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  • Ercole Lissardi - Escribir erótica

    ¿Qué se necesita para escribir erótica? En primer lugar una dosis importante de amor a la verdad. Este es, por cierto, un prerrequisito absoluto para toda forma de arte, desde el Viaje a Citerea de Watteau al Ulises de Joyce y a Persona de Bergman. No lo es menos en lo que concierne a la literatura erótica, desde Trópico de Cáncer de Miller a Mi madre de Bataille y a La solución salina de Marco Vassi. El arte es esencialmente búsqueda de la verdad, o, quizá, para ser más preciso: busca proveernos de algo que estimamos especialmente valioso, de la sensación de poseer una visión más realista de la realidad, una visión que atraviese y haga polvo los discursos al uso. Por supuesto, los caminos del realismo son infinitamente variados, y aquello que puede proveernos de la sensación de acercarnos a la real realidad cambia a la misma velocidad con que cambia el mundo, que es cada vez más acelerada. Pero, con todas las salvedades y objeciones que merezca la cuestión, lo sólido es que sin proveernos de la ilusión de tocar una verdad, de dar al traste aunque más no sea fugazmente con las apariencias y las conveniencias, no hay arte. Hay pasatiempo, hay excitación, hay regodeo esteticista, pero no hay arte. Estos son los términos en que, en primer lugar, evalúo mi propio esfuerzo literario. Henry Miller En segundo lugar se necesita, para escribir erótica, una dosis importante de desprecio por la hipocresía sexual, especialmente cuando adopta la forma de santurronería. Desprecio por los abogados de la normalidad, el decoro y las buenas costumbres, que no hacen sino disimular su deseo secreto: deseo de ocultamiento y clandestinidad, es decir, de culpa y de castigo. La literatura erótica se nutre de las situaciones dementes en que nos embarca, con una cachetada inesperada, esa fuerza oscura, irresistible y absurda a la que llamamos Deseo, que nada quiere saber de los placeres de la estabilidad sentimental ni de los imperativos de la reproducción. En materia de erótica nunca se trató sino de sacar a la luz las insólitas verdades del Deseo, exponer sus mil caras, comprender hasta dónde puede llevarnos si tenemos el coraje de seguir su juego. Si no se está dispuesto a poner al Deseo en la picota para torturarlo hasta obligarlo a decir su verdad, es inútil pretenderse autor de erótica. Páginas desenfrenadas repletas de picardía o impudor las escribe cualquiera. Páginas en las que lleguemos a entrever la verdad que espera emboscada en los recodos de nuestra intimidad sólo las escriben los que son capaces de ignorar las apariencias y las conveniencias y las tonterías acerca del buen gusto y las buenas costumbres. Lo tercero indispensable para escribir erótica es una verdadera incapacidad para incurrir en autocensura. Por supuesto que no alcanza con estos tres requisitos, pero sin ellos nada es posible en erótica. Que me lleve el Diablo si alguna vez censuré mi escritura en alguna medida, por mínima que sea. Nunca en todo lo que llevo escrito, veinticinco novelas, me detuve ni por un solo momento a considerar la inconveniencia de plasmar una idea o una situación, o de utilizar o no una palabra, por censurable que le pareciera a quien fuese. Para mí no existen palabras inaceptables, como no existen mujeres lindas o feas. Todas las palabras son bellas y todas las mujeres son bellas, cada una a su manera. El que rechaza en su escritura una palabra sin conocer su raíz y su historia, nomás porque ha interiorizado la idea según la cual esa palabra es inconveniente, es, desde el punto de vista del arte literario, técnicamente un idiota. El que rechaza a una mujer porque no se ajusta a los códigos de belleza al uso en la imbecilidad de los medios, sin comprender la belleza que espera en la tibieza de su lecho, es un idiota. No conozco palabras más justas, o sea más bellas, que las de Zorba cuando dice que una mujer que duerme sola es una vergüenza para todos los hombres del mundo. En mi opinión, un escritor que duda ante la conveniencia o inconveniencia de utilizar una palabra, o todo un sector del diccionario es una desgracia –por cierto que demasiado frecuente- para la literatura. Finalmente, para escribir erótica es necesario aceptar que hay verdades que son del cuerpo, de la piel, de los tegumentos, las mucosas, los fluidos corporales, las gargantas, las caras interiores de los muslos, la fisonomía genital y el peso de las tetas. Son verdades que se disparan solas, ineludibles, atronadoras, pero que no tienen un lenguaje y que no son traducibles a ninguno de los lenguajes conocidos. Razón por la cual no es extraño que nos permitamos ignorarlas. Son verdades que se concentran de pronto, como si fueran a larvarse, pero que se dispersan apenas se trata de fijarlas. Hay que conformarse con atrapar de ellas algún rasgo fugitivo, algún gesto que se diluye sin llegar a expresar nada en concreto. Más que describirlas hay que cartografiarlas, señalar la particular topografía en la que a veces se animan a pesar, aunque no lleguen a pesar más que un fantasma. No queda sino señalarlas con el dedo y decir: “Vea, vea. Ahí, ahí”, y darse por satisfecho nomás con eso. Marqués de Sade ¿Es aun necesario justificarse por escribir sobre la vida sexual con toda franqueza, por llamar a las cosas por su nombre, por dar cuenta de lo que realmente sucede en la intimidad? Quizá sí para los que tienen al pudor y la discreción por valores absolutos, o para los intensamente aquejados por ciertas convicciones religiosas. Pero por suerte ya no es necesario desde el punto de vista legal, que es, finalmente, el que cuenta, como lo era también cuando las reglas de juego eran otras. Hace ya más de cuarenta años que fue derogada en Occidente la censura para la representación de la actividad sexual. El proceso de derogación comenzó en 1972, con la autorización para la exhibición comercial normal en los Estados Unidos del porno Garganta profunda. Pero no fue la presión causada por los intereses de los productores de pornografía lo que forzó la derogación. Lo que llevó al fin de la censura fueron, en primer lugar, los debates originados en los pleitos judiciales consecuencia de la acusación de pornografía contra obras valiosas –como Lolita, Trópico de Cáncer o El amante de Lady Chatterley-, y, posteriormente, en los años sesenta, el activismo de los movimientos en pro de la Liberación Sexual. Sin embargo, fue la industria de la pornografía la que primero sacó provecho de la nueva permisividad. Su crecimiento, explosivo durante décadas, sólo fue frenado, en estos últimos años, por la multiplicación en Internet de los sitios que ofrecen pornografía amateur en forma gratuita. Durante décadas la industria del entretenimiento –cine, televisión, gran industria editorial- optó por la cautela, ateniéndose a representaciones de la sexualidad cada vez más evidentemente mojigatas y anacrónicas, y sólo muy recientemente decidió que era tiempo de ofrecer-a una sociedad ya profundamente pornografizada- una visión más realista de la sexualidad humana. La serie de TV Girls, o la exitosa trilogía Las cincuenta sombras de Grey ilustran esta nueva actitud. Los artistas –escritores, plásticos, cineastas, etc.- que durante estos años de permisividad intentaron explorar a fondo la nueva situación vieron a menudo su obra recluida en una especie de ghetto cultural. Mi propia obra, cuya publicación comenzó en 1995, fue, en mi país de origen, a menudo denunciada como pornografía por críticos y comentaristas que manejaban la distinción entre arte erótico y pornografía en términos perfectamente anacrónicos, y que para nada habían tomado nota de la situación inédita en que el discurso erótico se encontraba debido a la nueva permisividad. Sólo cuando mis libros, hacia 2008, fueron distribuidos en Buenos Aires comenzaron a encontrar una recepción adecuada. El notorio atraso que se verifica en los estudios de historia y estética de la erótica y de la pornografía resulta comprensible si se considera la represión que durante veinte siglos la Iglesia Católica impuso a cualquier esfuerzo de comprensión de la dimensión erótica de la experiencia humana. Hoy la censura en esa materia ya no existe. Varias generaciones ya se han formado con una visión realista de la sexualidad humana. Eso no significa que la censura no pueda regresar. La historia de ninguna manera es progreso continuo y sin marcha atrás. Tampoco significa que esta nueva permisividad no tenga sus límites: los tiene. Si el Estado se ha retirado de la función censora, ha sido para dejarla en manos de las corporaciones, que la aplican a su manera, discretamente, en nombre del buen gusto, de las buenas costumbres, y de la sensatez tal y como ellas la entienden. Me recuerdo escribiendo Horas-puente. Eso fue hace ya unos seis años. Estaba saliendo de una dura crisis de escritura. Lo peor no eran las acusaciones de pornografía: lo peor era que no había quien dijera algo interesante y útil respecto de mis libros. Fue ahí que comprendí que los buenos escritores necesitan de los críticos inteligentes. Las ideas justas retroalimentan sutilmente la praxis creativa. Especialmente cuando uno está recorriendo senderos nunca antes explorados, o poco menos. Para mí no había retroalimentación, sólo había denuncias de pornografía, que en aquellos tiempos y en aquel lugar, eran como llamar a la policía. Asumí entonces que cuando uno está jugando fuerte, en el límite, uno tiene que ser a la vez el boxeador y el mánager. Si no había un discurso mínimamente serio acerca del lugar de la erótica en la cultura de Occidente, entonces yo tendría que inventarlo. Lo hice. Recién publicado en Argentina por la Editorial Paidós, ese esfuerzo tiene la forma de un extenso ensayo y se llama La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet. Ese esfuerzo de pensamiento me liberó. Relanzó mi escritura. Hoy vivo de los intereses de ese capital. Horas-puente es la segunda novela que escribí después de ese re-nacimiento. La primera fue Los secretos de Romina Lucas, que sumada a la tercera, Ulisa, completan lo que se ha llamado Trilogía de la Infidelidad. Nunca fue mi intención escribir una trilogía. Yo escribo sin saber cómo sigue la historia que estoy escribiendo. Mucho menos soy capaz de planificar una trilogía. A posteriori, considerando el trío, que había escrito en no más de seis meses, comprendí que había un tema en común. En una la infidelidad era considerada en tanto complicidad, en la otra en tanto terapia, y en la tercera en tanto tabú. Por lo demás, de una a la otra, el tratamiento de ese tema es muy diferente: la primera funciona con paso de comedietta detectivesca, la tercera oscila entre el cinismo y el grotesco, y la segunda –Horas-puente- apela al tono menor, sin énfasis, a la observación naturalista de unos personajes completamente ceñidos a sus rutinas de vida, domésticas y laborales, que de pronto se encuentran atrapados, de manera más que inesperada, insólita, en las tiranías del Deseo. Más allá de todo lo que he dicho respecto del contexto en que mi obra se produce debo agregar que, en el momento de la escritura, para nada lo tengo en cuenta. La escritura es para mí un ejercicio caprichoso hasta el autismo. No escribo libros de tesis, ni libros ideológicos, no trato de demostrar nada, ni de atacar o defender esta o aquella manera de pensar o de vivir. Escribo como en trance, tratando de conectarme con lo más profundo, con lo más primordial de la experiencia erótica, mimetizándome con mis personajes hasta padecer con ellos sus temores y sus epifanías. Mi literatura pretende, a partir de la profundización en sicologías y situaciones, hacer visibles las vetas ocultas de la experiencia erótica, su capacidad para hacer de nosotros a la vez ángeles y demonios. Mi tema es el Deseo, la manera en que se instala en nuestras vidas, en que cambia nuestras vidas, o en que nos las arreglamos para evitar que lo haga. Ercole Lissardi, Junio 2013 Publicado a manera de postfacio en la edición en hebreo de Horas-puente.

