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  • Reseña de "La cultura masoquista" Por Jorge Albistur para Brecha

    Este libro no es solamente la información sobre la llamada “cultura BDSM”. Es también un estudio sobre los límites o ilímites humanos comprometidos por este movimiento, su historia, su incidencia en la psicología o la psicopatología, sus con-tactos con otras formas alternativas de la sexualidad contemporánea, y sus perspectivas en un mundo que cada vez más acepta cualquier avance hacia la libertad y el placer. BDSM es la sigla que forman bondage(prácticas eróticas de restricción física), dominación, sadismo y masoquismo. Ana Grynbaum reconoce que “es aún difícil visualizar una cultura BDSM en el Río de la Plata por fuera de la web”, y explora en una serie de prácticas tanto más atrayentes cuanto más aparecen todavía amparadas por la clandestinidad. Los sex shopsofre-cen, sin embargo, los materiales necesarios para la “escenificación” sadomasoquista. La sesión desenvuelta en la mazmorra –término elegido para subrayar mejor el carácter íntimo, privado y a la vez sórdido– despliega, en efecto, una especie de teatralización. Los participantes “representan” sus fantasías valiéndose de cuerdas, látigos, cadenas, mordazas, cinturones de castidad, máscaras, antifaces y ele-mentos mecánicos que provocan y ayudan a satisfacciones más in-tensas. Como toda re-presentación supone una cierta distancia contemplativa, es fácil ver que los seres involucrados en este ritual no están totalmente jugados al instante. Un simulacro, al menos, de la felicidad, sería el olvido absoluto en la sensación al rojo. Pero la soledad en el éxtasis, como en cualquier espectáculo, es aquí relativa. Ana Grynbaum señala la existencia de “este tercero ineludible para que haya una escena masoquis-ta”, y hasta aventura la siguiente interpretación: “a nuestro parecer, el tercero fundamental está en la figura de otro (Dios o demonio) que se ubica entre el sumiso y el verdugo”.Un afuera, una perspectiva de trascendencia prolonga así al presente del placer, y hasta parece que los otros mundos ni siquiera estuvieran contenidos en éste, como quería André Breton. Un centro de interés del libro está en cómo su orden se desplaza, precisamente,desde el análisis de un erotismo de excepción –sexualidad desgenitalizada y deliberadamente desquiciada– hasta otro análisis que enfrenta a lo que cabría llamar un verdadero estilo de vida. Esta “filosofía” es parte de la sensibilidad de nuestra época y postula el vivir según los deseos para alcanzar el goce como supremo objetivo. Cierta prolija nota cuestiona que “placer” y “goce” sean verdaderamente sinónimos, y desarrolla el concepto de Lacan sobre este último, siempre de naturaleza erótica y que “adviene cuando el sujeto pierde el control de sí mismo”. Sea como fuere, en ambos niveles multiplica Grynbaum las enriquecedoras referencias a Leopold von Sacher-Masoch, Freud, Bataille, Lacan, Foucault, Deleuze y otros analistas que han asomado a los fondos de la compleja sexualidad humana. Cuando recorre la historia, y los fenómenos tangenciales al masoquismo, hay planteos inconvincentes: los envíos al amor cortés, por ejemplo, pues el juego trovadoresco es demasiado distante de lo físico, y la desacertada convocatoria a los “místicos medievales”, ya que la mística es inconcebible sin el individualismo renacentista y a él pertenecen naturalmente, y no a la Edad Media, los mencionados San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. La autora acierta, sin duda, cuando en-cuadra a la experiencia sadomasoquista en las relaciones de poder, tan definitorias siempre en las sociedades humanas, y especialmente en nuestros tiempos. Grynbaum cree que aquí el poder “se convierte en un fenómeno lúdico que permite desnaturalizar los roles de dominación y tomar distancia respecto de ellos”. De algún modo ha de obrar, sin duda, ese paradójico efecto purificador. Sin embargo, cada jugador del juego BDSM sale a la captura de su sueño, y “Freud mostró cómo apoderarse del objeto del deseo equivale a do-minar el mundo”. La posición sumisa, en este sentido, se revierte fácilmente hacia otra imagen de la dominación, y también ésta es más lúdica en la apariencia que en los pro-pósitos profundos. El libro se extiende también en asuntos más previsibles: los contactos entre el sadomasoquismo y las minorías apartadas de la sexualidad tradicional; las aproximaciones a una concepción del cuerpo como realidad cultural, ya no biológica, que explica los tatuajes y piercings pero también trasformaciones más audaces y agresivas, destinadas a alterar el orden corporal que la sexualidad determina como imperativo aparente. Según parece, el BDSM se ha lanzado a su legitimación en la hora de los derechos humanos. “Se autodefine por lo que no es: no es abuso sexual.” Todo se resume en SSC, nueva sigla que, en traducción española, significa “seguro, sensato y consensuado”. Se insiste en que, antes de iniciar el juego, los participantes acuerdan cuál será su frontera y contemplan la posibilidad de rescindir el contrato en cualquier momento. Pero cabe sin duda preguntarse si el límite no es la negación misma de la opción por el goce, como igualmente si el “consenso” no implica la renuncia a los dictámenes del deseo tiránicamente individual. El consenso abre un territorio vedado, un más allá prohibido en aquel “des-orden razonado de todos los sentidos” que investigara Arthur Rimbaud. Más sincero será reconocer, con Ana Grynbaum, que “el mundo es violento” y “la cultura BDSM es parte del mundo”. Por muchas razones cabría quizá llamarla, con mayor propiedad, una contracultura. (8/7/2011)

  • Alba Piotto sobre el BDSM para Viva de Clarín (refiere a "La cultura masoquista")

