Reseña de "El Ser de Luz y la Diosa Idiota" de E. Lissardi por J. Pinedo para El cohete a la luna

En torno a la diferencia entre erotismo y pornografía, las variables de tiempo y espacio resultan determinantes: el óptimo de diversidad varía la tolerancia. Lo que puede verse por la TV de cable hoy, a cualquier hora del día, sería impensable a fines del siglo pasado. El imborrable censor de las dictaduras militares argentinas, Miguel Paulino Tato, regía sus tijeretazos según el notable concepto de “moral pública media”, no sólo para arremeter contra las películas de Isabel Sarli. La prohibición en 1967 de la ópera lírica Bomarzo de Alberto Ginastera y Manuel Mujica Láinez, por gracia del dictador Juan Carlos Onganía a instancias del cardenal Antonio Caggiano, marcó un climax peculiar al apuntar sobre las elites. Desde su auge, los fundamentalistas de un libro, un dios, un templo, se erigieron como como custodios del pudor teológico. En las artes plásticas, la pintura renacentista desplegó imágenes imposibles apenas un siglo después. Al mismo tiempo, en otras latitudes se engalanaba lo que en Occidente iba a parar a la hoguera. Los bajorrelieves hindúes son claro ejemplo.


Un intenso parámetro de la distinción lo brinda un óleo sobre tela de apenas 46 x 55 cm. Expuesto, medio escondido, en el parisino Museo de Orsay bajo el bello título El origen del mundo, realizado en 1866 por Gustave Courbet, por cierto nunca denominado así por el pintor que ni siquiera plasmó en el lienzo su firma en rojo furioso, como era su costumbre. Cuenta la leyenda que el cuadro tuvo distintos propietarios hasta la Segunda Guerra Mundial en que lo robó el ejército nazi, para luego ser rescatado por las tropas soviéticas. Apareció hacia 1955 en la casa de campo de Jacques Lacan, quien lo escondió dentro de un tríptico, sólo abierto de acuerdo al talante de las visitas; hasta que a su muerte en 1981 pasó a propiedad del Estado francés. El prurito por mostrar esta obra maestra del realismo decimonónico tampoco fue exclusividad del famoso psicoanalista, ya que padeció ese destino durante toda su historia. La obra ofrece un cuerpo desnudo de mujer en plano oblicuo de abajo hacia arriba, por encima de las rodillas y hasta la naciente inferior de los senos: apenas se ve medio pezón. Sí se aprecia un vello púbico mullido y la línea de la vulva. La dimensión reducida de la obra —evitando el tamaño natural, presente en otras obras de Courbet— transporta la imagen de un plano figurativo naturalista a una dimensión ficcional próxima a la fantasía de lo onírico, al sueño húmedo. No de la modelo, rozagante y seca: del espectador. El origen del mundo sugiere más de lo que expone, muestra todo y no se ve nada.

Tal parece ser la fórmula mágica del erotismo, mientras que la pornografía operaría precisamente al revés. Al menos en estos pagos culturales. En literatura el asunto tampoco se modificaría demasiado. La moralina de cada época asimismo desplaza la flexible vara de la estética, siempre sensible a la ideología política. De una forma u otra, la calidad de la bruma sugerente y el contexto de aplicación, operan sobre la manifestación artística de la pulsión sexual.


Tanta referencia viene a cuento de la aparición de una serie de literatura –ahora sí— erótica por parte de una luchadora editorial uruguaya que imprime en la Argentina, uno de cuyos primeros títulos es El Ser de Luz y la Diosa Idiota, del escritor oriental Ercole Lissardi (Montevideo, 1951). Antes escondido que ignorado, el autor cuenta con más de cuarenta novelas cortas y ensayos publicados, la mayoría en Buenos Aires, siempre en torno a la temática cachonda. Interlocutor habitual de destacados escritores de habla hispana, padeció el exilio en México durante la dictadura que asoló el paisito, se zambulló en la literatura recién en 1994 y de inmediato resultó bendecido por la vanguardia pacata con el sambenito de pornógrafo. La calidad y éxito de su producción fueron suficientes a fin de desatender tamañas pavadas.