  • Reseña de "El hombre que pudo haber sido" por Fernando Barrios Boibo para revista Relaciones

    Novela dedicada al padre de la autora, lo que constituye un paratexto del que solo podremos hacer conjeturas a posteriori, con la duda de si ese camino nos conduce hacia algo de interés. Sobre todo porque a medida que la narración avanza, "El hombre que pudo haber sido" puede ser cualquiera de nosotros y todos seguramente. Leit motiv existencial y narrativo que atraviesa la lectura de esta novela que tiene de iniciación tardía para más de un personaje; claramente para laír, antropólogo que hace el viaje de retorno de Israel a Uruguay, reverso vicario de Ia ida de sus padres, y para Miriam que tendrá un nuevo comienzo erótico. Pero también en cierto sentido para Bernardo, judío puesto a testimoniar de su vida vivida y no-vivida a la vez. Porque parece claro que también somos lo que no fuimos pero soñamos ser, lo que deseamos y aquellos objetos causa de nuestro deseo. Y es ahí que Ia frustración y el sentido maniqueo de una evaluación cualquiera se problematizan, se enriquecen, pueden hacernos justicia. Clara, mujer de Bernardo, antianfitriona, "experimento fallido, una criatura que a la ciencia le había salido mal", perpetuamente "incapaz de satisfacer su deseo de crueldad" hará un contrapunto necesario a toda ilusión de comodidad. "Me los imaginé como un aparato formado por dos tubos comunicados entre sí mediante un canal en la base, que cuenta con el líquido exacto para llenar uno solo de los tubos. Por lo tanto a través de un movimiento de báscula se puede llenar uno de ellos a condición de vaciar el otro"-, así ve el narrador protagonista a esta pareja que lo recibe, aunque decirlo así constituye un eufemismo. Con momentos de Pesadilla y Ia sensación de que el proyecto de Bernardo se torna una misión imposible, el lector avanza, no obstante, intuyendo que se trata de eso, de atravesar una experiencia de cruce de vidas de seres que podrían no haberse cruzado nunca pero que una vez que eso ha sucedido ya nada será lo mismo, al menos subjetivamente, que es eI terreno donde mayoritariamente nos ubica Grynbaum; a pesar del trasfondo histórico y político y lingüístico. De hecho será necesario incluir un glosario, al final, de términos en hebreo. La inclusión de términos hebreos no obedece, al menos eso me parece, únicamente a situar la trama en el diálogo entre judíos o a dar cuenta de una cultura sino que aporta una musicalidad particular al habitar de una lengua en otra. Unos otros sonidos nos sustraen momentáneamente del ronroneo domesticado de la lengua materna. Es también una visión mordaz y crítica de una supuesta idiosincrasia nacional que condena a elegir "entre el fracaso y el sacrificio". Del final, esperado e inesperado a Ia vez, solo diré que opera como acto o corte, que nos obliga a hacer nuevamente provisorias las certezas de comprensión y verdad en lo que a la realización de deseos se refiere: casi como decir en lo que a la vida de cada quien se refiere. "El hombre que pudo haber sido", Ed. Santiago Arcos; Bs. As. 2016. pp. 201 (8/2016)

