Ana Grynbaum - Él no puede saber que la ama

Acerca de la película “L’innocente”, Visconti, 1976 (su última película), sobre novela de D’Annunzio, con Giancarlo Giannini y Laura Antonelli.


Giancarlo Giannini y Laura Antonelli en L'innocente


Casi al borde de la muerte, Visconti no tiene prurito en escenificar la obra de un escritor vinculado al fascismo, ni de recorrer -con su elegancia de regisseur- cada uno de los ángulos del melodrama, introduciéndose en la tremebundez hasta donde hace falta. La relajación en la censura de la época le permite además mostrar detenidamente la hermosura de la Antonelli desnuda de los pies a la cabeza, y también -como al pasar- la de su amante (Porel), cuyo pene en reposo resulta ya incitante. Pero sobre todo no teme desafiar el tabú de hablar directamente de los sentimientos amorosos. Como es sabido, el amor en nuestra cultura está relegado al sospechoso terreno de las telenovelas y las canciones melódicas, pero aquí Visconti lo sitúa en el más alto nivel de la producción artística.



¿Inocencia o desconocimiento?


La historia es tan sencilla como terrible, a los minimizados asuntos “del corazón” hay que tomárselos en serio. Aristócratas y ricos, el matrimonio de Tullio y Giuliana Hermil (Giannini y Antonelli), sin hijos, se ve amenazado por la pasión que en Tullio despierta Teresa Raffo (J. O’ Neill), viuda muy alegre y codiciada por los hombres.


Los diálogos en que Tullio le comunica a Giuliana que ya no la ama, que Teresa no es uno más de sus idilios pasajeros, pero que no va a romper su unión matrimonial –Dios sabe por qué- son de una crueldad detallista. Ella los soporta estoica. Más atormentador aún es el momento en el que, afectado por los jugueteos sádicos de su amante, Tullio pide ayuda, nada menos que… a su esposa. Por no mencionar las oportunidades en que marido, esposa y amante comparten los espacios públicos de la alta sociedad (fiestas, eventos), donde todos están al tanto de los avatares del sórdido triángulo.


Mientras Tullio pasa con Teresa noches y días, Giuliana se deprime. Sola, abandona, encerrada en el hogar, los ataques de angustia se suceden y la dificultad para conciliar el sueño la lleva a un peligroso consumo de fármacos.


Como los milagros existen, un día viene Federico, el hermano de Tulio, a pasar unos días en la residencia del matrimonio. Sucede que Tullio casi no vive en su casa y Federico trae a un grupo de amigos a compartir agradables veladas. En una de esas veladas el aguijón de la angustia lleva a Giuliana a buscar consuelo en el grupo de animados jóvenes. No pretende más que una momentánea e inocente compañía, pero de pronto es atravesada por el rayo de la mirada del Seductor, encarnado en uno de los amigos de su cuñado: Filippo D’Arborio.


La cámara no sigue a Giuliana en su momento de gloria, la deja en paz. Pero sí la muestra renacer de entre sus cenizas de mujer despreciada. Es claro que bajo el influjo de D’Arborio accede a la brillante condición de mujer deseada. Su apariencia lo refleja. Pondrá a Tullio sobre aviso de la existencia del otro. Y en la estación de trenes, en vez de viajar con Teresa a París, irá a la casa de su madre, en el campo, donde estaba Giuliana, para tratar de recuperarla.



Por supuesto que es tarde, no podría ser de otra manera, el código del género melodrama lo dicta. Y tampoco podría no haber sucedido que, tras su fugaz pasaje por el cuerpo de Giuliana, el seductor volase lejos y para siempre, pero dejándole -bien prendida- su semilla. Semilla que, pese a las exigencias de su marido, ella conservará como un tesoro. Dirán que este tema aparece en muchísimas novelas; de acuerdo, pero con frecuencia aún mayor en la vida real.


Me centraré ahora en el punto que me interesa: el “amor” de Tullio.



