes ejercieron sobre ellas el acto nominativo. Y por esa tendencia a perpetuar nuestros íntimos infiernos, Amparo bautizó a su hija Soledad.) Ahorraremos, por motivos de buen gusto y espacio, descripciones de la crisis que sobrevino a la vieja dama; también el relato pormenorizado de cómo aún en medio del más tremendo de los dolores ésta no dejó de ser elegante ni hiriente y no olvidó que en todo caso debe haber un culpable, aún en las situaciones más absurdas. Haciendo gala de su mejor voz despectiva manifestó que ella siempre había sabido que su nuera no era la mujer indicada para el hijo. Tampoco perdió ocasión de enfáticamente lamentar no haber logrado impedir la unión matrimonial. Yake permaneció muda y congelada -porque la buena educación no se esfuma así nomás de quien la tiene grabada a fuego- hasta que la doña hizo una pausa para respirar. Entonces la nuera se levantó como el rayo y en un par de zancadas –demostrando la increíble velocidad a que se podían mover sus piernas- alcanzó la puerta de calle. Salió sin volver a abrir la boca. Haciendo uso de un piloto automático que ignoraba tener, en el estado de quien, ya shockeado, recibe un nuevo shock, caminó Yake hacia su domicilio. Cuando llegó un patrullero la estaba esperando. Amparo la había denunciado por presunto asesinato y ocultamiento de restos mortales. Gracias a lo cual, su domicilio fue nuevamente allanado -esta vez con mucha mayor minuciosidad e incluso saña, siendo levantados hasta los tablones del piso del altillo- para encontrar otra vez lo que había disponible: nada. De vuelta Yakelín a revisación psiquiátrica para arribar al mismo diagnóstico de normalidad y a una nueva receta de psicofármacos tendientes a alivianar su comprensible angustia, fármacos que tampoco en esa oportunidad ella ingirió -¡drogas es todo lo que tienen para darnos!-. Tras los últimos allanamientos, durante la titánica labor de reacomodar su hogar, a Yake se le ocurrió que era justo compartir la experiencia con su suegra. Pidió a la policía profundizar la investigación en torno a la familia de origen del desaparecido, sugiriendo se registrara el domicilio materno, dado que el ausentado y su madre eran tan apegados. Los uniformados accedieron al pedido, obteniendo idéntico resultado en la casa de la madre que en la del hijo, aunque produciendo nuevos desarreglos y desacomodos –acompañados de la intensificación de antiguos odios y la generación de nuevos rencores hacia Yakelín, en las damnificadas y su área de influencia. También a la señora Amparo le tocó pericia psiquiátrica, pero como ésta ya venía consumiendo ansiolíticos y antidepresivos desde hacía décadas, el psiquiatra actuante se remitió a repetir la receta. Cual manotón de ahogado, desamparada justamente Amparo, apuntó a convertir la desaparición del hijo en una cuestión de Estado (de esa forma se investigaría a fondo, o –al menos- se encontraría rápidamente algún culpable). Pero en el caso Ernesto Erre el misterio se imponía por encima de cualquier intento de manejo político. No había de donde agarrarse para manipular la cuestión como un ataque al social-capitalismo. Además, los emblemas históricos social-capitalistas estaban siendo decolorados por sus propios personeros, en beneficio de la actual coyuntura. No había en aquel momento mejor aliado que la oposición: ¿qué necesidad de agitar los fantasmas del pasado con la intención de cargarles un nuevo –improbable- muertito? La alta dignidad gubernamental hachera se solidarizó tibiamente con la familia del evaporado Erre, asegurando que la Inteligencia Policial se esmeraría en la elucidación del misterio. Y nada más. No le concedieron ningún crédito a las suspicacias de la señora Amparo, viuda de Erre padre y ahora de Erre hijo. La falta de Ernesto no tenía absolutamente nada de política ni de incorrecta, por más extraña que fuera –declararon-. La anciana quedó sola, pero no dejó de expresar su malestar en la esfera pública, aunque cada vez más -involuntariamente- alejada de los micrófonos y las cámaras de la cadena oficial y única de medios de prensa hachense, que la fue haciendo a un lado, como a una anciana perturbada por sinrazones. Amparo barajó la posibilidad de pasarse a las filas de la oposición, pero ya estaba vieja para un cambio de esa índole. Además, seguramente tampoco ellos le llevarían el apunte: a nadie servía el abrupto ausentamiento de E Erre. Si la desaparición hubiese tenido lugar treinta o cuarenta años atrás, no habría habido dudas acerca de la motivación política del suceso; pero ahora..., estando H en su mejor momento de democracia participativa popular... Lo último que Yake supo de la suegra fue que adhirió a una secta ufológica –hay quienes consideran preferible la adhesión a un sistema de creencias, por más dudoso que sea, antes que caer en la locura desatada; otros dicen que una y otra cosa son lo mismo, con la diferencia que en un caso se trata de locos sueltos y en el otro amarrados. No habremos de juzgar nosotras la salud mental de una madre que pierde súbitamente, y de forma tan incomprensible como inaceptable, a su más amado hijo. Sin aviso, ni despedida; siquiera dejando un cuerpo, o algún pedazo de cuerpo al menos, para poder mirar, llorar, besar y luego colocar bajo una piedra -...-. A su tiempo comparecieron ante la justicia Soledad y los otros integrantes del núcleo duro de la familia, Obdulio, el mejor amigo de Ernesto, y Rolando, el marchand que comercializaba sus cuadros. Cada uno de ellos fue debidamente sometido a fatigosos interrogatorios y a pericias psiquiátricas en las cuales fueron recomendados los fármacos más diversos para calmar ansiedades patentes o latentes de diferente índole –así es acá-. También sus domicilios fueron registrados y revueltos, incluyendo la galería de arte y la casa de veraneo que tenía el marchand en Punta de los Cachalotes, que por esos días resultaron misteriosamente saqueadas -aunque no fueron cuadros pintados por Ernesto Erre los extraídos-. Rolando comunicó a la policía su sospecha acerca de que la desaparición del artista podría estar vinculada con la temática del cuadro en el cual estaba trabajando, pero no logró sustentar dicha opinión con ningún dato concreto y rastreable. Nadie había visto la obra en cuestión ni hubo noticia de que la misma hubiese alcanzado algún nivel de realización, siquiera como esbozo. En el atelier no se encontró más que la tela vacía, la cual fue sometida a rayos equis para descartar la idea de que alguien hubiese blanqueado algún trazo que el pintor hubiere puesto, pero no: el lienzo exponía su virginidad en forma indubitable. Los caminos de la justicia, además de inescrutables, se mostraron estériles. Aunque no pudiera ser que Ernesto se hubiese evaporado cual perfume de un frasco por descuido destapado. Imposible que alguien se diluya en plena ciudad, dentro de su propia casa, como en la más absoluta de las nadas, sin dejar una sola huella. Sin embargo, lo único cierto era que EE se había desvanecido al estilo de un fantasma cinematográfico. Yakelín llevaba dentro de sí un hueco inconmensurable, el negativo de la presencia de su esposo bajo la forma de un enigma imposible y lacerante. La intimidad de su cuerpo envolvía al fenecido inhallable e incomprobable; estaba preñada de un vacío denso, congestionado, que le producía contracciones pero ningún parto. No era un recuerdo sino una presencia. La memoria dibujaría sus figuras recién después de lograr cierto entendimiento con el muerto sin cuerpo. Ahora, el espacio libre entre el hueco dejado por la desaparición de EE y la epidermis de Yake oscilaba; por momentos ella no era más que esa piel estirada en torno al agujero, las piernas con que éste se desplazaba, los sentidos necesarios para mantenerlo en el mundo de alguna forma. Ese cuerpo invisible aunque sólido había surgido entre las aberturas del altillo, por donde Ernesto no podía haber salido, y la puerta de calle, que tampoco había abierto. Gigantesco, se había compactado para mudarse al interior del cuerpo de Yake, y como una burbuja de aire cambiaba su forma de acuerdo con los movimientos y las posturas del humano envase. Así presionada, en forma permanente aunque con intensidades variables, por más inexplicable que se mostrara la desaparición del hombre ella tenía que hacer algo. Si permanecía quieta la burbuja de vacío ocupaba todo el espacio y hasta llegaba a empujar los contornos más íntimos de su cuerpo, amenazando con hacerla estallar en incontables ínfimos pedazos. Había que evitar la explosión a cualquier costo. Voy a investigar el asunto yo misma –comunicó en alta voz, aunque estaba sola en medio de la sala-, quiero saber, saber de Ernesto; algo, presente, futuro o pasado. El deseo de saber, la necesidad de orientar las experiencias en relación con algún tipo de grilla, funciona como uno de esos aliens con que juegan los niños: puestos en remojo se expanden y crecen –aunque ampliándose, incluso al doscientos por ciento, no exceden el volumen de un vaso de agua-. Pero si la burbuja del saber conquistaba terreno dentro del universo Yake, la del vacío se vería forzada a reducción. En el mejor de los casos, aumentar el monto de datos acerca de Ernesto podría darle alguna pista para encontrarlo. Por otra parte, la mantendría ocupada. Eso razonó –es comprensible-. El primer escenario escogido para la búsqueda fue la propia morada. Los objetos que había tocado Ernesto merecían una atención más cuidadosa que el tratamiento prodigado por manos policiales. Un mes entero transcurrió Yake mirando, palpando, oliendo una infinidad de objetos que el desaparecido guardaba –su mayor parte en el altillo-. Tenía para eso todo el tiempo del mundo: después que terminó su licencia psiquiátrica pidió licencia sin goce de sueldo y ya no volvió al trabajo. La cuenta bancaria de Ernesto estaba a nombre de los dos y si bien Yake nunca la había usufructuado, este era el momento de hacerlo. Cuando Ernesto vivía, o cuando vivía con ella –para ser más precisos- Yake cumplía su trabajo en el supermercado de forma automática. De acuerdo con su preparación no podía aspirar a nada sensiblemente mejor que un puesto en Súper Óbolo. El local quedaba muy cerca de su domicilio. Las tareas que desempeñaba la cansaban justo lo suficiente como para no dejarla ni exhausta ni pletórica. La energía le daba también para realizar las labores del hogar a su regreso y la fatiga alcanzada a lo largo del día le permitía conciliar el sueño fácilmente. Pero ahora, sin Ernesto, ir al trabajo le parecía innecesario, tan innecesario como todo lo que no estuviera relacionado con él y la eventualidad de hallarlo. Como no deseaba volver al súper presentó la renuncia. No meditó un instante el consejo del encargado, quien la instaba a conservar su trabajo, aunque más no fuere para ocupar la cabeza con cuestiones intrascendentes y en nombre de un futuro eventualmente amenazador -pretendió incluso tentarla con la posibilidad de un ascenso a supervisora-. Pero el futuro amenazador, cual malvado topo, ya había pasado por la vida de Yakelín: no tenía que temerle más. El dinero del banco le permitiría vivir sin preocuparse, en lo financiero, por sobrevivir. Y ello sin tomar en cuenta la venta de los muchos cuadros, que algún día Rolando tendría que liquidarle. La desaparición del artista había revalorizado la obra al mil por ciento, cosa que a Yake le parecía rarísima, aunque fuese habitual. El valor de la pérdida era algo que ella recién empezaba a descubrir. De todos modos, si más adelante necesitaba dinero, a su debido tiempo vería lo que hacer: ¿acaso obtendría algún beneficio actuando de forma razonable en medio de una situación convulsivamente irregular y esotérica? Haber perdido, haber perdido lo más importante que tenía, le daba, a fin de cuentas, algún beneficio. La ropa de Ernesto seguía esperándolo en el ropero, sus zapatos en el cajón de los zapatos. Hasta el cepillo de dientes y la afeitadora permanecían atentos en su puesto del baño. ¿Qué hacer con sus cosas? ¿Habrían ya dejado de pertenecerle? ¿De quién serían propiedad ahora? ¿En qué momento había que retirarlas de sus guaridas? ¿Cuándo dejarían de constituir posibles evidencias para convertirse en meros deshechos? ¿Sería Yake capaz de manipular aquellos objetos en forma apropiada? ¿De qué manera habría de desprenderse, por ejemplo, de su campera de cuero marrón, que le quedaba como pintada sobre el cuerpo? ¿Acaso alguien que no fuera él podría con justicia aprovecharla? Si dejaba la prenda en la calle corría el riesgo de cruzarse con ella caminando por H, pero deformada. Insoportable: no podía permitir que otros cuerpos usurparan los íntimos territorios de Ernesto. Sin embargo ella continuaba viva y presente. No todas las pertenencias de Erne podían quedar a modo de recuerdo. No iba con la personalidad de Yake emplear los efectos personales de E Erre para erigir un museo a su memoria –eso ya lo haría la madre, usando todo lo que el hijo no se llevó del hogar paterno-. ¿Levantaría una pira funeraria, una columna de humo que perforara el cielo, para inmolar los bienes del desvanecido? Aparte de los objetos de uso cotidiano estaban las cosas que Erne guardaba por el placer de guardar, y la resistencia a tirar. Hubo que visitar el altillo, donde residían. A Yake le sorprendieron algunas cosas: un par de piezas de pedregullo, el caparazón de un caracol de jardín y una servilleta de bar en la que dice dale con una letra que podría ser o no la de él. Pero no se trataba de nada a lo que pudiera otorgar sentido ni significado. Sin embargo, a lo largo del viaje por el interior de su propia casa, numerosos fueron los recuerdos, sentimientos y fantasías, que de las cosas fue extrayendo. Yake empleó todas sus fuerzas –y cuando se lo proponía era un verdadero soldado- en prodigar a esos trozos de materia el tratamiento propio de un mago, con la esperanza de que ellos dijeran alguna verdad acerca de Ernesto. Por momentos parecía que él estaba allí, contemplándola hurgar sus cositas; con una actitud muy superior en afecto y consideración a la que tenía en vida. Como si el esfuerzo de Yake produjera una ternura acariciadora, que la envolvía en una capa de consuelo –aunque delgada y frágil-. Durante esta etapa de la pesquisa Yakelín logró una suerte de reintegro del hombre que se le había extirpado, aunque al precio de mantener su herida abierta al máximo. Reencontrarlo a través de las chucherías que le habían pertenecido sólo la llevaba, al cabo de breves momentos de ilusión, a enfrentarse más crudamente con su pérdida. Y volvía una y otra vez a una especie de situación básica de desmembramiento, con un peso de realidad contundente; porque la fuga había instalado en ella esa perenne sensación de que manos anónimas no cejaban de arrancarle algo que no era cualquier cosa; –por momentos sentía el desgarro, como una operación interminable-. Cuando por las noches se acostaba, aun asegurándose de estar muy cansada, pasaba largas horas despierta. Lo recordaba a Erne brillante como él era, talentoso en todo lo que hacía y omitía. Ernesto tenía talento no sólo para pintar o hacer el amor, también para caminar, pararse, sonreír: para existir, en resumidas cuentas. Él sabía darse un lugar de relevancia dentro del áspero concierto hachense. Incluso a la hora de desaparecer se mostró inigualable. Yake se nutría con la celebración de su talento. Ahora se veía a sí misma como el mero despojo de aquella relación que la puso y la mantuvo en un lugar de sueño durante una década entera. Siempre se había preguntado qué habría encontrado él en ella; e increíblemente continuaba preguntándoselo, ya sin el temor de que su incertidumbre se transparentara para hacerle ver que ella no era una mujer digna de él. Para Yake El Mundo estaba situado en un lugar incierto, por detrás de Ernesto, en el cual su esposo ocupaba una vasta área de influencia. Y eso seguía siendo así, aunque él ya no estuviera. Pero ¿cómo podía haber desaparecido justamente él, dejándola tan sola? (A diferencia de Yakelín, Ernesto no era hijo de obreros sino de antiguos dirigentes sindicales social-capitalistas, honrados –así lo decían ellos- con los estigmas de la cárcel y el destierro, y luego premiados –no lo decían así ellos- con los privilegios que les otorgaba la conducción de un par de carteras de gobierno. Erne Erre era un hijo mimado de la nueva aristocracia hachera. Con Yake se conocieron por casualidad, la única vez que ella pisó el comité vecinal de su jurisdicción. Había ido a ver qué podía aportar a la causa de los pueblos, pero ya se retiraba sin haber abierto la boca, inhibida hasta la médula ante todos aquellos desconocidos que discutían tan acaloradamente acerca de relevantes cuestiones sobre las cuales ella no tenía la menor idea, cuando un joven increíblemente buen mozo la interceptó en la puerta: Ernesto. Al cabo de unos años de noviazgo se casaron. Ernesto había sido, en sentido estricto –es decir: sexual- el único hombre de su vida). Una vez dormida Yake era frecuentemente visitada por el contorno de un cuerpo en penumbras, del que emanaba la voz de Ernesto; tras la aparición sonora retornaba abruptamente a la vigilia y quedaba temblando durante varios minutos. Después se volvía a dormir, si lograba conciliar el sueño, o permanecía en la cama inmovilizada por el espanto hasta juntar las fuerzas necesarias para levantarse y dar alguna vuelta por la casa. Llegó el día en que a Yake no le quedaron más cosas de Ernesto para sobar –aunque de su paradero no apareciera el mínimo indicio-. El tiempo transcurría indiferente al enigma que se mantenía tan oscuro como el primer día. Yakelín retiró del altillo las pocas cosas que a esa altura quedaban y no subió nunca más. Ahora sí la habitación estaba completamente vacía. No volvió a poner los pies en la escalera de acceso. Como si hubiera colocado en el primer peldaño una banda para cortar el paso, hecha de crespón negro y anunciando: suelo resbaladizo, no pasar. Ni siquiera a los efectos de la limpieza. Sólo los caños de la aspiradora atravesaban un metro la frontera imaginaria. Y los efluvios de sprays fumigadores y desodorizantes perfumados, eyectados siempre desde la planta baja. Tampoco siguió examinando los objetos de Erne, que depositó en el estante más alto de la biblioteca que estaba en la sala, donde quedaron quietitos, como huesitos fosilizados. La evasión de Ernesto dio lugar a toda una serie de situaciones que a Yake se le escapaban de las manos, pero sobre todo la obligaban a comportarse según lógicas inéditas. ¿Por qué abandonó y clausuró el altillo? ¿Temía que le sucediera algo irrepresentable a ella también? ¿No sería posible acaso allí mismo reencontrarse con Erne en algún plano impredictible del ser? No, no podía concebir ningún tipo de encuentro que implicase la disolución de sí misma. Y sin embargo todo lo que había ido construyendo en la vida se iba diluyendo con aquella ausencia principal, para la que no encontraba solución. Lo más duro de sobrellevar era el sábado por la mañana. Ya al alba sentía como si fuera a conmemorarse fecha del acontecimiento nefasto. La desazón lo marcaba, pasando a una fase aguda. Fuertes palpitaciones la expulsaban de la cama como si fueran resortes de un muñeco sorpresa. El tiempo retrocedía en unidades semanales y ella presentía –ahora, ya que no entonces- la inminente consumación del acto incognoscible –y pasado-. Como si la ilusoria repetición del inasible hecho le brindara la oportunidad de cambiar el curso de los acontecimientos. La ansiedad se volvía insoportable. No podía pretender que el sábado fuese un día como cualquier otro, sus intentos por prevenir la angustia se mostraron obsoletos. El recurso a concentrarse en alguna actividad supuestamente placentera –como el cuidado de las plantas- o neutra –como la limpieza del baño incluyendo el refriegue de cada