    Viaje al mundo secreto de los sadomasoquistas El éxito global de “Cincuenta sombras de Grey” (best seller y ahora película) le puso luz a la subcultura sadomasoquista. ¿Pero cómo funcionan estas prácticas donde el sexo se pacta entre “amos” y “esclavos”? Al principio fue pura curiosidad. Exploración guiada por una fantasía que tenía dándole vueltas por la cabeza. La desnudez convencional se fue vistiendo de cuero y encaje. Tacones altos, maquillaje sugestivo, una peluca negra, que tapaba su cabellera castaña. Incluso antes de terminar su matrimonio le pidió a su exmarido que durante los juegos sexuales le diera algunas nalgadas, que jugara un rol: la idea era que imaginara que ella estaba ahí para llevar a cabo sus deseos. Que era su esclava. Dentro suyo, el escenario se montaba con ella en una actitud indefensa y sumisa. Pensarlo le generaba una excitación nueva. Necesitaba llevarlo al escenario posible de su sexualidad. Profesional, de cuarenta y pico, empezó a indagar en el mundo sado estando aún casada. Fue un amigo que transitaba ese ambiente quien, finalmente, le abrió las puertas de lo que Silvia estaba buscando. Así, un día que recuerda con la intensidad de lo primario, se convirtió en una esclava "de verdad", como define. Con sus movimientos restringidos por unas muñequeras de cuero que estaban unidas entre sí; le impedían mover sus brazos con libertad. Tenía una venda en los ojos y obedecía sin objeciones las órdenes de su amo, con quien se había contactado a través de una red social. Antes de llegar a ese momento, chatearon, se comunicaron por Skype, hasta que hubo un encuentro cara a cara en un lugar público. "Fue para ver si al mirarnos teníamos onda", explica. Y la tuvieron. Ya no son nalgaditas solamente. Ahora su cuerpo recibe otros estímulos más fuertes que, asegura, hacen que su goce se potencie. Resulta raro escucharla hablar de humillaciones y sometimientos cuando en su vida cotidiana está en un lugar donde se toman decisiones. "A veces pienso que mi mapeo erótico dejó de ser convencional y que necesito experimentar mi sexualidad con otros elementos de sumisión porque me paso el día dando órdenes", confiesa. "Tengo gente a mi cargo. Pero en mi sexualidad no quiero estar al mando. Quiero ser sumisa", sonríe. "Sé que es una contradicción". Quienes practican sado construyen un estilo de vida. O cuanto menos, hacen un camino exploratorio de su propia sexualidad, a través del BDSM. Este acrónimo surge de la unión de tres conceptos clave: Bondage (restricción física por medio de cuerdas) y Disciplina; Dominación-Sumisión; Sadismo y Masoquismo. Las prácticas incluyen roles sexuales, fetichismo y cambios de poder (power exchange). Este último punto es interesante porque el mundo sado suele derribar las normas sociales no solo en la sexualidad, también en las relaciones humanas. La ensayista marroquí y profesora en la Universidad de Jerusalén, Eva Illouz, en su libro Erotismo de autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, sostiene: "El BDSM ofrece una serie de estrategias simbólicas para superar los dilemas de la lucha heterosexual. Los roles se establecen de nuevo orden pero en una forma que no necesariamente coincide con el género". Así, muchos hombres (a quienes la cultura los pone en el lugar del heterosexual dominante) suelen tomar roles de sumisos que ruegan a la Dominatrix (mujer dominante) que los maltrate y humille. "No se trata de los roles de género. Tampoco soy sumisa en mi vida cotidiana. Y me asumo bastante fetichista: uso zapatos altos, ropa interior negra, con encaje", define Silvia. No hizo falta que leyera la trilogía de Cincuenta sombras de Grey ni que fuera a ver la película que originó ese best seller planetario, que roza, en un ambiente de llamativa asepsia, ciertas prácticas que enseguida se viralizaron taggeadas como sadomasoquistas. Ni tanto ni tan poco. Para quienes transitan el BDSM se le puede achacar a esa novela los aspectos conservadores que muestra: hombre exitoso, bello, joven y millonario, que en los juegos es dominante. Una muchacha virgen, pobre, sumisa, desprolija, que obederá sus órdenes, sin chistar, con tal de cumplir con los deseos del objeto de su amor y casarse. Una asimetría acaramelada con algunos momentos inquietantes, sí, pero que sin ellos sería una novela de los dorados años ‘50 . Como sea, la historia causó cierta turbación en el ambiente BDSM local. Al menos esa es la percepción que recogieron en Mazmorra, una red social argentina, creada hacia diez años. "Hubo una recepción ambigua, generó debate. Para bien o mal, lo cierto es que el libro marcó un hito para nosotros. Se habla más del tema, mucha gente se acercó para informarse. La lectura que se puede hacer es que el mercado validó estas experiencias, en paralelo a un movimiento cultural y al replanteo de la sexualidad que se hacen las personas", analiza Tomás Heretique, miembro de Mazmorra. "Por otro lado, si hilamos fino, en el mundo de la sexualidad convencional o vainilla, como decimos nosotros, algún juego sexual de roles hubo. Alguna vez alguien ató al otro; o hubo nalgaditas o vendajes en los ojos", menciona Heretique, 29 años, pianista, compositor, filósofo. Y nombre de fantasía. "Nuestra idea es el empoderamiento de nuestras exploraciones eróticas. Siempre y cuando, se den en el marco del consenso y respeto por la persona. Sin esto, no es posible del BDSM". La comunidad. Estética. Sofisticación. Intensidad. Cuidado. Vínculos fuertes. Son algunas de las palabras que más se escuchan entre quienes prueban BDSM. Las prácticas en sí mismas, prefieren mantenerlas en reserva. Sin embargo, en los foros, se pueden leer algunas de las cuestiones que se ponen en juego en las relaciones que se forman. El sitio Mazmorra.net es una buena medida para sondear el impacto que están teniendo estas prácticas en la sexualidad. Por empezar, el sitio recibe 15 mil visitas diarias y tiene más de 36 mil usuarios registrados. La mayoría de ellos, entre los veintipico y cuarenta años. "Hay una realidad, una fuerte etapa de exploración en la gente que conforma la comunidad. Los más jóvenes se acercan con menos prejuicios. Para las personas de más edad, en cambio, este ámbito puede ser liberador porque no existía cuando ellos empezaron", explica Joaquin Spector, su creador. Por mes, la página web recibe unas 250 mil personas que pueden acceder a información gratis, participar de los chats y foros donde se discuten los temas más variados, desde las prácticas hasta solicitar ideas para ser humillados en público, consejos acerca de usar ciertos elementos (como un dispositivo de castidad que usan los varones) o debatir sobre los vínculos que se generan. WhiteStar, mujer, sumisa, expresó en el foro: "Existen Amos que nos marcan a fuego en el alma y en la piel... Que nos dejan a merced de un desamparo inmenso cuando oímos la frase que jamás esperamos: ‘Se acabó, te dejo libre'... Por más motivos (reales o imaginarios) que nos planteen, consideramos que ninguno justifica la ruptura". Las respuestas no se hicieron esperar. "Si en la vida vainilla resulta difícil volver a enamorarse (que es una forma de entregarse), en el BDSM cuando la persona que te ‘moldeó' a su manera de ser por el motivo que fuere, se va... Qué difícil y duro es el camino para volver a empezar. El Amo que aparezca debe ser aquel que te ayude a rearmar ese rompecabezas", escribió LeVarie, hombre, switch. (Ver Diccionario...) Otro usuario planteó acaso la duda que taladra tanto como las fantasías: si una relación BDSM por fuera de la pareja vainilla (oficial) es considerada una infidelidad. La piedra la tiró Footslave10, un sumiso de 25 años. La relación con su novia le resultaba "aburrida". Los consejos coincidieron en marcar que, si amaba a su novia como aclaraba, lo mejor era ser sincero con ella; el atajo que él pensaba realizar para vivir su fantasía, era, en efecto, una infidelidad. Al menos, así se pronunciaron los foristas. Todo comienza con un primer encuentro, en la red social o en algún evento de la comunidad. Hay reuniones a las que solo pueden acceder los usuarios de la red, aunque también existen espacios abiertos para relacionarse. Es el ámbito en que muchas personas se acercan. En general, se organizan en un lugar público. Por caso, un picnic. Luego, habrá momentos de cierto conocimiento; cuanto más sepa uno de otro mejor. Y si deciden tener una práctica BDSM, se pondrán de acuerdo en las condiciones en las que se va a realizar. Una vez que los términos quedan claros -lo que en Cincuenta sombras... era un contrato- se citan para llevar a cabo la "sesión". Momento que también se suele mencionar como "la escena" o "escenario masoquista": "Tienen un lugar dentro de un universo cultural que las significa de determinada manera. En cada caso, el juego tiene un argumento: uno es amo y el otro esclavo, permanecen en una mazmorra o salen a pasear estando uno de ellos encadenado; o uno es escolar y el otro una severa institutriz que lo zurra, etcétera. Los roles son tan claros como esquemáticos y se pueden desarrollar de maneras diferentes", escribió Ana Grynbaum, psicoanalista uruguaya, en La cultura masoquista. Y precisamente ese pasaje de la escena fantaseada a la realizada es por donde transita el deseo. Según Grynbaum, "una situación en principio humillante se convierte en motivo de orgullo y de goce". En tanto que los elementos usados -juguetes, disfraces y fetiches- "están vaciados de todo peso moral e ideológico". No hay cuestionamientos ni incorrección política. En la sesión es importante que las prácticas transcurran de modo Seguro, Sensato y Consensuado (SSC). Explica Fiona, integrante de la comunidad BDSM local: "La idea es estar sano física y psíquicamente. Se trata de cumplir una fantasía donde hay reciprocidad entre los roles. No es recomendable hacer sesiones si se consumió drogas o alcohol porque se pierden la percepción de los límites, propios y ajenos, lo cual no haría un juego seguro". Pero además, "siempre hay que estar atento y en lo posible conocer las reacciones de la persona en determinadas situaciones. Por ejemplo, si hay juegos con cuerdas, tener a mano una tijera para cortarlas en caso de que la persona lo requiera. Y por supuesto, cumplir con las palabras de seguridad". Hay quienes consideran que, sobre todo las prácticas sadomasoquistas, tienen que llegar a los extremos y no restringirlas con ningún concepto de seguridad. Sin embargo, en general, el consejo que se da en la comunidad es lo contrario y que lo que ocurra en el escenario de la sesión tenga pleno consentimiento. ¿Qué sucede si a pesar de esto, en el momento de los hechos, alguno se arrepiente? "Puede suceder y lo sano es detener la acción, o al menos, disminuir la intensidad. Esto puede pasar, por ejemplo, cuando hay prácticas de asfixia erótica", aclara Gastón, sumiso, de 46 años. Sí, a él le pasó. "La espontaneidad es un espejismo, tanto en estos vínculos como en las relaciones vainilla", advierte Heretique. "Por eso es importante hablar y convenir con el otro la escena que uno realmente quiere hacer. Eso va creando confianza. No se trata de un acto de fe sino de confianza real, de reciprocidad, de saber que el dominante cuidará del sumiso en términos de seguridad. El que se expone más tiene siempre las garantías más fuertes", remarca. Por otro lado, los especialistas sostienen que existe cierta tendencia a apoderarse y hacerse cargo del propio placer; de legitimarse a sí mismo en diferentes gustos, sean raros, parezcan insignificantes o no. Y en este sentido, "las prácticas BDSM no se limitan a la materialidad en sí mismas sino a todas las fantasías y a la escena que mentalmente se está generando con ellas". De parafilias y libertades. Isabel Boschi es terpeuta sexual. Hace más de 30 años que indaga desde la clínica el mundo sado. Opina: "Desde tiempos inmemoriales la gente realiza prácticas sadomasoquistas. Estas conductas se tornan preocupantes cuando no cuentan con el consentimiento de todas las personas que participan de esa situación sexual". En tal sentido, la condición para validar estas prácticas es que "no inhiban la libertad de elección de los individuos y que no abuse escondiendo los pasos del proceso de este juego sexual". Según la especialista, "hubo una evolución en el conocimiento científico de los estímulos no tradicionales. Ahora se propone aceptarlos si no hacen daño a ninguno de los que participan de estas prácticas. Transitamos desde el concepto de conducta sexual anormal, distinta, diferente, y en la actualidad, recalamos en la idea de diversa". Durante mucho tiempo, en el campo de la psiquiatría, todo lo relacionado al sado era considerado una parafilia. Esto es, tenían un concepto de enfermedad. Por las presiones que hubo por parte de las comunidades BDSM, entre otras, ahora sólo se considera como un trastorno parafílico cuando se ejerce en contra de la voluntad de otro o causa a la persona un grave malestar social, laboral o en su funcionamiento en general. "Sería parafílic alguien que no puede ir a trabajar si no recibe su cuota diaria de treinta azotes, por ejemplo. Esta rigidez y el condicionamiento de su preferencia no le dejan desplegar sus activiades cotidianas sino que le provocan una intensa ansiedad que lo inhibe de otro vínculo que no sea con su fantasía masoquista que debe llevar a la realidad, con el riesgo de desequilibrarse", explica Boschi, quien realiza ciclos de cine debate sobre temas de sexualidad, en su fundación. En Argentina, el BDSM tomó interés en los ‘80, cuando empezó a llegar en castellano la bibliografía científica de sexología. Para entonces, Dinamarca encabezó el fundamento de que dos adultos concientes de sus acciones que buscan juegos de sadismo, masoquismo, humillación y ataduras, si ponen claras las reglas de juego para asegurar su integridad física o moral, si las cumplen, no tienen por qué integrar la lista de enfermedades mentales. "Cierta vez -cuenta Boschi- recibí la consulta de una joven que castigaba a su novio a pedido de él, quien requería mayor rigor. Ella se negaba por temor a perder el control y lastimarlo. Aunque también gozaba con esos juegos. Finalmente, llegaron a un acuerdo: la negativa de ella de usar más energía en los golpes, él la interpretó como una manera de producirle un dolor moral. Y su dolor pasó por las limitaciones que ella le imponía". Así consensuaron su juego. Y la pareja continuó. Difícil saber si, cuando se deje de hablar de Cincuenta sombras... como hecho comercial, el BDSM se haya instalado y convalidado como una práctica más, entre las tantas situaciones a las que recurren las personas en su intimidad. O acaso cierre en un círculo aunque lejos de lo sórdido que lo tuvo hasta no hace mucho tiempo. De la narración se recordará que fue best seller y no mucho más a nivel literario. "Una novela de un conservadurismo del Tea Party, con estereotipos rancios y una política de género varada en los años 50", escribió el crítico literario Martín Schifino. "Hoy la transgresión es poco concebible porque no hay prohibiciones que la susciten. Falta una erótica del presente." En todo caso, quedará un empoderamiento donde la sexualidad como herramienta de poder da señales de que el orden establecido se derriba cuando las personas eligen desde su libertad. Fermín suele andar "enjaulado" cada vez que su mujer le coloca un dispositivo de castidad que cierra con un candadito y guarda la llave. Pueden pasar varios días hasta que decide abrir el candado. Fermín goza. En ese tiempo, está en un estado de deseo permanente aunque, por momentos, la ansiedad lo desborda. Pero sigue. Siempre un poco más. "La jaula es una metáfora de la sexualidad normatizada, la que debés desarrollar como varón", intelectualiza. "A mí, me da placer esa castración. Surge lo que uno es y yo soy muy dócil de la mujer que amo. O muy dominante de ella. Depende los momentos. Es un poder que va pasando de un lado a otro. Ese es el juego". https://www.clarin.com/viva/revista-viva-cincuenta-sombras-grey-sadomasoquismo_0_Hk_0wNqDXg.html (15/2/2015)

