Soy heredera de un escritor fracasado, Ana Grynbaum para Mundos íntimos, diario Clarín

Cuando era chica, él gran lector y pequeño comerciante le hablaba de tramas de libros y de óperas. También de cómo le hubiera gustado ser escritor. Nunca lo intentó, pero ese no haber podido o no haber querido influyó silenciosamente en su hija: ella debía hacerlo. Hoy es una autora reconocida.


Foto de Pablo Bielli


Hay quien hereda el comercio de su padre, o incluso el bufet de su abuelo, y sólo debe rendir los exámenes necesarios para ponerse al frente y navegar con viento en popa. Pero también están los que heredan de su padre las frustraciones y, como los salmones, deben nadar contra la corriente. Porque las frustraciones heredadas son imperiosas deudas que no caducan. La única apuesta válida es la de revertirlas, convertir esos fracasos en logros, realizarse allí donde los deseos más profundos del progenitor naufragaron. Dicha operación es una forma particular de resiliencia. Pero, en estos casos, la corriente contra la cual se navega constituye, más que un obstáculo, el impulso fundamental, que si falta, como sucede con el velero sin viento de La línea de sombra de Conrad, no es posible avanzar.


Entre mis primeros recuerdos está la biblioteca de mi padre, una habitación destinada a ser su estudio, para la cual había mandado hacer muebles a medida y donde había colocado cuidadosamente cada libro y cada adorno, pero a la que, una vez montada, no habitaría más que muy excepcionalmente. Lo recuerdo en su sillón de la biblioteca especialmente cuando se enojaba con mi madre y recluirse en su biblioteca le servía como excusa para hundirse en profundos silencios de lectura o en las óperas de Verdi. Por mi parte, yo lo imitaba sin necesidad de excusa, me gustaba ocupar su sillón y escuchar el disco de Titanes en el Ring.


Tras la muerte de mi padre, en 2012, su biblioteca se ha conservado casi como él la dejara, pero ya definitivamente abandonada, y acusando múltiple recibo de su ausencia. Sólo la visitamos, a veces, mi hijo, mi marido o yo, en busca de algún libro que haya sobrevivido al paso del tiempo, o buscando algo que no sé lo que es, pero que allí encuentro. La biblioteca sigue teniendo las mismas cuatro paredes tapizadas de libros, el tocadiscos Winco y la colección de long plays y discos de pasta, de los más variados géneros, el barcito para una eventual copa en las tardes frías, el encendedor de pipas con cara de viejo marino y el globo terráqueo antiguo y su brújula al pie, delante de la ventana que da al jardín.


En el medio de la habitación, como un trono, sigue estando el escritorio de mi padre, y sobre él varios posalápices llenos de lapiceras con la tinta seca, y papeles que amarillearon esperando al escritor que nunca llegó, como una novia momificada. Sin embargo, ese mausoleo vacío no fue del todo yermo, porque el escritor finalmente acudió a la cita, ya que es imposible evitar a los convidados de piedra. El escritor no encarnó en el cuerpo de mi padre, sino en el mío, su única hija.


Pero si bien el escritorio de mi padre permaneció, como tal, intacto, los libros no corrieron la misma suerte: mi padre los leyó casi todos, aunque no en el ámbito de su biblioteca. Pasaba larguísimas horas acostado en la cama leyendo, transportado, ausente, feliz. Era como si levitara. A menudo ni se daba cuenta de que yo estaba ahí, mirándolo leer, fascinada, percibiendo la enorme distancia que tomaba de todo cuanto lo rodeaba. Lo contemplaba en su ascenso hacia una dimensión de las cosas que, siendo pequeña todavía no conocía, pero adivinaba apasionante y misteriosa. Tal vez quise volverme escritora para que mi padre leyera mis libros, para encontrarme con él en ese reino lejano al que él huía siempre que le era posible, para conquistar aquellas tierras hospitalarias e ilimitadas.


Casi en contraposición con la biblioteca guardo el recuerdo de un verano en la playa, en la Barra del Chuy, cuando ya tendría unos diez años. Era una playa ancha, sin principio ni fin, en el cielo enorme las nubes dibujaban todo tipo de figuras, la arena exhibía una vasta colección de huesos de aves marinas. No había nadie excepto mi padre y yo –al menos en mi recuerdo–. Estábamos como dentro de un libro. Caminábamos por la orilla y él me relataba los argumentos de sus óperas favoritas. Reconocía que eran unos melodramas de muy dudoso gusto, pero igual se deleitaba en el acto de narrar las desgracias y equívocos de sus personajes. La infeliz dama de las camelias, de alma pura a pesar de toda la disipación de su cuerpo, además roído por la tuberculosis, era, por lo general, su prima donna.


Cuando contaba los argumentos de las óperas, y de sus libros y películas favoritas, mi padre se iluminaba de una manera especial, se convertía en otra persona, mucho más elevada y poética que el pequeño comerciante que era en la vida real, y que él mismo despreciaba. En esos momentos en que crecía a través del relato yo era su único público, yo sola reunía en mí a la humanidad entera. Habitábamos, pareja perfecta, en un paréntesis dentro del tiempo. En la playa gigante, rodeados de brillantes espectros. El mismo estado del espíritu alcanzo, hoy en día, cada vez que zarpo en la lectura y en la escritura.