azulejo- fracasaba tantas veces como fuera implementado. No podía obedecer la orden de no pensar en eso, echando de su mente toda idea relacionada con aquello, porque otro mandato más profundo la convocaba a los abismos. Pasar la noche del viernes afuera y regresar a media tarde del sábado, cuando ya la ola conmemorativa hubiera pasado, no era una opción atendible. No tenía a dónde ir ni con quién estar. La perspectiva de alquilar una pieza de hotel para ella sola, fuera donde fuese, no le atraía en lo más mínimo. Tampoco buscaba compañía. Ni siquiera atravesaba los pocos metros que la separaban de Bládimir para aceptar el tan ofertado asado con tannat, y menos aún lo que pudiera venir después, dada la inmejorable disposición del amable vecino. Pero Yake no tenía mayor interés por la comida que por la bebida o los hombres. Más allá de haber aprendido de pequeña que comer glotonamente es propio de la peor cerdo-burguesía, la angustia maniataba su apetito. Desde la carne al horno que Erne y ella no pudieron compartir, ingería apenas lo necesario para sostenerse en pie, y aún menos. En cuanto a hombres, para ella, El Hombre era Ernesto Erre. Una fuerza desconocida la mantenía adscripta a su casa, impedida de abandonarla por un lapso demasiado prolongado. Como si su fiel presencia en el hogar fuese condición indispensable para el regreso de Ernesto. Como si sólo en caso de que ella continuara esperándolo con ahínco se mantuviese viva la posibilidad del retorno. Y entonces la evasión quedaría como un punto corrido en una media, que sería zurcida para reanudar la trama de sus relaciones matrimoniales. (¡Cómo si las medias se zurcieran hoy en día!) En varias ocasiones hizo la prueba de dormirse el viernes dejando radios y televisores encendidos en diferentes habitaciones, con la previsible consecuencia de despertarse padeciendo jaqueca. Luego comenzó a saltar de la cama apenas despierta, para vestirse con lo primero que encontraba y salir de la casa en seguida, con el pretexto de ir hasta la panadería a comprar bizcochos. Bizcochos que luego no comería: la mayoría de los alimentos le daba asco. Por lo demás, la incomodaba sobremanera tener que salir a la calle sin antes bañarse y mejorar su aliento mediante la ingesta del desayuno. Pero la angustia la presionaba hasta lanzarla fuera, con la fuerza de un resorte. Dado que esos paseos matinales se revelaron incapaces de aplacar sus nervios, cada semana visitaba una panadería más lejana. Caminaba con la premura de quien debe salvar a alguien; recurrentemente atosigadas por calambres, las piernas se le agarrotaban. Corría como si de su carrera dependiera la vuelta del amado, como si debiera encontrarlo cuanto antes, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que su desaparición cristalizase en una figura irreversible. Debió haber visitado todas las panaderías de la zona residencial de H –donde vivía-. Giraba como un trompo, entrando en una y saliendo de otra, buscando supuestamente aquellos panificados que en cada lugar no tenían –estudiando cuidadosamente la oferta de cada comercio para pedir exactamente lo que no podrían darle-. Así terminaba la fatídica mañana peor de lo que la empezaba: sin probar bocado –la sola vista de farináceos ya le producía náuseas-, exhausta y dolorida. El malestar del cuerpo no aligeraba el sufrimiento del alma. Para peor, los carteles con la cara de Ernesto la vigilaban desde distintos puntos de la ciudad. Cuando se encontraba con uno debía detener la marcha. Cada cartel le parecía único, diferente a los otros. Como si algo de E Erre se le hubiese adherido. La observaban insistentemente, aunque mudos: sin soltar prenda. Conspiradores acérrimos del enemigo intangible. Por momentos parecía que aquellos rostros se decidirían a revelarle verdades de Ernesto. A veces creía que lo hacían, pero ella no sabía descifrarlas. Algunos semblantes parecían implorarle auxilio. Cada una de aquellas fotos publicadas le producía una vivencia terrorífica particular. Rogaba Yake que el viento y la lluvia barrieran de una vez aquellas imágenes. Pero cuando veía alguna despedazada se le activaban extraños mecanismos. Desviaba la vista cuando se encontraba con el rostro quebrado e incompleto que sobrevivía en el cruce de Diagonal Izquierda y Avenida Liberio Fidel. Media hora permaneció de pie en la explanada del Palacio Plaza Roja, ante un cartel a punto de desprenderse de una columna del alumbrado público, hasta que cayó y lo levantó del piso. No podía dejarlo tirado ni tampoco arrojarlo al basurero. Se lo llevó a casa, para sepultarlo en lo alto de la biblioteca, junto con las otras reliquias. En otra oportunidad casi la atropella un auto, en el intento de reunir los fragmentos de un cartel mezclados en una hojarasca. Afortunadamente los carteles también fueron desapareciendo. Para sobrevivir al sábado, la entrega morbo-voluptuosa al recuerdo y a la fantasía en el lecho conyugal no era una opción válida. A Yake nunca le gustó quedarse en la cama más que para dormir. Incluso las prácticas sexuales –con Ernesto, claro- las llevaba a cabo más bien sentada o parada. Tampoco en su vagar por la casa se tranquilizaba imaginando que Erne estaba allí o que de un momento a otro reaparecería. Por más que lo hubiere intentado no lograba tragarse la pastilla. La simple Yake no era capaz de nutrirse con quimeras sin ninguna base real. Su intento de aferrarse a los recuerdos, al fracasar, le enseñó cuán pocas anécdotas tenía de su vida con Ernesto. La memoria le brindaba apenas unas imágenes borrosas, no porque el olvido las hubiere deformado, fieles a lo que su esposo había sido para ella: un marco firme para su existencia sencilla. Un marco que encuadraba sus pequeñas rutinas de ciudadana hachense común y corriente. Una existencia apoyada en la certeza de que él estaba, más o menos cerca, pero estaba, ahí, con ella. La vida matrimonial no se desarrollaba mediante episodios particulares que ocuparan su lugar en la memoria sino que discurría como una melodía sostenida, armónica, un sentimiento de vida encausada, resuelta, que Yake apreciaba por encima de todas las cosas. Los humores del matrimonio no coloreaban sus vivencias en forma memorable. Los avatares de la cotidianeidad se perdían en el cuerpo sin fisuras de aquel matrimonio bien avenido. Y sin embargo, el presente agujereaba impíamente la sólida construcción de su vida, poniendo a Yake de cara a la nada. La conmemoración de la gran pérdida se reinstaló sábado a sábado, inexorablemente, durante meses. A mediodía la ansiedad por resolver la desaparición alcanzaba su punto álgido, para cejar luego, dando lugar a la mera falta de todos los días, no exacerbada. El movimiento por el cual se iba desprendiendo del peso abominable de la ausencia de Ernesto le resultaba imperceptible por su lentitud, especialmente en contraste con la revulsión ansiosa que la dominaba. Igualmente se producía: llegó un momento en que el sábado no le resultó más inquietante que los otros días de la semana. Un día se despertó al alba y saltó de la cama diciendo basta. Decidió llegada la hora que su pesquisa tomara como escenario al mundo exterior. Esmeradamente se bañó, depiló, vistió y salió a la calle aún sin tener la menor idea acerca de qué hacer ni a dónde ir. Se dejó llevar por sus piernas, las cuales –como si supieran mucho más que ella- la condujeron a todo vapor, sin detenerse a hesitar, a lo largo de las diez cuadras que la separaban de la casa de Obdulio –el mejor amigo de Ernesto-. La portera del edificio de Oby se encontraba manguereando distraídamente la vereda, al tiempo que conversaba con su colega del edificio de al lado, ocupada en idénticos menesteres –el manguereo es un procedimiento de limpieza muy usual entre los hacheros, que consiste en desplazar la mugre desde la vereda hacia la calzada, sirviéndose del agua conducida por una manguera-. La puerta del edificio quedaba así abierta a todo público. Yakelín –que no era ruidosa ni llamaba la atención por sus atributos, tan discretos- se coló con la mayor naturalidad. Subió la escalera hasta el segundo piso y tocó el timbre del apartamento de Oby. Nadie contestó. Yake miró su reloj pulsera: eran apenas las ocho y veinte de la mañana. Volvió a pulsar el timbre y repitió la operación, aumentando la firmeza y duración de las emisiones, hasta que la cara semidormida de Obdulio apareció en el marco de la puerta. Por el costado, y sin saludar, una chica vestida a las apuradas se escurrió escaleras abajo. Aunque Oby, atornillado al marco de la puerta, no atinó a decirle más que hola, Yake entró en el apartamento pisando firme, como quien hace pleno ejercicio de sus legítimos derechos. Si bien no paró de recorrer con la vista cada detalle de la vivienda –cosas que no le dijeron nada- no empezó a hablar hasta el momento en que Oby colocó dos tazas de café sobre la mesa. Sin embargo, no probó un sorbo; apenas estuvieron frente a frente le espetó: - Quiero que me digas todo lo que no sé de Ernesto. Si lo dijo inspirada por fuerzas desconocidas o tirando verde para recoger maduro, no sabemos. Por qué Obdulio se vio compelido a desembuchar –si fue a causa de algún oscuro sentimiento de envidia, celos o vergüenza ajena respecto de Ernesto- tampoco sabemos. Lo cierto es que Oby movió sus labios cerrados hacia una y otra comisura antes de empezar a colaborar. Tartamudeando, a través de una entrecortada construcción lingüística inhabitual en él, confesó que su amigo mantenía en secreto una antigua relación amorosa con una tal Mónica. No estaba seguro pero creía que la conocía desde mucho antes que a Yake. Él ya se había puesto en contacto con Mónica para preguntarle qué sabía de Erne, pero ella le había dicho que no tenía noticias de Ernesto desde bastante tiempo antes de su desaparición. Yakelín lo instó a darle la dirección de aquella mujer, cosa que él hizo sin oponer resistencia –se la sabía de memoria-. Dejando el humeante café intacto, Yake salió a la calle apurada, con el impulso de un extraño sentimiento de esperanza. Tarde se le ocurrió –faltaba media cuadra para arribar a destino- que si se hubiera quedado tomando el café con Obdulio habría obtenido mucha más información. Pero bueno, nuestro afán de saber a menudo naufraga ante la necesidad de desconocimiento que nos invita a sus profundidades. Y la inexperiencia de Yake para tratar con personas, más allá de atender clientes, era flagrante. Por otra parte, nunca antes había establecido con el amigo de su esposo diálogo más extenso que el de hola, todo bien y adiós. Los avatares de la amistad entre los dos hombres marchaban por carriles ajenos a ella; aunque no así respecto de la tal Mónica, según quedó de manifiesto. Siguiendo las indicaciones de Obdulio localizó fácilmente el domicilio de Mónica, situado a unas siete cuadras de lo de Oby –sus piernas volaban al ritmo de una ansiedad nueva-. (Todo en Hache queda más o menos cerca si se pertenece a la clase instruida. Ni qué hablar de los funcionarios estatales, que conviven dentro de un área de mil metros cuadrados). Por el intercomunicador la madre anunció que Mónica no regresaría antes de las dieciocho horas. Yake optó por no volver a casa, prefirió vagar por las calles de H y a poco de andar dio con el Parque Liberio Fidel –pulmón izquierdo de la urbe, que se encuentra sobre la Avenida Liberio Fidel, arteria principal de nuestra ciudad-estado-. Al cabo de una extensa recorrida por el parque, ya a paso de peatón, relajada y apreciando el paisaje, incluso disfrutando el paseo, eligió un banco situado bajo los algodones de un palo borracho de avanzada edad y prominente estómago pinchudo, para permanecer allí sentada hasta la hora de volver al ruedo. Ignoraba la existencia de toda esa increíble variedad de pájaros que habitaban el lugar. Y pensar que su casa no quedaba a más de diez cuadras de allí. No recordaba haber pasado nunca tantas horas dando vueltas por los espacios al aire libre de H. Era tanta la voluptuosidad que aireaba sus ojos, oídos y epidermis, y tan intensa la bizarra esperanza que la existencia de aquella otra mujer abría ante ella, que no necesitó comer ni tomar nada, e incluso no precisó ir al baño durante las horas, que no se le hicieron largas, de la espera. Cierto es que en H los baños públicos pueden resultar insuperablemente vomitivos, pero no iba por ahí el viaje de Yake. La otra le despertaba una verdadera fascinación. ¿Sería ella el reverso de su elemental insuficiencia como mujer? ¿Tendría ella lo que a Yake le faltaba? ¿Tendría, en fin, a Ernesto? No pudo concentrarse en elaborar ningún plan satisfactorio según el cual abordar a Mónica. Terminó por dejar el asunto librado a la espontaneidad. Cinco y media se levantó del banco y puso el automático de sus piernas robóticas para llegar a las seis menos cuarto al edificio donde vivía la mujer. Allí se apostó, junto a la puerta de entrada, a esperarla. Seis y veintisiete llegó Mónica –aún sin conocer su descripción física Yake la reconoció de inmediato-. Y tan pronto como la vio se dirigió a ella diciendo lo primero que le vino a la mente: - Vengo a hablar contigo de parte de Ernesto Erre. - ¿Quién sos? - La hermana. - No, querida, a la hermana la conozco. - Bueno, está bien, soy la esposa. O la viuda... Totalmente en evidencia quedó la falta de mundo de Yake, aunque Mónica, de todos modos, le permitió desplegar sus inhabilidades como investigadora, cooperando con inmejorable voluntad. No alcanzará con decir que Yake no consumía policiales –los de la tele le resultaban insufriblemente sangrientos, y la biblioteca comunal barrial ofrecía como novedad los de Ágata Christie..., pésimamente traducidos y casi deshechos por el desgaste, además-. Muy curiosamente, Mónica no intentó siquiera evitar la entrevista. Pero en el momento en que iba a abrir la puerta del apartamento recordó que vivía con su madre. Y consideró conveniente mantenerla al margen –especialmente tomando en cuenta cuánto apreciaba ella a Ernesto-. - Mejor esperame en un bar. Distraigo a mi madre y salgo. Yake aguardó a Mónica durante casi veinte minutos en un café de la Avenida Liberio Fidel. Cuando ésta llegó, bastó una mirada para que ambas mujeres supiesen que no tendría sentido ocultarse nada. Que lo único posible, acaso, era hablar con franqueza. Moni se había enterado de la desaparición de Ernesto por Obdulio, pero como creía conocer muy bien a Erne, supuso que andaría perdido entre nuevas faldas, por lo que no se alarmó. Mediante un pormenorizado relato de las circunstancias de la evaporación de E Erre Yakelín la forzó a cambiar de idea. A pedido de Yake, Mónica le contó que se habían conocido con Erne, cuando ambos tenían dieciocho años y cursaban primer año de Arquitectura –carrera que los dos abandonaron sin aprobar un sólo examen-. Sus genios no les permitieron nunca sostener una relación estable, pero la mutua atracción que sentían impidió una ruptura definitiva. Se mantuvieron siempre en contacto. Ocasionalmente él la visitaba. Por supuesto que tenían sexo, con performances de alta tensión, aunque sus encuentros tendían a esparcirse entre lapsos de desvinculamiento que no en todos los casos sucedían a peleas violentas. A veces incluían en sus juegos a compañeros que levantaban por la calle o en los boliches. Si Yake fuera más aguda –y más morbosa- no habría perdido el hilo de los terceros que Mónica había nombrado (especialmente de los conocidos, como Soledad y Obdulio) ni hubiera dejado de interrogar la “violencia” de las peleas sostenidas. Aunque debemos reconocer que el azoramiento provocado por el cúmulo de nuevas y sórdidas dimensiones de Ernesto, intensificaba los efectos de esa genuina falta de estaño que caracterizaba a su esposa. De todos modos, reconozcamos su valentía para enfrentar todas las novedades que le saltaban a la cara. Por momentos, Yake se abismaba pensando que esas realidades que iba descubriendo habían estado desde siempre a la vuelta de la esquina, sin que ella las sospechara siquiera. Moni estaba lanzada a hablar, a decirlo todo, como en un trance que la conectaba con la relación que recién ahora comenzaba a sentir perdida; a medida que avanzaba en su discurso, soltaba progresivamente las riendas: -No era tan intenso el ardor con que nos deseábamos como la necesidad de corroborar cuán cerca estábamos el uno del otro, pese a todo y más allá de todas las parejas que cada uno por su parte tuvo. (Yake se preguntó si Mónica sabría de otras mujeres con quienes Ernesto hubiese tenido amoríos durante su matrimonio, pero no despegó los labios por temor a frenar el chorro de las confesiones; luego olvidó retomar el punto). Y demostrarnos que nuestra capacidad de transgredir –es decir: de actuar nuestra inconformidad con La Sociedad- permanecía indemne al transcurso del tiempo-. Como últimamente yo, por cuestiones personales, andaba muy triste, él se esmeraba en brindarme el consuelo de hacerme tocar su deseo. O lo más cercano al deseo que resulta tangible. (De pronto se detuvo, como si algún recuerdo, paradójicamente, la aterrizara forzosamente en el presente). Involuntariamente Yake encarnaba un personaje cercano al de la cándida niña que, habiendo caído por accidente en el castillo de la bruja, abre la puerta de El Armario y a duras penas permanece en pie, con los ojos abiertos, ante la catarata de monstruos atolondrados que, aprovechando la ocasión, se disputan el espacio donde mostrarse, para inmediatamente después salir disparados hacia el ancho mundo. Pasmada escuchaba a Mónica, sin poder articular más que algunas interjecciones, haciendo las veces de un lenguaje humano. Moni retomó el hilo al cabo de una breve pausa: -Yo estaba al tanto del matrimonio de ustedes, sabía lo bien que se llevaban, y nunca hubiera hecho nada para separarlos. Él era feliz contigo, Yakelín. De verdad ignoro qué pudo haberle pasado. Es terrible que haya desaparecido. Tampoco inquirió Yake acerca de la forma en que Mónica estaba al tanto de su matrimonio. Qué versión de su vida conyugal le habría transmitido Erne, qué idea sobre la propia Yake... Las dos mujeres terminaron llorando abrazadas sobre la mesa del bar. Luego Moni invitó a Yake a su casa, para que conociera el lugar donde Ernesto pasaba una parte de su vida. Sin demora salieron hacia el apartamento, poniéndose de acuerdo en lo que dirían a la madre de Mónica, para evitarle incomodidades y disgustos. La señora creía que Ernesto era el novio de su hija y aunque se hubieran peleado, como tantas otras veces, lograrían reconciliarse. El arreglo personal de Moni -su pelo, uñas, dientes e indumentaria- no permitía imaginar lo alejada que estaba su morada de un nivel de higiene mínimo. A Yake, que había hecho pintar su casa cinco veces en diez años y la mantenía inmaculada, el estado de pobreza y decrepitud del apartamento que habitaban Mónica y su madre, la impactó profundamente. Imposible discernir si el gris de las paredes obedecía a la voluntad de una mano de pintura recibida demasiado tiempo atrás o a la mugre acumulada tras las consecutivas frituras, que evidentemente tenían lugar a diario. La madre ya no podía disimular en la piel los rastros de una dieta basada en tortas fritas, bizcochos y minutas. En el ordinario aparador del living-comedor los adornitos posaban como flotando dentro de una capa de tierra combinada con efluvios grasientos. No faltaban a su cita el consabido elefantito con billete en la trompa, los floreritos dorados y los ceniceros de vidrio portando clavos, tornillos, ganchitos de cortina y cuantas pequeñas piezas que se fueron desprendiendo de algo cupieran en ellos. Vista en su salsa, La Otra Mujer no parecía más que una muchacha sin suerte, que envejecería pronto, sola o peor: teniendo que hacerse cargo de su progenitora –antecesora suya en una extensa serie de mujeres desgraciadas-. Lo más difícil para Yake era imaginar al