  • Ercole Lissardi - Elogio de la ambigüedad

    Trabajo leído el 8 de setiembre de 2005 en el Cabildo de Montevideo para presentar "Bitácora de una persecución amorosa", de Ana Grynbaum. Quisiera presentar este primer libro de Ana Grynbaum (Bitácora de una persecución amorosa, Lapzus/Artefato, 2005), proponiéndoles un breve y modesto elogio de la ambigüedad. No la ambigüedad en el sentido vulgar de lo confuso, lo oscuro, lo de difícil lectura o interpretación, sino de la ambigüedad entendida correctamente en el sentido de que propone más de una lectura, perfectamente clara cada una, y argumentable cada una en función del texto y del contexto, pluralidad de lecturas a partir de la cual estamos en situación de elegir la nuestra. Frente al texto -en este sentido- "ambiguo" estamos como cuando Hamlet le señala a Polonio una nube, diciéndole: ¿Ves aquella nube que tiene casi la forma de un camello? y Polonio responde: Ciertamente que se parece a un camello, y entonces Hamlet le dice: Pues para mí se parece más a una comadreja, y Polonio concede: Tiene el lomo como de comadreja, y entonces Hamlet dice: ¿O lo tiene como una ballena? a lo que Polonio responde: Es muy parecido al de una ballena. Como ante un cielo con nubes, frente a lo ambiguo -entendido como recurso literario deliberada y cuidadosamente utilizado- estamos frente a una multiplicidad de interpretaciones, ninguna de las cuales es más válida que la otra. *** Teóricos de lo literario, como Gerard Genette o Roman Jakobson, han subrayado que la ambigüedad es una característica intrínseca, inalienable del lenguaje de la poesía. Bastante menos ha sido analizada como recurso narrativo, aunque, como veremos, no faltan los ejemplos. La ambigüedad carga al texto con un juego de tensiones internas. Esas tensiones chocan y finalmente se resuelven -o no- en la mente del lector. Por esa razón -o sea, porque en dosis elevadas puede resultar agobiante- es un recurso que normalmente se emplea en cuentos o en relatos más bien breves. Pero existen asimismo novelas que recurren a la ambigüedad en sus capítulos finales. Es un recurso que da origen a una forma de final abierto frente al cual el lector no tiene más alternativa que optar por una interpretación del texto para poder cerrarlo, completarlo. Por ejemplo, el final perfectamente imprevisible de El inocente, de Graham Greene, obliga al lector a una interpretación del sentido del texto, de la idea de la peripecia humana que lo motiva y sustenta, y sin esa interpretación -del color que sea- el texto permanece enigmático, o directamente, absurdo. Otro ejemplo: al final de El joven Buenhombre Brown, de Nathaniel Hawthorne, el lector se ve enfrentado por el autor mismo, explícitamente, a la alternativa siguiente: lo relatado ¿ha sucedido realmente? ¿o ha sido todo un sueño? El dilema parece perfectamente razonable dadas las características del relato. El detalle está en que las consecuencias a extraer de una u otra alternativa no son en ningún caso tranquilizadoras, sino que son a cuales peor. La novela El hombre que mira de Alberto Moravia también va elaborando cuidadosamente un dilema para el lector, dilema que sólo se despliega con total evidencia en la última página y que para ser resuelto exige que pongamos en juego no sólo nuestra comprensión de la psiquis humana sino también nuestra comprensión de la dimensión política de los conflictos intergeneracionales tan típicos de la segunda mitad del siglo pasado. *** Me atrevo a proponer a Bitácora de una persecución amorosa como texto paradigmático cuando se trate de ejemplificar en nuestras letras actuales el recurso a la ambigüedad. Funciona realmente como un anillo de Moëbius. Nunca sabemos si estamos caminando por el lado de dentro o por el de fuera, por el derecho o por el revés, o sea, nunca sabemos si este es el relato de una paranoia o si se nos está dando cuenta objetivamente de los hechos. Y la línea final La puerta cruje... -estereotipo literario, si los hay- no cumple, como debiera, con el cometido de resolver la duda sino que aplaza esa resolución al infinito, asegurándonos que la duda podría resolverse si el relato se extendiera unas pocas líneas más, cosa que no hace. Quisiera comenzar mostrando cómo en Bitácora... -a pesar de la llaneza y la aparente transparencia de lenguaje que caracteriza al personaje que narra- es precisamente sobre la instancia del lenguaje que se construye ese delicado equilibrio, esa ambigüedad, que caracteriza al conjunto -a la Forma, digamos- del relato. *** Como se sabe, la opción por la narración en primera persona tiene por primera finalidad marcar, hacer visibles los límites de lo que el narrador sabe, conoce y comprende acerca de los hechos a los que se refiere. Vino a sustituir -en tiempos de ateísmo teórico- al narrador demiúrgico y omnisciente. Sea en tanto protagonista o en tanto mero testigo de los hechos el narrador en primera persona -a menos que haga trampa- nos está diciendo que lo que narra -y lo que narrando interpreta- es lo que es capaz de entender acerca de lo sucedido. Estos límites, estas marcas pueden estar más o menos explicitados. El narrador puede directamente declarar los límites de su testimonio, como sucede habitualmente en las novelas de Joseph Conrad. O los límites de ese testimonio pueden estar implícitamente dados por la manera en que el narrador se expresa. Es el caso de la protagonista y narradora de Bitácora...: la manera, el cómo cuenta, la materia misma de su lenguaje nos dice cuáles son los límites de su comprensión respecto de lo que le sucede. En primer lugar, el discurrir de Marina no es nunca reflexivo. La correntada del acontecer la arrastra y nunca tiene el margen suficiente como para distanciarse y encuadrar su peripecia en un marco conceptual -el que sea- que le permita elaborar estrategias un poco más sutiles que las que caracterizan al ratón de laboratorio. No tiene distancia para reflexionar acerca de la conducta de Jorge, su marido (asume sencillamente que no lo entiende); ni tiene distancia para reflexionar acerca de la naturaleza de la relación conyugal que han anudado (sólo puede dar cuenta de las caracteristicas más exteriores de la relación); ni puede reflexionar acerca de su propia irreflexiva y extremosa conducta. En realidad, un sólo tema indica en el relato algún nivel de reflexión: trata de comprender qué significa estar narrando, estar escribiendo lo sucedido, pero esa comprensión deriva de la prolijidad inicial (Este escrito consiste en un esfuerzo por decir cómo se fue tejiendo el universo donde fui a parar dice) a la dificultad para controlar el esfuerzo intelectivo (Mis pensamientos rebotan sin fin en las concavidades vecinas. Si no los bajo al papel voy muerta, dice Marina, sin explicar qué es eso de las concavidades vecinas) y finalmente aterriza en la impotencia del callejón sin salida (Sabiéndome encerrada recularé como una bestia. Escribiendo intento encontrar otra salida, dice ya cerca del final del testimonio). *** Esa incapacidad de Marina para reflexionar su peripecia está prefigurada en la materialidad misma de su lenguaje, hecho de ingenuidades, frases hechas y humor involuntario. Marina cree que no todas las mujeres son capaces de la hazaña (...) de irla llevando en un anonimato de quejas amortiguadas, inconfesables, sostenidas por la conciencia de tener que soportar valientemente el dolor de la existencia cruda y pura. No sabe que eso que llama hazaña no es sino la condición común de la mujer, según el imaginario feminista. Cuando la ingenuidad de Marina toca fondo se parece bastante a la estupidez y roza el humor involuntario: Los heladeros son buena gente asegura su profesión misma los inviste en la generosidad y solidaridad con sus congéneres. En cuanto al componente de frases hechas: los no se puede ganar la lotería sin jamás comprar un número y los nadie es tan reservado como quien no tiene nada para contar son la argamaza misma que puntúa el discurrir, para no referirnos a la marea, menos pomposa y significativa, de calcificaciones elementales de la expresión (la fantasía es florida, las empresas son descabelladas, etc). *** La sensibilidad de la autora para con los pliegues y repliegues del lenguaje le permite comprender que un lenguaje de esta índole, saturado de ingenuidades y frases hechas y siempre al borde del humor involuntario, no excluye la posibilidad de la poesía sino que, por el contrario, le abre puertas inesperadas. Así, por ejemplo, cuando describe las sensaciones del tardío despertar sexual: El mundo crepitaba candoroso derritiéndome. Víboras de nuditos se retorcían sin fondo a lo largo de mi cuerpo, visitando rincones inauditos. Ese día me acompañó hasta la puerta de mi casa y se fue, dejando cuidadosamente mi incredulidad violarse a fuego lento, sabio como resultó ser en el manejo de mí. O cuando opta por una curiosa forma de suicidio consistente en no dejar de mirar el cielo: Si nada distrae a alguien embarcado en la inmensidad azul luminosa, concentrado de lleno en el mirar, la vida -esa cosa ordinaria de sobrevivir- termina sencillamente diluyéndose por redundante. La lucha por la supervivencia pierde frente a quien, superando las barreras del cansancio, se entrega al cielo. Y no hay otra manera de meterse en el cielo que abrirse para que el azul avasallador disponga de uno. Los ojos fijos como poros, agujeros de colador, entrada suprema al infinito. El filo poético es precisamente lo que nos sorprende cuando Marina decide ir a fondo, a su manera, en su relación consigo misma: Empecé a cortar despacio, suave, con leve temblor al comienzo; más afianzada en cada nuevo corte, obtenía mayor precisión en las líneas del dibujo; ninguno se parecía al anterior. Comencé por los tobillos -mis simpáticos tobillos finos- y fui subiendo con los arabescos a lo largo de las piernas. Un último ejemplo, es difícil expresar toda la desolación a la que puede llegar una relación conyugal con -a la vez- la ingenuidad y la precisión de estas lacónicas líneas: Que se trata de su respiración no me cabe la menor duda: es lo único que he escuchado de él en los últimos largos tiempos de convivencia. En el fondo el texto de Grynbaum funciona en la misma vena que el Cándido de Voltaire, una inteligencia refinada se esfuerza por expresar su otredad radical: la mente del ingenuo. Sólo que en los tiempos que corren no hay moraleja que cierre el tour de force y asegure un sentido. *** Pero volvamos a lo que íbamos. Este discurrir carente de reflexión, este lenguaje ingenuo, de frases hechas y humor involuntario de la protagonista que narra está ahí, decíamos, para evidenciar los límites de la comprensión que Marina tiene de la circunstancia que vive. Y a la vez, postulábamos, esos límites son la condición de posibilidad del efecto de ambigüedad, de cinta de Moëbius que caracteriza al conjunto del relato. Los límites son estos: su nivel de comprensión de lo que vive no está por encima de su nivel de uso del lenguaje. No comprende a su marido, como ella misma declara, y como se desprende de la ingenuidad por momentos pueril de su relato, pero responde a sus actos con conductas que implican una interpretación precisa de los actos de él. Aunque los actos y actitudes de él nunca sean en sí clara y deliberadamente malvados o perversos ella responde con conductas primero de defensa y luego de desesperación tales y como si estuviera siendo prisionera de un psicópata asesino. Cuando Marina deja de ser objeto de atención sexual entra en un proceso de abandono y apatía, y padece fantasías -por el momento bastante metafóricas- de autoeliminación. Cuando comprende que Jorge ha cambiado la cerradura de la casa y no le ha dado copia de la llave huye lanzándose desde una ventana. Cuando es sometida a un tratamiento con fármacos y pone rejas en sus ventanas deja de comer, no se comunica en absoluto e intenta ya más concretamente suicidarse asándose al sol. Para conseguir salir de la casa finge una peritonitis. Cuando ve que Jorge tiene una pistola se tajea el cuerpo con una navaja, y así siguiendo en una escalada de final abierto en la novela -la línea final de la novela, como dije no resuelve sino que agudiza el dilema y, también, aparentemente, la escalada de violencia. O sea: el relato de Marina implica que la conducta de Jorge sea maligna, pero es incapaz de mostrar de manera concluyente que lo es. A cierta altura del relato inevitablemente empezamos a preguntarnos cómo debemos evaluar la conducta de Jorge y cuál es la verdadera naturaleza de su relación con Marina. Comenzamos, por consiguiente, a releer y a reinterpretar el relato. ¿Qué ha sido primero? ¿el huevo o la gallina? ¿La conducta malvada de él ha generado una respuesta desesperada en ella?¿O a ella la ordenada felicidad doméstica a que aspira Jorge le dispara una crisis y un delirio persecutorio? ¿Todo el relato es una invención delirante o narra los hechos reales y concretos de una persecución amorosa, o peor, de una perversidad criminal? ¿Es Jorge otra cosa que un tipo sin muchas luces que trata de manejar una situación complicada como mejor puede? ¿O estamos frente al relato canónico de una mujer-víctima, destruida psicológicamente por un marido frío, sádicamente brutal? ¿Estamos caminando por el lado de dentro o por el lado de fuera del anillo de Moëbius? ¿Esta escalera -como en los grabados de Escher- sube o baja? Creyéndose al final mismo de su vida Marina escribe una bitácora de su peripecia. Pero para nosotros, lectores desconcertados, su bitácora es la de un viaje con destino indefinido o sospechoso, quizá la de un viaje a Ninguna Parte. *** Ambigüedad total: sin más datos que provengan de otra fuente, no podemos resolver el dilema. Y ¿entonces? ¿qué hacemos con ese efecto de ambigüedad tan cuidadosamente construido?¿esa superficie tersamente ambigua es un fin en sí, o a qué remite? ¿es ese efecto, la exhibición de una técnica literaria impecable, la finalidad misma del relato? Ciertamente que no. Ya vimos cómo en los ejemplos de Greene, de Hawthorne y de Moravia la finalidad de este recurso a la ambigüedad es poner a trabajar al lector, obligarlo a cerrar por su cuenta el sentido del relato. Así, cuando la objetividad del relato de Marina comienza a volverse sospechosa el lector suspende el juicio que se ha ido formando de los hechos. En su mente se pone a funcionar la dialéctica más íntima del texto, su dispositivo formal más sutil y su finalidad más refinada. En la imposibilidad de fijar la verdad del relato y la naturaleza verdadera de sus personajes nuestra respuesta como lectores es la de oscilar entre dos imaginaciones: por un lado, la imaginación del marido abnegado, ejemplar y edificante que hace cuanto puede frente a la locura galopante de su cónyuge (una especie de Leonard Wolf, digamos), y por otro lado, la imaginación del marido como monstruo gótico, babeando una maldad implacable e inagotable (como el pater familias demente de El resplandor); por un lado la imaginación de Marina como víctima inocente y por otro la imaginación de Marina como delirante que gota a gota ha terminado por perder todo sentido de la realidad. La ambigüedad es, entonces, la escenografía, el lugar para que en tanto lectores despleguemos una imaginación oscilante que en realidad no puede ser sino idéntica a la que padece la protagonista y narradora. En otras palabras: la ambigüedad es el lugar desde el que podemos padecer los hechos desde la identificación total con Marina, desde su misma piel, desde su misma oscilación paranoica y dándoles la misma respuesta que ella les da. No hace mucho en un artículo que publiqué en Relaciones mostraba cómo éste crear un espacio en el cual despleguemos en tanto lectores nuestra imaginación -como medio o artilugio para lograr una identificación más profunda con el personaje- es la estrategia que caracteriza al cuento El infierno tan temido de Juan Carlos Onetti. *** Recapitulando, entonces: -la autora construye su personaje desde el lenguaje, desde la peculiar manera de expresarse su personaje, considerada en tanto denotador de unas posibilidades de comprensión de su circunstancia, -sobre esos límites de comprensión, aplicados a peripecias concretas, la autora elabora la Forma del relato, lo que hemos llamado efecto de ambigüedad o de cinta de Moëbius, -finalmente, sobre ese efecto de ambigüedad, la autora construye la actitud del lector hacia el relato: un imaginar oscilante que a nada remite sino a la actitud básica de la protagonista misma, cimentándose de esta manera un efecto de identificación absoluta entre la narradora y su lector. Con lo cual podemos concluir diciendo que en su primera novela Ana Grynbaum deja en claro por lo menos dos cosas: -que -y esto no puede sorprendernos- está en condiciones explorar los "secretos del alma humana" a partir de la materialidad misma del lenguaje, sin entramparse en estereotipos y suspendiendo el juicio hasta donde sea posible suspenderlo, -pero además, que es capaz de convertir sus intuiciones en imagen, en representación, gracias a un seguro manejo del instrumento lingüístico y de los artificios propios de la expresión literaria.