  • Mathías Iguiniz sobre "Los secretos de Romina Lucas" en Semanario Brecha

    En Los secretos de Romina Lucas, de Ercole Lissardi (Montevideo, 1950), se plantea una escena que presenta características similares a las del poema de Baudelaire, aunque con derivas del todo inesperadas. El protagonista de la novela sale a hacer algunas compras y tiene un encuentro de miradas con una desconocida que pasa en auto: «Nuestras miradas se encontraron. El tipo de cruce de mirada que tiene por objeto ponerse de acuerdo acerca de quién cruza primero. Sólo que no fue eso lo que sucedió. Para lo que sucedió no tengo palabras». La experiencia, agrega, fue un reconocimiento instantáneo y mutuo, una unión dispuesta desde siempre en otro plano de la existencia. Poco después, la mujer pierde la vida en un accidente de tránsito a unos metros del lugar. Allí donde el poema de Baudelaire termina, Lissardi encuentra la línea de fuga para dar rienda suelta a una narración sobre el deseo. El protagonista se propone «revivir» a la mujer de quien poco después conocerá el nombre: Romina Lucas. Como un detective, comienza una pesquisa tras las pistas de su secreta vida erótica: conoce a sus amantes y explora sus fetiches. Los ecos baudelarianos de la primera escena toman la forma de una novela erótica en clave policial, dado que el protagonista, en este caso, sí decide lanzarse a la persecución de quien impresionó su mirada. En Los secretos de Romina Lucas confluyen tradiciones literarias que estuvieron –aunque de forma contradictoria– entre los principales intereses de Baudelaire: entusiasta lector de Edgar Poe, a quien tradujo, el poeta francés se dejó influenciar por sus historias de detectives. Sin embargo, rehuyó cultivar el género, ya que, como explica Walter Benjamin, por su sentimiento de pertenencia con los marginados, era imposible que se identificara con la figura del detective.15 Si bien el yo baudelairiano de «A una transeúnte» renace y de inmediato se resigna al vacío de cualquier ideal trascendente, las trazas de esta experiencia encuentran conexiones posibles que llegan hasta nuestros días. Puede leerse el texto de Lissardi como una reescritura contemporánea del poema, que encuentra en el deseo los canales para recuperar una trascendencia vinculada al erotismo. (Comentario incluido en artículo sobre Baudelaire, adjunto supra el 20/4/2021) *** El artículo entero: https://drive.google.com/file/d/1PfDT18CvDlJ5KaowQ2opDj6PaLDmru85/view?usp=sharing https://drive.google.com/file/d/1vWU9K9_tCKM-xc-5c_CCpm015J_ukMmj/view?usp=sharing