galán -artista refinado, culto y oligarca bienpensante- revolcándose en las viscosidades de aquel tugurio sin salir maculado. ¿Cómo podría visualizarlo allí, a él -que era capaz de detectar el guisante más ínfimo bajo nueve colchones- como pez exótico nadando en aquella pecera de aguas podridas? Yakelín había vivido convencida de que su habilidad para administrar el hogar era una de las virtudes que su marido mejor estimaba en ella. Cuánto esfuerzo había gastado en proporcionarle una vida doméstica sana, ordenada e higiénica... Los datos de la realidad huían en todas direcciones, imposibilitando la conformación de cualquier figura coherente. Yake avanzaba en su investigación, atravesando la opaca y pesada atmósfera que la recuperación de Ernesto le ofrecía, con entrecortada respiración. Mónica invitó a Yake a pasar a su cuarto. Comparando esta habitación con la anterior, saltaba a la vista que el comedor guardaba aún cierto grado de orden y limpieza. El panorama del dormitorio podía provocarle arcadas incluso a las almas menos pulcras que la de Yake. El olor a tabaco rancio prevalecía por encima de otros aromas menos discernibles pero igualmente nauseabundos. Había ropa y zapatos tirados por el piso cualquiera fuese la dirección que tomase la mirada. Sobre una repisa alta varias botellas de whisky yacían vaciadas; el moho las abrigaba. Yakelín no pudo menos que preguntarse si la frescura con que Mónica le presentaba su habitación se debía a la súbita confianza que había surgido entre ellas o a una fuerte y profunda tendencia al impudor de su compañera en la desgracia; tendencia ahondada durante largos años de desidia y estimulada a manifestarse en toda su amplitud por la atención que Yake le prodigaba. No se daba cuenta que también para Moni hablar de Ernesto era una forma de recrearlo, de volver a encontrarse con él. Acurrucado sobre la alfombra estaba Quique, el gato que Erne y Moni compartían. Juntos lo habían salvado de la muerte segura que le habría causado el cruel abandono del que fuera víctima al nacer. Ahora convertido en un gato grande y gordo, Quique abrió los ojos sin prisa, se desperezó y luego fue a restregarse contra su dueña a modo de bienvenida. Las hebras sueltas de su pelaje gris perla tapizaban el recinto. - Pensar que nosotros no tenemos ni un perro. - ¡Qué raro! A Erne le encantan los animales. - Pero yo no los soporto. - ¿Por qué? - Para empezar, porque ensucian. (Tal vez sea este el momento –antes que resulte demasiado tarde- de explicar que esa falta de asertividad en la forma de circular por el mundo de Yake era consecuencia de la educación que había recibido. Hija de una de las últimas familias obreras de alta moral e impecable ética de H –para quienes la higiene constituye un valor supremo, que debe contrastar con la mugre cloacal de las calles donde sus moradas se alinean- Yakelín pasó directamente del hogar paterno a la vida conyugal. Si bien sus padres y hermanos, a causa de la coyuntura, tuvieron que emigrar a lejanos parajes, partieron con la tranquilidad de que Yake estaba correcta y firmemente posicionada, colocada entre los soportes de un honroso matrimonio y los de un digno puesto de trabajo, en el único supermercado con capitales nacionales de la ciudad-estado. Andar a los tumbos por el ancho y heterogéneo mundo no había sido para Yake una necesidad, hasta ahora). Mónica continuaba creyéndose en la obligación de proporcionar a Yakelín detalles absolutamente precisos acerca de los momentos que Erne y ella pasaban juntos. - En cada encuentro nos bajábamos un litrito de whisky. Cómo lo extraño. - Es muy raro. Él no llegaba a casa borracho. - Es que también nos dábamos unos saques. - ¿Cómo? - Bueno... capaz que estoy exagerando en las cantidades... Pero siempre venía con una botella de whisky del bueno. Viste que ahora el hecho de que sea escocés en sí no garantiza nada... (No, Yake no había visto nada de eso). - En casa no tomaba más que algún vasito de vino con la comida, de vez en cuando. La locataria encendió un cigarrillo. - ¿Estando él acá también fumabas? - Los dos fumábamos. - ¿En serio? Creía que él detestaba el tabaco tanto como yo. - Fumábamos como murciélagos. Los encuentros eran muy intensos. (Yakelín desconocía el circuito sustancias estimulantes-ansiedad-excitación). Moni tuvo que ir al baño. Una vez a solas en aquella pieza inmunda Yake entró a dudar acerca de la verosimilitud de las palabras de su compañera. No podía ser que cuando él salía de aquel antro hediondo no llevara consigo ese tufo que todo lo impregnaba, y que ella habría detectado fácilmente... Además la relación entre Moni y Erne era inconjugable con los recuerdos que guardaba de su relación matrimonial. Yake estuvo a punto de salir corriendo antes de que volviera la otra: si el relato de Mónica seguía ocupando el centro de la escena sus propios recuerdos se irían por el resumidero. Como un caleidoscopio roto desfilaban ante ella las imágenes del marido; su rostro desfigurado por las manchas del vicio y el horror, le resultaba más ajeno que nada sobre la faz de la tierra. Con gran esfuerzo buceaba en su memoria para tratar de aferrarse a la ternura que la había habitado durante tanto tiempo y ahora amenazaba con abandonarla, así como la abandonó el que la causaba. ¿Quién era el hombre que se acostaba a su lado entre las sábanas que ella perfumaba con agua de colonia? ¿De quién la mano que le acariciaba el pelo cuando empezaba a caer en el sueño? De alguien manaba el único calor, húmedo, disponible en la madrugada. ¿A quién le untaba con manteca y mermelada las tostadas, crocantes pero no quemadas, cada mañana? Evidentemente había una confusión. El amante de aquella mujer no era su esposo. Ya se disponía a retirarse, dejando atrás la sarta de viscosos absurdos que la rodeaban, cuando apareció Mónica, con una foto de Erne en la mano. Para mejor, la fotografía había sido tomada en esa misma habitación, unos siete años atrás. Ernesto estaba sentado en el sillón verdoso, bajo el estante de las botellas ahora enmohecidas. Llevaba puesta su camisa rojo ladrillo y las botas que él llamaba “de obrero”. Reclinado en su trono sonreía tras el humo de un cigarrillo que sostenía entre los dedos. Ésta fue la experiencia más cercana a “reconocer el cadáver” que tuvo Yake; con ella perdía la chance de creer que no estuvieran hablando del mismo E Erre. Como si Moni se lo hubiera pedido, Quique trepó a la desvencijada bergere que alguna vez fue verde inglés, la misma de la foto. El demonio verborreico de la verdad cruda y dura continuó hablando por boca de la local: - Ese era nuestro lugar preferido para practicar el sexo oral. Nos gustaba hacerlo por turnos. Y era lo que más disfrutábamos. Yake desvió la mirada para ocultar su desconcierto. Ernesto y ella no practicaban el sexo oral desde antes de casarse, por lo menos. No cabía duda: Mónica era de esas personas que experimentan la compulsión a decir mucho más de lo conveniente; una mujer que se revolcaba entre la libertad y la promiscuidad. Ahora escupía esquirlas de verdad a los ojos de Yake –o algo que podía doler como una verdad retenida y de golpe liberada-, y lo hacía al ritmo de una ametralladora, sin una pizca de piedad ni recato. Pero, aunque quedase demostrado que Ernesto era el mismo, ¿serían verdaderas todas aquellas palabras o habría que aplicarles algún descuento? ¿Por dónde trazar una línea, una frontera que dejase al ser amado del lado de los suficientemente buenos? Yake, dubitativa, luchando contra el escandalizamiento, se había refugiado en el mutismo. ¿Cómo entre los objetos que guardaba Ernesto no encontró ningún indicio de la existencia de Mónica? ¿Se habría topado con alguna señal que no supo interpretar? ¿Habría sido su esposo un farsante consumado, un embustero especializado, un ser por completo extraño a la idea que de él se había formado? Pero aun así, ¿cómo podía alcanzar tal perfección en sus engaños? ¿Hasta qué punto no fue ella misma quien optara por la ignorancia?... Ya entrada la noche Moni y Yake se separaron con un fuerte abrazo. Contra toda predicción, al día siguiente del emotivo encuentro, Yakelín denunció a Mónica a la policía, para que allanaran su apartamento; a lo mejor aparecía algún dato que permitiese dar con Ernesto Erre, o lo que quedara de él. Recién después de presentada la denuncia tomó nota de que, imperdonablemente, había olvidado indagar acerca de las relaciones entre Mónica y Soledad, su cuñada. ¿Cómo era que se conocían? Su torpeza, redoblada, alejó toda posibilidad de enterarse. Ya debía haber avanzado el cuerpo policial sobre el lúgubre apartamento. Y con Soledad tenía rotas las relaciones desde que la Policía allanó su domicilio, también por denuncia de Yake. No quiso pensar en todos los datos que se perdía con esta nueva intervención policial. En lo de Moni los uniformados sólo dejaron al gato sin cepillar. Efectivamente aparecieron rastros de EE, pero ninguno reciente. (Al menos en eso no había engaño). Mónica fue extensamente interrogada y luego sometida a pericia psiquiátrica, al cabo de la cual le proveyeron una receta verde, de la que hizo uso, pero con acompañamiento de bebida alcohólica. A partir del allanamiento de su hogar, todos los familiares y conocidos de Moni fueron abruptamente puestos en conocimiento de su relación clandestina con un hombre casado y misteriosamente desaparecido. Y ello sin que se consiguiera ni una diminuta migaja de información acerca de dónde podía estar Erne ni de lo que pudo haberle ocurrido. La vía de acercamiento a Ernesto a través de Mónica quedaba, a poco de abierta, definitivamente cortada. Como, a su parecer, la Policía no se mostraba lo suficientemente concernida en el caso de la desaparición de Ernesto Erre, Yake optó por volver a la acción directa, aunque disfrazada. Con atavíos diferentes estuvo quince días enteros siguiendo y haciéndole la guardia a Mónica –quien parecía vivir lo suficientemente drogada como para no percatarse de nada-. Y todo para llegar al único descubrimiento de que ésta y Obdulio también eran amantes. No se atrevió a averiguar si Ernesto había conocido ese vínculo –podría haber vuelto a interrogar a Oby-. Menos todavía se animó a inquirir si Ernesto había formado un trío con ellos. Y yo sin marido –pensaba, apostada tras un árbol, al tiempo que Mónica y Obdulio se daban un chupón extenso y profundo a la entrada del edificio de Moni. Esta ciudad está empedrada de secretos a voces. Pero a mí se me escurren entre los dedos. Aunque presintiendo que no le harían caso, al día siguiente aportó el nuevo dato al oficial encargado de investigar la desaparición de Ernesto. Su presunción resultó cierta. La Policía ya había realizado demasiados procedimientos. No podían continuar los interrogatorios, allanamientos y pericias psiquiátricas ad aeternum, por el bien de la población viva y localizable. Pasó varios días sin recibir noticias de los uniformados, por lo que resolvió comenzar a seguir a Oby. Al parecer la verdadera profesión de Obdulio era la de mujeriego. ¡Quién lo hubiera dicho! Él, con esa cara chata de mirada blanda y su pasito de pato engrosado. No sólo antes y después de las seis horas de funciones en el Ministerio de Solidaridad y Bien Público mantenía Oby relaciones sexuales con mujeres diversas sino que también lo hacía durante el horario de trabajo, en su propio despacho, en otras oficinas, e incluso en locales exteriores al ministerio. (Si bien era conservador, en el sentido de que mantenía relaciones tradicionales exclusivamente con mujeres, su profunda vocación integradora lo llevaba a incluir féminas de todos los tamaños, edades y colores). Al cabo de una semana oficiando como voyeur Yake se dio por vencida. Entonces se lanzó tras los pasos de Rolando, el marchand –quien, por otra parte, como ella no había sido aún declarada viuda, se arrogaba el derecho de no pagarle ni un centésimo de lo que recaudaba con los cuadros de EE-. Pero Rolando no era ni Oby ni Moni. Él tenía sobradas razones para temer, sospechar y esperar ser vigilado. Así que una noche se hizo seguir por Yake hasta su mansión veraniega de Punta de los Cachalotes. (Tuvo que esperarla varias veces para posibilitar el espionaje. Yakelín había aprendido a manejar a los dieciocho años, pero se había desempeñado como conductora sólo en muy escasas oportunidades. No sólo porque el auto de Ernesto era de Ernesto sino porque sus rutinas hachenses se reducían a unas pocas cuadras a la redonda, que recorría a pie. Ahora avanzaba por la carretera con cuidado, desafiando el límite de velocidad hacia abajo). Antes de llegar al balneario, a la vera del camino, estacionó Rolando su auto para adentrarse caminando en un frondoso bosque. Yake no pudo sino hacer otro tanto. Rolando se escondió atrás de un árbol para luego salir sorpresivamente al paso de Yake y prodigarle un buen susto. Respecto a la naturaleza de dicho susto las versiones se contradicen, pero todas rondan en torno al horror del sexo: una súbita apertura de sobretodo con mostración de pene erecto, real o artificialmente implementado y de envergadura monstruosa, o algo por el estilo. Lo cierto es que, invirtiendo el sentido de la emboscada, Rolando fue quien recurrió a la Policía. Y Yake volvió a pasar por interrogatorio y control de salud mental. En esta oportunidad, inteligentemente declaró estar tomando la medicación. El profesional actuante consideró necesario multiplicar la dosis. (Es usual en H, cuando un procedimiento muestra su ineficacia, insistir en repetirlo, acaso reforzado). De regreso a casa Yake tomó conciencia de que el camino de la persecución, además de resultar inútil, se estaba volviendo peligroso. Pero quedarse quieta ya no podía: debía tomar otro rumbo, una dirección que la llevara a alguna parte. Al día siguiente se obligó a desayunar adecuadamente. Si seguía perdiendo peso pronto desaparecería ella también; como no creía en la vida ultraterrena, debía cuidarse. Recordemos que masticar, tragar y no devolver, se le había vuelto un circuito de alta exigencia. Sin embargo en esta ocasión, al cabo de media hora no sólo había concluido el desayuno –y lavado y secado las piezas de vajilla empleadas- sino que también tenía definido un nuevo plan de acción. Prendió la computadora, se conectó a Internet y en el buscador escribió: Esposas de desaparecidos. Encontró el sitio de la Liga Ecuménica de Esposas y/o Viudas de Desaparecidos, que dispone de varios foros: desapariciones forzadas, voluntarias, espontáneas, de dudosa naturaleza. Linkeó estas últimas y fue a dar con nosotras. Ningún caso se parecía ni remotamente al suyo. De todos modos Yakelín se puso en contacto con nuestro grupo, y desde entonces le hemos dado contención y apoyo para que pueda transitar su proceso de recuperación o aceptación de la ausencia del que no está cuando no es posible encontrarlo –como le decimos-, de la forma menos negativa. Aunque el caso de Ernesto sigue siendo tan peculiar como desconcertante, ¿qué esperanza de recuperación, siquiera del cuerpo, puede caber cuando no se conoce medio, ni responsable, ni motivo de la desaparición del ausente? De todos modos, Yakelín pudo volver a permanecer en su casa y ya no salir corriendo tras locas verdades que de nada le servían. Empezó a convivir, de alguna manera, con la ausencia de Ernesto. Además de la compañía virtual brindada por otras viudas dudosas –como ella-, algunas integrantes de La Liga que vivimos en H, comenzamos a visitarla periódicamente. Yake pudo ir poniendo su vacío dentro de un contorno de palabras, aunque difuso, continente. El transcurso del tiempo fue haciendo el resto. La percepción que tenía de su situación empezó a modificarse y nuevos interrogantes surgieron, algunos bastante ridículos, aunque no exentos de relevancia. Por ejemplo, el hecho de que EE hubiese desaparecido sin previamente aducir siquiera el clásico voy hasta la esquina a comprar puchos ¿debía ser leído como que no tenía intención de irse o en tanto simple desconsideración hacia ella? Una situación inexplicable no puede reducirse a la lógica conocida, tampoco a otras lógicas más dudosas, pero a veces éstas ayudan. Como suele ocurrir a las personas que pierden absurdamente a sus seres queridos, una vez superadas las incómodas sensaciones que el descubrimiento de Mónica le habían despertado, Yake tuvo su tiempo de culpas. Fue sintiéndose responsable no sólo de la inverosímil pero real desaparición de Ernesto sino también de todas las cosas negativas o inciertas que le pasaron a éste en vida. Como salidos de la galera del enemigo, los argumentos más disparatados la acusaban insistentemente: Si le hubiera dicho que no subiera al altillo..., si hubiera subido con él..., si hubiéramos comprado una casa sin altillo... Pero Yake era un ser demasiado racional y pedestre como para que argumentos de este tipo le duraran demasiado, aunque tuvo que descartarlos uno por uno. En algún momento fue capaz de mirar a los ojos su mutilación. Y ver cómo, aun habiéndole sido cercenado el marido, ella estaba lo suficientemente entera. El hombre perdido tampoco había resultado ser lo que parecía. Su E Erre actual consistía en una imagen obtenida a partir de la confrontación entre el antiguo recuerdo y las nuevas versiones de Ernesto que obtuvo a lo largo de su errática y truncada “investigación de campo”. El Ernesto Erre de la Yake actual es el producto de una operación efectuada por Yake. (O mejor dicho: de un conjunto de maniobras, que hemos detallado.) Sin embargo, este ente menoscabado respecto del anterior, este Ernesto plagado de dobleces y mancillas, seguía brillando con luz propia, la iluminación fosforescente de los espectros. Recurrentemente visitaba a Yake una ensoñación tan intensa que parecía hecha de carne. En la imagen él se ve de espaldas, ella corre en su dirección, pero justo cuando llega y está por abrazarlo él se vuelve y la cara no es la suya, pero además se desvanece. Ese ínfimo contacto la nutre. El brevísimo instante del encuentro pasa a habitar en ella como la tan necesaria presencia querida que necesitamos intuir dentro nuestro para no sentirnos irremediablemente solos a merced del temible universo. La imagen la visita cada vez con menor frecuencia; su intensidad sigue siendo alta pero al desvanecerse ya no lastima. Algo de la fuerza vital del amor de Erne se atornilló definitivamente en Yakelín, de modo tal que no se volatiliza con la ausencia de su cuerpo, ni puede debilitarse víctima de alguna atrocidad aún por revelarse, de aquel ser humano que vivió en H. Hay una clavija llamada Ernesto que pertenece indeleblemente a Yake. Y a nadie más. Yakelín se fue quedando a solas con una ausencia pura, no contaminada y propia. Una peculiar herida en vías de cicatrización gracias a un artefacto –tan invisible como eficaz- que fue construyendo para poder vivir en el mundo sin EE y a pesar de los inescrutables agujeros negros de su ausencia. Para ello tuvo que cortar amarras tanto con el Ernesto evaporado como con el fraudulento –y renunciar a las dulzuras espinosas del enojo y la vergüenza-. Finalmente alcanzó ese estadio en el cual el dolor sigue existiendo pero deja vivir. Y pudo irse descentrando de Erne para quedar abierta y fértil a nuevos deseos. Podríamos incluir todavía un número ene de caracteres expresando vacíos de espesores diversos en palabras más o menos balbuceantes o poéticas. Preferimos no hacerlo. Durante aquellos días –largas jornadas de la estación benévola- nada pasó; y, sin embargo, sí había pasado. Antes de las fiestas de fin de año Yakelín vendió la casa y emigró al Viejo Continente, con la intención de instalarse en la localidad donde residían sus padres y hermanos, para comenzar una nueva existencia. Lejos de Hache. *** Publicado originalmente en el libro "Un escritor acabado", 2013.
- Ana Grynbaum - Viktor Tausk ¿el suicidado por el psicoanálisis?
