Ercole Lissardi - La reputación de una mujer

Tenía la vaga idea de que los martes Sonia regresaba temprano a casa. La estuve esperando como un tigre que espera a su presa junto al pozo de agua en medio de la jungla. Sin poder concentrarme en nada más, estuve esperando inútilmente durante un par de horas que algún ruido denunciara su llegada. La bendita medianera a prueba de ruidos absorbía todo. Como si Leo y su familia vivieran en el fondo del mar.



Sonia tenía la extraña costumbre de, una vez detenido el auto y frenado, darle una patadita al acelerador. Ignoro para qué. Como si temiera que se le descargara la batería. Antes la gente hacía cosas así. Cosas de autos viejos y baterías exhaustas. Lo cierto es que el acelerón final me puso en alerta. Sólo podía ser ella. Leo no hacía ese tipo de cosas. Inmediatamente después oí que cerraba la puerta del auto.

Actué con la rapidez que me permitieron las romanitas. La puerta de su cocina no sólo estaba sin llave sino que estaba abierta. La encontré en medio de la sala, en una especie de danza inmóvil. Era que con un pie ayudaba al otro para descalzarse. Vestía en su estilo medio jipioso, falda de jean, blusa casi túnica de la India, borcegos acharolados y collar de caracolitos. Tenía sombra rojiza en los ojos y los labios pintados de rojo como los de una puta. Me pregunté cómo, así disfrazada, haría para generar empatías en un medio empresarial. No le hizo gracia verme aparecer.

-Ahora no, Andrés, vengo molida –dijo.

Impasible, avancé paso a paso, plantándome en territorio enemigo, claramente decidido a no aceptar nones ni dilatorias. Se preguntaría hasta dónde estaba dispuesto a ir con mi actitud de avasallar su soberanía.

-Hola, mi amor –le dije, endulzando la voz.

Estábamos parados muy cerca uno del otro, al alcance de la mano.

-Los nenes están a punto de llegar –objetó-. Y Leo de mañana estaba mimoso, tuve que prometerle una tarde especial. También va a volver temprano.

Respiró hondo, como si estuviera tan cansada que le costara hablar.

-Este no es el momento para nosotros, Andrés.

-No es más que un polvo, mi amor –insistí, meloso-. Para estar seguro de que lo tuyo es verdadero…

Con una mano le tomé una teta, oprimiéndosela. Sus tetas era pequeñas, pobres, el sutién de tela elástica y muy suave era casi innecesario. Recordé que, sin embargo, no había tenido problema para alimentar a sus bebés. Le puse la otra mano sobre las nalgas, magras y duras. Tanteando me pareció que no llevaba calzón. Las putas adornan la mercadería con un calzón provocador, las zorras sólo quieren estar prontas para hacerse dar.

-Caramba… -dije, socarrón.

-Hijo de puta –dijo.

Con la mano por debajo de la falda profundicé el magreo entre las nalgas, y después en la entrepierna. Estaba muy mojada. Me olí los dedos. Estaba recién lavada, pero no pude dictaminar si, aparte de agua con jabón y humedades propias, olía a semen. La roja V se le torció para un costado.

-¿Esperabas algo especial? ¿Tuviste suerte? Fijate bien. Oleme. Leo va a hacerlo. Y se pone contento si vengo con sorpresa –dice, desde más allá de las fronteras de cualquier pudor-. Nada como una concha supurando semen, me dice. ¿A vos también te gusta?

-Me gusta más el culo supurando semen –le digo, redoblando la apuesta- A todos nos gusta que la mujer vuelva a casa bien cogida… ¿Venís molida de laburar… o de tanto acabar?

-Al laburo y al Instituto siempre voy así –explicó-. Es más fácil si en algún momento tengo que aliviarme las tensiones…

-He conocido zorras como vos que a la menor insinuación muestran el culo.

-Me conocés porque sos igual que yo –dijo, y la V roja se le acentuó hasta el sarcasmo-. Abreviemos, corazón. En serio que están por llegar.

Hubiera podido seguir con el jueguito de tratarla con desprecio, como a una puta, porque me calentaba, pero no quería exponerme a llevarme la bala de vuelta a casa. Bajé la cintura del short y me la calcé debajo de los huevos, mostrándole la verga empinada, alegre, saltarina.

-Acomodate en el sillón –dije desnudando la cabeza de la pija.



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Fragmento de la novela La reputación de una mujer, Ercole Lissardi, los libros del inquisidor, Buenos Aires y Montevideo, 2021.


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