  • Ercole Lissardi - Escribir erótica

    ¿Qué se necesita para escribir erótica? En primer lugar una dosis importante de amor a la verdad. Este es, por cierto, un prerrequisito absoluto para toda forma de arte, desde el Viaje a Citerea de Watteau al Ulises de Joyce y a Persona de Bergman. No lo es menos en lo que concierne a la literatura erótica, desde Trópico de Cáncer de Miller a Mi madre de Bataille y a La solución salina de Marco Vassi. El arte es esencialmente búsqueda de la verdad, o, quizá, para ser más preciso: busca proveernos de algo que estimamos especialmente valioso, de la sensación de poseer una visión más realista de la realidad, una visión que atraviese y haga polvo los discursos al uso. Por supuesto, los caminos del realismo son infinitamente variados, y aquello que puede proveernos de la sensación de acercarnos a la real realidad cambia a la misma velocidad con que cambia el mundo, que es cada vez más acelerada. Pero, con todas las salvedades y objeciones que merezca la cuestión, lo sólido es que sin proveernos de la ilusión de tocar una verdad, de dar al traste aunque más no sea fugazmente con las apariencias y las conveniencias, no hay arte. Hay pasatiempo, hay excitación, hay regodeo esteticista, pero no hay arte. Estos son los términos en que, en primer lugar, evalúo mi propio esfuerzo literario. Henry Miller En segundo lugar se necesita, para escribir erótica, una dosis importante de desprecio por la hipocresía sexual, especialmente cuando adopta la forma de santurronería. Desprecio por los abogados de la normalidad, el decoro y las buenas costumbres, que no hacen sino disimular su deseo secreto: deseo de ocultamiento y clandestinidad, es decir, de culpa y de castigo. La literatura erótica se nutre de las situaciones dementes en que nos embarca, con una cachetada inesperada, esa fuerza oscura, irresistible y absurda a la que llamamos Deseo, que nada quiere saber de los placeres de la estabilidad sentimental ni de los imperativos de la reproducción. En materia de erótica nunca se trató sino de sacar a la luz las insólitas verdades del Deseo, exponer sus mil caras, comprender hasta dónde puede llevarnos si tenemos el coraje de seguir su juego. Si no se está dispuesto a poner al Deseo en la picota para torturarlo hasta obligarlo a decir su verdad, es inútil pretenderse autor de erótica. Páginas desenfrenadas repletas de picardía o impudor las escribe cualquiera. Páginas en las que lleguemos a entrever la verdad que espera emboscada en los recodos de nuestra intimidad sólo las escriben los que son capaces de ignorar las apariencias y las conveniencias y las tonterías acerca del buen gusto y las buenas costumbres. Lo tercero indispensable para escribir erótica es una verdadera incapacidad para incurrir en autocensura. Por supuesto que no alcanza con estos tres requisitos, pero sin ellos nada es posible en erótica. Que me lleve el Diablo si alguna vez censuré mi escritura en alguna medida, por mínima que sea. Nunca en todo lo que llevo escrito, veinticinco novelas, me detuve ni por un solo momento a considerar la inconveniencia de plasmar una idea o una situación, o de utilizar o no una palabra, por censurable que le pareciera a quien fuese. Para mí no existen palabras inaceptables, como no existen mujeres lindas o feas. Todas las palabras son bellas y todas las mujeres son bellas, cada una a su manera. El que rechaza en su escritura una palabra sin conocer su raíz y su historia, nomás porque ha interiorizado la idea según la cual esa palabra es inconveniente, es, desde el punto de vista del arte literario, técnicamente un idiota. El que rechaza a una mujer porque no se ajusta a los códigos de belleza al uso en la imbecilidad de los medios, sin comprender la belleza que espera en la tibieza de su lecho, es un idiota. No conozco palabras más justas, o sea más bellas, que las de Zorba cuando dice que una mujer que duerme sola es una vergüenza para todos los hombres del mundo. En mi opinión, un escritor que duda ante la conveniencia o inconveniencia de utilizar una palabra, o todo un sector del diccionario es una desgracia –por cierto que demasiado frecuente- para la literatura. Finalmente, para escribir erótica es necesario aceptar que hay verdades que son del cuerpo, de la piel, de los tegumentos, las mucosas, los fluidos corporales, las gargantas, las caras interiores de los muslos, la fisonomía genital y el peso de las tetas. Son verdades que se disparan solas, ineludibles, atronadoras, pero que no tienen un lenguaje y que no son traducibles a ninguno de los lenguajes conocidos. Razón por la cual no es extraño que nos permitamos ignorarlas. Son verdades que se concentran de pronto, como si fueran a larvarse, pero que se dispersan apenas se trata de fijarlas. Hay que conformarse con atrapar de ellas algún rasgo fugitivo, algún gesto que se diluye sin llegar a expresar nada en concreto. Más que describirlas hay que cartografiarlas, señalar la particular topografía en la que a veces se animan a pesar, aunque no lleguen a pesar más que un fantasma. No queda sino señalarlas con el dedo y decir: “Vea, vea. Ahí, ahí”, y darse por satisfecho nomás con eso. Marqués de Sade ¿Es aun necesario justificarse por escribir sobre la vida sexual con toda franqueza, por llamar a las cosas por su nombre, por dar cuenta de lo que realmente sucede en la intimidad? Quizá sí para los que tienen al pudor y la discreción por valores absolutos, o para los intensamente aquejados por ciertas convicciones religiosas. Pero por suerte ya no es necesario desde el punto de vista legal, que es, finalmente, el que cuenta, como lo era también cuando las reglas de juego eran otras. Hace ya más de cuarenta años que fue derogada en Occidente la censura para la representación de la actividad sexual. El proceso de derogación comenzó en 1972, con la autorización para la exhibición comercial normal en los Estados Unidos del porno Garganta profunda. Pero no fue la presión causada por los intereses de los productores de pornografía lo que forzó la derogación. Lo que llevó al fin de la censura fueron, en primer lugar, los debates originados en los pleitos judiciales consecuencia de la acusación de pornografía contra obras valiosas –como Lolita, Trópico de Cáncer o El amante de Lady Chatterley-, y, posteriormente, en los años sesenta, el activismo de los movimientos en pro de la Liberación Sexual. Sin embargo, fue la industria de la pornografía la que primero sacó provecho de la nueva permisividad. Su crecimiento, explosivo durante décadas, sólo fue frenado, en estos últimos años, por la multiplicación en Internet de los sitios que ofrecen pornografía amateur en forma gratuita. Durante décadas la industria del entretenimiento –cine, televisión, gran industria editorial- optó por la cautela, ateniéndose a representaciones de la sexualidad cada vez más evidentemente mojigatas y anacrónicas, y sólo muy recientemente decidió que era tiempo de ofrecer-a una sociedad ya profundamente pornografizada- una visión más realista de la sexualidad humana. La serie de TV Girls, o la exitosa trilogía Las cincuenta sombras de Grey ilustran esta nueva actitud. Los artistas –escritores, plásticos, cineastas, etc.- que durante estos años de permisividad intentaron explorar a fondo la nueva situación vieron a menudo su obra recluida en una especie de ghetto cultural. Mi propia obra, cuya publicación comenzó en 1995, fue, en mi país de origen, a menudo denunciada como pornografía por críticos y comentaristas que manejaban la distinción entre arte erótico y pornografía en términos perfectamente anacrónicos, y que para nada habían tomado nota de la situación inédita en que el discurso erótico se encontraba debido a la nueva permisividad. Sólo cuando mis libros, hacia 2008, fueron distribuidos en Buenos Aires comenzaron a encontrar una recepción adecuada. El notorio atraso que se verifica en los estudios de historia y estética de la erótica y de la pornografía resulta comprensible si se considera la represión que durante veinte siglos la Iglesia Católica impuso a cualquier esfuerzo de comprensión de la dimensión erótica de la experiencia humana. Hoy la censura en esa materia ya no existe. Varias generaciones ya se han formado con una visión realista de la sexualidad humana. Eso no significa que la censura no pueda regresar. La historia de ninguna manera es progreso continuo y sin marcha atrás. Tampoco significa que esta nueva permisividad no tenga sus límites: los tiene. Si el Estado se ha retirado de la función censora, ha sido para dejarla en manos de las corporaciones, que la aplican a su manera, discretamente, en nombre del buen gusto, de las buenas costumbres, y de la sensatez tal y como ellas la entienden. Me recuerdo escribiendo Horas-puente. Eso fue hace ya unos seis años. Estaba saliendo de una dura crisis de escritura. Lo peor no eran las acusaciones de pornografía: lo peor era que no había quien dijera algo interesante y útil respecto de mis libros. Fue ahí que comprendí que los buenos escritores necesitan de los críticos inteligentes. Las ideas justas retroalimentan sutilmente la praxis creativa. Especialmente cuando uno está recorriendo senderos nunca antes explorados, o poco menos. Para mí no había retroalimentación, sólo había denuncias de pornografía, que en aquellos tiempos y en aquel lugar, eran como llamar a la policía. Asumí entonces que cuando uno está jugando fuerte, en el límite, uno tiene que ser a la vez el boxeador y el mánager. Si no había un discurso mínimamente serio acerca del lugar de la erótica en la cultura de Occidente, entonces yo tendría que inventarlo. Lo hice. Recién publicado en Argentina por la Editorial Paidós, ese esfuerzo tiene la forma de un extenso ensayo y se llama La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet. Ese esfuerzo de pensamiento me liberó. Relanzó mi escritura. Hoy vivo de los intereses de ese capital. Horas-puente es la segunda novela que escribí después de ese re-nacimiento. La primera fue Los secretos de Romina Lucas, que sumada a la tercera, Ulisa, completan lo que se ha llamado Trilogía de la Infidelidad. Nunca fue mi intención escribir una trilogía. Yo escribo sin saber cómo sigue la historia que estoy escribiendo. Mucho menos soy capaz de planificar una trilogía. A posteriori, considerando el trío, que había escrito en no más de seis meses, comprendí que había un tema en común. En una la infidelidad era considerada en tanto complicidad, en la otra en tanto terapia, y en la tercera en tanto tabú. Por lo demás, de una a la otra, el tratamiento de ese tema es muy diferente: la primera funciona con paso de comedietta detectivesca, la tercera oscila entre el cinismo y el grotesco, y la segunda –Horas-puente- apela al tono menor, sin énfasis, a la observación naturalista de unos personajes completamente ceñidos a sus rutinas de vida, domésticas y laborales, que de pronto se encuentran atrapados, de manera más que inesperada, insólita, en las tiranías del Deseo. Más allá de todo lo que he dicho respecto del contexto en que mi obra se produce debo agregar que, en el momento de la escritura, para nada lo tengo en cuenta. La escritura es para mí un ejercicio caprichoso hasta el autismo. No escribo libros de tesis, ni libros ideológicos, no trato de demostrar nada, ni de atacar o defender esta o aquella manera de pensar o de vivir. Escribo como en trance, tratando de conectarme con lo más profundo, con lo más primordial de la experiencia erótica, mimetizándome con mis personajes hasta padecer con ellos sus temores y sus epifanías. Mi literatura pretende, a partir de la profundización en sicologías y situaciones, hacer visibles las vetas ocultas de la experiencia erótica, su capacidad para hacer de nosotros a la vez ángeles y demonios. Mi tema es el Deseo, la manera en que se instala en nuestras vidas, en que cambia nuestras vidas, o en que nos las arreglamos para evitar que lo haga. Ercole Lissardi, Junio 2013 Publicado a manera de postfacio en la edición en hebreo de Horas-puente.

  • Reseña de "El hombre que pudo haber sido" por Fernando Barrios Boibo para revista Relaciones

    Novela dedicada al padre de la autora, lo que constituye un paratexto del que solo podremos hacer conjeturas a posteriori, con la duda de si ese camino nos conduce hacia algo de interés. Sobre todo porque a medida que la narración avanza, "El hombre que pudo haber sido" puede ser cualquiera de nosotros y todos seguramente. Leit motiv existencial y narrativo que atraviesa la lectura de esta novela que tiene de iniciación tardía para más de un personaje; claramente para laír, antropólogo que hace el viaje de retorno de Israel a Uruguay, reverso vicario de Ia ida de sus padres, y para Miriam que tendrá un nuevo comienzo erótico. Pero también en cierto sentido para Bernardo, judío puesto a testimoniar de su vida vivida y no-vivida a la vez. Porque parece claro que también somos lo que no fuimos pero soñamos ser, lo que deseamos y aquellos objetos causa de nuestro deseo. Y es ahí que Ia frustración y el sentido maniqueo de una evaluación cualquiera se problematizan, se enriquecen, pueden hacernos justicia. Clara, mujer de Bernardo, antianfitriona, "experimento fallido, una criatura que a la ciencia le había salido mal", perpetuamente "incapaz de satisfacer su deseo de crueldad" hará un contrapunto necesario a toda ilusión de comodidad. "Me los imaginé como un aparato formado por dos tubos comunicados entre sí mediante un canal en la base, que cuenta con el líquido exacto para llenar uno solo de los tubos. Por lo tanto a través de un movimiento de báscula se puede llenar uno de ellos a condición de vaciar el otro"-, así ve el narrador protagonista a esta pareja que lo recibe, aunque decirlo así constituye un eufemismo. Con momentos de Pesadilla y Ia sensación de que el proyecto de Bernardo se torna una misión imposible, el lector avanza, no obstante, intuyendo que se trata de eso, de atravesar una experiencia de cruce de vidas de seres que podrían no haberse cruzado nunca pero que una vez que eso ha sucedido ya nada será lo mismo, al menos subjetivamente, que es eI terreno donde mayoritariamente nos ubica Grynbaum; a pesar del trasfondo histórico y político y lingüístico. De hecho será necesario incluir un glosario, al final, de términos en hebreo. La inclusión de términos hebreos no obedece, al menos eso me parece, únicamente a situar la trama en el diálogo entre judíos o a dar cuenta de una cultura sino que aporta una musicalidad particular al habitar de una lengua en otra. Unos otros sonidos nos sustraen momentáneamente del ronroneo domesticado de la lengua materna. Es también una visión mordaz y crítica de una supuesta idiosincrasia nacional que condena a elegir "entre el fracaso y el sacrificio". Del final, esperado e inesperado a Ia vez, solo diré que opera como acto o corte, que nos obliga a hacer nuevamente provisorias las certezas de comprensión y verdad en lo que a la realización de deseos se refiere: casi como decir en lo que a la vida de cada quien se refiere. "El hombre que pudo haber sido", Ed. Santiago Arcos; Bs. As. 2016. pp. 201 (8/2016)