  • Ercole Lissardi - La novela sexy

    Calidad bajo sospecha, de Ana Grynbaum (Rebeca Linke Editoras, 2008) es un relato detectivesco peculiar: da cuenta de todos los azares, errores e ineptitudes en que puede incurrir un detective improvisado. Es también un peculiar alegato anticonsumista: no denuncia la obsesión por el consumo que la publicidad implanta en el cerebro del ciudadano sino que denuncia la premeditada mala calidad de los bienes que el ciudadano recibe por su dinero. Es también -en un alarde de ingeniería genérica que equilibra tres géneros en un solo texto-, es también y sobre todo, para mi gusto -y a los efectos de esta columna-, un excelente relato erótico. En realidad podría argumentarse que la pata erótica de Calidad bajo sospecha es la dominante, ya que el conjunto de la cosa está narrado por Yenny, titular de las peripecias eróticas, con muy poco interés en afanes detectivescos o en denuncias sociales, asuntos en los que se ve implicada por causa de Max, su pareja -pareja abierta, digamos-, un chico con el IQ recalentado y con complejo de justiciero, y asuntos de los que el relato de Yenny nos ofrece una mirada bastante despreocupada y oblicua hasta que el mejor de sus ligues resulta ser un personero de la conspiración infernal que Max ha estado tratando de desbaratar. Creo que con este recuento queda claro que estamos en el terreno de la comedia alocada y del comic. El texto cumple con total felicidad con esas expectativas. Larga vida a la literatura que, además, sabe ser entretenida. Grynbaum, cuyos retratos femeninos varían notablemente de novela en novela -antes publicó Bitácora de una persecución amorosa (Artefato, 2005, Premio de Narrativa del MEC 2007) y La cuchara universal (Artefato, 2006)- redondea con Yenny un auténtico capolavoro. Sin dones superlativos de observación y de humor sería imposible la apropiación mimética que hace del bichito urbano -muy montevideano- que es Yenny. De la mano de su protagonista y narradora vamos entonces a abundar en la dimensión erótica de Calidad bajo sospecha. Yenny, la Yenny, es la típica minita de barrio. Su hábitat, campo de operaciones y horizonte mental no van más allá no digamos de tal o cual barrio -su barrio- sino más bien del universo mismo de lo barrial. Está en la cómoda y es perfectamente irresponsable. Mantenida por Max, ya no necesita fingir de cara a su familia que estudia -resulta que yo estudiaba ciencias de la comunicación, dice, por estudiar algo-; de hecho ya no tiene por qué soportar más a su insoportable familia. Flota así en la nada, haciendo apenas el pálido esfuerzo que le demanda la obtención de sus minúsculos placeres. Y bien que sabe ella dónde le pica y con qué quiere que la rasquen. Un porro y un polvito le sirven siempre para llenar una -otra- tarde al pedo. Por lo demás, al buenazo de Max -más que ocupado con sus hobbies y manías- poco le importa cómo llena ella sus tardes. El desparpajo con que Yenny da cuenta de sus "historias" es cualquier cosa menos habitual en nuestra literatura -especialmente en nuestra literatura femenina. ¿Constituye el desparpajo un valor literario? El desparpajo es el opuesto directo de la metáfora. Ninguno de los dos es más o menos artificioso que el otro. Cuando Yenny dice: Después de una caminata se duerme mejor. Y mucho mejor después de una ducha completa. Me duché lentamente masturbándome una y otra vez, a lo loco, haciéndome arder, está sembrando duros y puros los signos del desparpajo. Ellos son "ducha completa", "a lo loco" y "haciéndome arder". Lo mismo cuando cuenta: Apenas hubimos terminado el habano me tomó por una pierna, como al asalto y allí mismo sobre la alfombra me violó, con mi más sentido consentimiento. Evidentemente hacía tiempo que no mojaba -como dice él- porque tuve que espolvorear abundante limpiador multiuso sobre la alfombra para sacar el olor de su semen. Aquí los signos del desparpajo son "me tomó por una pierna", "me violó, con mi más sentido consentimiento", "mojaba" y "limpiador multiuso". Como se puede apreciar el desparpajo, en tanto figura literaria, no implica tanto -como podría parecer- una lengua suelta sino más bien un sentido particularmente agudo del detalle significativo. Yenny se enamora, por supuesto, del galán más vistoso -vestía camisa y pantalón sport en tonos melón y melocotón- de la vuelta. Es su mejor ligue, el ligue de su vida. Se enamora "hasta las patas", como diría ella si fuera capaz de darse cuenta de que está efectivamente enamorada. Y se enamora por la mejor de las razones que ella es capaz de concebir: los viajes que Juan -así se llama el galán, con bíblica sencillez- le proporciona le revelan maravillas inesperadas en un hacer que aunque siempre lo encuentra gustoso lo considera ni un punto menos que archisabido. De tal grado resulta el derretimiento -un gran espectáculo de prestidigitación que tenía como escenario principal mi cuerpo- que Yenny experimenta cambios en lo más profundo de su ser. Por ejemplo: decide que ya no quiere probar hombres por pura curiosidad vaginal -como le decimos entre amigas. Comprende que Multicogida y malcogida a un tiempo, una vive hambrienta -en esos términos hablamos entre amigas. Otro ejemplo de la profundidad del cambio: A mi sentimiento embargador lo condimentaba una pizca de vergüenza ajena: el galán apelaba a la cursilería más manida. Descubrí con él que todo ese lenguaje kitsch amorosiento me gustaba mucho más de lo que quisiera admitir. El apogeo de la pasión entre Juan y la Yenny llega con malos presagios: Dado que estaba en mi segundo día menstrual los coágulos de sangre caían como bombas encima de partes de nuestro cuerpo y se extendían por las sábanas antes de ser absorbidos por el colchón y las almohadas. Ni él ni yo utilizaríamos esa cama a la noche, tanto daba la magnitud del enchastre. En determinado momento Juan se empapó el dedo índice para escribir obscenidades amorosas sobre mi vientre. Pude leerlas mirándome en uno de esos ventanales-espejo que pueblan las paredes de los cuartos de hotel. Me vi tan espléndida como nunca antes en mi vida: él me había adornado con signos amoríferos. Mortíferos en realidad -y para él- resultarán en realidad los signos y los presagios. Porque por debajo del desparpajo y del tono alocado, un poco en sordina para no romper el equilibrio entre las tres patas de la novela, la veta erótica de Calidad bajo sospecha se remata en tragedia, tragedia lumpen, con un lazo sublime entre los personajes a priori menos indicados para sostenerlo, lazo sublime elaborado a pura exasperación sexual. Pero tragedia al fin. Una lágrima se escurre por el rabillo del ojo de la novela sexy. Edición original en El diario de un erotómano, blogs de Montevideo Portal. (17/12/2008)

  • Reseña sobre "Un escritor acabado" de Hugo Acevedo para el diario La república

    La quimera de una sociedad sin infelicidades La quimera de una sociedad feliz plena de compulsivas insatisfacciones es la clave “Un escritor acabado”, el libro de narraciones cortas de la autora uruguaya Ana Grynbaum. Todos los relatos se desarrollan en la República de H, un país imaginario atravesado por una turbulenta historia pero con un presente tal vez bastante más venturoso. Con ligeras pero escasamente explícitas referencias a nuestro Uruguay, estas siete historias de ficción evolucionan entre lo insólito, el humor de sesgo irónico, la fantasía y el más radical de los desencantos. Esa sensación de crónica vacuidad es la que experimenta el protagonista precisamente de “Un escritor acabado” – la narración que inaugura el libro- quien padece una intensa sequedad creativa por la ausencia de desdichas y malas noticias. Esta impronta de desasosiego está presente también en “Anónimos”, donde una ignota joven discurre a través de un tortuoso itinerario existencial cotidiano y en “Desaparecido”, que es la surrealista historia de un pintor que literalmente se esfuma. La autora construye un universo literario deliberadamente irreverente, que alude al contradictorio tránsito entre un pasado aciago tatuado por la prepotencia autoritaria y un presente incompleto. (https://www.republica.com.uy/la-quimera-de-una-sociedad-sin-infelicidades) (9/11/2013)

  • Ana Grynbaum - ¡Adiós, bichicome!

    Descubrir cómo van perdiendo vigencia ciertas palabras de nuestro vocabulario es una experiencia que se vuelve habitual con el paso de los años. Este descubrimiento no suele causarme mayor efecto, advertida de que las lenguas vivas cambian a un ritmo mucho más veloz que sus hablantes. Sin embargo, cuando días atrás caí en la cuenta de que la palabra bichicome está en vías de extinción sentí que mi representación del mundo sufría una perforación, diminuta pero cuestionadora. Para los extranjeros y para los jóvenes aclaro, tomando la definición del Diccionario de Americanismos en su tomo sobre Uruguayismos, que “bichicome”, término coloquial y despectivo, significa “persona de aspecto sucio y descuidado que vive de la mendicidad y busca en los desperdicios”. Sinónimos del mismo son: “juntapuchos” (también caído en desuso), “linyera” y “requechero”. El término “bichicome” es una adaptación de “beach comber” -literalmente rastrillador de playas- al español uruguayo (sólo en esta variedad del español existe, aunque también hay una derivación al griego y otra al ruso, cf. Wikipedia “beachcombing”). La acepción “el que come bichos” se desprende naturalmente de la palabra bichi-come y enriquece la dimensión nauseabunda y folclórica del concepto. Pues bien, como decía, la decadencia del vocablo “bichicome” perforó en un punto mi universo simbólico. Y a través de esa perforación asomaron algunos recuerdos cuya falta de nitidez me hizo buscar el auxilio de la reflexión. El primer bichicome de que tuve noticia en mi niñez era llamado por mi padre “Amigo mío”. Probablemente el apodo haya surgido de un empleo recurrente de dicha expresión por parte de aquel hombre cuyo nombre ignoro. No puedo determinar si lo llegué a conocer personalmente o sólo por referencias, pero recuerdo a mi viejo hablar de él como de un amigo entrañable. Incluso guardaba un recorte de diario en el que aparecía su foto, desconozco el motivo del presumible reportaje. Es posible que ese recorte aparezca algún día, dada la costumbre de mi familia de origen de guardar todo tipo de cosas con independencia de su utilidad, especialmente papeles. Rasgo este, el de juntar porquerías, afín a la actividad de los bichicomes. Amigo mío y mi padre se conocieron porque mi viejo le compraba papel de diarios y revistas para embalar la mercadería frágil en su local comercial. Seguramente en ocasión de cada intercambio se demorarían conversando. Charlar era una de las actividades favoritas de mi progenitor y gustaba practicarla con todo tipo de interlocutores. Recuerdo también que había en mi casa algunos objetos, pequeños, inútiles y sin valor, que provenían de Amigo mío. Ahora me vienen a la memoria unos broches para el pelo con pelotitas y unas cabezas de Abbott y Costello para colocar en el extremo de los lápices. Estas últimas llegaron hasta las manos de mi hijo. Amigo mío debió haber muerto siendo yo pequeña. Su figura pervivió como uno de los actores que formaban el elenco estable de las profusas charlas a que mi padre solía entregarse, charlas para las cuales de niña yo era público cautivo –y en la adolescencia, víctima. Aunque tratándose de un bichicome Amigo mío no superaba la categoría de personaje menor, en el discurrir de mi padre aparecía envuelto en una especie de halo mítico. De alguna manera él lo admiraba… *** Interrogándome acerca de aquella suerte de admiración de mi padre por Amigo mío se impuso revisar brevemente las peculiaridades de la figura del bichicome tal como existía varias décadas atrás, pues si el término perdió vigencia es porque el objeto a que refería también cayó en desgracia. En primer lugar el bichicome era un ser raro en cuanto a características y número. En su recorrido habitual por la ciudad un montevideano podía llegar a encontrarse a lo sumo con dos o tres bichicomes, siempre los mismos. Por lo general eran varones, ancianos o de aspecto envejecido y melancólico, hirsutos (las rastas y las barbas desordenadas no estaban a la moda), mugrientos, de vestimenta andrajosa (en una época en que los jean gastados y rajados de fábrica no eran trendy) y muy a menudo alcoholizados. Con frecuencia hablaban solos y a los gritos y solían vagar como los locos, sin alejarse de su territorio. Por lo común solitarios, pero muchas veces acompañados por algún perro; como el perrito Diógenes que acompaña al linyera en la tira cómica de Tabaré. Los bichicomes solían dormir en la calle y otros espacios públicos y vivían de lo que encontraban –para comer y para vender- en los tachos de la basura. La práctica de hurgar en la basura por entonces no era común entre los montevideanos. Hoy en día la cantidad de hurgadores es tan grande que a toda hora se los encuentra si no al lado en el interior mismo de las volquetas donde los vecinos depositamos nuestras bolsas de residuos. Durante las últimas décadas en nuestra sociedad la indigencia ha sufrido una suerte de “democratización”, un número creciente de personas accede fácilmente a ella. Aquel paria con su corte de piojos y pulgas que el bichicome encarnaba ya no es el modelo de los recolectores informales de basura. En líneas generales los hurgadores de hoy no se distinguen por su aspecto de los clasemedieros. Buena parte de ellos se presentan tan bien vestidos y aseados como los hijos de la clase media. Fenómeno que alcanza ribetes no sólo heroicos sino también milagrosos, dada la situación de calle en la que muchos se encuentran. Por otra parte hoy hallamos entre los indigentes tanto a hombres como a mujeres, y de todas las edades. La mayoría conforma un grupo familiar, igual que los demás ciudadanos. El “marginal” ya no es un marginal a la manera de antes. En cuanto a locación no se restringen a los confines de la ciudad y por su número conforman un grupo social importante. Desproporcionadamente importante en relación con su no lugar respecto de las condiciones materiales de existencia que consideramos satisfactorias. Es tan habitual ver “gente como uno” revolviendo deshechos y durmiendo en la calle, por todas partes y a toda hora, que esa sub-vida que en otra época podía escandalizar se volvió “normal” para los montevideanos. Barrio Buceo, Montevideo, abril de 2018 Vuelvo al recuerdo de mi padre evocando a su bichicome de cabecera. Pero para que me “ilumine” todavía falta recordar las maneras en que la palabrita bichicome jugaba sus partidos. Lo que no aparece en el Diccionario de Americanismos es el sentido figurado que la expresión cobró en el habla popular. Así “ser un bichicome”, “roñoso”, “amarrete” (¿”Roñoso” y “amarrete” seguirán vigentes…?) significaba ser tacaño. “Vestirse como un bichicome” quería decir andar mal vestido, con ropa impresentable de tan deteriorada y dándole la espalda a los preceptos de la moda. Ahora bien, la acusación de comportarse como un bichicome o parecerlo se daba entre personas que no debían actuar de tal manera. Como es natural los hijos de la clase media se someten a los estándares estéticos de su época –incluidas las ideas de prolijidad y limpieza. Sin embargo hay ciudadanos que necesitan desafiar de alguna forma esos límites si los sienten restrictivos. Cuando mi viejo usaba ropa de entre casa no parecía menos andrajoso que “el bichicome de la esquina”. Él disponía de varios placares repletos de prendas de vestir en mejor estado. Con frecuencia mi madre lo increpaba acusándolo de bichicome. Por su parte él argumentaba con orgullo que aquella era su ropa de “hombre libre”. Puesto que siempre vestía los mismos trapos, con ironía adolescente yo corregía a mi padre: aquel era su “uniforme de hombre libre”. Así como el hombre feliz no tenía camisa, el hombre libre jamás habría de vestir uniforme. Él mismo me había enseñado a despreciar desde el uniforme de gala del jefe del ejército hasta el atuendo de trabajo del último portero. De todos modos, uniforme o no, aquellos harapos a mi padre le proporcionaban un bienestar al que se sentía con derecho. Ahora que mi padre ya no vive y el bichicome se está evaporando empiezo a comprender el valor que tenía para mi viejo aquel gesto de vestirse como un bichicome. Él se identificaba con aquella figura mítica del clochard, que el cine francés en su período de esplendor supo ensalzar –incluso Jean Gabin interpretó el papel. El bichicome como una especie de héroe de la libertad individual, el hombre que con su desprecio desafía al orden social. A mi padre el disfraz de bichicome le permitía relajarse, alivianarse de todo lo que la sociedad esperaba de él, dentro del espacio permisivo de la intimidad del hogar. La figura del bichicome vestía las sábanas –rotas y sucias, claro está- de cierto fantasma de la libertad. La fantasía del hombre desasido de las cadenas del mundo del trabajo, del peso de los deberes familiares, de la incomodidad de cumplir las reglas del decoro. Una ilusión, sí, pero mediante la cual algunas personas, como mi padre, podían ver cumplido un ideal. A diferencia de los viejos bichicomes los hurgadores actuales inocultablemente forman parte de la cadena de producción capitalista y no habitan los poéticos márgenes de “la sociedad opresora”. El hurgador no pasea por la ciudad a su vuelo; prosaicamente trabaja -como cualquier asalariado, pero sin sueldo-. El bichicome encarnaba la contracara de los valores clasemedieros. Sólo como resultado de un duro golpe de la suerte y un fuerte soplo de la locura el empleado público o el pequeño comerciante podían llegar a convertirse realmente en un bichicome. Ahora la brecha entre el hurgador y “nosotros” es mucho menor. La situación de vulnerabilidad de los sobrevivientes de la clase media montevideana es tal que apenas un pequeño tropiezo puede convertir la pesadilla en realidad. Esa pérdida de distancia entre la figura del linyera y la del clasemediero se constata en la semejanza de su presentación. Para el clasemediero de antes el bichicome representaba una realidad lejana, para el de hoy el indigente encarna de forma angustiante al “próximo prójimo” –para emplear una expresión de Benedetti. La amenaza acecha en torno a cada volqueta. *** *** *** Otro artículo sobre las angustias de la clase media en nuestro blog: https://www.lissardigrynbaum.org/post/ana-grynbaum-la-clase-media-se-divierte