No es que en la narrativa de Lissardi la actividad sexual aparezca encubierta. Para nada. Se presenta en forma permanente, llamando las cosas por su nombre y desde una perspectiva masculina, sin necesidad de saltos de tigre, repasos del Kama Sutra, aventuras tántricas ni acrobacias olímpicas. La gente coge, en detalle, y punto. En El Ser de Luz…, tanto título como denominación de la partenaire inicial, pueden prestar a confusión al connotarse con cierto espiritualismo circulante, de autoayuda, de manera que la trama exige retener el prejuicio durante apenas un par de páginas a fin de descubrir el fetiche remanente y despejar la ironía del mote. Albricia lograda a través de una prosa de diccionario generoso y modulación cuidada, resultado evidente de un intenso recorrido por las lecturas clásicas.

Relatado desde una primera persona, por fortuna totalmente ajena a toda literatura del Yo, soporta con holgura una descripción extensa y serpenteante desde el arranque: “Hay que convivir con el Ser de Luz, estando uno tan espiritualmente receptivo como sea posible, absorto en la observación de su existir, y sin pensar en otra cosa, para que finalmente, si uno es merecedor de tal privilegio, cosa que no se gana en un concurso ni se compra en una farmacia, finalmente, digo, aunque no necesariamente al final sino en un momento cualquiera, imprevisible, indistinguible de todos los demás momentos excepto por el hecho de que es el momento en que la revelación sucede, finalmente la condición, su condición, la condición de Ser de Luz, se hace evidente, ineludible, tan concluyente como es la convicción de que es el mismo sol el que amanece cada mañana”.

Lissardi juega con las herramientas del folletín para lograr una poética que lo contenga y supere. Se priva de presentar la acción propiamente sexual al desenvolver un tramo inicial donde prima la mistificación del celibato. Compone de ese modo la escena tierna, conyugal, opuesta a la que surge con posterioridad con el cuerpo de La Diosa Idiota. Esta es la escena pasional, aledaña a lo carnívoro, opuesta a la anterior, principio y razón de la dialéctica entre la Santa y la Puta. Que por cierto en nada se remiten a lo teológico ni al cobro de servicios. La trama se encarga de aclarar que entre ambas deidades eróticas hay veinte años de distancia. Pues la novela se desarrolla a partir de las evocaciones, de la nostalgia de un anciano respecto a dos experiencias amatorias, marcas indelebles en una educación sentimental incesante.


El varón protagonista resuelve su melancolía al invocar fantasías dispersas y ordenarlas mediante la imaginación. A partir de allí ensaya diversas combinaciones, fructíferas o fallidas, hasta ir encontrando la composición idealizada que le resulta funcional. Los sucesivos capítulos dan cuenta de aquellas peripecias, conservan situaciones memorables, pulen recuerdos ríspidos, agregan pormenores postergados, en su conjunto van conformado un mural excitante hasta bosquejar el epítome del Deseo. Al fin y al cabo, este es el puerto al que Ercole Lissardi arriba tras navegar huracanes, calmas chichas y venturosas jornadas de barrenar las olas de la pasión. Fragor atinente al cuerpo como agente y al pensamiento en tanto marco, condición de posibilidad. Aventura atrapante, plagada de personajes en segundo plano e interacciones inquietantes, El Ser de Luz y la Diosa idiota —y la colección que inaugura— tensa, vigoriza los nervios de la literatura erótica; convoca al elegante ratoneo.



- El Ser de Luz y la Diosa Idiota, Ercole Lissardi, los libros del inquisidor, Buenos Aires, 2022, 98 páginas.

La nota original: https://www.elcohetealaluna.com/ratoneos-rioplatenses/

(6/11/2022)