Aquel verano en el balneario leí un librito llamado Aquí cien años de raros, que tenía un fragmento de Maldoror –ese mismo volumen se encuentra ahora en la biblioteca de mi casa, porque los libros, como las cartas, llegan a destino–. Seguro que en mi primera lectura entendí muy poco al Conde de Lautréamont, pero eso no impidió que su texto interviniera decisivamente en la construcción de mi deseo de escribir, en esa visión de la literatura como otro mundo, un lugar sugestivo, donde todo es posible y hasta lo doloroso puede volverse bello.


Comprendí que la creación de otros universos, que la literatura posibilita, permite mejorar la realidad, y, sobre todo, volverla muchísimo más soportable. Y si no cambia la cárcel del presente, al menos la anula por un lapso, da un respiro, una alternativa, no menos válida por estar condenada a desaparecer, puesto que podemos traerla de regreso. El verdadero infierno consiste en no tener cómo huir del presente cuando el presente se vuelve invivible. En aquel tiempo comencé a intuir estas cosas y despertó en mí el inconfesable deseo de crear un paraíso de palabras donde atrapar a mi huidizo padre.


Años más tarde, cuando mi padre decidió jubilarse, me ofreció su empresa. Oferta que, sin pensar dos veces, rechacé, porque mis padres me habían transmitido –sin saberlo– su menosprecio del comercio como actividad. Por entonces, ya me estaba formando como psicoanalista, ocupación con la cual –aunque lo ignoraba– cumplía a mi manera, el mandato de ejercer una “profesión liberal”, como mis padres deseaban para su hija. Además, aunque todavía no había empezado a publicar, ya había recibido de mi padre la herencia que verdaderamente necesitaba.


Cuando publiqué mi primer libro, Bitácora de una persecución amorosa, omití cuidadosamente comunicárselo a mis padres; como si estuviera violando un tabú, actué en forma clandestina. Sin embargo, ni se me ocurrió firmarlo con otro nombre que el de mi documento de identidad, y de la existencia de aquel primer librito mis padres se enteraron por la prensa. No lo había previsto, la salida del libro había coincidido –casualmente– con el nacimiento de mi hijo y estaba demasiado ocupada en mi bebé como para especular acerca de los destinos del opúsculo. Al enterarse de la publicación mis padres, extrañamente, no se enojaron, sino que se alegraron mucho.


A medida que fui publicando nuevos libros se los llevaba en seguida. Mi padre hacía tiempo que no era el lector que había sido: como tantos ancianos, había cambiado los libros por el televisor. Trataba de contarme los programas que veía en la tele, sin mayor éxito. Yo tampoco era, desde hacía mucho, su público cautivo. En cuanto a mis libros, sé que no leyó todos los que publiqué antes de su muerte. Respecto de La cultura masoquista me dijo: Te deseo mucha suerte, pero el tema del masoquismo a mí no me interesa. Le habrán gustado realmente uno o dos de mis libros. Sé que disfrutó de Calidad bajo sospecha porque es una novela policial –su género favorito–. De todas maneras, por entonces, yo ya no escribía para él.¿Por qué, en verdad, mi padre no escribió? Sólo puedo imaginar la respuesta. Ahora pienso que la idea de ser escritor era para él una mera fantasía, la fantasía de un lector entusiasta. Creo que se quejaba por no haber escrito a la manera de los que se quejan por no ganar la lotería, y fantasean con las maravillas que podrían haber obtenido, sin comprar nunca un billete. Seguramente que mi vocación parte de un equívoco, me tomé sus fantasías tan a pecho que las terminé convirtiendo en realidad. Pero de equívocos y de fantasías estamos hechos los humanos.


Por eso, además del placer que me produce, hay momentos en que la escritura me hunde en una sensación de imposibilidad que viene de lejos, de una vida anterior a la mía, y el acto de escribir se convierte, en un acto de heroísmo. En mi derrotero como escritora, debo atravesar al fantasma del escritor fracasado cada vez que me sale al cruce, como un salteador de caminos; debo asesinarlo toda vez que renace y saltar por encima de su cadáver para seguir adelante.


Escribir es, para mí, un acto que encierra una contradicción que oficia como motor para la producción de mis textos. Por un lado cumplo el deseo de escritura de mi padre, pero, al mismo tiempo, traiciono la memoria del escritor abortado, usurpo su lugar, robo el botín que él nunca pudo conseguir. Paradójicamente, despojo a mi padre de lo que él nunca tuvo.


Será por este carácter épico que tiene para mí el ejercicio de la escritura que, en cada proyecto literario, debo desobedecer algún mandato, necesito ir a contrapelo de alguna prohibición. Pero quiero dejar en claro que no es mi culpa, que no lo hago de rebelde. Para realizarme como escritora, en cada libro tengo que asumir algún tipo de desafío, cumplir alguna tarea que parezca difícil –o estimulante–. Abordar un tema cargado de prejuicios, como el de las prácticas masoquistas en la actualidad, o desafiar mi propio coraje para decir cosas que el lector pueda aceptar o rechazar, pero que no lo dejen indiferente.


Enfrentando obstáculos es como me apropio de la herencia del escritor fracasado, demostrando que no hay excusas válidas cuando uno quiere verdaderamente realizar su vocación.


***


Escribí este texto especialmente para Mundos íntimos, sin embargo, es como si el testimonio que contiene hubiese sido elaborado mucho antes y hubiera permanecido al acecho, invisible pero firme, sobre uno de los anaqueles de la biblioteca de mi infancia, esperando el momento justo para dar el salto.



(https://www.clarin.com/sociedad/Mundos-intimos-heredera-escritor-fracasado_0_NJrSPeWyb.html)

(9/4/2016)