La verdadera autoría de un suicidio puede ser tan difícil de determinar como la autoría de las ideas que forman nuestra cultura. Sin el grupo de personas que en primer lugar valoraron, aceptaron y apoyaron las ideas de Sigmund Freud (Sociedad de los Miércoles, convertida luego en Sociedad Psicoanalítica de Viena –de aquí en más SPV-) ¿hubiera podido Freud inventar el psicoanálisis? ¿Su nombre se habría convertido en piedra angular de la cultura si no hubiera existido un primer círculo de discípulos que creyeron en él y se la jugaron por su invento? Por otra parte, ¿cómo fue que Viktor Tausk –miembro de la SPV- llegó a la decisión de suicidarse cuando estaba en el apogeo de sus facultades creativas y productivas? ¿Cómo es posible que alguien escriba un texto como “Acerca de la génesis del aparato de influir en el curso de la esquizofrenia” y se auto-elimine antes de que el artículo vea la luz? El psicoanalista Viktor Tausk exhumado por Paul Roazen Viktor Tausk a comienzos de 1919 En 1965 el académico norteamericano Paul Roazen comenzó a entrevistar a los colegas, amigos, familiares y pacientes de Freud que todavía estaban vivos a los efectos de recabar información sobre el psicoanálisis en sus primeras épocas. Además, contó con el privilegio de ser el primer no-psicoanalista al que Anna Freud abrió los archivos del British Psychoanalytical Institute, donde están las fuentes que Ernest Jones usó para su “Vida y obra de Sigmund Freud”. De las cuantiosas horas de entrevista que Roazen mantuvo surgió una figura inesperada, suerte de convidado de piedra: Viktor Tausk, al que dedicó luego su libro “Hermano animal: la historia de Freud y Tausk” (1969). Tausk fue uno de los más destacados discípulos de Freud, integró la SPV entre 1909 y 1919 -año de su muerte- y presentó importantes trabajos que fueron también publicados. Tras el suicidio de Tausk, su nombre y su obra, como por efecto de un tabú, cayeron en un silencio tan profundo que Jones ni siquiera menciona su muerte en la biografía de Freud –a pesar de explayarse ampliamente en los avatares del círculo freudiano-; pero también es un silencio cargado que, a propósito de la investigación de Roazen, algunos psicoanalistas se animaron a romper. Particularmente relevante fue el testimonio de Helene Deutsch, quien mantuvo varias largas entrevistas con Roazen y brindó información de primera mano para echar luz sobre el affaire Tausk. En su libro, Roazen desarrolla largamente las diferencias que habrían surgido entre Tausk y Freud, diferencias que a Freud no dejaban tranquilo. Pero esta cuestión no parece de por sí relevante a la luz de los cuantiosos testimonios acerca de la férrea postura de Freud en cuanto a mantenerse como dueño del saber psicoanalítico que se iba generando a partir de su obra. De hecho, era la regla que Freud ejerciera su poder para tratar de impedir que alguno de sus alumnos creciera demasiado. Resultaba habitual que el Padre del Psicoanálisis quitara su reconocimiento e incluso adoptara una actitud abiertamente hostil y segregativa hacia los discípulos cuyo comportamiento pudiera llegar a poner en cuestión su propia autoridad o la de sus saberes, o la autoridad de la institución psicoanalítica, que era lo mismo. La lista es extensísima y contiene algunos nombres de gran peso: Adler, Jung, Stekel, Reich, etc. etc. etc. Pero más allá de las diferencias con Freud, Tausk era tan freudiano que no se le podía achacar herejía alguna –cosa que hizo Freud con Adler y Jung-. Como Oscar Masotta resalta en su prólogo a los “Trabajos psicoanalíticos” de Tausk: “lo raro, si se lee a Tausk, es comprobar hasta qué punto estaba este discípulo lejos de ser un disidente”. El análisis fallido En diciembre de 1918, cuando Tausk volvió a Viena, tras ser dado de baja como psiquiatra del ejército, pidió análisis a Freud. Freud se lo negó. En cambio, derivó a Tausk a Deutsch, quien estaba en análisis con Freud desde hacía apenas tres meses. Deutsch le dijo a Roazen que Freud “se sentía inhibido por la presencia de Tausk” y también que a Freud “le había causado una impresión siniestra (unheimlich) tener a Tausk en la Sociedad porque Tausk podía tomar una idea de Freud y terminar de desarrollarla antes que él mismo” (entrevista del 7 de febrero de 1966 citada en página 96). También en The Freud Journal Lou Andreas-Salomé da testimonio de estas rispideces entre Freud y Tausk (pp. 183-6). Tausk pudo haber rechazado la derivación de Freud, pudo haberla considerado insultante –mientras Deutsch recién empezaba en el psicoanálisis él ya tenía un nombre y, sobre todo, tenía publicaciones psicoanalíticas-, pero lo aceptó. En enero de 1919 comenzó su análisis con Deutsch. Pero Tausk dedicaba su análisis a hablar de Freud, de sus dificultades con Freud. Y Deutsch transmitía las palabras de Tausk a Freud en su propio análisis… Hasta que Freud decidió poner punto final a esa situación. Puso a Deutsch en la disyuntiva de elegir entre continuar su análisis con él o seguir analizando a Tausk. Según deja constancia Roazen, Freud “le explicó a Helene que Tausk había comenzado a interferir en su análisis y que, seguramente, había aceptado que fuera su analista con la intención de comunicarse con Freud a través de ella. Tausk la había fascinado completamente y esto amenazaba el progreso de su tratamiento con Freud. (pág. 122)” Como era de esperar, Deutsch se quedó con Freud. Y sin mucho trámite despidió a Tausk, cuyo análisis se interrumpió en marzo de 1919. Aun estando el psicoanálisis en sus inicios resulta evidente la violencia ejercida contra Tausk. Sin embargo, Tausk continuó asistiendo a las reuniones de la SPV –de hecho, la noche anterior al suicidio envió una esquela excusándose por tener que estar ausente- pero ¿en qué posición quedó? Si Freud lo rechazaba, si le retiraba su reconocimiento ¿podría él continuar desempeñándose como psicoanalista? ¿Le seguirían llegando pacientes? ¿Podría avanzar con sus conceptualizaciones en el terreno del psicoanálisis? ¿En diálogo con quién? ¿Dónde habrían de ser publicados sus escritos? En aquel momento la persona de Freud y el psicoanálisis eran casi lo mismo. La prueba está en que quienes no se entendieron con Freud se vieron obligados a dedicarse a otra cosa, no al psicoanálisis freudiano. Pero Tausk permaneció fiel a Freud hasta las últimas consecuencias. Literalmente. El sucidio de Tausk De entrada renuncio –y los invito a renunciar conmigo- a cualquier argumento ad hominem para tratar de echar alguna luz sobre el acto de Tausk. Tausk no era una enfermo mental, no estaba loco, su decisión no fue el simple producto de alguna Depresión. Basta su ensayo sobre el Aparato de Influir –ahora convertido en testamento- para demostrar la claridad y alcance de sus capacidades intelectivas, además de sus dotes literarias. Cuando en 1919, con cuarenta años de edad, padre de dos hijos, divorciado y a punto de contraer matrimonio nuevamente, psiquiatra y psicoanalista en ascenso, con pacientes en tratamiento, Viktor Tausk se suicida –extremando los cuidados para no fallar- deja dos notas de despedida, una para su prometida y la otra para Sigmund Freud, que se analizará más adelante. Después del obituario de Tausk, que escribe Freud, muy excepcionalmente volverá a mencionarse el nombre de Tausk en el medio psicoanalítico. Ese silencio no podía dejar de estar vinculado al hecho de que en el ambiente se sabía que entre Freud y Tausk las cosas no habíanandado bien, que Tausk había resultado molesto para Freud, así como se conocía la devoción que el alumno profesaba hacia el maestro, su compromiso absoluto con el psicoanálisis, su enorme talento, y seguramente también eran conocidos los avatares de su análisis fallido. Construcción de la versión oficial Previo al silenciamiento del nombre de Tausk y su obra en el círculo freudiano fue establecida la versión oficial acerca de su muerte. El autor de esta versión fue Freud, pero la aceptaron y compartieron todos los de su entorno, al menos a nivel público. La misma tiene como escenario principal el obituario, pero también otros, como la correspondencia entre Freud y Lou Andreas-Salomé. El obituario Freud publica el obituario de Tausk –que no firma con su nombre sino como “La Redacción”- en su revista, la Internationale Zeitschrift für ärztlitche Psychoanalyse. En el mismo número sale publicado por primera vez el artículo de Tausk “Acerca de la génesis del aparato de influir en el curso de la esquizofrenia”. En su necrología Freud comienza por ubicar a Tausk entre “las víctimas –por fortuna no muy numerosas- que la guerra se ha cobrado en las filas de los psicoanalistas” aunque no deja de aclarar que “voluntariamente puso fin a su vida”. Más adelante afirma: “El desgaste de varios años en el servicio activo no podía dejar de provocar un serio daño anímico en este hombre en extremo concienzudo”. Una culpa más para la Gran Guerra, el tigre admite numerosas manchas; además ¿acaso no era razonable que la guerra lo hubiera afectado? Tal vez fuera la experiencia de la guerra lo que lo llevó en diciembre de 1918 –un mes después de ser dado de baja en el ejército- a pedirle análisis a Freud. A continuación Freud señala el hecho de que en el Congreso Psicoanalítico realizado en Budapest en 1918 –unos meses atrás- Tausk ”mostró signos de una particular irritabilidad”. ¡Como si los encuentros psicoanalíticos, donde el poder se pone duramente en juego, consistan en intercambios de rosas! Que Tausk estuviera irritado nada significa a los efectos de su posterior suicidio, pero, el discurso de Freud, sugiere… Y a buen entendedor: pocas palabras. Cuantas menos mejor. Quizá los enunciados más verdaderos del obituario sean los siguientes: “a fines del otoño pasado, fue dado de baja y regresó a Viena; íntimamente exhausto, se enfrentó con la difícil tarea de fundar una nueva existencia por tercera vez –y ahora en las más desfavorables circunstancias exteriores e interiores-.” ¿Por qué debía Tausk “fundar una nueva existencia”? ¿Nueva con respecto a qué? ¿Acaso una nueva existencia por fuera del círculo freudiano? Freud reconoce en las contribuciones escritas de Tausk “una observación aguda, un juicio certero y una particular claridad expresiva”. Pero también indica que “En su fogoso esfuerzo investigador, muchas veces llegó acaso demasiado lejos en esta dirección; tal vez no era tiempo todavía de proporcionar un fundamento universal de esta índole a la ciencia del psicoanálisis, que aún se halla en devenir.” El que establecía los tiempos correctos era Freud. Es decir: su parecer se convertía en lo correcto. El reproche que le hace a Tausk es haber querido ir demasiado rápido, demasiado lejos. Acaso voló demasiado alto, como Ícaro… También destaca Freud las “brillantes cualidades oratorias” de Tausk y el servicio que prestó al psicoanálisis dictando cursos de difusión. Recordemos que el psicoanálisis era un campo nuevo y especialmente resistido por los académicos. Y que Tausk había estudiado medicina y psiquiatría alentado, y hasta apoyado económicamente, por Freud, a los efectos de enriquecer su ejercicio del psicoanálisis. Además de enriquecer al psicoanálisis con un psicoanalista que tenía acceso a los centros psiquiátricos –a diferencia de Freud, por ejemplo-. (De hecho Tausk, al igual que Deutsch, trabajaron en la prestigiosa clínica psiquiátrica universitaria de Wagner-Jauregg en Viena.) En cuanto a la persona de Tausk en su relación con los otros dice Freud: “Su temperamento apasionado se exteriorizó en críticas agudas, a veces muy duras, pero que él aunaba a un brillante don expositivo. Estas cualidades personales ejercían notable atracción sobre muchos, aunque tal vez disgustaban a otros.” Hacia el final Freud destaca que en las cartas que Tausk dejó “se declara partidario incondicional del psicoanálisis y formula la esperanza de que en tiempos no muy lejanos halle universal aceptación”. Finalmente, la muerte es responsabilizada por la separación: fue “arrebatado prematuramente de nuestra ciencia y del círculo de Viena”, como si no fuera Freud el que lo había estado segregando. Y concluye con una aseveración que suena irónica, si no cínica: “Tiene asegurado el recuerdo en la historia del psicoanálisis y de sus primeras luchas.” Correspondencia entre Sigmund Freud y Lou Andreas-Salmé Afortunadamente Roazen tuvo acceso a la versión no censurada de la carta en que Freud da la noticia del suicidio de Tausk a Lou Andreas-Salomé –quien había tenido una relación amorosa con Tausk durante su período de formación con Freud, entre 1912 y 1913-. El primero de agosto de 1919 –veintinueve días después de la muerte de Tausk- Freud escribe a Lou una carta en la que comienza excusándose por su demora y atribuyendo la misma a no tener lo qué comunicar (¡!). (*) Recién en el tercer párrafo comunicará a Lou la muerte de Tausk: “Pobre Tausk, a quien tu distinguiste durante un tiempo con tu amistad, se quitó la vida el 3 de julio. Regresó agotado de los horrores de la guerra, y, bajo las peores circunstancias comenzó a reconstruir la vida que había perdido debido a sus deberes militares e intentó rehacer su vida amorosa, se casaba una semana después, pero decidió actuar de otro modo. (pág. 178)” Nótese la repetición, efecto del establecimiento de la versión oficial. En cuanto a las cartas de despedida de Tausk Freud dice: “son todas igualmente afectuosas, atestiguan su lucidez y no culpan a nadie de su propia vida inadecuada y equívoca, de modo que no ayudan a comprender el hecho final. En su carta dirigida a mí, declara su fidelidad inmutable al psicoanálisis, me agradece, etc. Pero no permite entrever lo que dejaba atrás. (pág. 179)” Inmediatamente después de estas palabras el texto de la carta está mutilado. En “Hermano animal” Roazen transcribe lo que falta en la versión censurada: “De modo que finalmente sucumbió frente al espectro del padre. Debo confesar que en realidad no lo extraño; hacía tiempo que consideraba que no me era útil, y que, de hecho, era una amenaza para el futuro. Tuve la oportunidad de echar unos pequeños vistazos a la subestructura sobre la que descansaban sus orgullosas sublimaciones; y lo hubiera desechado mucho antes si tú no lo hubieses elevado tanto en mi estima. Por supuesto que en cierto sentido estaba listo para hacer todo lo que pudiera por él, sólo que mi poder ha sido prácticamente nulo últimamente considerando el degeneramiento de todos mis contactos en Viena. Nunca he dejado de reconocer su don especial pero éste no se tradujo en logros igualmente valiosos. (pág. 179)” En su respuesta, del 25 de agosto, Lou expresa: “Su notificación me tomó completamente por sorpresa. Pobre Tausk. Lo apreciaba. Creí que lo conocía pero nunca, jamás habría pensado que se suicidaría (pág. 183)”. Freud no le mencionó el modus operandi de Tausk, Lou especula: “Si eligió un arma puedo imaginarme que la muerte le pareció sublime por la voluptuosa gratificación que significó para él como agresor y agredido a la vez. Porque en eso radica el problema de Tausk, su peligrosidad, que al mismo tiempo constituía su encanto (en términos no psicoanalíticos se puede decir que era un berseker de tierno corazón) (pág. 183).” Y aquí nuevamente interviene la censura. Roazen restituye lo faltante: “Y que usted escriba que no lo extraña no sólo me parece entendible sino que yo también sentía que él de algún modo constituía una ‘amenaza para el futuro’ y también para la misma causa que él conscientemente defendía con tanto entusiasmo y sinceridad (pág. 183).” Fin del fragmento censurado. Después Lou admite haber tenido recelos hacia Tausk, que éste conocía, y algo más: “mi gran temor de que insistiera en lograr un nombramiento universitario en Viena (pág. 183).” ¿Qué terrible cosa habría sucedido si Tausk se hubiera convertido en profesor universitario? También Lou le dio la espalda: “En marzo, quise que me viniera a visitar a Munich pero él se opuso, y yo no respondí a su última carta como a tantas otras y él estaba en lo cierto cuando hace un año me escribió: ‘Nadie desea sentarse a la mesa con un desgraciado, ni siquiera tú has querido.’ No, ni siquiera yo (pág. 183).” La nota de Tausk para Freud Nota de suicidio escrita por Tausk para Freud, 3 de julio de 1919 La noche anterior al suicidio Tausk faltó con aviso a la reunión de los miércoles. Vale la pena citar parte de la esquela que le envió a Freud: “Por favor disculpe mi ausencia en la reunión de hoy. Estoy ocupado resolviendo asuntos decisivos de mi vida y no quiero sentirme tentado de pedirle ayuda al estar en contacto con usted. Probablemente pronto esté nuevamente libre para acercarme a usted. Tengo la intención de aparecer con un mínimo de neurosis.” Y se despide con “respetuosos y cordiales saludos” (Roazen, pág. 162). A la mañana siguiente se mató. La nota suicida que Tausk dejó para Freud fue publicada -hasta donde se sabe- por primera vez en 1969 en la edición de “Hermano animal” (pp. 127-8 y 166-7). El libro incluye una versión facsimilar del original, al cual Roazen accedió de manos del hijo mayor de Viktor, Marius. Dicha carta le había sido devuelta por Freud, luego de que, dos días después de la muerte de su padre, fuera a visitar a Freud. Roazen dice que Marius fue a buscar una explicación acerca del suicidio del padre. Freud le concedió una “corta entrevista en su estudio (pág. 165)”. En ella le refirió haber recibido una nota de suicidio de Viktor, la cual no tenía a mano, pero “se ocuparía de que le fuera devuelta (pág. 165)”. Marius no recordaba bien cómo fue que finalmente recibió la carta, pero sí recordaba haber regresado a la casa de Freud y creía que había sido Anna Freud quien se la entregara junto con alguna otra correspondencia de Viktor. Roazen se pregunta si esta devolución de correspondencia no obedecía al deseo de Freud de terminar de deshacerse de Tausk. El planteo parece razonable. En su carta lo primero que hace Tausk es pedir a Freud “asistencia” para su prometida, algún “buen consejo”. Lo último que escribe, incluso después de la firma, es: “Por favor cuide a mi hijo de tanto en tanto”. Hasta último momento dirige sus demandas hacia Freud; cree en él, espera de él ayuda, sino para sí, al menos para los suyos. En el segundo párrafo de la carta dice: “Le agradezco todo el bien que me ha hecho. Fue mucho y le ha dado sentido a los últimos diez años de mi vida. Su trabajo es genuino y grande, y yo dejaré esta vida sabiendo que fui de los que presenciaron el triunfo de una de las ideas más grandes de la humanidad.” Tausk asume toda la responsabilidad por su acto. Declara que el psicoanálisis le dio sentido a su vida, ni más ni menos. Alaba el trabajo de Freud pero da un paso atrás, o al costado, colocándose por fuera de la producción psicoanalítica al decir que fue uno de los que presenciaron su desarrollo, como si hubiera sido un mero testigo. Como si buscara, in extremis, una reconciliación con Freud, diciéndole lo que éste querría escuchar… Continúa la nota: “No siento melancolía, mi suicidio es la acción más sana y decente de mi fracasada existencia. No tengo acusaciones para con nadie, mi corazón no guarda resentimientos, sólo muero un poco antes de lo natural.” También saluda a la Asociación Psicoanalítica y les desea el bien con todo su corazón, sin olvidar de agradecer -genéricamente- a quienes lo ayudaron. ¿Cómo alguien que estaba en el nivel de producción en el que estaba Tausk puede considerar su existencia como fracasada? Cabe la pregunta de en qué fracasó. Pero él no estaba dispuesto a acusar a nadie, quería morir en paz. De todas maneras, a juzgar por la forma en que su salida del juego repercutió en el ámbito psicoanalítico, las acusaciones rondaron lo suficiente como para llenar un largo y pesado silencio, inmediatamente posterior a la versión oficial del final de Tausk. La auto-inmolacción (hipótesis) A partir de los datos recogidos no parece descabellado concluir lo siguiente, aunque sea a modo de hipótesis –incomprobable: ninguno de los protagonistas revivirá para corroborarla o refutarla-. Tausk amaba demasiado a Freud como para convertirse en un “disidente”, un “hereje”, uno de esos ex-discípulos que éste despreciaba. Pero, dada la situación a la que la actitud de Freud lo había empujado, sabía que su lugar dentro de la institución psicoanalítica tenía los días contados. Tausk, suerte de Rey Lear ya sin reino, no se proyectó por fuera del estrecho círculo freudiano. No optó por fundar su propia escuela (como Jung, Adler, Reich) ni por mantenerse free-lance (como Stekel). Parecería que no pudo verse a sí mismo independiente de Freud. (Cf. las observaciones de Lou sobre el carácter de Tausk en las páginas 183-6 de su diario). Acorralado, Tausk decidió salir del juego con honor. Al menos le quedaba el honor para salvar. El acto de su auto-asesinato materializa, realiza, el no lugar al que lo condenó la segregación por parte de Freud. En tal sentido, no le basta con desaparecer él mismo sino que también hace desaparecer su obra inédita. El suicidio de Tausk parece haber sido un acto de entrega y amor absoluto hacia Freud. Identificándose con él, parece haber asumido el deseo de Freud de que Tausk desapareciera de su órbita. Tausk se habría sacrificado por y para Freud. Aunque Freud no dio muestras de haber apreciado ese acto de amor supremo. Responsabilidad ¿Quién es en último término el responsable de la desaparición de Tausk? Tausk mismo, sin lugar a dudas. Él eligió darse muerte. Él colaboró en el eclipse de su obra haciendo quemar sus papeles. ¿Se puede objetar que desde su posición subjetiva respecto de Freud y el psicoanálisis no tenía otra salida…? Bueno… si creemos en el libre albedrío, siempre hay otra salida. De hecho los disidentes del psicoanálisis freudiano –y luego del lacaniano, y posteriormente de las distintas asociaciones- encontraron otra salida y, en algunos casos, con muy buenos resultados. Actualidad del affaire Tausk ¿Para qué desenterrar a los muertos…? Pues resulta que están vivos. No sólo porque la definitivamente incipiente obra de Tausk merece ser rescatada del olvido, sino también porque las instituciones psicoanalíticas posteriores a Freud están formateadas en el mismo modelo autoritario de los comienzos del psicoanálisis. Modelo que ejerce el descrédito, ninguneo, exclusión, de todas aquellas personas que pueden llegar –aunque más no sea a través del mero desarrollo de sus propios talentos- a poner en cuestión la autoridad de los maestros. Así las cosas, la literatura analítica padece la esterilización de las mentes y de las plumas. Entre los analistas, pocos se animan a escribir y la mayoría de los que osan expresarse por escrito, no logra desprenderse de los textos preestablecidos, al punto de no realizar otra cosa que una descolorida repetición de las palabras consagradas. De esa manera evitan el error, al costo de prevenir cualquier originalidad. Tal fidelidad a la palabra autorizada muestra un sesgo de miedo. Tausk es uno de los ejemplos más claros en cuanto a que cualquier originalidad puede ser considerada sospechosa… y poner en marcha el aparato exclusor con todas sus crueldades, más o menos explícitas –y peores cuanto más silenciosas-. Sin embargo, el psicoanálisis, máquina viva, para continuar funcionando, necesita de clínicos que se permitan pensar sobre lo que hacen y el mundo en el que actúan. Y pensar es hablar y escribir. Para poder pensar, y no repetir, es necesario animarse a caminar más allá de las pesadas cadenas de lo que algunos llaman un “estilo de escuela”. Nadie dice que sea fácil. Hermano animal “Hermano animal” es un vivo ejemplo de cómo un libro puede ser mucho más que un libro: puede convertirse en una pedrada al corazón de la mala conciencia y, a la vez, realizar algún tipo de justicia, aunque sea póstuma (a la manera de En la colonia penitenciaria). Una pedrada puede devenir instrumento de liberación. Ojalá también mis palabras contribuyan. *** *** *** (*) Debido a lo insatisfactorio de la traducción de la correspondencia entre Sigmund Freud y Lou Andreas-Salomé a la que tuve acceso, las citas están tomadas de Roazen. De todos modos, vale la pena confrontar estas citas con la versión censurada de las cartas, que es la que aún hoy circula. *** Todas las negritas son mías. *** Agradezco muy especialmente a Carlos Marcos, por su aporte a mi trabajo. Fuentes: - Viktor Tausk, Trabajos psicoanalíticos, Gedisa, México, 1983. - Paul Roazen, Hermano animal: la historia de Freud y Tausk, Acme, Buenos Aires, 1994. (Las imágenes publicadas son tomadas de aquí.) - Sigmund Freud, Obras completas, tomo XVII, “Víctor Tausk”, Amorrortu, Buenos Aires, 1990. - Sigmund Freud - Lou Andreas-Salomé, Correspondencia, Siglo Veintiuno Editores, México, 1977. - Lou Andreas-Salomé, Aprendiendo con Freud, Diario de un año 1912-1913, Laertes, Barcelona, 1980. - Ernest Jones, Vida y obra de Sigmund Freud, Horme, Buenos Aires, 1976. (2015)