  • Ercole Lissardi - Elogio de la ambigüedad

    Trabajo leído el 8 de setiembre de 2005 en el Cabildo de Montevideo para presentar "Bitácora de una persecución amorosa", de Ana Grynbaum. Quisiera presentar este primer libro de Ana Grynbaum (Bitácora de una persecución amorosa, Lapzus/Artefato, 2005), proponiéndoles un breve y modesto elogio de la ambigüedad. No la ambigüedad en el sentido vulgar de lo confuso, lo oscuro, lo de difícil lectura o interpretación, sino de la ambigüedad entendida correctamente en el sentido de que propone más de una lectura, perfectamente clara cada una, y argumentable cada una en función del texto y del contexto, pluralidad de lecturas a partir de la cual estamos en situación de elegir la nuestra. Frente al texto -en este sentido- "ambiguo" estamos como cuando Hamlet le señala a Polonio una nube, diciéndole: ¿Ves aquella nube que tiene casi la forma de un camello? y Polonio responde: Ciertamente que se parece a un camello, y entonces Hamlet le dice: Pues para mí se parece más a una comadreja, y Polonio concede: Tiene el lomo como de comadreja, y entonces Hamlet dice: ¿O lo tiene como una ballena? a lo que Polonio responde: Es muy parecido al de una ballena. Como ante un cielo con nubes, frente a lo ambiguo -entendido como recurso literario deliberada y cuidadosamente utilizado- estamos frente a una multiplicidad de interpretaciones, ninguna de las cuales es más válida que la otra. *** Teóricos de lo literario, como Gerard Genette o Roman Jakobson, han subrayado que la ambigüedad es una característica intrínseca, inalienable del lenguaje de la poesía. Bastante menos ha sido analizada como recurso narrativo, aunque, como veremos, no faltan los ejemplos. La ambigüedad carga al texto con un juego de tensiones internas. Esas tensiones chocan y finalmente se resuelven -o no- en la mente del lector. Por esa razón -o sea, porque en dosis elevadas puede resultar agobiante- es un recurso que normalmente se emplea en cuentos o en relatos más bien breves. Pero existen asimismo novelas que recurren a la ambigüedad en sus capítulos finales. Es un recurso que da origen a una forma de final abierto frente al cual el lector no tiene más alternativa que optar por una interpretación del texto para poder cerrarlo, completarlo. Por ejemplo, el final perfectamente imprevisible de El inocente, de Graham Greene, obliga al lector a una interpretación del sentido del texto, de la idea de la peripecia humana que lo motiva y sustenta, y sin esa interpretación -del color que sea- el texto permanece enigmático, o directamente, absurdo. Otro ejemplo: al final de El joven Buenhombre Brown, de Nathaniel Hawthorne, el lector se ve enfrentado por el autor mismo, explícitamente, a la alternativa siguiente: lo relatado ¿ha sucedido realmente? ¿o ha sido todo un sueño? El dilema parece perfectamente razonable dadas las características del relato. El detalle está en que las consecuencias a extraer de una u otra alternativa no son en ningún caso tranquilizadoras, sino que son a cuales peor. La novela El hombre que mira de Alberto Moravia también va elaborando cuidadosamente un dilema para el lector, dilema que sólo se despliega con total evidencia en la última página y que para ser resuelto exige que pongamos en juego no sólo nuestra comprensión de la psiquis humana sino también nuestra comprensión de la dimensión política de los conflictos intergeneracionales tan típicos de la segunda mitad del siglo pasado. *** Me atrevo a proponer a Bitácora de una persecución amorosa como texto paradigmático cuando se trate de ejemplificar en nuestras letras actuales el recurso a la ambigüedad. Funciona realmente como un anillo de Moëbius. Nunca sabemos si estamos caminando por el lado de dentro o por el de fuera, por el derecho o por el revés, o sea, nunca sabemos si este es el relato de una paranoia o si se nos está dando cuenta objetivamente de los hechos. Y la línea final La puerta cruje... -estereotipo literario, si los hay- no cumple, como debiera, con el cometido de resolver la duda sino que aplaza esa resolución al infinito, asegurándonos que la duda podría resolverse si el relato se extendiera unas pocas líneas más, cosa que no hace. Quisiera comenzar mostrando cómo en Bitácora... -a pesar de la llaneza y la aparente transparencia de lenguaje que caracteriza al personaje que narra- es precisamente sobre la instancia del lenguaje que se construye ese delicado equilibrio, esa ambigüedad, que caracteriza al conjunto -a la Forma, digamos- del relato. *** Como se sabe, la opción por la narración en primera persona tiene por primera finalidad marcar, hacer visibles los límites de lo que el narrador sabe, conoce y comprende acerca de los hechos a los que se refiere. Vino a sustituir -en tiempos de ateísmo teórico- al narrador demiúrgico y omnisciente. Sea en tanto protagonista o en tanto mero testigo de los hechos el narrador en primera persona -a menos que haga trampa- nos está diciendo que lo que narra -y lo que narrando interpreta- es lo que es capaz de entender acerca de lo sucedido. Estos límites, estas marcas pueden estar más o menos explicitados. El narrador puede directamente declarar los límites de su testimonio, como sucede habitualmente en las novelas de Joseph Conrad. O los límites de ese testimonio pueden estar implícitamente dados por la manera en que el narrador se expresa. Es el caso de la protagonista y narradora de Bitácora...: la manera, el cómo cuenta, la materia misma de su lenguaje nos dice cuáles son los límites de su comprensión respecto de lo que le sucede. En primer lugar, el discurrir de Marina no es nunca reflexivo. La correntada del acontecer la arrastra y nunca tiene el margen suficiente como para distanciarse y encuadrar su peripecia en un marco conceptual -el que sea- que le permita elaborar estrategias un poco más sutiles que las que caracterizan al ratón de laboratorio. No tiene distancia para reflexionar acerca de la conducta de Jorge, su marido (asume sencillamente que no lo entiende); ni tiene distancia para reflexionar acerca de la naturaleza de la relación conyugal que han anudado (sólo puede dar cuenta de las caracteristicas más exteriores de la relación); ni puede reflexionar acerca de su propia irreflexiva y extremosa conducta. En realidad, un sólo tema indica en el relato algún nivel de reflexión: trata de comprender qué significa estar narrando, estar escribiendo lo sucedido, pero esa comprensión deriva de la prolijidad inicial (Este escrito consiste en un esfuerzo por decir cómo se fue tejiendo el universo donde fui a parar dice) a la dificultad para controlar el esfuerzo intelectivo (Mis pensamientos rebotan sin fin en las concavidades vecinas. Si no los bajo al papel voy muerta, dice Marina, sin explicar qué es eso de las concavidades vecinas) y finalmente aterriza en la impotencia del callejón sin salida (Sabiéndome encerrada recularé como una bestia. Escribiendo intento encontrar otra salida, dice ya cerca del final del testimonio). *** Esa incapacidad de Marina para reflexionar su peripecia está prefigurada en la materialidad misma de su lenguaje, hecho de ingenuidades, frases hechas y humor involuntario. Marina cree que no todas las mujeres son capaces de la hazaña (...) de irla llevando en un anonimato de quejas amortiguadas, inconfesables, sostenidas por la conciencia de tener que soportar valientemente el dolor de la existencia cruda y pura. No sabe que eso que llama hazaña no es sino la condición común de la mujer, según el imaginario feminista. Cuando la ingenuidad de Marina toca fondo se parece bastante a la estupidez y roza el humor involuntario: Los heladeros son buena gente asegura su profesión misma los inviste en la generosidad y solidaridad con sus congéneres. En cuanto al componente de frases hechas: los no se puede ganar la lotería sin jamás comprar un número y los nadie es tan reservado como quien no tiene nada para contar son la argamaza misma que puntúa el discurrir, para no referirnos a la marea, menos pomposa y significativa, de calcificaciones elementales de la expresión (la fantasía es florida, las empresas son descabelladas, etc). *** La sensibilidad de la autora para con los pliegues y repliegues del lenguaje le permite comprender que un lenguaje de esta índole, saturado de ingenuidades y frases hechas y siempre al borde del humor involuntario, no excluye la posibilidad de la poesía sino que, por el contrario, le abre puertas inesperadas. Así, por ejemplo, cuando describe las sensaciones del tardío despertar sexual: El mundo crepitaba candoroso derritiéndome. Víboras de nuditos se retorcían sin fondo a lo largo de mi cuerpo, visitando rincones inauditos. Ese día me acompañó hasta la puerta de mi casa y se fue, dejando cuidadosamente mi incredulidad violarse a fuego lento, sabio como resultó ser en el manejo de mí. O cuando opta por una curiosa forma de suicidio consistente en no dejar de mirar el cielo: Si nada distrae a alguien embarcado en la inmensidad azul luminosa, concentrado de lleno en el mirar, la vida -esa cosa ordinaria de sobrevivir- termina sencillamente diluyéndose por redundante. La lucha por la supervivencia pierde frente a quien, superando las barreras del cansancio, se entrega al cielo. Y no hay otra manera de meterse en el cielo que abrirse para que el azul avasallador disponga de uno. Los ojos fijos como poros, agujeros de colador, entrada suprema al infinito. El filo poético es precisamente lo que nos sorprende cuando Marina decide ir a fondo, a su manera, en su relación consigo misma: Empecé a cortar despacio, suave, con leve temblor al comienzo; más afianzada en cada nuevo corte, obtenía mayor precisión en las líneas del dibujo; ninguno se parecía al anterior. Comencé por los tobillos -mis simpáticos tobillos finos- y fui subiendo con los arabescos a lo largo de las piernas. Un último ejemplo, es difícil expresar toda la desolación a la que puede llegar una relación conyugal con -a la vez- la ingenuidad y la precisión de estas lacónicas líneas: Que se trata de su respiración no me cabe la menor duda: es lo único que he escuchado de él en los últimos largos tiempos de convivencia. En el fondo el texto de Grynbaum funciona en la misma vena que el Cándido de Voltaire, una inteligencia refinada se esfuerza por expresar su otredad radical: la mente del ingenuo. Sólo que en los tiempos que corren no hay moraleja que cierre el tour de force y asegure un sentido. *** Pero volvamos a lo que íbamos. Este discurrir carente de reflexión, este lenguaje ingenuo, de frases hechas y humor involuntario de la protagonista que narra está ahí, decíamos, para evidenciar los límites de la comprensión que Marina tiene de la circunstancia que vive. Y a la vez, postulábamos, esos límites son la condición de posibilidad del efecto de ambigüedad, de cinta de Moëbius que caracteriza al conjunto del relato. Los límites son estos: su nivel de comprensión de lo que vive no está por encima de su nivel de uso del lenguaje. No comprende a su marido, como ella misma declara, y como se desprende de la ingenuidad por momentos pueril de su relato, pero responde a sus actos con conductas que implican una interpretación precisa de los actos de él. Aunque los actos y actitudes de él nunca sean en sí clara y deliberadamente malvados o perversos ella responde con conductas primero de defensa y luego de desesperación tales y como si estuviera siendo prisionera de un psicópata asesino. Cuando Marina deja de ser objeto de atención sexual entra en un proceso de abandono y apatía, y padece fantasías -por el momento bastante metafóricas- de autoeliminación. Cuando comprende que Jorge ha cambiado la cerradura de la casa y no le ha dado copia de la llave huye lanzándose desde una ventana. Cuando es sometida a un tratamiento con fármacos y pone rejas en sus ventanas deja de comer, no se comunica en absoluto e intenta ya más concretamente suicidarse asándose al sol. Para conseguir salir de la casa finge una peritonitis. Cuando ve que Jorge tiene una pistola se tajea el cuerpo con una navaja, y así siguiendo en una escalada de final abierto en la novela -la línea final de la novela, como dije no resuelve sino que agudiza el dilema y, también, aparentemente, la escalada de violencia. O sea: el relato de Marina implica que la conducta de Jorge sea maligna, pero es incapaz de mostrar de manera concluyente que lo es. A cierta altura del relato inevitablemente empezamos a preguntarnos cómo debemos evaluar la conducta de Jorge y cuál es la verdadera naturaleza de su relación con Marina. Comenzamos, por consiguiente, a releer y a reinterpretar el relato. ¿Qué ha sido primero? ¿el huevo o la gallina? ¿La conducta malvada de él ha generado una respuesta desesperada en ella?¿O a ella la ordenada felicidad doméstica a que aspira Jorge le dispara una crisis y un delirio persecutorio? ¿Todo el relato es una invención delirante o narra los hechos reales y concretos de una persecución amorosa, o peor, de una perversidad criminal? ¿Es Jorge otra cosa que un tipo sin muchas luces que trata de manejar una situación complicada como mejor puede? ¿O estamos frente al relato canónico de una mujer-víctima, destruida psicológicamente por un marido frío, sádicamente brutal? ¿Estamos caminando por el lado de dentro o por el lado de fuera del anillo de Moëbius? ¿Esta escalera -como en los grabados de Escher- sube o baja? Creyéndose al final mismo de su vida Marina escribe una bitácora de su peripecia. Pero para nosotros, lectores desconcertados, su bitácora es la de un viaje con destino indefinido o sospechoso, quizá la de un viaje a Ninguna Parte. *** Ambigüedad total: sin más datos que provengan de otra fuente, no podemos resolver el dilema. Y ¿entonces? ¿qué hacemos con ese efecto de ambigüedad tan cuidadosamente construido?¿esa superficie tersamente ambigua es un fin en sí, o a qué remite? ¿es ese efecto, la exhibición de una técnica literaria impecable, la finalidad misma del relato? Ciertamente que no. Ya vimos cómo en los ejemplos de Greene, de Hawthorne y de Moravia la finalidad de este recurso a la ambigüedad es poner a trabajar al lector, obligarlo a cerrar por su cuenta el sentido del relato. Así, cuando la objetividad del relato de Marina comienza a volverse sospechosa el lector suspende el juicio que se ha ido formando de los hechos. En su mente se pone a funcionar la dialéctica más íntima del texto, su dispositivo formal más sutil y su finalidad más refinada. En la imposibilidad de fijar la verdad del relato y la naturaleza verdadera de sus personajes nuestra respuesta como lectores es la de oscilar entre dos imaginaciones: por un lado, la imaginación del marido abnegado, ejemplar y edificante que hace cuanto puede frente a la locura galopante de su cónyuge (una especie de Leonard Wolf, digamos), y por otro lado, la imaginación del marido como monstruo gótico, babeando una maldad implacable e inagotable (como el pater familias demente de El resplandor); por un lado la imaginación de Marina como víctima inocente y por otro la imaginación de Marina como delirante que gota a gota ha terminado por perder todo sentido de la realidad. La ambigüedad es, entonces, la escenografía, el lugar para que en tanto lectores despleguemos una imaginación oscilante que en realidad no puede ser sino idéntica a la que padece la protagonista y narradora. En otras palabras: la ambigüedad es el lugar desde el que podemos padecer los hechos desde la identificación total con Marina, desde su misma piel, desde su misma oscilación paranoica y dándoles la misma respuesta que ella les da. No hace mucho en un artículo que publiqué en Relaciones mostraba cómo éste crear un espacio en el cual despleguemos en tanto lectores nuestra imaginación -como medio o artilugio para lograr una identificación más profunda con el personaje- es la estrategia que caracteriza al cuento El infierno tan temido de Juan Carlos Onetti. *** Recapitulando, entonces: -la autora construye su personaje desde el lenguaje, desde la peculiar manera de expresarse su personaje, considerada en tanto denotador de unas posibilidades de comprensión de su circunstancia, -sobre esos límites de comprensión, aplicados a peripecias concretas, la autora elabora la Forma del relato, lo que hemos llamado efecto de ambigüedad o de cinta de Moëbius, -finalmente, sobre ese efecto de ambigüedad, la autora construye la actitud del lector hacia el relato: un imaginar oscilante que a nada remite sino a la actitud básica de la protagonista misma, cimentándose de esta manera un efecto de identificación absoluta entre la narradora y su lector. Con lo cual podemos concluir diciendo que en su primera novela Ana Grynbaum deja en claro por lo menos dos cosas: -que -y esto no puede sorprendernos- está en condiciones explorar los "secretos del alma humana" a partir de la materialidad misma del lenguaje, sin entramparse en estereotipos y suspendiendo el juicio hasta donde sea posible suspenderlo, -pero además, que es capaz de convertir sus intuiciones en imagen, en representación, gracias a un seguro manejo del instrumento lingüístico y de los artificios propios de la expresión literaria.