  • Cineclub La cuarentena - Fireball, de Herzog y Oppenheimer

    Fireball. Visitors from Darker Worlds, (Bola de fuego. Visitantes de mundos más oscuros) 2020. Documental escrito por Werner Herzog y co-dirigido junto con Clive Oppenheimer, sobre los meteoritos -y muchas cosas más.- Nuestra conversación sobre Fireball: https://anchor.fm/lissardi-grynbaum/episodes/Fireball--Visitors-from-Darker-Worlds--Bola-de-fuego--Visitantes-de-mundos-ms-oscuros-e13ttdo El libro de Lissardi mencionado: Trailer:

  • Ercole Lissardi - El horror esencial

    A menudo se me ha preguntado por qué sólo escribo erótica. La pregunta es pertinente, ya que llevo más de treinta libros publicados y todos giran en torno al mismo universo temático. He respondido con la razón del artillero: Chandler escribió policiales, Conrad historias de mar, yo escribo erótica, o sea: el mundo es variado y cada uno hace lo suyo. Es una manera de eludir la respuesta. También he respondido aludiendo a la preeminencia de lo sexual en la explicación de las conductas humanas, particularmente desde Freud en adelante. Es otra manera de eludir, con generalidades, la dimensión personal que debiera incluir una respuesta. La realidad es que nunca me planteé seriamente la pregunta. Probablemente porque siempre me resultaron indiferentes las razones que pudiera tener para escribir erótica. Mientras la máquina funcionara perfectamente sin respuestas, me parecía inútil buscarlas. Dada la indiferencia que el asunto me producía a nivel consciente la respuesta terminó por hallar su camino emergiendo por entre las brumas del subconsciente. Hace unos días me despertó un sueño atroz. No voy a ir al detalle, baste con decir que se asesinaba niños enterrándolos vivos. Siempre me afectó, naturalmente, la violencia hacia los niños, pero desde que soy padre el efecto que me causa es insoportable. El tipo de violencia extrema que había en mi sueño me despertó verdaderamente conmocionado. Y en medio de esta conmoción, antes de que mi mente pudiera hilar un solo pensamiento, desde algún rincón de mi ser que permanecía perfectamente lúcido, sin que mediara pregunta alguna, respondiendo a la pregunta que no me había formulado, me dije: “Contra esto es que escribo erótica”. Me llevó un par de tazas de café estar en condiciones de analizar semejante proclama. Muy lentamente se me hizo evidente su significado: escribo erótica para alejar de mí el horror. ¿Qué horror? El horror esencial, me respondí, y de inmediato comprendí qué es el horror esencial. Es, en primer lugar, el que proviene de la mera conciencia de existir y de la precariedad inherente a la existencia. Y en segundo lugar, el que proviene de la conciencia de la infinita maldad de que son capaces los seres humanos. El horror esencial es un veneno que, apoderándose de la conciencia, nos sume en un pánico incesante, en la inmovilidad total y en la aniquilación espiritual. La única salvación está en la vacuna temprana y en el acorazamiento. Las creencias religiosas, los deberes y las rutinas, la ignorancia selectiva o ideológica, la creación artística, etc., están ahí para evitar que nuestra mirada quede atrapada en el abismo. La pasión erótica, con su trenza de deseo, goce y placer dirimiendo preeminencias, levanta murallas más allá de las cuales quedan los monstruos del mal y de la nada. Mis novelas, cuarenta como son a la fecha, contando las inéditas, han ido urdiendo un mundo denso e intenso, un paraíso sensual en el que para todos hay lugar excepto para los violentos y para los desesperados. En el mundo de la pasión erótica la violencia es un juguete y la nada no es más que el momento supremo de la voluptuosidad. Sólo en tres de mis novelas, todos de la primera etapa de mi producción, enfrento cara a cara aspectos del horror esencial. Aurora lunar es acerca de asumir la propia finitud, pero mi protagonista la asume no como un final sino como un desafío. Interludio, interlunio es acerca de dañar al prójimo, pero la maldad aún no ha triunfado aquí sobre la espiritualidad con la que paradojalmente cohabita en el alma humana. Finalmente, Evangelio para el fin de los tiempos es acerca de la destrucción del planeta, pero una esperanza delirante se eleva –literalmente- en el último momento. En todo caso, en las tres novelas es la intensidad del deseo que habita en mis personajes lo que genera el coraje con el que se enfrenta al horror esencial. El horror esencial es una experiencia ineludible. Pero cada uno de nosotros cuenta con recursos propios con los que enfrentar o eludir la fascinación del abismo. Ser humano es dar esa batalla y vencer. La cultura humana es el catálogo de formas en que los seres humanos son y han sido capaces de rechazar el horror al mal y al vacío. Por eso es que cada cultura, por humilde que nos pueda parecer, antes de ser evaluada en sus posibilidades y sus limitaciones, merece el reconocimiento por haber sabido cobijar a los frágiles humanos de la más terrible de las amenazas, aquella de no encontrar razón para existir o de no soportar mirarse en el espejo.

  • Ana Grynbaum - “Mother’s Little Helper”, de los Rolling Stones, cincuenta años después