- Ana Grynbaum - Sodomizar al Rey
Voy a analizar aquí la escultura de Ines Doujak “No vestido para conquistar” (“Not dressed for conquering”) a la luz de la actual corriente de la Postpornografía, enfocando algunos vínculos con la pornografía que circuló en Francia en el siglo de la Revolución, así como con algunos movimientos actuales que promueven la diversidad sexual e influyen fuertemente sobre el Arte Contemporáneo, y también con ciertas características del arte popular latinoamericano. (1) “No vestido para conquistar” La escultura “No vestido para conquistar” (“Not dressed for conquering/ HC 04 Transport”), de la artista austríaca Ines Doujak, forma parte del proyecto "Loomshuttles / Warpaths" que comenzó en 2010 y sigue vivo. El proyecto busca develar las trazas del neocolonialismo en la producción textil andina. La inspiración para la obra nació cuando Doujak encontró una chalina estampada con esvásticas en un mercado de Cuzco, Perú. En la escultura tres figuras de tamaño natural parecen ensamblarse en una posición que en la jerga sexual se conoce como “trencito”. La figura de más atrás es la de un lobo, en el medio hay una mujer indígena con casco de minero, parecida a la líder obrera y feminista boliviana Domitila Barrios de Chungara y adelante está la figura de un hombre mayor, blanco, que se parece al ex Rey de España Juan Carlos I. De la boca de Juan Carlos sale un vómito que consiste en un ramillete de flores. El grupo se asienta sobre unos cascos militares nazis que a su vez se apoyan en una resma de cartones colocada sobre una carretilla. El papel maché con que está fabricada la escultura marca una opción por el arte popular y lo carnavalesco. Lo efímero de la materia escogida se opone a la búsqueda de eternidad de los monumentos en piedra y metal. Como una escena de carnaval “No vestido...” abre un espacio de permisividad para la realización de fantasías, en el cual la crítica feroz, lo obsceno y lo incorrecto pueden tener lugar. Se trata de una obra de arte político que se inspira en la tradición popular latinoamericana. Uno bien podría imaginar la escena formando parte de una obra de teatro grotesco que busca la risa cómplice del espectador. Gente disfrazada burlándose del rey de España, haciendo como que lo está enculando una mujer, una mujer indígena además. Pero la risa no debe parar y entonces aparece otro personaje, el animal salvaje, que a su vez se coge a la mujer, y con ello es como si también él se cogiera al rey, para mayor excitación y divertimento de los espectadores. Para poder criticar hay que plantear las cosas en términos inéditos, incluso revulsivos, cuando se trata de cuestionar ciertos discursos que se impusieron a nuestros oídos con tanta naturalidad que ya ni los escuchamos. Interpretación Aunque cada elemento de la escultura tiene tras de sí una larga historia, la obra debe ser interpretada en su conjunto, como una narrativa. En la forma de lectura que me sugiere primero está el lobo, después Domitila, luego Juan Carlos, y finalmente el vómito. Lo que está debajo es el substrato, el contexto de la escena que conforman. Leyéndola en su conjunto, el remate de la obra no está en la figura del rey, sino en el vómito que sale de su boca. ¿Cuál sería la conclusión? ¿Se trata de una reflexión acerca de las relaciones entre poder y goce? (2) El rey florece en el goce, a condición de liberarse del rígido corsé de sus dignidades y dejarse penetrar como un esclavo. Puede entregarse al goce porque ha renunciado a las ataduras que lo erigían sobre el trono. Su posición en la escultura implica una inversión radical del orden habitual de las cosas. El rey es vencido por el placer. De hecho, la obra produce una serie de inversiones respecto del modelo euro-andro-hetero-céntrico en las relaciones entre las personas y con los animales. En base al supuesto de que la posición activa en el acto sexual significa dominación, se puede leer que aquí el animal domina al humano. A diferencia del elefante que mató Juan Carlos por diversión en Botswana en 2012, el lobo no es un trofeo de caza. En cambio, el que está cazado, o cogido, es el rey. Además la mujer domina al hombre, la sindicalista indígena y feminista al blanco monárquico, explotador, corrupto y mujeriego. Según Doujak el lobo es un hombre-lobo (verwolf) (3). Verwolf también es el nombre del plan que lanzó Hitler, cuando Alemania estaba ya perdiendo la guerra, según el cual los alemanes debían resistir hasta que no quedara uno solo vivo. Al mismo tiempo, buena parte de los jerarcas nazis huían hacia Latinoamérica, donde las dictaduras militares, a instancias de la CIA, les daban asilo clandestino. Entre ellos Klaus Barbie, “el carnicero de Lyon”, quien incluso empleaba perros para violar personas, emigró a Bolivia, donde enseñó sus métodos de tortura. Por su parte, Domitila Barrios de Chungara tuvo un papel preeminente en el derrocamiento de la dictadura militar boliviana. Por otra parte, el hombre-lobo, feroz amenaza en la leyenda, fue en los hechos una figura bajo la cual se persiguieron personas, que eran acusadas de tales. Dicha persecución de hombres-lobo tuvo lugar en forma paralela a la caza de brujas. La ambigüedad se cierne sobre las figuras de “No vestido...”, cuesta trazar la raya entre víctimas y victimarios. Pero ¿cómo leer la posición de Domitila en relación con el lobo? En la escultura, las inversiones de lo esperable no transmiten mensajes unívocos. En vez de materia deshecha el rey vomita un ramillete de flores. El deyecto se ha convertido en una ofrenda galante, el ramo de flores, paradigma del objeto bello. Por otro lado, el vómito constituye, desde la fantasía sexual en juego, la eyaculación del grupo en su conjunto. Si el semen genera vida, no menos vitales resultan las flores silvestres del ramillete –no se trata de un arreglo floral para despedir a un muerto-. Además, vomitar el semen es exactamente lo inverso de tragarlo, y se emparenta con la antigua prohibición judeo-cristiana de desperdiciar la simiente. Prohibición que se aplica a cualquier práctica sexual no orientada a la reproducción. Siendo que la reproducción de la especie implica a su vez la reproducción del sistema social. Domitila aparece a la vez sodomizando y siendo sodomizada. Así como el vómito no es repugnante materia descompuesta, la expresión en el rostro de cada uno de los tres personajes no es la del horror sino la del goce. El horror los subyace, los cascos nazis lo portan. De todos modos, pese al horror, ellos gozan. El lobo encarna también la figura de la bestia, que en nuestra cultura, representa la animalidad en el hombre. El concepto de bestia constituye una forma de atribuir al reino animal aquellos aspectos humanos que resultan inaceptables para la moral, especialmente la crueldad asesina y la voracidad sexual sin escrúpulos ni freno. La ferocidad del lobo es la de la de nuestras propias pulsiones, que inevitablemente subyacen a todos los edificios de la cultura, como subyacen en la escultura los cascos y los cartones. La carretilla transmite la idea de movimiento. ¿A dónde será llevado este grupo transportado por sus pasiones? “Not dressed for conquering” y un grabado de “L’académie des dames” Comparar “No vestido...” con un grabado incluido en “L’Académie des dames”, uno de los libros pornográficos más vendidos y más prohibidos durante los siglos XVII y XVIII en Francia, permite ubicar la escultura de Doujak en una tradición que tiene su historia en Occidente. Me refiero a la burla de los poderosos mediante la representación obscena. Si bien el grabado escogido se parece a otros muchos grabados de la pornografía de su época, presenta también ciertas similitudes con la escultura. (4) En primer lugar, la artificialidad es una característica común a las dos obras. Ambas realizan fantasías sexuales. En el caso del grabado, es claro que tener sexo a caballo remite a la imaginería sexual más descolgada de una representación naturalista de la realidad. En “No vestido...” el ensamble de los tres personajes y las rozagantes flores tomando el lugar del vómito, obligan a una interpretación no lineal. En los dos casos se representa una escena de sexo grupal protagonizada por un trío, en el que el tercero es un animal. En el grabado hay un caballo. Si bien es el hombre quien penetra a la mujer, el equino está claramente excitado. Del pene del caballo sale un grueso chorro de semen. Dada la composición, la excreción parece el producto de la excitación del grupo, como sucede en la escultura con el vómito. Nuestra imaginación puede fácilmente enhebrar a las tres figuras en un trencito. Un pequeño deslizamiento imaginativo bien los sitúa en una serie en la cual el hombre sodomiza a la mujer y ésta a su vez sodomiza al caballo. Ese deslizamiento sitúa al grabado como reverso de la configuración de “No vestido...”. En un caso hombre-mujer-animal, en el otro animal-mujer-hombre. En ambas representaciones la mujer queda como jamón del sándwich. Es que desde la Antigüedad Clásica se supone que el goce femenino es superior al masculino. Dicho supuesto forma parte de un discurso subsidiario de la fantasía -masculina- de que las mujeres gozan más que los hombres. Para demostrar lo cual, hace falta gozar como hombre y como mujer, o adoptar prácticas que brinden tal ilusión. A diferencia de “No vestido...”, en el grabado son visibles dos penes, siendo el del caballo –que se ve entero- el de mayor prestancia. En la escultura, no sólo no se ven penes, sino que ni siquiera están representados los pezones de la mujer, como siguiendo el modelo renacentista de la representación de desnudos. Elemento que, en forma aislada, podría indicar que se trata de una obra antes pudorosa que impúdica. Desde cierto ángulo, la escultura constituye el reverso del grabado. En ella no es el hombre quien penetra a la mujer, ni el animal es un simple tercero voyerista sino el primer elemento de la serie. Y, de manera mágica, ilusoria, podemos ver al rey siendo doblemente sodomizado: por la mujer y por la bestia. Saltar la barda Hay otra característica común entre el grabado y la escultura, que vale la pena considerar aparte. Ambas obras no sólo enfrentaron la censura de su tiempo, sino que se constituyeron y se sostuvieron en contra de algún tipo de censura. Más pertinente que hablar de “la censura” resulta considerar las diferentes formas de censura con las que tuvieron que lidiar. “L’académie…” es un libro dirigido contra la moral de la Iglesia, uno de cuyos pilares constituye la represión de la sexualidad, que busca reducir los encuentros a un mecanismo reproductivo de la familia y de la sociedad –que hoy llamamos- andro-hetero-normativo. Moral defendida también por el Estado, en una sociedad donde Estado e Iglesia confluían en el poder institucional. “No vestido...” se lanza en primer lugar contra la hipocresía neocolonialista. Dicha hipocresía bien puede ignorar los negociados en que el Rey Juan Carlos, inimputable él incluso después de haber abdicado, está envuelto. Pero la inclusión del rey en una postura sexual receptiva, que desde cierta perspectiva androcéntrica se considera denigrante, hizo que las autoridades del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba), entidad patrocinada por la Reina Sofía, considerasen a la escultura como un agravio. Ya en la Bienal de San Pablo se la había cuestionado por pornográfica y, finalmente, levantaron muros a su alrededor, para proteger a los menores de edad de su espectáculo. Por otra parte, “No vestido...” se las vio con la censura de lo políticamente correcto. Ciertos sectores del feminismo han cuestionado que una mujer admirable como Domitila esté situada entre las dos bestias. No hay noticias de que alguna sociedad protectora de animales se quejara por el papel antipático asignado al lobo, crítica que, aunque incluyo a modo de chiste, no es impensable. Desde el punto de vista de la falsa atribución a las bestias de aquellos aspectos que rechazamos en los humanos, no carecería de fundamentos. “No vestido...” también ha enfrentado la censura del supuesto buen gusto. No todos los curadores de la muestra del Macba concordaron en la inclusión de la escultura dentro de la muestra colectiva en el momento de la selección de obras. Una de las formas más eficaces de censurar obras de arte consiste en excluirlas de los lugares de visibilidad. Exclusión que resulta especialmente dañina en nuestra sociedad del espectáculo, donde lo que no se ve no existe. [5] Pero, como Doujak ha señalado, la peor censura que tuvo que afrontar fue la autocensura. [6] La autocensura es por lejos la forma de censura más grave porque puede atacar al objeto de arte en su locus nascendi, llegando incluso a impedir la realización del proyecto. No debió haber faltado el demonio que sugiriera a Doujak cuánto mejor sería no hacer la escultura. Sin embargo, contra todas las censuras, “No vestido...” existe y navega. Su derrotero lleva a la obra, una y otra vez, a saltar la barda, en el doble sentido de vencer los obstáculos y de obtener por esta vía su éxito. Este chocar contra los límites de lo permitido se vuelve esencial para el artista en nuestra sociedad aparentemente omnipermisiva, donde los límites de lo que es posible decir y mostrar sólo se dibujan con claridad cuando son traspasados. La censura que cae sobre una obra constituye la señal del límite, es un gesto arrancado a la invisibilidad característica de la moral de nuestro tiempo, cuyo principal mecanismo consiste en ignorar lo que no le conviene. La Postpornografía como arte político La pregunta “¿me gusta?” no es pertinente en el terreno del arte político. Las obras de arte políticas se dirigen antes a molestar que a gustar. Más bien hay que preguntarse: ¿la obra me mueve?, ¿me choca?, ¿qué es lo que me choca de ella?, ¿qué ideologías insertadas en mi subjetividad entran en colisión cuando la miro? El situacionismo enseñó al arte contemporáneo cómo emplear el escándalo en tanto medio de producción de visibilidad. La Postpornografía actual se inscribe tanto en la tradición de la pornografía satirizante de los poderes hegemónicos, que contribuyó a la Revolución Francesa, como del Situacionismo, que inspiró buena parte de las consignas del Mayo Francés. Los actuales movimientos por la diversidad sexual, entre los que se incluyen la Postpornografía y buena parte del Arte Contemporáneo, constituyen un nuevo jalón en la historia de la Revolución Sexual. Es decir, de la lucha por liberar al sujeto a través del cuestionamiento de sus deseos y la ampliación de formas para experimentar el cuerpo, los encuentros y los placeres. El trencito de “No vestido...” pone en escena unas relaciones de poder erotizadas. Sugiere que las estructuras de poder neocolonial se sostienen en el deseo de quienes las integran, tanto los dominadores como los sometidos, aunque unos y otros de diferente manera. El movimiento postpornográfico, apelando especialmente a la performance como instrumento de acción, promueve discusiones y reflexiones, amplía y complejiza el campo de la representación del sexo, hasta hace poco en manos de la industria pornográfica. Se trata de una tarea política, que parte del supuesto de que las distintas formas de poder engendran eróticas particulares. Por lo tanto, cuestionar las prácticas eróticas conduce a una toma de poder, a una desalienación del sujeto consumidor de la sociedad pornografizada, que si no puede dejar de ser tal, al menos puede inventar nuevas formas de vivir y gozar. (7) Como en “No vestido...” los cuerpos de la representación postpornográfica son cuerpos reales. Gente gorda, celulítica, discapacitada, vieja, fea, enana, así como travestis, transexuales e intersexuales. Todos los cuerpos excluidos del pornografía comercial orientada al gusto wasp y straight tienen lugar en ella. Asimismo encuentran cabida en el escenario postpornográfico todas aquellas prácticas eróticas que no cabían en el lecho de Procusto de la heteronormatividad. Por ejemplo las relaciones LGBTQ, así como todas las prácticas englobadas en el BDSM. La Postpornografía se emparenta también con el Arte Abyecto, en tanto uno de los campos privilegiados del Arte Contemporáneo. Todo aquello que la heteronormatividad ha dejado fuera por considerarlo abyecto, formas de encontrar placer, cuerpos diferentes, inmundicias y secreciones corporales, etc., son integrados en el Arte Abyecto y en la escena postpornográfica. Incorporar lo abyecto, convertirlo en objeto de discurso y por tanto de atención, implica no sólo reconocerlo, darle una existencia, sino también dignificarlo. Con lo cual el término “abyecto” es vaciado de su contenido peyorativo para designar una corriente artística relacionada con el Movimiento Queer. En la obra de Doujak el vómito tiene un lugar central; en otras obras de arte contemporáneo los deyectos, el orín, la sangre, el semen, son los que cobran protagonismo. (8) El concepto de apropiarse de sí da un vuelco decisivo. Itziar Ziga, militante de la Postpornografía, ha expresado: “¿Por qué no puede haber mujeres que practiquen el sado delante de una cámara y disfruten con ello? Pero que una mujer sea dueña de su cuerpo es una de las cosas que más molestan a esta sociedad”. El nuevo significado de ser dueño del propio cuerpo apunta hacia una libertad mucho mayor para buscar los placeres que cada quien apetezca. Ser dueño del propio cuerpo ha perdido la connotación represiva de otrora, cuando se creía que para ser dueño de sí el cuerpo debía estar cerrado y apartado del contacto sensual con otros cuerpos. (9) En “No vestido...” el rey puede gozar de su culo, como cualquier hijo de vecina. En la Era de la Diversidad, nadie es desvalorizado como persona a causa de las formas en que encuentre sus goces, ya sea monarca o minero. En cuanto al Feminismo, el Potsporno tiene una óptica sui generis. Ziga ha expresado al respecto: “A las mujeres se nos domestica socialmente a través del pudor: no debes hablar muy alto, ni decir lo que piensas, ni exhibirte. De modo que terminar con esos límites, hacer que exploten mostrándote como una zorra depravada, es lo mejor que podemos hacer las mujeres”. (10) Es en este sentido que, en “No vestido...”, Domitila goza. La Postpornografía, como el Movimiento Queer, no busca la igualdad de los géneros, sino la experimentación en el vastísimo campo de lo que el discurso de la heteronormatividad ha condenado como degenerado. Es posible interpretar “No vestido...” a la manera de una escena BDSM en la que los roles tradicionalmente masculinos y femeninos se invierten, como forma de jugar con el poder. Es decir, de reducir el poder a un juego, donde cada participante sea libre de elegir el rol que le plazca, dominante o sumiso, e incluso humano o animal. (11) Esto no es una escena sexual, ni deja de serlo En sentido estricto “No vestido...” no representa un acto sexual, pero tampoco deja de representarlo. De hecho, los penes brillan por su ausencia, aunque se puede percibir la erección de un falo, en el sentido que le da Butler. (12) Algo vibra y excita desde la escena. Se trata de una entidad eminentemente fantasmática, tan elusiva como el propio Eros, pero que permite cierto encuentro entre el sujeto deseante y el objeto de su deseo. Un encuentro que hunde en el goce. El goce está reflejado en los rostros de cada uno de los personajes. El goce no conoce de moralidad, no diferencia correcto de incorrecto, es sólo voluptuosidad, pero en grandes dosis. *** *** *** Notas (1) Este es el segundo artículo que escribí sobre la escultura de Ines Doujak “Not dressed for conquering". La misma fue publicada en el libro Pornologías (Mëxico, 2017). La primera versión surgió como ponencia para el encuentro sobre Género y discursos abyectos, del ciclo “Analistas en la Polis”, Montevideo, 17 de setiembre de 2015. Fue publicada en el libro Malestares en la ciudad. Cinco noches de Analistas en la Polis, (Montevideo, 2017). Agradezco a Ines Doujak y a Hans D. Christ la autorización para publicar fotos de la escultura. (2) A diferencia de otros de mis trabajos, en el presente empleo los términos placer y goce sin distinción, en su sentido vulgar. (3) Cf. Conferencia de Ines Doujak sobre “Not dressed for conquering”, Museo Württembergischer Kunstverein, Stuttgart, Alemania, 17 de octubre de 2015. (4) Tomado de Gilles Néret, Erotica universalis, Taschen, Alemania, 1994, pág. 173. Grabado anónimo ilustrando el texto, también anónimo, de L’académie des dames, Francia, 1680. (5) Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Pre-textos, España, 2010. (6) Cf. Doujak, ibíd. (7) Sobre el rol de la pornografía en la sociedad actual cf. Ercole Lissardi, La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet, Paidós, Buenos Aires, 2013, cap. V. (8) Cf. Dominique Baqué, Mauvais Genre(s). Érotisme, pornographie, art contemporain, Editions du Regard, París, 2002. (9) Esteban Hernández, La ‘putificación’ del feminismo. El postporno: lo hacen porque les gusta, Diario El confidencial, Madrid, 20 de marzo de 2010. (10) Ibíd. (11) Cf. Ana Grynbaum, La cultura masoquista, Hum, Montevideo, 2011. (12) Cf. Judith Butler, Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del sexo, “El falo lesbiano y el imaginario morfológico”, Paidós, Buenos Aires, 2002.