  • Ercole Lissardi - La novela sexy

    Calidad bajo sospecha, de Ana Grynbaum (Rebeca Linke Editoras, 2008) es un relato detectivesco peculiar: da cuenta de todos los azares, errores e ineptitudes en que puede incurrir un detective improvisado. Es también un peculiar alegato anticonsumista: no denuncia la obsesión por el consumo que la publicidad implanta en el cerebro del ciudadano sino que denuncia la premeditada mala calidad de los bienes que el ciudadano recibe por su dinero. Es también -en un alarde de ingeniería genérica que equilibra tres géneros en un solo texto-, es también y sobre todo, para mi gusto -y a los efectos de esta columna-, un excelente relato erótico. En realidad podría argumentarse que la pata erótica de Calidad bajo sospecha es la dominante, ya que el conjunto de la cosa está narrado por Yenny, titular de las peripecias eróticas, con muy poco interés en afanes detectivescos o en denuncias sociales, asuntos en los que se ve implicada por causa de Max, su pareja -pareja abierta, digamos-, un chico con el IQ recalentado y con complejo de justiciero, y asuntos de los que el relato de Yenny nos ofrece una mirada bastante despreocupada y oblicua hasta que el mejor de sus ligues resulta ser un personero de la conspiración infernal que Max ha estado tratando de desbaratar. Creo que con este recuento queda claro que estamos en el terreno de la comedia alocada y del comic. El texto cumple con total felicidad con esas expectativas. Larga vida a la literatura que, además, sabe ser entretenida. Grynbaum, cuyos retratos femeninos varían notablemente de novela en novela -antes publicó Bitácora de una persecución amorosa (Artefato, 2005, Premio de Narrativa del MEC 2007) y La cuchara universal (Artefato, 2006)- redondea con Yenny un auténtico capolavoro. Sin dones superlativos de observación y de humor sería imposible la apropiación mimética que hace del bichito urbano -muy montevideano- que es Yenny. De la mano de su protagonista y narradora vamos entonces a abundar en la dimensión erótica de Calidad bajo sospecha. Yenny, la Yenny, es la típica minita de barrio. Su hábitat, campo de operaciones y horizonte mental no van más allá no digamos de tal o cual barrio -su barrio- sino más bien del universo mismo de lo barrial. Está en la cómoda y es perfectamente irresponsable. Mantenida por Max, ya no necesita fingir de cara a su familia que estudia -resulta que yo estudiaba ciencias de la comunicación, dice, por estudiar algo-; de hecho ya no tiene por qué soportar más a su insoportable familia. Flota así en la nada, haciendo apenas el pálido esfuerzo que le demanda la obtención de sus minúsculos placeres. Y bien que sabe ella dónde le pica y con qué quiere que la rasquen. Un porro y un polvito le sirven siempre para llenar una -otra- tarde al pedo. Por lo demás, al buenazo de Max -más que ocupado con sus hobbies y manías- poco le importa cómo llena ella sus tardes. El desparpajo con que Yenny da cuenta de sus "historias" es cualquier cosa menos habitual en nuestra literatura -especialmente en nuestra literatura femenina. ¿Constituye el desparpajo un valor literario? El desparpajo es el opuesto directo de la metáfora. Ninguno de los dos es más o menos artificioso que el otro. Cuando Yenny dice: Después de una caminata se duerme mejor. Y mucho mejor después de una ducha completa. Me duché lentamente masturbándome una y otra vez, a lo loco, haciéndome arder, está sembrando duros y puros los signos del desparpajo. Ellos son "ducha completa", "a lo loco" y "haciéndome arder". Lo mismo cuando cuenta: Apenas hubimos terminado el habano me tomó por una pierna, como al asalto y allí mismo sobre la alfombra me violó, con mi más sentido consentimiento. Evidentemente hacía tiempo que no mojaba -como dice él- porque tuve que espolvorear abundante limpiador multiuso sobre la alfombra para sacar el olor de su semen. Aquí los signos del desparpajo son "me tomó por una pierna", "me violó, con mi más sentido consentimiento", "mojaba" y "limpiador multiuso". Como se puede apreciar el desparpajo, en tanto figura literaria, no implica tanto -como podría parecer- una lengua suelta sino más bien un sentido particularmente agudo del detalle significativo. Yenny se enamora, por supuesto, del galán más vistoso -vestía camisa y pantalón sport en tonos melón y melocotón- de la vuelta. Es su mejor ligue, el ligue de su vida. Se enamora "hasta las patas", como diría ella si fuera capaz de darse cuenta de que está efectivamente enamorada. Y se enamora por la mejor de las razones que ella es capaz de concebir: los viajes que Juan -así se llama el galán, con bíblica sencillez- le proporciona le revelan maravillas inesperadas en un hacer que aunque siempre lo encuentra gustoso lo considera ni un punto menos que archisabido. De tal grado resulta el derretimiento -un gran espectáculo de prestidigitación que tenía como escenario principal mi cuerpo- que Yenny experimenta cambios en lo más profundo de su ser. Por ejemplo: decide que ya no quiere probar hombres por pura curiosidad vaginal -como le decimos entre amigas. Comprende que Multicogida y malcogida a un tiempo, una vive hambrienta -en esos términos hablamos entre amigas. Otro ejemplo de la profundidad del cambio: A mi sentimiento embargador lo condimentaba una pizca de vergüenza ajena: el galán apelaba a la cursilería más manida. Descubrí con él que todo ese lenguaje kitsch amorosiento me gustaba mucho más de lo que quisiera admitir. El apogeo de la pasión entre Juan y la Yenny llega con malos presagios: Dado que estaba en mi segundo día menstrual los coágulos de sangre caían como bombas encima de partes de nuestro cuerpo y se extendían por las sábanas antes de ser absorbidos por el colchón y las almohadas. Ni él ni yo utilizaríamos esa cama a la noche, tanto daba la magnitud del enchastre. En determinado momento Juan se empapó el dedo índice para escribir obscenidades amorosas sobre mi vientre. Pude leerlas mirándome en uno de esos ventanales-espejo que pueblan las paredes de los cuartos de hotel. Me vi tan espléndida como nunca antes en mi vida: él me había adornado con signos amoríferos. Mortíferos en realidad -y para él- resultarán en realidad los signos y los presagios. Porque por debajo del desparpajo y del tono alocado, un poco en sordina para no romper el equilibrio entre las tres patas de la novela, la veta erótica de Calidad bajo sospecha se remata en tragedia, tragedia lumpen, con un lazo sublime entre los personajes a priori menos indicados para sostenerlo, lazo sublime elaborado a pura exasperación sexual. Pero tragedia al fin. Una lágrima se escurre por el rabillo del ojo de la novela sexy. Edición original en El diario de un erotómano, blogs de Montevideo Portal. (17/12/2008)