Amarás / No amarás


Desde las primeras escenas Teresa acusa a Tullio de estar enamorado de su mujer, cosa que él niega sinceramente. Sin embargo, la amante percibe el amor de Tullio por Giuliana, aun cuando este no se manifieste y el propio Tullio lo ignore. Una mujer de mundo no se equivoca con esas cosas.


Pero entonces, ¿cómo se llega a la ruina total del matrimonio, la familia y las personas de Giuliana y Tullio? ¿Cómo puede suceder que una pareja de jóvenes ricos y hermosos caigan en la peor de las destrucciones cuando, amándose como se amaban, parecían destinados a una vida cómodamente feliz? ¿Por qué Tullio no logra reconocer su amor por Giuliana hasta que la pisada del otro macho se hace clara? ¿Qué hubiera pasado si a tiempo hubiera podido darse cuenta de que la amaba? ¿Algo en el orden del mundo hubiera colapsado…? Pareciera el caso, por la fuerza con que se impone la fatalidad.


La creciente conciencia sobre la ignorancia profunda de uno acerca del propio deseo es uno de los vectores que atraviesan como leit motif la cultura a partir del siglo XX. La constante y desaforada sospecha respecto de la verdad de sí mismo da la tónica de nuestro clima emocional cotidiano. La novela “L’innocente” de D’Annunzio fue publicada por primera vez en 1892. Por entonces la existencia de mandatos sociales operando en nuestra conducta por fuera de nuestra conciencia, no era un tema que pudiese analizarse con las herramientas culturales disponibles cuando el film se estrenó, en 1976. Ni tampoco las mismas herramientas que podemos aplicar hoy en día.



Ser macho y no morir, ni matar, en el intento


En esta película los roles femeninos son mucho más simples que el rol masculino. Mientras que Teresa representa a la mujer devoradora, Giuliana encarna a la mujer sumisa. La primera seduce, la segunda es seducida. Ninguna de las dos mujeres se ve libre de las consecuencias de amar a Tullio, aunque a la legítima, instituciones mediante, le va mucho peor.


Tullio ama a su esposa pero no la puede amar, pese a tener todo a favor –cuando descubre la verdad de su sentimiento ya es tarde. Y cree amar profundamente a su amante, pero ese amor rápidamente muestra no ser tan importante. Tampoco le es posible simplemente disfrutar una relación erótica con Teresa, que Giuliana aceptaría. Teresa va por el todo. Y el Diablo convierte en horrenda tragedia lo que sería una opereta ligera.


Cuando Tullio re-descubre a su esposa tiene lugar la escena erótica prínceps de la película. La intensa sensualidad de Antonelli tanto como de Giannini resalta el drama. En esta escena Tullio no solo reconoce su amor por Giuliana, sino también su culpa por no haberla convertido, además de su esposa, en su amante, así como también expresa el valor especial del erotismo en el amor. En ese momento él puede atravesar la prohibición de amarla porque ella está marcada por el deseo de otro hombre.


En cuanto a Teresa, Tullio la desea porque ella es la mujer que “todos” los hombres quieren. Conclusión principal: en su rol de macho, Tullio es incapaz de apreciar a cada mujer en su singularidad. Romperá con su amante pero no podrá impedir que su matrimonio se destruya, junto con la existencia de su mujer y hasta su propia vida. Él no puede aceptar en su heredad el fruto de otro hombre. No logra amar a Giuliana como para superar esa “afrenta”. El hijo, que se interpone entre los cónyuges, de ninguna manera se conjuga con el papel que Tullio está obligado a representar en el escenario social.


El problema con los sentimientos de Tullio es que son tan débiles que se hunden bajo el peso de los mandatos sociales, antes de llegar a formularse o pasado su momento. La esencia del personaje es que no conoce sus verdaderos sentimientos. Acaso sea él el inocente del título, incluso a pesar de su accionar criminal. Peor aún, cuando Tullio llega a conocer sus sentimientos, no sabe qué hacer con ellos. No ha recibido una educación sentimental. La cuestión conserva toda su vigencia en la actualidad.