- Dashiell Hammett X 2 - Ana Grynbaum, Ercole Lissardi
Ana Grynbaum – Los demonios del capitalismo Si el halcón de la discordia, en la novela de Samuel Dashiell Hammett “El halcón maltés” (1930), resultara en verdad un objeto valioso y accesible, el libro no sería la obra maestra que es. En las novelas policiales, por lo general, no se discute la validez de los motivos que tienen los criminales para actuar. “El halcón maltés” subraya la vacuidad del objeto al que la ambición criminal atribuye un valor supremo, en una articulación perfecta entre artefacto literario y ensayo sociológico. Tras el halcón maltés Los detectives privados Samuel Spade y Miles Archer, de San Francisco, toman como cliente a Mrs. Wonderly, que luego resulta llamarse Brigid O'Shaughnessy, y caen en los enredos de una banda de delincuentes, cuya primera víctima mortal es el propio Archer. De a uno va encontrando Sam Spade a los otros delincuentes: Joel Cairo, Kasper Gutman –quien, contrastando con su apellido, de hombre bueno no tiene nada- y su matón Wilmer. Tras extensas conversaciones, en las que pululan las historias y las mentiras, habrá de enterarse Sam que lo que están disputándose es la posesión de cierta estatuilla con forma de halcón, que bajo una capa de pintura negra contiene todo tipo de joyas y un valor histórico no menos rico. Hasta la espectacular irrupción en escena del halcón uno puede dudar de que la estatuilla efectivamente exista. Escena de El halcón maltés, John Huston, 1941 Un fetiche Esa estatuilla que los gangsters buscan con delirante avidez, al precio de la cantidad de vidas humanas que sea, es invaluable. Y no porque se pueda obtener con ella una cifra de dinero gigantesca, como Gutman sugiere, sino porque –el libro se aboca a demostrarlo- la cosa en sí misma no vale nada. Su precio depende de la ambición de quienes se arrancan los ojos por ella, como en definitiva sucede con todos los objetos regidos por las Leyes del Mercado. Al igual que el dinero, en la más ortodoxa tradición marxista, el halcón es un fetiche: no vale más que lo que se esté dispuesto a dar por él. Cuando finalmente el halcón aparece, los delincuentes no se resignan a que el objeto repleto de joyas, con el plus de un valor histórico, en cuya caza se empeñaron, sea nada más que un pedazo de plomo. Prefieren creer que el verdadero está en otra parte y, nuevamente montados en la ilusión, se lanzan en su búsqueda. Es que para que el objeto fantasmático tenga efectos reales su existencia debe ser posible. La imaginación necesita sus puntales. La vacuidad de las palabras Los numerosos y bien sazonados diálogos tienen la función de explorar la dimensión de vacuidad de las palabras. Los personajes hablan, casi todo el tiempo, precisamente para no decir nada. En sus diálogos las palabras operan diversas funciones ajenas a la transmisión de una verdad. Ellas se emplean para ocultar, engañar, confundir, engatusar, entretener, hacer perder el tiempo, etc. etc. Su divorcio con la verdad es una constante a lo largo del libro, excepto en la revelación final, típica del género policial. El hecho de que las palabras se aboquen a no decir nada, abre una reflexión acerca del uso y el abuso del discurso en las relaciones humanas. Hay varias líneas de diálogo dignas de convertirse en epígrafe de otros libros. Especialmente algunas de Gutman en diálogo con Spade: ”Yo desconfío de un hombre que dice ‘basta’ cuando le están sirviendo de beber. Pues si ha de tener cuidado de no beber demasiado, esto indica que no es de fiar cuando lo hace”. Durante el siguiente encuentro Gutman desliza un somnífero en el vaso de Spade. Sydney Greenstreet como Kasper Gutman En otro momento Gutman propone un brindis “por las palabras francas y un claro entendimiento”. Y agrega: “no me fío de los hombres callados. Suelen elegir el momento menos indicado para hablar, y dicen cosas poco juiciosas. El hablar es algo que no se puede hacer juiciosamente sin el debido entrenamiento.” Y va dando más vueltas que un perro antes de echarse para finalmente no responderle a Spade qué cosa es el misterioso halcón maltés, al tiempo que se ufana de ser la única persona que conoce su secreto. Recién en el siguiente encuentro Gutman, bajo presión, relata la extensísima y fantástica historia de la Orden de los Caballeros Hospitalarios y su periplo hasta Malta en el siglo XVI. Y del halcón de oro ornamentado con joyas que habrían fabricado para Carlos V de España, pero que desapareció cuando atacaron el galeón que lo transportaba. Luego Spade hace verificar los datos históricos y comprueba que el relato es verosímil, pero, por más y mejores efectos de verdad que pueda tener, se da cuenta de que esa historia no es más que un camelo. Sin embargo, Gutman, Cairo y O’Shaugnessy creen a pies juntillas en el valor del halcón. Tanto así que cuando, el pájaro finalmente aparece y revela su constitución de basto metal, no se les ocurre otra cosa que calificarlo como una copia con que los estafaron y reemprender la búsqueda del objeto verdadero. *** Las palabras que los personajes profieren tienen una retorcida vinculación con la verdad. Su significado se vacía, como un billete fuera de circulación. La referencia al mundo real se corta. El discurso opera cual engranaje de manipulación, de forma similar al mensaje publicitario en la sociedad de consumo. El límite de la eficacia de las palabras lo pone el que no cree en ellas, como Sam Spade, quien, por su parte, sabe mentir por lo menos tan bien como sus “clientes”. De hecho, los larguísimos diálogos que mantiene con ellos son tremendamente chistosos, porque es evidente que ninguno se cree la sarta de los otros, y sin embargo siguen el juego. El juego en el que los delincuentes y el detective participan es, supuestamente, el de quién miente y engaña con la eficacia necesaria como para quedarse con el botín. En los hechos, el ganador será el que quede vivo, puesto que una vez que Spade entrega a los delincuentes a la Policía, aquellos que todavía no se mataron entre sí, serán ejecutados por la Justicia. El que ríe último es Spade, aunque su mueca –inigualablemente representada por Bogart, en la versión fílmica de Huston- es un rictus amargo como la risa de la hiena. Para una galería de mujeres crueles Nada le falta a Brigid O'Shaughnessy para integrar una antología de mujeres seductoras y crueles, tan peligrosas como irresistibles. El personaje de Brigid merece un lugar de privilegio entre las féminas más inescrupulosas, voraces e impías, cuando no malas como arañas, pero siempre poderosas, que la literatura y el cine han creado para deleite del público. Yo la ubicaría cerca de Kurimoto Chikako (ver mi entrada del 12 de febrero pasado), de las hermanas interpretadas por Joan Crawford y Bette Davis en “What Ever Happened to Baby Jane?” (película comentada en este blog el 28 de agosto de 2014) y también de la legendaria Erzsébet Báthory, que conservaba su belleza bañándose en la sangre de jóvenes vírgenes. Brigid parece no saber sino mentir, engañar, manipular. Su fuerza está en el hecho de someter a los otros. Y estos otros no pueden ser sino hombres, por supuesto. Porque ella encarna la esencia de la feminidad asesina: la come-hombres. Todos los horrores al sexo femenino que los hombres pueden pergeñar, y a los que no se pueden resistir, están en el cuerpo y la cara de esta beldad. En la película de Huston, a Brigid la interpreta Mary Astor, que no se parece ni remotamente al personaje de Hammett, a pesar de lo cual la archifamosa película funciona. Tampoco la podría haber protagonizado Bette Davis por ejemplo, porque la malignidad de Brigid se agazapa tras una apariencia de damisela frágil y vulnerable, tan ingenua como desenfrendamente sexual. Mary Astor y Humphrey Bogart La telaraña de sus palabras hacia Spade se propone colocarlo en el lugar, completamente imaginario, de su salvador. Help me, help me –no deja de repetir Brigid con fingida languidez. La ficción que ella representa tiene una lógica rigurosa, la de la hembra débil que necesita de un macho fuerte. Cuánto más débil ella, más fuerte él: estaría fuera de peligro. Tragándose dicha pastilla fue como Archer encontró la muerte desarmado, por más que llevara una pistola en el bolsillo. Más que delincuentes: demonios Los cazadores que corren tras el halcón maltés son de la misma naturaleza que los demonios. A diferencia de los seres humanos carecen de escrúpulos por completo, no dudan en traicionarse los unos a los otros, no escuchan más que los mandatos de su voracidad, se orientan únicamente en función de su ambición. Es claro que en vez de personajes con psicología constituyen símbolos. En “El halcón maltés” el verdadero criminal es el sistema capitalista, que juega irresponsablemente con la vida y las ilusiones de las personas, que las corrompe y las obliga a inmolarse a cambio de quimeras. Los miembros de la banda son una encarnación de los demonios del Capitalismo. El cuerpo de los detectives Sam Spade juega un rol fuertemente equívoco en el correr del relato, pero al final revela su verdad. Hasta entonces, no sabemos para quién está trabajando ni qué opina de los rollazos que le cuentan los delincuentes. Lo que lo impulsa en su arriesgada investigación es aclarar la muerte del socio; todas las otras muertes parecen tenerlo sin cuidado, así como tampoco se desvive por ideales de Justicia, ni emprende una cruzada contra el crimen organizado. Spade debe entregar a la Policía al asesino de Archer porque, de lo contrario, ¿quién volvería a confiar en la agencia de detectives de Samuel Spade? Él es, por sobre todas las cosas, un detective. Cuidar el honor equivale a cuidar la fuente de trabajo. Una conciencia gremial guía sus actos. Sam pudo haber muerto en lugar de su socio. Por más sucio que pudiera jugar, por más que se acostara con la mujer del difunto, e incluso con su asesina, Sam no pierde de vista su identidad y los deberes inherentes a ella. No olvidarlo le permite agujerear la telaraña que Brigid no cesa de tejer en torno a él. Spade es un trabajador con clara conciencia de clase, que no olvida su pertenencia al cuerpo de los detectives. Lo que subyace a la historia policial de “El halcón maltés” es una visión del mundo pura y duramente marxista. No por error fue Dashiell Hammett incluido en la lista negra de Hollywood durante el macartismo. *** Las citas de la novela pertenecen a la edición de Alianza, Madrid, 1968. Excepto el retrato de Hammett, las imágenes están tomadas de la película de Huston, de 1941. *** *** *** Ercole Lissardi - ¡MASOCRISTO! Más allá de sus méritos como creador del policial hard-boiled, hay que decir que caracteriza a la literatura de Dashiell Hammett ser prêt-à-porter para la industria del cine. Ya Huston había subrayado que en su versión de 1941 de “El halcón maltés” no tuvo que quitar ni agregar una palabra a los diálogos de la novela. “La llave de cristal” es también una especie de proto-guión cinematográfico. No incluye más que escuetas indicaciones de lugar y acción, y diálogos. La tan comentada estética de la objetividad de Hammett, según la cual se excluye toda exposición de la interioridad de los personajes y sólo se incluyen sus dichos y sus hechos, me parece que tiene su origen en el deseo de ver filmadas sus novelas. “La llave de cristal” se caracteriza porque lo que menos importa es el crimen en cuestión y su solución. El interés del autor se desplaza hacia las relaciones eróticas –no se me ocurre mejor término para nombrarlas- entre sus personajes. En ese sentido, dos dimensiones, dos historias, dos líneas narrativas se entrecruzan. Por un lado, la más profunda, la más pesada, la que constituye el verdadero epicentro de la novela: la relación entre el detective improvisado Ned Beaumont y Jeff Gardner, un pistolero. Su relación es una relación sadomasoquista salvaje, tal y como, en su lenguaje macarrónico, en todo momento lo deja en claro el matón. Ned, la parte masoquista en la relación, no dice palabra. De hecho Ned, que es el personaje central de la novela, aquel a partir del cual se narra, se caracteriza por no verbalizar sus sentimientos o emociones, al contrario de quienes interactúan con él. Tres veces se cruzan Ned y Jeff en la historia, y en todo momento Jeff desoculta, muy divertido, encantado diría, el deseo de Ned de recibir golpizas, aunque tal deseo sólo se concreta en ocasión del primer encuentro de ambos. Ned recibe de mano de Jeff una golpiza que dura días, por cuenta de una organización criminal que quiere sacarle secretos. Sin que medie explicación alguna, en medio de la golpiza, que Ned reaviva una y otra vez provocando a Jeff, Ned intenta suicidarse. Debemos comprender que aquella golpiza terrible es la primera, por lo menos de tal magnitud, a que Ned se entrega, y que, embotado por los golpes y aterrado por la profundidad de su salvaje deseo, intenta terminar con su vida. Las páginas de la golpiza son, por cierto, de las más duras que pueda hallarse en un policial, hard-boiled o no. Como páginas de erótica son verdaderamente extremas. En los otros dos cruces que tienen los personajes, en los que no llega a repetirse la sesión de golpes, Jeff trata a Ned con dulzura, la dulzura de un sádico que se relame ante la inminencia del goce. En todo momento el matón expresa a Ned cuánto lo alegra que haya vuelto por más, porque él también lo disfrutó. El pasaje que reproduzco a continuación, del tercer encuentro de ambos, explicita por demás la naturaleza de la relación: “-Ya ven. Le gusta. Es un… -Jeff vaciló, buscando la palabra exacta, se humedeció los labios y siguió diciendo-: Es un maldito ¡masocristo! ¡Eso es lo que es! –dirigió a Ned una mirada libidinosa (he leered at Ned) y le preguntó-: ¿Sabes lo que es un masocristo? -Si. Esta respuesta pareció decepcionar a Jeff. -Whisky de centeno para mí – dijo al barman. Así que ambos tuvieron delante las bebidas, Jeff soltó la mano de Ned, aunque conservó el brazo sobre sus hombros. Bebieron. Jeff dejó su vaso sobre el mostrador y puso una mano sobre la muñeca de Ned. -Arriba tengo un cuarto justo como para nosotros dos –dijo-, un cuarto tan chico que no vas a poder caerte al piso. Puedo rebotarte contra las paredes, y así no perderemos tiempo esperando que te levantes. -Te pago un trago –dijo Ned. -No es mala idea –dijo Jeff aceptando el convite. Volvieron a beber. Ned pagó las bebidas. Jeff lo dirigió hacia las escaleras. -Con su permiso, señores –dijo a los demás- pero tenemos que subir a ensayar nuestro acto –le golpeó suavemente el hombro a Ned y agregó-: Yo y mi amorcito”. Puede afirmarse sin lugar a duda que el clásico policial “La llave de cristal” de Dashiell Hammett es en realidad un relato cripto-sadomasoquista. En la historia del género no faltan los ejemplos más o menos explícitos de esta erótica, pero la novela de Hammett, por la crudeza que pone en escena, es un hito pionero y difícil de superar. La otra historia erótica que atraviesa la novela de principio a fin involucra a Ned, a Paul, para quien Ned trabaja, y que dirige una organización criminal dedicada a ordeñar las arcas del Estado en connivencia con funcionarios corruptos, y a Janet, la chica de clase alta a la que Paul ama y a la que corteja. La naturaleza profunda de esta relación triangular, al contrario de la antes vista, nunca es claramente explicitada, es más, se la presenta deliberadamente como un enigma que el lector debe resolver. Por un lado Ned es mucho más inteligente que Paul, pero a él se somete y es leal. De hecho es para intentar sacar a Paul de problemas que Ned asume riesgos innecesarios y termina cayendo en manos de los rivales, y en particular, de Jeff. Janet no tiene problema en confesar a Ned que odia en realidad a Paul y que sólo lo mantiene cerca porque sospecha que mató a su hermano Taylor, y quiere sumar pruebas para demostrarlo. Resuelto el misterio del crimen en cuestión, Ned, ofendido –calculamos, porque nunca explicita lo que piensa o siente- por cierto trato indigno que ha recibido de Paul, decide irse de la ciudad. Inesperadamente, Janet le pide que la lleve con él. Más inesperadamente aún –ya que implica traicionar a aquel con quien fue leal y sumiso- Ned acepta. En la escena final los tres se encuentran. Paul le pide que no se vaya, que se quede a su lado. Ned le revela que Janet se va con él. Paul, golpeado por la revelación, se va, dejando la puerta abierta tras él. La última línea de la novela es ésta: “Janet miró a Ned Beaumont. Él miraba fijamente la puerta”. ¿Qué es lo que no dice este final abierto? Nos invita a adivinar lo que sucederá de inmediato, más allá del texto, por supuesto. Por un momento quedamos sorprendidos. En busca de una clave que explique, recordamos el sueño que páginas antes Janet contó a Ned, y que no fue objeto de interpretación, quedando cerrado sobre su enigma. En el sueño Ned y Janet están en un gran peligro, que podrían eludir entrando en cierta casa. Encuentran la llave bajo el felpudo y, en la primera versión del sueño, entran, salvándose. Pero un poco más adelante Janet confiesa a Ned el verdadero final de su sueño. Helo aquí: “La llave era de cristal y se nos rompió en la mano en el momento en que intentamos abrir la puerta, porque la cerradura estaba agarrotada y tuvimos que hacer fuerza (…) No pudimos huir de las serpientes”. El sueño, premonitorio, de Janet significa que no se irán juntos. Algo impide a Ned irse con Janet: aquello que lo inmoviliza mirando fijamente la puerta que Paul dejó abierta al salir, a saber, su relación con Paul. El sentimiento de sumisión y lealtad que Ned tiene por Paul -sentimiento de amor, digámoslo claramente, porque qué es el amor sino lealtad y sumisión- es más fuerte que lo que lo une con la mujer que le quitó a Paul. La llave de cristal es, si se quiere, la que mantiene a Ned cautivo de su relación con Paul. El título de la novela, significativamente, no refiere, pues, a la cuestión del crimen sino a la del asunto erótico. Así pues, hechas todas las cuentas podemos decir que “La llave de cristal”, notable ejemplo de la primerísima etapa del policial duro norteamericano, es, en realidad, o además, un complejo relato cripto-sadomasoquista y cripto-homosexual. Samuel Dashiell Hammett
- Ana Grynbaum - Volver a Comala