    Hace unos días mi hijo, adolescente, fan de la música “vieja”, me trajo a la memoria la canción “Mother’s Little Helper” de los Rolling Stones (Aftermath, 1966). Y volvió mi antigua fascinación por esa canción política, de tonada psicodélica y pegadiza, que dispara provocativamente una crítica, a priori, simpática. La protagonista es una madre de familia que padece su condición de ama de casa y se refugia en los psicofármacos que el médico, aquiescente, le receta. Pero los ingiere en dosis superiores a las prescriptas y termina muriendo a causa de una sobredosis. El video clip oficial que incluye la letra resalta el trabajo sobre ciertos estereotipos, que se pueden sintetizar como la mentalidad de una madre en crisis, en una época en que los roles de género empiezan a ser fuertemente cuestionados. También puede verse como el perfil de una drogadicta, que apela a los lugares comunes del horror de la vida cotidiana, para auto-justificarse y encuentra en las drogas prescriptas la vía regia para su entrega al exceso. Abocarme al análisis de la letra de “Mother’s Little Helper” me condujo a una trama mucho más compleja de lo que la historia, en principio, sugiere. Mi primera intención fue aislar los estereotipos presentes y comentarlos. Pero a medida que mi escritura fue brotando, se impuso la necesidad de analizar los estereotipos implicados en la crítica de la vida cotidiana que presenta la canción. De hecho, para interpretarla, es necesario identificar los elementos ideológicos a los que se opone y, a partir de ahí, a cuáles obedece. Poco se puede entender sin apelar a las discusiones que tenían lugar en los años sesenta acerca del uso de drogas, la oposición entre estilos de vida jóvenes y viejos, y los roles de género. Fue necesario también someterme al análisis de mis propios estereotipos, especialmente los correspondientes a la actualidad, desde donde leo esta obra, cincuenta y cuatro años después de lanzada al mercado. El trabajo con estereotipos se reveló como un arma de múltiple filo. A continuación voy a señalar algunos. Madre no hay una sola La mujer, arquetípica, que protagoniza el relato de “Mother’s Little Helper” es una madre, una como tantas. La intención satírica hacia el consumo irresponsable de drogas legales es evidente. Dadas las diversas justificaciones que da a su conducta, la señora no parece consciente del peligro que corre. Si el médico prescribe, es legal. Incluso si ella maneja caprichosamente las dosis. ¿No se daba cuenta o su conducta era suicida? Por otra parte, la canción responde a la crítica dirigida hacia los jóvenes consumidores de drogas ilegales por parte de sus mayores. Se suponía que las drogas psicodélicas abrían las puertas a otra realidad; menos convencional, más libre, conforme al deseo –entendido este en un sentido ingenuo y hedonista: lo que quiero, es bueno. Por oposición, los tranquilizantes estarían al servicio de la adaptación del sujeto al orden social, volviendo a las personas sumisas. En el contexto de la confrontación generacional la defensa del consumo de drogas psicodélicas por parte de los jóvenes es el mensaje encriptado, inmediatamente evidente en su contexto original. Utilidad de los anacronismos Puesto que los estereotipos que el arte aborda pertenecen al imaginario de cada época, envejecen con el tiempo. Pero el análisis de viejos clichés no pierde vigencia, pues refleja los cambios en nuestra vida cotidiana que, a simple vista, por su gradualidad, no percibimos. En primer lugar, hoy en día, con la aceptación generalizada y acrítica del accionar médico-farmacológico, un panfleto que denuncia sus abusos, como “Mother’s Little Helper”, no logra un alcance masivo. ¿Quién se atrevería? ¡Mirá si nos niegan la vacuna contra el coronavirus! En segundo lugar, hoy levantaría oleadas de reprobación el hecho de que la caricatura se dirija a una mami, excluyendo a un papi. Reprobación razonable; así como mami se traga la pastilla, también papi se da la papa. Pero lo más anacrónico de la letra de la canción es la división entre jóvenes y viejos, vehiculizada por las quejas de mami respecto de la juventud y los cambios (“Kids/Things are different today”). Hoy somos todos jóvenes mientras pueda no mostrarse lo contrario. El propio Jagger, ya septuagenario, desmiente con el ejemplo de su vida, que envejecer sea necesariamente una mierda, como la canción repite (“What a drag it is getting old”). Tanto da, en el presente, el tipo de droga que consumamos; las utopías pertenecen a una época perimida. Independientemente de nuestra edad, consumimos la música disponible en internet –ese es el límite; incluso, y especialmente, si creemos que lo que está ahí es el total de lo existente. Usamos todos el mismo tipo de ropa, la que encontramos a la venta. Tanto da si el dedo que ordena la comida para el delivery pertenece a mami, papi o nene. El sujeto del discurso masivo en el capitalismo de la liquidez, es un plural de individuos intercambiables y mutantes, flexibles para la mayor conectividad. La sombra de una duda El análisis más elemental de la narrativa de “Mother’s Little Helper” (la protagonista va aumentando las dosis hasta morir) sugiere que la muerte es el castigo que ella recibe por su mala conducta. Ahora bien, si empastillarse la saca a mami del dolor, es porque le produce placer. Un placer tan auténtico como el que encontrarían sus hijos adolescentes en el consumo de drogas psicodélicas. Puesto que el placer, en sí mismo, es amoral. Y si existen personas que se entregan, gustosas, al juego erótico de la esclavitud en la domesticidad, es por el goce que ello les reporta. Incuestionable como tal, mientras tenga lugar entre adultos que consienten. Por otra parte, el punto de vista según el cual la vida cotidiana de una madre de familia dedicada a las labores del hogar sea un desierto de aburrimiento resulta, por lo menos, cuestionable. La canción da por sentado que mami querría otra vida, aunque no se menciona cuál, ni si ella lo sabe. Se supone que a ninguna mujer puede gustarle permanecer en el hogar atendiendo a marido e hijos. Se afirma que la búsqueda de la felicidad en la vida doméstica es un embole (“The pursuit of happiness is just a bore”). Habría que encuestar a las mujeres que todavía pueden dedicarse al hogar sin verse compelidas a la lucha por la supervivencia y a la loca carrera por ese fantasma llamado triunfo personal -e incluso a estas últimas- para conocer su opinión de la domesticidad. En todo caso, el “coming out” de las mujeres en la sociedad, como ha tenido lugar en el último medio siglo, debe analizarse como un mandato del mercado, tanto o más que el fruto de alguna ideología liberadora. Vale la pena recordarlo especialmente en nuestro presente saturado de dictámenes sobre la corrección. Coda Es lógico sospechar que el principal motivo por el cual Mother’s Little Helper no se encuentra entre las canciones más escuchadas hoy, es su denuncia contra la mega-industria médico-farmacológica, o biopoder, en cuyas manos estamos -en gran medida. *** *** *** Otras artículos sobre la idea de envejecer propia del siglo XX: https://www.lissardigrynbaum.org/post/ana-grynbaum-el-fantasma-de-la-vejez-en-la-literatura- uruguaya-del-siglo-xx-1-la-mujer-desnuda https://www.lissardigrynbaum.org/post/ana-grynbaum-el-fantasma-de-la-vejez-en-la-literatura-uruguaya-del-siglo-xx-2-bienvenido-bob

  • Ana Grynbaum – Ante el coronavirus: mascotas de peluche

    A poco de llegado el coronavirus a Uruguay, en marzo del 2020, escribí el artículo que aquí reproduzco, comentando una noticia de la Agencia Efe. La misma daba cuenta de un hecho llamativo dentro del concierto de noticias sobre el coronavirus que nos invade como un virus en sí mismo. En la ciudad española de Palencia la policía sorprendió a un hombre paseando un perro de peluche, y lo llamó al orden por infringir la orden de confinamiento, que, aunque no lo especifica, permite pasear solo a perros de carne y hueso. (A saber si los peluches no resultan menos nocivos…, nada está del todo claro respecto del Covid 19.) El encuentro entre el hombre del perrito de peluche y la policía fue filmado, publicado y viralizado (contando con un importante poder de contagio). En torno al videíto proliferaron las risas y también los reproches. ¿Se trata de un vivo o de un loco? En todo caso, en época de peste, ningún sano o insano de juicio tiene derecho a violar la cuarentena. De acuerdo. Sin embargo, algunos de los comentarios en la cola del video rezuman un mal humor específicamente dirigido al acto cómico en su calidad de tal. El propio hecho de reírse del suceso parece constituir una violación a la seriedad mortal que envuelve al flagelo. La risa es subversiva, transgrede el tabú que constriñe al miedo. La risa suspende, durante el instante de su producción, el miedo; rellena el vacío infernal de la angustia con cierto contenido jocoso. La risa funciona como acto, está preñada de consecuencias, agujerea el pesado telón del horror transportándonos a otro lado. Dado que este trascender la opresiva realidad tiene una duración limitada su repetición es aconsejada. El hombre del perrito de peluche, en broma o en serio, realizó su proeza. No solo salió a la calle, sino que provocó la risa de miles de espectadores a través de internet –es decir, ese escenario que hoy como nunca es el mundo-. El acto cómico, poderoso acto sagrado, se viralizó, actuando cual antivirus, si no del Covid 19, al menos de la angustia insalubre que su amenaza produce. En la Era del Coronavirus las redes sociales brindan la advertencia profiláctica al tiempo que propagan el miedo –en buena medida inevitable, es cierto-, pero también se abocan al humor. Hacer humor a partir del terror conduce sin atajos al humor negro. Esta variedad del humor, a menudo cuestionada desde la perspectiva del gusto, resulta vital –subráyese el adjetivo, en época de muertes-. Hay temas que no admiten un trato delicado. Lo que importa respecto del humor es su eficacia, que provoque esa relajación placentera, del orden del orgasmo, con valiosas consecuencias anti-estrés y por ello inmuno-enriquecedoras, que tanto estamos necesitando. Voluntad de humor versus humor involuntario Paralizada en mi inspiración literaria por la llegada del Corona a mi terruño, pasé los primeros días de libremente elegida cuarentena preventiva absorbiendo y procesando información sobre el Covid y aplicándola en reglas de conducta y limpieza de mi casa. Las Noticias me causan –desde siempre- un rechazo visceral, las tareas domésticas otro tanto. El tiempo que vengo invirtiendo en la ingurgitación informativa combinada con la ejecución de medidas higiénicas amenaza con hacer peligrar la salud de mi juicio. A pesar de ello, la profilaxis viene funcionando. Si dependiera exclusivamente de la observación de las normas de prevención por parte de mi grupo de resistencia –aparte de mí, mi marido y mi hijo- y no tuviera sorpresivamente lugar algo así como el descenso de un helicóptero con infectados prófugos en el techo de casa, podríamos salvarnos. ¿Estoy exagerando? No lo sé. Están pasando demasiadas cosas raras… Y no escuché ni a Chomsky ni a Zizek salir a explicarlas. El humor propositivo –llamémosle, por oposición al involuntario- tiene todas las de perder ante el humor macabro de la fuerza de los acontecimientos. Tómese por ejemplo el pequeño país en el sur de las Américas donde cumplo mi cuarentena. La prensa internacional se hizo eco de la espectacular entrada y esparcimiento del Corona en Uruguay –¡y después dicen que en este país nunca pasa nada!-. Me refiero a la diseñadora de modas, que a poco de regresar de los países más afectados de Europa, aun padeciendo síntomas, va a un casamiento de 500 invitados. O al rugbier argentino que, proveniente de Europa y habiendo presentado síntomas, se hace un test de diagnóstico en Punta del Este, pero en vez de esperar el resultado en su apartamento viaja en ómnibus a Montevideo, después a Colonia y luego sube a un barco con más de cuatrocientos pasajeros para regresar a Buenos Aires... En un país anclado en los tres millones de habitantes, con población añosa y de tendencia suicida, ¿no se escucha acaso la risa maldita de la Parca montada sobre la criminal estupidez de los imprudentes? Tú eres tu arma mortal, y la de los otros... En lo que a mí concierne, solo salgo a la calle a comprar víveres, a primera hora de la mañana. Mantengo una distancia ejemplar con los escasos humanos que me cruzo. No llego a sospechar nada de ninguno porque me concentro por completo en mi tarea a fin de realizarla con el mayor éxito al menor riesgo, lo que incluye reducir la exposición al mínimo. Nunca en mi vida me había expresado con una economía de palabras comparable. Charlar hace perder tiempo, y en el momento en que se sale al mundo empieza a correr una especie de cuenta regresiva, como la del astronauta que lleva en la espalda una cantidad limitada de oxígeno. No me detengo a discutir asunto alguno, ni siquiera presento quejas; estoy irreconocible. Es que no dejo de pensar ni por un momento que cualquier exceso en los intercambios puede llegar a resultar nefasto… De regreso pongo los zapatos y la compra al lado de la puerta de calle, rocío todo con antiviral, incluyendo las llaves, el picaporte, el dinero y la tarjeta de débito. Avanzo hacia el baño, durita y derecha, sin tocar nada ni a nadie, respirando lo menos posible –por las dudas-. Todavía no me ducho con desinfectante, pero me saco toda la ropa y la coloco en el lavarropa, que inmediatamente pongo a funcionar, y paso toallitas desinfectantes por el pasamanos de la mampara de la ducha, el botón de la cisterna del wáter, el pomo de la puerta del baño, el interruptor de la luz y cualquier otro elemento que se me cruce. El último operativo compras me tomó casi dos horas, sin contar las otras dos horas que me llevó lavar con hipoclorito cada pieza de fruta y verdura, incluyendo papas, cebollas, bananas y tantas otras que de ordinario simplemente se pelan antes de usar. Cuando finalmente llego a la computadora, es decir a mi ámbito natural, tengo la conciencia satisfecha de un Jason Bourne al final de cada episodio, incluso si –como le pasa a él- el peligro continúa y puede caer sobre uno en cualquier momento y hasta en el pliegue más íntimo del hogar –pese a todas las precauciones-. Cuando llego a mi lugar –si es que llego- a menudo estoy tan contracturada que no soporto permanecer sentada. ¡Tanta tensión y nadie que me dé un masaje! Tras una semana de confinamiento, aun si voluntario y preventivo, mantener la cabeza sobre los hombros ya constituye un desafío. Oscilo permanentemente entre el heroísmo y el pánico, anverso y reverso de esta pesadilla de alcance mundial -sin posibilidades de despertar-. Más allá del esfuerzo por cumplir con el rol de enlace que me he adjudicado, mi conciencia no ignora ni un minuto que la exposición al mundo me convierte en una bomba humana a punto de explotar –lamentablemente, mi mal humor lo expresa-. Y ni que hablar del mal humor en que me sume la realización de las tareas domésticas, a las que me resisto en una especie de lucha de género, pero que en el fondo me desespera por el hecho de que, ante la ubicuidad del Corona, la higiene no parece nunca suficiente, ni el esfuerzo. El tiempo de escribir se convierte en terreno ganado a un mar enloquecido, un lujo imprescindible –valga la contradicción-. Sin embargo, lo que más me está costando no es tanto soportar la angustia y su prima paranoica, ni la suspensión por tiempo indeterminado de todas mis actividades mundanas, sino la falta de contacto físico. Creo que cuando se acabe este virus voy a salir a prodigar abrazos –quedan avisados, cada uno ve si se pone en el camino o se esconde-. Me conmuevo con lo poco que tengo a la vista desde la ventana, hasta con la gata de mi vecina, paladín de la indiferencia. Cuando la observo paseando por la azotea de su casa me vienen unas ganas locas de apretujarla y la extraño como si alguna vez se hubiera dejado tomar en brazos. Inspirada por el hermano palenciano –el hombre del perrito- agarré uno de los pocos peluches que sobrevivieron al crecimiento de mi hijo, un cocodrilo azul y naranja de unos ochenta centímetros de largo, y lo puse sobre mi mesa de trabajo. Lo miro, se podría decir que me inspira, pero evito tocarlo; luego habría que desinfectarlo y quedaría descolorido. Continuaría...