  • Reseña sobre "Un escritor acabado" de Hugo Acevedo para el diario La república

    La quimera de una sociedad sin infelicidades La quimera de una sociedad feliz plena de compulsivas insatisfacciones es la clave “Un escritor acabado”, el libro de narraciones cortas de la autora uruguaya Ana Grynbaum. Todos los relatos se desarrollan en la República de H, un país imaginario atravesado por una turbulenta historia pero con un presente tal vez bastante más venturoso. Con ligeras pero escasamente explícitas referencias a nuestro Uruguay, estas siete historias de ficción evolucionan entre lo insólito, el humor de sesgo irónico, la fantasía y el más radical de los desencantos. Esa sensación de crónica vacuidad es la que experimenta el protagonista precisamente de “Un escritor acabado” – la narración que inaugura el libro- quien padece una intensa sequedad creativa por la ausencia de desdichas y malas noticias. Esta impronta de desasosiego está presente también en “Anónimos”, donde una ignota joven discurre a través de un tortuoso itinerario existencial cotidiano y en “Desaparecido”, que es la surrealista historia de un pintor que literalmente se esfuma. La autora construye un universo literario deliberadamente irreverente, que alude al contradictorio tránsito entre un pasado aciago tatuado por la prepotencia autoritaria y un presente incompleto. (https://www.republica.com.uy/la-quimera-de-una-sociedad-sin-infelicidades) (9/11/2013)

  • Ana Grynbaum - ¡Adiós, bichicome!

    Descubrir cómo van perdiendo vigencia ciertas palabras de nuestro vocabulario es una experiencia que se vuelve habitual con el paso de los años. Este descubrimiento no suele causarme mayor efecto, advertida de que las lenguas vivas cambian a un ritmo mucho más veloz que sus hablantes. Sin embargo, cuando días atrás caí en la cuenta de que la palabra bichicome está en vías de extinción sentí que mi representación del mundo sufría una perforación, diminuta pero cuestionadora. Para los extranjeros y para los jóvenes aclaro, tomando la definición del Diccionario de Americanismos en su tomo sobre Uruguayismos, que “bichicome”, término coloquial y despectivo, significa “persona de aspecto sucio y descuidado que vive de la mendicidad y busca en los desperdicios”. Sinónimos del mismo son: “juntapuchos” (también caído en desuso), “linyera” y “requechero”. El término “bichicome” es una adaptación de “beach comber” -literalmente rastrillador de playas- al español uruguayo (sólo en esta variedad del español existe, aunque también hay una derivación al griego y otra al ruso, cf. Wikipedia “beachcombing”). La acepción “el que come bichos” se desprende naturalmente de la palabra bichi-come y enriquece la dimensión nauseabunda y folclórica del concepto. Pues bien, como decía, la decadencia del vocablo “bichicome” perforó en un punto mi universo simbólico. Y a través de esa perforación asomaron algunos recuerdos cuya falta de nitidez me hizo buscar el auxilio de la reflexión. El primer bichicome de que tuve noticia en mi niñez era llamado por mi padre “Amigo mío”. Probablemente el apodo haya surgido de un empleo recurrente de dicha expresión por parte de aquel hombre cuyo nombre ignoro. No puedo determinar si lo llegué a conocer personalmente o sólo por referencias, pero recuerdo a mi viejo hablar de él como de un amigo entrañable. Incluso guardaba un recorte de diario en el que aparecía su foto, desconozco el motivo del presumible reportaje. Es posible que ese recorte aparezca algún día, dada la costumbre de mi familia de origen de guardar todo tipo de cosas con independencia de su utilidad, especialmente papeles. Rasgo este, el de juntar porquerías, afín a la actividad de los bichicomes. Amigo mío y mi padre se conocieron porque mi viejo le compraba papel de diarios y revistas para embalar la mercadería frágil en su local comercial. Seguramente en ocasión de cada intercambio se demorarían conversando. Charlar era una de las actividades favoritas de mi progenitor y gustaba practicarla con todo tipo de interlocutores. Recuerdo también que había en mi casa algunos objetos, pequeños, inútiles y sin valor, que provenían de Amigo mío. Ahora me vienen a la memoria unos broches para el pelo con pelotitas y unas cabezas de Abbott y Costello para colocar en el extremo de los lápices. Estas últimas llegaron hasta las manos de mi hijo. Amigo mío debió haber muerto siendo yo pequeña. Su figura pervivió como uno de los actores que formaban el elenco estable de las profusas charlas a que mi padre solía entregarse, charlas para las cuales de niña yo era público cautivo –y en la adolescencia, víctima. Aunque tratándose de un bichicome Amigo mío no superaba la categoría de personaje menor, en el discurrir de mi padre aparecía envuelto en una especie de halo mítico. De alguna manera él lo admiraba… *** Interrogándome acerca de aquella suerte de admiración de mi padre por Amigo mío se impuso revisar brevemente las peculiaridades de la figura del bichicome tal como existía varias décadas atrás, pues si el término perdió vigencia es porque el objeto a que refería también cayó en desgracia. En primer lugar el bichicome era un ser raro en cuanto a características y número. En su recorrido habitual por la ciudad un montevideano podía llegar a encontrarse a lo sumo con dos o tres bichicomes, siempre los mismos. Por lo general eran varones, ancianos o de aspecto envejecido y melancólico, hirsutos (las rastas y las barbas desordenadas no estaban a la moda), mugrientos, de vestimenta andrajosa (en una época en que los jean gastados y rajados de fábrica no eran trendy) y muy a menudo alcoholizados. Con frecuencia hablaban solos y a los gritos y solían vagar como los locos, sin alejarse de su territorio. Por lo común solitarios, pero muchas veces acompañados por algún perro; como el perrito Diógenes que acompaña al linyera en la tira cómica de Tabaré. Los bichicomes solían dormir en la calle y otros espacios públicos y vivían de lo que encontraban –para comer y para vender- en los tachos de la basura. La práctica de hurgar en la basura por entonces no era común entre los montevideanos. Hoy en día la cantidad de hurgadores es tan grande que a toda hora se los encuentra si no al lado en el interior mismo de las volquetas donde los vecinos depositamos nuestras bolsas de residuos. Durante las últimas décadas en nuestra sociedad la indigencia ha sufrido una suerte de “democratización”, un número creciente de personas accede fácilmente a ella. Aquel paria con su corte de piojos y pulgas que el bichicome encarnaba ya no es el modelo de los recolectores informales de basura. En líneas generales los hurgadores de hoy no se distinguen por su aspecto de los clasemedieros. Buena parte de ellos se presentan tan bien vestidos y aseados como los hijos de la clase media. Fenómeno que alcanza ribetes no sólo heroicos sino también milagrosos, dada la situación de calle en la que muchos se encuentran. Por otra parte hoy hallamos entre los indigentes tanto a hombres como a mujeres, y de todas las edades. La mayoría conforma un grupo familiar, igual que los demás ciudadanos. El “marginal” ya no es un marginal a la manera de antes. En cuanto a locación no se restringen a los confines de la ciudad y por su número conforman un grupo social importante. Desproporcionadamente importante en relación con su no lugar respecto de las condiciones materiales de existencia que consideramos satisfactorias. Es tan habitual ver “gente como uno” revolviendo deshechos y durmiendo en la calle, por todas partes y a toda hora, que esa sub-vida que en otra época podía escandalizar se volvió “normal” para los montevideanos. Barrio Buceo, Montevideo, abril de 2018 Vuelvo al recuerdo de mi padre evocando a su bichicome de cabecera. Pero para que me “ilumine” todavía falta recordar las maneras en que la palabrita bichicome jugaba sus partidos. Lo que no aparece en el Diccionario de Americanismos es el sentido figurado que la expresión cobró en el habla popular. Así “ser un bichicome”, “roñoso”, “amarrete” (¿”Roñoso” y “amarrete” seguirán vigentes…?) significaba ser tacaño. “Vestirse como un bichicome” quería decir andar mal vestido, con ropa impresentable de tan deteriorada y dándole la espalda a los preceptos de la moda. Ahora bien, la acusación de comportarse como un bichicome o parecerlo se daba entre personas que no debían actuar de tal manera. Como es natural los hijos de la clase media se someten a los estándares estéticos de su época –incluidas las ideas de prolijidad y limpieza. Sin embargo hay ciudadanos que necesitan desafiar de alguna forma esos límites si los sienten restrictivos. Cuando mi viejo usaba ropa de entre casa no parecía menos andrajoso que “el bichicome de la esquina”. Él disponía de varios placares repletos de prendas de vestir en mejor estado. Con frecuencia mi madre lo increpaba acusándolo de bichicome. Por su parte él argumentaba con orgullo que aquella era su ropa de “hombre libre”. Puesto que siempre vestía los mismos trapos, con ironía adolescente yo corregía a mi padre: aquel era su “uniforme de hombre libre”. Así como el hombre feliz no tenía camisa, el hombre libre jamás habría de vestir uniforme. Él mismo me había enseñado a despreciar desde el uniforme de gala del jefe del ejército hasta el atuendo de trabajo del último portero. De todos modos, uniforme o no, aquellos harapos a mi padre le proporcionaban un bienestar al que se sentía con derecho. Ahora que mi padre ya no vive y el bichicome se está evaporando empiezo a comprender el valor que tenía para mi viejo aquel gesto de vestirse como un bichicome. Él se identificaba con aquella figura mítica del clochard, que el cine francés en su período de esplendor supo ensalzar –incluso Jean Gabin interpretó el papel. El bichicome como una especie de héroe de la libertad individual, el hombre que con su desprecio desafía al orden social. A mi padre el disfraz de bichicome le permitía relajarse, alivianarse de todo lo que la sociedad esperaba de él, dentro del espacio permisivo de la intimidad del hogar. La figura del bichicome vestía las sábanas –rotas y sucias, claro está- de cierto fantasma de la libertad. La fantasía del hombre desasido de las cadenas del mundo del trabajo, del peso de los deberes familiares, de la incomodidad de cumplir las reglas del decoro. Una ilusión, sí, pero mediante la cual algunas personas, como mi padre, podían ver cumplido un ideal. A diferencia de los viejos bichicomes los hurgadores actuales inocultablemente forman parte de la cadena de producción capitalista y no habitan los poéticos márgenes de “la sociedad opresora”. El hurgador no pasea por la ciudad a su vuelo; prosaicamente trabaja -como cualquier asalariado, pero sin sueldo-. El bichicome encarnaba la contracara de los valores clasemedieros. Sólo como resultado de un duro golpe de la suerte y un fuerte soplo de la locura el empleado público o el pequeño comerciante podían llegar a convertirse realmente en un bichicome. Ahora la brecha entre el hurgador y “nosotros” es mucho menor. La situación de vulnerabilidad de los sobrevivientes de la clase media montevideana es tal que apenas un pequeño tropiezo puede convertir la pesadilla en realidad. Esa pérdida de distancia entre la figura del linyera y la del clasemediero se constata en la semejanza de su presentación. Para el clasemediero de antes el bichicome representaba una realidad lejana, para el de hoy el indigente encarna de forma angustiante al “próximo prójimo” –para emplear una expresión de Benedetti. La amenaza acecha en torno a cada volqueta. *** *** *** Otro artículo sobre las angustias de la clase media en nuestro blog: https://www.lissardigrynbaum.org/post/ana-grynbaum-la-clase-media-se-divierte