“Iba a decir que volví, pero no es posible volver a donde nunca se estuvo.” A. Grynbaum, El hombre que pudo haber sido ¿De dónde sale una novela? Algunas de mis novelas provienen tanto de la imaginación como de zonas oscuras del recuerdo, pero en distinta medida y forma. La fantasía usufructúa los materiales que hay en mi mente, porque de algún lado tiene que sacar imágenes para sus maquinaciones, especialmente durante esta larga cuarentena del covid. Pero en ocasiones constato una intervención mucho más misteriosa. Trazas de la memoria Leí Pedro Páramo por primera vez siendo adolescente. Pese a la extrema complejidad que me presentó, lo leí entero. La literatura ya era mi religión y, en tanto joven devota, no me permitía el sacrilegio de abandonar la lectura una vez iniciada, como quien no se baja de un vehículo en movimiento. ¿Qué pude haber comprendido? Hasta hace poco habría jurado que nada. Que a lo sumo esa lectura me dejó el deseo de llegar, algún día, a leer en sentido fuerte este libro que es un ser vivo. Pero al cabo de leer Pedro Páramo nuevamente, a los cincuenta años, del mismo ejemplar que estaba en mi biblioteca natal, la perspectiva cambia. ¿Qué medió entre aquella chiquilina que deseaba la escritura y esta escritora? Entre otras cosas, una docena de libros publicados y dieciséis años de matrimonio con un escritor que vivió en México, además de haber visitado juntos esa tierra tan querible, antes de la plaga universal. De ahí que no solo el idioma mexicano en que Pedro Páramo está escrito, sino la profunda sensibilidad mexicana que expresa, en alguna medida me sean accesibles. Una vivencia personal me empujó a la relectura. La sensación de estar en la Comala de Rulfo, que me produjo vaciar la casa de mis padres y asimilar la pesada idea de ser la única sobreviviente de mi familia original. De las cosas se desprendían atributos pertenecientes a sus antiguos dueños. Ese contacto con los objetos de mis muertos me acosó hasta en sueños, exigiéndome algún tratamiento. Mi reacción fue escribir La conquista del deseo (novela de próxima aparición). En este relato, que se desarrolla en Montevideo a finales de la dictadura, fuera de la historia central, casi todo es tomado del recuerdo. Al punto que llegué a sorprenderme pidiendo a la memoria respuestas que esta no podía dar, pues lo que cuento jamás sucedió. ¿Qué estatuto de verdad merecen los frutos de la memoria? Recién después de concluida La conquista del deseo acudí a Pedro Páramo, para tratar de entender mi propio texto, en primer lugar. Murmullos de la vida “Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida…” J. Rulfo, Pedro Páramo Puesto que nuestra modernidad tardía ya no permite creer en historias que cierren perfectas, el narrador debe perseguir sombras. La verdad se insinúa en ecos lejanos, susurros, murmullos, que son como pedazos de cosas rotas o nunca realizadas, esbozos de fantasía o deseo. Especialmente los personajes de la infancia pueden recuperarse a través de algunas piezas, fragmentos de discurso, imposibles de materializar fuera de un halo dudoso y poético, en el cual flotan mostrando y escondiendo su sentido. Los fragmentos de relato de Comala van a la deriva, como huellas de algo remoto que fuera dicho o imaginado, náufragos de un tiempo anterior e indemostrable. No hay testigos que permitan reconstruir la narración hasta completarla, como le pasa al único sobreviviente de su familia original. Por lo demás, en su momento no se prestó suficiente atención a quienes hoy forman nuestro mundo interno. La mente infantil no se interesa en lo que dicen y repiten los viejos. Juan Preciado, el que busca a su padre, ¿entra en Comala vivo o muerto? ¿Acaso es posible sumergirse en el reino de los muertos sin morir con ellos de alguna manera? Los muertos se nutren de los vivos. Esta verdad se ha interpretado en un abanico que va de la tragedia a la comedia. Y dentro de la producción intelectual tiene su lugar en el estudio sobre el funcionamiento social y el poder, de Canetti, cuando se refiere a las masas invisibles de muertos que actúan sobre los vivos. Sin embargo, es posible negociar con los muertos y conseguir que se mantengan tranquilos, asegurándoles un lugar en ese gran establecimiento de la memoria –y la fantasía- que es la cultura. A menudo no buscan sino el lugarcito al sol de una sobrevida mejorada por el arte. Riesgo y milagro de apelar a la memoria Cuando se persigue alguna verdad mediante el recuerdo, el peligro más evidente es no reconocer como tales a los simulacros, frutos de la alianza entre memoria y fantasía. A menos que aceptemos su insuficiencia, la memoria está dispuesta a rellenar con elementos imaginarios todos sus baches. Cuanto mejor maquillados de verosimilitud los recuerdos, más sospechosos. En el terreno de la creación literaria, las mejores producciones del recuerdo son a menudo híbridos de una rememoración cargada en el deseo. De ahí que Susana San Juan no vea a Pedro Páramo aunque se le pare delante, ni padezca a la muerte que la va tomando, mucho menos le importa si el cura le niega la absolución. Cuando se revuelca en la cama delirando, lo que le sucede es revivir el encuentro carnal con su verdadero amor. De esa manera el amor resulta eterno. La escena se repite para tal realización. En mi experiencia, interrogar algún personaje del pasado me ha permitido hallazgos sorprendentes, que no se me dan por ninguna otra vía sino la escritura. Aquellos a quienes creía conocer íntimamente, una vez convertidos en personajes literarios, terminan revelando secretos insospechados, mucho después de muertos. Como si revivieran a través de mi palabra para corregir la imagen guardada. Tal vez no tanto por falsa como por carente de glamour. Escribiendo La conquista del deseo descubrí, por ejemplo, hasta qué punto el placer puede constituir el motor oculto de una conducta orientada al deber. El hombre que pudo haber sido me enseñó el mecanismo del lamento por lo que alguien quiso ser y no fue como coartada para ser realmente lo que se quiere. Esto último lo aprendí bastante después que el libro estuviera publicado. Mis descubrimientos no me hacen más feliz ni más desgraciada, no resultan terapéuticos ni traumáticos, aunque sí necesarios. Mis recuerdos funcionan, dentro de una estructura literaria que les insufla una vida nueva. No se escribe porque sí ni para nada, pero es imposible saber de antemano por qué y para qué. Si fuera posible, emprender el viaje no valdría la pena.-
- Ercole Lissardi - Ibargüengoitia y nosotros
No quisimos conocer a los dueños del apartamento que alquilamos en el D.F. –concretamente en Coyoacán-, porque no habían aceptado que hiciéramos el check-in un par de horas antes de lo estipulado en la letra chica del contrato, aunque le habíamos avisado oportunamente a la agencia la hora en la que llegábamos al D.F., y a pesar de que veníamos de doce horas de viaje en avión y con un niño. Tuvimos que ir a sentarnos en un banco del Jardín Centenario a las nueve de la mañana a esperar a que se hiciera la hora del check-in. De manera que exigimos tener contacto sólo con la inmobiliaria que intervenía, y efectivamente, a pesar de que el apartamento, con puerta independiente a la calle, estaba en el jardín de la casa de los propietarios, no los vimos durante toda nuestra estadía. Hasta el último día. Estaba revisando el estante de literatura mexicana de la librería Gandhi de Coyoacán cuando di con una nueva edición de Dos crímenes. La había leído treinta y pico de años antes, durante mi exilio, antes de la muerte de Ibargüengoitia, y me había parecido, por supuesto, genial. Pura sabiduría narrativa, humor y sensualidad. La combinación que me puede del todo. De manera que no dudé en recomendarle su lectura a Ana, que la devoró en un rato y, en estado de total devoción, coincidió conmigo en que era una verdadera maravilla. Compramos de inmediato Las muertas y Estas ruinas que ves en la misma edición reciente de bolsillo. El apartamento estaba en una callecita cerrada, de manera que era muy silencioso. Tenía dos pisos. Abajo había una gran sala y comedor con kitchenette abierta. Arriba los dos dormitorios, el baño y una pequeña terraza. La escalera, generosa, de muy cómodo tránsito era a la vez un cubo de luz. El dormitorio grande tenía una claraboya sobre la cabecera de la cama que permitía ver las estrellas en el caso en que se dejaran ver, y tenía un gran ventanal sobre el jardín, angulado de tal manera de impedir ver a quien estuviera en el jardín, y viceversa. Desde el primer momento amamos ese apartamento. Amor a primera vista. Como con las novelas de Ibargüengoitia que se las ama desde la primera página. Lo comentamos. Compartíamos ese amor. Le busqué los motivos sutiles a tal adhesión. La escalera, tan amable, la arcada de la apertura a la sala de la kitchenette, cierta asimetría en los ángulos del cubo de la escalera que apenas se notaba al transitarla, en fin… la profusión de ventanas, la vastedad de la luz, el delicioso silencio. Nos sentíamos como en casa. Hasta recuerdo haber dicho que si volviera a vivir en el D.F. querría que fuera en ese apartamento. Estaba previsto –Edgar Magaña nos esperaba- que fuéramos a Guanajuato, ciudad natal de Ibargüengoitia, su Cuévano. Ana estuvo encantada disfrutando in situ de la distancia justa entre la parodia y su modelo. De regreso Margo, ciudadana ilustre del D.F., de Coyoacán en particular, y en general de la lengua hispánica, y gran conocedora de todo el mundo en México a lo largo de décadas y décadas de vida de la cultura, le contó a Ana que Ibargüengoitia vivía precisamente en Coyoacán, por el lado de Francisco Sosa, seguramente que no muy lejos de donde alquilábamos. Nuestro segundo viaje a México se desarrollaba, sin duda, bajo la sombra protectora y genial del gran Ibargüengoitia. Después estuvimos una semana en Yucatán, y regresamos al D.F. con sólo un día de por medio para la partida. Lo utilizamos en preparar el equipaje, especialmente en repartir los quilos y quilos de libros, y en preparar para el largo viaje, en los bolsos de mano, las no pocas artesanías, frágiles como son, a las que no nos pudimos negar. Fue Ana la que, ya preparándonos para ir a libar el mezcalito de despedida, razonó que teníamos que llevarnos todo lo que encontráramos de Ibargüengoitia. Fuimos a por ellos. Por suerte, en edición de bolsillos, los varios que encontramos, pesaban poco. Llegó por fin la hora del check-out. Para nuestra sorpresa, en principio desagradable, no comparecieron a esos efectos los empleados de la agencia sino los propietarios del apartamento. No había ya, por cierto, tiempo para recusar su presencia. Confesémonos: somos rencorosos –tómenlo en cuenta quienes escriban mal de nosotros o de nuestros libros. Para nada les habíamos perdonado que no nos permitieron el check-in un par de horas antes. Pero ellos, Carlos y Amanda, de cuarenta y tantos años ambos, de buena presencia y mejores modales, estaban decididos a tener una conversación amable con nosotros, quizá para borrar la mala impresión, aunque nunca se refirieron al asunto. Nos fueron ganando a fuerza de amabilidad. Tuvimos que ir deponiendo la cara de orto. Comprobé una vez más que a Ana le cuesta mucho menos que a mí dar marcha atrás. No tardaron en estar sabiendo de nosotros lo que la curiosidad y el buen gusto les demandara: mis antecedentes mexicanos, el deslumbramiento de Ana con México, nuestra experiencia en Yucatán… y, por supuesto, nuestra visita a Guanajuato, momento en el que, inevitablemente nos babeamos declarando nuestra idolátrica admiración por Ibargüengoitia. Entonces fue que Carlos, un poco cortado, como si nos fuéramos a enojar con él por hacernos semejante revelación, como quien revela algo tan íntimo, demasiado íntimo, al borde de la obscenidad, dijo: - Esta es la casa de Ibargüengoitia. Aquí vivía con Joy Laville. La casa en que nosotros vivimos era de las tías de Ibargüengoitia, y él construyó su casa, este apartamento, en el jardín de sus tías. (3/2017)
- Ana Grynbaum - El “Manual sadomasoporno” de Alberto Laiseca
Texto leído en la presentación de la segunda edición del “Manual sadomasoporno (ex tractat)” de Alberto Laiseca, publicado por Editorial Muerde Muertos, Escuela Freudiana de Buenos Aires, 12 de julio de 2018. Desafiar al principio de no contradicción permite al narrador el despliegue de las fantasías sexuales más incorrectas que le vienen a la mente. Esta osadía es repetidamente justificada a través de la locura que Laiseca se auto adjudica. En este punto conviene aclarar que cuando me refiero a Laiseca lo hago en tanto narrador y protagonista, no como persona real en cuya biografía pretendería excavar. A los efectos de esta presentación para nada me interesa la vida del hombre real, sino el personaje que él construyó, y al cual él mismo bautizó Laiseca. Personaje que, además, coincide con la persona del narrador. Volviendo al tema de la locura –locura tan insistentemente confesada, o pseudoconfesada, a lo largo del libro- aclaremos que no debe confundirse con locura verdadera. El “Manual” no es producto de ningún desvarío, sino de una forma de escribir conscientemente elaborada. La estética de ese proyecto de escritura fue denominada por su autor como “realismo delirante”. *** Analicemos ahora las paradojas antes enunciadas. Para explicar por qué este libro no es un manual basta con echar un vistazo a cualquier manual BDSM, este por ejemplo. Se titula “Las reglas del juego” y presenta un extenso catálogo de prácticas usuales entre los adeptos a esta erótica. Sobrevolemos el índice: “El arte del spanking -azotar-, uso y tipos de varas, El arte del bondage –restricción del movimiento-, Bondage oriental -encordado-, técnicas de autobondage, pinzas, cera caliente, agujas, etc., etc.”. El libro de Laiseca, en cambio, es un texto absolutamente personal, no contiene recetas excepto en forma paródica, y expresa una sensibilidad cargada de deseo y de angustia. Pero el “Manual” no es un manual, fundamentalmente, porque no es un texto instructivo sino literario. De todos modos, puesto que también es un manual, no faltan en él los consejos y las enseñanzas. Por ejemplo: “Un verdadero maestro es aquel que hace trabajar las fuerzas oscuras de una mujer para el placer de ambos” (p. 85). No faltan tampoco, en tono coloquial y arrabalero, los consejos para la vida cotidiana: “La mujer ideal existe. Es la mina que te da bola” (p. 55). O: “En el otro mundo no hay ni tetas ni cerveza. Así que ya lo ves: te conviene conseguirlo todo aquí.” (p. 73). *** Por cierto que el libro está recorrido por una erótica de corte sadomasoquista o -en términos actuales- BDSM. Abundan las referencias al “falso dolor que libera” (p. 85) y a la “falsa humillación” como “teatro del placer” (p. 25). Al igual que la erótica BDSM, el texto de Laiseca ronda en torno a un goce que se define por estar más allá de las formas –supuestamente- habituales de tratar los cuerpos en la escena erótica. Y propone modos de relacionamiento contrarios a la normatividad-heterosexual-androcéntrica-vainilla, por decirlo rápidamente -normatividad mucho más hegemónica una década atrás, cuando el libro vio la luz. Primera edición, 2007 Pero, conjugada con la invocación sadomaso, lo que prevalece en los diferentes textos del “Manual” es una ética de la incorrección. La forma directa, cruda, de narrar las prácticas sexuales debe su condición de posibilidad a los caminos abiertos por la pornografía. Solo que al calificativo “porno” del título es más adecuado entenderlo en la perspectiva actual, no como “pornográfico”, sino como “pornológico” o “post-pornográfico”. Laiseca habla de sexo sin tapujos. ¿Por qué cederle tal privilegio al negocio de la pornografía? En el mismo sentido se encuentran las reivindicaciones del actual movimiento posporno, con sus performances provocadoras y la fabricación de pornografía casera. La post-pornografía apunta a legitimar diverso tipo de prácticas eróticas y promueve la erotización de todo tipo de cuerpos, partes del cuerpo y almas. Se busca el protagonismo de los marginados del deseo mainstream: gordos, discapacitados, viejos, etc. El libro de Laiseca está próximo a este enfoque, especialmente en lo que hace a la edad; iremos hacia esto. *** Con Selva Almada En el “Manual” de Laiseca todo el discurso SM y porno desde el principio se tambalea hasta que, sobre el final, el narrador confiesa abiertamente lo que ya había estado adelantando. “La mayor parte del libro aparenta ser la narración de un tipo que se las sabe todas, hasta que al final vemos que es una historia de amor” (p. 99). El “tipo que se las sabe todas” da algunas recetas para condimentar, humorísticamente, la imaginación erótica. Pero, siguiendo las pistas ¿podemos leer este libro como el disfraz que permite una confesión…? ¿Cuál es la corriente que da su fuerza y consistencia a esta peculiar obra? Entre variadas referencias literarias, en clave de angustia travestida de humor, asoman algunas sentencias que suenan a verdad subjetiva y dolorosa. Por ejemplo: “El sadomasoquismo es el último refugio de los románticos” (p. 27). La conmovedora historia de amor del sexagenario protagonista con la joven Florencia se impone más allá de las máscaras monstruosas que visten el texto. “El nuestro era un encuentro mágico que abarcaba la posibilidad de la mutua redención” (p. 94). Sobre el final del libro el narrador, a cara descubierta, habrá de llorar la pérdida de aquel amor. De esa pérdida culpa a la moral convencional; moral perversa, encarnada en celos y envidias. A esta altura, debo señalar que el “Manual” no sólo no es pornográfico, sino que, además, su tema medular no es el erotismo sino el amor. La máscara del monstruo vehiculiza una verdad que se exhibe primero bajo el disfraz del sádico para terminar por revelarse, impúdicamente, como herida sangrante, en una postura “masoquista”. Estamos ante la abertura de esa antigua y eterna herida del amor. Recuérdese que Laiseca gustaba de llamarse a sí mismo “monstruo”, y en lo posible que también así lo llamaran los otros. Tal vez en consonancia con aquella máxima de “El príncipe”, de Maquiavelo –también un manual- que aconseja al soberano, cuando no logra ser amado, que busque ser temido -otra forma del respeto. La escritura del “Manual” de Laiseca constituye una suerte de venganza. Acto por el cual se reivindica al amor contra aquellas fuerzas que lo ahogaron, ellas sí verdaderamente malignas y destructivas, no de mentirita como la parodia sadomasoquista, que remeda las relaciones de poder a efectos del placer. Ya poniéndole fin a la relación Florencia había dicho: “Mis amigos me bardean con vos. ‘¿Cómo una chica joven y linda va a salir con un viejo?’” (p. 90). Este rechazo por parte de su amada, producto del sometimiento al orden instituido, es convertido por el narrador en una cuestión de sex pol, o política sexual. El libro muestra lo fascista –término que aparece reiteradamente- de la discriminación que sufrió la relación amorosa por ser diferente. El enamorado, que fuera rechazado por viejo, se viste con los colores fuertes de su pasión y, apelando a la erótica transgresora del sadomasoquismo, se convierte a sí mismo en un monstruo sádico, pero sólo para mostrar, parodia mediante, que los verdaderos monstruos son los otros, aquellos que en el nombre de la corrección sabotearon su genuina relación de amor. De esos monstruos nos debemos cuidar, aconseja Laiseca. Es en el sentido de esta inversión de los valores que hay que leer el “Manual” desde sus primeras aseveraciones: “1. Sadismo es amor., 2. Masoquismo es ternura., 3. Vampirismo es protección.” (p. 15) El proyecto del libro consiste precisamente en desafiar la moral sexual tradicional, a través de una burla que muestra su hipocresía y su jodidez, al mismo tiempo que la inocencia de aquel amor que esa ideología devastó, con su maldad realmente peligrosa. La ideología del puritanismo sexual es el monstruo al que verdaderamente hay que temer, no a las prácticas sexuales diferentes pero satisfactorias que usan disfraces de fantasía. *** Dando un paso más, podemos entender este libro como una forma de duelo. Una parodia polimorfa (polimorfa como la sexualidad infantil en términos freudianos, mismos que Laiseca menciona), parodia que encubre y a su vez habilita la realización del duelo. Se trata del duelo por el amor de Florencia, que a su vez reactiva el duelo por cada una de las mujeres que abandonaron al narrador sin rescatar de él nada. “Mi tragedia no es que me hayan abandonado. El horror recién comienza ahí donde ves que ellas, todas, salieron intactas de vos. Sin modificaciones.” (p.94). Y extremando aún la dimensión trágica se nos dice: “¿Sabés por qué Alberto Laiseca tiene una manera tan rara de proceder con las mujeres y con todo? Porque quiere una compañera aquí, en esta tierra, y también allá, en la eternidad. Si no pudiste conseguir compañera perdurable aquí, menos la vas a tener en el submundo. Vas a estar eternamente solo, ¿sabías eso?” (p. 93). Disculpen lo chirriantemente freudiano del asunto, pero no lo digo yo, está acá. La madre abandónica, prototipo de todas las mujeres que plantaron al narrador causándole suprema infelicidad, se apuntala en la madre muerta durante su infancia, la cual no cesa de permanecer como fuente de desolación en el centro de su ser. “Maldición teológica: no tocarás la teta de una mujer. Si acaso desobedecieses este decreto, podrás tocar pechos femeninos pero por corto tiempo y pagarás un precio horrible por haber desobedecido. ¿Ustedes no leyeron ‘La Dama Gris’, de Hermann Sudermann? / Cómo me identifico con el personaje. La Dama Gris –o Dama Solícita- es un hada diabólica que está constantemente a tu lado, desde la infancia, para proveerte de todo lo que sea escasez, soledad, abandono y ruinas. Desde los tres años, cuando murió mi pobre mamá, no he conocido otra cosa que el abandono de las mujeres. ‘Que las mujeres lo marquen pero que lo dejen solo’, dice el decreto. / Hasta los seres más viles tienen a una mina colgada del brazo. Estoy harto de vivir en una tela de arañas. Araña se escribe sin ‘hache’. Chiste esquizofrénico.” (pp. 94-95). La supuesta esquizofrenia es esgrimida para despistar respecto de lo dicho. Pero lo escrito, escrito está. Se puede releer y cortar un poco antes. Quedémonos con: “Estoy harto de vivir en una tela de arañas”. La tela de arañas parece cumplir el mismo papel que el alambrado de púas en el cual el protagonista queda pataleando inútilmente tras cada abandono femenino; escena que se reitera en varios de los textos del “Manual”. El monstruo sádico ha fallado en su ilusión de curarse azotando, como era de prever. La práctica del sadomasoquismo no cura ni enferma. Pero lo que no ha faltado a la cita es el despliegue de una potente voz fantástico-hilarante. El texto literario se ha producido. El escritor vence. *** Acaso en la intimidad esta colección de textos pudo haberse titulado “Confesión de añoranza por el amor perdido”... No, no. Mejor “Manual sadomasoporno”. (7/2018))