  • Ercole Lissardi - Inminencia del beso

    La condición para la inminencia del beso es la cercanía de los rostros. La cercanía de los rostros es la consecuencia de un movimiento de acercamiento. El movimiento de acercamiento puede ser la consecuencia de un pedido o una orden (en ambos casos “Acercate”, y la diferencia, de haberla, estaría en el tono de voz o en el gesto que acompañara a la palabra), o la consecuencia de ceder a un impulso (el de acercarse), ceda a ese impulso uno o cedan ambos. A partir de determinada distancia (muy variable según las circunstancias, pero de seguro a partir del metro de separación entre las puntas de las narices) el acercamiento de los rostros (a menos que haya en uno o en ambos la voluntad de evitarlo) cierra progresivamente el campo visual (de ambos), restringiéndolo al rostro, y más concretamente a los ojos (del otro). Asimismo, a partir de determinada distancia (también muy variable según las circunstancias) el acercamiento de los rostros conlleva la conciencia (de uno al menos, pero habitualmente de los dos) de que en el horizonte temporal inmediato va a suceder un beso. La conciencia de la inminencia del beso no es sin consecuencias, y no me refiero aquí a las consecuencias derivadas, a mediano o a largo plazo, del saber, propio del sentido común, de que un beso no es nunca solamente un beso, consecuencias estas que llevan desde ya a predisponerse, o no, según el caso, a ulterioridades que, seguramente, pueden implicar a otras partes del cuerpo, o al cuerpo en su conjunto. Me refiero aquí a consecuencias mucho más inmediatas al advenimiento de la conciencia de la inminencia del beso que trae aparejado el acercamiento de los rostros. Por ejemplo: los labios se entreabren, como para acoger adecuadamente los labios del otro, o como para disponerse a la penetración de la boca de uno por los labios, la lengua y hasta los dientes del otro. Este entreabrirse de los labios es una señal de aquiescencia, infaltable, porque lo contrario, o sea el no entreabrirse de los labios, el mantener la boca cerrada, los labios pegados, configura una señal de rechazo, mínima por cierto, pero inequívoca. Otra consecuencia más o menos inmediata de la conciencia de la inminencia del beso es que uno (y en ese caso normalmente es el varón) o ambos levantan la o las manos para tomar contacto con los hombros, los brazos, los antebrazos o directamente las espaldas o la cintura del otro. Esta maniobra, aparentemente una expresión más de aquiescencia, tiene en realidad por finalidad asegurar la precisión en la última fase del acercamiento de un cuerpo al otro. Es como cuando los remolcadores aseguran el correcto acercamiento al muelle de la nave de gran calado. A partir de determinada distancia entre los rostros (para ser gráficos digamos que del orden de los cincuenta centímetros) la persistencia de la mutua mirada a los ojos confirma ya no la aquiescencia sino la ansiedad que ha desencadenado el acercamiento de los rostros, o sea, la inminencia del beso. Si bien esta ansiedad sanciona al beso ya no como inminente sino como definitivamente urgente, no necesariamente implica la aquiescencia para ulterioridades, más allá del beso, que impliquen a otras partes del cuerpo o al cuerpo en su conjunto. Lo normal, cumplido este intercambio concluyente de señales de aquiescencia, es que uno, y luego el otro cierren los ojos (rara vez tal cosa sucede al unísono, siendo más bien como si uno lo hiciera y entonces el otro, persuadido de la conveniencia o de la oportunidad del momento, lo imitara). Para que esta mutua renuncia a continuar mirándose acontezca es necesario que el acercamiento entre los rostros (considerando la distancia entre las puntas de las narices) sea ya inferior a los cincuenta centímetros, y que continúe reduciéndose más o menos ininterrumpidamente. A menudo sucede que en esta fase final del acercamiento de los rostros el varón (normalmente es el varón) tome la iniciativa de asegurar definitivamente la precisión del contacto inminente de los labios colocando sus manos a ambos lados de la cabeza o del cuello de la mujer. Esta señal de inminencia (equivalente si se quiere al descenso del tren de aterrizaje en las aeronaves) puede darse que sea lo que induzca en la mujer la decisión de cerrar los ojos, sea para concentrarse en las sensaciones o (detalle de coquetería extrema) para evitar el bizqueo, decisión en la que el varón de inmediato la imita. Acercándose los rostros a velocidad más o menos constante, establecidos los contactos de manos para asegurar la precisión del contacto de labios, cerrados los ojos para mayor concentración en la maniobra de aproximación, será el roce de las puntas de las narices (por razones obvias de topografía facial, primer accidente del rostro que avanza al encuentro del rostro del otro) lo que dé comienzo a la maniobra de ajuste que precede inmediatamente al beso. En efecto: al rozarse las puntas de las narices, las cabezas muy lentamente se inclinan (la del varón hacia la derecha, la de la mujer hacia la izquierda), pero a la vez rotan, de manera de mantener fija la distancia, ya de pocos centímetros, entre los labios del uno y los labios del otro. Esta doble maniobra simultánea de declinación y de rotación implica la mayor de las precisiones. La distancia entre los labios de uno y del otro debe mantenerse constante para no entrar en colisión, o, peor aún, para no tener la desagradable sensación de que uno está dando palos a ciegas en el vacío (como en el conocido juego “la gallinita ciega”). El dispositivo que permite mantener estable la distancia es el siguiente: el aliento que escapa de las bocas entreabiertas toca los labios del otro, permitiendo ese contacto, con total precisión –a la manera de un radar o un sonar- saber, sin ver, a qué distancia está la piel del otro. Hasta aquí lo que concierne a la inminencia del beso, a menos que se quiera incluir (cuestión a debate pero que es el punto de vista que sostenemos) en la fase de inminencia a los primeros contactos intermitentes (roces, caricias indecisas, blandas invitaciones o provocaciones, etc.) de los labios, dejando para el inicio de la fase del beso propiamente dicho el momento en que los labios se unen para ya no despegarse mientras dure la maniobra completa del beso propiamente dicho. Esos primeros contactos intermitentes de los labios, más allá de los placeres del jugueteo, tienen por finalidad profunda confirmar lo que a esta altura de las cosas no debiera de necesitar confirmación alguna, a saber: la mutua aquiescencia al beso (lo cual no implica aquiescencia a eventuales ulterioridades, mismas que en realidad, normalmente van de suyo). Estos primeros contactos de las mucosas labiales, roces interrumpidos y retomados sucesivas veces, asumen la forma de un diálogo mudo, cuyo contenido, reiterativo y redundante, se reduce a afirmaciones puramente retóricas y, stricto sensu, prescindibles a no ser por el mero placer que causa su repetición, siendo ese intercambio o dialéctica del orden del “Voy a besarte, voy a comerte la boca” y del “Sí, hacelo, hacelo”, o también del “Voy a cogerte como nunca te cogieron” y del “Sí, papito, lo que quieras, pero besame de una vez” (intercambio este último que, aunque parezca absurdo –así de zorros son los amados y las amadas-, no necesariamente implica aquiescencia para ulterioridades que, inevitablemente, implicarían a otras partes del cuerpo o al cuerpo en su conjunto). En resumidas cuentas: en su fase final y definitoria, la inminencia del beso está hecha del aleteo de mariposa de los labios al rozarse, a esta altura todavía asombrados por la mutua confirmación de la mutua aquiescencia, y del deseo ya irresistible de devorarse mutuamente las mucosas, y de beberse mutuamente las humedades, de la boca.

