Entrevista a Lissardi para los Inrockuptibles, por Matías Capelli

Plagadas de sexo e hipótesis sobre las diversas modulaciones del deseo, las tres novelitas del uruguayo Ercole Lissardi que componen El centro del mundo y los ensayos reunidos en La pasión erótica dejan al descubierto dos caras de una misma forma ardiente y vital –una idea fija- de entender la literatura.


1era edición


La pornografía no significa nada. ¡Es la nada! Lo único que hace es correr la atención de donde debería estar, que es en el deseo. De eso se encarga el arte erótico”, aclara Ercole Lissardi frente a cualquier amague atolondrado de confundir su literatura, de confundir la literatura erótica, con la pornografía. Porque si bien el escritor uruguayo narra la coreografía de los cuerpos desnudos como pocos por estas latitudes, lo suyo es, sobre todo, narrar el deseo en su variante sexual, distinguir cómo se propaga esta descarga eléctrica que circula por circuitos –cuerpos y sociedad– en los que los fusibles siempre están a punto de saltar. “Yo escribo sobre el erotismo. Esa fuerza misteriosa que nos hace lanzarnos sobre una persona, considerarla única en el planeta. Y no estoy hablando del amor. Mis libros nada tienen que ver con el amor, ni con los sentimientos, sino con esa fuerza irresistible y misteriosa que nos lanza hacia una persona en plan de devorarla, y arremete contra todo: convenciones sociales, el orden establecido, la moral. Una fuerza salvaje que mora en nosotros y que de repente se apodera de nuestras vidas. Lo que tiene de bueno es que cesa, se agota, nos libera. Si no cesa, en general lleva a la locura y a la muerte.


“Yo no creo que escribir de sexo sea repetitivo, el contenido siempre es diferente. Yo nunca siento que sean idénticas las escenas; son personajes distintos, están haciendo algo que tiene sentido para ellos, no se parece en nada a algo anterior. Hacer un gol es siempre meter la pelota en la red, ¿y? Eso no hace aburrido al futbol.”


Aunque empezó a publicar pasados los cuarenta y pico, en una década y media Lissardi acumuló una quincena de novelitas que, a partir de la circulación sigilosa de la editorial independiente uruguaya HUM, lo volvieron una figura de culto entre los lectores argentinos. Ahora, sin embargo, el escritor montevideano hace pie en las librerías de la mano de un gigante como Planeta. Y por partida doble: la tríada de nouvelles que integran El centro del mundo, y el ensayo de próxima aparición por Paidós La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet, un texto que condensa todas sus reflexiones sobre el erotismo y recorridos a contrapelo por la literatura y la cultura occidental. En sus ensayos Lissardi rastrea y traza la genealogía de un paradigma maldito, reprimido, el “fáunico”, que se juega en oposición al paradigma del amor. “El amor es una manera de encuadrar la vida sexual alejándola de su peligrosidad real. El deseo es peligroso, rompe todo, se lo lleva puesto. La civilización marca la vida sexual de las personas hacia algo que las trasciende y que les da legitimidad: el amor. Desde El banquete de Platón en adelante. Yo quise demostrar que en paralelo siempre existió otro paradigma.” Una faceta, la ensayística, que en Lissardi puede ser leída como complemento de su narrativa o, mejor dicho, un corpus textual que viene a ofrecer nuevas condiciones de lectura para aquella, como una suerte de consciencia estética que legitima a un género bastardo. El impulso ensayístico surge en Lissardi al detectar un déficit de marco teórico a la hora de leer literatura erótica, tal como pasaba con los policiales o la ciencia ficción en los años cincuenta. Y si nadie iba a escribirlo, entonces no quedó otra que arremangarse y hacerlo él. Este camino especulativo tan poco transitado, sin ir más lejos, fue inaugurado recién en 1957 con El erotismo, de Georges Bataille. Del escritor y pensador francés también aprendió, y mucho, con las novelas El azul del cielo y los borradores de Mi madre. “Lástima que se asustó y no terminó de escribirlo, eran años difíciles en los cuales muchos libros estaban en pleito, la censura era férrea.” Formado como narrador en la lectura a destajo de policiales de Ross Macdonald y Mickey Spillane, a la hora de enumerar aquellos escritores que mejor exploraron los vericuetos de lo sexual, Lissardi no deja de mencionar a Henry Miller, algunas escenas de El libro de Manuel, de Cortázar, el capítulo 9 de Paradiso, de Lezama Lima, “una de las mejores escenas eróticas jamás escritas”, las novelas de Marco Vassi y, de las de Terry Southern, especialmente Candy, una suerte de reescritura del Cándido de Voltaire. Southern, reconoce Lissardi, “me enseñó a introducir el humor y la política en lo sexual”.


