E. Lissardi y A. Grynbaum – A propósito de "Robótica sentimental"

Fuimos a ver Robótica sentimental, la obra de teatro escrita y dirigida por Marcel García, protagonizada por Karina Molinaro y Alain Blanco, que está representándose en GEN Centro de Artes y Ciencias –en el Centro de Montevideo-.




Ana Grynbaum - El amor no es una mercancía para robots


El teatro sigue conservando una vitalidad única. Parecida a la que aspiran a vivir la pareja de androides encerrados en un experimento, de Robótica sentimental. En primer lugar, porque el espectador forma parte de la experiencia con un nivel de conciencia ineludible. Especialmente en las actuales circunstancias, en que abandonamos nuestra burbuja hogareña para ingresar en el ambiente de la sala donde la función tiene lugar. La puesta en escena de la obra integra esa experiencia de manera tan sutil como incisiva. Las luces no se apagan, cada espectador permanece alrededor del escenario, viendo a los otros y siendo visto por ellos. Permanecemos viéndonos tras nuestros tapabocas, y escuchando las frecuentes molestias respiratorias. Ideal para interiorizarnos de la situación experimental que la escena plantea, al tiempo que intentamos que ella no nos contagie.


Platea de una sola fila, determinada por la lógica pandémica del aforo limitado, aprovechada para involucrar al espectador en un discurso que se dirige a su fibra más íntima. En la estética del mínimo recurso súper-explotado, al llegar el director conduce a cada espectador hasta un asiento. En mi caso, me recomendó sentarme justo delante de él y de la consola de luces y sonidos. La ubicación no fue sin consecuencias. En varios momentos tuve que reprimir el impulso de darme vuelta para ver qué estaban haciendo, justo a mis espaldas, tan cerca que oía cada switch. Estaba por completo metida en el papel de observadora participante a que se nos induce. Clima paranoico logrado. Acaso sea imposible enunciar algún aspecto del mundo en que vivimos sin un fondo de sospecha.


Antes de pasar al análisis argumental dejo asentada la perfecta imbricación de escenografía, música e iluminación, original, precisa e inteligente. También la actuación de Molinaro y Blanco, de quienes, en conformidad con sus antecedentes, se espera mucho, pero dan mucho más, hasta lo increíble. Como si hubieran nacido no solo para actuar, sino para formar pareja escénica.


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Dentro del diálogo en que consiste la cultura, dos referencias fílmicas emergen en primer plano. Blade Runner, en la temática de los androides que se vuelven problemáticos porque empiezan a sentir, y The Square, en la concepción plástica y estética, acaso también en las preguntas respecto al papel del arte en la complejidad de nuestro universo cultural. En Robótica sentimental los espectadores somos ubicados a lo largo de tres de los lados de un rectángulo luminoso que enmarca el escenario, y los actores se mueven en torno a una cama –también rectangular- y contra un marco cuadrado hecho de luces que cambian de c olor, el cual por momentos oficia como ventana.


Molinaro se denomina KMA y Blanco ABG. KMA habla en masculino y ABG en femenino, en una referencia no casual con los cuestionamientos actuales del lenguaje en relación con el género. Además, KMA ejerce la violencia y, en el coito, asume la posición superior y activa. Sin embargo, aparte de eso, no se perciben otras marcas de género determinantes de una conducta macho y/o hembra. Antes bien, en tantos robots, ambos son víctimas de la programación y el control de los humanos.


Casi humanos o demasiado humanos, las situaciones de la pareja -primero en formación, luego en despegue y finalmente en duelo por sí misma- cuentan una historia de amor con la que cada espectador fácilmente se identifica. ¿Quién puede en la actualidad negar su cualidad de ciborg, de alguna manera y en cierta medida? Pero más allá de la tecnología, ¿acaso hay algún terreno de lo humano en que los mandatos, soterradamente autoritarios y a menudo contradictorios, influyan más que en el amor? La respuesta que KMA y ABG encuentran es concentrarse en el amor para huir de la presión social.


Dentro de las muchas escenas de extraordinaria intensidad y belleza de Robótica sentimental se destaca el aprendizaje del abrazo. Una reflexión sobre supuestas distancias óptimas que me trajo a la mente el análisis crítico de Eva Illouz sobre el vínculo erótico como mercancía, objeto que ante todo se pretende manipular. Pues no, queda claro, el amor es un fluir, sorpresivo, de sangre o electricidad, secreciones, emoción exacerbada, placentera, eventualmente dolorosa, más allá de lo correcto.



Ercole Lissardi – Nuestro esclavo juega al amo


Los androides de Marcel García son peligrosos: son capaces de dudar, de hacerse preguntas. Hay certezas que las tienen equivocadas. Por ejemplo: el androide femenino cree ser masculino, y el masculino cree ser femenino. Pero eso no importa, es un dato intrascendente, tan intrascendente como los humanos hemos llegado a creer que es el dato. Para los androides el asunto es irrelevante, lo importante es lo que creen ser. Se prueban unos y otros genitales imitándolos con los dedos, como quien se prueba calcetines de distintos colores.


Los androides de Marcel juegan a ser humanos, pero se desorientan completamente, se trancan, se cuelgan como las computadoras cuando lo que entra en juego es el verbo amar y sus conjugaciones. ¿Se trancan? ¿o se ruborizan, se les hace a contramano el tema, como les pasa también a los humanos? Se descontrolan. Tienen perfectamente configurados los distintos tipos de abrazo, y los ejecutan torpe, rígidamente como amantes novatos o desacostumbrados, pero el problema es que no saben qué demonios hacer con las consecuencias del abrazo.


Los androides fracasan cuando juegan a ser humanos, realmente no tienen instructivo para lo que les pasa cuando ponen a funcionar el laberinto imposible que resulta ser la cuestión de los sentimientos. Realmente con eso no saben qué hacer. El despelote circuital en el que incurren es tan grave que finalmente tienen por delante la salida última, el suicidio, como les suele suceder a los humanos. A esta altura no nos queda sino asumir que los androides de Marcel son en realidad una metáfora de los humanos que somos. Humanos robotizados, incapaces de recordar y volver a ser aquellos humanos del Humanismo para los cuales amor, sexo, género y sentimiento definían sin duda alguna los límites de lo humano.


Pero Marcel es demasiado astuto, por no decir demasiado sabio -no sea cosa que se lo crea si llega a leer esto-, para quedarse y para dejarnos en la comodidad de este desgarrador sentido de pérdida. Desconectados, suicidados, desconfigurados, los androides, no pudiendo no ser nada, devienen ¿qué? humanos, como unos actores que se quitaran el disfraz y la máscara. Pero los humanos en que devienen no tienen más para decirse que un lenguaje inoperante, vacío de toda vaciedad, que a todos nos viene invadiendo y que es el lenguaje de las computadoras. Los androides que jugaban a ser humanos resultan ser más humanos que los humanos, que se dejan colonizar por las computadoras.


Inútil decir nada sobre el vehículo teatral con el que Marcel se expresa. Alguien que es capaz de escribir, de dramaturgizar en el nivel que lo hace Marcel, no se equivoca en la puesta. La escenografía -mínima pero implacablemente lógica con su cuadrado de luces de colores y su lecho, cuadrado éste en el que se resuelve o no el asunto más que humano del amor-, concentra e impide que nada del sentido se pierda. Lo mismo para la música, que evoca razonablemente lo profundo y lo trascendente, pero siempre al borde del fracaso, de la nota perdida y del silencio. De los actores imposible decir más que esto: no son actores que comprenden un texto sino un texto transformado en actores.