  • Ana Grynbaum – Una temporada en Celestún, Yucatán

    Suele ocurrir que el paraíso y el infierno coincidan en un mismo lugar y al mismo tiempo. De ahí que la mejor filosofía de vida sea disfrutar de lo bueno e ignorar lo que nos molesta, en la medida de lo posible. Nunca falta el profeta desoído que nos advierte del peligro, pero vivir implica desoír la mayoría de los augurios y emprender de todos modos el camino. Por eso no me inquietaron las palabras de una querida escritora mexicana que, unos días antes en el D.F., durante una conversación informal me advirtió que Celestún no era “ningún paraíso”. No me inquietó porque no pude calibrar, en ese momento, la sabiduría de sus palabras, pero, sobre todo, porque ya teníamos comprados los pasajes en avión hacia Mérida e incluso habíamos abonado el total de lo que iba a ser nuestra estadía en el Hotel Manglares de Celestún. Además, no habíamos elegido visitar uno de los balnearios próximos a Mérida al azar, sino que buscamos y encontramos cuidadosamente ese pueblito de pescadores próximo al santuario de aves entre las que se destacan los flamencos. Nuestro error –si es que fue tal- resultó producto de una decisión largamente calculada. Decisión en la cual, más allá del inevitable azar, intervino la esencia misma de nuestra posición existencial. Es que nosotros no vamos a México como turistas; mi medio pomelo se siente locatario porque vivió diez años allá, y yo me solidarizo, y me enredo en cierta idea de la América profunda que me seduce a punto de estupidez –como se verá-. A nuestro pomelito no se le puede achacar culpa alguna, todavía es niño. Como decía, dada nuestra condición de turistas mal asumidos, renegando de nuestra verdadera condición, a la hora de elegir playa en el sur nuestra consigna era: ¡Nada de lugares para gringos! Ni Cancún, ni Playa del Carmen, ni el resto de los sitios preparados para el turismo internacional. Nosotros queríamos la cosa al natural, y la tuvimos. Porque, como es sabido, el verdadero problema con los deseos es que, fatalmente, de una manera o de otra, se cumplen. Celestún parecía el pueblito perfectamente tranquilo, seguro, donde se podía comer mariscos, y bañarse en un no revuelto mar de aguas cristalinas además de hacer largas caminatas. En nada de esto nos equivocamos, Celestún tiene la playa perfecta. La arena es tan blanca como en las mejores playas del mundo. Además, no hace falta permanecer en la arena, porque todos los hoteles y todos los restaurantes, contra la más elemental ecología, se asientan directamente sobre la playa. A Celestún se llega desde Mérida. No detendré aquí mi relato, pero sí les comento que Mérida es una pequeña ciudad encantadora, llena de nórdicos jubilados pero saludables, en cuyo centro puede uno quedarse sin problemas hasta tarde en la noche. Aúna las cualidades de pintoresco pueblo latinoamericano y pacífica urbe europea, aldea campechana y cosmopolita. En lo álgido de su invierno tiene, para mi gusto, el clima ideal –veintilargos grados de temperatura pero sin la humedad pegajosa de Montevideo-. Decía que a Celestún se llega por carretera desde Mérida, pero si uno no está, como no lo estábamos nosotros, comprendido dentro de uno de esos paquetes turísticos que te llevan y te traen, te suben y te bajan, los escasos cien kilómetros que separan la ciudad del pueblo pueden llevar, en ómnibus de línea, casi tres horas. Es que el ómnibus es como un tren lechero, que atraviesa lentamente los varios pueblitos que quedan en el trayecto hacia el mar. Al nene se le revuelve el estómago en esos viajes, pero a mí me entusiasmaba la idea de conocer, de paso, otros pueblitos. Y efectivamente, desde el ómnibus en movimiento se podía ver hasta las hamacas colgadas en el interior de las viviendas, muchas de las cuales no parecían en nada diferentes a los clásicos bohíos mayas. Durante los fines de semana las señoras visten los típicos vestidos blancos bordados en colores, con sus chalinas, igualitos a los que les venden a los turistas –y que yo, por supuesto, no compré, no porque no me parezcan bonitos, sino que están diseñados para lucir el cuerpo de las mujeres indígenas, muy diferente del mío-. Finalmente el ómnibus nos depositó en la plaza de Celestún una tarde soleada del pasado febrero. Si tuviera mayor experiencia como viajera tal vez me animaría a decir que aquél era uno de los espacios públicos más descuidados y con menos vida por los que he transitado alguna vez. Ni siquiera había donde tomar un helado. Apenas arribados nos recibieron los cazadores de turistas –que no distinguen entre turistas asumidos y turistas renegados- al grito de ¡Flamingo, flamingo! Nos estaban ofreciendo una excursión a la Ría de Celestún, donde viven los emplumados color de rosa. Pero nosotros, por supuesto, no fuimos a visitar ningún flamingo, ni ese día ni los posteriores, puesto que eso era lo que se esperaba de nosotros. Preguntamos a Filiberto, que así se llamaba el señor ¡Flamingo, flamingo!, dónde podíamos conseguir un taxi. Y nos señaló los moto-taxis esparcidos alrededor de la plaza –moto-taxi: triciclo con motor de motocicleta y espacio para llevar a dos personas atrás-. No pudimos conseguir uno en el que entráramos sentados los tres, el más pequeño de nosotros –que mide más de un metro y medio- tuvo que ir a upa y el equipaje por casualidad no se perdió por el camino. Tomamos por la calle de Celestún hacia el Hotel Manglares. El agua del Golfo de México apareció ante nuestra vista como una promesa de felicidad. Demoramos menos de lo que esperábamos en llegar al Hotel Manglares, cuya recepción se sitúa entre cocoteros. Y allí nos dijeron que, debido a un problemita, estaban sin agua caliente por tiempo indeterminado, por lo que estaban dispuestos a hacernos un pequeño descuento. Huelga aclarar que no estábamos dispuestos a bañarnos con agua fría durante una semana. El dinero girado nos lo devolvieron al contado y, de muy mala gana, nos recomendaron otro hotel, situado en el centro: el Hotel Gutiérrez. Hacia allí nos dirigimos arrastrando nuestras maletas a lo largo de varias cuadras. Apenas saliendo del Manglares la ilusión volvió en la forma de una iguana, la primera que, al menos dos de nosotros, veíamos personalmente en nuestra vida. Debía estar domesticada, porque no huyó ante mi cámara de fotos. El Hotel Gutiérrez también estaba emplazado sobre la playa y tampoco era un paraíso, el mal humor del personal fue más que un presagio de la forma en que nos atenderían, pero el hotelito parecía contar con lo poco que necesitábamos y ya no queríamos dar más vueltas. A pesar de que los de Manglares habían confirmado que había lugar, lo primero que nos dijeron en el Gutiérrez fue que no lo había. Ojalá les hubiéramos tomado la palabra, pero insistimos y obtuvimos una habitación -frente al mar, eso sí-. A la altura del centro de Celestún el mar es una piscina perfecta. Temprano en la mañana un tanto superpoblada por las embarcaciones que, de no conseguir turistas para los flamingos, parten a realizar la tarea más pesada de la pesca. Pero no ensucian la playa ni hacen ruido, son embarcaciones ecológicas –aunque no así los trasmallos con que barren la fauna marítima-. Por otra parte, casi no hay gente en la playa. Al menos no en invierno, sin importar que el invierno de Yucatán sea más caliente que los veranos de muchos lugares del mundo. Aparte de algún otro turista despistado en la playa sólo vimos un grupo de preescolares en actividad con madres y maestras y, por la noche, una barrita de adolescentes fumando marihuana. Da la impresión que el pueblo de Celestún vive de espaldas al mar, extrayendo de él lo necesario para sobrevivir, y escaso o nulo placer. Por nuestra parte, no sólo estuvimos de cara al mar sino también al cielo. Y pude volver a ver, después de varios años, el trayecto de una estrella fugaz en la bóveda del hemisferio norte. Tres días fue lo máximo que soportamos el destrato en el Hotel Gutiérrez. Porque, a fin de cuentas, los turistas –incluso los no asumidos- somos personas sensibles y merecemos respeto. Lo mejor del Gutiérrez fue la lagartija extra-plana que nos acompañó, jugando a las escondidas entre nuestra ropa, durante toda la estadía. El hotel, como la mayoría de los hoteles medio-pelito mexicanos, no contaba con servicio de desayuno. Pero, en el mismo predio, y del mismo dueño, había un comedero en el que la primera mañana pudimos tomar y comer algo, sencillo pero bueno. Al día siguiente esperamos en balde que el desayunadero abriera. Preguntamos en el hotel dónde podríamos desayunar y nos indicaron un lugar en la plaza. Era el único lugar que ofrecía desayuno en todo el pueblo, no había mucho que pensar si pretendíamos un café caliente. El anciano que oficiaba de mozo y también de cocinero no debía tener menos de ochenta años. En la cocina había también una anciana, que debía ser su esposa. En el dizque restorán estábamos presentes todos los turistas de Celestún; los únicos que hablábamos español y que no teníamos el pelo rubio éramos nosotros. Que las moscas se pegaban en los manteles de nylon es lo mínimo que se puede decir. Lo máximo fue cuando, al cabo de unos cuarenta minutos, el señor trajo los huevos revueltos y volteé la cabeza para mirarlo. La mugre que tenía en la ropa y en las manos sólo podía compararse con la de un bichicome –así llamamos los uruguayos a la gente que vive en la calle-. Ignoro el extraño sentido que nos hizo permanecer y hasta ingerir el alimento que nos sirvió. Tomamos todo menos el café, que cuando llegó la comida ya se había enfriado. Más tarde nos lo confesamos, tanto mi medio pomelo como yo pensamos que si no nos enfermábamos en aquella oportunidad volveríamos de México sanos y salvos. Y así fue. Cuando llegamos a la conclusión de que un turista, por menos asumido que sea, debe tener un mínimo de dignidad, decidimos abandonar el Hotel Gutiérrez y, con él, el centro de Celestún. Un nuevo moto-taxi, en el que nuestro pomelito también cabía sentado, nos condujo a lo largo de seis kilómetros por un camino lleno de baches hasta el nuevo destino: Playa Maya Hotel. Y, cual anuncio de este nuevo paraíso, en el monte divisé por primera vez un cardenal rojo, de esos que están en peligro de extinción. Evidentemente íbamos en ascenso. Del bungalow que ocupamos hacia un lado se divisaba el mar y hacia el otro la piscina. Y alrededor de la piscina se agrupaban unos pájaros naranja y negro -conocidos como bolsero encapuchado- y otros gris moteado, hasta entonces desconocidos para mí, y de agradabilísimo canto. Además, había una familia de iguanas que cotidianamente se acercaba al inmenso bebedero. No les afectaba el cloro a ninguno de ellos. Y las plantas y flores que había allí, no tenían parangón en toda la iconografía occidental del Edén. Hasta vimos una mariposa monarca, o dos. Y un zorrito que pasó corriendo por la playa. A la altura del Playa Maya la costa no tenía fin. Y al cabo de un viento del norte la arena quedó regada de caracoles y estrellas de mar gigantes. Pero las estrellas estaban recién muertas, por lo que constituyeron un tesoro que, con dolor en el alma, tuve que abandonar –carecía del tiempo necesario para curarlas y poder pasarlas por la aduana-. De los caracoles traje algunos, que, comparados con todos los que tuve que dejar, son como los huesitos del enorme pez que finalmente le quedan de muestra al pescador de El viejo y el mar. Del Hotel Playa Maya omitiré los varios aspectos negativos, molestos e insuficientes, porque la amabilidad del personal se lo merece. Pudimos al fin disfrutar tranquilamente del mar de Yucatán a tal punto que, en las primeras mañanas que desperté en el D.F., lo primero que pensé fue que ya no tenía a unos pasos la playa. *** Las fotos son de mi autoría.-

LISSARDI & GRYNBAUM

Lissardi & Grynbaum es un blog sobre literatura, arte y cine desde la perspectiva de los autores uruguayos Ercole Lissardi y Ana Grynbaum

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