El volumen El centro del mundo no está estructurado a partir de un eje común como era el caso de su célebre trilogía sobre la infidelidad (Horas puente, Los secretos de Romina Lucas y Ulisa) o su díptico fálico (No y La bestia). Se trata, en cambio, de tres novelas hilvanadas por la temporalidad de la escritura –fueron escritas en ¡cinco! meses, dos años atrás– y que retoman, por separado, tópicos centrales de su narrativa. “Para mí es evidente que forman parte de un mismo momento mental”, sostiene. Más que por la cohesión interna, es un libro que se destaca como carta de presentación, como muestreo representativo para el gran público. La que abre y da título al volumen es una novelita “fantasiosa, un poco barroca, juguetona”, con un narrador fantasmal y una estructura, un montaje que cuenta las peripecias de un cadáver y, en paralelo, la historia de un chico y de cómo ese chico llegó a ser cadáver. Motorizada por la intriga –hay un cadáver, de un adolescente, y hasta la última palabra no se sabe cómo murió– el relato se revela como una puesta en práctica de los recursos aprendidos del género policial. Lo curioso es que a pesar de tener estructura más compleja que el promedio de sus trabajos, fue una novela escrita, rememora Lissardi, de un tirón, en diez días. Un texto al que casi no le hizo correcciones posteriores. “Prácticamente, nada. En general corrijo poquísimo porque escribo en trance, me cansa mucho. Por eso trabajo poco, dos horas por día, no más. Pero en esta novela, casi nada tuve que corregir. Y para mí corregir es una mierda, una forma del infierno. En cambio no tener que corregir es una forma de la felicidad.


“Mis libros nada tienen que ver con el amor, ni con los sentimientos, sino con esa fuerza irresistible y misteriosa que nos lanza hacia una persona en plan de devorarla, y arremete contra todo.”


Mientras “La educación burguesa” se mete de lleno con la relación entre el deseo y las instituciones, el doble filo, el horror y el encanto de la hipocresía clasemediera, “La diosa idiota” expresa bien cierta angustia metafísica que exudan los personajes masculinos de Lissardi. Este último es el recuento irritado, furioso de una pasión, hilvanado a partir de sus encamadas, en el que el sexo se presenta como algo redentor. Con maestría, Lissardi encabalga un encuentro sexual tras otro, reinventando los recursos de su arte narrativo incansablemente, cinco, seis o siete veces por novelita. “Yo no creo que escribir de sexo sea repetitivo, el contenido siempre es diferente. Yo nunca siento que sean idénticas las escenas; son personajes distintos, están haciendo algo que tiene sentido para ellos, no se parece en nada a algo anterior. Hacer un gol es siempre meter la pelota en la red, ¿y? Eso no hace aburrido al futbol. Si escribís policiales ¿cómo hacés para que las golpizas que le dan al detective sean distintas? O también te puede pasar si hacés novelas del mar, como Joseph Conrad. ¿Cómo hacés para que tu descripción del mar sea diferente? Porque todos los mares son diferentes, todos los marineros y sus miradas sobre el mar son diferentes. Es así.


2da edición



(Entrevista publicada originalmente el 10/4/2013: https://medium.com/los-inrockuptibles/entrevista-a-ercole-lissardi-91535ee5fb8)