  • Cineclub La cuarentena - Fireball, de Herzog y Oppenheimer

    Fireball. Visitors from Darker Worlds, (Bola de fuego. Visitantes de mundos más oscuros) 2020. Documental escrito por Werner Herzog y co-dirigido junto con Clive Oppenheimer, sobre los meteoritos -y muchas cosas más.- Nuestra conversación sobre Fireball: https://anchor.fm/lissardi-grynbaum/episodes/Fireball--Visitors-from-Darker-Worlds--Bola-de-fuego--Visitantes-de-mundos-ms-oscuros-e13ttdo El libro de Lissardi mencionado: Trailer:

  • Ercole Lissardi - El horror esencial

    A menudo se me ha preguntado por qué sólo escribo erótica. La pregunta es pertinente, ya que llevo más de treinta libros publicados y todos giran en torno al mismo universo temático. He respondido con la razón del artillero: Chandler escribió policiales, Conrad historias de mar, yo escribo erótica, o sea: el mundo es variado y cada uno hace lo suyo. Es una manera de eludir la respuesta. También he respondido aludiendo a la preeminencia de lo sexual en la explicación de las conductas humanas, particularmente desde Freud en adelante. Es otra manera de eludir, con generalidades, la dimensión personal que debiera incluir una respuesta. La realidad es que nunca me planteé seriamente la pregunta. Probablemente porque siempre me resultaron indiferentes las razones que pudiera tener para escribir erótica. Mientras la máquina funcionara perfectamente sin respuestas, me parecía inútil buscarlas. Dada la indiferencia que el asunto me producía a nivel consciente la respuesta terminó por hallar su camino emergiendo por entre las brumas del subconsciente. Hace unos días me despertó un sueño atroz. No voy a ir al detalle, baste con decir que se asesinaba niños enterrándolos vivos. Siempre me afectó, naturalmente, la violencia hacia los niños, pero desde que soy padre el efecto que me causa es insoportable. El tipo de violencia extrema que había en mi sueño me despertó verdaderamente conmocionado. Y en medio de esta conmoción, antes de que mi mente pudiera hilar un solo pensamiento, desde algún rincón de mi ser que permanecía perfectamente lúcido, sin que mediara pregunta alguna, respondiendo a la pregunta que no me había formulado, me dije: “Contra esto es que escribo erótica”. Me llevó un par de tazas de café estar en condiciones de analizar semejante proclama. Muy lentamente se me hizo evidente su significado: escribo erótica para alejar de mí el horror. ¿Qué horror? El horror esencial, me respondí, y de inmediato comprendí qué es el horror esencial. Es, en primer lugar, el que proviene de la mera conciencia de existir y de la precariedad inherente a la existencia. Y en segundo lugar, el que proviene de la conciencia de la infinita maldad de que son capaces los seres humanos. El horror esencial es un veneno que, apoderándose de la conciencia, nos sume en un pánico incesante, en la inmovilidad total y en la aniquilación espiritual. La única salvación está en la vacuna temprana y en el acorazamiento. Las creencias religiosas, los deberes y las rutinas, la ignorancia selectiva o ideológica, la creación artística, etc., están ahí para evitar que nuestra mirada quede atrapada en el abismo. La pasión erótica, con su trenza de deseo, goce y placer dirimiendo preeminencias, levanta murallas más allá de las cuales quedan los monstruos del mal y de la nada. Mis novelas, cuarenta como son a la fecha, contando las inéditas, han ido urdiendo un mundo denso e intenso, un paraíso sensual en el que para todos hay lugar excepto para los violentos y para los desesperados. En el mundo de la pasión erótica la violencia es un juguete y la nada no es más que el momento supremo de la voluptuosidad. Sólo en tres de mis novelas, todos de la primera etapa de mi producción, enfrento cara a cara aspectos del horror esencial. Aurora lunar es acerca de asumir la propia finitud, pero mi protagonista la asume no como un final sino como un desafío. Interludio, interlunio es acerca de dañar al prójimo, pero la maldad aún no ha triunfado aquí sobre la espiritualidad con la que paradojalmente cohabita en el alma humana. Finalmente, Evangelio para el fin de los tiempos es acerca de la destrucción del planeta, pero una esperanza delirante se eleva –literalmente- en el último momento. En todo caso, en las tres novelas es la intensidad del deseo que habita en mis personajes lo que genera el coraje con el que se enfrenta al horror esencial. El horror esencial es una experiencia ineludible. Pero cada uno de nosotros cuenta con recursos propios con los que enfrentar o eludir la fascinación del abismo. Ser humano es dar esa batalla y vencer. La cultura humana es el catálogo de formas en que los seres humanos son y han sido capaces de rechazar el horror al mal y al vacío. Por eso es que cada cultura, por humilde que nos pueda parecer, antes de ser evaluada en sus posibilidades y sus limitaciones, merece el reconocimiento por haber sabido cobijar a los frágiles humanos de la más terrible de las amenazas, aquella de no encontrar razón para existir o de no soportar mirarse en el espejo.

LISSARDI & GRYNBAUM

Lissardi & Grynbaum es un blog sobre literatura, arte y cine desde la perspectiva de los autores uruguayos Ercole Lissardi y Ana Grynbaum

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