- Ana Grynbaum - Zama y la trampa de la meritocracia
Tanto la “Zama” de Antonio di Benedetto como la de Lucrecia Martel denuncian a la burocracia estatal, con su falsa meritocracia, en tanto máquina exterminadora del deseo y, como consecuencia, del ser humano. Si bien la historia se ambienta a finales del Siglo XVIII en lo que hoy es Asunción del Paraguay el tema conserva toda su vigencia, porque la estructura básica de aquel colonialismo devastador no ha cesado de funcionar en nuestras sociedades “postcoloniales”. Don Diego de Zama Lo que desea Don Diego de Zama, asesor letrado de la Gobernación, es un traslado que signifique un ascenso en su carrera y le permita reencontrarse con su esposa y sus hijos, que permanecen en Buenos Aires. Zama vive a la espera de ese reconocimiento que nunca llega. Su estadía en la tierra guaraní, que se le ofrecía como un trampolín, demuestra ser una trampa que lo llevará a la completa ruina, material y espiritual. Porque él ha cifrado todo su ser en la carrera administrativa. El asesor letrado, de hecho, no es nadie dentro de la administración colonial. Su título, ganado con estudio, es sólo una etiqueta vacía que nadie respeta y al propio Zama comienza a sonarle como una burla. Pero ¿por qué? Porque no hay nada que la erudición de un abogado pueda aportar en una tierra sin ley, en un territorio regido por la arbitrariedad brutal de los mandatarios en su afán de saquear y huir con el botín. Zama tarda demasiado en visualizar la trampa en que ha caído. Él cree formar parte de un orden de cosas, cree que sus estudios, sumados al hecho de ser blanco, le hacen merecedor de un lugar, pero este se muestra una y otra vez inexistente. La Corona aplaza hasta el infinito el pago del trabajo de los funcionarios medios y por falta de dinero Zama conoce el hambre y pierde hasta la pieza en que se hospeda. Así se expresa la realidad de su no lugar en el mundo. La espera de Zama resulta ser la tragedia de ocupar un no lugar que, sin embargo, termina por aniquilarlo. La ropa no viste Lo que más me gustó de la Zama de Martel es su tratamiento plástico de los cuerpos. Dicho tratamiento se produce en gran medida a través del vestuario. La vestimenta y accesorios de los personajes tienen en común su insuficiencia para vestir los cuerpos. Cada personaje está de alguna manera semi vestido. Sus prendas se encuentran notoriamente rotas, sucias, arrugadas, cuando no constituyen meros harapos; las pelucas apenas cubren el cabello natural. Esta cualidad intencionalmente “fallida” del atuendo da cuenta de la dificultad que tienen esas personas para representar sus roles sociales. Cierta animalidad grosera se abre paso entre las grietas de la tela, que no alcanza a cubrir la tragedia cotidiana de los sometidos (negros e indios) pero tampoco de esos españoles y criollos inferiores, que no tenían mejor opción que internarse en esta América profunda a la que despreciaban y temían, y en cuyas entrañas solían encontrar el reverso de sus sueños megalómanos: la miseria, el horror, la locura y la muerte. Pero, sobre todo, la cualidad de mal vestidos de esos funcionarios mediocres, como Zama, muestra que están parados en falsa escuadra. Cómplices en la brutal explotación de los pueblos indígenas y de los africanos arreados como esclavos, resultan igualmente explotados por la Corona a la que sirven. Pero la explotación que ejerce sobre ellos adopta la forma de un atroz e hipócrita cinismo, por eso debe ser literalmente desenmascarada. El aparato burocrático engaña a sus funcionarios de manera perversa, juega con sus esperanzas, juega a alimentarlas para luego condenarlas a morir de inanición. En el caso de Zama prometiéndole un lugar en el mundo, ese mismo lugar que por la vía de los hechos reiteradamente le niega. Cada decepción oficia como un nuevo golpe que contribuye con el desmoronamiento de su persona. “Zama” muestra cómo aquellos pequeños burócratas estaban tan sometidos al poder como los indios o los negros. Pero, a diferencia de la población indígena y africana, su dignidad humana era la gran sacrificada. Zama no busca una manera de vivir por fuera del sistema burocrático del cual constituye un engranaje y en el que no puede dejar de creer pese a toda evidencia, porque es incapaz de concebirse más allá del aparato que conforma. La imagen que tiene de sí mismo le impide trabajar con las manos o pescar para comer, por ejemplo. ¿“Post-colonialismo”? Me cuesta hablar de nuestras sociedades latinoamericanas actuales como post-coloniales, el prefijo post implica la idea de algo superado. Pero en lo esencial nada ha cambiado en el funcionamiento del estado desde la época de la Colonia hasta ahora. Bajo la máscara de la meritocracia continúa alimentándose de sacrificios humanos. No pude sino identificarme con Zama en el recuerdo de mis veinte años como empleada pública en la enseñanza media de mi país, muy especialmente de los últimos cinco años, en que ejercí como psicóloga. A pesar de haber ganado un concurso de oposición y méritos, que en una lista me dejó bien posicionada, el cambio de profesora a psicóloga implicó una disminución importante en el monto de mi sueldo. Los quince años de antigüedad en la enseñanza pública no se computaron. El expediente con mi reclamo fue respondido recién cuatro años después de mi renuncia al cargo y a la administración pública. Eso sí, me intimaron a notificarme con un plazo de cinco días. Ignoro la resolución, no me presenté a firmarla. La casaca bordó de Zama, arrugada como un trapito, incapaz de otorgarle dignidad alguna, no se diferencia en lo esencial de la exigua y gastada ropa que yo vestía. Por suerte nunca me faltó el alimento, ni material ni espiritual. Seguí comiendo el arroz de mi tupper mientras otros funcionarios se robaban las milanesas destinadas a los estudiantes “carenciados”. Y no dudé en denunciarlos aunque habría de enfrentar represalias. Estas anécdotas son apenas un par de botones para la muestra. Si el día que pude abandoné el “sistema” no se debió tanto a las humillantes condiciones de trabajo sino a algo mucho más peligroso, a lo que preferí no seguir exponiéndome. La eventualmente aniquiladora sensación de la falta de horizontes, de estar arando en el agua, de padecer al aparato burocrático estatal como enorme máquina de picar el deseo junto con la carne humana. (10/2017)
- Ana Grynbaum – "Utatane", fotolibro de Rinko Kawauchi
La invitación del curador Walter Costa a leer un fotolibro en el marco del encuentro En CMYK del Centro de Fotografía de Montevideo significó para mí un desafío estimulante. Si bien había realizado anteriormente diversas lecturas de producciones artísticas visuales nunca me había enfrentado a la tarea de leer un libro de fotografías en su conjunto, como universo particular. Para agregar emoción, el libro que acordamos abordar -y finalmente lo hicimos en la tarde del 25 de marzo de 2019-. Utatane, es producto de una autora japonesa, la fotógrafa Rinko Kawauchi, con lo que el desafío subía al nivel de meterme con una cultura radicalmente diferente a la mía. (Aunque este acto temerario no me era inédito, escribí sobre Kawabata un par de años atrás.) Mi primera sensación ante las imágenes de Utatane fue la del abismo que separa su mundo del mío. Abismo creado fundamentalmente por la disparidad absoluta entre nuestra lengua con su escritura alfabética y la lengua japonesa que se escribe mediante cuatros códigos diferentes, entre los que predomina la escritura ideográfica. Imposible avanzar por el libro munida apenas de un aparataje interpretativo occidental. No llegaría ni a rozar las enigmáticas ambigüedades y polisemias de la cultura japonesa. Como ante la puerta baja de una casa de té, debí quitarme los zapatos y agacharme para entrar. Desde esa obligada postura de humildad seguí el hilo de mis emociones, respuesta ineludible ante un libro como Utatane, que precisamente a generar emociones se aboca. Recordé que la misma sensación de total incomprensión, la necesidad de abandonar toda esperanza de una rápida deglución, sumada a la fascinación ante el brillo del objeto estético, ya me había sucedido tiempo atrás cuando intenté leer haikus. Para mi sorpresa, el haiku demostró ser una forma literaria tan afín a la atmósfera de Utatane que abrió camino a la lectura. Publicado en el año 2001, con finísima edición japonesa, Utatane significa siesta. El libro no incluye ningún otro dato exterior a las fotografías que presenta. Como para subrayar su independencia de la escritura ni siquiera están numeradas las páginas. Las 129 fotos que conforman el libro se agrupan en pares, excepto la primera. Esta disposición ofrece a la mirada un juego entre cada imagen a la derecha en relación con la de la izquierda, particular para cada par de fotos. Tres grandes hebras se tejen a lo largo de Utatane. Una de ellos consiste en el planteo de distintos juegos visuales en los que se nos invita a participar. Una segunda hebra despliega una poética de la vida cotidiana. La tercera constituye una narrativa que al tiempo que describe reflexiona y critica la masificación capitalista de la cultura japonesa y rescata de la tradición cierta mirada oblicua, irónica y cuestionadora. Hay algunos temas que se repiten, elaborándose: el juego infantil, los insectos fuera de lugar, la masificación urbana, los escenarios naturales (mar, arena, campo) como espacios lo suficientemente vacíos para hallar la armonía, los objetos del hogar llevados a un plano de proximidad en el que asoma su alma, como la imagen del interior del lavarropas en el que cabe ver virtualmente cualquier cosa, pero en todo caso se presenta como un universo autosuficiente, lleno de contenidos, los de cada lector. El dispositivo de parejas de fotos invita a distintos juegos visuales. En muchos casos la comparación se vehiculiza mediante el contraste formal: colores, brillos, figuras geométricas. En otros casos el contraste es conceptual. Una toma del centro de Tokio en hora pico con una densa mancha de personas cruzando la calle, saliendo del subte, avanzando por las aceras, es contrapuesta a una orilla de aguas cristalinas donde los renacuajos tranquilamente se crían. ¿Cuáles son los bichos? es la pregunta sugerida. Al estilo del zen se formula con claridad porque ya conocemos la respuesta. En la misma línea una cacatúa enjaulada se enfrenta a un caballo de calesita, ambos se ven igualmente artificiales. Los rayos de una tormenta eléctrica caen sobre el techo de una vivienda que no asegura poder soportarlos en contraposición a la solidez de una máquina de coser protagonista, fuerzas de la naturaleza versus tesón de la labor humana. El tramado lúdico va más allá de cada pareja de imágenes. Las repeticiones temáticas o de tomas muy similares plantean sugerencias, complementan o detallan ideas. El paisaje urbano dialoga con el natural mediante una mirada que no es nostálgica y que engloba tanto el cielo y las gaviotas en su coreografía (dos de las tomas más hermosas del libro) como las ruedas de las bicicletas y las llantas, las nervaduras de una mano y las de una construcción, el fuego en una calle y en el medio del campo. La belleza de la cotidianeidad es celebrada desde ángulos excéntricos que exploran por ejemplo el interior de una vivienda donde alguien duerme o escribe, o el interior de una habitación se compara con el interior de una boca. Los paisajes urbanos se mezclan con los naturales. La naturaleza parece sorprendida en mínimas expresiones, un suelo arenoso apenas cubierto por raquíticas plantas. O confundida con la artificiosidad humana, que tiene aspectos lúdicos: entre los altos árboles se erige un globo que a simple viste parece la luna llena. Utatane mira al sesgo los objetos más simples, interrogándolos, planteando un enigma allí donde normalmente ni siquiera nos detendríamos, desrealizando el mero funcionalismo de las cosas, como si uno estuviera entregado a la siesta, al margen de la vida despierta. Es clara en Kawauchi la voluntad de rescatar de entre la férrea y omnipresente occidentalización de la vida japonesa una sensibilidad tradicional. A tales efectos el libro desestima los clichés del japonismo, no se dedica a mostrar kimonos ni flores de cerezo. Cuando enfoca a las carpas lo hace desde un ángulo inédito: el de sus bocas abiertas como fauces, como abismos devoradores o soportes de un grito aterrorizante. Nada más lejano de los amables peces en su indiferente deambular a que el folclore de exportación nos tiene acostumbrados. Haiku Decía al comienzo que el haiku se reveló como el referente literario más pertinente para leer Utatane. El haiku es una forma poética breve, original de Japón, compuesta generalmente por tercetos, que con ejemplar concisión transmite una sensación basada en percepciones frecuentemente visuales. Su intención es transmitir la emoción, a menudo el asombro, del poeta ante la contemplación de un instante en el devenir de los elementos de la naturaleza. En Utatane la subjetividad de la mirada se expande por los objetos que capta en un instante. Incluso si fotografía una puerta, lo hace en cierta conjunción de luz y desde una perspectiva que implica la postura de un cuerpo que un poco más tarde ya no ocupará el mismo lugar. Al igual que en el haiku las imágenes muestran una “adhesión a la belleza del cosmos, ejemplificada (…) por el mundo animal, vegetal, mineral, atmosférico”. A lo que se agrega el paisaje urbano (calles, edificios públicos, subterráneo, ómnibus) incluido el interior de las viviendas en sus aspectos más íntimos. Kawauchi fotografía a partir de una sensibilidad zen que “intenta decir algo que por sus propias características resulta imposible nombrar”. La imagen permite rozar el objeto efímero. Depende del lector que ese roce, a la manera de una revelación o iluminación, resulte fecundo en sentidos. A modo de ejemplo unamos un par de haikus con un par de fotos de Utatane: Peces en el cubo en la tarde en la antesala (lo ignoran) de una cena Aunque Buda dormite, ofrendas de flores, ofrendas de dinero Ashi En Utatane el cuerpo humano aparece de forma muy particular. Casi nunca frontal ni entero, sino en vínculo íntimo con los objetos que sostiene, indica o padece. En una relación de simpatía o consustanciación que llega en algunos casos al antropomorfismo y en otros a una suerte de hibridación que confunde la distinción entre animado e inanimado. Para pensar estas cuestiones recurrí al libro “Karada. El cuerpo en la cultura japonesa” de Michitaro Tada. Y volví a quedar anonadada, “karada” significa tanto cuerpo como sustancia, objeto y realidad… Tampoco el libro de Tada ofrece una visión global del cuerpo humano a la manera de la educación occidental. Dividido en once secciones recorre los distintos fragmentos corporales desde la cabeza a los pies. Y a los pies era donde quería llegar, motivada por tres de las imágenes de Utatane, en las que unos pies femeninos anchos se oponen a un hoyo, a un pozo, y a un terreno arenoso en el que avanzan unas tortuguitas. Una nueva sorpresa me esperaba al encontrar que “ashi” significa indistintamente pies y piernas… Tada, que reúne una profunda erudición respecto de Oriente y Occidente, incluye en sus reflexiones datos de su propia biografía. Entre sus recuerdos de infancia está el de haber sido ridiculizado por un maestro debido a su forma de caminar. Ya grande descubrió que esa forma de andar, adelantando pierna y brazo del mismo lado a la vez, correspondía a la tradición japonesa. Pero esta, como otras tradiciones, estaba siendo violentamente sofocada por la voluntad de occidentalización del Japón. Tada nos recuerda que la forma de caminar caracteriza a cada persona y a cada cultura. En tanto occidentales, la presencia de un pie desnudo puede llamar especialmente nuestra atención porque estamos acostumbrados a considerar los pies como partes despreciables, sucias, de nuestros cuerpos, que es mejor ocultar, cuando no deformar, con los zapatos que la moda dicta. No valoramos como los japoneses el andar descalzo ni la belleza del pie. Los zapatos han sido y todavía son, aunque en menor escala, un artefacto de represión del cuerpo. Tada señala que la colonización occidental, en su dimensión cultural, avanzó mediante la imposición del alfabeto y del calzado. Por otra parte, caminar y escribir iban de la mano para Matsuo Bashô, “de profesión paseante”, en cuyos diarios de viaje se incluyen algunos de los haikus más valorados de la tradición japonesa. Los haikus citados y las citas sobre haikus pertenecen a El libro del haiku, selección, traducción y estudio crítico de Alberto Silva, Editorial Bajo la luna, Buenos Aires, 2015. Las imágenes de Utatane pertenecen al libro y están tomadas del sitio web de Rinko Kawauchi (http://rinkokawauchi.com/en/works/284/) y del recorrido por el libro disponible en YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=QWLMxixpbek). (3/2019)











