Ana Grynbaum – La negación en la cultura

Para la legión de admiradores de la novela El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgakov, “Los manuscritos no arden” es una contraseña, un grito de guerra camuflado. No casualmente la fórmula esgrime una negación: el acto de negar, la violencia que encierra, y algunas de sus consecuencias, es el tema medular de este libro.


Saqué del cajón el pesado manuscrito de mi novela, los borradores, y empecé a quemarlos. Fue un trabajo pesadísimo, porque el papel escrito se resiste a arder.


No, los manuscritos no arden. No están hechos de materia combustible. O mejor dicho, puede arder el papel que los soporta y ellos volver a escribirse, solos, una y otra vez, como un hecho sobrenatural. Cuando la obra de arte dice su verdad, tiene vida propia, una realidad indeleble. No importa lo que pase con el autor, no importa cuánto demore la historia en darle el lugar que su tiempo le escatima.


Escrito en la Unión Soviética durante el estalinismo, por un escritor que había peleado contra la revolución comunista, El Maestro y Margarita no fue publicado como libro en su versión completa –no censurada- hasta 1989. Es decir, casi cincuenta años después de la muerte de Bulgakov, quien trabajara en esta obra hasta poco antes de morir. Al igual que el Maestro de su ficción, desalentado por la falta de horizontes, Bulgakov había quemado su manuscrito, pero lo reescribió.


Así es que este libro, condenado a no existir, continúa publicándose, ya como un clásico de la literatura. Sin embargo, circula bajo esa equívoca denominación de “libro de culto”, que le reconoce su valor a cambio de señalar que esa valoración no es unánime. El Maestro y Margarita sigue enfrentando la discriminación porque su poder corrosivo permanece intacto. Pero esto no se discute. Puesto en discusión, el texto se defiende solo. Hoy la forma más eficaz de excluir no es prohibir sino desconocer. En el universo de la saturación discursiva, aquello de lo que no se habla, no existe.



Desaparecer, negar, mentir


El diablo y su corte visitan Moscú. Los personajes de esta corte son desopilantes, especialmente el gato Popota, reencarnación de un adolescente lanzado a burlarse de quien sea, hasta el hueso. Tan vívidos resultan que actualmente en Moscú, en la casa donde vivió Bulgakov, hay dos museos donde estos personajes se muestran en estatuas y cuadros. E incluso habita allí un gato negro, vivito y coleando.


Un Popota de carne y hueso en el monumento a Bulgakov,

situado en la casa del escritor en Moscú



Las diabluras que el grupo satánico comete apuntan en primer lugar a los burócratas de la cultura, especialmente literatos y funcionarios del teatro. Su forma de ejercer el mal resulta, además de hilarante, quirúrgicamente selectiva. De hecho, Voland, nombre de este Satanás, se presenta como un mago que pone en escena trucos. A través de esas puestas en escena se evidencia cómo la fachada socialista no había eliminado las diferencias sociales, la avaricia, ni el afán de lujos de los soviéticos.


A lo largo de todo el libro se enfoca la mentira como forma instituida del discurso. Los ciudadanos acomodados con el régimen mienten no solo por cobardía, como la mayoría en un sistema basado en el terror, sino también para mantener sus privilegios. Especialmente divertida y memorable es la escena en que el mago produce una lluvia de rublos sobre la audiencia del teatro de varietés, así como cuando las ciudadanas son invitadas al escenario a tirar sus harapos y vestirse a la moda, incluyendo el perfume francés y los zapatos de diseño.


Lo que la pandilla infernal representa es una sátira de esa sociedad acerca de la cual no se podía hablar abiertamente. El infierno de la vida cotidiana durante el estalinismo. Los demonios son tan malos como los personeros del régimen soviético, pero incomparablemente más poderosos. Bulgakov tenía razones personales para ajustar cuentas con aquellos que atentaban contra su realización como artista, denostando su obra, censurándola, negándole la publicación y la representación de su producción teatral.


La primera acción del equipo de Voland consiste en hacer rodar la cabeza de Berlioz, el presidente de Massolit -una de las principales asociaciones moscovitas de literatos-. A partir de ahí la persecución toma la forma de una cadena sistematizada de desapariciones de burócratas, desapariciones misteriosas o forzadas –el lector elige el adjetivo-.


Detrás de una mesa enorme, sobre la que se veía un voluminoso tintero, estaba sentado un traje vacío, escribiendo en un papel con una pluma que no mojaba en tinta. Llevaba corbata, y del bolsillo del traje asomaba una pluma estilográfica, pero de la camisa no emergía ni cabeza ni cuello, ni asomaban las manos por las mangas. El traje estaba concentrado en el trabajo y parecía no darse cuenta del barullo que le rodeaba.


La desaparición de personas era algo a lo que los soviéticos, durante el estalinisimo, estaban acostumbrados, pues vivían en constante peligro de ser detenidos, bajo excusas diversas, pero con el objetivo real de mantener el sistema totalitario, basado en la sumisión. Hacer desaparecer es negar la existencia. Emplear la negación como un crimen cobarde, que no da la cara.

La negación se repite a lo largo de toda la novela ocupando un lugar central. En la primera escena, Berlioz censura un poema del joven Desamparado por hablar de Jesús como si este hubiera existido. Eso resulta inaceptable. La historia de Jesús debe permanecer como mera leyenda, desacreditable por ello –especialmente en épocas de realismo socialista-. En medio de la conversación interviene el Diablo, a quien el burócrata tiene el tupé de espetarle que Satanás tampoco existe -claro que ignorando estar frente a él-.


Negar la existencia o el valor de algo o alguien es un acto, fruto del uso performativo del lenguaje. La palabra produce el hecho. Como cuando se declara a una pareja marido y mujer, la declaración efectúa la unión legal.


¡Ojo con lo que se niega! Negar no es un acto sin consecuencias. Especialmente cuando la negación se repite, como una fuerza independiente y demandante. Basta recordar a Pedro, que negó tres veces a Jesús y terminó fundando su Iglesia.


¡Cómo no se iba a enojar Voland ante la violencia del ninguneo! Un artista ninguneado es un ser muerto, a no ser que lo rescate la historia, ya tarde para poder disfrutar el fruto de su labor. Satanás, el justiciero –en un mundo de valores subvertidos-, no podía menos que hacer caer la cabeza de Berlioz, pero con el arte de una escena payasesca. La denuncia de Bulgakov es secundaria a su despliegue artístico, se desprende de los avatares de la acción. Y en todos los casos, esa denuncia se teje con desparpajo poético y humorístico.


No solo se trata de rescatar de la negación sistemática, como forma de la violencia totalitaria, a las creencias y la libertad de expresión, sino también al amor.


¡Adelante, lector! ¿Quién te ha dicho que no puede haber amor verdadero, fiel y eterno en el mundo, que no existe? ¡Que le corten la lengua repugnante a ese mentiroso!

¡Sígueme, lector, a mí, y solo a mí, yo te mostraré ese amor!



El Diablo, no Dios


Dios abandona a sus criaturas, incluso a las mejores de ellas. El Diablo nunca falta a la cita. Será él quien, pronunciando la célebre “Los manuscritos no arden”, restituya al Maestro, intacta, la novela que el propio Maestro, vencido por el pesimismo, había destruido.


Pero lo demoníaco que le interesa a Bulgakov no está en el más allá sino acá en la tierra, o lo estuvo alguna vez. Entretejida con las aventuras de la troupe infernal se desarrolla la historia que el Maestro ha creado, a partir de los personajes de Jesús –“Jehoshúa”- y Pilatos. En la cual el remordimiento de Pilatos por haber traicionado a un inocente llevado por la mera cobardía, lo tortura hasta obligarlo a buscar otro final a la leyenda. En el libro del Maestro Jesús y Pilatos llegan a encontrarse y dialogar. Reparación efectuada.



El vuelo de Margarita


Así como el Fausto de Goethe, El Maestro y Margarita consta de dos libros. A diferencia de aquel, en vez de desaparecer Margarita, en el segundo libro de Bulgakov, cobra un protagonismo estelar. Invitada por el séquito diabólico, convertida en bruja, vuela desnuda por toda Moscú, haciendo justicia por mano propia tanto cuanto le place. La escena del vuelo constituye de por sí un hito literario.


Margarita dio un grito de alegría y se montó en la escoba. Solo entonces le pasó por la cabeza la idea de que con todo aquel lío había olvidado vestirse. Siempre galopando sobre la escoba se acercó a la cama y cogió lo primero que encontró a mano: una combinación azul. Moviéndola como si fuera un estandarte, echó a volar por la ventana.


Graffitis en el interior del edificio donde viviera Bulgakov



Desde el comienzo del relato el Maestro ha desaparecido, Margarita sufre mortalmente su terrorífica ausencia, pues lo ama. El lector lo encuentra antes que ella, internado en un manicomio –“la casa del dolor”-.


Lo que le sucedió al Maestro para convertirse en un ser con el alma muerta, que ya no tiene cabida en el mundo de los mortales, es omitido por completo. Es a través de los otros personajes y sus avatares en la Moscú estalinista, así como del relato de inspiración bíblica que ha escrito el Maestro, que vamos entrando en sus zapatos, única manera en que podemos verdaderamente conocerlo.-


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Las citas de El Maestro y Margarita están tomadas de la edición de Editorial Debate, Madrid, 1990.